Espiritualidad vicenciana: Superiores

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Timoteo Marquina, C.M. · Año publicación original: 1995.

Introducción.- I. Los superiores, «lugartenien­tes de Dios» e «intermediarios» entre Dios y el súbdito.- II. «La providencia gobierna las comunidades».- III. «El Superior debe estar lleno de Dios»: IV. Superiores y súbditos: relaciones y co­rresponsabilidad.- V. Los superiores deberán ser «ejemplares» en todo: 1. virtudes; 2. cualidades; 3. la prudencia en el supe­rior.- VI. El asesoramiento y la consulta a los demás.- VII. Que­hacer de un superior de la Misión.- VIII. La confianza en Dios, fuerza de los superiores en dificultades.


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Introducción

Respecto a este tema, como sucede con tan­tos otros, San Vicente de Paúl, a pesar de ser tan abundante en ideas y doctrina, no es «un autor espiritual poseedor y expositor de un sistema de doctrina» en cuanto tal (cf Calvet, San Vicente de Paúl, CEME, Salamanca 1979, 336-337). Sí es to­talmente cierto que él tiene su propia vida y ex­periencia espiritual, sus convencimientos y for­mación profunda, su inspiración, su carisma y su claridad de ideas. Sabe en todo qué quiere y a don­de va, movido por el ejemplo de otros fundado­res más o menos contemporáneos (Ignacio de Loyola, Francisco de Sales, Pedro de Berulle, etc.). Todo ello trata de infundirlo, no de un mo­do estudioso y sistemático, en la dirección y go­bierno de las comunidades de su doble Fundación (Misioneros e Hijas de la Caridad). Podemos afir­mar, sin temor a equivocarnos, que se trata en él de ciencia práctica (espiritual y ascética) todo lo expuesto en cartas, conferencias, avisos, etc., referente a los epígrafes: «Jerarquía, autoridad, Superior, hermana sirviente, gobierno, laicado, comunión, etc.». San Vicente, en efecto, llevó in­cluso a elaborar un pequeño «resumen de avisos y de normas, destinado a los misioneros elegidos para el cargo de superior; válido, por supuesto, pa­ra las Hermanas elegidas para el cargo de «hermana sirviente» (IX, 81). En efecto, muy bien se pueden seleccionar abundantes textos lumino­sos, salidos de la pluma y el corazón de San Vi­cente de Paúl para con ellos formar un experi­mentado y espiritual «Directorio de Superiores y Hermanas Sirvientes» (cf. a este respecto F. Con­tassot, Saint Vincent de Paul, Guide des Supé­rieurs, Paris, 1964).

San Vicente, no habrá que olvidarlo, es como cualquier otro santo, político o pensador, «hijo de su época». Fue «influyente», pero… ¿se dejó in­fluir? Qué duda cabe que la concepción ignacia­na de la obediencia y el absolutismo francés, en política, debieron influir en el santo Fundador, amén de su carácter. He aquí un texto que hoy pudiera sonar un tanto «duro» a nuestra sensibi­lidad y que, sin embargo, es referido a la radica­lidad de la obediencia evangélica (cf. Jn 19, 11): «Cuando el superior dice yo ordeno, como tiene autoridad de Dios no se puede contravenir a la or­den sin contravenir a Dios y a lo que Él nos pide» (XI, 119; cf. también XI, 241). Los nuevos con­ceptos dimanados del Vat. II (cf. Perfectae Cha­ritatis) en torno a superiores-súbditos, autoridad-obediencia, etc. han modificado grandemente la formulación y la letra de no poco de la doctrina vicenciana en este campo. En nada ha afectado, sin embargo, al espíritu de esta doctrina, radica­da siempre en el Evangelio. San Vicente tiene en cuenta el Evangelio, lo predica y lo practica: no es unilateral en su interpretación (cf. J. Corera, Ide­as de San Vicente sobre la autoridad en la vida comunitaria, en Anales 85(1977)120-133).

I. Los superiores, «lugartenientes de Dios» e «intermediarios» entre Dios y el súbdito

Lo más difícil y grave para un superior o para una hermana sirviente no es el mandar sino el có­mo, el cuándo y el a quién mandar en cada caso y circunstancia al igual que por parte del súbdito no es lo más importante a veces el obedecer sino el cómo, el cuándo y el a quién obedecer. Para la solución de toda esta problemática real (casuística), habrá que tener en cuenta que la «obediencia activa», como la quería San Vicente, debe ser siempre muestra evidente de la «entrega total a la voluntad de Dios» a través de la me­diación del superior, a quien el Santo llama tan sig­nificativamente «lugarteniente de Dios» (se tra­ta, en efecto, de una «mediación sacramental», porque lleva a Dios y hace meritorio el ejercicio difícil de la obediencia): «Movidos por el Espíri­tu Santo, se someten en la fe a los superiores -«lugartenientes de Dios»-, y por ellos son con­ducidos al servicio de todos los hermanos en Cris­to, como el mismo Cristo por su sumisión al Padre sirvió a los hermanos y entregó su vida en la redención de muchos» (RC. CM. V, 1).

El término «superior» le pareció de hecho a San Vicente demasiado equívoco, si bien veía en él una manera de expresar «la especial presen­cia» de Dios en el que cumple dicho cargo co­munitario. Procuraba en sus explicaciones (re­glas, cartas, conferencias, etc.) decir cómo y por qué un superior no estaba por encima de los de­más: «No tenga usted la pasión de parecer su­perior o maestro: No opino como una persona que hace unos días me decía que para dirigir bien y mantener la autoridad era preciso hacer ver que uno era el superior. Nuestro Señor Jesucristo no habló de esa manera; nos enseñó todo lo con­trario, diciéndonos de sí mismo que había veni­do no a ser servido sino a servir a los demás, y que el que quisiera ser el amo tenía que ser el servidor de todos (Mt 20, 28)» (XI, 238). A las her­manas en el cargo de superiora les aplica, y así perdura hasta hoy en toda su intención funda­cional, el nombre de «hermanas sirvientes». Si el Santo acepta para los Misioneros el término de «superior» es, sin duda alguna, con la salvedad de evitar toda resonancia de «superioridad». Así es por lo que insiste en otras ocasiones en que el superior es «intermediario» entre Dios y los súbditos: «Del mismo modo que las causas su­periores influyen en las inferiores…, del mismo modo, el superior, el pastor y el director, tienen que purificar, iluminar y unir con Dios a las almas que El mismo les ha dado» (XI, 241). He aquí otro texto muy significativo: «Los que dirigen las ca­sas no deben mirar a los demás como a inferio­res sino como a hermanos» (IV, 53). Al P. Guérin, sacerdote de la Misión, en Annecy, en carta muy señalada y que habrá que volver a citar, dice: «Las referencias que de usted me han dado… me obli­gan a rogarle, en nombre de nuestro Señor Je­sucristo, que sirva a la comunidad en lugar suyo» (II, 252).

Son abundantes los textos, ciertamente, en los que San Vicente insiste en estas ideas básicas de su concepto de la obediencia, siguiendo fielmente las directrices de Trento y de la escuela jesuítica, ya mencionada: «los superiores hacen las veces de Dios»; «el súbdito ve por la fe a Dios en sus superiores»; «no se obedece a quien representa a otro sino al que es representado, a Dios». Y to­do ello, por «ser Cristo la Regla de la Misión» (cf. III, 584; IX, 954-964).

II. «La providencia gobierna las comunidades»

Pedro de Bérulle, contemporáneo del Santo y en muchas ocasiones consejero e inspirador suyo, en su Reglamento de Gobierno de los Su­periores, cap. I, dice: «Regir un alma es regir un mundo, un mundo lleno de secretos y particula­ridades, con más perfecciones y rarezas que el mundo en que vivimos. Y añade: «Es preciso que el Espíritu Santo… sea el maestro de esta cien­cia y el director de este quehacer». Y es que «el arte de las artes es el gobierno de las almas» (idem). Es por ello por lo que aconseja San Vicente al P. Guerin, superior de Annecy (12 de feb. 1643): «… y como solamente el espíritu de Jesucristo nuestro Señor es el verdadero director de las al­mas, ruego a su divina Majestad que nos conce­da su Espíritu para su gobierno espiritual y el de toda la Compañía» (II, 302). Santa Luisa de Mari­Ilac sentía de igual modo al desear permanecer siempre tanto ella como su Compañía de las Hi­jas de la Caridad «en dependencia del Espíritu Santo» (cf SLM, «Razones para darse a Dios a fin de participar en la recepción del Espíritu Santo el día de Pentecostés», en Correspondencia y es­critos, CEME Salamanca 1985, 807-811).

III. «El superior debe estar lleno de Dios»

Debe, ante todo, «vaciarse de sí mismo», pa­ra poder luego «llenarse de Dios», «revestirse de Dios» y finalmente «orar» con éxito. «Señor, se preguntaba a menudo el Santo, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión?» (X1, 240). Se trata, ante todo, de que el superior sea «instrumento» válido, eficaz, elegido, de la transmisión del espíritu mediante una sabia di­rección y gobierno de las almas, como ya se apuntó antes: «Usted sabe, escribe el Santo al re­cién nombrado superior de Agde, A. Durand, que las causas ordinarias producen los efectos propios de su naturaleza…; del mismo modo, si el que guía a otros, el que los forma, el que les habla, está animado solamente del espíritu humano, quienes le vean, escuchen y quieran imitarle se converti­rán en meros hombres… Por el contrario, si un superior está lleno de Dios…, todas su palabras serán eficaces, de él saldrá una virtud que edifi­cará» (XI, 236).

IV. Superiores y súbditos: relaciones y corresponsabilidad

Superiores y súbditos son por igual respon­sables de que se cumpla la voluntad de Dios, a nivel de comunidad, siempre y en todo. Han de trabajar de continuo por discernir «qué es lo que Dios quiere» o «qué haría ahora Cristo». Así es como se logra «así en la tierra como en el cielo» «ese querer de Dios» que tanto amaba San Vi­cente de Paúl e inculcaba a los miembros de sus dos Fundaciones con el ejercicio, por una parte, de la autoridad y, por otra, de la obediencia; am­bas empeñadas en el amor de Dios: «Mi ali­mento es hacer la voluntad de mi Padre» (cf Const. C.M., 97, 2). Al igual que el prójimo, sobre todo el más pobre, está colocado por Dios a nues­ tro lado para facilitarnos la ley suprema del Amor en sus dos vertientes, así el superior está a nues­tro lado, en la vida de comunidad, para facilitar­nos el precepto amoroso de la obediencia a Dios, manifestado por Cristo, «obediente hasta la muer­te y muerte de cruz» (Flp 2, 8): «Un superior que ordena una cosa puede equivocarse, desgracia­damente; no es infalible ni impecable; mas quien le obedece, con tal de que no se trate de cosa manifiestamente pecaminosa…, estará siempre seguro de hacer la voluntad de Dios y no per­manecerá engañado» (Xl, 691). San Vicente insiste «machaconamente» en el ejercicio ascético im­prescindible de «ver a Dios en los superiores», «considerándolos a ellos en Nuestro Señor y a Nuestro Señor en ellos» (RC. CM., V, 1; X, 486), «pudiendo estar seguro de que en la voluntad del superior está la voluntad de Dios…» (RC. CM., V, 4; X, 488) (cf asimismo otros lugares: III, 584; 1X, 954­965).

La relación superior-súbdito en la vida de co­munidad como en la familia, la relación padres-hi­jos, aparece en la RR. CC., tanto de la C.M. como de las HH. CC, como «piedra angular» sobre la que se cimienta en gran parte la vida comunitaria: «co­mo elemento básico de control institucional» (cf J. Corera, I. c.). Esta visión-decisión de San Vi­cente de Paúl, fundador y redactor de unas RR. CC., es fruto, lógico en él como en todos los fundadores de su tiempo- y aún anteriores, «de la actitud de contrarréplica de la Contrarreforma de Trento a la batalla desestabilizadora y desintegrante de la Re­forma Protestante, tanto a nivel eclesial como a nivel de sociedad familiar-comunitaria». (cf Jaime Corera, 1. c.). Aparte de la normativa «ad pedem litterae» (literalmente considerada), nos queda hoy de San Vicente, como prodigiosamente «válido» y «perenne», su espíritu; a saber, el sentido de la autoridad y el sentido de la obediencia, am­bas a la luz de la fe y del amor. No hay que olvi­dar, corno decía el Santo gráficamente, que la obediencia «es lo que mantiene en pie las comunidades». He aquí un texto luminoso de San Vicente sobre la imprescindible y urgente «obe­diencia comunitaria»:

«Obedeceremos con prontitud de buena ga­na y con constancia, al Superior… en todo aque­llo en que no haya pecado, y le someteremos nuestra manera de pensar y nuestra voluntad con una especie de obediencia ciega. Y todo ello, no sólo para cumplir su voluntad formal sino incluso su intención. Hemos de pensar que lo que él manda es siempre para bien, y debemos con­fiarnos a su voluntad como la lima en manos del artesano» (RC. CM. V, 2). No hay en el texto, aun­que pudiera parecerlo, ninguna ofensa al dere­cho de la persona, en su sensibilidad actual: se trata de la auténtica «obediencia evangélica», la que se abraza «sin remilgos» ni «concesiones» en la emisión de los Santos Votos.

V. Los superiores deberán ser ejemplares en todo: virtudes y cualidades

a) Virtudes

«Cristo es la Regla de la Misión» para todos, en especial para los superiores, llamados a ser «ejemplares de la comunidad». He aquí tres nor­mas prácticas de ejemplaridad señaladas por San Vicente: «Ser siempre los primeros en los actos de comunidad, en la medida en que se lo permi­tan los quehaceres; mantenerse invariables en el fin y moderados en los medios para llegar a él; acudir al consejo de los hombres prudentes» (II, 301-302). El contenido del canon 619 del Código actual de Derecho Canónico ya está, sin duda alguna, en el espíritu de la normativa ex­presada aquí y en otros numerosos textos del Santo Fundador: «Los superiores han de dedi­carse diligentemente a su oficio y, en unión con los miembros que se les encomiendan, deben procurar edificar una comunidad fraterna en Cris­to, en la cual, por encima de todo, se busque y se ame a Dios. Nutran por tanto a los miembros con el alimento frecuente de la Palabra de Dios e indúzcanlos a la celebración de la sagrada litur­gia. Han de darles ejemplo en el ejercicio de las virtudes y en la observancia de las leyes y tradi­ciones del propio instituto; ayúdenles conve­nientemente en sus necesidades personales, cuiden con solicitud y visiten a los enfermos, co­rrijan a los revoltosos, consuelen a los pusilánimes y tengan paciencia con todos».

San Vicente juzga imprescindible para la mar­cha «reglada» de la comunidad la firmeza, que deberá estar siempre asistida por la humildad y la mansedumbre: «Es necesario que aquellas (refiriéndose a las Hermanas) que son llamadas al oficio de «hermanas sirvientes» sean siempre las primeras en humillarse y en dar a las otras el buen ejemplo en el cumplimiento del deber» (1X, 939).- Santa Luisa de Marillac, cofundadora de la Compañía, afirmaba por su parte: «El nombre de «sirvientes» de nuestras Hermanas, que la di­vina Providencia nos ha impuesto, nos obliga a ser las primeras en la práctica de las verdaderas y só­lidas virtudes de humildad, tolerancia, trabajo, y en el exacto cumplimiento de las Reglas y prác­ticas de nuestra Compañía; hemos de creer que estamos en deuda con todas y que tenemos obli­gación de servirlas para su ayuda espiritual y material. Que la prudencia nos enseñe a darles confianza en sus necesidades, sin preferencias por nadie» (cf SLM. o. c., p. 532).

Las citas sobre las exigencias de virtud, según San Vicente, en cualquier superior son abundan­tes, dado el número de textos que se podrían se­leccionar al efecto. Esto lo han de tener muy en cuenta los superiores mayores, y hasta la misma comunidad, a la hora de proponer a alguien para el cargo (aquí, como en otros casos, «no basta aparentar sino que es necesario serio»). Un su­perior, responsable y dotado suficientemente pa­ra el cargo, debería «ser el primero en todo». A él, en efecto, le están encomendadas cosas que, sin su presencia y actuación, muchas veces no se harían, con detrimento del orden y buena mar­cha de la Comunidad. «Sea no solamente fiel en observar las Reglas, sino también exacto en ha­cerlas observar; faltando en esto, todo irá mal… Es necesario que sea usted como la sal, que evi­ta la corrupción en el grupo del que usted es pas­tor» (X1, 240) Deberá, sobre todo, dar «buen ejem­plo de que sabe obedecer» a los superiores que están por encima de él, según el aforismo popu­lar: «para mandar bien hay que saber antes obe­decer» (sobre este punto de la «obediencia a los superiores mayores» y la prudencia que esto im­plica en un superior local, cfr. «obligación de con­sultar» y «prudencia», poco después). Cuando San Vicente habla de «firmeza» en el desempe­ño del cargo, no se refiere a una «firmeza» infle­xible, incomprensiva, dura, sino dulce, prudente y fraternal-caritativa: «Es preciso mantenerse fir­me en los fines y flexible en los medios» (II, 250, entre otras varias citas). Sin esta «firmeza», con frecuencia los superiores se hacen responsables del estado calamitoso de la comunidad (X1, 239) «Las faltas que se cometen en la comunidad se le imputarán al superior si se siguen cometiendo por no poner él remedio, y Dios le pedirá cuen­tas de ello» (XI, 121). «Recuerde, amonestará a otro superior, que todos los desórdenes vienen principalmente por el superior, que por negligen­cia o por mal ejemplo es causa de que se intro­duzca el desorden» (X1, 239; cf. también X1, 113; IV, 75). La cita siguiente hay quien la ha conside­rado «la mejor definición del espíritu de gobierno que animó al mismo San Vicente de Paúl»: «Me pregunta de qué modo debe usted portarse con los espíritus vivos, con los desconfiados y con los críticos; le respondo que la prudencia debe ser quien regule esas relaciones. En ciertos casos es bueno entrar en sus sentimientos, para hacerse todo a todos, como dice el Apóstol; en otros, se­rá bueno contradecirles con dulzura y modera­ción. En otros, habrá que mantenerse firme con­tra su manera de obrar. Pero es necesario que se obre siempre pensando en Dios y según crea us­ted que es más conveniente para su gloria y la edificación de la comunidad» (1V, 91).

«Ciertamente la paciencia y el aguante son los remedios más eficaces que nuestro Señor y la experiencia nos han enseñado para llevar a los demás a la virtud» (V1, 558; cf. también X1, 60). De Cristo y de su propia experiencia saca San Vi­cente su peculiar sabiduría acerca del gobierno de la comunidad. Es al mismo P. Portail, su asesor incondicional, a quien aconseja así: «Porque usted es mayor de edad (tenía 50 años y aún vivió otros 30 más), el segundo de la Compañía y el su­perior, aguante todo, repito: todo, del buen P. Lu­cas; le digo una vez más: todo. De modo que, des­pojándose de su autoridad, acomódese a él en la caridad. Por ese mismo medio Nuestro Señor se ha ganado a sus apóstoles y los ha dirigido» (I, 174; cf. también III, 531). Necesariamente hemos de tra­er este otro texto magistral, confesión del modelo de su quehacer al frente del gobierno de la Co­munidad: «Como nuestro Señor debe ser nues­tro modelo en cualquier condición en que nos en­contremos, los quegobiernan deben aprender cómo ha gobernado El, y conformarse a El. Él go­bernaba por amor. Si a veces prometía recom­pensas, otras proponía castigos. Hay que obrar igual, pero siempre por este principio de amor» (XI, 476; cfr. también XI, 225 y ss.).

La paciencia y la humildad son virtudes her­manas, necesarias de todo punto en el ejercicio del gobierno de una comunidad: «Grande es la mi­seria humana; por ello, la paciencia es necesaria a los superiores» (VI1, 506); y añadía el Santo en otro lugar: «la paciencia, referida en particular a los superiores, es la virtud de los perfectos» (IX, 794). En la medida en que un superior, al ejer­cer el cargo, se mira a sí mismo, se llena de egoísmo e interés personal, de vanagloria, de amor propio; por ello, se verá a la postre negado de la ayuda de Dios (las citas serían abundantes (VII, 250) Él mismo, que exige tanta virtud del su­perior y tanta sumisión, respeto y obediencia de parte del súbdito, sin embargo, se sentía «indig­no superior» (fórmula constante en la firma de sus cartas), «pues, decía, soy el peor y el más pe­queño de todos los hombres», y expresiones aún más duras, como ésta otra, referida a su condi­ción de superior general de la Compañía (confe­sión hecha a sus Hijas de la Caridad): «Se lo di­go muchas veces a nuestros padres: todo el mal que se hace en la Misión, decid que es por cul­pa del padre Vicente; si se hace algún bien, atri­buídselo a Dios; pero el mal achacádselo a los su­periores…» (IX, 860).

b) Cualidades

Importantísima es, a este respecto, la confe­rencia del santo Fundador a los Misioneros, pro­nunciada en la Casa Madre de París precisamente el día 27 de sept. de 1656, cuatro años antes de su «preciosa» muerte; en ella, paternalmente y mirando al bien futuro de la Compañía, se dirige a todos los Misioneros, llamados o que habrían de ser llamados a desempeñar el cargo de su­perior. La última biografía del Santo la recoge entera bajo el título de «El Breviario del Buen Su­perior» (cf J. MI Román San Vicente de Paúl. Bio­grafía, BAC, 2 ed., Madrid, 1982, p. 310-311). Es imposible, en un resumen como éste, transcribirla entera. El superior, según el espíritu y esquema de la conferencia, ha de ser, ante todo, «hombre lleno de Dios», «hombre de oración», «hombre con espíritu heroico de servicio», «hombre de profunda humildad», «imitador siempre de la con­ducta de Cristo» («otro Cristo»), «hombre en co­munión con sus superiores mayores», «hombre de buen ejemplo para la comunidad», «preocu­pado tanto por lo espiritual como por lo mate­rial», etc. (X1, 235-242).

Hablando asimismo de las cualidades de la «hermana sirviente», exige el Santo que «sea de buen juicio», «buena cristiana», «buena religiosa» y «buena oficiala», «la primera en todo», «activa» y «que tenga celo por la gloria de Dios y la sal­vación de las almas» (cf Avisos y conferencias es­pirituales de san Vicente de Paúl, Madrid, 1903, p. 63 ).

San Vicente, por otra parte, no tiene para na­da en cuenta la edad en que conviene sea elegi­do el superior, sino la madurez espiritual y hu­mana: «No hay que tener siempre en cuenta los años en lo tocante al gobierno, pues se encuen­tran muchos jóvenes que tienen más aptitud pa­ra gobernar que algunos mayores y antiguos de la comunidad… Un hombre con profundo criterio y gran humildad es capaz de gobernar debida­mente (una comunidad)» (X1, 351) Es deseable también la ciencia, aunque no es imprescindible: «… pero una persona que reúna ciencia, disposi­ción para dirigir y buen juicio, ¡qué tesoro!» (XI, 361). Sin embargo, es difícil, casi imposible, encontrar este conjunto de virtudes y de cuali­dades en el mismo sujeto, tal como reconoce el mismo Santo: «No es fácil encontrar hombres perfectos y que no dejen nada que desear; lo que falta a ese servidor de Dios es una nada en com­paración de lo que tiene» (cf A. D. Agnel, San Vi­cente de Paúl, director de conciencia, Madrid, 1917, p. 351). Reafirmándose en ello, escribe a un súbdito: «Ciertamente, señor, es muy difícil en­contrar superiores a quienes nada les falte; es verdad que el vuestro no tiene experiencia ni tam­poco apariencia externa, pero es prudente y vir­tuoso» (cf Agnel, o. c., 351; cf. también E. Molina, El superior local de la C.M., Salamanca, 1960, p. 161s).

c) La prudencia del superior

Es, tal vez, la virtud más necesaria para un su­perior, si atendemos a las veces que la mencio­na el santo Fundador y a la importancia que le presta. El buen criterio y prudencia aseguran el equilibrio de la persona y son base de su autén­tica personalidad. Esta solidez de juicio y de decisión es para San Vicente algo así como el quicio donde debe apoyarse el ser y actuar del superior (cf XI, 361). San Vicente era muy riguroso con los superiores «imprudentes», ya que si­guiendo a Santo Tomás de Aquino, declaraba que «la prudencia debía ser la virtud de los que man­dan»: «El prudente obra como es preciso, cuan­do es preciso y por el fin que se precisa» (XI, 466). «Le aseguro, escribía dolorido al P. Dehorgny, su­perior de la casa de Roma, que dos o tres supe­riores que se porten igual que usted (impruden­temente) serían suficientes para echar a perder la Compañía» (II, 483). Y al P. Codoing, también superior de Roma en esta ocasión, le amonesta­ba con seriedad: «le ruego someta y ajuste sus pensamientos a las decisiones que tomemos aquí (en París) y esto, no sólo respecto de un asunto sino de todos». He aquí otro texto muy mencionado del Santo: «El (superior) prudente obrando con discreción hace todo con peso, nú­mero y medida, pues es propio de la prudencia regular no sólo el habla sino también la acción…» (XI, 466).

VI. El asesoramiento y la consulta a los demás

Incluida por supuesto la Comunidad propia («corresponsabilidad» se llama hoy), le evitarán al superior el contagio de un mal «muy pernicioso», «la malignidad del cargo que corrompe». : «He experimentado desde hace mucho tiempo y veo que en la mayor parte (de los superiores) suce­de esto, que este estado de superioridad y de go­bierno es tan maligno que deja de por sí mismo y por su naturaleza una malignidad, una mancha villana y maldita, de manera que, una vez fuera del cargo, tiene todas las dificultades del mundo para someter su juicio, y en todo, encuentra al­go que replicar» (X1, 60). El superior, para verse li­bre de esta «malignidad del cargo», deberá cada día profundizar en humildad ante Dios y ante los hermanos, siempre dispuesto al «diálogo co­rresponsable». Así aconsejaba San Vicente a un superior pronto a este peligro: «Otra cosa que yo le recomiendo es la humildad de nuestro Señor. Dígase a menudo: «Señor, ¿qué he hecho yo pa­ra lograr tal cargo? ¿Qué obras he hecho que ha­yan merecido esta carga que se me pone sobre los hombros? Ah, Dios mío, lo voy a estropear to­do si no diriges tú mismo mis palabras y mis obras» (X1, 59; cfr. también XI, 361). San Vicente, al ha­blarnos así de «la malignidad del cargo», lo hace desde la experiencia y conocimientos adquiridos al contacto suyo con multitud de superiores y au­toridades de todo tipo (eclesiásticas, religiosas, ci­viles, políticas, etc.). El mismo, por prudencia, se asesoraba de continuo y contaba para ello con con­sejeros, admonitor, comunidad, etc. Afirma, en efecto: «Yo pregunto muchas veces, incluso a los hermanos coadjutores, y sigo su consejo en las cosas que se refieren a sus oficios. Cuando se hace eso con las debidas precauciones, la au­toridad de Dios, que reside en los superiores y en los que los representan, no sufre ningún me­noscabo; al contrario, el buen orden que se sigue de ello hace a esa autoridad más digna de amor y de respeto» (IV, 39; abundan las citas).

A San Vicente, por otra parte, acudían en bus­ca de consejo y orientación reyes, cardenales, obispos, sacerdotes y, por supuesto, sus Misio­neros e Hijas de la Caridad. Tenía la vocación de «dar consejo a todo el que de él ha menester». Qué muestra de humildad la suya cuando res­ponde a Luis Abelly, su primer biógrafo y vicario general de la diócesis de Bayona: «¡Oh Señor! ¡Cómo confunde usted al hijo de un pobre labra­dor, que ha guardado ovejas y puercos, que to­davía permanece en la ignorancia y el vicio, cuan­do le pide sus consejos!» (II, 9).

VII. Quehacer de un superior de la Misión

Se lo expone de un modo breve y preciso, como si de una regla se tratara, al superior de la Misión de Sedán: «He aquí, padre, en qué con­siste vuestra encomienda (en cuanto superior) y a qué os debéis ante todo dedicar: 1) a vuestra perfección; 2) a la perfección de la comunidad; 3) a anunciar la Palabra de Dios al pueblo católi­co de Sedán y, durante las misiones, a las pobres gentes del campo; 4) a administrar los santos Sacramentos; 5) a los oficios litúrgicos del culto; 6) a procurar el bien de los pobres, a visitar a los enfermos y prisioneros, etc.» (II, 378). En otra ocasión añade: «Vuestra principal obligación es el gobierno general de la comunidad y de sus asuntos; debéis vigilar sobre todo y trabajar por­que todo se haga en orden» (VII, 441). El queha­cer de un superior local lo entendía siempre el Santo Fundador, como ya se ha indicado, bási­camente en comunión con sus superiores ma­yores.

San Vicente habla poco de los derechos, que los tiene, por supuesto; habla, en cambio, y con «machaconería» de las obligaciones que tiene to­do superior que se sienta «servidor de la comu­nidad». (Sí les dirá a los súbditos cuáles son sus obligaciones respecto a los superiores). Estas obligaciones o incumbencias se referirán siempre al «buen orden de la comunidad» y quedarán ex­plicitadas, en su mayor parte, en las Reglas so­bre todo (evitamos las numerosas citas): dar y denegar permisos; señalar oficios y deponer de sus oficios a los miembros de la comunidad; co­rregir e incluso castigar; estar obligado a residir en comunidad, consultar a los miembros de la comunidad, aunque sin obligación de seguir el parecer de ellos, sobre todo si no es unánime; abrir y leer cartas; presidir, etc.

VIII. La confianza en Dios, fuerza de los supe­riores

Ella es la fuerza eficaz que consuela y ayuda positivamente a los superiores abatidos por las di­ficultades y las limitaciones. San Vicente, en mul­titud de ocasiones, da a entender que, si a algu­no se le exige fe y confianza en Dios, es a un superior. Así, escribiendo al P. Jean Martin, su­perior de Turín: «Admiro… las gracias especiales con que bendice el Señor su dirección, llenando su corazón de una confianza perfecta en su ayu­da; parecen ser el medio de los medios para lle­var a cabo su obra con toda facilidad. Ha encon­trado usted el secreto… Así pues, padre, seamos firmes en esa querida confianza en Dios, que es la fuerza de los débiles y el ojo de los ciegos» (III, 138-139). El superior como el súbdito, pero sobre todo el superior, deberá siempre abando­narse en las manos de Dios, en la seguridad de que así todo resultará al final bien.

Bibliografía

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