Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 49

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Reflexión acerca de las penas y los sufrimientos experimentados por el Sr. Vicente


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Todos los que quieran vivir virtuosamente en el servicio de Jesucristo deben sufrir, como dice el Apóstol, alguna contrariedad y tribulación. Hay que llevar su librea, es decir, alguna porción de su cruz y de sus espinas, para ser digno de seguirlo, y para reinar en la eternidad con El, hay que sufrir con El a lo largo de esta vida.

El Sr. Vicente, por haber prestado tan grandes y fieles servicios al Rey de la gloria, y por haber tratado de imitarlo en todo, no debía ser privado del honor de participar de su cruz y de sus sufrimientos. No hablaremos aquí de los que se procuraba así mismo con austeridades y mortificaciones externas e internas; ya hablaremos de ellas en el Libro Tercero; sino solamente de algunas penas y congojas producidas o por parte de los hombres, o por particular permisión de la Providencia de Dios.

Y en primer lugar, aunque el Sr. Vicente haya actuado siempre en todo con tanta prudencia, tanta circunspección, tanta deferencia, tanta humildad y caridad, hasta el punto de que se podía decir, que quizás no se haya visto ni en nuestro tiempo ni en el de nuestros Padres a un hombre acometer y sostener diversas obras de piedad y de caridad públicas y expuestas a la censura de todo el mundo con menos ruido y contradicción, sin embargo, no ha dejado de sentir en más de una ocasión los dardos enemigos de la murmuración y de la calumnia. Como no podía contentar siempre a Dios y a los hombres, especialmente durante su actuación en los Consejos para la concesión de los Beneficios, que le obligaba a menudo a negarse y hasta a oponerse a las injustas pretensiones de los particulares, que se consideraban muy ofendidos, se veía obligado a sufrir quejas, murmuraciones, reproches, y, a veces, atroces injurias y tremendas amenazas hasta en su propia casa; sin contar las invectivas y las calumnias difundidas en diversos ambientes por espíritu de venganza contra su reputación y contra su honor. Pero no era ése el principal motivo de sus penas, porque en lugar de molestarse por ello, era para él una de las mayores alegrías sufrir afrentas e injurias por el servicio y por el amor de Jesucristo.

También le ocurrió más de una vez experimentar pérdidas muy notables y grandes daños y perjuicios, principalmente en tiempo de guerra. Por esos días vio la casa de San Lázaro y casi todas sus fincas, asoladas por los soldados; los animales, robados, y todas las provisiones de grano, de vino y de otras cosas, disipadas y agotadas. Mas él creía que esas pérdidas eran un gran beneficio, ya que veía en ello el cumplimiento de la voluntad de Dios, y una ocasión favorable para hacerle un holocausto de todas las cosas externas, y para conformarse perfectamente con su santa voluntad, que era su principal, o mejor dicho, su único tesoro.

Las persecuciones y las vejaciones en su honor o en sus bienes, aunque penosas y molestas para el sentir de la naturaleza, no eran las que le causaban mayores penas. Había otras causas de dolor y de aflicción más sensibles y que le afligían mucho más cruelmente el corazón. Esos motivos eran ver por un lado a Francia, y a casi todas las Provincias de la Cristiandad asoladas por las guerras, causa de tantos asesinatos, violencias, sacrilegios, profanaciones de iglesias, blasfemias y atentados horribles contra la misma persona de Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. Por otro lado, los cismas y las divisiones surgidas entre los católicos, con ocasión de los nuevos errores, que han perturbado a la Iglesia, y dado tantas ventajas a los enemigos de la Fe católica. En una palabra, todas las impiedades, todos los escándalos y todos los crímenes que veía, o que sabía que se cometían contra Dios, eran otras tantas flechas aceradas que le traspasaban el corazón. Y como todos esos males habían inundado en su tiempo a toda la tierra, podemos pensar que tuvo siempre a su alma, como hundida y anegada en un mar de amargura y de dolor

Hubo también para su pena otro motivo, que le era particularmente sensible: la muerte de los buenos servidores de Dios y de hombres apostólicos, al ver, por un lado, que el número de sus hombres era pequeño, y, por el otro, que la Iglesia tenía de ellos grandísima necesidad, y al creer que no había nada en el mundo nada más precioso ni más deseable que un buen Obrero del Evangelio. Por eso, quedó muy impresionado por la pérdida, a lo largo de varios años, de los mejores misioneros de su Compañía, tanto en Francia, como en los países extranjeros, que estaban en edad y en disposición de prestar todavía grandes servicios. Cinco o seis murieron en Génova, atacados por la peste, cuando asistían y servían a los apestados; cuatro en Berbería, adonde habían ido a socorrer y asistir a los pobres cautivos cristianos; seis o siete en la isla de Madagascar, (en las Indias), adonde habían ido a trabajar en la conversión de los infieles; y dos en Polonia, adonde los habían destinado para el servicio de la Religión Católica; sin hablar de los que habían sido arrebatados por las fatigas y las enfermedades durante las guerras, atendiendo y socorriendo a los pobres, tanto de las fronteras, como de los alrededores de París, y en otras circunstancias. Pero las separaciones más dolorosas le ocurrieron el año 1660. Quiso Dios sacar de este mundo, poco antes de morir él, a tres personas que le eran muy queridas entre todas las demás

La primera fue el Sr. Portail. Dios se lo había dado por compañero durante cerca de cincuenta años. Había sido el primero en asociarse a él para la Misión, el primer Sacerdote de su Congregación; fue el secretario y el primer Asistente de ella, y quien más le había ayudado en el gobierno de la Congregación, y en quien depositaba mayor confianza

La otra fue la Señorita Le Gras, Fundadora y primera Superiora de las Hijas de la Caridad, a quien Dios había concedido grandes gracias para la salvación y el consuelo del prójimo. Tenía particularísima confianza y gran respeto al Sr. Vicente, y, a su vez, apreciaba mucho su virtud y sus consejos relativos a los pobres. El Sr. Vicente le escribía a menudo sobre cuestiones relacionadas con las Hijas de la Caridad, pero la veía pocas veces y solamente en caso de necesidad. Sufría la Señorita graves enfermedades, y casi siempre estaba enferma. El Sr. Vicente decía de ella que hacía ya veinte años que vivía sólo de milagro. Luisa temía morir sin la asistencia del Sr. Vicente; mas Dios quiso que así sucediera para probar su virtud, y darle ocasión de merecer, por estar en aquellos momentos el Sr. Vicente en tal estado que no podía sostenerse sobre sus piernas. Ella le pidió al menos algunas palabras de consuelo escritas de su mano; mas él no se las quiso conceder. En su lugar le mandó a uno de los sacerdotes de su Compañía, como una carta viva, con estas palabras: «Que ella iba por delante, y que él esperaba verla pronto en el cielo». Murió poco después. Y aunque el Sr. Vicente sintió mucho la muerte, como estaba preparado para los golpes más rudos de la mano de Dios, la aceptó con gran su misión y tranquilidad de espíritu. Siempre se vio ayudado por el Sr. Portail y por ella en lo tocante al gobierno de las Hijas de la Caridad, de las que era Fundador y Superior; pero después de la muerte de ambos, la Compañía de las Hermanas dependía enteramente de él, aunque ya no estaba para salir de casa, ni para trabajar mucho. Todo esto aumentaba su pena.

La tercera persona, cuya muerte acaeció ese mismo año y conmovió muy profundamente al Sr. Vicente fue la de Don Luis de Rochechouart de Chandenier, abad de Tournus. Vivía retirado en San Lázaro desde hacía algún tiempo con el Sr. Abad de Monstier-Saint-Jean, su hermano, y el Sr. Vicente los había recibido por importantes razones y de tal entidad, que no se pueden casi dar más que en ellos dos. Eso es lo que le hizo quebrantar la resolución que tanto él como los suyos habían adoptado de no admitir a pensionarios que vivieran en su Comunidad, sino en las casas donde había seminario para los eclesiásticos.

Los dos hermanos estaban tan unidos por la virtud, como por la sangre y eran dignos herederos de la piedad del difunto Cardenal de la Rochefoucauld, su tío, cuya memoria goza de grandísima bendición en toda la Iglesia; dos abades muy eminentes por su nacimiento, y aún más por su vida muy ejemplar. La modestia de uno de ellos, que todavía vive, no permite hablar de él con la misma libertad que del difunto, su hermano mayor, que era sacerdote, y podía servir de regla y de ejemplo a los abades comendatarios más reformados del reino. La oración era su comida más frecuente; la humildad, su ornato; la mortificación, sus delicias; el trabajo, su descanso; la caridad, su ejercicio; y la pobreza, su querida compañera. Pertenecía a la Compañía de los Eclesiásticos que se reúnen los Martes en San Lázaro para la conferencia. Había asistido y trabajado en varias misiones dadas para los pobres, y había dirigido la misión que la Reina Madre deseó que se diera en la ciudad de Metz el año 1658. Era visitador general de las Carmelitas de Francia. Varios obispos le habían querido ceder sus sedes y sus diócesis, pero les había agradecido el gesto, pensando que Dios no lo llamaba a aquel estado de tanta categoría: prefirió, y hasta buscó, obligarse y someterse a la dirección de otro, mejor que dirigir y gobernar a otros. Aunque su hermano y él usaran santísimamente de las rentas de sus beneficios, (los pobres de los sitios donde estaban situados se llevaban buena parte de ellos), con todo, viendo que los muchos beneficios que poseía cada uno de ellos no estaba de acuerdo con los Santos Cánones, ni con el espíritu de la Iglesia, determinaron que cada cual sólo conservaría uno, y se desprendería de todos los demás. Así lo hicieron, poniéndolos en manos de personas, que sabían que iban a usar bien de ellos. De esta forma dieron un ejemplo tanto más digno de ser imitado, cuanto que es más raro en este mundo.

Los dos virtuosos hermanos emprendieron un viaje a Roma a finales del año 1659 con dos sacerdotes de la Congregación de la Misión que el Sr. Vicente, en atención a sus deseos, les dio como acompañantes. Nuestro Santo Padre el Papa Alejandro VII, al verlos, se sintió muy complacido, y toda la Corte romana muy edificada por su modestia y su virtud, durante los tres o cuatro meses que estuvieron por allá.

Fue entonces cuando, el Sr. Abad de Tournus, quien algún tiempo antes de ese viaje había determinado entrar en la Congregación de la Misión, al verse importunado por una enfermedad, urgió al Superior de la casa de Roma de la misma Congregación a recibirlo en ella, temiendo morir sin tener la dicha de contarse entre el número de los misioneros. El superior creyó que no debía acceder a tal petición, sino en el caso de que se viera en peligro de morir en Roma, pues pensaba que su ingreso podría hacerse mejor en París en manos del Sr. Vicente, si es que podía llegar hasta allí. Pero al ver que se encontraba algo mejor en el mes de abril del año siguiente, 1660, recibió la bendición de Su Santidad con el Señor, su hermano, y partió para París, resuelto a realizar todos sus esfuerzos ante el Sr. Vicente para conseguir la gracia de ser admitido en la Congregación. Se puso en camino con esa intención, y Dios quiso recompensar de antemano aquella santa y generosa resolución de abandonar todo para entregarse perfectamente a su servicio. En el camino se vio atacado por la fiebre, que le obligó a detenerse en Chambéry (Saboya). El mal iba creciendo, y en pocos días se vio en grave peligro. Finalmente Dios lo sacó de este mundo con una muerte santa, para concederle la corona de la vida.

He aquí lo que uno de los sacerdotes de la Misión, que lo acompañaba escribió a l Sr. Vicente:

«Le he informado a usted ­le dice­ sobre la enfermedad y el peligro en que se encontraba el Sr. de Chandenier, abad de Tournus. Ahora le diré, Señor, que Dios ha querido llamarlo a Sí ayer, el día 3 de mayo, a las cinco de la tarde. Tuvo un final semejante a su vida, quiero decir que fue muy santa. Le enviaré en otra ocasión los detalles, porque ahora estoy muy atareado. Solamente le diré, Señor, que el abad me ha urgido tanto, varias veces en diferentes días, que le recibiera entre el número de los misioneros, y le concediera el consuelo de morir como miembro de la Congregación de la Misión, en la que quería ingresar, que no he podido rehusárselo, ni negarle la sotana de misionero. La recibió en presencia del Sr. Abad de Monstier-Saint-Jean, su hermano»

Oigamos ahora hablar al Sr. Vicente sobre este asunto

«Hace seis o siete años ­dice escribiendo a uno de sus sacerdotes, residente en Berbería­ que los Señores Abades de Chandenier se retiraron a SanLázaro. Ha sido una gran bendición para la Compañía, a la que han edificado maravillosamente. Pues bien, hace ya un mes que Dios ha querido llamar a sí al mayor, Sr. Abad de Tournus, que estaba tan lleno del espíritu de Dios, como no he visto nunca. Vivió como un santo, y ha muerto de misionero. Había ido a hacer un viaje a Roma con el Señor hermano suyo y dos de nuestros sacerdotes; y al volver, ha muerto en Chambéry. Insistió una y otra vez a uno de nuestros sacerdotes que estaba con él, para que lo recibiera en la Compañía; como así se hizo. Varias veces me insistió también a mí sobre lo mismo; no lo quise escuchar: éramos indignos de semejante honor. Y, en efecto, sólo nuestra Misión del cielo ha merecido la gracia de poseerlo en calidad de misionero. Las de la tierra únicamente han heredado los ejemplos de su santa vida, tanto para admirarlos como para imitarlos. No sé qué vería en nuestra insignificante Compañía, como para tener tal devoción y querer presentarse ante Dios cubierto con nuestros harapos, con el nombre y la vestidura propia de sacerdote de la Congregación de la Misión: es en cuanto tal como se lo encomiendo a sus santos sacrificios»

El cuerpo del virtuoso Abad fue llevado a París por los cuidados del Sr. Abad de Monstier-Saint-Jean, que quería tan tiernamente y tanto veneraba a ese hermano, que hacía para él de padre. Allí descansa esperando la resurrección general. No hay duda de que ha sido una grandísima pérdida para la Iglesia y para la Congregación de la Misión, y una de las más dolorosas jamás sentidas por el Sr. Vicente, que hasta lloró, aunque no lo hacía casi nunca. He ahí cómo Dios ha querido, en el último año de su vida, dar cima a sus méritos, enviándole grandes motivos para su dolor, es decir, grandes ocasiones para resaltar aún más su virtud, privándole en brevísimo tiempo de tres personas, que amaba santísima y tiernísimamente entre todas las demás.

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