Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 50

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Enfermedades del Sr. Vicente y santo uso que hizo de ellas


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Para hacer un holocausto perfecto de la vida de este santo Sacerdote, y para que no quedara nada en él que no fuera consumido en el honor y por el amor de su Soberano Señor, faltaba que las enfermedades acabaran en su cuerpo el sacrificio, que las tribulaciones y las penas habían comenzado en su alma. Por eso, Dios quiso que, durante el curso de su vida se viera sometido a varias dolencias y que, al final, se viera sometido a grandes y dolorosas enfermedades, para que su paciencia llegara al culmen, y conceder la corona de la vida a su perseverancia y a su amor.

Hemos dicho en uno de los capítulos anteriores que, aunque era de salud bastante robusta, padecía varias enfermedades, que empezaron a molestarle desde los días en que vivió en la casa de Gondi. Fue entonces cuando sufrió una grave enfermedad, que le dejó las piernas y los pies hinchados en tal forma, que aquella afección le duró hasta la muerte

Además de eso, era, como ya lo hemos dicho, muy sensible a la influencia del aire, y, como consecuencia, sufría una fiebrecilla, que le era habitual, y que alguna vez le duraba tres o cuatro días, y otras, quince o más, sin que por eso interrumpiera sus actos acostumbrados, levantándose a las cuatro, con los demás, yendo a la iglesia a hacer la meditación, y dedicándose a las otras ocupaciones y asuntos, como si estuviera completamente bien. El la llamaba su pequeña fiebrecilla, y la curaba a base de sudores, y a ellos se sometía durante varios días seguidos, sobre todo, en verano. A tal fin, en el tiempo de los más grandes calores, cuando apenas se puede tolerar una sábana por la noche, tenía que cubrirse con tres mantas, y se ponía a ambos lados dos grandes botellas de estaño llenas de agua hirviendo, y pasaba la noche en aquel estado; así que a la mañana siguiente salía de la cama como de un baño, dejando el jergón y las mantas llenas de sudor; y se secaba solo: no quería permitir a nadie que le tocase.

No hay duda de que el remedio era aún más molesto que el mismo mal. Pero, el Sr. Vicente lo usaba de buen grado a pesar de la grandísima incomodidad que le acarreaba. El Hermano, que de ordinario le asistía en aquel menester, asegura que aquella mortificación le parecía insoportable, no sólo porque al Sr. Vicente le quitaba todo el descanso de la noche hasta el punto de no poder dormir cuando sentía semejante tormento, sino porque el excesivo calor que se veía obligado a sufrir le producía una incomodidad extrema, ya que en verano el calor más ligero parece tan molesto y difícil de sobre llevar.

Esos intensos y largos sudores unidos a la falta de sueño, que, por cierto, no lo reparaba con ningún descanso voluntario durante el día, lo debilitaban muchísimo. De ahí provenía que la naturaleza, sucumbiendo ante la debilidad, llegara a dormirse a veces en presencia de quienes le estaban hablando, y en alguna ocasión ante personas de categoría. Se hacía gran violencia para resistir al sueño, y en lugar de manifestar la causa de sus adormilamientos, que era la carencia de sueño por la noche, sólo lo atribuía a su miseria, éste era el término del que se servía ordinariamente.

Además de la fiebrecilla, sufrió durante largo tiempo una fiebre cuartana, que le atacaba una o dos veces por semana; y, a pesar de todo, era precisamente en el tiempo de las fiebres, cuando Dios se servía de él para hacerle participar en grandes cosas, ­ya hemos hablado de ellas­, y en ese tiempo fue cuando, en lugar de reposar en una enfermería, trabajaba con más asiduidad y bendición en el servicio de la Iglesia, y por el consuelo y la salvación de los pobres.

Tuvo otra notable y peligrosa enfermedad el año 1645. Durante ella comulgó devotamente todos los días. La violencia del mal le atacó a la cabeza: durante varias horas estuvo delirando y sólo hablaba de la abundancia de su corazón, es decir, palabras que manifestaban las santas disposiciones de que estaba lleno, y, entre otras, se le oyó repetir muy a menudo éstas: «In spiritu humilitatis, et in animo contrito suscipiamur a te, Domine», es decir, «Dígnate, Señor, recibirnos con un espíritu de humildad y un corazón contrito»

Durante esa grave enfermedad del Sr. Vicente sucedió una cosa digna de referirse: un sacerdote de su Congregación llamado Sr. Dufour, de la diócesis de Amiens, se hallaba también enfermo en la misma casa, y al oír que la vida del Sr. Vicente estaba en peligro, expresó por el Padre de su alma el mismo deseo que David había expresado tiempo atrás por su hijo Absalón, la de morir en su lugar, y, si fuera posible, la de salvar la vida del Sr. Vicente a costa de la propia. Y se vio que desde entonces el Sr. Vicente empezó a mejorar, y la enfermedad de aquel buen Sacerdote se agravó de tal manera que murió poco tiempo después. La noche que falleció, los que velaban al Sr. Vicente oyeron a eso de la medianoche tres golpes en la puerta de su habitación; fueron a ver quién había llamado, y no encontraron a nadie. Entonces el Sr. Vicente llamó a uno de los clérigos de la Compañía que lo estaba velando, y le hizo coger el breviario, y rezar algo del Oficio de Difuntos, como si supiera que dicho Sacerdote acababa de expirar, sin que nadie le hubiera dicho nada.

Estando en Richelieu el año 1649 se vio atacado por una fiebre terciana, pero no por eso interrumpió ninguno de sus actos habituales, aunque los accesos fueron bastante largos y violentos.

El año 1656 otra enfermedad que empezó con una fiebre continua de varios días, y que terminó con una gran fluxión en una pierna, que le mantuvo en cama algún tiempo, y le obligó a estar encerrado en la habitación cerca de dos meses, con tantas molestias, que, como no se encontraba bien en ninguna postura, había que llevarlo y traerlo desde la cama junto al fuego. Solamente con ocasión de esta enfermedad consiguieron de él y le obligaron a acostarse en una habitación provista de chimenea, para encender en ella fuego que le era tan necesario para aliviar sus molestias.

Después del año 1656 hasta el final de su vida, sufrió frecuentes ataques de fiebre y de otras enfermedades. Pasó una cuaresma sin apenas ganas de comer, hasta el punto de que casi no podía tomar nada. El año 1658 tuvo inflamado un ojo, irritación que le duró mucho tiempo, y después de haber probado varios remedios sin lograr ningún alivio, el médico mandó que le aplicaran sangre de un pichón recién matado. El Hermano cirujano de la casa de San Lázaro trajo el pichón, pero el Sr. Vicente no pudo sufrir que lo matasen, por más razones que le dieron, y decía que aquel inocente animal le recordaba a su Salvador, y que Dios sabría curarlo de otra forma; como así sucedió en efecto.

A fines del mismo año de 1658, cuando volvía de la ciudad con otro sacerdote, en la pequeña carroza, se rompió la correa de suspensión, y de repente volcó la carroza e hizo caer al Sr. Vicente, que se golpeó fuertemente con la cabeza en el empedrado; el golpe le causó molestias durante bastante tiempo, hasta el punto de que creía estar en peligro de muerte por aquella herida, y más por la fiebre que le había sobrevenido unos días después de su caída.

Finalmente, para no cansar al lector con el relato de todas las enfermedades que Dios le envió de vez en cuando al Sr. Vicente para ejercitarlo en la virtud, bastará con decir que hay pocas enfermedades e indisposiciones corporales que no haya experimentado. Dios lo quiso así a fin de que estuviera más capacitado para compadecerse de las del prójimo, y especialmente de las de sus hijos espirituales. No dejaba de visitarlos, cuando podía, en las enfermerías y en otros sitios, edificándolos, consolándolos y alegrándolos en todas sus visitas. Cuando se encontraba con alguno que estaba desanimado, o que se imaginaba que su enfermedad, por ser larga o extraordinaria, lo llevaría a la muerte o a un debilitamiento general, después de dirigirle alguna palabra de edificación para ayudarle a levantar su alma a Dios, decía de ordinario y, sobre todo, a los más jóvenes para animarlos:

«No tenga miedo, Hermano; yo he padecido esa misma enfermedad cuando joven, y aquí estoy curado; yo he padecido ahogos, y ya no los tengo; he tenido hernias, y Dios me las curó; me daban vahidos, y han desaparecido; sufrí operaciones en el pecho y debilidades de estómago, y salí de ello. Tenga un poco de paciencia ­le decía­, hay motivos para esperar que su indisposición será pasajera. Dios quiere servirse de usted todavía. Déjele hacer, entréguese a El con paz y tranquilidad», etc

Pero llegamos a la mayor y más penosa de todas las penalidades del Sr. Vicente. La podemos llamar especie de martirio; ella acabó con su vida y lo hizo más conforme a los sufrimientos de Jesucristo, como había siempre tratado de ser en la práctica de las virtudes y en la imitación de los trabajos. Conviene saber que sufrió la incomodidad de la hinchazón de piernas y de pies (ya hemos hablado de eso) por espacio de cuarenta y cinco años; y a veces llegaba a ser tan grande, que le costaba mucho mantenerse de pie, o andar, y otras veces solían estar tan inflamados y dolorosos, que se veía obligado a guardar cama. Por esa razón el año 1632, cuando vino a vivir a San Lázaro, se vio en la necesidad de disponer de un caballo, porque la casa estaba alejada de la ciudad, y por la multitud de asuntos que empezó a tratar en ese tiempo, y que siempre ha tratado en adelante. El caballo le sirvió hasta el año 1649; entonces el mal de las piernas creció sobre manera a causa de un largo viaje que hizo a Bretaña y a Poitou, viéndose por ello reducido a tal estado que ya no podía ni montar a caballo, ni bajar de él, por lo que se vio forzado a quedar en casa, y ya estaba resuelto a ello, si el difunto Arzobispo de París no le hubiera mandado servirse de una pequeña carroza.

La hinchazón de las piernas iba a más, y le subió hasta las rodillas el año 1656; solía doblarlas con dificultad, y no podía levantarse sino con grandes dolores, ni andar sino apoyándose en un bastón. Al cabo de poco tiempo, una de las piernas se le abrió en el tobillo del pie derecho, y le aparecieron nuevas llagas el año 1658. Los dolores de las rodillas fueron siempre aumentando, hasta que ya no pudo, a comienzos del año 1659, salir de casa. A pesar de todo, siguió por algún tiempo bajando a la planta baja para encontrarse en la oración en la iglesia con la Comunidad, y para celebrar la Santa Misa, y también para asistir a las Conferencias de los Eclesiásticos  en el salón destinado a tal fin. Por lo que toca a la misa, algún tiempo más adelante, como no podía subir ni bajar las escaleras de la sacristía, tuvo que revestirse y desvestirse ante el altar. A propósito de eso decía a veces sonriendo que se había hecho un gran señor, porque hacía lo que pertenece de suyo a los obispos.

A fines del año 1659 tuvo ya que celebrar en la capilla de la enfermería, pero las piernas, al fin, le fallaron totalmente el año 1660, último año de su vida, y ya no pudo decir más la Santa Misa; pero siguió oyéndola hasta el día de su muerte, por más que sufriera lo indecible en trasladarse de su habitación a la capilla, viéndose obligado a usar muletas para andar .

Iba perdiendo día a día, y no comía casi nada, y en aquel estado de decrepitud acompañado de enfermedades muy graves, quería que le llevaran muy poca comida, y nada de delicadezas. El médico empero, y algunas personas de condición y de grandísima virtud muy interesadas en su conservación le hicieron consentir, aunque muy contra su voluntad, que tomaría todos los días consomés, y que comería un poco de pollo. Pero, desde la primera o segunda vez que le ofrecieron aquella comida, dijo que le producía náuseas, que no la quería comer más, y consiguió de aquellas personas que no se la presentaran ya más. Eso no le impidió dedicarse continuamente a los asuntos pendientes, y a ordenar todo según su costumbre.

El buen Siervo de Dios se vio reducido a no poder andar más sino con muletas, y aún así con dolores indecibles, y hasta con peligro continuo de caerse por no poder casi mover las piernas. Por eso, el mes de julio del mismo año de 1660 le rogaron con insistencia que aceptara que en la habitación contigua a la suya se hiciera una capilla, para que sin salir pudiera oír la misa. Mas no quiso acceder nunca, diciendo con razón que las capillas domésticas, preparadas para celebrar misa en ellas, no debían permitirse sin gran necesidad, la cual no se daba según su punto de vista. Le rogaron que, al menos, diera por bueno hacerle una silla para trasladarle de su habitación a la capilla de la enfermería y así no sufrir tanto, y para que no se pusiera en peligro de caerse, cuando iba a oír la Santa Misa. Una vez más, su humildad logró impedir la realización de aquella propuesta hasta el mes de agosto, cuando, al no poderse sostener ya más ni con las muletas, consintió, por fin, que le hicieran una silla. Empezó a usarla el día de la Asunción de la Santísima Virgen, y continuó usándola unas seis semanas hasta su muerte. Aquella silla era para él motivo de una nueva pena, porque se la causaba a los dos Hermanos que la transportaban; y por eso, sólo quiso que lo llevaran a la capilla, que distaba de su habitación unos treinta o cuarenta pasos

Ciertamente, aún cuando el venerable anciano no hubiera padecido ninguna otra enfermedad que la de haber estado cerca de dos años obligado a vivir siempre sentado desde la mañana hasta la tarde, sin poder casi moverse ni aliviar sus molestias, y, especialmente el último año, le habría servido mucho para practicar la paciencia. Pero si consideramos los grandes dolores que las rodillas hinchadas y los pies ulcerados le causaban sin cesar, y, principalmente, durante la noche, pues no podía encontrar ni sitio ni postura que lo aliviaran, debemos reconocer que su vida era en aquellas circunstancias un continuo martirio. Pero, además, Dios permitió que le apareciera una nueva causa de sufrimiento, que lo purificó tanto, que bien se podía decir de él, comparándolo con el Divino Maestro, que en verdad era un varón de dolores. El último año de su vida le sobrevino una gran dificultad para orinar, que le produjo muchos dolores y molestias sin cuento; porque no podía levantarse ni ayudarse de ninguna de sus piernas, y el menor movimiento que hacía al coger con sus manos una cuerda que estaba atada a una viga de la habitación, le producía dolores muy agudos. En medio de los mayores sufrimientos no se le oía ninguna queja; solamente algunas aspiraciones hacia Dios, y repetía con frecuencia estas palabras: «¡Ah, Salvador mío! ¡Mi buen Salvador!», y otras parecidas, que profería con un tono de voz lleno de devoción. Dirigía a menudo sus ojos a una crucecita de madera, en la que estaba pintado Jesucristo, y que la había mandado poner frente a él delante de su silla para su consuelo.

Entre tantos dolores siempre se mantuvo en su estilo de vida dura y austera, sin tolerar jamás que le acostaran en una cama blanda, sino en un jergón, para pasar sobre él cinco o seis horas de la noche, no tanto para descansar, cuanto para experimentaren él nueva materia de sufrimientos; porque las serosidades cáusticas que fluían durante el día de las úlceras de sus piernas en tal abundancia que formaban, en alguna ocasión, un arroyuelo sobre el suelo, por la noche eran detenidas en las articulaciones de las rodillas, y le causaban un incremento de los dolores, que, con su continuidad y violencia, le iban enflaqueciendo y consumiendo poco a poco.

Se le veía debilitarse y perder peso día a día, y, sin embargo, no dejaba ni un solo momento de atender a las necesidades de su Congregación, de las Compañías de fuera dirigidas por él, y de otros asuntos que estaban a su cargo. Enviaba a algunos de sus Sacerdotes a los sitios adonde no podía ir él, confiándoles lo que tenía que decir, y de qué forma debían portarse. Recibía gran cantidad de cartas, las leía y respondía. Reunía a menudo a los Oficiales de la casa, y a sus Asistentes; les hablaba a todos juntos, o a cada uno en particular, según necesidad; se informaba cómo estaban los asuntos, y deliberaba con ellos; atendía a todo, y daba las órdenes precisas; mandaba Obreros a trabajar en las misiones, y los reunía para acordar con ellos la forma de hacerlas útil y fructíferamente.

Finalmente, entre todos sus esfuerzos por trabajar y por padecer, su naturaleza quedó tan exhausta, que ya no podía atender, ni hablar, sino con mucha dificultad. Y, a pesar de todo, en medio de aquella postración de espíritu y de cuerpo, pronunciaba charlas de media hora y aún más, con tanto vigor y tanta gracia, que los que le escuchaban quedaban admirados. Y ellos son los que después han asegurado que no le habían oído nunca hablar con tanto orden y tanta energía. Y lo que todavía causa más admiración es, que en medio de todas sus angustias tan largas y tan molestas siempre aparecía, tanto a los de la Misión, como a las personas de fuera que iban a verle, con un ánimo dulce, una cara sonriente, y con palabras tan afables, como si estuviera gozando de buena salud.

Si le preguntaban sobre su enfermedad, hablaba de ella como de una cosa de la que no había que preocuparse; y decía que no era nada en comparación con lo que sufrió Nuestro Señor, y que había merecido otros castigos mayores. Y cambiaba con habilidad la conversación para compadecer a quien le hablaba, cuando se había enterado de alguna de sus penas o enfermedades, como si le fuera más de sentir que sus propios dolores.

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