Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 21

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Luis Abelly

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Ecuanimidad

La igualdad de espíritu es una de las señales más seguras, o mejor, uno de los más excelentes frutos de la perfecta mortificación. Por medio de ella se adquiere un dominio tal, no solamente sobre los sentimientos externos, sino también sobre todos los movimientos internos del alma, que todo lo que ocurre fuera, y todo lo que se puede sentir dentro, no es capaz de provocar ninguna turbación a quien se adueñe de esta virtud; de forma que en la parte superior de su alma disfruta de continua tranquilidad, y permanece siempre en apacible posesión de sí mismo; y cualesquiera accidente que le pueda ocurrir, en cualesquiera conyunturas de problemas en que se puede hallar, y cualquier cosa que se le pueda decir o hacer, nada le puede alterar ni estremecer: se ve siempre brillar una misma serenidad en su cara, y una misma discreción en todos sus actos y en todas sus palabras, su voz no cambia ni de tono, y su corazón, al mantenerse en un mismo equilibrio, conserva todo su interior en una constante igualdad, también reconocible al exterior.

He ahí un pequeño bosquejo, aunque imperfecto, del estado al que llegó el Sr. Vicente, mejor, al que había sido elevado por la práctica de todas las virtudes, de las que hemos hablado en los Capítulos anteriores, y, especialmente, de la mortificación, que parecía que le había sometido todos los movimientos de sus pasiones. Así que no recibía ninguna turbación ni alteración de ellas, manteniendo siempre su espíritu en una santa igualdad, que se daba a conocer hasta en su cara y en todo su porte exterior.

Esa constancia e igualdad de espíritu del Sr. Vicente se hizo notar: En primer lugar en su modo de vida, siempre humilde e inclinada a la piedad y a la caridad, sin haber sido interrumpida nunca por algún desorden de juventud, ni por el relajamiento en el progreso de la virtud; ni tampoco en la decadencia de su edad y en la ancianidad.

Conservaba siempre su orden habitual en los actos espirituales y en el camino de perfección, siguiendo recto tras de Nuestro Señor, y llevando a los suyos a la práctica de las máximas del Evangelio y de las Reglas de su estado, él les daba el ejemplo en todos los sitios y en todos los tiempos: en la tribulación y en el consuelo, en la salud y en la enfermedad, en los grandes fríos y en los calores excesivos; porque todas esas cosas le eran iguales ante Dios. Y lo mismo podríamos decir de todo lo demás. Se ha hecho notar a menudo en algunos asuntos en los que estuvo ocupado, y también en la mayor urgencia y multitud de oportunidades por los que estaba a veces agotado; pero, si venía alguno a interrumpirle y a hablarle, le escuchaba, y respondía con tanta presencia de ánimo y tranquilidad, como si no tuviera ninguna otra cosa que hacer, una señal bien evidente de esa igualdad en la que mantenía su espíritu. Aún aparece ésta más maravillosa en la constancia con que ha perseverado en todas sus iniciativas y actos de caridad, estando sin cesar dedicado al servicio de los pobres, a la instrucción de los pueblos, y a los medios de perfeccionar al Estado eclesiástico, sin desistir jamás de lo que había comenzado bien. No ha abandonado nunca una cosa para comenzar otra, y entre tantas obras como empezó no ha dejado ninguna antes de tiempo, sino que las ha sostenido y perseguido hasta el fin con una igualdad de espíritu y una constancia maravillosa, a pesar de las contrariedades, obstáculos y persecuciones, que robustecían su ánimo en lugar de quebrantarlo.

Pero lo que es tanto más admirable cuanto más raro, es que el Sr. Vicente haya conservado esta igualdad de ánimo entre todos los diferentes empleos y asuntos, y también entre todos los compromisos como ha tenido en los Consejos de sus Majestades. Y ese aire de la Corte, que es tan penetrante, que es difícil hallar ningún espíritu, por muy fuerte que pueda ser, que no experimente alguna alteración, nunca ha causado ninguna impresión en el del Sr. Vicente, pues estaba tan tranquilo y recogido entre la muchedumbre de cortesanos, como en la Compañía de los Misioneros; tan humilde en el trato con los Grandes, como en la conversación con los pequeños. Todos los cargos que ha tenido en los Consejos, durante tantos años, no le han hecho abandonar ninguno de sus actos habituales, ni disminuir nada de su respeto y de su afabilidad con cada uno. Un día reflexionaba sobre eso un Prelado muy virtuoso, que había venido a visitarlo a San Lázaro, y admiraba especialmente una humildad tan grande en un hombre que había sido elevado a cargos tan honoríficos y tan importantes, además de que, por otra parte, era Superior General de su Congregación, y Fundador de varias Compañías, y no pudo contenerse sin decir: El Sr. Vicente es siempre el Sr. Vicente, es decir, tan humilde, tan afable y tan dispuesto para servir a quienquiera que sea, como antes de estar empleado en los asuntos de la Corte, haciendo mentir el Proverbio que dice que los honores cambian las costumbres.

De un modo especial ha puesto de manifiesto esa igualdad de ánimo en las grandes pérdidas que le han ocurrido de los bienes que le eran necesarios para la subsistencia de los de su Congregación y para el servicio de Dios. Y como varias casas de la Misión tenían la mayor parte de su base económica dependiente del Patrimonio Real, y de los impuestos directos, coches, carrozas y otras cosas parecidas, con frecuencia le venían a decir que le habían deducido un cuarto, a veces dos cuartos, y, a veces, todo un año; que una finca había sido saqueada, que los caballos y otros animales habían sido robados, o bien, que habían ocurrido otras pérdidas y lamentables accidentes; y en todas esas circunstancias no se le oía decir otra cosa que: ¡ Alabado sea Dios; debemos someternos a su Voluntad, y aceptar con gusto lo que le plazca enviarnos! Y la mayor queja que se le ha oído alguna vez, fue decir: Creo que finalmente nos veremos obligados a ir de vicarios a las aldeas, si Dios no se compadece de nosotros.

Pero su igualdad de ánimo se ha dejado ver particularmente con ocasión de la pérdida de la finca de la que hemos hablado en el Capítulo 18, porque, cuando le llevaron la noticia, la primera palabra que dijo fue ésta: ¡ Bendito sea Dios!, frase que repitió cinco o seis veces, y al mismo tiempo se fue a la iglesia, permaneció allí durante algún tiempo de rodillas ante el Santísimo Sacramento. Pero, lo que hace más admirable esa igualdad de ánimo en esa ocasión es que él no esperaba de ningún modo aquella pérdida, según la opinión de ocho abogados de los más famosos del Parlamento de París, que habían sido consultados sobre el caso; todos unánimente habían concluido que el derecho de la casa de San Lázaro estaba bien fundado, y hasta lo consideraban sólido.

El Sr. Vicente también hizo ver cómo era su igualdad de ánimo cuando supo la noticia del naufragio de los barcos que el difunto Sr. Mariscal de la Meilleraye envió a la Isla de Madagascar. En ellos iban varios Misioneros y cantidad de dinero, muebles, libros y con qué subsistir durante varios años: todo eso se perdió, salvo los Hijos del caritativo Padre, que fueron salvados por especial protección de Dios. Sin embargo, todas esas pérdidas y lamentables accidentes no fueron capaces de quebrantar su ánimo, ni de hacerle cambiar la resolución de sostener aquella grande e importante empresa; al contrario, parece que aquello sólo sirvió para aumentar su entereza, pues envió a aquella misma isla en los barcos que salieron más adelante, a un mayor número de Misioneros que los que había hecho ir en ocasiones anteriores.

Esta misma igualdad de ánimo se ha hecho muy de notar en él, cuando la pérdida de varios miembros buenísimos de su Congregación, que se han consumido por los trabajos en los que él los había comprometido para el servicio de Dios: pues cuando se enteró de la noticia de su muerte, aunque al principio pareció sensiblemente emocionado, con todo, recogiendo inmediatamente su espíritu y elevándose hacia Dios, se sometió al designio de su Divina Majestad, y se mantuvo así en su igualdad habitual.

He aquí lo que le escribió un día a uno de sus Sacerdotes acerca de este tema: «¿Conque no se ha enterado usted —le dijo—de las pérdidas que hemos sufrido? ¡Ay señor! ¡Qué grandes han sido, no solamente por la cantidad de hombres que Dios nos ha quitado, en número de diez u once, sino por la calidad de sus personas, ya que todos eran Sacerdotes y de los mejores Obreros de la Compañía! Todos ellos han muerto sirviendo en las actuales circunstancias al prójimo, y de una manera muy santa y extraordinaria. Son los señores…etc., seis de los cuales han muerto de la peste en Génova, mientras servían a los apestados. Sin hablar de un Hermano. Y los otros han dado su vida temporal para procurar la eterna a los isleños de Madagascar y de las Hébridas. Son otros tantos Misioneros que tenemos en el cielo. No cabe duda de ello, puesto que se han consumido todos por la caridad, y no hay ninguna mayor que la de dar la vida por el prójimo, tal como el mismo Jesucristo dijo y practicó. ¡Que Dios sea, pues, glorificado, señor, por la gloria que ha dado a nuestros Hermanos, como tenemos motivos para creer, y que su voluntad sea siempre la paz y la calma de nuestros corazones afligidos! No puedo decirle cuán grande ha sido nuestro dolor al recibir esas noticias dolorosas, que han llegado casi todas al mismo tiempo; me resultaría imposible poder expresárselo. Usted mismo podrá juzgarlo por la pena que sentirá por ello, usted que quiere tiernamente a la Compañía. La verdad es que no podríamos recibir ninguna pena mayor y que nos afligiera tanto»..

He ahí sus sentimientos dolorosos por la muerte de sus Hijos más queridos, pero los que han visto su dulce y firme tranquilidad en esas desgracias dicen que era incomparable y que causaba una maravillosa edificación.

La igualdad de ánimo de este Varón de Dios fue un día probada por una gran aflicción y por una gran alegría, que lo sorprendieron súbitamente, una después de otra, sin que casi nadie se diera cuenta de ello, salvo aquellos a quienes lo declaró por necesidad. A finales del año 1659 envió a cuatro Sacerdotes y a un Hermano a la Misión de Madagascar. Llegados que fueron a Nantes, se enteraron de que debían embarcarse en La Rochela, y allí fueron, unos por tierra y otros por mar. El Sr. Étienne, que era el Superior, quiso ir por mar, y se hizo acompañar del Hermano para llevar los bultos. La barcaza, sobre la que iban, estuvo durante doce o quince días en un violento balanceo, y siempre a punto de hundirse, al no disponer ya ni de mástil. Ya la consideraban perdida, y así le escribieron al Sr. Vicente desde Nantes y La Rochela; y, al poco tiempo, dicha mala noticia fue confirmada por dos jóvenes que iban en la barcaza y que, en medio de la galerna, al ver que iban a encallar en un banco de arena, saltaron a un pequeño bote y así pudieron llegar los dos solos a La Rochela. Allí aseguraron que habían visto hundirse la barcaza y eso mismo, uno de los dos que era de París, le escribió a la Señora Sauvé, su madre, y ésta envió las cartas al Sr. Vicente. Este tenía razones muy particulares para lamentar, en aquella coyuntura, la pérdida del Superior por encima de cualquier otra pérdida y, en efecto, aquella noticia le produjo un dolor inconcebible. Pero lejos de dejarse llevar por las quejas, o por las exclamaciones, ni de dar ni siquiera muestra alguna de tristeza, ocultó a la Comunidad el accidente, y prohibió a tres personas que ya lo sabían, que dijeran nada a nadie, porque quería disponer de tiempo para prepararla para una aflicción tan grande, como tenía la costumbre de hacer hasta con las pérdidas menores, a fin de tener los espíritus tan resignados, que no se dejaran llevar por los movimientos descompuestos del mar proceloso de esta vida, pues deseaba que tuvieran todos la misma igualdad de ánimo que él tenía. Después de eso, dispuso inmediatamente y en secreto a otro Sacerdote. para que fuera a ocupar el sitio del que creía muerto; y cuando (el sustituto) ya se disponía a marchar y el Sr. Vicente escribía una carta a los otros Sacerdotes que estaban en la Rochela para decirles que les enviaba otro Superior, le trajeron del correo varios paquetes de cartas; entre ellas había dos cuya firma se parecía a la del Sr. Etienne, a quien creía muerto. Abrió las cartas, y mirando la firma, se encontró con que era él mismo quien le había escrito, una desde Bayona, y la otra desde Burdeos, para decirle que su barca había llegado a San Juan de Luz toda destrozada; que habían quedado todos vivos, como por milagro; y que iba por posta con el Hermano directamente a La Rochela para llegar allí antes de la salida del barco. Sólo Dios supo el consuelo que el caritativo Padre recibió con aquellas cartas: las leyó en presencia de su Asistente y de quien escribía en su nombre, que eran los que habían sabido la mala noticia; ambos quedaron admirados al ver pasar así súbitamente de un extremo a otro y de un estado de pena a un motivo de alegría, sin ningún signo externo de transporte ni de cambio tanto de su espíritu como de su cara. Dio gracias a Dios, alabó y lo bendijo por la vida, como por la muerte.

Fue así cómo la voluntad de Dios le era siempre igual, bajo cualquier color se le apareciera: es eso lo que ha hecho conocer a sus hijos, en infinidad de ocasiones.Y ahí va una Regla que se había prescrito para sí y para los suyos, con el fin de someterse por todo y en todas las cosas a la divina Voluntad.

«En cuanto a las cosas —dice— que nos sucedan inesperadamente, como son las aflicciones o los consuelos, sean corporales, sean espirituales, las debemos recibir con igualdad de ánimo, como procedentes de la mano paternal de Nuestro Señor».

Con ese espíritu el Sr. Vicente recibió en el año 1660, siete meses antes de su muerte, la separación de su querido compañero el Sr. Portail, expresado en una carta, que escribió por entonces a uno de los suyos: «Dios ha querido —dijo— privarnos del buen Sr. Portail. Murió el día cuatro de este mes. Siempre había tenido miedo a la muerte, pero, al verla acercarse, la ha visto con paz y resignación, y me dijo varias veces, cuando lo visitaba, que no le quedaba ninguna huella de sus pasados temores. Ha terminado como ha vivido, usando bien sus sufrimientos, practicando las virtudes y el deseo de consumirse, como Nuestro Señor, en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Ha sido uno de los dos primeros que ha trabajado en las Misiones, y ha contribuido siempre en los demás trabajos de la Compañía, a la que ha prestado notables servicios en todas las actividades, de forma que habría perdido mucho en su persona, si Dios no dispusiera todas las cosas para mayor bien, y no nos hiciera encontrar nuestro bien, donde creemos recibir algún daño. Hay motivos para esperar que este servidor suyo nos será más útil en el cielo, que lo hubiera sido en la tierra. Cuando falleció, también la Señorita Le Gras estaba en las últimas, y creíamos que se iría antes que él, pero todavía vive. Dios no ha querido apesadumbrarnos con una doble aflicción».

Hemos de destacar que esta doble aflicción le sucedió un mes más tarde, e inmediatamente, la de la muerte del Sr. Abad de Chandenier, a quien apreciaba, honraba y quería muchísimo. Sabemos que todas esa pérdidas le afectaron en gran manera; pero, a pesar de todo, no perdió la tranquilidad de su espíritu, ni la serenidad de su rostro, ni siquiera lo más mínimo.

No solamente sufría sin alterarse el quedar privado de sus bienes y de las personas más útiles de su Congregación, ni tampoco perder su honor, su salud y su propia vida.

Se dominaba hasta tal punto, que cuando le decían palabras punzantes, injurias y calumnias, como sucedía con mucha frecuencia, se mantenía siempre igual, y solamente respondía con su estilo habitual: sin acritud, ni cambio. Algunas personas que han presenciado eso y lo han admirado en diversas circunstancias, han confesado que ellas mismas sentían cierta emoción, aunque aquellas injurias o afrentas no se referían de ninguna manera a ellas.

Un día al volver de la ciudad durante la segunda guerra de París, disponíase a pasar por la puerta para venir a San Lázaro, cuando fue detenido por los burgueses, que la guardaban, y dieron muestras de quererle insultar; y alguno llegó hasta a amenazarle de muerte, obligándole a poner pie en tierra. Pero él no dejó de hablarles con su educación y moderación habitual, sin sorprenderse de sus amenazas. Y aquella gente, al ver su candor, le dejaron pasar. Pero eso fue la causa de que enviara donde el Sr. Duque de Orléans a pedir un pasaporte para entrar y salir libremente, pasaporte que le fue concedido inmediatamente

Se vio en varios peligros de muerte, sobre todo, cuando hizo el viaje a Bretaña: dos veces estuvo en peligro evidente de ahogarse, y una vez de ser asesinado: sin embargo, nunca se vio en él ninguna alteración de su espíritu, ni siquiera de su rostro. Por muchos dolores que ha aguantado en sus enfermedades, por mucha que fuera la duración que han tenido sus molestias, y los retrasos que ha experimentado en los asuntos, no se ha notado que se haya inquietado ni turbado en modo alguno. Permanecía en su profunda paz y su constante igualdad de ánimo, cuyos fieles testigos eran la dulzura de sus palabras y la serenidad de su cara en los ataques más injuriosos. Incluso dio motivos para pensar que no sufría mucho, y que era insensible, si, por otra parte, no le hubieran visto perder peso y debilitarse, particularmente antes de su muerte, pues en dicho tiempo se halló tan debilitado por diversas dolencias, que hasta él se veía morir, pues así lo decía, sin que por eso se viera en su cuerpo otro cambio que el de su debilidad y destrucción: pues él se mantuvo siempre sentado en su silla, vestido, como de ordinario, y consagrado a los asuntos, como antes. Hasta se vio que su espíritu cambiaba menos que antes, pues siempre parecía manso y tranquilo hasta el último suspiro, de modo que hay motivos para dudar, si se habrá visto alguna vez una igualdad más grande, más entera, más probada y más constante que la de este gran Siervo de Dios.

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