El Catecismo de Santa Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana, Luisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Benito Martínez, C.M. · Year of first publication: 2011.
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Luisa de Marillac
Luisa de Marillac

Los archivos de las Hijas de la Caridad en la Casa Madre de Paris conservan un catecismo escrito por santa Luisa. Al examinarlo, da la impresión de que no era una redacción definitiva, pues hay párrafos que están desordenados; más parece el borrador de un catecismo que intentaba componer y que seguramente compuso, sin que podamos saber ni cuándo ni para qué ni para quiénes.

Importancia de los catecismos en el siglo XVII

Por aquellos años la Iglesia católica estaba convencida no solo de la utilidad sino de la necesidad del catecismo. Había contemplado los éxitos logrados para la Reforma por El Catecismo Menor1 que había compuesto Lutero un siglo antes (1529) y los estragos que El Catecismo de la Iglesia de Ginebra,2 compuesto por  Calvino (1542), había causado en la Iglesia católica de Francia, como lo indica san Vicente en el sermón que predicó hacia 1616 en presencia de los Gondi: «Aunque sólo fuera verdad que vemos a los hugonotes, nuestros enemigos, cómo nos han quitado las armas de las manos para destruirnos, ¿no deberíamos volver a cogerlas para defendernos de ellos? Y ya sabéis cómo ellos tienen tanto interés en aprender y enseñar. Enseñan el catecismo todos los domingos, después de comer, a sus hijos, de forma que no hay uno solo de ellos que no sepa dar razón de su fe y no dispute sobre ello con tino y hasta con pertinencia. Los que han sido mordidos por un áspid, cogen al mismo áspid, lo aplastan sobre la herida y de esta forma recobran la salud. Los hugonotes se sirven del catecismo para destruir nuestra fe. Volvamos a coger nosotros el catecismo y aplastémoslo sobre la herida» (X, 37).

Pero el pueblo sencillo no distinguía bien qué catecismos eran católicos y cuáles contenían la doctrina de los llamados reformados. Para corregir aquella confusión, entre 1555 y 1559, el jesuita Pedro Canisio había publicado el catecismo Mayor en latín para los clérigos y estudiantes y el Menor en alemán para el pueblo sencillo.3 Tuvieron un éxito generalizado debido a su lenguaje preciso y concreto con comparaciones cercanas a la gente y a su antiprotestantismo, aunque sin entrar directamente en la polémica. Como Lutero y Calvino, Canisio acentúa la Sagrada Escritura, pero añade además la tradición de la Iglesia, recalcando que el Espíritu Santo sigue actuando a lo largo de los siglos en la Iglesia. Mientras que Lutero y Calvino escriben para la predicación y la catequesis familiar, Canisio, racional y frío, escribe para las aulas.

Años después, el 26 de febrero de 1562, la sesión XVIII del Concilio de Trento confía a una comisión de cuatro teólogos dirigida por san Carlos Borromeo la redacción de un catecismo, pues «queriendo combatir absolutamente un mal tan grande y funesto a través de un remedio eficaz, no sólo se ha querido definir cuidadosamente los puntos principales de la doctrina católica contra las herejías de nuestro tiempo, sino que se ha tomado la obligación de dejar, para la instrucción de los cristianos sobre las verdades de la fe, un plan y un método que podrían seguir con toda seguridad en sus iglesias quienes tuvieran la carga de Doctor y Pastor legítimo» (Catecismo, prefacio, VII).

Publicado en latín y en italiano con el título de Catecismo editado para los párrocos por mandato de Pío V de acuerdo con el decreto del Concilio Tridentino,4 se mandó que se tradujera a las lenguas vernáculas (sesión. XXIV, De ref., c. VII).

Pero el catecismo que más daño hizo a los protestantes fue el catecismo de Roberto Belarmino.5 El Breve de Clemente VIII en 1598, elogiándolo, contribuyó en gran manera a propagarlo y a traducirlo a otros idiomas, entre ellos al francés.

El catecismo en san Vicente de Paúl

En 1563 el jesuita francés Edmond Auger publicó para Francia su Catecismo y sumario de la religión cristiana.6 Era un catecismo antropológico y polémico, más para conocer la religión y creer que para vivir la vida cristiana. Después de él, desde principios del siglo XVII se publicaron catecismos por muchos lugares de Francia, extendiéndose la catequesis por toda la nación, pero sólo se afianzó después de 1640. Recordemos lo que un hereje le dijo a san Vicente por el año 1620: «Señor, dice usted que la Iglesia de Roma está dirigida por el Espíritu Santo, pero yo no lo puedo creer, puesto que por una parte se ve a los católicos del campo abandonados en manos de unos pastores viciosos e ignorantes, que no conocen sus obligaciones y que no saben siquiera lo que es la religión cristiana; y por otra parte se ven las ciudades llenas de sacerdotes y de frailes sin hacer nada; puede ser que en París haya hasta diez mil, mientras que esas pobres gentes del campo se encuentran en una ignorancia espantosa, por la que se pierden. ¿Y quiere usted convencerme de que esto está bajo la dirección del Espíritu Santo?; no puedo creerlo» (XI, 727).7 Los curas de los pueblos no solían estar capacitados para poner en práctica lo que impulsaban los obispos reformadores.

Convencido de esta realidad, San Vicente comenzó a establecer la catequesis ya en Clichy, Chatillon y por las tierras de los Gondi, y cuando funde la Congregación de la Misión pondrá en el centro de las misiones, además de la confesión general, la explicación del Catecismo Mayor y del Menor, como se lo escribe al P. Lamberto: «Todo el mundo está de acuerdo en que el fruto que se realiza en la Misión se debe al catecismo; y afirmando esto, últimamente una persona de calidad, añadió que los misioneros se esforzaban todos en predicar bien, pero que no sabían dar el catecismo, y dijo esto en mi presencia y en la de una buena compañía. En el nombre de Dios, padre, advierta esto a la compañía de ahí. Mi pensamiento es que los que trabajen, tienen que hacer uno el catecismo mayor y el otro el catecismo menor solamente, y hablar dos veces al día. Y se pueden llevar al catecismo algunas enseñanzas morales para impactar; pues, como he dicho, se advierte que todo el fruto viene de allí» (I, 441).8

De acuerdo con esta mentalidad, muchos reglamentos de las Caridades especifican que las Damas escucharán el catecismo y se lo enseñarán a los pobres. Mentalidad que el P. Alméras llevará a las Reglas de las Hijas de la Caridad, obligando a las Hermanas al «ejercicio del catecismo entre ellas para hacerse capaces de instruir a los pobres y a los niños, de las cosas necesarias para su salvación» (RC, IX, 16).9

Un catecismo para uso de las Hermanas

Santa Luisa tenía que conocer los catecismos que se habían editado en Francia durante el siglo XVI y principios del XVII, ciertamente muchos en latín, pero bastantes en francés. No pienso, por ello, que compusiera el suyo por creer que pudiera mejorarlos ni tampoco para ahorrarse el precio de la cantidad de catecismos que necesitaría para todas las Hermanas que enseñaban por los pueblos. Bastaba copiar cualquiera de los publicados, entre ellos el de Belarmino, traducido al francés por san Francisco de Sales en 1601. Es cierto que muchos de estos catecismos no eran ediciones que estuvieran al alcance de todo el mundo. Parece que estaban destinados a los curas y maestros, pues se los incluía en el Ritual o en otro libro sacerdotal. Dar un manual a cada niño no se generalizó hasta 1670. Sin embargo, parece que santa Luisa ya en 1649 quiere que los niños usen ellos mismos un catecismo, pues a quienes piden dos Hermanas para Fontenay aux Roses, les requiere una docena de catecismos pequeños (manuales), que correspondería al número aproximado de los alumnos de los cuatro bancos de la escuela (D 497).

Santa Luisa ¿tuvo intención de componer un catecismo para que las Hijas de la Caridad se lo enseñaran a las niñas de una manera humilde y sencilla? Hay un motivo que puede avalar esta teoría; un motivo que desveló ella misma al final de su vida, cuando Sor Isabel Turgis le pidió que le enviase el catecismo de Belarmino. Santa Luisa se lo envió con repugnancia, de acuerdo con el parecer del P. Lamberto. Temerosa, sin embargo, llevó el asunto a un consejo de la Compañía y allí escuchó de san Vicente: «Señorita, no hay mejor catecismo que el de Belarmino, y si todas nuestras hermanas lo supieran y lo enseñaran, no enseñarían más que lo que deben enseñar, ya que ellas están para instruir a los demás, y deberían saber todo lo que tienen que saber los párrocos».10

San Vicente buscaba lo mejor para evangelizar a los pobres, santa Luisa también, pero ella temía que la Compañía perdiera su espíritu humilde de sirvientas y así se lo manifestó a Sor Turgis: «No conozco un catecismo lo bastante extenso si no es el del señor Cardenal Belarmino; pero me ha parecido que el señor Lamberto no juzga oportuno que expliquemos por él la lección a las niñas, ni siquiera a las muchachas mayores, diciéndome que no era propio más que para los párrocos. Y para decirle la verdad, querida Hermana, sería muy peligroso para nuestra Compañía que pretendiéramos hablar doctamente, no sólo por nuestro interés particular, que es tan inclinado a la vanidad, sino también por miedo a decir errores» (c. 233).

Al final de su vida explicará más claramente a qué se refería con la frase «sería muy peligroso para nuestra Compañía», cuando se oponga a que las Hermanas den el catecismo en la sala del hospital de La Fère, y no sólo porque, al tener la sala un altar donde se celebraba la eucaristía, se consideraría explicar el catecismo en público, llenándolas de orgullo y vanidad o porque temiera que no estuvieran bien preparadas y pudieran decir algún error, sino también, y sobre todo, porque exigiría grandes estudios a las Hermanas que lo dieran, abandonando el servicio para encontrar tiempo de estudio, y lo que más la aterraba, se dividiría la Compañía en señoras y sirvientas, y el servicio material sería despreciado, así como el modo de vivir y vestir de sirvientas. En palabras de santa Luisa: «Pero hacer de esta función lo principal dentro del Cuerpo de las Hijas de la Caridad, es un camino para destruirla o al menos para introducir dos cuerpos en uno, es decir, que las que se considerarían aptas para tal empleo, serían el cuerpo dominante y tendrían la pretensión de ejercer las funciones de Santa Magdalena, someterían y tendrían por debajo de ellas a las que estuvieran empleadas en la visita a los enfermos, y poco a poco las jóvenes pobres no tendrían ya entrada en la Compañía, y las otras se convertirían pronto en «Damas», que es ya la pretensión de varias» (E. 108).11

Las Hijas de la Caridad debían enseñar la doctrina, pero no como si tuvieran autoridad, y como los catecismos que se habían editado eran para los párrocos y clérigos, ella quería componer un catecismo no oficial, sino, como se dice hoy día, para uso privado. Así interpreto que le aconsejara a una Hermana que nunca dijera «voy a dar el Catecismo o venid al catecismo», sino «vamos a hacer la lectura», pues «no nos toca a nosotras hablar o enseñar de tal suerte; y con el libro en la mano, pueden dar algunas explicaciones familiares, pero nunca nada relevante» (c. 204).

Sin embargo, santa Luisa, viendo el fruto que hacían sus hijas con la enseñanza del catecismo, temió anteponer la Compañía a los pobres, lo consultó con el P. Portail, Director General, y dos meses antes de morir volvió a escribir a Sor Maturina Guérin: «En este momento recibo su apreciada carta y vuelvo sobre lo que ya le he dicho acerca del catecismo. Si ha llegado el tiempo de que lo que las Hijas de la Caridad han hecho desde hace mucho tiempo hasta ahora a la sordina, resplandezca a plena luz, ¡bendito sea su santo Nombre! Creo que el señor Portail le habrá escrito según me dijo» (c. 716).

El P. Portail, al que consultó igualmente Sor Maturina Guérin, le había permitido que lo hiciera «de la manera acostumbrada», con tal que fuera autorizada por el obispo y el párroco y con tal que cuidase «de humillarse mucho porque Dios se sirva de los instrumentos más débiles para confundir las cosas fuertes» (D. 773).

Esta intención de la Santa quedaría confirmada por la estructura del catecismo: no pone las oraciones del Padrenuestro y Avemaría o el Credo, sino que las inicia solamente, porque las Hermanas ya las sabían; se detiene minuciosamente en los sacramentos de la Eucaristía y de la confesión que era lo que más interesaba enseñar a las niñas para la vida; explica algo el bautismo, la confirmación y la «extremaunción» y enumera solamente el orden y el matrimonio, que, al explicarlos, resuena más en el conocimiento que en el corazón. Quiere que se expliquen los misterios de la Trinidad y de la Encarnación, pero ella no pone ninguna explicación, seguramente porque no quería que las Hermanas se mostrasen «doctoras» en el hablar o por miedo a que cayeran en errores. Le interesa más que las Hermanas preparen a las niñas para llevar una vida cristiana, deteniéndose en el pecado, la devoción a las Cinco Llagas y en los Ejercicios cristianos del día, así como en el modo de «oír la santa Misa», aunque ciertamente sea una manera de participar en la Eucaristía un tanto arcaica para hoy día, terminando con el examen de conciencia y las oraciones de la mañana y de la noche.

Catecismo para su uso personal

Sin embargo, estas mismas razones valen para afirmar que lo compuso exclusivamente para uso personal suyo, cuando enseñaba la doctrina a las niñas, como parece indicarlo san Vicente cuando le escribe hacia 1635: «¡Dios mío! ¡Cómo deseo que sus hijas se ejerciten en aprender a leer y que sepan bien el catecismo que usted enseña!» (I, 344). Y habría empezado a componerlo hacia 1629, año en que comienza a colaborar con san Vicente visitando las Caridades de los pueblos y enseñando a las niñas pobres.

Hay otros datos que inducen a pensar que lo compuso exclusivamente para ella y que las Hermanas, a pesar del deseo de san Vicente, no lo utilizaron. Son los datos siguientes: que no se haya encontrado copia alguna en otras comunidades, el hecho de que ya nunca más se hable de este catecismo, ni en ocasiones en las que sería acertado indicarlo, por ejemplo, cuando san Vicente explicando los artículos 17-23 de las Reglas comunes,12 comienza a hablar expresamente de estudiar el catecismo, nada dice de un catecismo compuesto por la Señorita. Tampoco santa Luisa lo indica ni en la correspondencia ni en los Reglamentos, cuando habla de la obligación que tienen las Hermanas de aprender y enseñar el catecismo a las niñas.13 Y parece confirmarlo el hecho de que en 1649, al hacer el inventario de lo que el señor Beguin, debía dar a las Hermanas de la escuela que iba a fundar en Fontenay aux Roses, santa Luisa claramente requiere un catecismo de Belarmino y una docena de catecismos pequeños para los niños, y nada dice de un catecismo compuesto por ella (D. 497).

Redactar un catecismo a modo de guía y soporte de la catequesis estaba de acuerdo con su sicología. Sabemos que Luisa de Marillac tenía una mente clara para ordenar los asuntos y soltura para redactar notas, pensamientos y los resúmenes de sus Ejercicios Espirituales y de su oración. Vicente de Paúl, que la conoció bien, la envió a visitar y reorganizar las Caridades, de cuyas visitas ella le enviaba redacciones detalladas; le confió el gobierno de la Compañía de las Hijas de la Caridad, la direc­ción de las Hermanas y planificar las fundaciones de Angers, Nantes, el hospital asilo del Nombre de Jesús, dejándonos por escrito cada uno de los pasos que daba y las conclusiones que sacaba o se deberían sacar. Era ella quien redactaba la mayoría de los reglamentos de las Hijas de la Caridad que él corregía, mientras que las Reglas Comunes de las Hermanas y las instancias a las autoridades civiles y eclesiásticas redactadas por el Santo, ella las examinaba, enviándole por escrito sus atinadas conclusiones.14 Me parece natural, por todo ello, que redactara un catecismo que le sirviera de soporte en la catequesis.

Todo esto explica que el catecismo no sea definitivo, que no esté terminado. Hay tachaduras, correcciones e indicaciones al margen, hechas por ella misma para ordenar los párrafos. Parece que lo estuviera corrigiendo continuamente. Y así se explica que, al hablar de los misterios de la Trinidad y de la Encarnación, ponga que se explique, pero no pone la explicación o bien porque pensaba añadirla después o bien, porque siendo para ella exclusivamente, no necesitaba escribirla, y haría muy extenso un catecismo que le servía solo de soporte en la catequesis.

Estructura del catecismo.

Se puede afirmar que el catecismo está bien trabajado. Las partes dirigidas a la vida religiosa que llevan los cristianos están bien trazadas, como si estuvieran redactadas para entregárselas a cada niña. Estas partes, más que un catecismo, parecen un conjunto de respuestas a unas preguntas que se imagina le hacen las niñas. Se parece mucho al conjunto de «Preguntas cristianas con sus respuestas formuladas por Lutero para los que intentan comulgar», y que algunas ediciones añaden al final de su catecismo.

Aunque yo mismo me sorprendo cuando lo leo, encuentro el catecismo de santa Luisa más parecido al catecismo de Calvino -en su forma, no en su doctrina- que a los de Belarmino y Canisio. Pedro Canisio quiere explicar en su Catecismo la doctrina católica en contraposición a la reformada, como un maestro de escuela explica la ciencia, apoyándose en las expresiones qué es, cuál es, quién es… Y así, lo titula Suma de la doctrina cristina, es decir, «recopilación de todas las partes de una ciencia», más para estudiar que para vivir. Resulta, por ello, racional y frío. Algo parecido habría que decir del Catecismo de Roberto Belarmino, titulado Doctrina Cristiana. Calvino titula el suyo, Catecismo de la Iglesia de Ginebra, pero no suma, y en la carta al lector le advierte que la palabra catecismo solo quiere indicar las costumbres y usos que desde muy antiguo se han observado entre los cristianos. Es cierto que su catecismo y el de santa Luisa pretenden ante todo definir y esclarecer la religión reformada él y la católica ella, pero por la forma en que están redactados nos dejan un sabor para la vida con expresiones más incisivas y vitales como por qué, cómo, ahora bien, cuándo, en fin, entonces.15

Tomando solo el comienzo de los dos catecismos -el de santa Luisa y el de Calvino-, vemos que ambos comienzan por la salvación de los hombres lograda por Jesucristo, el de santa Luisa lo hace para vivir la doctrina católica, mientras que Calvino lo escribe para establecer y consolidad su nueva religión en Ginebra y en Europa. Aunque la salvación nos la ha logrado Jesucristo, santa Luisa explica que hay que conocer y creer con fe viva los misterios de la Trinidad, de la Encarnación y de la Eucaristía, pero expresamente declara que no basta con creerlo, se necesita amar a Dios y el amor nos lleva a las obras, a cumplir los mandamientos. Por su parte Calvino pone la salvación en la fe que nos lleva a honrar a Dios, y le honramos cuando confiamos en Él, admitiendo que es todopoderoso y bueno, porque lo ha manifestado con su Palabra.

Si se quiere hacer una comparación acertada, hay que tener en cuenta que Calvino, aunque suene a veces a arriano, presenta una interpretación ortodoxa de la Trinidad, de Cristo y del Espíritu Santo. Es cierto que pasa a segundo plano el significado de la humanidad de Cristo, porque su doctrina es fuertemente teocéntrica -«Sólo a Dios la gloria»-. Calvino a toda costa quiere resaltar la soberanía de Dios, su libertad absoluta y omnipotente que domina y controla la libertad humana; su providencia es la expresión de su dominio en la tierra. El hombre no puede hacer nada para su salvación; todas sus obras son malas porque su naturaleza está radicalmente corrompida por el pecado original. La salvación del hombre es un puro don gratuito de la absoluta soberanía de Dios, y, por ello, admite la predestinación positiva del hombre al cielo o al infierno. De acuerdo con esta doctrina, sólo acepta dos sacramentos, el bautismo y la eucaristía, ésta como algo meramente simbólico que no confiere la gracia.

No se olvide que, con solo unos meses de vida, en 1591 Luisa de Marillac fue llevada al Convento de las dominicas de Poissy, y que en 1561 se había celebrado en el comedor del convento un coloquio entre calvinistas y católicos. No sería extraño que aquellas monjas cultas y bien preparadas intelectualmente, discutieran sobre la doctrina y en la casa se guardaran catecismos hugonotes y católicos.

Validez del catecismo de santa Luisa

Hoy día podemos considerar el catecismo de santa Luisa, así como los demás catecismos de aquel tiempo -con una metodología de preguntas y respuestas-, anticuados e inservibles para la catequesis moderna. Sin embargo, fueron los catecismos que utilizaban las Hijas de la Caridad para catequizar a los niños de aquella época. No podemos, pues, caer en el anacronismo histórico de analizarlo con la mentalizar moderna que tenemos después del Concilio Vaticano II.

El mundo ha cambiado no sólo en ciencia, cultura, técnica, economía, etc., sino también en la exposición de la religión y en la forma de concebir y vivir el catolicismo. Si partimos de que el kerigma es anunciar que Cristo se encarnó y fue crucificado para salvarnos, que resucitó al tercer día, que es la Segunda Persona de la Trinidad, Dios verdadero y que nos envió el Espíritu Santo para anunciar y vivir el Reino de Dios, tal como lo proclaman los evangelios, los Hechos de los Apóstoles y san Pablo, la segunda fase es la catequesis: ayudar a los creyentes a reflexionar esta verdad, incorporarse al Cuerpo de Cristo por medio de los sacramentos, a vivir como Él vivió cumpliendo los mandamientos y a pedirle por medio de la oración su gracia para cumplirlos y anunciar el Reino. Pero hoy nos encontramos que la mayoría de los hombres no tienen fe y habría que empezar por anunciarles el Evangelio.

Los destinatarios de la catequesis hoy día son personas que no practican sus creencias, pero que las tienen, y por eso el catequista debe ser un testigo de una fe que quiere compartir con los catecúmenos a través de sentimientos y vivencias. Las nuevas orientaciones para la catequesis parten de la convicción de que Dios existe, de que Jesucristo está en los sacramentos y de que el Espíritu Santo está en todas las personas, pero que, sin embargo, viven ajenos a ello. El objetivo de la catequesis sería, pues, iniciar al catequizando a tomar conciencia de esta realidad y a vivir según esa conciencia. El catequista sería un acompañante más que un enseñante. La catequesis viene a ser como un acompañamiento individual hacia una fe que es ciertamente un don de Dios, pero a la que debemos allanar el camino para que se afiance en nosotros.

En el siglo XVII, todo era distinto, muchísimos hombres y la mayoría de las mujeres no habían ido a la escuela e ignoraban la doctrina católica, con el peligro de caer en la religión reformada. Había que enseñarles cuál era la doctrina católica que practicaban, aunque fueran actos religiosos de unos hombres y mujeres que no conocían la profundidad de lo que hacían, pero llenos de una fe que hacía exclamar a san Vicente: «Si existe una religión verdadera… ¿qué es lo que digo, miserable?…, ¡si existe una religión verdadera! ¡Dios me lo perdone! Hablo materialmente. Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar» (SV. XI, 120).

Ante esta situación la catequesis era enseñar una doctrina, con maestros doctos y bien preparados, con los mejores catecismos y los medios más apropiados para enseñar a aquellas gentes los fundamentos y las razones de su fe. Más en una sociedad en constante rivalidad con la nueva religión reformada de Calvino que se extendía amenazadora por muchas regiones de Francia.

Los catecismos de Auger, Canisio y Belarmino eran para catequistas maestros que enseñaban el mensaje de Jesucristo de la doctrina católica en forma racional. El catecismo de santa Luisa también es sistemático, conciso y claro, sin embargo, presenta la peculiaridad de unir la fe a la vida con ejemplos de la vida diaria; es decir, une profundizar en el mensaje evangélico para educar la fe (CIC n. 5) a la orientación básica del comportamiento de las personas. Las preguntas de su catecismo y las respuestas tocan la vida diaria y los conflictos de las personas comunes. Se acerca más a la tarea de la catequesis moderna: «iniciar en la actitud de la fe en cuanto adhesión personal a Dios -obsequium fidei-… con significación tanto en la espiritualidad y piedad de los fieles como en la praxis pastoral».16

* * *

E. 29 (A. 48) (D 824) Catecismo

¿Quién os ha criado y puesto en este mundo?
Dios, para amarle y servirle y para darnos el paraíso.

¿Cómo conocéis a Dios?
Por la fe.

¿Qué os enseña la fe?
Un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¿Quién de las tres personas es el más antiguo y el más sabio?
Son iguales en todas las cosas, porque sólo hay un Dios aunque sean tres personas.

¿Cuál de las tres personas se hizo hombre y para qué?
El Hijo, para rescatarnos.

¿Qué necesidad teníamos de ser rescatados?
Es que nuestro primer padre, Adán, nos había condenado comiendo del fruto que Dios le había prohibido.

Cuando desobedecemos a Dios, ¿nos perjudicamos?
Si. Porque es cometer un pecado mortal.

¿Qué quiere decir condenarse?
Estar en el infierno.

¿Qué es el infierno y qué se hace allí?
Es un lugar en donde jamás se ve a Dios; en donde no se le podrá amar, y en donde se experimenta toda suerte de tormentos.

¿Dura mucho tiempo el infierno?
Eternamente.

¿La eternidad dura cien años?
Dura más de lo que se puede decir, porque jamás se sale de allí

Habéis dicho que en el infierno no se podrá amar a Dios, ¿y en este mundo se le puede amar?
Sí; si nosotros queremos.

Cuando ofendemos a Dios, ¿le amamos?
No; y entonces somos peores que los condenados, que desearían mucho poder amarle.

¿Qué se requiere para ir al Paraíso?
Ser cristiano.

¿Qué cosa nos hace ser cristianos?
El Bautismo.

¿Qué debe saber un cristiano y qué debe hacer para ir al Paraíso?
Saber el Misterio de la Santísima Trinidad, el de la Encarnación del Hijo de Dios y el de la Santísima Eucaristía, saber el Padrenuestro, el Credo, los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia. Dilos.

¿Basta saberlo?
De ninguna manera; es preciso observarlos y cumplir todos los Mandamientos [de Dios y de la Iglesia] (Tachado en el autógrafo).

El que dejase de observar un solo Mandamiento de la Iglesia, ¿cometería un pecado mortal?

¿Cuál es la señal del cristiano?
La Santa Cruz.

¿Cómo hay que hacerla?
En el nombre del Padre y del Hijo.

¿Qué hay que decir cuando se santigua?
En el nombre del Padre y del Hijo…

¿Cuándo hay que hacer la señal de la Cruz?
A todas horas; al principiar todas nuestras acciones, y cuando estamos en algún peligro de cuerpo o de alma.

¿Por qué al principio de las acciones?
Para ofrecerlas a Dios, a fin de que le sean más agradables.

¿Cuál es el peligro de cuerpo y alma?
El de cuerpo es todo lo que le pueda hacer daño, y el del alma es el pecado.

La señal de la Cruz, ¿tiene poder para librarnos de él?
Sí, porque el Hijo de Dios fue clavado en ella.

¿Cómo hay que hacerla para que nos libre?
Con fe y devoción.

¿Qué es hacer la señal de la Cruz con fe y devoción?
Es creer que nos librará y acordarnos de lo que ella representa.

¿Qué representa la señal de la Cruz?
Un solo Dios en tres personas, y la Encarnación y muerte del Hijo de Dios.

¿Habéis oído decir alguna vez que ciertas personas se han visto libres por la señal de la Cruz?
Muchos milagros se han hecho y hacen todos los días en virtud de esta señal. Santa Margarita, estando en la cárcel por la fe, fue librada por este medio de un dragón que la quería devorar. Debemos, por tanto, tener mucha devoción a esta santa señal.

¿Qué hace un cristiano, aunque sea la niña más pequeña, cuando se santigua?
Tributa a Dios el mayor honor que puede tributársele; porque cuando hacemos la señal de la Cruz, confesamos un solo Dios en tres personas, que es la Santísima Trinidad, la Encarnación del Hijo de Dios, y, al declararnos cristianos hacemos profesión de querer antes morir que renunciar a nuestra fe.

Si vieseis una hoguera encendida (Tachado: pou cette verité), ¿preferiríais ser arrojados a ella antes que negar la fe?
Si con la gracia de Dios.

Sed siempre valientes y teneos ya por predicadores y mártires de voluntad.

¿Cómo ha de vivir el cristiano?
Como Nuestro Señor Jesucristo vivió en la Tierra.

Tenéis razón; porque ya que el nombre de cristiano viene del suyo, debemos de imitarle en nuestra vida para seguirle después de la muerte. Pero ¿quién es Jesucristo?
La segunda persona de la Santísima Trinidad, el Hijo de Dios.

¿Y quién es su padre en cuanto hombre?
No lo tuvo.

¿Quién formó su cuerpo en el seno de la Santísima Virgen?
El Espíritu Santo.

San José ¿fue su esposo?
Si; pero le fue dado para gobernarla, permaneciendo siempre virgen.

Pero, siendo nosotros nada, ¿qué seguridad tenemos de poder imitar a Jesucristo?
El mismo nos la da, al decir: El que quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame.

¿Qué quiere decir tomar su cruz y seguir a Jesucristo?
Es practicar toda clase de virtudes como El las practicó cuando vivió en este mundo: El era humilde, manso, caritativo, paciente, veraz, pobre, y nunca hablaba mal de su prójimo ni hacia mal a nadie.

Referidme algún ejemplo suyo.
Era tan grande su caridad hacia los demás, que un día, habiéndole presentado una mujer de mala vida, se puso a escribir en el suelo, para advertir que se miraran a si mismos los acusadores; no queriendo manifestar sus faltas delante de toda la gente, y después preguntando a la mujer donde estaban sus acusadores, no había quedado ninguno. Y El dijo: Tampoco yo te acuso.

¿No se debe nunca decir mal del prójimo ni acusar las faltas de los compañeros?
No.

¿Por qué llevar la cruz es practicar toda suerte de virtudes?
Porque muy frecuentemente nos cuesta obrar bien y todo trabajo es cruz.

Pater: Padre Nuestro. Decirlo un poco: Pater…

¿Con quién hablamos cuando lo decimos?
Con Dios, a quien llamamos nuestro Padre.

¿Cómo se debe hablarle?
Con honor, respeto y amor.

¿Cómo debe rezarse?
Hay que pronunciar suavemente, sin mover la cabeza a un lado y a otro y sin pensar en otra cosa que en Dios.

¿Y Dios ve claramente nuestros pensamientos?
Si.

¿Dónde está El para poderlos ver?
En todas partes.

Por consiguiente, cuando le ofendemos ¿El nos ve claramente?
Ciertamente.

¿De qué modo hay que hablar a Dios como a nuestro Padre?
Con gran amor, teniendo la seguridad de que El nos concederá todo lo que le pedimos, según El nos ha prometido.
Es, por tanto, necesario tener esta firme confianza; y ahora, para que sepáis mejor lo que debéis pedir, os lo voy a explicar: Cuando decís el Padrenuestro, es decir, Padre Nuestro, que estás en los Cielos; con este nombre declaráis mejor amar el Cielo que la Tierra, puesto que es al Padre a quien deben pertenecer los hijos.
Santificado sea tu nombre. Por esta petición manifestáis desear la gloria de Dios, y por esto os obligáis a no ofenderle.
Venga a nosotros tu reino. Esta segunda petición es un deseo que tenéis de ser todo de Dios y de que El reine enteramente en vosotros.
Hágase tu voluntad, así en la Tierra como en el cielo: Por esta tercera petición reconocéis ser razonable que todo os suceda como Dios quiera; y después que lo deseáis, no hay que afligirse cuando nos viene alguna aflicción.
Danos hoy nuestro pan de cada día: Por esta cuarta petición reconocemos que todo lo que tenemos viene de Dios, no solamente el pan que comemos y que le pedimos, sino también todo lo que nos es necesario tanto para el alma como para el cuerpo.
Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: Por esta quinta petición nos condenamos a nosotros mismos si tenemos alguna enemistad contra el prójimo y no quisiésemos perdonarle algún mal que nos hubiere hecho; así, por ejemplo, si tú, que te llamas Juana, dices a María: «Dame pan», y ella no quisiera dártelo, y luego María fuese a otra y le dijera: «Dame pan, así como yo se lo he dado a Juana», se seguiría que María no tendría pan, puesto que ella no lo había dado. Hay otros que dicen: «Yo le perdono, pero no quiero verle», estos tales dicen a Dios que los lleve al infierno, en donde jamás le verán.
Y no nos dejes caer en la tentación, mas libramos de mal. En estas dos últimas peticiones confesamos que nada nos viene sin permitirlo Dios, y que a El debemos dirigirnos para ser ayudados en todas nuestras necesidades.

¿Quién nos enseñó esta oración?
Nuestro Señor, cuando vivía en la Tierra, la enseñó a sus Apóstoles, y nosotros la hemos aprendido de ellos.

Y el Ave y Santa María, ¿qué es?
El Avemaría es la salutación del Ángel, cuando vino a saber de la Santísima Virgen si quería ser Madre de Jesucristo, Hijo de Dios; es una devoción que le es muy agradable.

¿Es, por tanto, el Rosario una hermosa oración?
Sí, suponiendo que lo rezamos muy devotamente.

Para ayudaros a ello, pensad siempre en algunos misterios del Rosario en cada decena.

Habéis dicho que hay que saber el Credo. Decídmelo en latín y en castellano.
Credo… Creo en Dios Padre…

¿Sabéis lo que es el Credo?
Es el símbolo de los Apóstoles, en el cual está contenido lo que debemos creer.

Siempre que recéis el Credo, hacéis nuevamente profesión de vuestra fe, y debéis estar en disposición de antes morir que dejar de creer que todo lo que decís en él, es verdadero, y a fin de que tengáis más devoción, debéis saber, por el primer artículo, que profesáis la creencia en un Dios Todopoderoso; y después de esto, de todos los milagros de que oigáis hablar, de todas las cosas que suceden y que parecen imposibles, no debéis ya dudar, puesto que Dios es Todopoderoso.
El segundo artículo nos hace confesar la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y que hay varias personas en Dios.
El tercero nos enseña la concepción y nacimiento virginal de Nuestro Señor Jesucristo en el seno de la Santísima Virgen.
El cuarto nos obliga a creer que los tormentos, la muerte y la resurrección y la sepultura de Nuestro Señor Jesucristo fueron verdaderos.
Por el quinto creemos que Nuestro (Señor), después de su muerte, bajó al Limbo, para sacar de allí las almas de los que, antes de su venida, habían muerto en estado de gracia, para gozar de la Gloria, y que al tercer día resucitó verdaderamente, a fin de darnos a conocer que Dios no deja sin recompensa el cuerpo después que le ha servido.
El sexto hace que declaremos la igualdad del Hijo de Dios con su Padre, y que subió a los Cielos por su propia virtud, por ser Dios.
El séptimo debería infundirnos algo de temor, porque en él confesamos nosotros mismos que Nuestro Señor vendrá con todo el poder de un Dios a juzgarnos al fin del mundo, y que, en nuestra muerte, será nuestro Juez puesto que, después de habernos concedido tantas gracias, hemos sido tan perversos que le hemos ofendido.
Por el octavo profesamos la creencia en la tercera persona de la Santísima Trinidad, y que queremos vivir y morir en la fe de todas las verdades que nos enseña la Santa Iglesia, la cual es guiada por el mismo Espíritu Santo, y esto nos obliga a no contradecir jamás a sus mandamientos.
Por el noveno creemos la inteligencia de los espíritus bienaventurados, y que tanto las almas que están en el Cielo, que es la Iglesia triunfante de la gloria de Dios, como las que están en el Purgatorio, que es la Iglesia purgante, y las de las de la Iglesia militante, que son los buenos cristianos, participan de las oraciones y méritos de una y de otra.
Por el décimo creemos que la misericordia de Dios ha dado todo poder a los sacerdotes para perdonarnos los pecados, como lo hacen después de una buena confesión.
En el undécimo creemos que todos cuantos vivimos resucitaremos para gozar en cuerpo y alma en el Cielo de la recompensa de nuestras obras, o para ser condenados en el infierno.
En el duodécimo y último confesamos que viviremos eternamente; es decir, que los que estarán en el Cielo, jamás saldrán de él, ni tampoco saldrán del infierno los que están en él, lo cual debe infundirnos un gran deseo de obrar bien.

Habéis dicho que hay que saber los Mandamientos de Dios para guardarlos, decidlos.
Un sólo Dios adorarás (Tachada toda la frase)
Habéis hablado de la Sagrada Comunión; decirme, ¿qué debe saber un cristiano antes de hacer la primera Comunión?
Habéis dicho que para ir al Cielo hay que saber los Misterios de la Santísima Trinidad, el de la Encarnación y el de la Eucaristía; decidme uno después de otro.
El Misterio de la Santísima Trinidad es un solo Dios en tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La explicación.
El Misterio de la Encarnación es que la segunda persona de la Santísima Trinidad, ha tomado carne humana en el seno de la Santísima Virgen. Explicación.

¿Cuando?
El día de la Anunciación, que es el veinticinco de marzo.

¿Y el tercero, el misterio de la Eucaristía?
Es el Santísimo Sacramento del altar.

¿Qué hay en el Santísimo Sacramento del altar?
El Cuerpo, la Sangre, el Alma y la divinidad de Nuestro Señor.

¿El Cuerpo es el mismo que fue clavado en la Cruz?
Sí.

¿Por qué no podemos verle ni sentirle?
Porque es un cuerpo resucitado y glorioso.

¿Cuándo está el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor en la Sagrada Hostia?
Cuando el sacerdote ha pronunciado las palabras sacramentales, que es poco antes de la elevación de la Sagrada Hostia.

¿Qué sucede entonces?
Un cambio de la substancia del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Nuestro Señor.

Si el sacerdote pronuncia una sola vez las palabras sacramentales sobre muchas Hostias, ¿estarán en todas ellas el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor?
Sí.

¿Y estarán allí mucho tiempo?
Hasta que las especies sean consumidas.

¿Y cuándo son consumidas?
Cuando son comulgadas.

Si el sacerdote, al dar la comunión, os diese muchas Hostias, ¿comulgáis muchas veces?
No.

¿Y hará falta advertírselo?
No.

Y si os diese una sola partícula, ¿recibiríais entero a Nuestro Señor?
Sí.

Cuando el sacerdote parte la Sagrada Hostia en la Santa Misa, ¿en qué parte de ella queda el Cuerpo de Nuestro Señor?
En las tres.

¿Qué es lo que bebe el sacerdote en el cáliz la primera vez?
La Sangre de Nuestro Señor.

¿Por qué en la Misa está separada del Cuerpo la Sangre de Nuestro Señor?
Porque la separación nos representa su Muerte y Pasión.

¿Y qué se nos da en el vaso después de la Comunión?
Vino para enjuagar la boca.

Luego, ¿no recibimos la Sangre de Nuestro Señor?
Sí, porque un cuerpo resucitado no puede estar sin su sangre.

¿Desde qué hora hay que estar sin comer ni beber antes de comulgar?
Desde medianoche.

¿En el Santísimo Sacramento del Altar está solamente la segunda persona de la Santísima Trinidad?
La segunda persona está allí en cuerpo y alma; y el Padre y el Espíritu Santo están por concomitancia, porque las tres personas son un solo Dios.

¿Qué preparación es siempre necesaria para comulgar?
Es preciso desear comulgar y hacer una buena confesión.

¿Cómo debe hacerse la confesión?
Primeramente, hay que pedir la gracia del Espíritu Santo para conocer nuestros pecados; después, pensar si tenemos algo olvidado o dejado en la última confesión; si hemos cumplido la penitencia, y después, examinar todos los pecados que hayamos hecho después por pensamiento, palabra u obra, tanto contra Dios como contra el prójimo.

Para conocer más fácilmente nuestros pecados, ¿qué hay que hacer?
Hay que ver lo que se ha hecho contra los Mandamientos de Dios y de la Iglesia, y también examinarse sobre los pecados mortales.

¿Qué hay que hacer después de examinados los pecados?
Hay que estar pesaroso de haber ofendido a Dios.

¿En qué consiste el dolor de haber ofendido a Dios?
En la voluntad, que debe decir: «Yo querría no haber ofendido a Dios».

¿Qué hay que hacer para excitarnos a este dolor de haber ofendido a Dios?
Considerar las gracias que nos han hecho, su bondad y nuestra miseria que ha merecido el infierno.

Y después, ¿qué hay que hacer?
Resolverse a no ofenderle más, mediante su santa gracia, y confesar todos los pecados.

¿Cómo hay que confesar los pecados?
Sencilla y humildemente.

¿Qué quiere decir esto?
Que no hay que excusarse, ni decir en la confesión las faltas de los demás, y decirlas con mucha humildad y confusión.

Después de haber confesado todos nuestros pecados, ¿se nos perdonan?
Hay que esperar la absolución con gran devoción, que el sacerdote nos da, cuando dice: Ego te absolvo…, y pensar que entonces, los méritos de la Sangre de Jesucristo limpian nuestras almas de todos nuestros pecados. Y es bueno pensar que entonces estamos al pie de la Cruz.

Y si callásemos algún pecado, o por olvido no nos acusásemos de todo lo que hemos hecho, ¿habría algún peligro en esto?
Si lo callamos por malicia, sería un sacrilegio y no conseguiríamos el perdón de los otros pecados; pero si fue por olvido, la confesión no dejará de ser buena, suponiendo que hemos examinado nuestra conciencia con esmero.

¿Puede cometerse un pecado mortal sólo por pensamiento? ¿Y cómo?
Cuando deliberadamente nos entretenemos en pensamientos de cosa que es pecado mortal y con voluntad de hacerla.

¿Qué hay que hacer después de la confesión?
Dar gracias a Dios por la que nos ha hecho perdonándonos los pecados y prometerle enmendarnos y cumplir la penitencia.

¿Para qué nos sirve la penitencia?
Además de la culpa de nuestros pecados que se borra en el Sacramento de la Confesión, tenemos la obligación de la pena que ellos merecen, la cual hay que sufrirla en este mundo por las aflicciones, o en el otro con el fuego del Purgatorio, o bien satisfacerla con las indulgencias y penitencias que nos imponen los confesores.

¿Cuántos pecados mortales hay?
Siete, y que nos merecen el infierno.

Decidlos.
Orgullo, envidia,…

El que ha cometido un pecado mortal y está condenado, ¿no tiene ya remedio?
Sí, la penitencia, que es el Sacramento de la Confesión.

Después de haber pecado, ¿estamos seguros de hacer penitencia?
No; porque no sabemos si Dios nos dará tiempo ni voluntad de hacerla, como a Judas y el Rico Epulón, que murieron sin penitencia.

¿Qué hay que hacer, pues?

Lo más seguro es no ofender a Dios mortalmente, o en cuanto advirtamos de haberle ofendido, pedirle perdón y confesarnos cuanto antes.

¿Cuántos Sacramentos hay en la Iglesia?
Siete.

Decidlos.
Bautismo, Confirmación, etc.

Decidme, ¿qué es el Bautismo?
Es un Sacramento que nos hace hijos de Dios y de la Iglesia, y borra el pecado original; y sin Bautismo, jamás entraremos en el Cielo.

¿Qué prometieron por nosotros nuestros padrinos y madrinas en el Bautismo?, ¿esta-mos obligados a cumplirlo?
Prometieron que viviríamos y moriríamos cristianos, y renunciaron al mundo, al diablo y a la carne.

¿Qué quiere decir haber renunciado al demonio?
Que no queremos escuchar sus tentaciones, ni hacer lo que nos inspira; prometemos también no escuchar al mundo ni seguir sus máximas y vanidades y no dar a nuestro cuerpo todos los placeres que pide cuando es con ofensa de Dios, y estamos obligados a cumplir estas cosas.

¿Qué es el Sacramento de la Confirmación?
Por este Sacramento somos fortalecidos en la fe y renovamos la promesa que en nuestro nombre hicieron en el Bautismo.

¿Y el Sacramento de la Penitencia?
Es la Confesión, que nos devuelve la gracia de Dios cuando la hemos perdido por el pecado.

¿Y la Eucaristía?
Es el Santísimo Sacramento del Altar.

El Sacramento del Orden, hace a los sacerdotes.

El Sacramento del matrimonio, puebla el Cielo, y por esto hay que honrarlo mucho y recibirlo con devoción.

El Sacramento de la Extremaunción nos fortalece contra las tentaciones del demonio, que trata en la hora de la muerte de hacernos ofender a Dios para que nos condenemos como él. Este Sacramento nos ayuda también a recobrar la salud cuando place a Dios que no muramos entonces. Por esto, es preciso, cuando estamos sanos, tener gran deseo de recibirlo cuando tengamos necesidad de él, como también los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

Ejercicios del día

¿Qué ha de hacer el cristiano durante el día?
Debe hacer la señal de la Cruz al despertarse ponerse de rodillas después de levantarse, adorar a Dios, darle gracias por todos sus beneficios, consagrarse a El y ofrecerle todas sus acciones y pedirle la gracia de pasar el día sin ofenderle. Después, rezar el Padrenuestro, Avemaría, el Credo y los Mandamientos.

¿Qué hay que hacer al entrar en la Iglesia?
Ante todo, arrodillarse y adorar a Dios, dirigiendo el espíritu al Santísimo Sacramento y estar siempre con gran respeto.

¿Cómo hay que oír la santa Misa?
Hay que prepararse desde que el sacerdote se reviste, y pensar que la vestidura blanca que se pone nos representa la que Herodes mandó poner a Nuestro Señor, burlándose de El y llamándole loco. El cíngulo y la estola nos representan los cuerdas con que fue atado; la casulla nos representa la cruz que llevó sobre sus espaldas cuando iba al suplicio.
Al principio de la Misa, hay que pedir con el sacerdote perdón a Dios de todos nuestros pecados al decir el Confiteor, y pensar, hasta el Evangelio, en todo cuanto Nuestro Señor hizo hasta la edad de treinta años. Del Evangelio, hasta la elevación de la Sagrada Hostia, pensar en las predicaciones y milagros de Nuestro Señor. A la elevación de la Sagrada Hostia, ofrecerse todo a Dios en unión de su Hijo, y acordarse que El fue levantado en la Cruz, en donde murió por nuestros pecados, y hasta la comunión del sacerdote ir en espíritu a adorarle sobre el altar, pensando que todos los ángeles y todos los Santos están también adorándole.
Se debe comulgar espiritualmente con el sacerdote, mediante un gran deseo de estar unido a este Santísimo Sacramento.
Desde la comunión hasta el fin de la Misa, debe darse gracias a Dios por el amor que nos ha manifestado en la institución del Santísimo Sacramento, rogarle por la Iglesia, y principalmente por los sacerdotes para que, llevando una santa vida, Dios sea glorificado en ellos; y también pedir por todo el mundo, y, finalmente, recibir la bendición del sacerdote, como si fuese el mismo Dios quien nos la da.
Después, oír, si puede, la santa Misa con mucha devoción.
Antes y después de la comida, rezar el Benedicite y Gracias, y en sus ocupaciones y trabajos pensar de cuando en cuando en Dios, y decir: «Dios me ve».

¿Para qué sirve el decir «Dios me ve»?
Para reprimirnos cuando intentemos hacer algún mal.
Por la noche, antes de acostarse, hay que hacer el examen de conciencia; y luego, después de pedir perdón a Dios diciendo el Confiteor Deo, debe decirse cinco veces, con espíritu de penitencia, Jesús, en honor de las cinco llagas de Nuestro Señor.

¿Por qué queréis tener devoción particular a las cinco llagas de Nuestro Señor?
Porque por ellas derramó más abundantemente su sangre para lavar nuestros pecados.

¿En dónde están estas cinco llagas?
En los dos pies, en las dos manos y en su costado.

¿Y están allí ahora, después de haber resucitado?
Lo estarán eternamente, pero gloriosas.

¿Para qué nos sirve el hacer el examen de conciencia todas las noches?
Para ponernos en gracia de Dios y para que nos ayude a acordarnos de todos nuestros pecados cuando nos queramos confesar y nos servirá de confesión si morimos durante el sueño.

¿Qué hay que hacer después del examen de conciencia?
Rezar el Padrenuestro, el Credo y los mandamientos; desnudarse con mucha modestia, persignarse al meterse en la cama y dormirse pensando en alguna cosa buena.

Oración para decir por la mañana y por la noche antes de hacer el examen de conciencia.
Te adoro, Trinidad Santísima, un solo Dios en tres Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo y te doy gracias por todas las mercedes que he recibido de tu bondad Te entrego mi corazón y cuanto me pertenece, para cumplir por siempre tu santa voluntad.
Concédeme, te suplico, oh Dios mío, la gracia de pasar este día sin ofenderte y sin causar perjuicio a mi prójimo Dame el conocimiento de mis pecados y la contrición que debo tener por haberte ofendido. Tú, Dios mío, que eres tan bondadoso, por los méritos de la preciosísima Sangre de mi Salvador, ten piedad de nosotras y de todas las almas que se hallen en pecado mortal, para que, por tu misericordia, puedan alabarte eternamente.

  1. Dividido en las partes siguientes que serán frecuentes en todos los catecismos: Los mandamientos, El credo, El padrenuestro, El sacramento del santo bautismo, El oficio de las llaves, El sacramento del altar.
  2. Dividido en: Los artículos de la fe, La ley (los mandamientos), Sobre la oración, De los sacramentos.
  3. El título es interminable: Suma de la doctrina cristiana presentada en forma de preguntas y respuestas y publicada por primera vez, para uso de la infancia cristiana, por orden y autoridad de su Majestad el rey de los Rumanos, de Hungría y de Bohemia, archiduque de Austria. Canisio se apoya en las virtudes teologales para redactar sus catecismos: La fe y el credo, La esperanza y la oración, La caridad y los mandamientos, Los sacramentos, La justicia y la vida cristiana (santidad).
  4. Cathechismus ex decreto Concilii Tridentini ad párrocos Pii V jussu editus. Ediciones en 1566, 1567, 1568, 1575, 1577. Contiene cuatro partes: Del símbolo de los Apóstoles, De los sacramentos, Del Decálogo, De la oración. En 1569 George Eder adaptó el Catecismo Romano para uso escolar y lo dividió en secciones y subsecciones con el título de Methodus Catechismi Catholici, y en 1570 A. Le Fèvre lo organizó en forma de preguntas y respuestas a imitación de los  catecismos de Lutero, Calvino y Canisio.
  5. Dottrina cristiana breve, 1597. En 1598 publicó otro más extenso: Dichiarazione piú copiosa della dot-trina cristiana, para catequistas.
  6. Catéchisme et sommaire de la religión chretienne (Lyon, 1563).
  7. Abelly, La vida del venerable, L. I, p. 48, 51; SV. X, 56. Parecida es la cita de Lutero en el Prologo del Catecismo Menor: «muchos párrocos o curas eran ineptos e incompetentes para enseñar… sin saber siquiera el Padrenuestro, el Credo y los Diez Mandamientos, viviendo muchos de ellos como bestias».
  8. SV. I, 394, 441; VI, 358; X, 237, 308. Ver SV, X, 240, 241, 391, y en especial X, 37: «¿Cómo creéis que Italia ha conservado la pureza de la fe sino por el catecismo? ¿Y España? ¿Y cómo han aceptado la fe en Canadá, Perú y el Brasil, sino por el catecismo? Por otra parte, ¿cómo creéis que puede conservarse la fe en Francia donde hay hugonotes, como en La Rochelle, sino por el catecismo?». En España ya a finales del siglo XV (1478?) el famoso Cardenal D. Pedro González de Mendoza, a pesar de su libre vida sexual, había publicado en Sevilla un Catecismo de la Iglesia Católica, y en el siglo XVII, se generalizaron los catecismos publicados por los jesuitas Gaspar Astete (1599) y Jerónimo Ripalda (1615).
  9. SV. X, 594, 595, 648; SL. c. 141, 204, 658; E 30, 41, 43, 48. Curioso, no he visto que en algún momento se citara un catecismo compuesto por la Señorita.
  10. X, 792, Cfr. «Exhorto a las hermanas a que se ejerciten en dar bien el catecismo. Si las que están en las parroquias saben de algún sitio donde se dé bien, deben preocuparse de ir a escucharlo, cuando puedan. Pero ir a las hijas de la Cruz y a las Ursulinas, ya pensaremos con el tiempo si será conveniente permitir que vayáis. Hemos de procurar formaros bien para que tengáis el catecismo con los niños» (XI, 1147).
  11. Ved SL. c. 204, 696, 716, 721.
  12. Conferencia del 13 de marzo de 1659.
  13. C. 141, 204, 659; E 30, 41, 43, 48.
  14. Cfr. Benito MARTÍNEZ, Empeñada en un Paraíso para los pobres, CEME, Salamanca, 1995, p. 36.
  15. No hay que ver nada más que sus apartados: El fin del hombre, La señal del cristiano y qué es ser cristiano, El Padrenuestro y el Avemaría, El credo, La Eucaristía, La confesión, Los sacramentos, Ejercicios diarios del cristiano.
  16. Vicente Mª. Pedrosa, «Catequesis trinitaria» en Xavier Pikaza, O. de M.- Nereo Silanes, O.SS.T., Diccionario teológico. El Dios cristiano, Secretariado Trinitario, Salamanca 1992, p.231.

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