Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 46

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Enumeración de las casas de la Congregación de la Misión fundadas en vida del Sr. Vicente


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Dios plantó la Congregación de la Misión en su Iglesia como una viña mística; debía dar fruto con ayuda de su gracia para la santificación de gran número de almas; quiso, para hacerla fértil, que extendiera sus pámpanos, y que echara renuevos por varios sitios con las nuevas casas que se han ido fundando, y que verdaderamente se puede atribuir más a la voluntad de Dios que a la de los hombres, porque el Sr. Vicente, que era quien debía cooperar en su extensión más que nadie, no daba su consentimiento sino cuando veía que no lo podía negar sin resistir a Dios.

Además de las tres casas fundadas en París, a saber: el Colegio de Bons-Enfants, San Lázaro y en San Carlos (ya hemos hablado de ellas)

La Primera se fundó en la ciudad de Toul a instancias de Don Carlos Cristián de Gournay, obispo de Escitia, que era entonces administrador de la diócesis de Toul, de donde llegó a ser obispo. Esta comunidad fue fundada el año 1635 en la casa del Espíritu Santo con la anuencia de los religiosos. La casa fue unida a la Congregación de la Misión, y su unión autorizada por Letras Patentes del Rey, registradas en el Parlamento.

Tres años más tarde, es decir, el año 1638, el Sr. Cardenal de Richelieu, queriendo dejar un recuerdo de su piedad y dar muestras del aprecio en que tenía al Sr. Vicente y a su Instituto, fundó una casa de los Sacerdotes de la Misión en la ciudad de Richelieu, con obligación de dar algunas misiones todos los años, no sólo en la diócesis de Poitiers, (allí está situada la ciudad de Richelieu), sino también en la de Luçon, de donde había sido obispo; con la esperanza de que otros Sacerdotes de la misma Congregación se instalaran en Luçon, y que, cumpliendo con la obligación de las misiones, pudieran multiplicar sus actividades. Y con ese deseo dejó algún dinero para el alojamiento de los misioneros.

Algo más adelante, cuando se compró una casa, el Sr. Vicente destinó, el año 1645, a tres o cuatro de sus Obreros, para que definitivamente residieran allí, deseando contentar así a Don Pedro de Nivelle, obispo de Luçon, que los estaba pidiendo. En cuanto los recibió, les dio todas las facultades ordinarias para trabajar en toda la diócesis. Así lo han hecho siempre, no solamente para aligerar el trabajo a los misioneros de Richelieu, que por esa razón les han asignado una pequeña ayuda para su subsistencia, sino también para el mayor bien de las almas que de ese modo quedarán mejor atendidas.

El año 1638 se abrió otra casa de la misma Congregación en la ciudad de Troyes, en Champaña, gracias a la generosidad del difunto Sr. Renato de Bresse, obispo de dicha ciudad, y del difunto Sr. Comendador de Sillery.

El año 1640, el Sr. Vicente envió algunos Sacerdotes de su Congregación a trabajar en la diócesis de Ginebra, Saboya, para satisfacer el deseo ardentísimo que Don Justo Guérin, entonces obispo de Ginebra, le había manifestado; y a los ruegos caritativos de la Venerable Madre de Chantal, Fundadora y primera Superiora de la santa orden de las Religiosas de la Visitación en la ciudad de Annecy, pues esperaba conservar en aquella diócesis, gracias a las misiones, los grandes bienes que había hecho el Bienaventurado Francisco de Sales. El Sr. Comendador de Sillery, movido por su especialísima devoción al Santo Obispo, hizo una fundación para el sostenimiento de los Sacerdotes Misioneros, que, en adelante, siempre han trabajado allí, y se han dedicado no sólo a dar misiones para la instrucción y la santificación del pueblo del campo, sino también a procurar la reforma y el perfeccionamiento del clero, tanto con los Ejercicios de Ordenandos como con los que se hacen en el seminario, pues lo habían empezado a regir el mes de octubre del año siguiente, 1641, para formar a los eclesiásticos en el estudio de la ciencia y de la virtud

El mismo año de 1641 el Sr. Domingo Séguier, obispo de Meaux, aprobó y autorizó una casa de Sacerdotes de la misma Congregación en la ciudad de Crécy-en-Brie, para que dieran misiones en la diócesis, y la casa fue fundada por el Sr. l’Orthon, Consejero Secretario del Rey, en nombre del Rey

El año siguiente, 1642, se hizo la fundación y la instalación de los Sacerdotes de la Misión en la ciudad de Roma, gracias a la esplendidez de la muy noble Señora María de Vignerod, duquesa de Aiguillon, sobrina del Sr. Cardenal de Richelieu, dama llena de celo por la gloria de Dios y con una grandísima caridad paracon el prójimo, que la ha hecho siempre muy tierna y sensible a las miserias corporales y espirituales de los pobres, especialmente de los más abandonados, y también de los que estaban en lugares más alejados. Esta virtuosa dama tenía sentimientos extraordinarios de estima y confianza para con el Sr. Vicente, y el Sr. Vicente, a su vez, sentía hacia ella un respeto, una deferencia y un agradecimiento especialísimos.

La misma Señora Duquesa también fundó, en diversas ocasiones, una base económica para mantener a siete sacerdotes misioneros que trabajaban dando misiones en su ducado de Aiguillon y en su condado de Agenois y de Condomois. Y el Sr. Obispo de Agen los estableció en Nuestra Señora de la Rose en su diócesis, cerca de la ciudad de Sainte Livrade según la fundación

Gracias a la generosidad y caridad de la misma Dama los Sacerdotes de la Congregación de la Misión fueron fundados y establecidos el año siguiente, 1643, en la ciudad de Marsella, con el fin de realizar allí todas sus funciones y, especialmente, para enseñar y consolar a los pobres forzados de las galeras de Francia, y ayudarles a procurar su salvación. Y esta fundación de Marsella fue aumentada los años posteriores por la misma Dama, con el fin de que los misioneros atendieran espiritual y corporalmente a los pobres esclavos cristianos de Berbería.

El mismo año 1643 el difunto D. Alano de Solminihac, obispo de Baron, y conde de Cahors, cuya memoria es venerada en toda la Iglesia por las eminentes virtudes con que ha estado adornada su vida, y particularmente por su vigilancia pastoral, y por el celo de la gloria de Dios y de la salvación de sus diocesanos, que lo animaba, este santo Prelado, digo, haciendo profesión declarada de honrar y apreciar las singulares gracias que reconocía en la persona del Sr. Vicente y en su Instituto, creyó que proporcionaría un gran beneficio a toda su diócesis, estableciendo allí, como así lo hizo, una casa de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión.

El difunto Rey, Luis XIII, de gloriosísima memoria, había adquirido por ese mismo tiempo la soberanía de Sedan, que estaba totalmente inficionada de herejía. Quiso que el Sr. Vicente mandara Sacerdotes de su Congregación para dar misiones y para instruir y robustecer a los católicos que, en su mayor parte, estaban poco instruidos, y su fe estaba en continuo peligro de perderse a causa del trato frecuente con los herejes

Para eso su Majestad ordenó que una notable cantidad de dinero fuera entregada al Sr. Vicente con el fin de emplearla en los gastos de las misiones. Pero después de la muerte de este gran Rey, Luis XIV, su sucesor actual gloriosamente reinante, por consejo de la Reina Regente, su madre, quiso que el dinero que quedara sirviera de fundación para una casa fija y definitiva de los mismos Sacerdotes de la Misión, como, en efecto, así la estableció D. Leonor d’Étampes de Vallançay, arzobispo de Reims el año 1644.

La casa de la Misión de Montmirail, pequeña ciudad de Brie, en la diócesis de Soissons, fue fundada el año 1644 por el Sr. Duque de Retz. Y el Sr. Toublan, su secretario, contribuyó piadosamente con parte de su riqueza a aquella fundación.

También a la de Saintes la hizo el mismo año Don Santiago Raoul, obispo de dicha ciudad, y con aportación de los Señores de su clero, para las misiones y el seminario.

El año siguiente, 1645, se estableció otra casa en la ciudad de Le Mans a instancias repetidas del D. Emerico de la Ferté, obispo de Le Mans, por cuya autoridad, y a solicitud del Sr. Abad Lucas, prior de la Colegiata de Nuestra Señora de Coëffort, de fundación real, en la susodicha ciudad, y con el consentimiento de los canónigos, se hizo la unión de esa iglesia, casa y pertenencias a la Congregación de la Misión, unión que fue autorizada y confirmada por Letras Patentes del Rey, con el consentimiento de los Señores de la ciudad

Y el mismo año, 1645, Don Aquiles de Harlay, obispo de Saint-Malo, pidió Sacerdotes de la misma Congregación de la Misión al Sr. Vicente, para que trabajaran en su diócesis. Le envió algunos que, al poco tiempo, fueron establecidos por el mismo prelado en la abadía de Saint-Méen, de la que era abad, y con el consentimiento de los religiosos, los cuales cedieron su casa y su mesa a los misioneros. Posteriormente se ha realizado la unión a la misma Congregación por nuestro Santo Padre el Papa, Alejandro VII por bulas apostólicas, autorizadas por Letras Patentes del Rey.

No hemos de omitir aquí que en dicho año de 1645 y en los siguientes del Sr. Vicente, impulsado por ciertas personas virtuosas y llenas de celo, y, aún más, por su propia caridad, envió sacerdotes suyos a países extranjeros y lejanos para diferentes obras de caridad, y obtenidas las facultades y autorizaciones necesarias de la Santa Sede Apostólica, destinó a algunos a la ciudad de Túnez y a la de Argel (Berbería) para asistir espiritual y corporalmente a los cristianos cautivos, estuvieran sanos o enfermos, ya que se hallaban en gran abandono.

Mandó también a otros a Irlanda para instruir y alentar a los pobres católicos de aquel reino, en gran manera oprimidos por los herejes de Inglaterra.

Y su celo, que no ponía límites a los efectos de su caridad destinó también a otros a la isla de Madagascar, llamada San Lorenzo, que está situada más allá del Ecuador. Allí los pueblos viven unos como idólatras, y otros casi sin ninguna religión. Esta isla es muy grande. Viene a ser como un gran campo cubierto de zarzas, que este Obrero evangélico ha comenzado a desbrozar gracias al laboreo que los suyos han tratado de realizar con fatigas indecibles, que han acabado con varios de ellos. Y lo que es más digno de consideración, el Sr. Vicente ha demostrado una entereza y una constancia invencible en la prosecución de sus empresas apostólicas, particularmente en aquella isla infiel, y en las ciudades de Túnez y de Argel (Berbería), a pesar de las grandes dificultades que encuentra en ellas yde las notables pérdidas sufridas. Reservamos para el Segundo Libro hablar másen detalle de las bendiciones que Dios ha derramado sobre estas misiones tan lejanas, y sobre los frutos recogidos por su gracia.

El mismo año de 1645 el Sr. Cardenal Durazzo, dignísimo arzobispo de Génova (Italia), habiéndose enterado de los servicios que el Sr. Vicente y los Sacerdotes de su Congregación prestaban a la Iglesia en varios sitios, y principalmente en Saboya y en Roma, quiso proporcionar un bien parecido a su diócesis. Por eso, manifestó al Sr. Vicente su gran deseo de tener Sacerdotes de su Congregación en la ciudad de Génova, y habiéndole rogado con insistencia que le procurase esa satisfacción, el Sr. Vicente le envió algunos. Los recibió con mucho afecto, y procedió a instalarlos en una casa que él fundó. Los Sres. Baliano, Raggio y Juan Cristóbal Moncia, sacerdotes, nobles genoveses, también contribuyeron con su fortuna a esta fundación.

El año 1650 los Sacerdotes de dicha Congregación fueron establecidos en la ciudad de Agen por D. Bartolomé d’Elbène, obispo de la ciudad, que les concedió la dirección de su seminario.

El año 1651 el Sr. Vicente destinó a Sacerdotes de su Congregación aPolonia. Por algún tiempo quedaron instalados y fundados en la ciudad de Varsovia gracias a la liberalidad y a la generosidad de la piadosísima y serenísima Reina de Polonia, que los había solicitado. Veremos en el Segundo Libro lo más notable de lo sucedido en esta fundación, que dio ocasión al Sr. Vicente para ejercer una santa generosidad, un celo auténticamente apostólico y un perfecto desprendimiento de sí mismo.

El mismo año 1651 el Sr. Vicente mandó a Sacerdotes de su Congregación a trabajar en la salvación de las pobres almas abandonadas y desasistidas de las Islas Hébridas, situadas más allá del reino de Escocia, hacia el Norte.

El año siguiente, 1652, los Sacerdotes de la misma Congregación se establecieron en la diócesis de Montauban. Allí D. Pedro de Bertier, obispo de la ciudad, les dio la dirección del seminario y los ha dedicado a dar misiones en la diócesis.

El establecimiento de esos mismos Sacerdotes se llevó a cabo en la ciudad de Tréguier (Baja Bretaña) el año 1654 por la generosidad de Don Baltasar Granger, obispo y conde de dicho lugar, como también por la liberalidad del Sr. Thépant, señor de Rumelin, canónigo de la iglesia catedral de Tréguier, que es el fundador.

El mismo año el Sr. Vicente destinó a sus misioneros a la ciudad de Agde (Languedoc), siguiendo el deseo de Don Francisco Fouquet, obispo y conde de Agde, y en la actualidad arzobispo de Narbona, que los había solicitado con la intención de establecerlos allí

Ese mismo año el Sr. Vicente destinó a Sacerdotes de su Congregación a Turín, capital del Piamonte, a instancias del Sr. Marqués de Pianezza, primer ministro.de Estado del Duque de Saboya. Es un señor de piedad ejemplar; movido por un grandísimo deseo de procurar la gloria de Dios y la salvación de las almas, quiso ser el fundador de una casa de la Congregación de la Misión en la ciudad de Turín.

El año 1657 la Corte se había trasladado a la ciudad de Metz, y la Reina Madre del Rey siempre preocupada a tenor de su piedad habitual por promover el bien público, cuando le informaron de algunas de las necesidades espirituales de la gran ciudad, pensó que uno de los medios más eficaces para remediarlas sería mandar allí a los Sacerdotes de la Congregación de la Misión. Estando Su Majestad ya de vuelta en París, y habiendo hecho llamar al Sr. Vicente, le expuso su plan, y le dijo que para ponerlo por obra desearía que le mandase unos misioneros a la ciudad de Metz para dar allí una misión, a lo que el Sr. Vicente respondió:

«Señora, ¿No sabe Su Majestad que los pobres Sacerdotes de la Congregación de la Misión sólo son misioneros de los pobres? Si estamos establecidos en París y en otras ciudades episcopales sólo es para el servicio de los seminarios, de los ordenandos, de los que hacen Ejercicios espirituales y para salir a dar misiones en el campo, y no para predicar, catequizar, ni confesar a los habitantes de esas ciudades. Pero hay otra Compañía de Eclesiásticos que se reúnen en San Lázaro todas las semanas que pueden, si a Su Majestad le parece bien, llevar a cabo con mayor dignidad ese trabajo»

A lo que la Reina respondió, que no se había enterado de que los Sacerdotes de la Congregación de la Misión no daban misiones en las ciudades grandes; que no tenía la intención de apartarlos de su Instituto; y que los Señores de la Conferencia de San Lázaro, actuando por su parte, le parecía muy bien que dieran la misión. Y, efectivamente, la dieron con gran bendición durante la cuaresma del año 1658. Fueron más de veinte sacerdotes, todos ellos Obreros escogidos, elegidos por el Sr. Vicente, quien rogó al difunto Sr. Abad de Chandenier, persona de singular virtud y muy ejemplar, que aceptara encargarse de la dirección de la misión. Cumplió su cometido con dignidad, y siguió exactísimamente los consejos que le había dado el Sr. Vicente, y observó todas las normas que consideró propias para el éxito de la misión. Este virtuoso abad informó sobre la misión a Su Majestad; quedó ella tan complacida, que pensó en establecer en la ciudad de Metz a los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, pero no se pudo realizar la fundación hasta después dela muerte del Sr. Vicente

El año 1659 el Sr. Vicente envió sacerdotes de su Congregación a Narbona con el fin de satisfacer el deseo del D. Francisco Fouquet, arzobispode aquella ciudad, que los había pedido para establecerlos allí

El difundo abad de Séry, de la Casa de Mailly (Picardía), había propuesto varias veces y en diversos años al Sr. Vicente su intención de contribuir a la fundación de una casa de los Sacerdotes de su Congregación en Amiens. Pero aunque Nuestro Señor lo retiró del mundo antes de que cumpliera su cometido, no dejó de ponerlo en ejecución después. Y fue Don Francisco Faure, obispo de Amiens, quien llevó a cabo el establecimiento, y quien entregó la dirección perpetua del seminario a los Sacerdotes de la Congregación de la Misión. El buen abad sobrevivió poco tiempo al Sr. Vicente, y quiso ser enterrado junto a él en la iglesia de San Lázaro

El difunto D. Enrique de Baradat, obispo y conde de Noyon, par de Francia, deseando disponer de Sacerdotes de la Misión en su diócesis, escribió sobre ello al Sr. Vicente, e hizo que le hablaran del caso. Pero el Sr. Vicente, como no vio en aquel entonces las cosas preparadas para la fundación de la casa, difirió el envío de los misioneros. La Providencia de Dios reservaba la ejecución del piadoso proyecto a su dignísimo sucesor, D. Francisco de Clermont, quien, en cuanto se hizo con el gobierno de la diócesis, pensó en los medios con que atender a sus necesidades particulares. Y para eso, llamó a los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, y puso en sus manos la dirección perpetua del seminario el año 1662.

Hemos de señalar que en todo tiempo gran número de Prelados, no sólo de Francia, sino también de otros países de la cristiandad, se dirigieron al Sr. Vicente con objeto de disponer de los Obreros de su Compañía, a fin de establecer los en sus diócesis, y de emplearlos en las misiones, en los Ejercicios de Ordenandos y en los seminarios. Pero este sabio Fundador, como no podía atender a todos, o por no disponer de hombres preparados, o por otras dificultades, dejó esas peticiones sin efecto por no querer aceptar nada ni fuera de tiempo, ni que estuviera más allá de sus fuerzas.

Es así como quiso Dios que este Padre de los misioneros recogiera, también en esta vida, parte de los frutos de sus santos trabajos, y que tuviera el consuelo de ver a sus hijos espirituales multiplicados como las estrellas del cielo, y su Congregación felizmente establecida, en muy poco tiempo, en diversos lugares del mundo. Sus más ardientes deseos no tendían a otro fin que el de tratar que Dios fuera glorificado, y las almas, que costaron la sangre de Jesucristo, santificadas y salvadas. También sentía un agradecimiento indecible al ver que su Providencia se había dignado servirse de él, aunque ruin y desgraciado, como solía decir, para lograr todos esos grandes beneficios: porque el pensamiento de todas sus excelentes obras le inclinaba, no tanto a gloriarse y a complacerse, cuanto a abismarse cada vez más en la consideración de su inutilidad y de su nada, y a dar continuamente gracias a su Divina Majestad, pues pensaba que debía ser tanto más glorificada por todos los efectos de su misericordia, que había querido servirse del instrumento más débil y más inútil, así se reconocía a sí mismo, para producirlas.

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