Voluntad de Dios y «praxis» vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: José María Ibáñez Burgos, C.M. · Year of first publication: 1982.
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Servicio a los pobres

Servicio a los pobres

Discernir significa analizar y juzgar los motivos, los fines y los medios de la acción, en la que el hombre ejercita su inteli­gencia, su juicio y su libertad. En el lenguaje de la fe cristiana, discernir significa qué desea Dios de nosotros y en qué dirección nos indica que caminemos. Es una actitud clave de la conciencia iluminada por las máximas evangélicas, por la persona de Cris­to.1 Es el camino de toda sabiduría cristiana.2 El fundamento de esta búsqueda, de esta abertura, de este discernimiento es el esquema de un desprendimiento y se apoya en un postulado de la fe cristiana: discernir y realizar la voluntad de Dios.

El cristianismo no es simplemente una religión del culto o, incluso, de la ley. Es ante todo una experiencia, que vacía al hombre de sí mismo para llenarle de Dios,3 al mismo tiempo que abre su espíritu al espíritu de Cristo para realizar como él la voluntad del Padre y llegar a tener un mismo espíritu con él. Jesús centra su vida en el cumplimiento de la voluntad del Padrea y hace girar el mensaje evangélico en torno a la búsqueda y a la realización del «reino de Dios y su justicia» (cf. Mt 5, 20; Rom 10, 3; Flp 3, 90), es decir, en torno a discernir y a realizar el buen agrado de Dios, los planes de Dios sobre el hombre, sobre el mundo, sobre los pobres.4

Vicente de Paúl sabe por experiencia que sólo la adaptación flexible a las manifestaciones de la voluntad de Dios y la reali­zación de sus exigencias son la única señal cierta de la autenti­cidad del amor.5 Para discernir estas manifestaciones y realizar estas exigencias en la historia, él, Vicente de Paúl, conjuga alter­nativa y armónicamente el sentido de la creación, el movimiento de la encarnación, las condiciones en las que Cristo ha realizado la obra de la redención, la actuación misteriosa de la providencia divina.

En el modo de obrar de Dios, Vicente distingue un doble aspecto: el aspecto transcendental -hoy diríamos la transcen­dencia inmanente-: Dios obra en el mundo y organiza todo para conseguir lo mejor, pero el hombre no siempre percibe este me­jor.6 El otro aspecto es el inmanente -hoy diríamos la inma­nencia transcendente-: éste manifiesta la estrategia, el modo de obrar de Dios. Vicente descubre que Dios utiliza medios humil­des, actúa lentamente y su obra es compleja, multiforme, a veces, desconcertante en su desarrollo.7 En razón de esta percepción, todo el esfuerzo de la organización de la vida interior y de la acción vicencianas se encuentra sostenido por el sentido de Dios y el amor al prójimo. Sentido de Dios y amor al prójimo le im­piden separar en ningún momento la acción evangelizadora del conjunto de la vida espiritual.

Si Vicente de Paúl intenta denodada y reflexivamente con­certar todas las variantes del dinamismo vital para «buscar siempre y preferentemente a cualquier otra cosa» realizar primero en él y luego en los demás el «reino de Dios y su justicia»,8 es para «realizar en todo la voluntad de Dios».9 La articulación viva, que él establece entre «reino de Dios» y «voluntad de Dios», es una de las características propias y originales de la espiritualidad vicenciana. La juntura, que realiza con precisión y dinamismo esta articulación, es la acción. Sólo en esta perspectiva se puede comprender perfectamente el origen y el término del dinamismo espiritual y de la acción vicencianas, el caminar concreto del santo y prudente Vicente de Paúl.

Lo que caracteriza la evolución de la experiencia humano-cristiana de Vicente de Paúl, es haber transformado a este cape­llán de los Gondi y misionero de sus tierras10 en un hom­bre de iglesia que responde a las necesidades de la sociedad de su tiempo. Esta evolución se realiza en él, sin duda alguna, por el movimiento de la gracia.11 Pero su gracia particular le impulsa a estar atento a las manifestaciones de la voluntad de Dios, que se expresa a través de los acontecimientos, y cuyas exigencias se realizan en el quehacer de cada día. Es menester añadir, paradó­jicamente, que la pertenencia —en profundidad y en extensión—de Vicente de Paúl a la iglesia está sostenida y se nos revela por su referencia constante al mundo tal y como es y como evolu­ciona. Esta referencia constante y lúcida le hace penetrar cada día más en la historia viva de su tiempo, al mismo tiempo que le invita a ponerse de manera definitiva y sin condiciones al servicio de Dios en este mundo. Si se quiere una fecha para confirmar estas afirmaciones, se puede recordar 1643, año en que Vicente de Paúl entra a formar parte del Consejo de Conciencia durante la regencia de Ana de Austria.

Hombre de acción, Vicente de Paúl experimenta que la «rea­lidad», sea cual sea la manera de comprenderla, de abordarla, de querer transformarla compromete y confronta, prueba y comprue­ba al discípulo de Cristo. A causa de los gemidos de la «nueva creación» que rodean e invaden a las cosas y a los hombres, él afronta una realidad que no se transforma mágicamente ni con hisopos en «reino de Díos». «Se dice que se busca el reino de Dios, declara Vicente el 21 de febrero de 1659. Que se busca, no es más que una palabra, pero me parece que dice muchas cosas… Buscad, buscad… quiere decir preocupación, quiere decir acción…»12

Preocupación, es decir, rigor valeroso para constatar la rea­lidad, vigor inquebrantable para intentar transformarla, valor in­defectible para asumirla cuando, después de haber empleado todo el esfuerzo humano, este empeño limitado se revela incapaz de cambiarla. La búsqueda y la realización del «reino de Dios» es un quehacer esclarecedor de verdad y, en el siglo XVII, Vi­cente de Paúl realiza un «descubrimiento de lo oculto» extrema­damente temible. Pero esta franqueza le da la posibilidad de comprender y de asumir la situación histórica de su tiempo.

Afrontar esta situación, que obsesiona más o menos a la con­ciencia de sus contemporáneos, es, digámoslo claramente, tener el valor del radicalismo evangélico.

Para llegar a este radicalismo, que nace en él de las exigen­cias de la creación y de las condiciones en las que se ha realizado la redención del hombre, le ha sido necesario anteriormente un desprendimiento, una ruptura. En este desprendimiento, en esta ruptura, se origina su re-creación. Entonces germinan en él el humilde deseo de arraigarse en la vida y de cambiar el mundo, el amor real a los demás. Simultáneamente se abre ante él un camino que le impide instalarse allí donde está y programar, cal­cular, incluso sospechar su futuro. Vicente, como todo hombre, no sabe, cuando se compromete en su interior a darse totalmente a Dios para servirle en la persona de los pobres,13 a qué se com­promete exactamente y hasta dónde le conducirá este compromi­so. Sin embargo, a través de este compromiso, esclarecedor y rea­lizador de verdad, llegará a conseguir más lucidez, mayor estabi­lidad, mejor equilibrio. Lucidez, estabilidad, equilibrio hacen de él un hombre tenaz que goza, al mismo tiempo, de una libertad interior. Tenacidad y libertad, sostenidas por las exigencias del amor a Dios y orientadas por la miseria de los pobres, le condu­cen a comprometerse cada día más en la historia incierta de su tiempo. Este compromiso le permite descifrar desde el interior y no desde el exterior el sentido de Dios y del hombre en los acontecimientos y en las necesidades que surgen y se desarrollan en la coyuntura histórica de su tiempo.

En verdad, al decirlo tan rápidamente, se podría hacer pen­sar que las cosas se han realizado en un zig-zag fulgurante y fácilmente, cuando, en realidad, sólo a través de una atención paciente y apasionada, flexible, pero sostenida simultáneamente por la búsqueda de verdad y de vida,14 Vicente ha llegado a ser lo que es y lo que debe permanecer para nosotros: el buscador incansable de la voluntad de Díos.

Acción: la fe exige la obra, y la obra común, en la que cada hombre no es más que un modesto participante. No obstante esta participación limitada, la obra común atraviesa la conciencia indi­vidual y colectiva, personal y social, al mismo tiempo suscita y anima en ellas un gran deseo de esperanza, alentado y alimentado por una «eterna promesa».

La obra de la fe impulsa a Vicente de Paúl a volver a em­prender, sin disminuir en nada y sin «dejar caer» nada, la inmen­sa tarea encomendada a la iglesia en beneficio de los hombres, de los pobres y en orden a establecer en medio de ellos el «reino de Díos».

La insistencia de Vicente de Paúl sobre la necesidad del tra­bajo,15 sobre la necesidad de la acción,16 como pruebas irrefu­tables y verificadoras de la realización de la vocación del hombre son, en realidad, reveladoras de una intención más profunda. Para él, acción y trabajo permiten acceder a la vida verdadera, a esa vida que realiza al mismo tiempo la imagen de Dios en el hombre y el plan de Dios en el mundo. Conoce experimentalmen­te que «la acción buena y perfecta es la prueba verdadera del amor a Dios».17 Por eso no duda en escribir el 15 de junio de 1647 a un misionero, acosado por la tentación de entrar en la Cartuja: «La iglesia tiene demasiadas personas solitarias, y de­masiadas inútiles, y muchas más aún que la desgarran; su gran necesidad es tener hombres evangélicos, que trabajen en purifi­carla, iluminarla y unirla a su divino esposo».18

La experiencia vicenciana constata y verifica que la fe es una manera de existir en Dios, en el hombre, en el mundo. Para caminar hacia Dios, no se trata para él de abandonar el mundo, sino, por el contrario, de asumir plenamente su responsabilidad. Vicente nos revela, a través de la vivencia de su fe, una exigen­cia de la vida misionera: la decisión inquebrantable de jamás abandonar el mundo. Todo descubrimiento de Dios es para él una exigencia de su acción en el mundo; todo encuentro con los hombres es para él una nueva búsqueda de Dios. El resultado duradero de esta actitud, es mostrar que se requiere un esfuerzo permanente para integrar en la fe las dimensiones históricas, so­ciales. En razón de esta convicción, Vicente no desvaloriza, como subalternos, los problemas de esta vida y los combates de esta historia.19 Por el contrario cobra conciencia de que en y a través de ellos está en proceso el «reino de Dios», está en juego el plan de Dios, se ve comprometido el sentido del hombre, está en liti­gio la dignidad del pobre.

La fe para Vicente de Paúl no es, pues, una ideología, una metafísica, sino una actitud que le induce a referirse constante­mente a la estrategia de Dios, una opción que le impulsa a intro­ducirse en el movimiento de la encarnación de Cristo, una deci­sión que le conduce continuamente a la acción, como forma crea­dora de vida. Para él esta fe es el acto de participar en la trans­formación del hombre, del mundo. La fe y la experiencia vicen­cianas nos recuerdan que la obra de la fe es un fermento de la transformación del mundo y de la re-creación de la conciencia del hombre, de la conciencia de la sociedad. Esta transformación y esta re-creación son posibles en Vicente de Paúl porque la obra de fe se le revela en su fuerza original y en su densa originalidad: la caridad de Dios en el hombre, es decir, el amor divino, depo­sitado por Dios en lo más profundo del hombre, que le libera, le transforma y le salva, al mismo tiempo que éste transforma la realidad según el plan creador y salvador de Dios tal y como ha sido realizado en y por Jesucristo.

Para financiar los gastos de conducir los barcos contra Argel (cf. S. V. VII, 130; VIII, 25), Vicente envía 30.000 libras al padre Get, superior de la casa de Marsella (cf. S. V. VII, 197, 211, 349). Este será, desde el 12 de abril de 1658 al 17 de septiembre de 1660, el intermediario fiel, el confidente seguro del superior de Saint-Lazare en las gestiones de la preparación de la expedición. Por eso en todo esto deberá «honrar el silencio de nuestro Señor» (S. V. VII, 180; cf. S. V. VII, 211). No se puede dudar, Vicente entra a fondo en este asunto, que llega a invadir su pensamiento (cf. S. V. VII, 130, 219, 249, 265-266, 388).

El 17 de septiembre de 1660, diez días antes de su muerte, Vicente manifiesta su impaciencia ante la incertidumbre de los resultados de esta empresa, que llega a ser «nacional» y «secretamente oficial», llevada a cabo con una tenacidad inquebrantable y con una precisión y estrategia admira­bles económica y diplomáticamente hablando: «Me encuentro en una in­quietud que me causa una pena indecible. Por aquí corre el rumor de que el capitán Paul ha hecho sitiar Argel, pero se ignora el resultado; y usted me dice que se comience a salir para Argelia, sin decirme nada de nuestros pobres misioneros. En nombre de Dios, dígame lo que hay sobre esto» (S. V. VIII, 449). Muere sin saberlo.

«La perfección, confiesa Vicente de Paúl, no consiste en el éxtasis sino en realizar perfectamente la voluntad de Dios»,20 es decir, en un brazo vigoroso que trata de poner un poco más de justicia en el mundo y un poco más de amor en el hombre. «La santidad, nos declara, es la unión con la voluntad divina».21

No es, en consecuencia, para él contemplación, sino llamada, pro­mesa, búsqueda, acción. Sin embargo, y es necesario proclamarlo claramente, irrefutable y lacónicamente hay con mucha frecuencia contradicción entre la voluntad de Dios —expresada a través de su Palabra, a través de la encarnación de Cristo— y la realidad.

La fe en esta Palabra —la búsqueda de la voluntad de Dios, la imitación creadora de Cristo— no engendra la resignación, sino el conflicto con el mundo. La fe no puede ser, en consecuencia, justificación de la historia, sino «abertura de la historia», ya que la persona de Cristo, centro de esta fe vicenciana, llama e inter­pela al hombre revelándole al mismo tiempo a Dios y su obra.

El, Cristo, y sólo él, es el centro de esta «economía de la salvación», de la construcción del «reino de Dios», de la realización de la voluntad del Padre. No hay, pues, por qué extrañarse que Vicente de Paúl centre toda su pretensión en introducirse en el movimiento de la encarnación de Cristo. En este movimiento de la encarnación, él, Vicente, descubre el centro que orienta y dirige toda la actividad de Cristo —y en consecuencia de la actividad vicenciana— cuyo objetivo no es otro que realizar la voluntad del Padre en todas las cosas.22

Si la voluntad de Dios se expresa a través de los aconteci­mientos y de las necesidades, si «la necesidad es extrema» y «Dios cuenta con nosotros», según las expresiones vicencianas, esto exige «preocupación» y «acción» por parte del hombre para rea­lizar el plan creador y salvador de Dios en la historia. Esta referencia de la acción y del trabajo al plan creador y salvador de Dios en la espirtualidad vicenciana adquiere el sentido de una crea­ción continua. Al mismo tiempo implica una dependencia del hombre a Dios, que se manifiesta en una actitud de adoración, de glorificación, de alabanza, de humildad, de anonadamiento.

En consecuencia, Dios es para el hombre alguien a quien —y por quien— quiere comunicar su amor, es decir, el deseo de tener colaboradores que continúen en la historia su plan de la creación salvadora —que en Cristo llega a su plenitud— en beneficio de todo hombre, de todo pobre.

Sentido y contenido de la «praxis» vicenciana

El sentido y contenido de la enseñanza vicenciana referente a la acción están sostenidos y orientados por la providencia o la voluntad de Dios y el espíritu de Jesucristo, por una visión del mundo, impregnada de la presencia de Dios, y la inmanencia transcendente de una antropología cristiana. Sólo la relación cons­tante y mutua de estos cuatro puntos de referencia permite captar el movimiento y la dirección, el sentido y el contenido de la praxis vicenciana. Una vez más se requiere señalar la unidad en la diversidad al hablar de Vicente de Paúl. Y en este aspecto concreto del quehacer vicenciano no sólo en razón de la variedad de obras suscitadas, organizadas y alentadas por él, sino también, y sobre todo, para descubrir el diferente bobinaje del motor que dinamiza y unifica la praxis vicenciana.

Hombre de una inteligencia maravillosamente realista, hasta llegar a comprometer su pensamiento en la acción, Vicente se esclarece en la constatación de la realidad para así poder acom­pasar el movimiento de su vida y de su espíritu al ritmo de Dios. Pero el Dios vicenciano, como el Dios bíblico, el Dios de Jesu­cristo, no es un ser lejano y extraño a las fluctuaciones del mun­do, ausente y desentendido de las situaciones concretas de los hombres, de los pobres. Dios, lo mismo que el hombre, está comprometido en el desarrollo de este mundo, querido por él y rescatado por Cristo. La presencia activa de Dios atraviesa la historia y la impregna de esta presencia. Los planes de Dios (la estrategia de Dios, el «misterio» de Dios), trazados desde antes de comenzar el primer día de los días, se realizan en la historia concreta de cada día. En ella y a través de ella, Dios se revela al hombre y se hace presente en el mundo. Lo interesante para el hombre es saber descubrir esta presencia en el mundo y en él mismo y llegar a actuar en conformidad con el dinamismo divino —el amor divino— que Dios ha depositado en él.

En el lenguaje vicenciano, deudor en parte de los acreedores de su tiempo -los maestros de la vida espiritual-, la vida acti­va de Dios en el hombre y en el mundo se expresa en las fórmu­las de la «misteriosa providencia de Dios» o de la «admirable voluntad de Dios», del «querer y no querer de Dios».23 Y el obrar del hombre, en virtud de la fuerza divina que actúa en él, se formula en las expresiones de actuar «en el nombre del Señor», de «dejar obrar a Dios en nosotros y con nosotros», de «obrar en Cristo y por él».24

Este realista, Vicente de Paúl, que no se deja fascinar por las apariencias, sino que las traspasa hasta llegar al fondo de la rea­lidad,25 nos permite acceder a la verdadera visión de las personas y de las cosas. Acontecimientos, necesidades y personas transcri­ben para él -y para todos aquellos que adoptan su misma clave de interpretación- la realidad tal y como es en Dios. Para des­cifrar este lenguaje, inscrito en la historia, y llegar a transcribirlo en la conciencia humana, se requiere que la fe ilumine la mirada miope del hombre.26

Este activo, Vicente de Paúl, que no pasa el tiempo en con­cebir grandes planes ni tiene la ambición de ponerse a pensar cómo cambiar las estructuras socio-económico-políticas, sino que trata de afrontar la realidad día a día y de realizar un cambio radical de actitud en la conciencia de los hombres, en la con­ciencia de la sociedad, capaz de transformar el orden establecido y de hacer aparecer nuevas formas de vida y de acción en la sociedad y en la iglesia, nos hace entrar en el verdadero sentido y contenido de la acción humana cuando declara: «Ruego a nues­tro Señor Jesucristo que nos conceda la gracia… de ver las cosas como son en Dios y no como aparecen fuera de él, porque, de otra manera, podríamos engañarnos y obrar de manera distinta de la que quiere».27

La vida y el espíritu de Vicente de Paúl se encuentran atra­vesados, lo hemos señalado, por dos preocupaciones mayores: ajustar lo más exactamente posible su «prudencia» a la «miste­riosa voluntad de Dios» y vivir en Cristo, obrar en él y por él. Esta doble preocupación le hace cobrar conciencia de una doble certeza, que desencadena en él un doble dinamismo:

La primera de esta doble certeza declara que el hombre sólo se realiza dándose a Dios para servirle en la persona de los po­bres.28 La segunda, proclama que el hombre continúa en el tiem­po la obra creadora de Dios por el trabajo y transforma la rea­lidad por medio de la acción.29

El primero de este doble dinamismo, que surge de esta doble certeza, le introduce en el movimiento del «espíritu de Jesucris­to» y le permite unirse simultáneamente a Dios y a los hombres a través de la acción realizada en conformidad con este espíritu de Cristo.30 El segundo le impulsa a no pararse jamás mientras la necesidad aparezca en el mundo y la miseria invada el ser de los pobres hasta llegar a apoderarse de sus rostros.31

Después de haber percibido esta doble certeza y este doble dinamismo, se puede vislumbrar el sentido de los palabras y la originalidad de su contenido cuando oímos a Vicente de Paúl hablar de la providencia o de la voluntad de Dios, de las acti­tudes del hombre ante las manifestaciones y exigencias de esta providencia o voluntad de Dios, de la acción del hombre.32

La preocupación de Vicente de Paúl de realizar lo más exacta y perfectamente posible los designios o planes de Dios le lleva a adquirir cuatro convicciones. Estas convicciones esclarecen su espíritu y dinamizan su acción:

  • La historia —el mundo, la realidad— es el «lugar» donde se revela la voluntad de Dios y donde se realiza «el querer y no querer de Dios». En este lugar, de revelación y de realización, los pobres tienen un espacio privilegiado.33
  • La inserción en el movimiento del «espíritu de nuestro Se­ñor» conduce al hombre a establecer la relación viva entre Dios y el hombre y le permite acceder a la unión con la voluntad del Padre,34 al realizar la misión de Cristo, evangelizador de los pobres «.
  • El hombre se realiza en tanto en cuanto continúa encarnando la presencia activa del Dios de Jesucristo en la historia en bene­ficio de los demás hombres.35
  • La acción del hombre adquiere sentido y valor en tanto en cuanto realiza el designio divino.36

La intención de Vicente de Paúl es declararnos que la cons­trucción del «reino de Dios y su justicia», la ejecución de la voluntad divina,37 se realizan en el quehacer de cada día. Esta cons­trucción y. esta realización exigen constantemente la conjugación perfecta y la convergencia exacta de la iniciativa de la fuerza de Dios y de la respuesta de la humilde docilidad humana. De ahí la insistencia de Vicente de Paúl, su devoción especial de «seguir la adorable providencia de Dios paso a paso»,38 y de no «cabal­gar sobre ella»,39 es decir, de no imponer el ritmo a Dios, sino de ajustar todo el dinamismo vital del hombre al compás del movimiento del «buen agrado de Dios» sin intentar «adelantarse a a» y sin pretender «prevenirle».40 No es Dios quien está lla­mado a ser creado a imagen y semejanza del hombre, sino el hom­bre quien está llamado a ser creado a imagen y semejanza de Dios.

«La gracia imita a la naturaleza en muchas cosas, la cual las hace nacer bruscas y desagradables, pero con el tiempo las per­fecciona»,41 constata la sensibilidad observadora de Vicente de Paúl. El hombre, ese ser constituido de naturaleza y de gracia, está pro-yectado por Dios en la historia para irse realizando a través de la gran marcha hacia la libertad en virtud del dina­mismo creador que Dios ha depositado en él. Su vocación es una tarea lenta y evolutiva, orientada hacia la realización con­creta de la imagen de Dios creador —imagen que Cristo encarna perfectamente— del «buen agrado de Dios». Se requiere, en con­secuencia, que el hombre descubra este «buen agrado de Dios», lo acoja, lo haga vida de su vida y espíritu de su espíritu, lo encarne en la trayectoria de la historia.

Para llegar a discernir, a descubrir «el querer y no querer de Díos»,42 es menester, al mismo tiempo, que el hombre cobre conciencia de su limitación o de su pobreza radical, es decir, «sea todo humildad, todo sumisión, todo confianza, todo paciencia» 43 en la espera de descubrir «la evidencia de la santa y adorable voluntad de Dios», descubra «que hay grandes tesoros escondi­dos en la santa providencia» y acepte que «quienes la siguen y no cabalgan sobre ella honran soberanamente a nuestro Señor».44 El hombre sólo podrá adoptar esta triple actitud cuando experi­mente, como Vicente de Paúl, «el consuelo que nuestro Señor da» a quienes «piensan que han tratado siempre de seguir y no de prevenir a la providencia, que sabe tan sabiamente conducir todas las cosas al fin que nuestro Señor las destina».45 Esta expe­riencia, encarnación en el hombre de fe y de vida, se origina cuando éste se «abandona a la providencia de Dios» y se clarifica cuando se descubre que «la gracia tiene sus momentos».46

Si «la gracia tiene sus momentos», el hombre debe estar su­mamente atento, vigilante para acogerla en las situaciones con­cretas de su vida, de la vida de los demás, de la historia. Esta acogida requiere una abertura y una docilidad del espíritu del hombre «al buen agrado de Dios que consiste en acomodarnos a las disposiciones de las personas, a los lugares, a los tiempos».47 La intención de Vicente de Paúl, al pedir esta adaptación vital, es hacer del hombre una «pura receptividad» —la expresión es de Schillebeeckx— capaz de acoger en él «la luz que le haga conocer y aficionarse a lo que Dios desea de él»;48 capaz de aceptar «dejarse conducir por la amable providencia de Dios».49 Esta providencia de Dios le permitirá introducirse «en la santa dilección que efectúa la confianza en Dios y la desconfianza en sí mismo».50 Entonces, sólo entonces, podrá «adorar a la provi­dencia y trabajar por conformarse en todo a su santo querer» sa «que es el fin al que tendemos y al que han tendido todos los santos y sin el cual nadie puede llegar a ser bienaventurado».51

A través de esta abertura y de esta docilidad de espíritu, que engendran en el hombre una disponibilidad penetrante y una flexibilidad vital, Vicente de Paúl no solo intenta evitar que el hombre se encierre en la angustia, en las obsesiones, en las in­quietudes traumáticas y demoledoras de la condición humana, sino ante todo busca centrarle en el dinamismo del espíritu de Dios y abrirle al movimiento de la vida para llegar a «tener un mismo querer y no querer» con Dios.52 Sólo penetrando en el centro de este «querer y no querer de Dios»,53 el hombre descu­brirá que «Dios es amor y quiere que se vaya a él por amor»;54 encontrará la liberación de la inquietud —de «las pulsiones de muerte»—, que le invaden continuamente; caminará en la «tran­quilidad y alegría»55 de espíritu al estar todo él disponible «a querer todo lo que Dios quiere… para llegar a ser un día una misma cosa con él»56 y «hacerse conforme a nuestro Señor».57 En un clima de semejante diafanidad el hombre estará seguro de haber «tratado de no poner el pie más que allí donde le ha señalado la providencia»58 y jamás pretenderá intentar confundir ni justificar el miedo instintivo de fracasar en su existencia, que invade a toda existencia humana, con la preocupación, más bien la inquietud, por intentar «conformarse en todo al buen querer de Dios»:59 «Existen grandes tesoros ocultos en la santa provi­dencia, escribe Vicente a Luisa de Marillac, y quienes la siguen y no cabalgan sobre ella honran soberanamente a nuestro Señor. Sí, me dirá, pero es por Dios por quien me inquieto. Si se inquieta en su servicio, ya no es por Dios por quien se pre­ocupa».60 Dios no es un «espíritu violento ni intempestivo»61 y el hombre, al «obrar según el querer de nuestro Señor, que consiste en mantenerse siempre en la dependencia de su provi­dencia, ya que éste es su agrado y sabe cual es lo mejor para el hombre»,62 «participa de la tranquilidad del espíritu» de Dios.63

El espíritu del hombre tiende instintivamente a querer elimi­nar los conflictos, que la realidad hace surgir, evadiéndolos, en lugar de abordándolos. Y la inestabilidad de la condición humana, que soporta difícilmente las dificultades, busca instintivamente cambiar de situación para, si fuera posible, hacerlas desaparecer, en lugar de afrontarlas.64 De ahí la insistencia de Vicente de Paúl en la «paciencia» y en la «vigilancia» para llegar a discernir, acoger, hacer vida de su vida y espíritu de su espíritu «el querer y no querer de Dios». Si puede conciliar estas dos cualidades, aparentemente tan contradictorias, es porque se apoya en Dios, que es el mismo y siempre nuevo, fiel e imprevisible, paciente y rápido. La paciencia es la condición de la aceptación duradera de la voluntad de Dios que quiere durar. Durar, es ser capaz de resistir; no es dejarse rechazar; es dejarse probar. Y la prueba principal es precisamente la duración: las dilaciones de Dios en la realidad social y personal. Pero el resistir, por sí solo, no es cristiano, y puede, desdichadamente, convertirse en un aguante soñoliento de quien se habitúa al tiempo que le pasa y le sobre­pasa,65 en un aguante repulsivo de quien siente que el tiempo le va replegando en sí mismo. Para que el hombre renueve en el tiempo la confianza que ha puesto en Dios en la duración paciente de su fidelidad y en la vigilancia de su fe,66 Este dejar hacer a Dios en el espíritu y en la vida del hombre, es para que éste llegue «a querer invariablemente lo que Dios quiere»,67 es preciso «dejar actuar a Dios» en él.68 para llegar a «tener un mismo espíritu» con él. «Dejar hacer a Dios», equi­vale a «seguir la providencia de Dios paso a paso» en la con­flictividad de la historia y en la inquietud existencial de la con­dición humana;69 es hacer caminar «en la verdadera sabiduría»70 al espíritu del hombre y confrontarle continuamente con el «espí­ritu de Jesucristo» y con «el querer de Dios», que potencian el dinamismo de la vida del hombre y crean en él el clima propicio para la acción.71

El sentido y el contenido de la «praxis» vicenciana adquieren toda su densidad y originalidad en la enseñanza de Vicente de Paúl referente a la voluntad de Dios. Realizar activa y/o pasiva­mente la voluntad de Dios,72 equivale en la mentalidad vicenciana a introducir al hombre en el movimiento del «espíritu de Cristo», en el movimiento del espíritu de Dios, que atraviesa el mundo para re-crearlo, para transformarlo.

Si psicológicamente hablando, el discernimiento de la volun­tad de Dios clarifica, apacigua, libera y dinamiza el espíritu del hombre;73 si teológicamente hablando, la realización de la volun­tad de Dios transforma la acción del hombre en acción de Dios, le da una consistencia inquebrantable y la hace duradera en el tiempo y en la eternidad;74 sociológicamente hablando, la reali­zación del «buen agrado de Dios», de los planes de Dios, trans­forma la realidad social en la realización del «reino de Dios y su justicia»75 en beneficio de todo hombre, de todo pobre.

«Después de la palabra buscad viene la palabra primero; esto es, buscad el reino de Dios antes que todo lo demás. Pero, padre, hay tantas cosas que hacer, tantas tareas en la casa, tantas ocupaciones en la ciudad, en el campo; trabajo por todas partes; ¿habrá que dejarlo todo para no pensar más que en Dios? No, pero hay que santificar estas ocupaciones buscando a Dios en ellas y hacerlas más para encontrarle en ellas que para verlas hechas. Nuestro Señor quiere que ante todo busquemos su gloria, su reino y su justicia…»: S. V. XII, 131-132; cf. S. V. XII, 133, 136, 138, 139, 144, 145-146, 147; XII, 153-155, 156-157, 162, 164, 165; XII, 108-110, 112-113; XI, 32; XII, 3-4, 4-5, 79, 84, 87, 90.

  1. Cf. S. V. XII, 178, 214-215, 154-155, 157, 164-165…
  2. Cf. S. V. XII, 159; XI, 52-53; XII, 178, 179; XI, 31; XII, 122, 123, 124, 125, 126, 128, 129; VII, 388.
  3. Cf. S. V. XII, 159; XI, 52-53; XII, 178, 179; XI, 31; XII, 122, 123, 124, 125, 126, 128, 129; VII, 388.
  4. Cf. Jn 6, 38; Heb 10, 7-9; S. V. XII, 108-109, 144-145, 154-155, 213-214, 215, 224, 225, 226, 381.
  5. Cf. Mt 7, 21; Lc 6, 46; J. Dupont, Les béatitudes, Paris 1973, III, 245-305, especialmente 272-305; S. V. XII, 132, 133-134, 135-136, 138, 139, 144-145, 146, 147-148, 154-155, 156, 157, 164-165; XI, 313, 315.
  6. Cf. L. Abelly, 1, I, 81-82; S. V. XI, 40-41, 45-46, 46-47, 47-48. Cf. S. V. XI, 414-417; III, 158, 183; VII, 251-252, 252-253, 406; VIII, 376; IX, 488; XII, 121, 122, 123-124
  7. Cf. S. V. I, 125, 128, 134-135, 142, 144, 146, 155, 162-165; III, 183, 205; VII, 253; IX, 9-10, 113-114, 242-245, 489-490; XI, 300, 308-309, 350, 351-356; XII, 6-9, 13, 83-84, 139-141.
  8. «Ha establecido como primera máxima, buscar siempre la gloria de Dios y su justicia, siempre y ante cualquier otra cosa. ‘Ah, ¡qué maravilloso buscar primero el reino de Dios, primero en nosotros, y procurárselo a otro! Una Compañía que se mantuviera en este máxima de hacer avanzar cada vez más la gloria de Dios ¿cuánto no avanzaría también ella en su propia dicha? ¿Cómo podría no esperar que toda empresa se realizara para su bien? Si le agradara a Dios concedernos esta gracia, nuestra dicha sería incomparable… Quienes declaran seguir a Jesucristo por la práctica de las máximas evangélicas (particularmente de esta, por la que nos manda buscar la gloria de Dios en todas las cosas) deben estar atentos a lo que realizan y preguntarse el motivo por el que hacen esto o aquello: ¿es por satisfacción propia? ¿es por aversión a otras cosas? ¿es por agradar a cual­quier insignificante criatura? O por el contrario, ¿es por realizar el buen agrado de Dios y buscar su justicia? ¡Qué vida, qué vida esta! ¿Sería una vida humana? No; sería totalmente angélica, porque es exclusivamente por amor a Dios por lo que haré todo lo que realice y por lo que evitaré hacer todo lo que no haga»: L. Abelly, 1, I, 79-80; S. V. XII, 183.
  9. Cf. S. V. XII, 130-150 (conferencia a los Misioneros sobre la búsqueda del reino de Dios, 21 de febrero de 1659); S. V. XII, 150-165 (conferencia sobre la conformidad con la voluntad de Dios, 7 de marzo de 1659).
  10. Cf. contrato de fundación de la Congregación de la Misión: S. V. XIII, 197-202.
  11. «Hay que pensar que es la obra de las obras, mayor que la (de la creación) del mundo, porque se trata de hacer de un pecador, un justo, de un vicioso, un perfecto. La creación del mundo no es tan difícil, por­que dijo y se hicieron todas las cosas, dice Dios. Pero, en este ejercicio, la voluntad del pecador, sus inclinaciones, sus pasiones, sus tentaciones, todo esto se opone al designio de Dios. Vean, padres, la grandeza de esta obra. Es tan difícil que un pecador se aparte de su pecado como hacer que la piedra suba y que la pluma y el fuego bajen. Y sin embargo, el designio de Dios, su voluntad, es que hagamos de un pecador, un justo, y que hagamos reinar a Dios en su alma, para ganarle lo más perfecta­mente para él»: S. V. XII, 438-439.
  12. S. V. XII, 131.
  13. Cf. L. Abelly, 1, III, 117-119.
  14. «Las obras de Dios se hacen lentamente», susurra el alma de Vicente el 26 de diciembre de 1659 (S. V. VIII, 208). «Las obras de Dios sólo se hacen a la larga», comenta el 1 de septiembre de 1656 (S. V. VI, 75). Acerca de la experiencia humano-cristiana y la evolución espi­ritual de Vicente de Paúl, cf. J. M.’ Ibáñez, 86, 207-228.
  15. Cf, S. V. IX, 483-498; J. M Ibáñez, 86, 262-269.
  16. Cf. L Abelly, 1, I, 81-82; S V. XI, 40-41; XII, 131-132, 138, 139, 179, 261; IX, 592-593.
  17. L. Abelly, 1, I, 83, S. V. XI, 40-41.
  18. S. V. III, 202; cf. S. V. III, 346-347; XI, 40.41, 43-45, 76, 77; XII, 127, 261-262; IX, 592.593
  19. Para comprender hasta dónde Vicente de Paúl participa en la historia viva e incierta de su tiempo y hasta dónde se compromete en los conflictos y desgarraduras provocados en ella, nos limitaremos a evocar cuatro aspectos distintos de las intervenciones vicencianas. La diversidad de campos, en los que compromete su pensamiento y su acción, no puede hacernos olvidar la motivación profunda que amalgama y da sentido a sus intervenciones: la realización de los designios de Dios en la continuación de la misión amorosa y compasiva de Cristo, evangelizador de los pobres:

    — Actitud de Vicente de Paúl frente a Mazarino, cardenal y primer ministro durante la regencia de Ana de Austria. Esta actitud está moti­vada, principalmente, por su deseo de llegar a implantar la paz en la nación y por llegar a reducir la miseria de los pobdes, cf. S. V. IV, 423, 473-478; XIII, 136-138.

    — La ayuda socio-económica-religiosa aportada por Vicente de Paúl a las provincias devastadas de Lorena, Champaña, Picardía y a la Región Pari­sina. La realidad socio-económica es para él «lugar teológico» donde se le revelan los planes de Dios y el lugar donde realiza las exigencias de la providencia continuando la misión’ de Cristo en beneficio de los pobres, cf. J. M’ Ibáñez, 86, 156-205.

    — Durante «la Fronda» (1649-1653), la miseria abunda. Vicente de Paúl lanza entonces una campaña de información, de exhortación y de organiza­ción para luchar contra ella. En medio de esta miseria «que hace estre­mecer», intenta, a través de su sentido extraordinario de las coordinaciones, una organización de la sociedad más justa y más fraternal, cf. J. M. Ibá­ñez, 86, 198-199, 326-329, 410413, 417-429.

    —Intervención de Vicente de Paúl en Argelia para liberar a los cauti­vos cristianos: la situación desdichada de estos hiere sus sensibilidad cris­tiana y le hace daño en lo más íntimo de él mismo. Para «asistirlos en la enfermedad y fortificarlos continuamente en la fe» (S. V. VII, 177) y, en lo posible, rescatarlos, envía a sus misioneros a Túnez, en 1645, y a Argelia, en 1646. Según Abelly, el número de cautivos liberados por los misioneros de Vicente de Paúl, entre 1646 y 1661, superó la cifra de 1.200 y el coste de estos rescates se acercó a 1.200.000 libras (cf. L. Abelly, 1, II, 143).

    Desde abril de 1658 (cf. S. V. VII, 130), Vicente intenta rescatarlos por la fuerza y llega a preparar lo que hoy se diría «un golpe de estado» en Argelia. Para llevarlo a cabo, compromete en la empresa a la duquesa de Aiguillon (cf. S. V. VII, 130, 181, 278, 504; VIII, 25), a las Damas de la Caridad (cf. S. V. VII, 160; VIII, 325), consulta sobre el asunto a «las dos mejores cabezas de París» (S. V. VII, 165), a quienes la em­presa les parece posible, en todo caso, negociable y siempre deseable (cf. S. V. VII, 212). En el intervalo se asegura de conseguir el consentimiento del Rey y de Mazarino, quienes, por estar ocupados en el sitio de Dunkerque y de otra plaza, no participarán económicamente en la expedición (cf. S. V. VII, 171-172), que dirigirá el capitán Paul (cf. S. V. VII, 130, 139, 166, 171, 211, 249; VIII, 125).

  20. S. V. XI, 317.
  21. S. V. XII, 300.
  22. Cf. S. V. XII, 144, 147-148, 154-155, 157, 164, 179.
  23. Cf. S. V. I, 26, 37, 39, 40, 62, 68, 87, 128, 150, 173; II, 4, 208, 226, 276, 419, 428, 453, 456, 466, 472-473; III, 188-189; IV, 122­123, 347-348; XI, 45-48.
  24. Cf. S. V. XI, 343, 350; XII, 154, 179; V, 484; VIII, 231.
  25. Este hombre, «de mirada penetrante… de espíritu amplio… y difícil de dejarse sorprender… penetraba los asuntos hasta la médula, descubría siempre las circunstancias pequeñas y grandes, preveía los incon­venientes y las consecuencias. Con una atención y una fuerza de espíritu incansable, abordaba los asuntos y se aplicaba a ellos con orden y clarivi­dencia, sobrellevaba su peso y sus dificultades con ahínco y tranquilidad… No se paraba en la apariencia de las cosas, sino que consideraba su naturaleza y su fin, y, en razón de su sentido común, que era extraordina­rio, sabía distinguir con exactitud lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo, aunque se le presentaran con idéntico rostro»: L. Abelly, 1, I, 73, 74, 75.
  26. Cf. S. V. XI, 31, 32, 116; VII, 388; 115-116, 120, 121, 122, 123, 124; XI, 52-53; XII, 178-179.
  27. S. V. VII, 388; cf. S. V. XI, 32; L. Abelly, 1, III, 9.
  28. Cf. S. V. IX, 592; XI, 50, 74, 100; XII, 56, 78, 134, 146, 166, 322, 354, 389, 403, 409, 433.
  29. Cf. S. V. IX, 483-498; XI, 40-41, 342-351; XII, 132, 138, 139; XI, 74, 77; IX, 592-593, 594, 113, 243-247, 475-478, 601-602.
  30. Cf. S. V. VI, 393; XII, 108-110, 112-113; XI, 343-344; XII, 179; XI, 49, 74, 76-77; XII, 262-263, 264-265, 271-272, 274, 121; XI, 40-41, 313-315.
  31. Cf. S. V. XIII, 179; VIII, 230; XI, 49, 31, 367; XIII, 798; XI, 40-41; XII, 87, 262, 264, 270-272.
  32. La pedagogía vicenciana, cuando habla de estas realidades, utiliza diversos registros de expresión. Es menester descubrir en esta variedad de registros, la divisa del autor, si no queremos dejarnos engañar al inter­pretar el sentido de sus palabras. Para conseguirlo, se requiere adoptar cuatro criterios diferentes.

    El primero de estos criterios debe tener en cuenta la estructura perso­nal del destinatario de la carta, la situación concreta que atraviesa, su manera constante de actuar. Las cartas escritas a Luisa de Marillac y al padre Bernardo Codoing son una muestra esclarecedora del valor de esta norma de interpretación.

    El segundo criterio debe intentar reconstruir y tratar de introducirse en el ambiente del auditorio vicenciano. Las conferencias-catequesis dadas a las Hijas de la Caridad difieren en forma y contenido de las alocuciones, más teológicas y mejor estructuradas intelectualmente, pronunciadas ante los sacerdotes de la Congregación de la Misión. Si en ambas ocasiones centra su objetivo en transmitir su experiencia humano-cristiana y orientar a los oyentes hacia un espíritu, creador y animador de comunidad, no olvida hacer referencia a las necesidades y acontecimientos del momento histórico. Conectados con su espíritu, Vicente intenta esclarecerlos y abor­darlos a la luz de los designios de Dios y de la continuación de la misión de Cristo.

    El tercer criterio no puede prescindir de la fecha en que están escritas las cartas y pronunciadas las conferencias. La referencia a estas fechas nos permiten descubrir los orígenes del pensamiento y de la evolución humana y doctrinal de Vicente de Paúl.

    El cuarto criterio nos indica la manera vicenciana de abordar los temas. Vicente no procede en el desarrollo de sus alocuciones o conferencias por divisiones lógicas, como adora el espíritu cartesiano, sino más bien por olas sucesivas volviendo sobre el tema varias veces y abordándolo bajo nuevos aspectos. Por esta razón se encuentran ideas importantes emitidas, a veces, en contextos donde no se esperaba. La «marca» vicenciana no aparece en la forma de un razonamiento lineal. sio espiral. De ahí la casi, por no decir la total, imposibilidad de apoderarse del «espíritu» de Vicente de Paúl y la dificultad de pretender encerrar su doctrina teológico-espiritual en un sistema de arquitecturas conceptuales. El dinamismo de la vida y del pensamiento vicenciano no se dejan encerrar en la rigidez de un sistema.

  33. Cf. S. V. XI, 342-351: avisos dados al padre Durand; S. V. XII, 130-150: conferencia a los misioneros sobre la búsqueda del reino de Dios; S. V. XII, 150-165: conferencia a los misioneros sobre la conformidad con la voluntad de Dios; S. V. XII, 73-94: conferencia a los misioneros sobre el fin de la Congregación de la Misión.
  34. Cf. S. V. VI, 393; XII, 108-110, 112-113
  35. Cf. S. V. XI, 313, 315; XII, 3-4, 4-5, 79-80, 83, 87-88; IX, 127, 534, 583, 592, 594; X. 124, 126, 144.
  36. Cf. S. V. XII, 107-110, 154, 178-179, 183, 214-215; XI, 342-344, 348. 40-41, 44, 49, 74, 74-75, 76-77; V, 5, 84, 484; VIII, 333, 424.
  37. «Sabemos que nuestras acciones no tienen ningún valor, si no están vitalizadas y animadas por la intención de Dios. Este es el consejo del evangelio que nos orienta a hacer todo para agradarle» (S. V. XII, 154; cf. S. V. XII, 132). «Nuestras acciones ya no son acciones humanas… sino de Dios, puesto que se hacen en él y por él»: S. V. XII, 183; cf. S. V. XII, 214-215; XI, 344.
  38. S. V. II, 208, 419.
  39. S. V. I, 68, 69.
  40. S. V. II, 453, 456.
  41. S. V. III, 187.
  42. S. V. I, 37, 70.
  43. S. V. I, 26.
  44. S. V. I, 68; cf. S. V, I, 76.
  45. S. V. II, 456; cf. S. V. II, 208, 453, 466; III, 188.
  46. S. V. II, 453; cf. S. V. II, 456.
  47. S. V. I, 228. «Es menester considerar atentamente esto. Porque Dios nos ha destinado en tal tiempo, para tales personas y no para otras; encontramos lo mismo en la Escritura, donde leemos que Dios destinaba a los profetas a tales personas y no quería que se dirigieran a otras»: S. V. XI, 134.
  48. S. V. I, 173.
  49. S. V. II, 469.
  50. S. V. I, 150.
  51. S. V. I, 128.
  52. S. V. I, 87.
  53. S. V. I, 70; cf. S. V. I, 62.
  54. S. V. I, 86. La lectura, que Vicente de Paúl recomienda hacer a Luisa de Marillac referente a la doctrina de la voluntad de Dios, se encuentra en el Tratado del amor de Dios de Francisco de Sales, 131, V, vol. II, 109-163.
  55. S. V. I, 40, 39, 77.
  56. S. V. I, 37.
  57. S. V. I, 77.
  58. S. V. I, 453.
  59. S. V. I, 128.
  60. S. V. I, 68; cf. S. V. I, 69.
  61. S. V. II, 226.
  62. S. V. II, 469.
  63. S. V. I, 40.
  64. Cf. S. V. II, 472-473.
  65. Estas personas, según la expresión de Vicente, «no tendrán más que el nombre y la apariencia de lo que han sido; no serán más que cadáveres y no verdaderos misioneros»: S. V. XI, 17; cf. S. V. XII, 92­93, 91.
  66. Cf. S. V. II, 208; I, 26, 77, 150; II, 428, 466, 469-470, 472-473; IV, 122.
  67. S. V. I, 70; IV, 123.
  68. S. V. III, 205.
  69. Cf. S. V. II, 472-473; III, 205; IV, 122-123; IX, 527, 645; XII, 235, 240, 242; IV, 340.
  70. S.V. II, 473; cf. S. V. II, 419, 456.
  71. Cf. S. V. XI, 343, 344, 345, 348, 46, 46-47; II, 472-473; III, 205, 188-189; IV, 122-123.
  72. Cf. S. V. XII, 160, 161; XI, 45-46, 47-48; I, 39, 68, 82, 291; II, 36; IV, 476; VII, 489.
  73. Cf. S. V. I, 26, 37, 39, 40, 68, 77, 86, 128, 150; II, 208, 472-473; IV. 122-123, 340; IX, 527, 645; XII, 235, 240, 242.
  74. Cf. S. V. XII, 154; 132, 183, 214-215; XI, 343, 344, 41; XII, 136; II, 208, 453, 456, 466; III, 188-189; IV, 122-123, 347-349.
  75. «Se dice que hay que buscar el reino de Dios. Buscad, no es más que una palabra, mas creo que dice muchas cosas. Quiere decir que hemos de obrar de tal manera que aspiremos siempre a aquello que se nos recomienda, que trabajemos incesantemente por el reino de Dios, sin per­manecer en un estado de inercia y de indolencia, a reflexionar sobre la propia vida interior para ordenarla, y no sobre las cosas externas para hallar deleite en ellas. Buscad, buscad: significa preocupación, significa ac­ción… Buscad a Dios en vosotros, pues san Agustín confiesa que, mientras lo buscó fuera de sí, no lo encontró; buscadle en lo íntimo de vuestra alma como en agradable morada suya: éste es el lugar donde lo establecen sus servidores, los que procuran poner en práctica todas las virtudes. Es necesaria la vida interior, hay que tender a ella; si se falla en eso, se falla en todo…

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