Vida espiritual de la señorita Le Gras

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Benito Martinez · Año publicación original: 1995 · Fuente: CEME.
Tiempo de lectura estimado:

Vida de casada

¿Cómo era la vida espiritual de la señorita Le Gras durante los años de matrimonio? En los Archivos de las Hijas de la Caridad, en París, se encuentra una nota muy mal es­crita, describiendo la vida que llevó en estos años. El H° Ducourneau, secretario de Vi­cente de Paúl, anota que la escribió una sirvienta de la Señorita: «Sra. de la Cour, de aqué­lla que sirvió con esmero a la Señorita». La nota dice:

«Que en su juventud tenía gran piedad y devoción en servir a los pobres. Les lle­vaba dulces, golosinas, galletas y otros dulces. Los peinaba, les limpiaba la roña y la miseria, y los amortajaba. Cuando estaba a la mesa, frecuentemente hacía que comía, pero no comía. Por la noche, tan pronto como se dormía el señor, se levantaba y se encerraba en su gabinete para tomar cilicio y disciplina. Dejaba su compañía para su­bir a un monte y curar a un pobre que temblaba de frío, al llover sobre él».

Esta nota está escrita, después de morir la santa, para testimoniar sobre su vida. Sin dejar de tener un fondo de verdad, da la sensación de aplicar a la señorita Le Gras, casa­da, lo que sabía de Santa Luisa, Hija de la Caridad.

Igualmente, Gobillon escribe algo parecido. Cuenta cómo dos criados de su esposo se hi­cieron uno mínimo y el otro de la Congregación de San Mauro. Y presenta a una mujer vir­tuosa, mortificada y piadosa, dedicándose a obras de caridad. La describe atrayendo a otras señoras al servicio de los pobres, «como un ensayo de la gran obra que debería emprender un día para el cuidado de todos los pobres, creando una congregación de mujeres. Lo cual ha tes­timoniado por escrito: que durante el matrimonio ya había tenido algún deseo». Más claramente aún, Gobillon aplica a la mujer casada lo que sabía de la fundadora.

Al leer estos escritos y el reglamento que compuso Luisa para su vida de viudez —continuación de su vida de casada— vemos a una mujer devota del siglo XVII, llevan­do una vida piadosa basada en la oración mental y de alabanza. Buscando una vida de ver­dad, Luisa y Antonio Le Gras aspiraban a leer la Biblia. Sabemos que el Obispo de Be­lley, director de Luisa, vio bien que el arzobispo de París «pudiese permitir» a los seño­res Le Gras «la lectura de la Santa Biblia en francés, según la traducción de los Doctores de Lovaina». Claramente, nos da la sensación de ser una mujer que vivía las directrices afines a la llamada Devoción Moderna: crecer en las virtudes y dominar las pasiones a ba­se de la mortificación interna y de la ascesis externa. Se dedicaba a obras de caridad, co­mo muchas mujeres devotas, y a la lectura de libros, comunes entonces, a las personas piadosas: la Imitación de Cristo, las obras de fray Luis de Granada, las de San Francisco de Sales y un libro un tanto curioso del mismo estilo, El Combate Espiritual. Sor Bárba­ra Bailly resume lacónicamente esta etapa de su vida: «casada contra su voluntad, siem­pre vivió en gran devoción».

Sin negar totalmente esta visión, no cabe duda de que está un tanto falsificada. Gobi­llon publicó su vida en 1676, cuando la mística abstracta estaba mal vista, porque se con­sideraba que la habían abrazado los jansenistas, en especial Saint-Cyran. Sin que olvide­mos tampoco que ya comenzaban las diferencias con el quietismo, que creían cimentado en aspectos radicales de la espiritualidad de las esencias.

Da la sensación de que Gobillon, de acuerdo con los Superiores de las Hijas de la Ca­ridad, quería borrar de Santa Luisa cualquier trazo de la espiritualidad nórdica, que en aquellos años podía acarrear dificultades a la Compañía y hasta ofuscar o desviar a las Her­manas de su espíritu de sencillez. No se olvide que tan sólo tenían 43 años de existencia y ya habían muerto los fundadores. Siguiendo esta idea, tampoco publicó los Pensamien­tos de la santa tal como ella los redactó: los acomodó, suprimiendo todo lo que tenía sa­bor de espiritualidad abstracta. Pero en realidad, la espiritualidad de Luisa en estos años estaba influenciada por Bérulle y la Escuela Abstracta.

Corriente renanoflamenca de la Escuela Abstracta

La corriente renano flamenca se manifestó primordialmente en una mística vivida in­tensamente en los grupos de beguinas —mujeres que, viviendo en la sociedad, profesa­ban el renunciamiento y la pobreza evangélica— y en los conventos de dominicas desde Suiza hasta Flandes. Quedó perpetuada con los escritos de los grandes espirituales del si­glo XIV, como el turingio Eckart, el alsaciano Taulero, el suabo Suso y el flamenco Ruys­broeck. Todos ellos influenciados por las obras del Pseudo-Dionisio, exactamente por su Teología Mística y por los tratados de las Jerarquías. A través de sus escritos, el pensa­miento neoplatónico cristianizado había entrado a formar parte del fundamento teológico de la espiritualidad renanoflamenca.

El cartujo Dionisio, el franciscano Herp (Harphius) y el benedictino Blois hicieron más asequibles en los siglos XV y XVI los escritos de los místicos anteriores, suavizando y propagando las experiencias místicas.

Como un desbordamiento del Rin, la espiritualidad nórdica se extendió por toda Eu­ropa. Llegó a España (Osuna, Laredo, San Juan de la Cruz),y a Italia (Santa Catalina de Génova). Pero donde fue acogida con más amplitud fue en Alemania y en Francia.

A principios del siglo XVI, la cartuja de Santa Bárbara en Colonia publicó las obras de casi todos estos autores, leídas con interés por todos los hombres espirituales del siglo XVII francés. En París, se formaron dos centros: uno en el convento de los capuchinos del Arrabal de Saint-Honoré (Canfield, Joyeuse, Champigny, Lorenzo de París, etc.) y el otro en el círculo de Madame Acarie (Canfield, Bérulle, Marillac, Bretigny, Beaucousin, Gallement, Duval, etc.). Es conocida en la historia por el nombre de Escuela o Mística Abstracta. Como características determinantes de esta escuela se pueden considerar:

Un aspecto más metafísico que sicológico en su mística; contemplar a Dios más en su esencia que en las Personas; también la Trinidad entra en la espiritualidad, pero se la con­sidera como un movimiento de las Personas hacia dentro, de tal manera que esos autores tienden a rebasar la distinción de Personas en Dios para no considerar más que la unidad en la naturaleza divina.

Otra característica es el ejemplarismo agustiniano, según el cual, antes de la creación de las cosas, desde toda la eternidad, las criaturas ya preexisten de alguna manera en Dios; su ejemplar existe en la esencia divina y, según este ejemplar divino, será creada cada cria­tura. El alma humana guarda en el fondo del ser su ejemplar divino y a través de él se pue­de alcanzar a Dios por introversión. Aplicándolo a Dios y al hombre, ven al Padre, Hijo y Espíritu Santo como ejemplar del entendimiento, memoria y voluntad.

El aspecto más distintivo es el cumplimiento de la voluntad de Dios que se acoge más como un camino para alcanzar la unión con la Voluntad esencial de Dios o Esencia-Vo­luntad, que como medio para conseguir las virtudes, ser bueno o imitar a Cristo. Pero la nota más llamativa es la unión con Dios sin ningún intermediario. Es la unión de la esen­cia del alma a la Esencia de Dios, prescindiendo de todo lo creado, aun de las potencias humanas y del mismo Cristo, en cuanto hombre.

Como una conclusión lógica, pero que suena a sacrificio inhumano, para llegar a esta unión con Dios, el hombre tiene que despojarse de sí mismo de una manera absoluta, tie­ne que anonadarse, vaciarse totalmente hasta la extrema pobreza interior, hasta la nada, y prescindir de los mismos gustos espirituales que produce la devoción. Así, se llega al aban­dono total en Dios y a la dirección pasiva del Espíritu Santo a través de sus dones.

Los primeros directores espirituales de Luisa

¿Quiénes le inculcaron esta espiritualidad a la señorita Le Gras? Sabemos que Lui­sa quiso ser capuchina y deducimos que frecuentó el convento de los capuchinos y que recibiría la influencia de los frailes. No parece que el P. Honoré de Champigny la diri­giera antes de su matrimonio (5 de febrero de 1513) por la sencilla razón de que no es­tuvo en París de 1606 a 1612. Volvió a París, como Provincial, en julio de 1612. Segu­ramente, poco después Luisa le manifestó su deseo de ser capuchina y él con la presión de sus familiares discernió que ésa no era su vocación. Pudo dirigirla desde este año has­ta 1619. Lo que sí es seguro poder afirmar es que de 1606 a 1619, es decir de los 15 a los 28 años, la dirigieron los capuchinos del arrabal de Saint-Honoré. Estos capuchinos eran discípulos o compañeros de Benito de Canfield, lectores y defensores de su libro La Regla de Perfección. Es fácil concluir que la mayoría de ellos seguían la espiritua­lidad de este libro, conocida como Escuela Abstracta, centrada en las ideas y métodos renanoflamencos.

Otra de las personas que influyeron en su trayectoria espiritual fue su tío Miguel de Marillac. Se conservan varias cartas de Miguel a Luisa y, aunque se han perdido las que le dirigió ella, en las de él aparece como un consejero espiritual y un acompañante de conciencia. No era raro en aquellos años que seglares espirituales ayudaran a otras per­sonas en la búsqueda de la santidad. La misma Luisa acompañó a mujeres seglares y a las Hermanas. De joven, Miguel quiso ser cartujo. Traductor de salmos y de la Imitación de Jesucristo era un hombre serio, intransigente con un tanto de estoicismo y de Soli­tario de Port-Royal. Era hombre espiritual; había convertido su casa en un hogar de pie­dad y de caridad. Se decía de él que durante catorce años «la humanidad de nuestro Señor estuvo siempre a su lado». Frecuentó el círculo de Mme. Acarie, donde se decidió por la doctrina de la mística abstracta. A Luisa, la aconsejaba de acuerdo con estos pen­samientos de anonadamiento y abnegación. La acompañó desde 1613 a 1624; desde los 22 a los 33 años:

«Pero el alma pobre que se conoce tal como es y acepta este conocimiento en paz, espera de Dios lo que Él quiere, sin esperar que sea de esta manera o de la otra, y se contenta con someterse a Dios y no querer prescribirle de qué forma se­rá conducida». «Porque querer obtener esta disposición con el esfuerzo propio, es señal de poder y de capacidad, y el alma ya no se siente pobre, puesto que intenta hacerlo, pues nadie se esfuerza en hacer lo que sabe claramente que no puede lo­grar. Es, pues, más útil al alma reconocerse pobre hasta en la facultad de conocer­se y de estimarse tal como es, y no dolerse por ello de ese modo, sino que, reco­nociéndose pobre, se la pide a Dios y coopera fiel y provechosamente con los me­dios que Dios le da».

Que San Francisco de Sales no fue director suyo está claro, y también está claro que la visitó varias veces durante una enfermedad en 1619. Lo afirma Gobillon: «Habiendo sido honrada con sus visitas en una enfermedad durante el último viaje que él hizo a París». Luisa lo da a entender cuando dice «haber recibido esta gracia (salir de la Noche) del B. Monseñor de Ginebra por haber deseado en gran manera comunicarle esta pena antes de su muerte».

Recordemos que en 1617 cayó Concini y María de Médicis fue recluida en Blois. Los partidarios de la reina Madre quedaron en desgracia del rey con todo lo que esto suponía de rechazo por lo nobles y la burguesía. Entre los partidarios de María de Médicis, esta­ban los Marillac y, de menor categoría, Le Gras.

En noviembre de 1618, llegó a París el Príncipe-Cardenal de Saboya, acompañado de San Francisco de Sales, para concertar el matrimonio de la princesa Cristina de Francia, hermana de Luis XIII, con el Príncipe heredero de Savoya. El 11 de enero de 1619, y sin saberlo la Reina Madre, se firmó el contrato matrimonial; el 10 de febrero, San Francis­co de Sales bendijo el matrimonio, pero continuó en París hasta el 13 de setiembre de 1619. María de Médicis había huido de Blois a Angulema, amenazando con una guerra a su hi­jo el rey.

Los franceses contemplaron con escándalo el desprecio inferido a la Reina Madre y el enfrentamiento agresivo entre madre e hijo en la catolicísima familia real, espejo de todas las familias del reino. Para encontrar una solución, el rey buscó cualquier intervención de los aliados de María de Médicis; como posibles mediadores, los Marillac comenzaron a ser bien vistos. Fue en esta ocasión cuando, seguramente, San Francisco visitó a la seño­rita Le Gras que vivía en casa de los Attichy.

Por medio de su director, el obispo de Belley, supo que San Francisco volvería a Pa­rís y Luisa pensaba hablar con él de nuevo, para exponerle su pena. El motivo de la visi­ta pudo ser el rumor que se escuchaba por París hacia mayo de 1620 de que el Santo Obis­po de Ginebra sería nombrado Obispo coadjutor de París. En invierno de ese año, se pen­saba también que acompañaría de nuevo al Principe-Cardenal de Saboya a París, y en no­viembre de 1622, se sabía que formaría parte de la comisión encargada de firmar la Liga de Avignon entre Francia y Saboya, pero murió el 28 de diciembre de 1622.

Es posible, pero no probable, que Jean Pierre Camus, obispo de Belley, tomara con­tacto por ser el sobrino de la segunda mujer de Luis de Marillac, Antonieta Camus. Lo más verosímil es que fuera San Francisco de Sales quien se lo aconsejara a Luisa como director. Belley era una diócesis pequeña y Camus pasaba largas y frecuentes temporadas en París. En 1619, coincidió en la capital con San Francisco.

Camus es un escritor de lenguaje fluido y fecundo —casi doscientas obras— en todos los campos, aun en el de la novela piadosa. Manifiesta una visión optimista de la natura­leza humana; para él, el hombre no es la nada y el pecado, sino la obra maestra de la cre­ación y el objeto de la redención de Cristo. Por esta época, era un director exigente y has­ta duro; San Francisco le aconsejaba más suavidad. En 1617, había publicado el libro Di­rección en la oración mental, donde habla de la contemplación pasiva. Sigue a Benito de Canfield, sin citarlo por no desagradar a su amigo San Francisco. Aunque manifiesta que no desea hablar de la oración mística, se entretiene en la oración sobreeminente. Por es­tos años, es simpatizante de las ideas de la escuela abstracta. Desde 1624, se mostró más reservado sobre las teorías renanoflamencas, hasta llegar a alejarse con decisión de esa corriente.

Camus fue el gran consuelo de la señorita Le Gras durante la enfermedad de su espo­so. A cada sobresalto que sufría Luisa, él le respondía con serenidad y dulzura para en­volverla en una calma pacífica. La llevó a Dios en los momentos amargos con emoción y alegría. La dirigió de 1619 a 1625, es decir desde los 28 hasta los 33 años.

A finales de 1621 o principios de 1622, la familia Le Gras se trasladó a vivir a la ca­lle Courtau-Villain, al lado del convento de las carmelitas de la Santa Madre de Dios. Es conocida la tendencia de las primeras carmelitas por la mística de la esencia, que tanto al­borotó a la española Ana de Jesús Lobera. La mística nórdica había sido fomentada por el cardenal Bérulle, uno de los tres superiores de las carmelitas francesas. Este convento había sido fundado, hacía tan sólo cinco años, por Catalina de Jesús y por Magdalena de San José, discípulas fieles y propagadoras encendidas de las ideas nórdicas de Bérulle. Hasta parece que en el verano de 1625, ausente Vicente de Paúl, Luisa hizo los ejercicios espirituales guiada por el oratoriano P. Ménard o por la madre Magdalena de San José (D 837). A través de las Carmelitas, sin excluir los libros de Bérulle que leería Luisa, fue co­mo recibió la influencia berulliana que podemos descubrir en sus escritos.

Luisa de Marillac es, pues, al tomar a Vicente de Paúl como director, una mujer que pertenece a ese círculo de espirituales que vivían la influencia renanoflamenca o de la Mís­tica Abstracta. Pero también, Vicente por esos años está influenciado por Bérulle. Sin que olvidemos que hacia 1624 tomó amistad con Saint-Cyran, entusiasmado con la doctrina berulliana y colaborador en su obra Discursos del estado y grandezas de Jesús.

Vicente de Paúl

Pocos hombres como San Vicente de Paúl han tenido la capacidad de acoger la des­gracia ajena como algo propio e intentar solucionarla en los pobres.

Había nacido en abril de 1580 ó 1581 en Puy, hoy San Vicente de Paúl, un pueblo in­significante en las Landas gasconas, cerca de la ciudad de Dax. Ambicioso, parece que se hizo sacerdote por Dios y por el dinero, no tanto para ayudar al prójimo. Cura sin haber cumplido los 20 años, soñaba con hacer medrar a su familia. En esta búsqueda, él dijo que estuvo cautivo de los musulmanes en el norte de África, los historiadores modernos lo po­nen en duda sin atreverse a indicar qué sucedió en los dos años misteriosos: de los 25 a los 27 años de su edad. En la búsqueda del bienestar soñado, siendo inocente fue acusa­do de ladrón, cuando se alojaba en casa de un juez paisano suyo. Fue la llamada divina para evaluar su vida ante Dios. Buscó un director espiritual, Pedro de Bérulle que le re­comendó la oración. Y es ahora cuando la fortuna le sonríe: capellán de Margarita de Valois, la reina divorciada de Enrique IV. Párroco de Clichy a los 32 años, preceptor de los hijos de la familia de Gondi y director de conciencia de la señora de Gondi. Mientras, pe­netra más y más en la oración. La oración lo invade y llega a la Noche mística, entrada a la contemplación; la presencia más dura de la noche es la duda de la fe. Se ofrece a los pobres si Dios lo saca de aquella noche, y Dios acepta la caridad por la fe. Comienza mi­sionando a los campesinos de las tierras de los señores de Gondi. Él nos dice que el co­mienzo fue el 25 de enero de 1617. Con el consentimiento de su director Bérulle, aban­dona el palacio del noble Gondi y va a un pueblo remoto cerca de Lyon: Chátillon-les­Dombes. Aquí, funda la Cofradía de la Caridad para ayudar a los enfermos pobres. La fa­milia Gondi es poderosa y tiene que volver; sin embargo, ahora él pone condiciones: vol­verá pero no como preceptor de los hijos sino como capellán de los campesinos y direc­tor de conciencia de la señora. Dos años después, es nombrado capellán general de las galeras del rey. Mientras misionaba las tierras de los Gondi, por iniciativa de la señora Margarita de Silly, fundó la Congregación de la Misión, o misioneros paúles. Vicente de Paúl quedó más liberado para las misiones y su congregación dedicada enteramente a los pobres. Pocos meses después, se encontró por primera vez con Luisa de Marillac o se­ñorita Le Gras.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.