Vida del Señor Vicente de Paúl: Capítulo 4

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Jaime Corera, C.M. · Año publicación original: 1988.
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(1626)

sanvibibliaAunque poco, el pequeño grupo de dos creció pronto, pues ya en los primeros meses del año siguiente, 1626, vivían en los Buenos Hijos otros dos sacerdotes, Juan de la Salle y Francisco du Coudray, ambos de la diócesis de Amiens, de cuarenta años el segundo y de sólo veintiocho el primero. En cuanto a Portail, tenía treinta y seis años, diez menos que el fundador.

De estos pocos meses últimos de 1625 y primeros de 1626, en que todo lo que había de Congregación de la Misión eran él mismo y Portail, hablaba en su ancianidad el señor Vicente como de tiempos que habían sido sencillos v felices, y que él recordaba con una gran nostalgia. Se añadía a la pareja misionera un buen sacerdote «al que dábamos cincuenta escudos». Al salir de París dejaban la llave del colegio al vecino, o le rogaban que durmiera en él para guardarlo, y se iban los tres de aldea en aldea a dar sus misiones. El andar misionando de aldea en aldea, cosa que había estado haciendo durante los últimos siete años, se había hecho connatural a su forma de vivir el sacerdocio, de manera que cuando la necesidad de descanso se imponía y volvía al retiro de los Buenos Hijos «me parecía -contaba tres años antes Je morir- que al acercarme a París se iban a caer sobre mí las puertas de la ciudad para aplastarme». Porque, se decía, «tú vuelves a París, y hay otras muchas aldeas que están esperando de ti lo que acabas de hacer aquí y allí».

Paradójicamente fue la fundación, consolidación y crecimiento de la congregación que él mismo fundó precisamente para misionar el mundo campesino lo que hizo cada vez menos frecuente su participación personal en las misiones. Eso se debió sobre todo a las necesidades de gobierno de una congregación que creció con cierta rapidez y que, además, añadió al trabajo inicial de misiones rurales y asistencia a los galeotes otras actividades no previstas en el proyecto primero. Añádase a todo ello la variedad de obras y actividades que fueron cayendo sobre sus hombros y su mesa de trabajo a medida que a partir de 1633 su figura fue haciéndose conocida, respetada y admirada. No se puede asegurar cuándo dejó de dar misiones de una manera continuada, pero parecería que pronto después de su traslado a San Lázaro en 1632, pues a partir de esa fecha aparecen rastros muy escasos de ellas en su voluminosa correspondencia. Movido sin duda por la nostalgia de años más jóvenes, una vez, teniendo 73 años, se escapó literalmente de San Lázaro, estando débil y enfermo, a una pequeña aldea para ayudar a dar una misión. Esta fuga, la última de su vida, creó un revuelo de quejas y protestas entre gente principal, que acusó a los misioneros de San Lázaro de no darse cuenta del tesoro que tenían en casa, y permitían que pusiera en riesgo su vida con las duras condiciones que exigía el misionar en aldeas pobres. Esta gente principal, llegada tarde a la vida del señor Vicente, nunca pudo sospechar que lo que buscaba con nostalgia en su ancianidad el señor Vicente en aldeas perdidas era el verdadero tesoro de su vida y el de la congregación que había fundado años antes.

Los tiempos sencillos y felices duraron poco. La presencia de dos sacerdotes más planteaba ya la necesidad de dar algún tipo de estructura formal a aquel pequeño grupo misionero, cosa que se hizo en setiembre de 1626 en documento que redactó Vicente y escribió du Coudray con su letra de hombre culto y muy bien educado, y que firmaron los cuatro ante notario. La naturaleza jurídica exacta sigue siendo poco definida, pues una vez más se califica al grupo vagamente de «congregación, compañía o cofradía». El fin se define escuetamente como «trabajar por la salvación del pueblo pobre del campo». Los tres nuevos miembros se comprometen a obe­decer a Vicente y a sus sucesores y a observar el reglamento o regla de vida, que, dice el documento, había sido escrito ya por el fundador.

Firmado el documento y comprometidos en firme les pareció a los cuatro una buena idea el subir en peregrinación a Montmartre, como en otros tiempos y en circunstancias parecidas lo hicieran Ignacio de Loyola y sus primeros compañeros. Pero parece que al Señor no le pareció la idea buena del todo, y no pudieron subir más que tres. El cuarto, Vicente mismo, tuvo que conformarse con las ganas de peregrinar por encontrarse enfermo el día fijado para la peregrinación. Puede que hubiera en este hecho una discreta ironía del Señor para mostrar que no quería que Vicente imitara lo que hizo Ignacio, para hacerle ver al gascón que lo que había fundado no debía ser en manera alguna una copia, y ni siquiera una variación, de lo que había hecho el vasco. Y el Señor se lo dijo disimuladamente obligándole a quedarse en cama.

(1627)

De hecho la sombra de Ignacio y su obra siguieron influyendo fuertemente en múltiples detalles de la configuración posterior de la Congregación de la Misión. Vicente admiraba altamente a la Compañía de Jesús y a su fundador. Con frecuencia presentaba a los jesuitas y su manera de vivir como modelos para diversos aspectos de las vidas de los misioneros. Consultaba con frecuencia a padres jesuitas de prestigio sobre aspectos de su vida con la idea de que le inspirasen para ir con­figurando la forma de vida de sus propios hombres. Esta influencia se dejó sentir incluso en algunos pocos aspectos concretos copiados de las constituciones de san Ignacio y puestos en lo que iba a ser el reglamento definitivo de la Congrega­ción de la Misión durante siglos, las Reglas o Constituciones comunes de la Con­gregación de la Misión. No le fue posible a Vicente, como no les ha sido posible a tantos fundadores y fundadoras de tiempos posteriores hasta ayer mismo, sus­traerse a la influencia de una orden como la de san Ignacio que nació con una personalidad fuerte y fuertemente estructurada, con un estilo que probó ser desde el mismo comienzo muy adecuado para los tiempos post-medievales y modernos.

Sin embargo parecería en principio que no tenían que haberse dado tales influencias en el caso de la obra del señor Vicente. Están primero las divergencias de origen social, temperamento personal y educación, divergencias muy grandes entre los dos fundadores. Pero son más importantes aún las divergencias, que casi llegan a oposición, en el carácter propio de ambas fundaciones. En la de san Ignacio predomina ya desde las mismas constituciones una estrategia pastoral que prefiere el trabajo entre las gentes cultas y las clases dirigentes con la esperanza de que de ellas descenderá una influencia benigna hacia los estratos inferiores de la so­ciedad. Vicente de Paúl escoge precisamente como campo de su actuación las clases más bajas de la sociedad, que ni siquiera serían lo que en términos actuales se denomina proletariado. Este estaría constituido en su tiempo por los artesanos, miembros de los gremios laborales, pequeños comerciantes. Vicente de Paúl es­cogió como campo de acción lo que Marx calificaría despectivamente como lumpenproletariat, el subproletariado: galeotes, niños abandonados, ancianos sin me­dios de vida jubilados forzosamente del trabajo por edad o enfermedad, esclavos, campesinos explotados y expulsados de sus tierras. De hecho Vicente de Paúl se movió él mismo entre las altas y altísimas clases sociales mucho más que Ignacio de Loyola, pero no para trabajar entre ellas, como no fuera para enseñarles el duro, estrecho y exigente camino que propone el evangelio a los ricos si quieren salvarse, sino porque sólo en manos de los ricos se encontraban en aquel tiempo los medios económicos necesarios para llevar a cabo su trabajo entre los pobres.

Pero, a decir verdad, sus relaciones con los ricos son muy personales y suyas, y poco vividas por los miembros de las dos comunidades que fundó. Además su obra maestra, la que resultó ser la más eficiente y original en el trabajo de la redención de los pobres, las hijas de la caridad, sólo al principio contó con el poder, el tener o el saber de los ricos de su tiempo; se basó fundamentalmente en la fragilidad y el trabajo de campesinas analfabetas. Cada santo tiene su carisma, y el carisma es algo que el Espíritu Santo da a quien quiere. Todo esto es cierto; pero aún sabiéndolo y admitiéndolo no acaba uno de imaginarse a san Ignacio de Loyola, por más esfuerzos de imaginación que se hagan, como fundador de una institución parecida a la de las Hijas de la Caridad.

Por todo ello es tanto más sorprendente el que en el proceso de estructuración de una compañía como la Congregación de la Misión se dejara sentir en tantos aspectos la influencia de la Compañía de Jesús. No es que pretendamos insinuar, y aún menos afirmar, que Vicente de Paúl tuviera en cuenta expresamente el modelo de la Compañía de Jesús siempre que aceptaba, o excluía, como a veces también hizo, algún aspecto de ella para su propia congregación. Pero ahí estaba la Compañía, con su prestigio y con sus años de existencia, que ofrecía un modelo de vida original en bastantes aspectos, incluso fundamentales, en relación a formas de vida comunitaria más antiguas. Ahí estaba funcionando, y funcionando bien a pesar de los fallos y de las muchas importantes oposiciones. El copiar de ella o dejarse inspirar por ella aun sin pretenderlo era casi inevitable para cualquier fundador. Berulle, aunque atraído por el modelo jesuítico en su juventud, consiguió evitarlo en su fundación del Oratorio, pero para ello tuvo que copiar otro modelo, el creado por san Felipe Neri, que aunque fundado algo después que la Compañía de Jesús lo fue sobre presupues­tos totalmente diferentes de los de ésta.

A pesar de ser discípulo agradecido, aunque independiente desde hacía años, Vicente deliberadamente no quiso seguir el modelo de Berulle., sino abrirse un camino propio y diferente, que tenía aspectos de indudable originalidad, pero que no pudo evitar influencias del modelo jesuítico. Y así, aunque Vicente conocía bien la oposición de Berulle a que sus sacerdotes hicieran votos basándose en la teoría, no del todo descaminada, de que el sacramento del orden es fundamento más sólido y exigencia más fuerte de santidad que cualquier profesión de consejos evangélicos, Vicente y sus hombres, sacerdotes, acabaron haciendo votos, en principio de manera totalmente privada y voluntaria, casa que se empezó ya a hacer probablemente en el año 1627, pero con el tiempo de forma obligatoria y sancionada por la misma autoridad romana.

La Congregación de la Misión nació como entidad exclusivamente clerical, pero también pronto, en el mismo año de 1627, se unió al grupo de sacerdotes un hermano, lego y por supuesto no ordenado, muy útil para trabajos domésticos y para asegurar la autarquía de la comunidad en las necesidades materiales, aunque poco adecuado para el trabajo misionero que motivó la fundación de la comunidad. Con lo cual, lo que había comenzado por ser estrictamente un grupo móvil sa­cerdotal fue tomando la forma externa de una tradicional comunidad religiosa autosuficiente, compuesta de dos clases de personas: las que cumplen directamente el fin para el que se ha fundado y las que les ayudan a cumplirlo con su trabajo doméstico.

Vicente de Paúl no dejó jamás de insistir en el carácter plenamente secular de su congregación. En efecto, su mismo origen como sacerdote era secular y diocesano, e igualmente lo era el de los otros tres que firmaron con él en 1626, y también el de numerosos candidatos que llamaron a las puertas de la Congregación de la Misión en años sucesivos. Todos dejaban de ser diocesanos al ingresar en ella, pero seguían siendo seculares. Eso era lo más nuevo del experimento del señor Vicente en el aspecto jurídico que definía el status de los misioneros en el conjunto de la iglesia. Pero su misma insistencia sobre el carácter secular de la congregación que había fundado es un indicio muy claro de que había que insistir en ello porque la cosa no aparecía tan clara ni dentro ni fuera de casa. En suma, el experimento del señor Vicente al fundar la Congregación de la Misión resultó ser, con el paso de los años, un experimento de carácter un poco ambiguo, algo a medio camino entre Berulle e Ignacio de Loyola, en conjunto más cerca de éste que de aquel.

Que iba a resultar ser así lo vieron claramente las autoridades romanas y se lo dijeron expresamente al señor Vicente cuándo, después de una primera aprobación en 1627 a su proyecto en virtud del cual su grupo misionero de sacerdotes seculares quedaba sometido a la autoridad del arzobispo de París, le rechazaron un segundo plan advirtiéndole que daría en «una nueva religión (orden religiosa) más que una Misión». Efectivamente, Vicente de Paúl había solicitado en este segundo plan presentado en junio de 1628 cosas típicas de las órdenes religiosas, tales como el que fuera él mismo reconocido como superior general y se le diera poder para redactar reglas, y otros poderes similares de que gozan los «superiores generales de congregaciones semejantes»; la facultad de admitir miembros laicos; la exención de casas e individuos en relación a la autoridad local episcopal, y dependencia directa de la Santa Sede; autonomía total en la administración de bienes. Todo esto acabó consiguiéndolo cinco años más tarde, en 1633, de la misma autoridad romana que antes se lo había denegado, y al hacerlo se dio definitivamente cuerpo jurídico y existencia legal a una congregación o sociedad -así se la califica defi­nitivamente ya en la petición de aprobación del segundo plan, el rechazado en 1628- de carácter algo ambiguo, ni plenamente secular ni plenamente religioso.

(1628)

A aumentar la ambigüedad contribuyó también la creciente complicación de actividades que fueron cayendo con los años en manos de lo que había nacido como un grupo sacerdotal sin más objeto que dar misiones en el mundo rural y trabajar entre los galeotes. La primera actividad nueva no prevista en el acta de asociación de 1626 fue la dedicación a la formación del clero diocesano. El mismo Vicente nos cuenta cómo y por qué entró en su vida y en la de su congregación esta actividad, en la que él nos asegura no había pensado, ni antes ni después de fundar, como actividad a la que él o su congregación fueran llamados por Dios. Hay que tomar en serio esta afirmación de Vicente pues un mes sólo antes de que él mismo diera el primer retiro a ordenandos en Beauvais en septiembre de 1628 presentaba a Roma una segunda redacción de su segundo plan, el que resultaría rechazado, en la que no se menciona para nada la dedicación de su grupo misionero a la formación de clérigos, lo que demuestra palmariamente que no había tenido hasta entonces intención alguna de dedicar a ello a los que se habían asociado a él para el trabajo de misiones.

Que había una necesidad urgente de dedicarse a formar buen clero en la iglesia de Francia, eso lo sabía él muy bien desde hacía muchos años y lo podía ver cualquiera. El mismo había sido un caso de sacerdote formado, mal formado, apresuradamente y por motivos poco legítimos. Entre sus amigos había ya quien desde hacía años se dedicaba a la formación del clero con éxito, en particular Berulle. Pero el que llegara Vicente a pensar en ello como actividad posible para sí mismo y su congregación misionera comenzó inesperadamente por una suge­rencia del obispo de Beauvais, en cuya diócesis Vicente había dado misiones y con quien había hablado repetidas veces sobre el lastimoso estado del clero del tiempo y los posibles medios para remediarlo.

Fue idea del obispo reunir en retiro en su propia casa a los ordenandos de su diócesis durante unos días para que antes de la fecha de ordenación se entrenaran aunque sólo fuera un poco en «ejercicios de piedad», y se instruyeran «en sus deberes y ministerios». Ante la aprobación entusiasta de la idea por parte de Vicente el obispo creyó que el hombre más adecuado para llevarla a cabo era Vicente mismo, y así se lo hizo saber. Vicente no se planteó en el momento la cuestión de si la oferta del obispo se podría integrar o no en lo que él consideraba su vocación personal de misionero. Se creyó obligado a aceptar la sugerencia del obispo en su estilo habitual, dice su primer biógrafo, como si Dios «se lo hubiera revelado por un ángel». Con el tiempo la Congregación de la Misión en vida del fundador se iba a dedicar al trabajo de formación del clero casi con tanta intensidad como a las misiones. Pero el primer experimento que se hizo en Beauvais en 1628 no lo llevó a cabo la congregación del señor Vicente como obra propia, sino él mismo personalmente con la ayuda de tres sacerdotes doctores en teología por la Sorbona.

Por lo demás el experimento de Beauvais fue de alcance modestísimo, pues se limitó a impartir durante un par de semanas una instrucción de urgencia sobre los mandamientos, los sacramentos, el credo y las ceremonias litúrgicas fundamen­tales, en particular las de la misa. Algo era para quienes se acercaban a las órdenes, como sucedía con frecuencia en aquel tiempo, con una ignorancia crasa de incluso a veces las ideas fundamentales del catecismo. Los ejercicios de ordenandos, así llamados porque incluían también unos días de ejercicios espirituales con confesión General, fueron alargándose poco a poco, haciéndose más densos y más extensos en los temas de estudio y en ejercicios de práctica pastoral, hasta dar en períodos largos de hasta un año y luego aún más, con lo cual se encontró Vicente sin proyectarlo previamente en los comienzos históricos de lo que posteriormente iba a ser el tipo clásico de seminario mayor. No fue él el único hombre que está en el origen de la historia de los seminarios, ni tampoco el primero, pero sí fue uno de los que más influyeron en su creación. El y su congregación, pues muy pronto la asoció a lo que en Beauvais había sido un trabajo personal suyo. La participación de su congregación en este trabajo comenzó a los pocos meses en París; tres años después el arzobispo daba un decreto haciendo obligatorios los ejercicios para todos los ordenandos de la diócesis, ejercicios que se debían hacer en los Buenos Hijos bajo la dirección de los misioneros del señor Vicente.

Nunca tuvo problemas teóricos Vicente para integrar esta nueva actividad de su congregación con la actividad misionera que le había dado origen y razón de ser, aunque sí los tuvieron algunos que habían sido atraídos a ella por su aspecto misionero. Después de todo los campesinos eran ignorantes en su fe por la ignorancia de sus propios pastores, de manera que el mejor modo de remediar tal ignorancia del pueblo era proveerle de un clero suficientemente preparado e ins­truido que fuera a su vez capaz de instruir a sus feligreses. Esto era incluso, si se examinaba con objetividad, un medio más eficaz de catequesis que las mismas misiones, dado el carácter temporal muy limitado de éstas. Muchas veces se le objetó en son de crítica al señor Vicente desde muchos lugares, también de lugares amigos, que las misiones suponían un esfuerzo ciertamente imaginativo para res­ponder a una necesidad urgente, pero de dudosa eficacia, y que planteaba más problemas que los que resolvía. En efecto, terminadas las seis u ocho semanas de misión, y retirados los misioneros del pueblo o de la aldea, ¿quién garantizaba, o cómo se garantizaba la continuidad de los frutos conseguidos y la instrucción impartida si el clero local era tan incompetente como se sabía? La respuesta al interrogante era dedicarse a la formación de un clero competente, cosa que Vicente se creyó obligado a hacer personalmente y a dedicar a su congregación precisamente porque ésta se había creado para evangelizar y catequizar a los campesinos. «Como son los pastores, así son los pueblos», solía decir en su ancianidad.

(1629)

La vida de Luisa de Marillac fue sin duda, como reconoció en público el señor Vicente cuando murió ella, «obra de las manos de Dios». Lo fue desde que nació. En fuerte contraste con el caso de Vicente, que tuvo que cambiar el rumbo de su juventud para llegar a la santidad, Luisa de Marillac da la impresión de que comenzó con buen pie la larga marcha hacia la santidad el mismo día en que la bautizaron. Atravesó en su vida crisis espirituales de todos los estilos, en particular una de su juventud en la que ella misma creyó que había estado a punto de perder la fe. Pero ninguna crisis fue capaz de desviarla del buen camino. De manera que está bien dicho eso de que fue obra de las manos de Dios. Obra perfecta, a decir verdad, y eso lo vieron tan claramente como Vicente de Paúl las hijas de la caridad que la conocieron. No es fácil entender cómo mientras el señor Vicente fue ca­nonizado menos de ochenta años después de su muerte la canonización de Luisa de Marillac tuvo que esperar casi trescientos años.

Pero hasta este dato póstumo está en línea con lo que fue, desde el punto de vista de Luisa, la relación entre ella y su director: una relación de subordinación querida y buscada, de saber y querer estar y aparecer en segundo plano aun en cosas que eran obra más de ella que de él. Luisa consiguió lo que buscó siempre: que historiadores, biógrafos e incluso sus mismas hijas de la caridad la colocaran en la gris penumbra del segundo plano de un cuadro en el que la figura de su director se lleva toda la luz y toda la gloria.

Pero Vicente no cayó en la misma trampa. Desde el comienzo mismo de su relación sabía que no era él el verdadero director de Luisa, sino Otro, y así se lo escribió, como vimos arriba. Y cuando la muerte puso el último toque a la obra perfecta de la vida de Luisa, Vicente reconoció en público que esa obra no era suya en modo alguno, sino de Dios. El sólo había intervenido como medio del que Dios se sirvió para que lo que podía haberse limitado a ser una vida de viuda piadosa se transformara en uno de los ejemplos más radicales de dedicación a la redención de los pobres que se han dado en la historia.

No le propuso este ideal el señor Vicente a Luisa de Marillac en el comienzo mismo. O no se le ocurrió hacerlo o supo esperar pacientemente a que Luisa misma lo descubriera como posible camino señalado también a ella por Dios. En la correspondencia que se conserva de los tres primeros años, 1626-1628, predomina en las cartas de Vicente a Luisa de Marillac la insistencia en que mantenga la alegría y la tranquilidad, sepa esperar los signos de la voluntad de Dios para el futuro, modere algunas exageraciones de su programa de actos de piedad. Ella, por su parte, se muestra muy dependiente y necesitada de su ayuda; lleva en su casa una vida recogida, en la que parte del tiempo se dedica a confeccionar ropa que, junto con otros objetos y dinero, envía como ayuda a los necesitados en los lugares en que misionan Vicente y sus compañeros.

No se debió a la iniciativa del señor Vicente, nos dice su primer biógrafo, sino a un impulso de la misma Luisa el que ésta pensara en «dedicarse al servicio de los pobres; habiendo pedido al señor Vicente consejo sobre ello, él le dio esta respuesta: Sí, me parece muy bien. ¿Y cómo no, si ha sido Nuestro Señor el que le ha dado este santo sentimiento…? Qué árbol habrá parecido hoy usted a los ojos de Dios por haber producido semejante fruto». El fruto de semejante árbol fue la dedicación total a los pobres durante los treinta últimos años de su vida. Qué laberintos interiores tuvo que recorrer Luisa para que, sin dejar de ser por un solo momento la mujer de oración profunda y de tendencia fundamentalmente mística que fue desde su niñez, se convirtiera en un torbellino de actividad, no lo sabremos nunca. Aunque a Luisa le gustó siempre, y en esto no se parece en nada a su director espiritual, expresar por escrito incluso los aspectos más profundos de su alma, en el tema de que estamos hablando fue casi totalmente muda. Tampoco sabremos a costa de qué desgarramientos sicológicos tuvo que decir adiós a los ambientes sociales refinados en que se había criado y movido hasta entonces para asociar su vida irrevocablemente a partir de 1633 al grupo de campesinas que fueron las primeras hijas de la caridad.

Comenzó su nueva y definitiva vocación en 1629, a los 38 años de edad, en la forma de visitadora ambulante de las cofradías rurales de caridad fundadas por el señor Vicente y sus misioneros como fruto final de sus misiones. Las cofradías eran ya numerosas, y como es fácil suponer no todas funcionaban como se las había imaginado. Luisa se encargó de visitarlas para tratar de poner orden y una nueva vitalidad donde fuera necesario. Esto se dice fácilmente en pocas palabras. Pero tras las pocas palabras se esconde una realidad que estuvo plagada de con­diciones duras que pusieron a prueba la capacidad de resistencia física y síquica de Luisa de Marillac. Está, en primer lugar, el radical cambio de ritmo en una vida que había sido hasta entonces sedentaria, introvertida, totalmente casera, casi conventual en su orden minucioso. Por contraste, la visita a las cofradías exigía un desplazarse continuo de aldea en aldea, sin poner en ninguna la residencia por los más de dos o tres días necesarios para tratar de remediar los fallos de funcio­namiento de la cofradía de turno. Todo ello por caminos polvorientos o embarrados, haciendo noches en posadas con frecuencia de tercera categoría, viajando en los muy inseguros e incómodos coches del tiempo. Estaban además, y eran más molestas, las dificultades que provenían de las personas: suspicacias de las oficialas de las cofradías rurales que se sentían vigiladas por aquella dama parisina adve­nediza, oposición y suspicacias de algún párroco, que no aceptaba con facilidad la actividad de aquella viuda por ser mujer. Ella seguía imperturbable su camino, animada por alguna carta del señor Vicente cuando le había expresado algún titubeo o algún problema, haciendo una vida casi de clausura en el coche tambaleante, saludando al ángel de la guarda de la aldea en que entraba, reuniendo a los niños para catequesis, y a las señoras para sesiones de renovación de las cofradías, a las que acudían también los hombres a escondidas, atraídos por la finura de manera y la habilidad de aquella mujer para hacer accesibles a mentes rudas y a mentes infantiles las verdades de la fe.

Este fue el entrenamiento de Luisa de Marillac en su nueva vocación. Así vivió, acompañada en sus viajes por alguna criada o alguna señora conocida, durante casi cinco años, preparándose sin saberlo para dar a luz, criar y llevar a madurez a una institución que resultó ser una de las más originales y eficaces de entre las muchas inventadas en la historia de la iglesia para trabajar por la redención de los pobres.

(1632)

El día 8 de enero de 1632, el señor Vicente con doce compañeros de su joven congregación, que en total contaba en la fecha con treinta miembros escasos, dejó el modesto colegio de los Buenos Hijos, cuna de la Congregación de la Misión, para trasladarse al priorato de San Lázaro, el mejor y más rico señorío que quedaba en París, situado en las afueras mismas de la ciudad. Con ello el señor Vicente se convirtió de golpe en el señor de San Lázaro, una de las figuras conocidas e importantes de la capital de Francia.

Consta con seguridad que el señor Vicente no hubiera dado un tal paso sino movido a ello por André Duval. A Duval, «gran doctor de la Sorbona», en expresión de Vicente, debía éste, como vimos, el empujón definitivo que le llevó a decidirse a fundar la Congregación de la Misión. Otras muchas cosas debía a Duval el señor Vicente, pues Duval fue su consejero, director espiritual y confesor desde que Berulle dejó de serlo alrededor de 1617.

San Lázaro cayó en manos del señor Vicente literalmente como un regalo llovido del cielo. Cuando él lo recibió San Lázaro se parecía muy poco a la leprosería que fue en su fundación en el lejano siglo XII. Donaciones y privilegios habían llovido sobre él durante más de cuatrocientos años para convertirse en el siglo XVII en un gran feudo con casi cuarenta hectáreas de tierras de labor dentro de sus muros, muchos otros dominios de cientos de hectáreas en varios pueblos no lejos de París, y un status jurídico que hacía del prior señor y juez sobre las tierras y las gentes de sus dominios. A todo ello había que añadir los edificios necesarios para el trabajo agrícola, una iglesia gótica, el edificio de la comunidad que lo regía y un claustro; en fin, varios otros edificios que habían sido para los leprosos. Sólo había un leproso en aquel momento, y unos pocos alienados mentales.

El prior, Adriano Le Bon, lo era de una comunidad de canónigos regulares que estaban con su prior, por decirlo rápidamente, a matar. Amigos benevolentes intentaron encontrar la fórmula de paz entre uno y otros, sin ningún éxito. De manera que el prior, desesperado, llegó a pensar en renunciar al priorato. Alguien le sugirió el nombre y la congregación del señor Vicente, de quienes el prior no había oído hablar. Después de una investigación para asegurarse de que el hombre era la persona adecuada en quien poder renunciar con dignidad, se encaminó al colegio de los Buenos Hijos. Hizo su oferta sin más preámbulos al señor Vicente. Le dijo que «se sentiría muy feliz de poder contribuir en algo» a las maravillas que según había oído decir hacía su congregación entre los campesinos, y que para ese fin le cedía la propiedad del priorato. Jurídicamente el traslado de la propiedad, aunque encontró posteriormente opositores, era hasta fácil, pues dependía del arzobispo de París, hermano del señor de Gondy, y contaba con el consentimiento de los canónigos a cambio de una pensión anual de por vida.

La oferta era tremendamente halagadora y generosa. Una persona normal la hubiera aceptado con verdadero alborozo más o menos disimulado. Una persona normal. Pero Vicente hacía tiempo que no lo era. Veinticinco años después de que le ofrecieran San Lázaro le ofrecieron otro priorato, el de Saint Martin en la ciudad de Dreux, priorato que no llegaron a darle por razones que se desconocen. Tenía entonces 76 años, edad en la que le suponemos santo y entrenado en el dominio de las pasiones y de los deseos, los buenos y los malos. Pero aún en esa edad avanzada guarda el señor Vicente la vehemencia de los deseos fuertes, sobre todo si parecen buenos. Y aún en esa edad no se fía de sí mismo. La oferta le había venido a través de un joven miembro de ;,u congregación, Nicolás Etienne, quien después de muerto Vicente rnarch6 misionero a Madagascar, donde fue apaleado hasta morir por un cacique nativo que le había invitado a comer bajo el pretexto de que quería hacerse cristiano. Ante la oferta Vicente contestó a Etienne que «convendrá que lo dejemos a un lado por ahora no sólo para cortar los deseos ansiosos de la naturaleza, a la que le gustaría que las cosas ventajosas se realizaran inmediatamente, sino para ponernos en la práctica de la santa indiferencia y darle a Nuestro Señor la ocasión de manifestarnos su voluntad».

Eso es exactamente lo que hizo ante la oferta de San Lázaro, dejarlo «por ahora», aunque aún no era tan santo v no tenia más que cincuenta años cuando se lo ofrecieron. Ese «por ahora» duro un año, durante el cual Vicente se negó obsti­nadamente a aceptar San Lázaro. Por otro lado la oferta no produjo en él una primera reacción de alborozo y júbilo, de deseos ansiosos de la naturaleza, que se controlan y disimulan más o menos, sino una sorpresa que le dejó literalmente temblando. Única ocasión en su vida en que nos consta que sufriera una tal reacción, este hombre que pasó por situaciones erizadas de dificultades sin perder la calma y el dominio de sí mismo. Así lo cuenta años después: «Cuando el difunto prior señor de San Lázaro vino a ofrecerme esta casa, tenía los sentidos embotados lo mismo que un hombre sorprendido por el ruido de un cañón que se dispara cerca de él sin estar prevenido; se queda medio aturdido por aquel ruido inesperado. Yo me quedé sin palabras, tan sorprendido por semejante propuesta que él, dándose cuenta, me dijo: Cómo, usted está temblando».

Lo cual muestra claramente que hasta ese momento ni para sí mismo ni para su congregación había tenido ni idea ni planes de grandeza o de expansión. El no era más que el inspirador y líder de un pequeño grupo de sacerdotes reunidos en congregación para dar misiones en las aldeas, atender a los galeotes y dar una preparación de urgencia a quienes se iban a ordenar, todo ello limitado casi a los límites de la diócesis de París. Para ese trabajo y para ese pequeño grupo el colegio de los Buenos Hijos era, aunque modesto, suficiente. ¿Cómo iba a ocupar ni siquiera físicamente las vastas instalaciones del priorato; para qué quería él sus muchas tierras y sus muchas rentas? De manera que el señor Vicente, pasado el primer momento de aturdimiento, dijo que no, y se mantuvo firme en su negativa durante un año. Un testigo de la primera entrevista entre el prior Le Bon y el señor Vicente pone en labios de éste lo que sin duda fue la verdadera razón para rechazar la tentadora oferta: «Me asusta su oferta de usted y me parece muy por encima de lo que me atrevería a pensar. Somos unos pobres sacerdotes sin más ambición que servir a la pobre gente del campo». O sea, que para los planes que Vicente tenía en su cabeza en aquel momento. San Lázaro no le servía en absoluto. Le Bon volvió a la carga con su oferta «más de veinte veces en el espacio de seis meses» y se encontró con otras tantas negativas. Por fin perdió la paciencia: «Pero, señor, ¿qué clase de hombre es usted? Si no quiere ni oír hablar de este asunto, dígame al menos si tiene usted en París algún consejero o amigo a quien podemos dirigirnos para tratar de él. Todos los que quieren el bien de ustedes opinan que usted debería aceptar lo que le ofrezco». Vicente sugirió el nombre de André Duval; añadió: «Haré lo que él me aconseje», y cayó en la trampa. Porque Duval le aconsejó, como era de esperar de un consejero y teólogo sensato, que aceptara la generosa oferta de inmediato.

Duval vio claro: el priorato daba al señor Vicente y a su obra unas posibilidades de expansión no soñadas, que sin duda el señor Vicente llevaría a cabo con los años. Duval tenía una altísima opinión de la capacidad de su dirigido. No se equivocó en absoluto. Probablemente se quedó corto en sus expectativas, aunque de todos modos no llegó a ver ni una parte pequeña de lo que el señor Vicente fue capaz de hacer con la antigua leprosería, pues falleció seis años después de que Vicente se instalara para el resto de su vida en San Lázaro.

San Lázaro superaba evidentemente por todos los lados los posibles sueños de su juventud, pero superaba también sus sueños y proyectos de fundador y de misionero del mundo rural. Los hechos que le hicieron ir mucho más allá de lo que se encerraba en el modesto proyecto de fundación de la Congregación de la Misión, y que terminaron por hacer del señor Vicente una figura histórica, comenzaron el 8 de enero de 1632 cuando dejó el Colegio de los Buenos Hijos y se trasladó al priorato de San Lázaro.

(1633)

Un año después de comenzar a vivir Vicente de Paúl en San Lázaro, el Papa Urbano VIII aprobaba oficialmente su congregación como institución de derecho pontificio. Esto quería decir que lo fundado por el señor Vicente en la diócesis de París, sometido a la autoridad del arzobispo de París, y para trabajar básicamente dentro de los límites de esa diócesis, podía ahora levantar sus ojos por encima de los muros diocesanos para extender su radio de acción a cualquier parte de Francia y, potencialmente, del mundo. Esto último no había entrado aún en la conciencia o en los planes del señor Vicente en la fecha de la aprobación de su congregación por el Papa, mientras que el romper los límites de la diócesis de París era no sólo exigido en aquel momento por el dinamismo de la joven congregación sino que ésta lo había hecho desde el comienzo mismo, misionando tierras de los Gondy fuera de la diócesis parisina o dando algún retiro a ordenandos o misión en diócesis vecinas.

Qué es lo que hizo cambiar de opinión a las autoridades romanas para aprobar en 1633 lo que habían rechazado sólo cinco años antes no consta ni es posible saberlo. Se puede especular sobre ello, y admirar de paso la habilidad y la sabiduría del señor Vicente que consiguió con creces en 1633 lo que parecía imposible en 1628: la aprobación de una congregación que a las autoridades romanas les parecía el embrión de una nueva orden religiosa. Hacía años que en la curia romana se mostraban contrarios a la fundación de ninguna nueva orden religiosa, por varias razones, entre las que destacaban la convicción de que había ya demasiadas órdenes religiosas en la iglesia, muchas de ellas necesitadas de reforma, y de que se sustraían muchos candidatos al clero diocesano a través de las órdenes masculinas.

Pero el señor Vicente insiste en el carácter secular, no-religioso, del grupo suyo; no quiere tampoco él en manera alguna fundar una nueva orden religiosa. Falta además en la aprobación de su congregación cualquier referencia a lo que constituye el elemento esencial de toda institución religiosa, la profesión de los votos. El los ha hecho, ciertamente, pero personal y privadamente, y también algunos de sus com­pañeros, pero eso es sólo práctica libre de devoción, que no se impone a los que no los quieren hacer. De manera que hablando en términos precisos su congregación no es en modo alguno una orden religiosa, aunque tal vez lo parezca por algunos de sus aspectos. En Roma han debido de llegar a convencerse de que el señor Vicente tiene razón a pesar de la evidente ambigüedad de su postura.

Por otro lado ya no es a estas alturas un total desconocido en los ambientes vaticanos. Están primero las peticiones anteriores que él mismo había cursado cinco años antes y que habían hecho sonar su nombre en la curia romana. Hay además recomendaciones importantes, del rey Luis XIII, de la reina Ana de Austria, del nuncio. Hay ya varios obispos, incluyendo el importante arzobispo de París, que pueden testificar sobre el excelente trabajo de los misioneros del señor Vicente en terrenos tan necesitados, y tan dispares, como el de las misiones rurales y el de la preparación de los ordenandos. Ante estas realidades la objeción de cinco años antes de que el proyecto del señor Vicente va más allá de los límites de la misión y lleva a la creación de una nueva orden religiosa parece carecer de todo sentido. La misión sigue creciendo en intensidad y en extensión, y el grupo inicial ya crecido sigue profesando netamente su naturaleza secular. Parece evidentemente más sabio aprobar lo que pide el señor Vicente y esperar a ver qué pasa. Lo que hasta ahora ha pasado habla muy alto en favor de quien suplica humildemente al Papa que reconozca lo que había sido concebido siete años antes en el contrato firmado por el señor Vicente y los señores de Gondy, y ha crecido de maneras no del todo previstas en el contrato.

Esto es, en resumen, lo que le aprobaron al señor Vicente las autoridades romanas. Lo fundado por Vicente de Paúl, presbítero de la diócesis de Dax, recibe el nombre definitivo de Congregación de la Misión. El mismo ha sido designado superior general del grupo de sacerdotes, clérigos y legos -a la sazón unos treinta en total- que viven en común bajo su autoridad. Les ha dado las reglas que siguen: el fin principal para el que se ha fundado esta congregación es el dedicarse a la vez a la salvación propia y a la de los habitantes de poblaciones humildes. No deberán trabajar en las ciudades, excepto en los ejercicios a ordenandos a puertas cerradas. La vida espiritual de la comunidad se basará escuetamente en el culto a la Trinidad, al misterio de la encar­nación y la devoción a la Virgen María. Los miembros de la congregación obedecerán al señor Vicente. El, y quien le suceda a su muerte elegido por los demás, tendrá la autoridad equivalente a la que tienen los superiores generales de congregaciones semejantes sobre las casas y los miembros de la congregación. Obedecerán a los obispos en sus trabajos misioneros, y también a los párrocos en los diversos trabajos que ejerzan en las parroquias. Fundarán cofradías de la caridad en los pueblos en que den misiones. Deberán recibir en sus casas a los sacerdotes que deseen hacer ejercicios espirituales, y procurarán animarles a que se reúnan mensualmente para tratar sobre casos de conciencia y la administración de los sacramentos. Todo ello deben hacerlo gratis, sin esperar compensación humana, aunque sí el premio divino. El excelente trabajo que han hecho los misioneros de esa congregación desde su fundación ha esparcido su nombre por toda Francia, de manera que ha movido a muchos prelados a llamarlos a sus diócesis.

La bula de aprobación está dirigida no al señor Vicente, ni siquiera a la misma Congregación de la Misión, sino al arzobispo de París, a quien se encomienda que apruebe y confirme en nombre del Papa la existencia misma de la congregación, sus reglas, y el nombramiento del dicho Vicente como superior general vitalicio. Se especifica también en la bula el derecho del superior a obrar en el terreno de los bienes económicos con entera independencia de cualquier otra persona ajena a la congregación. Esto era necesario explicitarlo, y así lo había solicitado anteriormente el señor Vicente. Por un testimonio suyo posterior sabemos que habría renunciado a la propiedad de San Lázaro al poco tiempo de que se lo entregaran si el arzobispo de París hubiera mantenido su pretensión de que Vicente presentara cuentas de la administración del priorato. En una cosa se mantenía algo de la original autoridad del arzobispo de París sobre la Congregación de la Misión. En la bula se concedía al señor Vicente y sus sucesores el poder de dar reglas para el «buen régimen y gobierno, orden y dirección de la dicha Congregación de la Misión». Esas reglas y sus modificaciones futuras deberían ser aprobadas por el arzobispo de París.

Con esta aprobación papal queda constituida ya de manera definitiva después de seis años de prueba una nueva congregación que se llamará de la Misión. Quedan por añadir, y vendrán con los años, algunas cosas de importancia, en particular los votos, que, aunque se seguirán considerando privados, se convertirán en obli­gatorios con sanción papal. Pero la estructura jurídica general ya está hecha y no sufrirá modificaciones fundamentales. Tampoco en las actividades apostólicas va a haber modificaciones importantes. Misiones y formación de eclesiásticos seguirán siendo hasta la muerte del fundador las actividades principales. Así que cuando al año de instalarse en San Lázaro el señor Vicente recibe la bula que aprueba la Congregación que él mismo ha ido construyendo, tiene ya en sus manos suficien­temente estructurado, aunque aún es modesto por el número de sus componentes, un instrumento de renovación de la iglesia de Francia que será de los más eficaces de entre los muchos inventados por la notable explosión de vida religiosa en Francia en la primera mitad del siglo XVII.

Está aún por nacer un importante elemento nuevo, – a decir verdad, no nuevo del todo- que en la enseñanza del señor Vicente a su congregación resultará ser el que predomine y dé sentido a todo lo que ésta haga. Ese elemento es la evangelización de los pobres, de los pobres en general y no sólo de los del mundo rural, como idea vivificadora de las diversas actividades de su congregación, idea que a la altura de 1633 no se ve aún claramente explicitada en la conciencia del señor Vicente. Pero en cuanto a actividades seguirán predominando hasta la muerte del fundador, como queda dicho, las misiones rurales y los diversos trabajos para la formación del clero.

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Precisamente en el mismo año de 1633 se comenzó en San Lázaro una nueva forma de trabajo en la formación de los eclesiásticos que vino a ser conocida como Conferencias de los Martes por celebrarse en ese día de la semana. Esto era algo diferente de lo que el señor Vicente y sus hombres habían hecho hasta entonces en el trabajo de formación de sacerdotes, aunque estaba inspirado en la misma idea. Las Conferencias reunían a lo mejor del clero de París, y luego de provincias, para tratar «sobre las virtudes propias de su estado», dice el mismo Vicente.

La idea se la sugirió uno de los sacerdotes jóvenes que se había beneficiado de los retiros para ordenados. Vicente puso de inmediato la organización, un regla­mento y los locales de San Lázaro y de los Buenos Hijos a disposición de los que se reunían. Vicente fue, mientras vivió y se lo permitían sus otras muchas obli­gaciones, dice Bossuet, «el alma de la piadosa asamblea», a la que contribuía normalmente no como ponente principal, pero sí con observaciones, resúmenes y exhortaciones finales que, dice el mismo Bossuet, «escuchábamos con avidez».

El reglamento especifica que la asociación se funda para «honrar la vida de Nuestro Señor Jesucristo, su sacerdocio eterno y su amor a los pobres». No podía faltar este último punto en ningún tipo de actividad de la que Vicente fuera el animador. Ni tampoco podía quedarse en puro sentimiento lo que él entendía por la expresión «amor a los pobres». De manera que el mismo año en que se fundó la asociación Vicente orientó a sus miembros a dar en la capital una misión a los inquilinos de un hospital para ciegos. O sea, les orientó a hacer con las gentes pobres de París lo que su propia congregación no podía hacer por fundación más que en el mundo rural. La misión para ciegos fue seguida en años posteriores, por sugerencia suya, de otras misiones a albañiles y artesanos, soldados, pobres hospitalizados o asi­lados. Y cuando la reina en persona solicitó del señor Vicente que su congregación diera una misión en la ciudad de Metz v otra en la misma corte de París, Vicente se creyó obligado a declinar por considerar que el trabajo en ambos lugares se salía del terreno en que debía trabajar la congregación por él fundada, pero envió en su lugar a los miembros de las Conferencias, quienes dieron su misión en ambos lugares con mucho éxito.

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Que la verdadera y definitiva vocación del señor Vicente iba a resultar ser no la de misionero rural, que Dios le había revelado por Margarita de Silly, sino la mucho más amplia de evangelizador de los pobres, se lo reveló Dios a través de otras mujeres, las hijas de la caridad, y en particular a través de su fundadora, Luisa de Marillac. Todas las biografías y la opinión general consideran a Vicente el fundador de las hijas de la caridad. El mismo, sin embargo, insistió hasta cansarse en que la fundación era cosa de Dios, no suya, y la consolidación obra más bien de Luisa de Marillac. Esta insistencia del señor Vicente se suele despachar con mucha facilidad atribuyéndola a su humildad. Con esto se quiere decir que como era humilde no hay que hacerle mucho caso, ni tomar su palabra demasiado en serio. Pero habría que hacerle caso, pues precisamente porque es humilde Vicente de Paúl se atiene a la estricta verdad teológica y también a la histórica.

Así nació la Compañía de las Hijas de la Caridad. Margarita Naseau, joven pastora de Suresnes, en aquel entonces un pueblo cercano a París, se presentó al señor Vicente ofreciéndose voluntaria para trabajar en la asistencia a los enfermos. Vicente la dirigió a Luisa de Marillac, quien la puso a trabajar en la primera de las cofradías fundadas en París, en la parroquia de San Salvador. Esto sucedía a finales de 1629 o principios de 1630. Margarita había estado unos pocos años, no se sabe cuántos, viviendo un tipo de vida que no podía deberse más que a la inspiración del Espíritu Santo. El tener que cuidar las vacas desde niña le impidió acudir a la escuela de su pueblo. Se compró «un alfabeto», y con él acudía al párroco, o a cualquier persona con aspecto de saber leer que pasara por donde cuidaba su ganado, y le preguntaba por el nombre de tres o cuatro letras. Así, poco a poco, con constancia y con imaginación se enseñó a sí misma a leer. Se puso de inmediato a enseñar a leer a otras jóvenes, durante las horas de su trabajo de pastora o después de encerradas las vacas en el establo, a veces hasta horas muy tardías. Esto en Suresnes y en los pueblos cercanos, viviendo en condiciones desgarradas: casas abandonadas, comida escasa. Ella misma contó a Luisa de Marillac que una vez que había estado sin comer varios días se encontró al volver de misa con que una mano desconocida le había dejado provisiones para una temporada. Ayudó también con los ahorros de su pobreza a varios jóvenes que llegaron después a ser sacerdotes.

Margarita conoció al señor Vicente en una misión. Había oído hablar de que en París se asistía a los enfermos pobres en sus casas, y se le ofreció para este trabajo. Y aunque era París un mundo nuevo para ella, y la asistencia a los enfermos un trabajo totalmente desconocido, pero que, decía el señor Vicente, ella pensó era mejor que su trabajo anterior. Margarita resultó ser tan eficaz, tan servicial, tan humilde y entregada que llegó a gozar en poco tiempo de la estima general. «Todos la querían porque no había nada en ella que no fuese amable», decía años después admirativamente el señor Vicente. Margarita murió no se sabe cuándo, pero cier­tamente antes de que a finales de 1633 se reuniera en casa de Luisa de Marillac el primer grupo de cuatro jóvenes que luego resultaron ser las primeras hijas de la caridad. Murió por exceso de caridad, por haber dejado dormir en su propia cama a una joven enferma de peste, de la que, contagiada, murió ella misma. Al sentirse enferma se fue a morir al hospital de San Luis, «con el corazón lleno de alegría y de conformidad con la voluntad de Dios».

Esta fue la que el señor Vicente calificó innúmeras veces como «la primera hija de la caridad», y propuso como ejemplo y modelo a las que llegaron a pertenecer a la compañía que se fundó después de su muerte. Aunque no fue sólo su vida ejemplar lo que tuvo que ver con la fundación. Su corta vida de sirvienta de los enfermos pobres atrajo a otras jóvenes a seguir su ejemplo. Empezaron a reunirse espontáneamente y a dejarse guiar por Luisa, quien las iniciaba en la vida de oración y en la técnica de asistencia a los enfermos, y enseñaba a leer a las que no sabían. Trabajaban en diversas parroquias de París, ayudando en el trabajo a las señoras de las cofradías, muchas de las cuales se habían cansado del servicio directo a los enfermos, o lo encontraban vergonzoso, o encontraban dificultades para dedicarse a él por razón de las obligaciones familiares, y comenzaron a pasárselo a sus criadas. Pronto tuvo Luisa la idea de reunir a las jóvenes en su propia casa para poder formarlas más a fondo en la necesaria vida espiritual, en cultura y en su trabajo de enfermeras.

La idea de reunir a las muchachas en su casa fue ciertamente de Luisa de Marillac y no del señor Vicente. Este más bien se opuso a la idea durante dos años por la razón de costumbre en el Vicente adulto: porque no acababa de entender o de ver si aquello era de verdad la voluntad de Dios. Aquello era atractivo, aquello era original y hasta curioso, pero no parecía ser exigido, ni siquiera insinuado, por los medios habituales de expresarse Dios en el mundo, los acontecimientos. Es más, Vicente creyó con razón en un primer momento que Luisa sería absorbida por la atención a las muchachas y dejaría por ello el trabajo de visita a las cofradías. Le escribe: «Usted desea convertirse en sierva de esas pobres muchachas y Dios quiere que sea sierva de El y tal vez de más personas a las que no podría servir de esa otra manera». Cedió después de pensarlo mucho, porque «su ángel bueno (el de Luisa) se ha comunicado hace cuatro o cinco días con el mío acerca de la caridad de sus jóvenes». Parece que por fin coincidieron los dos ángeles en pensar que aquello era una buena idea. Con el visto bueno de su director Luisa recogió en su casa a cuatro de entre las jóvenes, campesinas todas ellas como Margarita Naseau. Esto sucedía el día 29 de noviembre de 1633, día que las hijas de la caridad han mirado siempre como su fecha de fundación.

Este es el otro hecho que junto con el de su traslado a San Lázaro un año antes iba a introducir al señor Vicente por caminos que no podía ni sospechar a sus 53 años. Si el priorato de San Lázaro se convirtió poco a poco en la base que iba a hacer de Vicente de Paúl una figura de proyección nacional, la asociación de su nombre al de las hijas de la caridad iba a darle una proyección de alcance mundial, proyección que él por supuesto ni preveía ni siquiera podía sospechar cuando dio el visto bueno a Luisa de Marillac para que reuniera en su casa a las cuatro primeras. Desde el primer momento Vicente fue el animador espiritual de aquel humilde grupo. Se debe reconocer que muy pronto vio las posibilidades de todo tipo que, por encima de servir de simples ayudas a las señoras de las cofradías, ofrecía aquella nueva idea. Fue dotando al grupo de una teología sólida, casi nueva también en la historia de la teología, y ciertamente no debida a ninguno de los maestros espirituales que leyó o que trató en su vida.

Ni Benito de Canfeld, el profundo místico abstracto del que Vicente aprendió el valor absoluto de la voluntad de Dios; ni el padre Rodríguez, del que aprendió la necesidad de una vida ascética total: ni Francisco de Sales de quien aprendió lo que vimos arriba y otras muchas cosas, como la necesidad de una vida auténti­camente contemplativa basada en el amor de Dios; ni Berulle, que le descubrió el lugar central que ocupa en la fe cristiana el misterio de la encarnación; ni ningún otro a quien leyó o trató. Gerson, el Kempis, Granada, Teresa de Jesús, Duval, le enseñó lo que fue aprendiendo día tras día de la atención entregada y humilde de las hijas de la caridad a lo más pobre y olvidado de la sociedad francesa de su tiempo: galeotes, niños abandonados, ancianos, enfermos pobres. Una enseñanza práctica que él luego les devolvía elaborada teóricamente en sus charlas, en sus consejos, en su preocupación por cada una de ellas.

Vicente veía con toda claridad que aquello no podía haberlo inventado él, que aquello era obra del amor misterioso y misericordioso de Jesucristo por los pobres, que aquello era la mejor manera de continuar la misión misma del Hijo de Dios en la tierra, que vino a este mundo para evangelizar a los pobres. No lo había inventado él, ciertamente; pero es que ni siquiera le había dado a él la idea el Espíritu Santo, sino a Luisa de Marillac. Y aunque él les hablaba casi semana tras semana, y así hasta la muerte, y les orientaba, y trabajaba pacientemente y sin prisas para que aquella novedad fuera siendo aceptada poco a poco por las auto­ridades civiles, por las religiosas, por la opinión pública, era Luisa de Marillac la que con una paciencia y flexibilidad infinitas, con un amor a toda prueba, con una constancia de hierro a pesar de las muchas dificultades, las iba modelando para hacer de cada campesina analfabeta que caía en sus manos uno de los modelos más auténticos de fe que había producido la iglesia de Cristo en diecisiete siglos de historia. Aquello era nuevo, aquello no se podía haber inventado por designio, aquello le había cogido a él mismo por sorpresa. El conocía muy bien la historia de la iglesia y sabía, y se lo decía a ellas, que «desde el tiempo de las mujeres que sirvieron al Hijo de Dios y a los apóstoles no se ha hecho en la iglesia ninguna fundación» para hacer lo que ellas hacían y ser lo que ellas eran.

Habían dejado sus casas y sus vacas, sus familias y sus posibles hijos para dedicarse en cuerpo y alma por amor a Cristo a cuidar con amor de hermanas y de madres a los que nadie quería ni cuidaba. No les propone el señor Vicente como modelo de identificación ninguna de las muchas mujeres santas y religiosas del pasado. El modelo de la hija de la caridad es la campesina que era ella misma antes de venir a París, con todas las virtudes de las campesinas virtuosas: sencillez, transparencia, humildad, cordialidad, falta de pretensiones y de ambición, sobriedad, pureza, modestia, po­breza, amor al trabajo, confianza en Dios, obediencia. En suma: la hija de la caridad debe reproducir en su vida una manera de ser que ha sido encarnada a lo largo de muchos siglos en todos los países cristianos por uno de los ejemplares humanos más perfectos que se ha producido en la evolución cultural de la humanidad: la joven cristiana del mundo rural, ejemplar que el señor Vicente conocía muy bien, les dice él mismo, por su experiencia misionera y por su nacimiento.

Vicente quiere que la joven que viene a París para ser hija de la caridad siga siendo como ha sido hasta ahora, como son las jóvenes campesinas antes de que el matrimonio y la maternidad desfiguren un poco, o mucho tal vez, el diseño perfecto. La figura resultante no tiene por qué ser en manera alguna una tímida y apocada figura femenina. Juana de Arco procedía del mismo medio, o Teresa de Jesús, a quien Vicente les propone de modelo con frecuencia: también santa Genoveva, que durante el asedio de París por las huestes de Atila animó a la población a la resistencia; y entre ellas mismas una admirable hermana de la primera generación, Juana Dalmagne, de la que testimonió una compañera suya que «tenía una gran libertad de espíritu y hablaba con tanta franqueza a los ricos como a los pobres cuando veía en ellos algo malo. Una vez que se enteró de que algunas personas ricas se habían librado de impuestos que luego recayeron sobre los pobres, les dijo con toda libertad que eso iba contra la justicia y que Dios les juzgaría por ese abuso».

A veces las mismas jóvenes dieron a su propio fundador una lección sobre el verdadero motivo por el que Dios las había creado. Esto se dio, por ejemplo. en una ocasión, sólo tres años escasos después de la fundación, en que a instancias de la duquesa de Aiguillon, bienhechora extremadamente generosa a quien el señor Vicente no podía negar nada, éste asignó para compañía de ella a dos jóvenes de la Caridad. Las dos se negaron a hacerlo, una después de otra, recordándole, escribe el mismo Vicente, que habían «dejado a su padre y a su madre para entregarse al servicio de los pobres por amor de Dios». Sus nombres merecen pasar a la posteridad. Son estos: María Denyse y Bárbara Angiboust. Y ésta fue la reacción del señor Vicente ante la lección que le dieron las jóvenes. Escribe a Luisa de Marillac: «¿No le emociona ver la fuerza del espíritu de Dios en esas dos pobres jóvenes? No puede usted imaginar el ánimo que esto me ha dado por la Caridad».

Vicente quiere mantener a la joven de la Caridad tal cual ella es. No la retira del mundo por la clausura, pues ha sido diseñada por Dios mismo para ayudar en el trabajo de redención del mundo. Pero sí la retira de los compromisos con el mundo y con el sistema social establecido por medio de la pobreza, la castidad y la obediencia. La pobreza hará que la dedicación de su vida a los pobres no se vea afectada por las trampas y tentaciones del sistema económico en que le toque vivir, sea cual sea: la castidad la sustrae de los sistemas imperantes en todas las culturas que, como ha descubierto la antropología moderna, consideran los cuerpos de las mujeres como bienes de intercambio. La hija de la caridad no está en venta para el mejor postor. Ha entregado cuerpo y alma gratis a los pobres. La obediencia le librará de las posibles veleidades e inconstancias de su propia voluntad. Esta joven campesina quiere entregar su vida a los pobres de Cristo hasta la muerte.

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A la figura resultante se le ha calificado muchas veces como una nueva forma de vida religiosa, una nueva, original y diferente clase de monja. Pero a cualquiera que mire a esa figura sin prejuicios y sin la deformación profesional de perspectiva que puede producir la especialización de conocimientos en derecho canónico, en historia de la iglesia, en espiritualidad, le parecerá palmario que la figura que Dios se inventó, que Luisa formó y que Vicente de Paúl animó no es en modo alguno una nueva manera de vivir la vida religiosa, sino una nueva manera de vivir la vida secular y seglar cristiana. Luisa de Marillac, cuando las reúne en casa, no deja por ello de ser la viuda de profesión que había sido hasta entonces, ni las cuatro campesinas, al reunirse bajo la dirección de Luisa, abandonan el status jurídico de simples fieles en que las colocó el bautismo. Esto no cambió en sus elementos fundamentales mientras vivieron los fundadores.

Poco más de un mes después de que comenzara humildemente su existencia lo que con el correr del tiempo se iba a convertir en la institución femenina más numerosa en la historia de la Iglesia Católica, terminaba el año de gracia del Señor de 1633. Es seguro que el señor Vicente haría en San Lázaro su habitual día de retiro de fin de año. Un alto de reposo en su agitada vida le revelaría a este hombre de memoria larga y precisa las muchas gracias por las que tenía que mostrar gratitud a Dios desde que vio la luz en una pequeña aldea de Las Landas cincuenta y tres años antes. También volvería a lamentar una vez más, como era su costumbre, los errores, los deseos mal controlados, las ambiciones ciegas que estuvieron a punto de torcer para siempre los designios de Dios sobre su vida.

Como quiera que fuere, allí estaba él, ahora, ocupando una modesta habitación en un edificio de renombre en la ciudad de París, dirigiendo desde ella un mo­vimiento de obras y un número de personas que ya empezaban a ser importantes y conocidos: cofradías parroquiales en el campo y en la ciudad: una congregación de misioneros, una incipiente comunidad de mujeres dedicadas profesionalmente a la caridad. Su nombre sonaba ya con fuerza en los medios sociales de París, en los oídos de varios obispos, entre el clero de la ciudad y las diócesis vecinas; incluso en Roma. Había que dar gracias a Dios por todo ello. Nunca en sus sueños juveniles más ambiciosos pudo el señor Vicente sospechar lo que iba a caer en sus manos, pero por designio de Dios, no como creación planificada de sus, por otra parte, admirables cualidades humanas. Ni puede sospechar lo mucho que está aún por venir, aunque lo que tiene entre manos es ya suficiente para llenar con dignidad las exigencias de cualquier vida.

Tiene que velar para que sus misioneros, unos veinte, estén ocupados durante ocho meses del año en continuar la empresa de catequización de los campesinos que él había comenzado quince años antes. Les forma como misioneros, les anima, colabora con ellos en las misiones, aunque ya con menos frecuencia que en los primeros años. Otras obligaciones le retienen en París: la dirección de los que se quedan en los Buenos Hijos y en San Lázaro, jóvenes clérigos, algunos sacerdotes, algunos hermanos; la atención continua y charla casi semanal con el pequeño grupo dirigido por Luisa de Marillac: la también semanal conferencia de los Martes con el clero de París; la participación en los ejercicios a ordenandos que se tienen en los Buenos Hijos; la dirección del monasterio de la Visitación; la atención a los muchos problemas que surgen en las cofradías parroquiales; en fin, las obligaciones que se derivan de su cargo de capellán general de las galeras. A todo eso hay que añadir los múltiples problemas de administración de un feudo grande y complicado como es el de San Lázaro.

El no podía ver en aquel día final de 1633 que todo eso no era más que prólogo y preparación para lo que le iba a venir encima en los veintisiete años que le quedaban de vida en este mundo. Ni sabía tampoco, por supuesto, que iba a vivir aún otros veintisiete años, ni lo podía esperar razonablemente para sí mismo. Pocos franceses llegaban, como él llegó, a la edad de ochenta años. La mayor parte no llegaban siquiera a los cuarenta. Cualquiera de las varias enfermedades que le perseguían desde años más jóvenes podía haber dado con su cuerpo en la tumba mucho antes, como daban con él periódicamente en la cama las fiebres recurrentes y pertinaces. No era el suyo ciertamente un organismo enfermizo o débil, y por eso vivió tanto, pero pudo muy bien haber muerto mucho antes, y estuvo en peligro inminente de hacerlo más de una vez. Más de veinte años antes de morir estuvo con la idea de que podía morirse en cualquier momento; se preparaba cada día para ello, pero no por ello disminuyó el ritmo de su actividad o la regularidad de una vida que comenzaba a las cuatro de la mañana y terminaba a las diez de la noche o más tarde. Entre una hora y otra Vicente de Paúl invertía al día unas doce horas de trabajo, y además el tiempo exigido por las obligaciones regulares de la vida común: rezo del oficio divino, oración, misa, charlas espirituales con su comunidad, recreaciones.

Este hombre, que nació y se crió móvil y andarín, va a tener desde ahora hasta la muerte una vida aparentemente sedentaria. Pero su alma ambiciosa va a seguir moviéndose sin descanso hacia lo profundo de su ser, donde habita Dios, y su espíritu inquieto hasta los límites del mundo.

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