Vida de santa Luisa de Marillac. 04. Una comunidad nueva

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1992.
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Una comunidad nueva

EL PEQUEÑO grupo reunido en torno a Luisa de Marillac aumenta rápidamente: cinco o seis en noviembre de 1633, una docena en julio de 1634, veinte a finales de 1635. La afluencia de toda esta gente nueva exige que se busque una casa más grande. La joven comunidad se establece en mayo de 1636 en el pueblo de La Chapelle, al norte de París. El crecimiento de la comunidad prosigue. En 1641, de sesenta a ochenta jóvenes se han unido a las primeras. Se impone un nuevo traslado. Des­pués de varios meses de búsqueda, se compra una casa en el suburbio Saint-Denis. El acta de venta se firma ante notario el 6 de septiembre de 1641. Como la Compañía de las Hijas de la Caridad no posee bien alguno, las doce mil libras las paga la Congregación de la Misión. Esta pequeña propie­dad (dos cuerpos de edificio, jardín y dependen­cias), situada en frente de San Lázaro, donde reside Vicente de Paúl y sus misioneros, se convierte en la casa madre de las Hijas de la Caridad, permane­ciendo tal hasta la Revolución.

Los lazaristas, fundados por Vicente de Paúl, dan a conocer a la nueva comunidad en el curso de sus diferentes misiones en el campo. Las Damas de la Caridad, llenas de fervor, invitan también a las campesinas de sus tierras a unirse al grupo. En ciertas familias se propaga un verdadero entusias­mo por esta nueva forma de vida dedicada al ser­vicio de los pobres: dos, tres y hasta cuatro herma­nas llegan a París, a las cuales siguen sus primas. Hermanos y primos van a llamar a la puerta de San Lázaro, pidiendo ser sacerdotes o hermanos de la Misión.

¿Cuáles son las raíces profundas que animan a todas estas campesinas o hijas de artesanos? ¿Tie­nen, como Margarita Naseau, un verdadero deseo de consagrar su vida a Dios y a los pobres? En algunas, no hay ninguna duda. Mas en otras, los motivos no están tan claros. Al unirse a Luisa de Marillac no se les pide a estas jóvenes dote alguna, contrariamente al uso de las comunidades religio­sas de la época, sino únicamente su buena volun­tad. ¿No es un modo de tener casa, alimento y un trabajo, mientras que en el campo la vida es muy dura? Luisa comprueba también que algunas han ido a descubrir la capital.

París resulta siempre atractivo para las jóvenes. Algunas chicas, como la llegada de Normandía, piensan más en divertirse, en contactar con chicos, que en servir a los enfermos.

Vicente y Luisa comprenden que se impone un discernimiento antes de admitir a una nueva candidata entre las Hijas de la Caridad. Luisa se fija en su ma­nera de vivir. ¿Le permite su salud llevar a cabo las tareas humildes y bajas que reclaman los enfermos? Tal joven, enferma del pulmón o con un defecto físico no conviene. Otra posee un temperamento ardiente; al encontrarla, Vicente da su parecer:

«Creo que habrá que trabajar un poco, que sus pasio­nes son algo fuertes. Pero bueno; cuando tienen la fuerza de superarse, obran luego maravillas». Y acon­seja que la retengan (Doc. 110).

Estas jóvenes están llamadas a vivir juntas. La vida comunitaria no es fácil; exige olvido de sí, atención a los demás, alegría de vivir. Los tempe­ramentos inestables y depresivos corren el riesgo de ser una carga para los demás y de sufrir ellos mismos. Por lo general, no pueden permanecer en la Compañía.

«En cuanto a la buena hija de Argenteuil, que es melancólica, creo que tiene razón en poner reparos para aceptarla, pues la melancolía es un ánimo extra­ño» (Doc. 110).

Habituadas a vivir en medio del campo, algunas tienen costumbres un tanto rudas. Juana no vacila en pegar a su compañera cuando está descontenta de ella. Como el hecho se repite varias veces, se le pide a Juana que vuelva a su casa.

¡Qué diferencia de educación entre Luisa de Marillac y aquellas campesinas! La paciencia de Luisa, su perspicacia y su humildad, permiten pres­cindir de las formas exteriores y descubrir en el corazón de aquellas jóvenes un vivo amor a Dios y al prójimo.

Para ayudar a cada una, Luisa prepara un regla­mento o regla de vida. Se levantan a las cinco y media. Desde las seis, las hermanas consagran una hora a la oración. Luisa, con tacto, las inicia en este encuentro con Dios. La víspera por la noche ha habido la preparación para la oración, o sea una explicación del texto que sostendrá su oración. Después de la oración, las hermanas comparten sencillamente su meditación y la manera como han hablado con su Señor y Dios. Luisa concluye la conversación y orienta la jornada sugiriendo una resolución práctica.

Luego las hermanas van a las diferentes parro­quias. Se dirigen a casa de la Dama de la Caridad, «que ordena cocer lo corriente de los pobres». Luego van a reconfortar a los enfermos y moribundos, proporcionándoles consuelos y alimento. Luisa enseña a cada una la manera de preparar las tisanas v las pomadas, les enseña cómo han de hacer las purgas o lavados, cómo realizar una sangría evitan­do «los peligros de las arterias, nervios y otras». Gracias sin duda a su espíritu de observación y a su inteligencia práctica ha podido adquirir Luisa de Marillac todas esas nociones necesarias para la educación de las Servidoras de los Pobres.

Cada mañana, las hermanas van a la iglesia de su parroquia a misa. Las exigencias del servicio de los enfermos corre a veces peligro de ser fuente de conflictos. ¿Dónde se encuentra el deber? Vicente de Paúl, que va regularmente a hablar a las herma­nas, explica:

«Hijas mías, sabed que cuando dejáis la oración y la santa misa por el servicio de los pobres, no perdéis nada con ello, pues servir a los pobres es ir a Dios. Y debéis mirar a Dios en sus personas» (Conferencias, 4).

Luisa de Marillac vela por la recta interpretación de estas palabras. Enseña a las hermanas a discer­nir entre las múltiples llamadas la verdadera urgen­cia. De vuelta a casa, se invita a las hermanas a dedicar algún tiempo a su formación personal: es­tudio del catecismo, lectura del evangelio. Mas, como la mayoría de las mujeres de su época, aque­llas campesinas son analfabetas, Luisa se ingenia para enseñarles los rudimentos de la lectura y de la escritura, a fin de que puedan enseñar a otras y sean capaces de leer las notas que se les entregan, para poder servir mejor. Algunas se muestran rebeldes al aprendizaje de la escritura. Cuando en 1655 cada una de las hermanas firme el acta oficial de la fundación de la Compañía de las Hijas de la Cari­dad, varias de ellas pondrán una simple cruz o la primera letra de su nombre.

Si las hermanas «tienen algún tiempo de relaja­ción», según la expresión de Vicente de Paúl, lo emplean en un trabajo manual. Estas jóvenes con­servan la costumbre de coser, de hilar como en sus chamizos. Realizan todo el trabajo doméstico den­tro de la casa y no tienen criadas.

«Recuerden que han nacido pobres, que deben vivir como pobres por amor al pobre de los pobres, Jesu­cristo nuestro Señor» (Doc. 248).

Por la noche, a las nueve, las hermanas se reúnen para la oración en común y la preparación de la oración. El día termina como ha comenzado: con un acto de adoración a Dios.

Este primer reglamento es modificado y comple­tado con el paso de los años, teniendo en cuenta los problemas encontrados. La llegada de jóvenes pro­cedentes de la burguesía y de la nobleza, la vida en pequeñas comunidades de dos o tres hijas, lejos de París, requieren precisiones sobre el modo de vida.

«Procurarán mantener la uniformidad en cuanto pue­dan en la forma de vivir, de vestir, de hablar, del servicio de los pobres y, particularmente, del peina­do» (Doc. 681).

Todas las hermanas, independientemente del origen social o regional, son iguales. Nada debe distin­guirlas. El vestido de las campesinas de la Isla de Francia, que llevaban las primeras jóvenes que acudieron a servir a los pobres, es el de todas las Hijas de la Caridad.

El reglamento prosigue:

«Si ahorran dinero, lo pondrán en la bolsa común, que servirá para proporcionarles ropa y remediar otras necesidades cuando llegue el momento».

Para algunas campesinas, poco habituadas a poseer dinero, fue grande la tentación de servirse de él para ellas mismas o para su familia. La experiencia hizo ver también los peligros a que podían estar expuestas aquellas jóvenes al ir por las calles y vivir en pleno mundo. Les es imprescindible una gran prudencia, aliada con la simplicidad:

«No harán ninguna visita, fuera de las de los enfer­mos, y no permitirán que las hagan en sus casas, par­ticularmente los hombres, a los que no consentirán que entren en sus habitaciones. Al ir por la calle, ca­minarán modestamente y con los ojos bajos, y no se detendrán para hablar con nadie, en particular con personas de otro sexo, a no ser que haya gran necesi­dad; aun entonces deberán cortar pronto y oportuna­mente».

El servicio prestado por las Hijas de la Caridad a los enfermos, a los niños y a los galeotes, pronto es conocido, apreciado y admirado. Vicente de Paúl y Luisa de Marillac escuchan muy frecuente­mente alabanzas. El reglamento quiere ayudar a aquellas hermanas a no apropiarse personalmente estas alabanzas:

«Recuerden que se les llama las servidoras de los pobres, que, según el mundo, es una de las condicio­nes más bajas, a fin de mantenerse siempre en la baja estima de sí mismas, rechazando prontamente el me­nor pensamiento de vanagloria que pudiera cruzar por su mente al oír hablar bien de sus ocupaciones, persuadiéndose de que a Dios es a quien le es debido todo el honor, puesto que él solo es su autor» (Doc. 682).

El reglamento así revisado es sometido en 1655 a la aprobación del arzobispo de París, el cardenal de Retz, y del rey, Luis XIV, con la petición de reconocimiento de la Compañía por parte de la Iglesia y del Estado.

En julio de 1640, en el curso de una reunión con las Hijas de la Caridad, Vicente de Paúl habla con entusiasmo de los religiosos hospitalarios de Italia que, a los tres votos habituales, añaden el de servir u los pobres. La reacción de las hermanas es inme­diata. ¿No podrían también ellas pronunciar tales votos?

Vicente de Paúl, sorprendido por la pregunta, reflexiona. Las Hijas de la Caridad no son «regula­res», es decir religiosas en sentido canónico, mon­jas de un claustro. Son «seglares», o sea, personas que van y vienen por las calles, por los hospitales, para servir a los pobres y a los enfermos. No pue­den pronunciar votos solemnes y públicos, que obligarían entonces a la clausura. Podrían, para manifestar su adhesión a Dios, hacer votos sim­ples, privados, como puede hacerlos cualquier cris­tiano de acuerdo con su director de conciencia. Vicente de Paúl precisa que si una hermana deseara comprometerse con Dios con voto, debería hablar de ello a sus superiores.

La reflexión prosigue durante largos meses. El 25 de marzo de 1642, Luisa de Marillac y cuatro hermanas pronuncian durante la misa los primeros votos de Hijas de la Caridad: voto de pobreza, de castidad, de obediencia y de servicio a los pobres. En pos de ellas, otras hermanas ratifican también su compromiso en la Compañía. Estos votos son privados y temporales. Luisa explica toda la belle­za de los votos anuales:

«Es más agradable así que de otra manera, puesto que, disponiendo libremente de la voluntad al cabo del año, podéis volver a ofrecerla a Dios de nuevo» (E. 355).

Los votos se renuevan todos los años en la fiesta de la Anunciación, porque María muestra el cami­no. Con su disponibilidad y su adhesión al desig­nio de Dios, permitió que el Hijo de Dios se hiciera hombre, y de esta manera abrió el camino de la redención. En pos de María se invita a cada una de las Hijas de la Caridad a entrar plenamente en la vocación recibida de Dios y a descubrir y recono­cer a Cristo en todos aquellos con quienes se ponen en contacto.

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