Vida del Señor Vicente de Paúl: Capítulo 8

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Jaime Corera, C.M. · Year of first publication: 1988.
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8

(1648)

sanvibiblia«Esta lección me enseñó el cardenal Berulle, y me la ha enseñado también mi experiencia: que hay que decir las cosas como las dicen los ángeles de la guarda Nos proponen sus inspiraciones, pero no se enfadan cuando no se les hace caso. Yo lo estropeo todo cuando no actúo así, pues mi carácter no es de suyo my amable». Esto escribe Vicente a Luisa de Marillac el 5 de septiembre de 1648 en una carta en la que le informa de que tanto él mismo como las hijas de la caridad se encuentran bien «en medio de estas agitaciones populares».

Sólo diez días antes había tenido lugar en París una revuelta con barricadas, una más entre las muchas que ha conocido la ciudad a lo largo de su historia hasta ayer mismo. Esta algarada fue breve en sí misma, no duró más de tres días, pero fue el primer chispazo de una tensa guerra civil que, con altos y bajos, se prolongó a lo largo de cinco años. Pues no otra cosa que una larvada guerra civil fue el largo período de revueltas populares y luchas de nobles que se conoce como la Fronda. No faltan historiadores que han visto en la Fronda un anticipo, aunque lejano, de la Revolución Francesa. El objetivo aparente de las revueltas era la destitución del impopular y extranjero primer ministro Mazarino. Pero desde la perspectiva que da el tiempo hoy aparece claro que los disturbios encubrían una lucha por el poder por parte de la burguesía, representada por el parlamento de París, y de la nobleza, que había perdido buena parte de sus privilegios en loa tiempos de Richelieu, y que seguía perdiéndolos bajo su sucesor Mazarino. Pasados los tumultos se vio que, lejos de conseguir su objetivo, la Fronda había acabado por reforzar la autoridad de Mazarino y. como consecuencia, el poder de la corona.

A Mazarino no lo sucedió un tercer ministro-cardenal, sino Luis XIV, el rey más absoluto de la historia de Francia. De sólo diez años cuando empezó la Fronda, había visto cómo las revueltas habían estado a punto de acabar con el primer ministro del reino y de su madre. El mismo sería su primer ministro, así lo decidió en cuanto murió Mazarino en 1661, y lo fue durante su largo reinado. Continuó la política de los dos ministros cardenales de debilitación del poder de la nobleza, con lo cual fue cavando la tumba de la monarquía francesa. Ciento cuarenta años después de la Fronda la gran revolución consiguió lo que la otra no pudo conseguir. Y eso fue posible porque la nobleza, único estamento que hubiera podido venir en ayuda de la corona, estaba demasiado debilitada por la política de la monarquía desde los lejanos tiempos de Luis XIII como para resistir un movimiento popular y general de rebelión hábilmente dirigido por el estamento burgués, mucho más fuerte y consciente de su poder ahora que en los tiempos de la Fronda. Cualquier historiador marxista, aun uno aficionado, podría hacer la observación de que en los tiempos del señor Vicente las «condiciones objetivas» del momento garanti­zaban de antemano el fracaso de cualquier intento de revolución. En revolución pudo haberse convertido la Fronda. Pero se quedó en penosa y costosa algarada que tuvo efectos contrarios a los que pretendía.

También para el señor Vicente resultó penosa v costosa. Pudo haberlo evitado hasta cierto punto, pero no quiso: se creyó obligado a intervenir, en la situación más peligrosa de la política del tiempo que le tocó vivir, por amor de la paz y por el bien del pueblo. Y aunque su intención era pura y su manera delicada como la de los mismos ángeles, también él tuvo que pagar su precio.

 

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Fronde significa fronda v también honda. Can ambos significados jugaba la coplilla popular para describir así el comienzo de los tumultos:

Un vent de fronde
A soufflé ce matin.
Je crois qu’il gronde
contre le Mazarin.

Lo que traducido dice así: «Un viento de fronda ha soplado esta mañana. Creo que gruñe contra Mazarino». Pero todo el mundo lo entendía así: «Un silbido de honda…», pues todo el mundo sabía del pasatiempo popular que consistía en arrojar piedras contra las ventanas del primer ministro. Había en el gesto violento la expresión impotente del odia del pueblo de París contra Mazarino. Su condición de extranjero entraba en parte como motiva del odio popular. Pero había mucho más. Mazarino, criatura de Richelieu, había heredado de éste todo lo que en política interior y exterior había hecho de Richelieu un primer ministro igualmente im­popular, aunque más temido. Buena parte de la nobleza le detestaba además por su arribismo, por su codicia sin límites y por su política de lucha contra los privilegios de la aristocracia. La burguesía, por la supresión progresiva de todo poder y significancia social y política del parlamento de París, y por los impuestos crecientes; el pueblo, también por éstos, por la escasez y carestía de los alimentos. y por las pesadas cargas que caían sobre sus espaldas como producto de las guerras exteriores. Se añadió a todo esta un rumor que hirió profundamente la imaginación popular y provocó la ira y el ridículo de todos los estamentos sociales. Corrió la noticia de que Mazarino había contraída matrimonio en secreto con la reina, que, aunque también extranjera, era reina querida y madre del delfín de Francia. Junto con éste corrió otro rumor: que el señor Vicente había bendecido la unión sacra­mental entre ambos.

Podía haber tenido lugar un tal matrimonio con toda la legalidad civil y canónica, pues Mazarino, aunque cardenal, nunca recibió más que las órdenes menores. Pero ante el pueblo no estaba ante todo en juego la legalidad, sino algo así como el sentido de lo propio y de lo ridículo. ¿Un detestado primer ministro, y además italiano, podía compartir decentemente lecha y trono con su amada reina? Cuando un hermano de la congregación del señor Vicente le informó del doble rumor que corría en labios del pueblo, no pudo contenerse ni dejar de decir con una cierta vehemencia: «Eso es falso como el diablo». Por esa respuesta un poco sibilina podemos saber con seguridad que Vicente nada tuvo que ver con el posible ma­trimonio de Ana de Austria y Mazarino. Pero, aunque parece insinuar que no, no nos dice claramente, él, que estaba en una excelente posición para saberlo, si el matrimonio tuvo lugar o no, punto oscuro que no se ha podido aún aclarar.

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El parlamento de París no era en modo alguno, aunque tenía el mismo nombre, lo que era el parlamento de Londres. Este segundo era un cuerpo legislativo, representante de los intereses de sus electores, mientras que el de París era un cuerpo compuesto de magistrados que accedían a él por herencia, por favoritismo o por privilegio. No representaba propiamente a nadie fuera de a sus componentes y a sus intereses. Pero se llamaba parlamento después de todo, igual que el inglés. Por contagio de nombre y por imitación había llegado a creerse un parlamento tan poderoso y tan representativo de los intereses populares como lo era el inglés. Los últimos reyes lo habían ido despojando de atribuciones que el parlamento se atribuía a sí mismo, y eso lo habían hecho por el simple procedimiento de no hacerle caso, y, en ocasiones, si el parlamento se ponía bravo, por amenazas de represalias. No era el parlamento el representante del pueblo de París, aunque así se lo creía, sino el representante de los intereses de la burguesía de París. Pero el pueblo llano de París, y la ciudad en su conjunto, no tenían otro órgano de representación de sus intereses y de resistencia ante las ambiciones de la corona, y por ello consideraba que el parlamento era de algún modo cosa suya. De manera que cuando Mazarino ordenó apresar a dos de sus consejeros más populares porque se habían atrevido a exigir de la corona ciertas competencias que la corona no estaba dispuesta a conceder, el pueblo de París se lanzó a la calle y llenó la ciudad de barricadas. Ante la presión popular Mazarino dio orden de libertad para los consejeros dete­nidos. No se calmó por ello la población, lanzada ya por el camino de la rebelión abierta, y se empezó a pedir a gritos la destitución de Mazarino. La corte salió de la ciudad en la noche del 6 de enero de 1649, y ordenó al gran Condé poner sitio a la capital. París resistió el cerco durante dos meses, al final de los cuales el agotamiento de víveres y de fuerzas obligó a entablar negociaciones con la corte y poner fin a la resistencia.

No tuvo parte el señor Vicente en el arreglo pacífico de la revuelta, aunque fue el primero que lo intentó sólo una semana después de que la corte abandonara la capital y se hiciera fuerte en Saint-Germain.

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En la resistencia brilló por su frenética actividad y su poder de atracción popular Juan Francisco Pablo de Gondy, el obispo coadjutor de su tío el arzobispo de París. Era joven, 35 años, generoso, jovial, cínico, astuto, excelente escritor, muy popular entre las mujeres. Más que popular, mujeriego. Se conocen uno por uno los nombres de al menos nueve mujeres de la alta sociedad que fueron sucesivamente, y en casos a la vez, sus amantes. Se desconocen los de otras varias. No le importaba gran cosa cambiar de amantes si el cambio contribuía en algo a llevar adelante sus planes. Por unirse más de cerca a un grupo de damas, enemigas declaradas de Mazarino, aceptó convertirse en amante de mademoiselle de Chevreuse por ofrecimiento expreso de la madre de ésta. Era, sobre todo, ambicioso. El arzo­bispado de París lo tenía asegurado a la muerte de su tío. Pero él quería ser primer ministro, lo que era imposible mientras tuviera por medio a Mazarino. De modo que el coadjutor no podía dejar de ser un furioso antimazarinista.

Juan Pablo nació, se recordará, por el tiempo en que el señor Vicente entró en la casa de los Gondy en 1613 como preceptor de los dos hijos mayores. El mismo cuenta en sus Memorias cómo el día en que nació alguien extrajo del río cercano al palacio un pez extraño y monstruoso, hecho que todo el mundo interpretó, dice él, como augurio de lo que iba a ser el recién nacido. No hubo error en el augurio. Por voluntad de su padre el joven Gondy fue destinado a la carrera sacerdotal con la idea de que pudiera suceder u su tío en la sede arzobispal. Aunque sacerdote él mismo, sinceramente piadoso y del Oratorio, el señor Gondy no se libró dé las ideas y costumbres de su tiempo que exigían un tal puesto para el segundón de la familia, tal era el joven Gondy por muerte temprana de uno de sus dos hermanos mayores. No se libró de ella, ni aun viendo, cosa que era palmaria a todo el mundo, que el joven no tenía vocación sacerdotal de ninguna clase. El mismo confiesa paladinamente que «difícilmente habrá habido en el mundo un alma menos eclesiástica que la mía». Se sometió sin embargo a los planes de formación de San Lázaro, pretendiendo por un tiempo una piedad y decencia de costumbres por las que no sentía ningún atractivo. Ante las objeciones de algunos miembros de las Conferencias de los Martes, que consideraban no sin razón que un elemento de tan mala fama proyectaba una sombra de descrédito sobre las Conferencias y aun sobre el mismo San Lázaro, el señor Vicente solía decir que efectivamente el joven Gondy no era muy piadoso ni edificante, pero que «no estaba muy lejos del reino de Dios».

Hubo un momento a lo largo de las varias vicisitudes de la Fronda en que la reina Ana de Austria creyó que podría, y lo consiguió, ganar para la causa de la corona al volátil coadjutor ofreciéndole solicitar de Roma para él el título de cardenal. No hubo problema para conseguírselo. El papa entonces reinante, Inocencio X, sentía muy escasa simpatía por Mazarino. Este había tramado con todas sus fuerzas para que no fuera elegido papa. Nombrar cardenal a un contrincante político era lanzarle un competidor a su misma cara, competidor que con un poco de suerte podría acabar por suplantarle, a la vez que así podía contar con un arzobispo cardenal de París, y tal vez primer ministro, que le fuera adicto por gratitud y se mostrara más firme de lo que había sido hasta entonces en su posición contra los jansenistas. No salieron del todo los planes como tal vez se soñaran en Roma. Mazarino acabó por prevalecer y superar la crisis de la Fronda. Victorioso y vengativo, encerró al coadjutor, obispo, cardenal y líder del partido popular fron­dista, en la prisión de Vincennes.

(1649)

Hacía sólo una semana que las tropas de Condé habían puesto cerco a la ciudad de París por orden de Mazarino. San Lázaro y sus gentes hubieran podido resistir problemas mayores durante bastante tiempo. A las mesas de sus comedores se sentaban cada día más de cien personas, y aun más de doscientas, entre miembros de la comunidad, seminaristas, ejercitantes y otros. Se daba además de come­r todos los días a todo necesitado que llamara a sus puertas. Pero San Lázaro podía resistir. Era el mes de enero y en sus bodegas y graneros aún quedaban buenas reservas de la cosecha anterior procedentes de sus tierras.

Pero Vicente vio claro desde el primer día lo que iba a ser el desarrollo de los acontecimientos. No había que pensar sobre todo en sus propias gentes. Estaba también el innumerable pequeño pueblo de París que no tenía tierras ni bodegas, y que muy pronto empezaría a pasar hambre. Fue éste, y no ningún otro motivo el que le llevó a actuar. El solía decir a sus misioneros que no se metieran en cuestione, de gobierno y de política, y que ni siquiera hablaran de ellas, porque «unos pobre, sacerdotes como nosotros no debemos ocuparnos más que de cosas que se rela­cionan con nuestra vocación. Los asuntos de los grandes son misterios que debemos respetar. El Hijo de Dios, que es el modelo sobre el que debemos formar nuestra, vidas, nunca habló del gobierno de los príncipes».

Pero había en aquella situación un aspecto más urgente y más importante que el gobierno de los príncipes, y eso era lo que solía calificar él mismo como «el bien del público», que en sus labios quería decir el bien de las pobres gentes. También para Jesucristo esto era más importante que lo otro. Y por eso precisamente, porque le preocupaban los pobres, aunque no hablaba nunca en su predicación del gobierno de los príncipes y de sus rivalidades, sabía y decía que «los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder»; en otra ocasión calificó de «zorro» al rey de su tierra, que era ambicioso, astuto y explotador, de cuya «levadura» advirtió a sus discípulos deberían mantenerse muy alejados. También de este Jesucristo quería ser discípulo el señor Vicente: tenía que serlo para ser un verdadero discípulo suyo, y no sólo un discípulo a medias. De manera que después de pensarlo y orarlo se decidió a intervenir, esta vez sin que nadie se lo pidiera, en la situación más tenebrosa que le depararon los misteriosos asuntos de los grandes de su tiempo.

No era ni frondista ni mazarinista, y por ello mismo se exponía a que uno u otro bando, o los dos, le consideraran, con que sólo diera un paso en falso, como adversario. Para entonces su figura era por un lado muy popular, y eso se lo había ganado a pulso por su larga dedicación a trabajar por el pueblo, sobre todo por el «pobre pueblo», como solía decir. Y por otro era una persona admirada y respetada por los altos círculos sociales y por la misma corte. Su neutralidad no era aséptica y distante, sino comprometida con las buenas causas en cualquier lado en que se encontraran. De manera que la gente de ambos bandos pensaría, si pensaban en él, que el señor Vicente estaba naturalmente de su parte. Tenía pues el señor Vicente que andarse con pies de plomo; lo más prudente sería, para su seguridad y la de sus obras, quedarse en casa y esperar pacientemente a que volviera la calma por agotamiento de los contendientes. El señor Vicente era bien conocido por su prudencia. Por ello mismo nadie hubiera podido ni sospechar que iba a hacer lo que hizo. Pero la prudencia del Señor Vicente era una prudencia de las buenas. No la que le lleva a uno a estarse quieto en situaciones complicadas que parecen insolubles, sino la que lleva a intentar resolverlas con medios que se espera sean eficaces, aunque sean extremadamente arriesgados. Este fue el medio que escogió el señor Vicente para intentar contribuir a la paz: iría a hablar en persona con Mazarino para pedirle que dimitiera. Cualquiera le hubiera dicho antes de hacerlo que para pensar una cosa así hacía falta estar loco.

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Pero en esta ocasión no consultó a nadie. El día 14 de enero antes de amanecer montó a caballo y, acompañado por su secretario, salió de San Lázaro camino de Saint-Germain. Tenía entonces, nótese, 68 años. La salida no entrañaba riesgo especial a pesar del cerco, pues San Lázaro se encontraba fuera de las murallas ciudad. Vicente había tenido buen cuidado de enviar antes una nota al presidente del parlamento para informarle de lo que iba a hacer y asegurarle que su gesto no implicaba en manera alguna una toma de posición a favor de la corte y en contra de la ciudad rebelde. Los riesgos empezaron a surgir en cuanto llegó a Clichy, su antigua y primera parroquia, donde un grupo de vigilantes estuvo a punto de disparar sobre los dos jinetes, figuras confusas en la incierta luz gris del amanecer. Uno de ellos reconoció al que había sido su párroco años antes, y así consiguieron librarse del primer peligro. El segundo riesgo estaba en el Sena, frío y desbordado a la altura de Neuilly, que Vicente y su acompañante atravesaron de todos modos a pesar de los consejos adversos de las gentes del lugar.

A media mañana llegaron a Saint-Germain, v el señor Vicente fue de inmediato a hablar con Ana de Austria para pedirle directamente que despidiera a Mazarino. Empezaría en su estilo habitual, hay que suponer, hablando como un ángel, pero la entrevista no debió de transcurrir en un tono del todo angelical. Días después, comentando con su secretario el fracaso de la entrevista, le dijo: «Nunca me ha dado resultado dejarme llevar del mal genio. Tengo bien visto que para convencer al entendimiento del otro hay que guardarse de agriarle el corazón». Ana de Austria podía conceder al señor Vicente cualquier cosa que éste le pidiera. Excepto lo que le pedía. No era sólo que concedérselo implicaba admitir que los rebeldes tenían la razón de su parte. Había mucho más: razones del corazón, diría en otro sentido Pascal unos pocos años después, de las que la razón no sabe nada. Lo menos que se puede decir de las relaciones entre Ana de Austria y Mazarino es que ésta estaba totalmente infatuada por su ministro italiano. Nadie podía, y nadie se atrevía en la corte o fuera de ella a hablar mal de él en su presencia. Se ponía literalmente furiosa. Mucho menos, por supuesto, pedirle que se desprendiera de él. Y aunque apreciaba altamente y quería al señor Vicente, tampoco al señor Vicente debió de perdonar que osara insinuarle una tal cosa. Los dos tenían su temperamento bravo: ella, castellano; él, gascón. Bravo debió de resultar, por lo que sabemos el tono de la entrevista. La reina se negó en redondo a hacer lo que le pedía el señor ­Vicente.

Esto no le desanimó en absoluto. Después de despedirse de la reina se fue derecho ­a hablar con el mismísimo Mazarino y le pidió que, por el bien de la paz, dimitiera ­de su cargo de primer ministro y se alejara de la corte. No se lo dijo con circun­loquios, sino de esta manera: «Monseñor, arrójese al mar y se calmará la tem­pestad». Mazarino era tan bravo o más que la reina. Pero era mucho más astuto, y estaba bien entrenado desde joven en las suaves maneras de la diplomacia romana. Agradeció al señor Vicente su sugerencia y le indicó que se haría lo que dijera su consejero y ministro de la guerra, Le Tellier. Quien dictaminó que la sugerencia del señor Vicente era una insensatez del todo nociva para el bien del reino. Oído lo cual el señor Vicente se hubiera vuelto de inmediato a San Lázaro. Pero no pudo hacerlo, sino que se estuvo lejos de París cinco meses en una especie de autoexilio que, dadas las circunstancias, era sin duda un autoexilio prudente. Hubo gente en París que se creyó el rumor que decía que el señor Vicente había desertado del partido rebelde y se había pasado a caballo al del primer ministro.

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Su ausencia costó cara a San Lázaro. El parlamento había enviado un corto piquete de gente armada para custodiar «el trigo del señor Vicente». Por una carta de éste sabemos que las reservas de trigo «casi nos habrían durado para todo el año». Pero nada menos que 600 soldados, enviados por orden de un consejero del parlamento, se instalaron en las dependencias del priorato con el pretexto de hacer un inventario de existencias y protegerlas. Durante los tres días que duró la ocu­pación saquearon buena parte de las reservas, registraron toda la casa, pegaron fuego a la reserva de leña a manera de pasatiempo. Al enterarse el presidente dio orden de que se retiraran los soldados. Pero el mal ya estaba hecho y nadie pensó en dar compensaciones. Aun así con las reservas que se habían salvado del pillaje «se distribuyen todos los días ayudas a unos dos mil o tres mil pobres, lo cual era para nosotros un gran consuelo», escribe desde su exilio el señor Vicente. Hubo que evacuar a la mayor parte de los habitantes de San Lázaro y de los Buenos Hijos. «Los hemos enviado -escribe desde Le Mans- a Richelieu, a esta ciudad y a otras partes».

Fue saqueada también, esta vez por las tropas reales, una gran finca que la congregación del señor Vicente poseía en Orsigny, finca que era el verdadero granero de San Lázaro. De manera que, cuando terminados los disturbios, volvieron las cosas a una situación de calma frágil, los numerosos comensales de San Lázaro tuvieron que conformarse, durante la primavera y parte del verano antes de recoger la nueva cosecha, con comer pan de centeno y aun de avena. No es que esto le afectara a él mismo. Desde hacía años ayunaba rigurosamente dos veces por semana. De ayuno riguroso era también su cena habitual: un trozo de pan y una manzana, y eso cuando no se iba a dormir sin cenar nada alguna noche que volvía tarde a San Lázaro de algún asunto que le había detenido en la ciudad. Pero quería, y velaba él mismo por ello, que sus gentes se alimentaran suficientemente, pues eran gentes que tenían que trabajar. Y aún más se preocupaba por la alimentación de los numerosos huéspedes, en particular de los ordenados, que, aunque no pagaban ni un céntimo por la estancia, eran tratados en San Lázaro como si fueran los dueños del lugar.

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Impedido de volver a París mientras no se aclarara su verdadera posición durante los disturbios, Vicente decidió ocupar el tiempo visitando algunas casas de su congregación y de las hijas de la caridad. Lo estuvo haciendo de enero a junio. Esta es la ausencia más larga de París de que tengamos noticia desde que como joven sacerdote había puesto por primera vez los pies en la capital en el lejano 1609. Sus andares transcurrieron por un amplio triángulo con los vértices en París, al norte, Saint Meen en la Bretaña, al oeste, y Luçon, al sur. En conjunto algo así como la décima parte de la superficie del reino. Volvía a ser a los 69 años, los cumplió estando en Saint Meen, el temperamento andarín y móvil de sus años mozos. Terminado el exilio y vuelto a París no volvió a emprender ningún viaje de importancia hasta su muerte.

Tenemos de este último viaje abundante información de su propia mano en las numerosas cartas que escribió durante estos meses. A caballo o en posada, nuestro hombre seguía preocupándose de sus gentes, de sus obras, de los necesitados. No fueron éstos, en suma, meses de vacaciones. La primera fue una visita de cortesía a la cercana Villepreux, donde residía el padre Gondy. Desde allí escribe a San Lázaro que «no es conveniente vender el grano almacenado; más vale prestárselo a Dios dándoselo a los pobres». Esto suponía el último gesto de desprendimiento del señor de San Lázaro, pues ya antes él mismo había ordenado vender el quintal de trigo a cuatro libras por debajo del precio de diez que había fijado el parlamento de París para evitar la especulación durante la escasez provocada por el cerco de la ciudad.

En la cercana Freneville, donde había pensado estar «sólo dos o tres días», tuvo que quedarse un mes, detenido por «los grandes fríos y la nieve». Le detuvo la nieve ciertamente en sus correrías, pero no consiguió dejarlo inactivo. Aprovechó la forzada inmovilidad para dar a las gentes del lugar una especie de misión, insistiendo sobre todo en la actitud que debían mantener en medio de los sufri­mientos que amenazaba producir también allí la guerra civil, ayudando de esta manera «a estas buenas gentes a disponerse para entregarse a Dios» también en tiempos de sufrimiento y de escasez.

Seguía, además, preocupándose de sus obras, en particular de la más delicada de ellas, la atención a los niños abandonados. Algunas de las damas importantes responsables de la obra ni siquiera estaban en París, sino en Saint-Germain con la corte, en particular la más generosa de todas ellas, la duquesa de Aiguillon Entre las que estaban en París cundía el desaliento. No faltaba motivo para ello, pues rara era la familia, también entre las acomodadas, que no hubiera sufrido seriamente en sus bienes y en su bienestar por razón del cerco y de los disturbios populares. Pero el señor Vicente no podía aceptar ni siquiera esta razón coma pretexto para dejar morir a niños indefensos. «Parecería que en los sufrimiento, privados se podría encontrar un bonito pretexto para apartarnos de la preocupación por los sufrimientos públicos. Pero no creo que sea así ante Dios, quien nos podrá decir lo que decía san Pablo a los corintios (a los Hebreos, en realidad: 12.4): ¿Acaso habéis resistido hasta derramar sangre’? ¿Habéis al menos vendido parte de las joyas que tenéis?». Les anima a reunirse como de ordinario para seguir manteniendo la obra, les pide que le comuniquen las resoluciones que se tomen, y sugiere medidas para que se consiga escolta segura para proteger un cargamento de trigo para el pan de los niños procedente de San Lázaro.

Ni el viaje a Freneville ni la larga estancia habían entrado en el plan de viajes que Vicente proyectaba al salir de Saint-Germain. Le hizo ir allá la amenaza de saqueo que se cernía sobre la cercana finca de Orsigny que pertenecía a su congregación. Se las arregló para salvar un rebaño de 240 ovejas y dos caballos que él mismo condujo por campos nevados a un lugar seguro. Había aprendido a hacer cosas similares en la infancia, pero no lo había hecho desde los catorce años. Pero aunque ahora estaba casi en los setenta lo hizo bien, y se salvó el rebaño. Se llevó los caballos a Le Mans, la etapa siguiente de su viaje, donde había fundado una casa de su congregación cuatro años antes.

Su correspondencia, la que recibía y la que enviaba, pasaba a través de las manos de la duquesa de Aiguíllon. Esta, testigo de las negociaciones entre la corte y los representantes de la población de París, le escribía rogándole que no fuera más allá de Le Mans ante la esperanza cercana de un arreglo de paz. Preocupada además por su salud y su edad le envió una carroza y dos caballos para que hiciera el viaje de vuelta a París con toda la comodidad posible. Pero Vicente siguió su camino y de Le Mans se dirigió a Angers para visitar a las hermanas que Luisa de Marillac había instalado en el hospital varios años antes. Vicente le escribe que se teme que «estará usted pasándolo muy mal, y también las jóvenes estarán sufriendo con usted». Pero en cuanto a las de Angers, «todo va bien, gracias a Dios».

Camino de Saint Meen el señor Vicente, excelente caballista desde temprana edad, se cayó del caballo al agua, el caballo encima de él. «No hubiera podido salir de allí si no me hubieran ayudado». El remojón le produjo aquella noche «un poco de fiebre». Aquella noche, del 4 al 5 de abril, en que se podría decir había nacido por segunda vez, cumplía 69 años. Algo más que una fiebre debió de producirle el susto, pues sólo cuatro días después del hecho informa a Luisa de Marillac de que aunque «sigo bien, gracias a Dios, he aprovechado la ocasión para purgarme y sangrarme».

Otra ocasión de peligro inminente de muerte le deparó el viaje. Se encontró en una posada con un decidido frondista que al reconocer al señor Vicente exclamó: «No sería mala cosa que alguien le volara a usted la cabeza». Había implícita en la exclamación una obvia amenaza contra un hombre del que se decía haberse pasado al lado de Mazarino. El frondista salió de la posada y fue visto tomar una posición estratégica en el camino que sin duda tomaría el señor Vicente, con la indudable intención de pegarle un tiro. Pero el señor Vicente, aconsejado por los circunstantes, simplemente tomó otro camino y continuó su viaje.

También Luisa de Marillac echaba en falta la presencia del señor Vicente en su larga ausencia. Le preocupaba la lejanía de su director espiritual, pero aún más los problemas surgidos en aquellos días revueltos en la atención a los niños aban­donados. Estaban éstos a la sazón en el ruinoso castillo de Bicetre, a cierta distancia de París, castillo cedido por la reina para albergarlos. El paso continuo de tropas por las cercanías y las dificultades del aprovisionamiento llevaron a Luisa de Marillac a tomar una decisión que normalmente habría consultado antes con el señor Vicente, según su costumbre. W lo hizo, ni pudo hacerlo, pero no dudó en decidir por sí misma. El señor Vicente le escribe diciéndole que se ha enterado de que «han tenido que sacar de Bicetre u los pobres niños. Me gustaría saber a dónde los han llevado. Cuántos trastornos les habrá causado este cambio». Luisa de Marillac se los había llevado a todos ellos a su propia casa, la casa de su cofradía de jóvenes en que se formaban para ser hijas de la caridad las recién llegadas. Estaban, pues, los niños en buenas manos.

También ella, como la duquesa de Aiguillon, desea que Vicente vuelva «cuanto antes». No le dice nada de «las noticias de la paz. Dejo a los demás que se las cuenten». Ella sólo sabe, y lo dice, que «hemos de alabar a Dios por el pueblo», que con la llegada de la paz, aunque insegura, podía por lo menos volver otra vez a comer.

También en Saint Meen prolongó el señor Vicente su estancia más de lo previsto, esta vez «sitiado en esta ciudad por el mal tiempo y el desbordamiento de los ríos», escribe el 15 de abril. Pero tres días después, pasado al fin «este pequeño diluvio», pudo llegar a Nantes, donde encontró a las hijas de la caridad que trabajaban en el hospital «recién salidas de una persecución que habían padecido». El administrador saliente había acusado a las hermanas ante las autoridades de que «cumplían muy mal con su obligación, arruinaban el hospital y se apropiaban de los bienes de los pobres». Estaba dispuesto a dar dinero para que las echaran de la institución. Se les sometió a un juicio en toda regla del que resultó que «eran totalmente inocentes de lo que les acusaban». De eso eran inocentes, pero no de otras cosas que le interesaban tanto al señor Vicente y que describe así: «No hay mucha caridad entre ellas, ni obediencia, ni paciencia. Tampoco la dedicación debida a los enfermos». De manera que no todo era tan angelical en su vida, aunque como verdaderamente angelical se la habían enseñado en París y así debería serlo. Terminada la visita, sin embargo, el señor Vicente informa a Luisa de que las hermanas «se encuentran en mejor estado, y dispuestas a obrar bien».

A mediados de mayo se encontraba en Richelieu. Tenía intención de hacer otras varias visitas, en particular una que supondría un largo viaje a Marsella. Pero «la reina -olvidada ya sin duda la espinosa entrevista de enero en Saint-Germain- me ha ordenado varias veces que vuelva a París. No veo cómo puedo cumplir la voluntad de Dios si no obedezco, ya que siempre he creído y enseñado que has que obedecer a los príncipes, incluso a los malos, como dice la Escritura. Voy a rogar a su Majestad que me permita seguir mi viaje, no ya a Marsella, sino solamente a Cahors».

Pero tampoco fue a Cahors. A finales de mayo expresaba la confianza de ponerse en camino para París «dentro de tres o cuatro días». Le había detenido en Richelieu «una pequeña fiebrecilla». Algo más debió de ser que sus fiebres recurrentes o bien esta vez se le complicaron de manera insidiosa. La noticia de su enfermedad asustó a los muchos que se interesaban por él en París. De todos modos, pasada la fiebrecilla se puso en camino y llegó a la capital el 13 de junio. Había estado fuera exactamente cinco meses.

Nada más llegar quiso devolver a la duquesa carroza y caballos. Pero ésta no sólo no los aceptó sino que pidió al arzobispo y a la reina que le obligaran a usarlo, en el futuro para que pudiera trasladarse de San Lázaro a la ciudad. El señor Vicente se aguantó, como no podía menos. Pero se tomó su pequeña compensación Bautizó a la carroza como «mi ignominia», y dedicó los finos caballos de la duquesa a labrar las tierras de San Lázaro. Usaba una y otros cuando no le quedaba más remedio. Había en aquel gesto de aceptación resignada una indudable hu­mildad. Se le consideraba señor de San Lázaro, pero él ni era ni se tenía por señor de nada. Pero había también un resto del orgullo herido del buen caballista forzado ahora a moverse en carroza, como las señoras, o como los petimetres, tal un Pascal antes de su segunda «conversión», que gustaba exhibirse por las calles de París, en carroza tirada por cuatro caballos, y a veces por seis, privilegio reservado de suyo al mismísimo rey. Y había hasta su aspecto de humor negro un poco su­rrealista. Decía a sus hombres: «Un porquero que va en carroza. Qué escándalo». No tuvo en este asunto el señor Vicente, sin embargo, la última palabra. Su «ignomi­nia» estuvo a punto de tomarse de él una última venganza. Por puro milagro no se rompió literalmente la cabeza contra el empedrado en una ocasión de dos años antes de morir en que se volcó la carroza y el señor Vicente dio con su anciano cuerpo en tierra.

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De vuelta en San Lázaro Vicente asumió su ritmo habitual de actividad. La correspondencia amontonada le obligó los primeros días a alargar la jornada de trabajo. Había asuntos de todos los tipos: problemas de los misioneros del norte de África, cartas de gratitud a bienhechores de sus obras, preocupación por las casas y los hombres de su congregación, en Roma, en Génova, en diversos puntos de Francia, destinos de sus misioneros, asuntos de gobierno interno de los mo­nasterios de la Visitación, de las hijas de la caridad, relaciones con los obispos irlandeses en cuyas diócesis trabajaban los misioneros, con Alain de Solminihac, el obispo más reformador de su tiempo, durante muchos años colaborador y gran amigo del señor Vicente, que se había quedado con las ganas de verle en Cahors, de cuya diócesis era obispo; cartas a todos ellos o de todos ellos aparecen en su correspondencia en sólo el primer mes después de su vuelta a París.

Pero lo mejor de su atención y de su palabra lo reservó para volver a poner en marcha la obra de los niños abandonados. Sobre Luisa y sus jóvenes recaía el trabajo más pesado de la atención directa. A la mayor parte de ellas no les importaba la dureza del trabajo, pero escaseaban los medios para mantenerlo. La resistencia de Luisa llegó en un momento casi al punto de quebrarse. Plantea al señor Vicente crudamente la disyuntiva de «conseguir recursos o abandonarlo todo. Hay en casa doce o trece niños y no tenemos ni pañales para cambiarles». Estaban también las nodrizas, pobres mujeres a quienes se debían pagos atrasados. Las damas «se preocupan muy poco; creen que nosotras tenemos recursos para mantener esto, y por eso me parece que han decidido no hacer nada de nada». Ella sí hacía todo lo que podía. Pero no había recursos, como no fuera el inagotable del amor de Dios y del amor por los niños. Ella misma sugirió al señor Vicente la necesidad de reunir una asamblea general de damas, se molestó en avisar personalmente a buen número de ellas, y preparó un memorándum sobre la situación en que se encontraba la obra.

Tuvo lugar por fin la reunión en noviembre de ese mismo año de 1649. Pero, un poco escarmentados todos los participantes en ella por la experiencia reciente, se pensó en ampliar las fuentes de financiación. Estaba visto que la mera aportación voluntaria, aunque fuera de personas ricas, no garantizaba la continuidad de una obra en la que se jugaban la vida muchos seres indefensos. Menos aún en un tiempo de crisis como el que había tenido lugar recientemente, en que, según la observación aguda del señor Vicente, uno se siente inclinado a desentenderse del bien público para preocuparse del suyo propio. Le sugería Luisa que se pidiera al presidente del parlamento el que encargara también a otras personas o instituciones parte del trabajo, que no dejaba de ser responsabilidad pública aunque lo hubiera asumido voluntariamente la cofradía de damas. Por su parte ella se encuentra en «la imposibilidad de seguir recibiendo más niños». Sugiere también que se coloquen cepillos en las iglesias, se insinúe a los párrocos y predicadores que hablen del tema desde el púlpito, se haga una colecta en la misma corte.

La asamblea de damas decidió seguir encargándose de la obra. Luisa había puesto el trabajo, la atención a los detalles, las ideas para que la obra siguiera adelante y los niños siguieran con vida. Vicente puso la fuerza de su palabra. «Recordó a las damas el bien que habían hecho hasta entonces: 500 ó 600 niños librados de la muerte y educados cristianamente, los mayores colocados en sitios donde podían aprender un oficio, o ya preparados para ejercerlo. Luego, elevando la voz, con­cluyó con estas palabras: Bien, señoras, la compasión y la caridad les han llevado a adoptar a estas pequeñas criaturas como hijos suyos. Ustedes han sido sus madres según la gracia desde que los abandonaron sus madres naturales. Dejen ahora de ser sus madres para convertirse en sus jueces. Su vida y su muerte están en las manos de ustedes. Si siguen cuidando de ellos, vivirán; si los abandonan, morirán sin remedio. Voy a recoger sus votos: ha llegado el momento de que pronuncien sentencia».

La palabra del señor Vicente, siempre vehemente, se vistió en este caso de tonos altamente dramáticos. Era muy capaz de ello, de hacerlo sin esfuerzo, cuando estaba en juego la causa de los pobres. Recogió los votos y la obra de los niños abandonados siguió adelante.

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En el mismo mes de noviembre, en la víspera del día en que las hijas de la caridad podían haber celebrado el dieciséis aniversario de su fundación, tuvo el señor Vicente con ellas una charla sobre el amor al trabajo. No menciona en la charla el tema de la atención a los niños, pero podía muy bien haberlo hecho, y hasta tal vez hubiera sido conveniente. Había entre ellas quienes tenían dificultad en trabajar en ello. Sentían por un lado cierta repugnancia ante aquellos hijos del pecado. Se murmuraba además entre ellas en voz baja que se destinaba a la obra de los niños a las que no eran muy capaces para otros trabajos. No dejaría de influir también el hecho de que aunque cualquiera de las varias actividades a las que se dedicaban suponía por lo general jornadas de trabajo exigente, la atención a los niños pedía de ellas en realidad una jornada de veinticuatro horas. Eso no se podía exigir a cualquiera. Pero cualquiera de ellas tenía que estar dispuesta, si quería ser una verdadera hija de la caridad, o sea, una verdadera hija del amor de Dios, según la exégesis que hacía de su título el señor Vicente, a hacer un trabajo que les absorbiera el tiempo de la vigilia y el tiempo del sueño. La hija de la caridad tenía que saber que su vocación particular era una llamada de Dios a trabajar. Había que decirles claramente que tenían que trabajar y cómo tenían que trabajar sin perder su alma y sin convertirse en máquinas. De esta manera se lo dijo el señor Vicente el 28 de noviembre de 1649, «después de escuchar con su caridad y paciencia habituales lo que cada una de las que, preguntaba tenía que decir sobre el tema».

… Voy a añadir unas cosas que se me han ocurrido. La primera es el mandamiento que dio Dios al hombre de ganarse el pan con el sudor de su frente, con un trabajo que sea duro y pesado. Dios no dijo: trabajarás con el afán de tu espíritu para ganarte la vida, sino: trabajarás con el sudor de tu frente; trabajarás no sólo con tu entendimiento, sino con tus manos, con tus brazos, y con todo tu cuerpo. La hermana de la caridad que va cargada con su marmita por la mañana y por la tarde, con calor y con frío, para llevar la comida a aquel pobre que no puede ir a buscarla y que moriría de hambre, esa hermana cumple con ese mandamiento… La segunda es que Dios al hablar al justo le dice que vivirá del trabajo de sus manos, dándonos con ello a entender que la mayor obligación que tiene el hombre, después del servicio que tiene que dar a Dios, consiste en trabajar para ganarse la vida. El justo vive, según el mandamiento de Dios, del trabajo de sus manos, y no es carga para nadie… La tercera, ya la habéis dicho, es que el mismo Dios trabaja continuamente; desde toda la eternidad, en la generación eterna del Hijo; y el amor mutuo entre ellos ha producido eternamente al Espíritu Santo, por el que se distribuyen continuamente todas las gracias a los hombres… Además Dios trabaja con cada hombre en particular; trabaja con el artesano en su taller, con la mujer en su hogar, con la hormiga, con la abeja… ¿Qué hizo Nuestro Señor mientras vivió en la tierra? Desde su nacimiento hasta los treinta años trabajó con el sudor de su rostro divino para ganarse la vida. Tuvo el oficio de carpintero, cargó con el cesto, sirvió de jornalero y de albañil. Desde la mañana hasta la noche trabajó en su juventud, continuó trabajando hasta la muerte. El cielo y la tierra se llenan de vergüenza ante semejante espectáculo… Un Dios trabaja incesantemente, ¿podría mantenerse ociosa una hija de la caridad? Tal vez piense alguna que no está más que para servir a los enfermos. Y cuando tenga pocos enfermos o no tenga ninguno ¿se quedará ociosa’?… En tiempos antiguos era costumbre en la iglesia que todos trabajaran. Al principio los religiosos se ganaban la vida. Después de asistir al oficio divino se ocupaban en hacer esteras y cestos de mimbre que vendían. Así se hizo hasta el tiempo de san Bernardo. Pero como todo se va relajando con el tiempo, se abolió esta santa costumbre… Pero vosotras podéis ganar lo suficiente para vivir sirviendo al prójimo. No sois costosas para nadie, sino que vosotras mismas proveéis a vuestras necesidades. Ojalá pudiera hacerlo así yo también, indigno del pan que como, ojalá pudiera servir a mi prójimo sin poseer nada y sin ser gravoso a nadie: ojalá pudiesen hacerlo los misioneros, y nos viésemos obligados a dejar lo que tenemos. Dios sabe con cuánto gusto lo haríamos. Pero no podemos, v tenemos que humillarnos… Alguna ha dicho muy bien que no hay que tener ante la vista la ganancia. No, hay que desterrar de vosotras el espíritu de avaricia. Un hombre del mundo me decía ayer: Padre, hace ocho años que me entregué a Dios para no aprovecharme de mis bienes. Una vez alimentado y vestido doy lo demás a los pobres. Sé muy bien que de esta forma no podré dar carrera a mi hijo, pero no podría obrar de otra manera. iQué ejemplo, hijas mías, en un hombre de mundo! Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria… Ruego a Dios, que desde toda la eternidad trabajó dentro de sí mismo: ruego a Nuestro Señor Jesucristo, que trabajó aquí en la tierra como jornalero: ruego al Espíritu Santo que nos anima al trabajo; ruego a san Pablo, que se ganó con el trabajo de sus manos el pan de su sustento; ruego a todos los antiguos religiosos, que se ejercitaron en el trabajo manual y llegaron así a la santidad, que quiera Dios perdonarnos en su bondad el tiempo que tantas veces hemos perdido; sobre todo a mí, que soy indigno de comer el pan que como y que Dios me da; ruego a Nuestro Señor Jesucristo que nos conceda la gracia de trabajar para imitarle…

(1650)

No hay nada como predicar con el ejemplo. Si la palabra del señor Vicente había mostrado repetidamente, desde los ya lejanos tiempos de Folleville y Chatillon, su eficacia para mover fuerzas y voluntades, eso se debía a que cualquiera podía advertir detrás de su palabra el poder irresistible de su propio obrar. Podía el señor Vicente hablar ‘como quien tiene autoridad’; él mismo hacía mucho más de lo que decía. Cuando hablaba a las hijas de la caridad sobre el amor al trabajo estaba en vísperas de echar sobre sus hombros una carga adicional no incluida en una apretada agenda. Parecería no haber sitio en ella para nada más. Pero «el amor -solía decir- es infinitamente inventivo». También para este nuevo trabajo encontró lugar en su atareada vida. Le duró unos tres o cuatro años. Cuando pudo al fin darlo por terminado se habían colado de rondón en su agenda otros trabajos que no estaban en ella cuando lo empezó. De manera que tampoco pudo tomarse un descanso y ni siquiera volver al ritmo más tranquilo de una actividad que era ya antes densa y apretada. Recuérdese que rondaba a la sazón los setenta años. Podía haber comenzado a pensar en la dulce ociosidad de la jubilación, pero la idea ni le pasó por la cabeza. Este hombre se jubiló de verdad cuando murió a los ochenta.

Su trabajo de asistencia a las regiones de Champaña y Picardía, destrozadas por la guerra, a los alrededores de París y a París mismo, es posiblemente el primer ejemplo en la historia moderna de una organización asistencial a gran escala llevada a cabo sistemáticamente, casi científicamente, con todos los medios que podía proporcionar la sociedad del momento. Pero además de inventarse los medios puso también en juego su tiempo, sus hombres, su palabra, su alma cristiana, y por supuesto su gran corazón. Había aprendido mucho de la ex­periencia anterior en la Lorena. No había olvidado la lección, él, hombre siempre atento a seguir las señales que le iba colocando la providencia en su camino, y pudo así mejorar y aumentar lo que había intentado hacer por la Lorena unos años antes.

El saqueo por parte de los varios ejércitos, formados por mercenarios en su mayor parte, convirtió las regiones de Champaña y Picardía en un paisaje de destrucción de bienes y personas muy similar en sus horrores al que se había visto en la Lorena. Vicente de Paúl comenzó por movilizar a sus gentes. Una primera reunión con la cofradía de las damas de la caridad puso en marcha los primeros recursos. Pero para hacer el necesario ‘trabajo de campo’ envió a las regiones afectadas hasta dieciocho de sus propios hombres, sacerdotes y her­manos, y también a un grupo de hijas de la caridad. Todos ellos corrían sus buenos peligros en la revuelta situación, por lo que Vicente consiguió del rey para ellos un salvoconducto, pues «si no tuvieran la protección de su Majestad les sería imposible continuar una obra tan caritativa… Prohíbe en consecuencia su Majestad a todos los soldados que quiten nada a dichos sacerdotes de la Misión, ni a las personas empleadas por ellos y con ellos, bajo pena de muerte». Al menos tres de los misioneros del señor Vicente perdieron la vida durante el trabajo de socorro, que duró unos dos años. Siete u ocho de ellos enfermaron gravemente y tuvieron que volver a París. Pronto encontró el señor Vicente voluntarios que le pidieron «les permitiéramos ir a ocupar su lugar, como víc­timas dispuestas a sacrificarse por el bien del prójimo». También murieron algunas de las hermanas por enfermedad y agotamiento.

Misioneros y hermanas repartían en más de doscientos lugares las abundantes ayudas que procedían de París. Pero con ser sacrificado y agotador el trabajo de unos y otras tal vez resultó ser más efectivo para llevar adelante el plan de socorro el papel que asumieron los misioneros de, por así decirlo, corresponsales de guerra para el asunto que les había llevado allá. No perdían el tiempo en informar al señor Vicente sobre los sucesos militares. «Tenemos la máxima -dice Vicente- de no escribir de esas cosas». Lo suyo era otra cosa, las pobres víctimas de los sucesos militares. A esto se limitaban en su abundante corres­pondencia dirigida a San Lázaro. Escribían con sobriedad, sin apelar a trucu­lencias retóricas, que tal vez hubieran estado justificadas en aquel paisaje de muerte, hambre y destrucción. Pero la mera descripción, aunque sobria, de lo que veían resultaba ser un cuadro de espanto que no podía dejar de conmover el corazón y el bolsillo más fríos.

Vicente vio de inmediato el potencial movilizador de las cartas de sus misio­neros. Y, como lo había hecho en la campaña de la Lorena, pensó en hacerlas correr de mano en mano. Sólo que esta vez acudió a la imprenta para ensanchar el círculo de lectores. Cada mes se imprimían unos cuatro mil ejemplares de una Relación, un pequeño folleto de cuatro páginas que contenía una antología de los párrafos más vivos de la correspondencia enviada por los misioneros. Se describía lo que habían visto, se daba cuenta de la distribución de las ayudas enviadas hasta entonces, se solicitaban ayudas nuevas para las nuevas necesi­dades descubiertas, y se señalaban con nombres concretos los lugares de París y las personas en cuyas manos se podían poner con seguridad las aportaciones voluntarias. El redactor único de los folletos era el señor Carlos de Berniéres, funcionario importante del parlamento de París que había dejado de lado toda actividad profesional para dedicarse de lleno a la empresa de ayuda a la Cham­paña y Picardía. El hecho de que Berniéres fuera un conocido simpatizante y colaborador de los jansenistas no le importó en absoluto al señor Vicente. De hecho, monjas y solitarios de PortRoyal intervinieron también muy activamente en la ayuda a las dos regiones. Con todos ellos colaboraron las instituciones del señor Vicente, así como con la Compañía del Santísimo Sacramento, aso­ciación mayoritariamente compuesta de seglares de alta posición social, de la que Vicente fue miembro activo, dedicada a toda suerte de buenas obras. No es que al señor Vicente le importara la ortodoxia menos que la caridad. Durante estos mismos años se intensificó precisamente, como se verá, su participación para frenar los avances del jansenismo. Pero había que correr a hacer algo por aliviar la terrible pobreza, «como se corre a apagar el fuego», solía decir. Para hacer ese trabajo urgente no hubiera sido buena idea excluir del trabajo a quienes parecían sospechosos de heterodoxia.

De manera que el señor Vicente seguía proporcionando mes tras mes materiales de primera mano para los folletos del señor Berniéres, folletos que producían un gran impacto en la opinión pública y en los bolsillos. Las ayudas se entregaban en las parroquias de París y en los domicilios de algunas de las damas más importantes. Estas se reunían cada semana para elaborar el plan de distribución de ayudas, plan ejecutado sobre el terreno por las gentes del señor Vicente. La ayuda a la Picardía y Champaña empalmó con otra de características similares en la misma ciudad de París y poblaciones de los alrededores.

Se llevaba un control sumamente detallado del número y las diversas clases de necesitados, de la distribución de las ayudas enviadas en especie o en dinero en cada localidad. Se conservan algunas de las Relaciones con inacabables listas de alimentos, ropas, objetos de todo tipo. De todo se daba cuenta, desde importantes donaciones como la de «12.347 libras de carne de vaca y de cordero», debida a «la liberalidad de los carniceros», o de «2.747 pares de zuecos», hasta la de «100 picos y palas para hacer zanjas», e incluso de un humilde donativo de «un puñado de clavos», cosas éstas muy útiles para enterrar a los muertos y librarlos de loa dientes de los animales salvajes, y evitar de paso epidemias. La avalancha de donativos en especie hizo pensar a un miembro importante de la Compañía del Santísimo Sacramento en instalar dos grandes almacenes en el centro de París, en los que se recogían las donaciones para su posterior distribución. Otro pequeño folleto con el curioso título de El almacén caritativo, también inspirado por el señor Vicente, daba cuenta detallada del movimiento de entradas y salidas de las donaciones.

Los hombres y mujeres del señor Vicente contribuían también con su propia aportación. Además de recoger en San Lázaro a los sacerdotes huidos de sus parroquias destruidas, se daban dos comidas diarias a 800 necesitados. En cuanto a «las pobres hijas de la caridad, aún hacen más que nosotros en la ayuda corporal a los pobres». En su propia casa daban cada día de comer «a 1.300 pobres ver­gonzantes»; a otros 5.000 más y a 800 refugiados en dos barrios de París; se encargaban de encontrar casas particulares en las que dar asilo hasta a 800 jóvenes refugiadas; «tenemos un centenar en una casa del barrio de Saint-Denis».

Todo el esfuerzo de información, organización y distribución no dependía cier­tamente sólo del señor Vicente. En lo que se refiere a París y alrededores inter­vinieron también prácticamente todas las órdenes religiosas, las parroquias y varias instituciones civiles públicas y privadas. Por gigantesco que fuera el esfuerzo es casi seguro que no logró paliar más que una parte de la destrucción producida por los ejércitos. El mismo Vicente era muy consciente de ello: «Muchas personas caritativas de París procuran poner algún remedio con sus esfuerzos y sus limosnas para impedir que la gente muera de hambre». Pero ya esta parte merecía la pena: miles de enfermos atendidos, otros varios miles de personas que salvaron la vida, muertos enterrados con cierta dignidad, refugiados acogidos, iglesias y casas re­construidas, campesinos que perdida la cosecha de un año o de dos, con las semillas y herramientas recibidas podían volver a empezar su eterno trabajo interrumpido bruscamente por la destrucción.

Ante el paisaje desolador la palabra del señor Vicente volvió a recobrar los tonos patéticos de su discurso a las damas sobre los niños abandonados. Aún se hizo su tono más patético y también más exigente. El redactor de las Relaciones ponía la pluma y la dedicación; Vicente ponía la inspiración. «Como ningún rico recibe en estos tiempos las rentas que solía, los pobres quedarán abandonados si los que tienen dos vestidos no dan uno a quien no tiene, si no venden sus bienes y los dan en limosna: si las comunidades eclesiásticas no hacen lo que han hecho todos los santos: vender los objetos preciosos y los ornamentos de iglesia guardados en sus tesoros y distribuirlos a los pobres, a quienes pertenecen según el consenti­miento universal de los Padres, los papas y los concilios. Todo eso es patrimonio de los pobres. Los llamados ricos o acomodados, les agrade o no esta empresa de caridad, no pueden ignorar que no son más que administradores de sus bienes, y que no tienen derecho a apropiarse de ellos más que en lo que necesitan para vivir con moderación. Lo demás es de los pobres. Cuando el prójimo muere delante de nuestros ojos hay obligación de cortar no sólo lo superfluo sino también lo que es necesario para vivir según su estado».

Y redondea el discurso con una frase terrible de un Padre de la iglesia, frase que solía repetir a las damas para que no se les pudiera acusar en el juicio final de haber contribuido por omisión a la muerte de los niños: si non pavisti, occidisti: «el que no alimenta al necesitado, lo mata».

(1651)

La organización del programa de ayuda a la Campaña y Picardía absorbió buena parte de las energías del señor Vicente a lo largo de 1651. Pero no le hizo descuidar todas las otras preocupaciones que desde hacía años pasaban por sus manos y por su mesa de trabajo. Exceptuadas la dirección de los monasterios de la Visitación y su participación en el Consejo de Conciencia, todas ellas habían ido surgiendo de su vocación de evangelizador de los pobres descubierta en 1617. Todas ellas siguieron siendo, hasta su muerte, nueve años más tarde, objeto de su solicitud y vigilancia. Este año de 1651 fue además testigo de una extensión de las actividades de su congregación en Escocia y Polonia, en esta última también de las hijas de la caridad, así como de un mayor esfuerzo personal para detener el progreso del jansenismo.

Encima de todo ello tuvo el señor Vicente la idea de celebrar a partir del 1 de julio durante cuarenta días una segunda asamblea general de su congregación para, entre otras cosas, «solucionar los desórdenes que haya podido causar el superior general». No es que pensara someterse a un juicio por parte de los notables de su congregación. Tampoco tenía intención, y no lo hizo, de presentar su dimisión una segunda vez. Ya la primera no había tenido resultado alguno; intentarlo de nuevo no hubiera dejado de ser un gesto retórico y un poco vacuo. Pero sí sometió a la muy libre discusión de los asistentes, que eran otros trece, algunos asuntos de interés fundamental para consolidar su congregación antes de su muerte, que se podía prever fácilmente como no muy lejana. Precisamente unos días después de terminada la asamblea volvió a caer gravemente enfermo, aunque tampoco esta vez consiguió la enfermedad terminar con su vida.

Podía en esta segunda asamblea haber simplemente expuesto los problemas, y tal vez impuesto las soluciones adecuadas sobre el fundamento de su propio prestigio y carisma, aceptados por todos y no discutidos por ninguno de los asistentes. Pero no quiso hacerlo, sino que los sometió a su discusión, en particular el difícil y muy controvertido asunto de los votos. El carácter netamente democrático de la asamblea se hizo patente desde el comienzo mismo. Los participantes ocupaban «sus asientos de cualquier forma, sin consideración de personas ni cualidades». el superior general, Vicente mismo, «sentado junto a la chimenea». Uno de los puntos discutidos fue precisamente si sería conveniente establecer entre los miem­bros de la Congregación de la Misión una especie de grados de mayor y menor dignidad. Atraía a algunos poderosamente el ejemplo de la Compañía de Jesús con sus cuatro categorías de miembros con desiguales derechos y obligaciones. Pero acabó prevaleciendo un sentido de igualdad, y decidieron: «Se rechaza. No habrá grados entre nosotros». Pero tampoco podían engañarse y pretender que hubiera de hecho entre los miembros de la Congregación de la Misión una igualdad tan radical como tal vez la hubieran deseado. Estaban los hermanos coadjutores, obviamente inferiores, excluidos por su propia naturaleza de todas las funciones de carácter sacerdotal y de numerosas funciones de gobierno y autoridad dentro de su misma comunidad. En la discusión afloraron por parte de algunos ideas de carácter más bien despectivo hacia ellos, con fuertes críticas: «algunos (hermanos) quieren actuar como dueños absolutos en sus oficios, y les cuesta aceptar que se les vigile». Hubo asambleísta que se mostró partidario de que se les tratara con mano dura y «puro rigor».

Pero no era de esa opinión el señor Vicente, quien quiso «dejar bien sentado que el gobierno cristiano quiere y obliga a la humildad. Entre los cristianos no hay más esclavos que aquellos qué se envían a galeras por sus crímenes. Una conducta amable y cordial es la mejor. Son hermanos nuestros». Como hermanos los trataba él mismo. Les confiaba sin ningún recelo la muy delicada función de secretarios personales suyos; los dedicaba a trabajar en la enseñanza cuando tenían cualidades y preparación para ello; les consultaba con frecuencia en las cosas que se referían a sus trabajos propios; les pedía perdón cuando los había tratado con alguna aspereza. En la reunión llegó al detalle de recordar a los asistentes que los hermanos «deben comer en los viajes a la misma mesa que nosotros». El mismo lo había hecho una vez con un hermano «a la mesa de la señora de Aiguillon».

Otro punto de discusión se refería a algo que afectaba a la congregación del señor Vicente en lo más delicado de su ser. De los tres sacerdotes que habían firmado con él el acta de asociación que dio origen a la Congregación de la Misión en 1626 sólo estaba presente en la asamblea Antonio Portail. Los otros dos, du Coudray y La Salle, habían fallecido años antes. Los tres se habían asociado libremente al señor Vicente con el único objetivo de dedicarse a dar misiones rurales. Pero los 25 años de historia, cumplidos precisamente a los pocos días de concluida la asamblea, habían ido añadiendo a ese núcleo original otras actividades, incompatibles en la práctica en parte o en todo con la dedicación a las misiones. Había entre ellos quienes añoraban la simplicidad y claridad de los primeros tiempos, y sugirieron que se fundara «en cada provincia una casa de misioneros, sin ejercitantes» que pudieran distraerles de la ocupación principal. Otros llegaron aún más lejos, con la proposición de una «misión perpetua», o sea, una dedicación continua y exclusiva al trabajo misionero sin más interrupción que una semana al año «para hacer ejercicios espirituales y dar cuenta de su trabajo». Nadie desechó la idea como descabellada; sin duda todos sentían en el fondo de sus almas, el fundador mismo en primer lugar, que aquella propuesta colmaba de forma total el ideal misionero más exigente. Se pusieron, sin embargo, dificultades de tipo práctico: peligro evidente de cansancio, falta de tiempo para preparar las predi­caciones, riesgo de disipación y de pérdida del «espíritu interior», los trabajos de los campesinos en los meses de verano. De manera que, aunque se discutió la propuesta en detalle, se concluyó «sin determinar nada». Tampoco se determinó nada en relación a otra proposición sobre la conveniencia de señalar un tope de edad para la dedicación a las misiones, por ejemplo los 60 años, cumplidos los cuales uno se podría dedicar a «trabajar en la dirección de los seminarios y en otras ocupaciones». Se rechazó la propuesta. Sin duda pensaban que para el trabajo principal, el de las misiones, no se podía pensar en edad de jubilación. El mismo Vicente dos años después de la asamblea, a los 73 años de edad, se escapó de San Lázaro y de sus muchas preocupaciones para dar una última misión en una pequeña aldea. No valieron para hacérsela interrumpir ni siquiera las vivas protestas de la duquesa de Aiguillon, que acusó a los padres de San Lázaro de inconsciencia por permitir que pusiera en peligro su salud y aun su vida, un hombre cuya vida era tan preciosa para la sociedad v para la iglesia.

Otros dos asuntos se llevaron la mayor parte del tiempo y de la atención de los asistentes a la asamblea, los votos y las reglas, en particular el primero de ellos. Se decidió seguir manteniendo la práctica de hacerlos y de «buscar incesantemente la aprobación de su Santidad» para que fueran obligatorios. Pero no fue nada fácil llegar a esta conclusión unánime después de una larguísima y complicada discusión que duró al menos seis días.

Se recordará que desde un par de años o tres después de fundada la Congregación de la Misión se había ido introduciendo la costumbre de hacer votos, de una manera libre y con un carácter privado y personal. No se exigía, en otras palabras, el que se hicieran votos para ser miembro de pleno derecho de la Congregación. La bula papal de 1633 que hacía de la Congregación de la Misión una Congregación de derecho pontificio no mencionaba los votos para nada. Pero ya en 1641, como se vio arriba, el señor Vicente solicitó y obtuvo del arzobispo de París una ordenanza que hacía obligatoria la práctica de los votos para todos. Le llevó a solicitar esto «la experiencia, que le obliga a temer que los eclesiásticos de dicha congregación, si permanecen libres (es decir, sin votos) sucumban ante las primeras tentaciones que surjan contra su vocación y quieran salirse de ella». Parecería que la ordenanza del arzobispo debería haber aclarado definitivamente la cuestión. Pero no fue así.

El señor Vicente conocía muy bien la diversidad de opiniones entre los miembros ­de su congregación acerca de los votos, y aun la cerrada oposición a hacerlos ­obligatorios por parte incluso de algunos de los miembros más sensatos y más antiguos presentes en la asamblea. Pero él parecía estar firmemente determinado a conseguir lo que quería. Lo consiguió efectivamente, pero no quiso conseguirlo ­haciendo tragar a la fuerza su propia postura a quienes se oponían a ella. Planteadas con viveza las divergentes opiniones sobre el asunto. Vicente les ofreció seguir «tratando de este tema hasta obtener mayor conformidad en todos». Uno de los asistentes más decididamente partidario de los votos hizo la observación muy personal de que había estado tentado de abandonar la comunidad, pero «le retuvieron los votos, cuando tuvo un superior de 25 años». Otro observó que «son pocos los retenidos por los votos; y que si es eso lo único que les retiene más valdría que se salieran». Otro, en la misma línea de oposición, notó que el permanecer en la congregación a pesar de las dificultades era más meritorio y más libre cuando no se tenían votos que si se permanecía en ella por tenerlos. Se mencionó a favor de los votos el caso de una compañía, en la que no se hacían votos, que no encontró entre sus miembros a ninguno dispuesto para trabajar en las regiones devastadas por la guerra ante las dificultades del trabajo. Pero eso había sucedido, advirtió otro, en una orden que hacía votos solemnes.

Había argumentos para todos los gustos y de todos los colores. Pero la razón que se esgrimió con más insistencia por varios de los asistentes, incluyendo entre ellos el que iba a ser su sucesor como superior general, Renato Almeras, era que la obligación de hacer cualquier tipo de votos haría de la Congregación de la Misión una orden religiosa. Eso no lo quería ninguno de los presentes en la asamblea, m tampoco los que no estaban en ella, ni por supuesto tampoco el señor Vicente, que hasta pocos años antes se había firmado «sacerdote de la diócesis de Dax». La asamblea insistió en que «somos del clero (secular) y formamos parte de él».

El señor Vicente dejó hablar, les animó a hablar, a objetar, a defender. Fue extremadamente paciente; fue también tenaz, como solía serlo en asuntos impor­tantes. Este lo era sin duda para la estabilidad futura de su congregación, para asegurar una dedicación sostenida a la exigente evangelización de los pobres.

Cuatro años después de concluida esta segunda asamblea general conseguía Vicente de Roma lo que le hubiera tal vez gustado tener unos años antes: un breve pontificio que aprobaba y hacía obligatoria la práctica de los votos en su congregación. El breve definía los votos como simples, añadía a los tres votos tradicionales un cuarto voto de dedicarse toda la vida a «la salvación de los pobres campesinos». Se definía con claridad, para evitar equívocos jurídicos, que «esta congregación no será contada entre el número de las órdenes religiosas, sino que será del cuerpo del clero secular»; con todo lo cual conseguía lo que desde hacía tiempo había soñado y querido el señor Vicente: un vínculo fuerte que garantizara con seguridad ra­zonable la permanencia de sus hombres en la congregación, y a la vez y sobre todo la permanencia de sus trabajos por los pobres. Su carácter secular quedaba también en principio garantizado, y este aspecto era también muy querido por el fundador, aunque de momento, hubo en las largas vacilaciones por las que pasó el fundador, aunque momento hubo en las largas vacilaciones por las que pasó él mismo en este asunto de los votos en que parece se mostró dispuesto a renunciar a esto si hubiera sido necesario para conseguir lo otro. No le obligaron en Roma a renunciar a ello, sino que le concedieron las dos cosas a la vez, con lo que se creó una institución algo original en la historia de la iglesia, institución también un poco ambigua, como se comentó arriba, que en cierto modo pretendía unir la perfección del estado religioso con una dedicación, que era primordial y había sido la causa de su fundación, a la evangelización de los pobres.

El otro asunto de importancia que trató la asamblea se refería a las Reglas, de las que se dice que «están casi decididas para que puedan quedar como fijas». Se había trabajado en ellas desde la primera asamblea de 1642, pero no estaban aún decididas del todo, ni aun aprobadas por nadie, por lo que los asambleístas se muestran muy preocupados, pues, dicen, «nos damos cuenta de que tendremos que vernos con un asunto muy serio en el caso de que las reglas no sean aprobadas antes de la muerte del superior general», o sea, antes de la muerte del señor Vicente. El era sin duda el primer preocupado, pues la continuidad en la pureza de la idea original dependía en buena medida de la fidelidad a unas reglas que reflejaran adecuadamente su intención y su espíritu. De manera que el acto último de la asamblea fue redactar una petición al arzobispo de París, firmada por todos ellos, para que aprobara las reglas y constituciones redactadas, petición que se presentó de inmediato al arzobispo, aunque sólo fue aprobada por él dos años más tarde.

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Ya en 1648 era de dominio público la oposición del señor Vicente a las posturas y doctrinas de los jansenistas. Se lo reprochó en carta desde Roma uno de sus propios hombres, quien sentía ciertas simpatías por las ideas de los «discípulos de san Agustín»: «que hemos hecho mal en declararnos contrarios a las opiniones del tiempo». Con paciencia y mansedumbre, pero con su vigor acostumbrado, le explica Vicente las razones de su postura. Está en primer lugar la posición unánime del Consejo de Conciencia del que forma parte, con la reina y Mazarino a la cabeza, «en el que todos se han declarado contrarios». En segundo, la repetida condenación, por parte de varios papas y de «la parte más santa» de la facultad de teología de la Sorbona, de las opiniones de Bayo, opiniones también sostenidas por Jansenio. El mismo tiene además conocimiento de primera mano de «los planes del autor de esas opiniones nuevas», es decir, de Saint Cyran, que son «destruir la situación presente de la iglesia y someterla a su poder. Me dijo un día que Dios quería arruinar a la iglesia actual».

Por todas esas razones, «además de varias otras», se siente obligado a oponerse a esta nueva herejía. Y aunque sabe que la obligación de hacerlo recae en primer lugar sobre los obispos, recae también sobre todos «los que ven el mal», pues Guardar silencio sobre un peligro tan grave sería en realidad trabajar a su favor. El no podía guardar silencio ni estarse quieto; se lo impedían su gran amor a la iglesia, por cuya reforma y mejora, no destrucción, llevaba tantos años trabajando en tantos frentes. Se lo impedían también las consecuencias destructivas fácilmente previsibles de una doctrina elitista y en realidad arcaizante, aunque pasaba por ser moderna, como era la jansenista, contra las obras y fundaciones en favor del pobre ­pueblo en que estaba comprometido desde hacía casi treinta años.

A partir de 1650 Vicente escribe y anima a numerosos obispos para que firmen una petición a Roma que condene en términos inequívocos lo sustancial de Ias doctrinas jansenistas. Se resumía lo principal de éstas en cinco proposiciones, de entre las cuales la que más le dolería al señor Vicente sería sin duda la quinta que decía: «Es semipelagiano decir que Jesucristo murió por todos los hombres». Durante todo el año de 1651 y el siguiente Vicente intensificó su correspondencia para animar a diversos obispos a que firmaran, para disipar las objeciones de lo, que las tenían contra la oportunidad de la firma y la condena, aun cuando la, tuvieran contra las doctrinas, para alentar a la comisión enviada a Roma con a, fin de llevar adelante la causa. La condenación de las cinco proposiciones se hizo pública el 9 de junio de 1653. Pero de ninguna manera acabó con la controversia Los jansenistas, aun los que firmaron la aceptación de la bula condenatoria, cre­yeron que podían en conciencia seguir defendiendo sus posturas y su devoción por Jansenio con la observación de que las cinco proposiciones eran efectivamente condenables, pero que no se encontraban en sus escritos.

Pero para Vicente la bula suponía la palabra definitiva, más bien definitoria, en un tema que había consumido tantas de sus mejores energías. Trató en persona con jansenistas declarados y simpatizantes para animarles a aceptar la sentencia, e hizo esfuerzos para que los que se creían vencedores depusieran toda arrogancia hacia los vencidos. No consiguió ni una cosa ni otra excepto en muy pequeña medida. La controversia empeoró en virulencia a partir de la publicación de la bula, sobre todo a partir de la intervención de la acerada pluma de Pascal en el asunto tres años después. El señor Vicente se limitó a partir de ese momento a vigilar con cuidado para que el espíritu jansenista no se infiltrara en las dos congregaciones que había fundado, y en la de la Visitación, de la que era director y superior. No lo consiguió del todo, aunque lo intentó con fuerza, en relación a algunos pocos hombres de su propia congregación. No le bastaba mantener con firmeza su ortodoxia personal. Le preocupaba la ortodoxia de todo el mundo, pues sólo sobre la base de una firme ortodoxia se podía construir una ortopraxis sólida y radical como era la suya. El, como Jesucristo, quería la salvación de todo el mundo y trabajaba por ella, y no sólo por la de unos pocos, aunque fueran éstos, como lo pretendían los jansenistas, elegidos de Dios.

En cuanto a la firmeza de su propia ortodoxia, él mismo nos confirma estar basada en una profunda humildad. Se la debe a Dios, y no a sí mismo. Porque, confiesa en su ancianidad en una charla a los hombres de su congregación, «siempre he tenido miedo de verme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina sin darme cuenta de ello. Sí, durante toda mi vida he tenido miedo a esto». Inteligencias más profundas y más sutiles que la suya se habían dejado llevar por las «falsas dulzuras de una pretendida reforma» como las que ofrecía el jansenismo. Pero Dios no permitió que se dejara llevar por ellas su siervo Vicente de Paúl. El reconoció en público que «esto era efecto de la pura misericordia de Dios, por lo que se sentía obligado a darle gloria».

(1652-1653)

La llamada Fronda de los príncipes vino a empalmar con la Fronda parlamentaria, y estuvo motivada en el fondo por causas sociales y políticas similares. Pero su detonante fue muy concreto v muy aparatoso. Condé, el gran Condé, que diez años antes había derrotado en Rocroi a la hasta entonces invencible infantería española, era el baluarte más sólido de la corte. Pero se había pasado de repente al partido del duque de Orleans, tío de Luis XIV, quien tenía sus ambiciones nada secretas de desbancar a Mazarino «ese ladrón, ese bufón, ese mercachifles, ese italiano impostor», como lo calificaba sin ningún respeto la voz común. Bajo la instigación del joven Gondy, comprado para la causa real por Ana de Austria con la promesa de solicitar para él el cardenalato, como vimos, Mazarino dio la orden de arrestar a Condé. Esto resultó ser un grave error táctico dada la popularidad del general, pero entraba de lleno en el juego del joven obispo coadjutor, pues también él se hacía sus ilusiones de suplantar a Mazarino. Pueblo y parlamento se pusieron del lado de Conde. El parlamento declaró a Mazarino, que se acercaba a París al frente de un ejército, culpable de lesa majestad y puso precio a su cabeza: 150.000 libras a quien lo entregara vivo o muerto.

Hubo batallas muy sangrientas en el mismo París entre las tropas reales y las tropas de Condé. La destrucción y la sangre movieron a las fuerzas vivas a intentar de nuevo una reconciliación. Por otro lado la popularidad de Condé descendió visible y rápidamente entre el pueblo al ver éste en la propia capital de Francia las odiadas banderas de las tropas españolas, con las que Conde había establecido una alianza de conveniencia. Delegaciones de clérigos, de comerciantes y de burgueses acu­dieron al joven rey para ofrecerle la sumisión de la ciudad, en la que el rey entró con solemnidad militar en octubre de 1652. No entró Mazarino en el séquito del rey. Se autoexilió por varios meses hasta que, calmados los ánimos, también él pudo volver llamado por la corte, no humillado sino triunfante. Con toda proba­bilidad el señor Vicente tuvo mucho que ver con este exilio y esta vuelta del primer ministro.

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La correspondencia del señor Vicente todo a lo largo de 1652 está llena de refe­rencias a los disturbios. No se habla en ella de los diversos vaivenes político­militares sino sólo de lo que más le interesaba a él, el sufrimiento del pueblo y el deseo de paz. También a él y a sus gentes les tocó sufrir, hasta el punto de que llega a exclamar: «apenas podemos pensar en otra cosa que no sea nuestra con­servación». El año 1653 fue particularmente duro para la congregación del señor Vicente por «el gran número de personas que Dios ha querido quitarnos». El mismo no gozó durante todo este año de muy buena salud. A finales del año anterior el médico le había ordenado «tomar el aire del campo por siete u ocho días, debido a una fiebrecilla que me ataca por la noche», cosa que hizo en la finca que su congregación poseía en Orsigny. La mortandad excepcional entre los hombres del señor Vicente motivó una breve pero muy hermosa misiva de Luisa de Marillac «al padre Vicente, general de los venerables sacerdotes de la Misión». Lo de venerables no era en modo alguno un toque retórico. Luisa de Marsillac era aún menos retórica que Vicente de Paúl. Pero el cariño que sentía por el señor Vicente lo había extendido a los hombres del señor Vicente con toda generosidad. El cariño y la veneración. La muerte de tantos de sus hombres le había hecho llorar literalmente. Ella sabía muy bien que el señor Vicente, más emocional por naturaleza que ella misma, había conseguido para estas fechas un alto dominio de sus emociones que le impediría derramar lágrimas por la muerte de sus propias gentes. Sabía que Vicente ya no sufría sensiblemente más que por el dolor de los pobres. Pero ella pensaba que también sus hombres tenían derecho a una lágrima. «¿No seré muy atrevida, mi venerado padre, al osar mezclar mis lágrimas con su habitual sumisión a la voluntad de Dios, uniendo mi debilidad a la fuerza que Dios le ha dado para soportar esa prueba tan grande? Por amor de Nuestro Señor, conceda a la naturaleza lo que necesita para desahogarse».

Pero también lo pasaron muy mal los que no murieron, pues las gentes de San Lázaro estuvieron varias veces, en el ir y venir de ejércitos reales y ejércitos rebeldes «junto a nuestras tapias», al borde mismo de jugarse la supervivencia. Le aconsejaron que defendiera con gente armada el priorato contra el peligro de posibles saqueos nocturnos. Lo hizo; «yo mismo he estado velando con ellos». Un grupo de soldados saqueó uno de los edificios del complejo. Pero los males mayores los sufrieron las tierras dependientes de San Lázaro. Se perdió en la confusión y en la destrucción buena parte de la cosecha de trigo.

A pesar de todo, y a pesar de lo que dice, Vicente sí pensó en otras cosas aparte de su conservación y de la de sus gentes. Como lo había hecho en la primera Fronda, se creyó obligado a intervenir de nuevo como pacificador en las más altas esferas, esta vez parece que con más éxito que la primera. Al hacerlo demostró cualidades no ya de político, sino de consumado estadista y hombre de paz. Era ésta lo que realmente le interesaba, no la carrera política de Mazarino, ni tampoco la de Condé, ni por supuesto la del joven Gondy, a pesar del cariño que le tenía.

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Los historiadores no lo saben, porque no suelen leer los escritos del señor Vicente, aunque estos son una fuente de primera mano para conocer en directo la Francia de su tiempo, pero con toda probabilidad el primer intento serio de buscar una reconciliación entre la corte y los rebeldes Orleans y Conde procedió de Vicente de Paúl. Si tomó el mismo la iniciativa de hacerlo, o más bien lo hizo por encargo de la reina, o tal vez incluso de Mazarino, no se sabe con certeza. Pero sí se sabe que ambas partes lo aceptaron como intermediario de paz. Habló personalmente con la reina y con Mazarino, llevó las propuestas de éstos a Condé y Orleans, y éstos a su vez respondieron a la corte por medio del señor Vicente. Parece que se llegó así a un convenio por el que Mazarino accedía a desaparecer, al menos por algún tiempo, de la escena política con tal de que el joven rey Luis XIV, una vez hecha la paz y restablecida su autoridad, diera «un decreto de justificación» de la conducta de su primer ministro. Un poco contradictorias parecen estas dos pro­posiciones, pero es todo lo que se puede extraer de la documentación que poseemos. Pero tampoco importan mucho los, detalles, pues todo el plan se vino abajo cuando unos días después de terminada la intervención del señor Vicente, Gastón de Orleans se autodeclaró lugarteniente general del reino, con lo que atentaba aún más gravemente contra la autoridad de Luis XIV.

No se desanimó por ello el señor Vicente. Sabía que el papa. Inocencio X, había previamente intentado reconciliar a los dos bandos a través de gestiones de su nuncio en París. Sabía también, pues lo veía con sus propios ojos, que esta intervención había sido «hasta ahora inútil»: se lo recuerda él mismo al papa en carta personal. Pero cree que merece la pena que el papa insista de nuevo, pues «el día tiene doce horas, y lo que no tuvo resultado ninguno a la primera podría tener éxito si se intenta una segunda vez». Por lo demás en la carta al papa muestra a las claras qué le llevó a comprometerse en una actividad de carácter tan netamente político. El no era un político, y menos un partidista, aunque tampoco su postura se podría definir como neutral. Lo que de verdad le preocupaba en las disensiones entre los miembros de la familia real y de los grandes del reino eran sus conse­cuencias para el pobre pueblo: «las ciudades, los, pueblos, las aldeas destruidas e incendiadas; los campesinos no cosechan lo que sembraron, ni lo harán los próximos años; todo está permitido a los soldados: las gentes están expuestas a robos, saqueos, a toda clase de sufrimiento y aun a la muerte; muchos campesinos que no mueren por la espada se mueren de hambre». No sabemos si esta carta al papa animó a éste a intervenir de nuevo. Pero mientras llegaba de Roma una posible respuesta no se quedó el señor Vicente cruzado de brazos, a ver qué pasaba. Decidió acudir directamente a Mazarino para hacerle ver, por segunda vez, que la paz sería imposible mientras no se alejara de la corte.

El cardenal de Retz había acudido a donde estaba la corte a la cabeza de una delegación del clero de la capital para animar a la reina y a su hijo Luis XIV, que aunque ya declarado mayor de edad contaba sólo catorce años, a volver a París donde sin duda serían aclamados por el pueblo y conseguirían así calmar los ánimos. Vicente asegura saber «por buenos informes» que Orleans «se verá muy contento de aprovechar esta ocasión para ponerse a bien con el rey» su sobrino, mientras que Condé «se someterá al ver que París ha vuelto a la obediencia del rey». Pero el joven rey, manipulado sin duda por Mazarino, contestó que antes de pensar en volver a París tenía que ver algún signo claro por parte de la población de que se quería su vuelta y, lo que era más importante, el sometimiento de los revoltosos. No hizo ninguna mención de que estuviera dispuesto a desprenderse del odiado Mazarino, cuya deposición era el objeto visible de los rebeldes.

Para convencerle de que se apartara voluntariamente de la corte y del gobierno escribió Vicente a Mazarino una larga carta, obra maestra de coraje, con sus buenos toques de refinada astucia política y de conocimiento de la volubilidad de las reacciones populares. Los reyes entraron sin él en París. Fueron efectivamente recibidos con gran regocijo por parte de todo el mundo, con lo que se dio por terminada la segunda Fronda. Y, a decir verdad, por fracasada, aunque pareció haber tenido éxito en lo que se refería a Mazarino. Este volvió a la corte meses después reclamado por la reina. Su vuelta no provocó oposición alguna. Personajes importantes que poco antes habían calificado a Mazarino como «la mayor basura del siglo», entre otras cosas, vinieron a presentarle sus humildes respetos. Esta reacción general se la había anticipado Vicente en la carta, en la que se atreve a decirle, para vencer el pertinaz deseo de Mazarino de entrar en París con los reyes, «que no tiene gran importancia el que el regreso de su eminencia sea antes o después del regreso del rey. Una vez restablecido el rey en París, su Majestad podrá hacer venir a su eminencia cuando le plazca. Estoy seguro de ello. Volverá a ganarse el entusiasmo del pueblo, y dentro de poco le volverán a aclamar, y con gran aplauso».

Y así pasó. Si fue realmente la carta del señor Vicente lo que movió a Mazarino a fingir un autoexilio astuto y provisional o si fue otra cosa, no se sabe con seguridad. Pero los datos históricos que se tienen sugieren que fue efectivamente esa carta lo que hizo ver a Mazarino dónde se encontraban a la vez las posibilidades de paz y el futuro de su carrera política. Con lo que el señor Vicente mostró ser un estadista tan agudo al menos como Mazarino, y casi tan astuto. Sólo que, ya se dijo, al señor Vicente no le importaba gran cosa la carrera política del cardenal. Lo que le interesaba de verdad era la paz. Cuando llegó ésta al fin después de tanta destrucción Vicente no pudo contener su júbilo: «La alegría por el regreso de los reyes es tan grande que no puede imaginarse. Ya no se ve ninguna huella de los trastornos pasados, lo que nos da motivos fundados para esperar que cesarán pronto las perturbaciones interiores del reino».

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La víctima más notoria del espíritu vengativo de Mazarino, una vez instalado de nuevo en el poder, fue uno de los personajes más queridos por el señor Vicente, el cardenal de Retz. A finales de 1652 fue encerrado sumariamente en el castillo del bosque de Vincennes, prisión que había conocido Saint Cyran años antes. Su propio padre, el señor Gondy sacerdote del Oratorio, fue confinado a sus tierras señoriales de Villepreux. Le faltó tiempo al señor Vicente para ir allá «a consolar al padre de Gondy por la desgracia de su hijo». Vicente recibía del preso de Vincennes información de primera mano, sin que se sepa cómo, que él transmitía a su padre. En una carta le informa de varios detalles sobre el estado de su hijo, entre ellos de que «anda molesto de las muelas, pero no es nada de cuidado, gracias a Dios». Corrían rumores de que el joven Gondy iba a ser liberado, rumores que menciona el señor Vicente en la misma carta. Pero los rumores eran falsos. Lejos de ser liberado el cardenal fue trasladado a Nantes, a una prisión más segura y además alejada de París, donde abundaban los partidarios del cardenal. Pero le salió muy mal el plan a Mazarino, pues el joven Gondy logró escapar de la prisión de Nantes en agosto de 1654. Fue la suya una huida apresurada y peligrosa. Al pasar precipitadamente, montando a caballo, por una puerta baja del muro que rodeaba al castillo salvó la cabeza por milímetros, pero se dio un tremendo golpe con el dintel que le destrozó el omoplato derecho. Las prisas de la huida le impidieron curar el destrozo, de manera que Gondy tuvo que sufrir una espalda irremediablemente deformada hasta el fin de sus días.

Huido en barca, recaló en las costas de Guipúzcoa y luego, siguiendo desde el sur de Navarra el curso del Ebro hasta el Mediterráneo, tomó un barco español que le condujo con todos los honores a Roma. Inocencio X, poco simpatizante como se sabe de Mazarino, recibió con alborozo al cardenal fugitivo, y le entregó de inmediato el capelo cardenalicio en un consistorio convocado al efecto. Le dio como residencia la casa que la congregación del señor Vicente tenía en Roma. Vicente se muestra muy satisfecho por esta medida del papa que le permitía mostrar algo de la mucha gratitud que sentía hacia todos los miembros de la familia Gondy. No disimuló su satisfacción, sino que la expresó en público en una charla a sus misioneros en San Lázaro: «Tenemos que dar gracias a Dios porque el cardenal de Retz ha sido recibido en nuestra casa de Roma. No hacemos con ello más que agradecer lo que ha hecho por nosotros nuestro prelado y nuestro fundador. Ade­más, al hacer eso hemos obedecido al papa, que ordenó al superior recibir en la casa de la Misión al dicho señor cardenal». Prelado de los misioneros era efec­tivamente el joven Gondy, pues estando preso en Vicennes había sucedido a su tío como arzobispo de París a la muerte de éste, aunque Mazarino había intentado impedirlo. Llamarle fundador era interpretar los hechos del pasado con bastante generosidad; los fundadores de la Congregación de la Misión habían sido en realidad sus padres. Pero a Vicente no le importaba la imprecisión. El joven cardenal era un Gondy, y el señor Vicente se muestra muy contento de que esté libre y de que pueda albergarse en una de sus casas.

A Mazarino no le gustó, por supuesto, ni una cosa ni la otra. A punto estuvo de explotar con furia contra el mismísimo señor Vicente. Alguien debió de calmarle, tal vez la reina, pero ni ésta pudo impedir, si es que lo intentó, que Mazarino ordenara a los misioneros franceses del señor Vicente que abandonaran Roma de inmediato y se volvieran a Francia, amenazando, si no lo hacían, con tomar represalias contra la congregación del señor Vicente y contra su misma persona.

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Cualquiera podría pensar que el señor Vicente, en medio de sus muchos trabajos, a los que se añadió en estos años de 1652-1653 su intervención en el complicado asunto del jansenismo y en el no menos complicado de la Fronda, tenía bastante en qué ocupar su tiempo y su alma. Tampoco se podía esperar que a su edad se embarcara en obras nuevas. Le bastaba, cualquiera lo podía ver, y le sobraba con lo que tenía entre manos. Pero no le bastaba. No es que Vicente de Paúl fuera un devorador hambriento de trabajo. Pero tantos años y tanta energía que había de­dicado a los pobres, tantas gentes que había conseguido movilizar, tantos medios materiales propios y ajenos que había invertido desde 1617, estaban lejos de haber conseguido que el número de necesitados fuera menor que entonces, o que fueran menores sus necesidades. Había, pues, que seguir trabajando. Es más: aún había algunas clases de pobres gentes a las que hasta entonces no había prestado apenas atención. El sabía muy bien que existían, estaban a las puertas mismas de San Lázaro, los miles de artesanos envejecidos que caían en la miseria al perder la capacidad de trabajar. También éstos eran hijos de Dios, también eran pobres; a decir verdad, pobres en extremo, que ni siquiera podían apelar al robo para so­brevivir. Podían tal vez intentar malvivir de la limosna. Pero ¿qué probabilidades realistas de supervivencia les quedaban si el número de mendigos en París superaba con toda seguridad los cuarenta mil?

Un buen día un rico señor puso en sus manos un capital de 100.000 libras para que las dedicara a cualquier tipo de obra en favor de los necesitados que a Vicente le pareciera bien. Le llevó su tiempo el decidirse, como era su costumbre. Pero se decidió al fin; y. esta vez contra su costumbre, se decidió por su cuenta y riesgo, sin esperar a que nadie le sugiriera la idea. Lo que parece indicar que era una idea que le parecía buena en sí misma y del todo, y que rondaba por su cabeza hacía tiempo.

Esto es lo que hizo: invirtió 31.000 libras en la compra y ampliación de un edificio cercano a San Lázaro que ostentaba en la fachada el anagrama del nombre de Jesús; compró muebles por valor de 5.400 libras; tomó en préstamo a favor de San Lázaro 60.000 libras a un interés, nótese, del veinte por ciento, préstamo que devolvió años después religiosamente; y dedicó 3.600 libras para los gastos de mantenimiento y alojamiento durante el primer año de cuarenta ancianos, hombres y mujeres por mitad, en lo que se llamó desde el comienzo asilo del Nombre de Jesús. Puso para atenderles un grupo de hijas de la caridad, y comprometió a los hombres de su misma congregación como capellanes. El mismo actuaba como tal con frecuencia. Sin duda se encontraría, cuando lo hacía, en su propio ambiente: gente pobre y gente, como él, anciana.

Les hablaba con un cariño extremo y con una extrema sencillez, en su estilo habitual de conversación llevado a la perfección a lo largo de tantos años de misiones a los campesinos y de charlas a sus hombres y mujeres. «Hablaremos sobre los principales misterios de la fe y sobre la señal de la cruz. Pero no os asustéis si no la sabéis hacer. Voy a preguntaros; aunque no sepáis responder bien, no os preocupéis». Empezaba con una cosa simple y al alcance de cualquiera, tal como la señal de la cruz, y terminaba exponiendo en lenguaje transparente y concreto los misterios más abstrusos de la fe cristiana, tal el de la Trinidad. Eran pobres, ciertamente, pero eran también hijos de Dios y se merecían lo mejor. Aunque ellos no lo sabían, el modo simple y directo del señor Vicente había influido poderosamente en las maneras de predicar del tiempo, y hasta en las maneras de declamar en el teatro francés de aquellos años. Bossuet, la lengua más cultivada del siglo XVII, se refería al habla del señor Vicente con gran admiración.

De manera que en instrucción religiosa se procuraba darles lo mejor. Pero también en la alimentación. «Ciertamente no coméis como los presidentes, pero cuántos nobles empobrecidos se sentirían afortunados si tuvieran el alimento que tenéis vosotros». No se lo decía como quien se lo echa en cara, sino para que se animaran a «trabajar manualmente en cuanto podáis, según vuestras fuerzas». Sabía él, lo podía sentir ya en su carne, que la ancianidad es muy triste cuando es ociosa, cuando la falta de actividad hace pensar al anciano que es un parásito que no hace otra cosa en el mundo que ocupar espacio. Les proveyó durante los primeros meses de artesanos en activo que les enseñaran diversos oficios al alcance de sus fuerzas. El mismo enemigo declarado de la ociosidad, la cual, decía a sus misioneros, es la peste de buena parte del clero v la «madrastra de todas las virtudes», quería evitarla incluso en aquellas pobres gentes que después de una vida fatigosa podían verse tentados «a pensar: no tengo que preocuparme de hacer nada, ya que estoy seguro de que aquí nada me va a faltar». Lo cual hubiera hecho de ellos seres totalmente inútiles por propia elección. Vicente los quería útiles, dándoles así el motivo de un auténtico orgullo que justificara su existencia a sus propios ojos, útiles en cuanto lo permitieran sus fuerzas. Los quería también cristianos: «Hay que trabajar por amor de Dios: él mismo nos dio ejemplo trabajando continuamente por nosotros». No decía otra cosa a sus trabajadoras y cristianas hijas de la caridad.

El asilo del Nombre de Jesús comenzó a funcionar en marzo de 1653. La tarde misma en que comenzó. Luisa de Marillac muestra su preocupación porque dos de los ancianos no habían aparecido aún. Es de suponer que aparecerían pronto y con ganas, tal vez pidiendo algo torpemente excusas por el retraso. El Nombre de Jesús tuvo un éxito instantáneo ante la opinión pública. También, y sobre todo, entre los posibles candidatos a ser sus huéspedes. Más de uno tuvo que esperar meses para poder ser admitido cuando quedara algún puesto vacante por defunción de algunos de los asilados. A Vicente de Paúl le hubiera gustado sin duda proyectar y ejecutar una solución similar para atender no ya a cuarenta ancianos necesitados sino a los miles que pululaban por la capital. Sólo hacía falta que alguien le hubiera dado los medios para llevarlo a cabo. Pero cuando cuatro años más tarde se quiso poner en sus manos los gigantescos medios necesarios se negó en redondo a hacerlo. Se verá por qué.

El asilo del Nombre de Jesús fue la última creación del señor Vicente. Nada nuevo iba a crear en los siete años que le quedaban de vida. Subsistían aún todas las que había ido creando desde la primera cofradía de caridad parroquial de Chatillon en 1617; todas le seguían dando preocupación y trabajo, y todas siguieron creciendo y aumentando hasta su muerte. De manera que aunque ya no surgió ninguna obra nueva que viniera a complicar aún más su atareada vida en sus últimos años, no por ello disminuyó su ritmo ordinario de trabajo.

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