Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 33

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Misiones predicadas al ejército el año 1656, y reglamentos dados por el Sr. Vicente a los misioneros que fueron a trabajar a ellas


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Está todavía reciente el recuerdo de la irrupción que hicieron por el frente de Picardía: en poco tiempo se apoderaron de varias plazas fuertes, y, entre ellas, de Corbie. Como su ejército era muy numeroso y había desplegado mucho sus bases, lanzaba muy por delante a sus avanzadillas. Aquello produjo una alarma tanto más grande, cuanto que menos posible parecía la pronta llegada de recursos por estar los ejércitos del Rey ocupados, o fuera del reino, o en las Provincias más alejadas. Sin embargo, el difunto rey Luis XIII, de gloriosa memoria, en muy poco tiempo levantó un nuevo ejército, y la casa de San Lázaro tuvo ocasión de testimoniar no solamente su obediencia, sino también su simpatía por todo lo que pudiera contribuir al servicio de Su Majestad: fue elegida como plaza de armas para la instrucción de los soldados recién enrolados, y ponerlos en situación de ir a rechazar a los enemigos. He aquí lo que el Sr. Vicente escribió a uno de sus Sacerdotes, que estaba en Auvernia dando misiones con el difunto Abad Olier:

«París ­le dice­ está temiendo el asedio de los españoles que han entrado en Picardía y la están devastando con un poderoso ejército, cuya vanguardia se extiende hasta diez o doce leguas de aquí, de forma que la población rural viene a refugiarse a París. Y París anda tan asustado que muchos huyen a otras ciudades. El Rey, sin embargo, intenta levantar un ejército para oponerse, ya que los suyos están fuera o en las extremidades del reino. Y el lugar donde se adiestran y se arman los soldados recién enrolados es aquí: el establo, la leñera, las salas y el claustro están llenos de armas, y los patios, de gente de guerra. El santo día de la Asunción no se ha visto libre de este jaleo tumultuoso. El tambor empieza a redoblar, aunque sólo sean las siete de la mañana, de suerte que en sólo ocho días se han formado aquí setenta y dos compañías. Pues bien, aunque esto sea así, toda nuestra Compañía no deja de hacer su Retiro, exceptuando tres o cuatro, que están a punto de ir a trabajar a lugares apartados. Le escribo al Sr. Abad que podré enviarle cuatro o cinco sacerdotes de la Compañía. Enviaré otro a los Señores (Obispos) de Arlés y de Cahors, y espero que marchen lo antes posible, antes de que los asuntos se enreden más todavía»

Esta carta nos demuestra no sólo la maravillosa fuerza del espíritu del Sr. Vicente, sino también la grandeza de su virtud y el fervor de su celo. Está metido en me dio del ruido y del tumulto de un ejército nuevo; su casa está repleta de soldados; por todos los rincones no se ven más que armas y pertrechos de guerra; sólo se oye el redoblar de los tambores; y a pesar de todo eso, como si viviera en la paz más grande y en la tranquilidad exterior, pone a sus Sacerdotes en Retiro y les obliga a realizar los actos ordinarios; y al tiempo que ve su casa ocupada para el adiestramiento de los soldados en el servicio del Estado y del Rey, se sirve de ella para preparar misioneros que presten nuevos servicios a Dios y a la Iglesia: la ha convertido en plaza de armas para formar soldados de Jesucristo, y mandarlos a combatir contra el demonio. Pero, ¿en qué país? Pensaba, como el profeta Habacuc, enviar alguna ayuda a los Prelados que figuran en su carta, y se siente transportado de repente a Babilonia, en medio de los leones. Recibe una orden del Rey por medio del Sr. Canciller: que mande veinte Sacerdotes al ejército, para misionarlo, cosa no menos difícil que nueva y extraordinaria. Bien podía decir con el Profeta, que no conocía el camino de aquella Babilonia, y que no había estado nunca en ningún ejército; pero se dejó coger y llevar por la cabeza, es decir, sometió su juicio, y se vio que no destacaba menos en la obediencia y en el deseo de servir al Rey, que en las demás virtudes. Al no disponer de más, hizo marchar cuanto antes a quince misioneros, y los mandó al sitio señalado por el ejército. De allí se dispersaron por todos los acantonamientos en los que estaban acampados los regimientos, con el fin de trabajar según los planes para los que se les había enviado. El Sr. Vicente marchó por aquellos días a Senlis, donde estaba el Rey, para ofrecerle sus servicios y los de toda su Congregación de la Misión; y después de cumplir con su deber, dejó a uno de sus Sacerdotes en espera de las órdenes de Su Majestad, y las envió al Superior de aquella misión. En seguida hizo comprar una tienda para el servicio de los misioneros del ejército, y les mandó útiles y víveres con un mulo y una carreta, para que los pudieran trasladar y servirles en sus necesidades. Y les entregó el siguiente reglamento; en él les prescribe lo que debían observar y hacer durante la misión:

«Los Sacerdotes de la Misión, que están en el ejército, tendrán presente que Nuestro Señor los ha llamado a esa santa ocupación. Para ofrecer sus oraciones y sacrificios a Dios por el feliz éxito de los planes del Rey, y por la conservación de su ejército. Para ayudar a la gente de guerra que esté en pecado, a librarse de él, y a los que están en estado de gracia a mantenerse en él. Y finalmente, para hacer todo lo posible para que los que vayan a morir salgan de este mundo en estado de salvación»

«A este fin, tendrán particular devoción al nombre que Dios toma en la Escritura, Dios de los ejércitos, y al pensamiento que tenía Nuestro Señor cuando decía: Non veni pacem mittere, sed gladium, y eso para darnos la paz, que es el fin de la guerra»

«Tendrán presente que, aunque no puedan eliminar todos los pecados del ejército, quizás Dios les conceda la gracia de disminuir su número; que es tanto como decir, que si Nuestro Señor debiera ser crucificado cien veces, quizá sólo lo sea noventa veces; y si mil almas por su malas disposiciones deberían ser condenadas, los misioneros, con la misericordia y la gracia de Dios, quizás consigan que sean menos las que se condenen»

«Las virtudes de la caridad, del fervor, de la mortificación, de la obediencia, de la paciencia y de la modestia les son muy necesarias: harán una práctica interior y exterior de ellas, y, sobre todo, del cumplimiento de la voluntad de Dios»

«Celebrarán la Santa Misa todos los días, o comulgarán a ese fin»

«Honrarán el silencio de Nuestro Señor en las horas acostumbradas, y siempre en lo tocante a los asuntos de Estado; y sólo manifestarán sus dificultades al Superior, o a quien él ordene». «Si les dedican a oír confesiones de los apestados, se mantendrán lejos y con las precauciones obligadas; y dejarán la asistencia corporal, tanto de ésos como de los demás enfermos, a quienes la Providencia emplea en esos trabajos»

«A menudo tendrán Conferencias, después de haber pensado ante Dios sobre el tema propuesto; por ejemplo:

1. De la importancia de que los eclesiásticos asistan a los ejércitos

2. En qué consiste esa asistencia

3. Medios para llevarla bien a la práctica»

«Podrán tratar con el mismo método de otros asuntos convenientes para su oficio: como la asistencia de los enfermos; de qué forma hay que comportarse durante los combates y las batallas; de la humildad, de la paciencia, de la modestia y de otras prácticas exigidas en los ejércitos»

«Observarán con la mayor exactitud que puedan los pequeños Reglamentos de la Misión, particularmente los que se refieren a las horas de levantarse y de acostarse, de la oración, del oficio divino, de la lectura espiritual y de los exámenes»

«El superior distribuirá los oficios de cada uno: a uno le dará el de la sacristía; a otro el de oír confesiones de la Compañía, y de la lectura de la mesa; a otro, de los enfermos, de la economía y del aderezo de la comida; a otro, de la tienda y demás útiles para hacerlos cargar y descargar, y ponerlos en su sitio; y unos y otros se dedicarán a predicar y a confesar, según que el superior lo juzgue conveniente»

«Vivirán juntos, si pueden, aunque estén repartidos por los regimientos, y aunque los empleen en diferentes lugares, como la vanguardia, o la retaguardia, o en el cuerpo del ejército. El superior que los vaya a distribuir, actuará de forma que todos se alojen en las tiendas, si es posible»

Ese fue el Reglamento que el Sr. Vicente dio a aquellos buenos misioneros; y lo observaron fielmente. El hecho atrajo sobre ellos y sobre sus santos trabajos grandísimas bendiciones, como podemos ver por una carta de congratulación, que el Sr. Vicente escribió a uno de ellos:

«Bendito sea Dios, ­le dice­ por la bendición que da a su trabajo. ¡Oh Jesús! Señor ¡qué cosa más grande han hecho! ¿Qué? ¡Haber logrado ustedes el buen estado de trescientos soldados, que han comulgado tan devotamente, y de soldados que van a la muerte! Sólo quien conozca el rigor de Dios en los infiernos, o quien sabe el precio de la Sangre de Jesucristo derramada por un alma puede comprender la grandeza de ese bien. Y aunque conozca yo mal una y otra cosa, sin embargo le place a la bondad de Diosdar me alguna luz y un aprecio infinito del bien que han hecho en esos trescientos penitentes. El martes pasado ya se habían hecho novecientas confesiones en todas las demás misiones del ejército, sin contar las de ustedes; ni lo que se ha hecho posteriormente. ¡Dios mío! Señor: eso supera mis esperanzas. Hemos de humillarnos, alabar a Dios, continuar con ánimo, y seguir, salvo contraorden»

Y en una carta del 20 de septiembre escrita al Sr. Portail para excusarse de que no había podido enviar los misioneros prometidos al Sr. Abad Olier:

«Nos es imposible ­le dice­ enviarles inmediatamente los misioneros que ustedes esperan, porque los que habíamos preparado se han visto obligados a seguir a los regimientos acantonados en Usarche, Pons, Saint-Leu y en La ChapelleOrly, y a acampar con ellos en el ejército. Son ya cuatro mil los soldados que han cumplido con el tribunal de la penitencia, con gran efusión de lágrimas. Espero que Dios concederá a muchos su misericordia gracias a esa pequeña ayuda, y eso es fácil que no perjudique al buen éxito de los ejércitos del Rey»

Después de esas cuatro mil confesiones, los misioneros se vieron obligados a seguir al ejército y a acampar con él; y en cada uno de los campamentos, además de las asistencias espirituales ofrecidas a los soldados, con el permiso de los Sres. Obispos, confesaron y repartieron la comunión a gran cantidad de personas de las diócesis por las que pasaban con el permiso expreso de los Sres. Obispos. Uno de los misioneros, que dirigía el grupo, hizo saber al Sr. Vicente que ellos trabajaban siempre en el servicio y la ayuda espiritual de los enfermos, tanto soldados como refugiados picardos, y que habían muerto muchos de los que habían recibido los sacramentos. Por fin, una parte de los misioneros, después de seis semanas de trabajo, volvieron a París, y los demás continuaron acampando con el ejército hasta el mes de noviembre, en que volvió victorioso de sus enemigos.

 

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