Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 24

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad, siervas de los enfermos pobres


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Si es cierto, como dijo el Profeta, que un abismo llama a otro abismo, con más razón se puede decir que una bendición atrae otra nueva bendición y que la caridad, que es la más fecunda de todas las virtudes, al acabar una de sus obras, ordinariamente concibe y comienza otra nueva. Eso se verifica especialmente en la presente obra. Porque la Cofradía de la Caridad, ­hemos hablado de ella en el capítulo anterior­ dio origen a una santa Compañía de mujeres que llevan el mismo título, y se llaman Hijas de la Caridad. Y Dios, que hizo al Sr. Vicente Fundador de una Congregación de hombres para evangelizar a los pobres, quiso también que fuera el Padre y Fundador de una nueva Comunidad de Mujeres para el servicio también de los pobres, y principalmente de los enfermos. Esta obra debe atribuirse a la guía de la Divina Providencia tanto más cuanto que el Sr. Vicente contribuyó menos que en otras a ella por su propia iniciativa, y se vio como obligado, contra sus propios planes, a prestar ayuda a la nueva fundación. Veamos cómo sucedió todo

Las Cofradías de la Caridad fueron primeramente fundadas en las aldeas, como ya lo hemos indicado. Las mujeres que formaban parte de ellas se dedicaban personalmente al servicio de los enfermos, yendo unas después de otras a visitarlos y aprestarles toda clase de las ayudas necesarias. Cuando esas mismas Cofradías fueron instaladas en las parroquias de París, las señoras que habían intervenido en la fundación, impulsadas por el mismo espíritu de caridad, quisieron también visitar personalmente a los enfermos en sus casas y ofrecerles los mismos servicios. Con el tiempo, las Cofradías se multiplicaron mucho, y sucedió que quisieron afiliarse a ellas muchas señoras de condición, que no podían, sea por la oposición de sus maridos, o por otras razones, prestar personalmente a los enfermos las asistencias necesarias y acostumbradas, tales como llevarles la comida, hacerles la cama, preparar los remedios y otras cosas semejantes. Y cuando empleaban a la servidumbre para prestar esos servicios, ocurría muy a menudo que carecían de destreza y de ganas para cumplir bien el cometido. Aquello les hizo ver que les era absolutamente necesario disponer de unas criadas que estuvieran totalmente dedicadas a servir a los pobres enfermos y que les repartieran la comida y los remedios según lo exigían sus enfermedades

Se lo sugirieron al Sr. Vicente el año 1630. Después de haberlo considerado ante Dios y reconocido la necesidad de aquella ayuda, le vino a la mente que en las misiones de las aldeas solía haber unas buenas jóvenes que no estaban dispuestas a casarse y que carecían de medios para hacerse religiosas; y que entre ellas podría encontrar algunas bien dispuestas para entregarse por amor de Dios al servicio de los pobres enfermos. La Providencia de Dios dispuso las cosas de forma que en las primeras misiones siguientes se encontraron dos que aceptaron la propuesta que se les hizo, y fueron enviadas una a la parroquia de San Salvador y la otra a la de San Benito. Y enseguida se presentaron otras, que fueron colocadas en San Nicolás du Chardonnet y en otras parroquias

El Sr. Vicente y la Señorita Le Gras les dieron los consejos que juzgaron necesarios para ayudarlas a portarse en la forma adecuada, tanto con las señoras, como con los enfermos. Pero estas jóvenes, como habían venido de diferentes lugares, no tenían entre sí ninguna conexión ni comunicación, ni otra dependencia que con las señoras de las parroquias donde vivían. Y como no habían sido adiestradas para los actos de caridad relacionados con los enfermos pobres, había entre ellas algunas que no satisfacían, y que era preciso despedir. Mas, al no haber suficientes jóvenes experimentadas y formadas en reserva, acaecía que las señoras y los pobres volvían a caer en la situación anterior. Eso hizo ver con claridad que era necesario disponer de un gran número de jóvenes para poder distribuirlas por todos los sitios de París, donde hubiera Cofradías. Y además de eso, había que poner también un esmero especial en adiestrarlas para el servicio de los enfermos y enseñarles a sangrar y a preparar los remedios. Más aún, para educarlas y formarlas en la práctica de la oración y de la vida espiritual, al ser poco menos que imposible perseverar durante mucho tiempo en aquella vocación tan penosa y vencer la repugnancia que experimenta la naturaleza, si no se tiene una virtud sólida

El Sr. Vicente conocía esta gran necesidad y había importunado con ese asunto más de una vez a las señoras, que sólo habían acudido a él para conseguir muchachas como eran de desear, pero que eran muy difíciles de hallar. El Sr. Vicente, como no era de los que suelen inquietarse y apurarse por nada, se contentó con acudir a Dios en la oración, esperando que pluguiera a su Providencia descubrirle algún medio para cubrir aquella necesidad. No quedó defraudado en su espera. Al cabo de poco tiempo se le presentaron varias muchachas; escogió a tres o cuatro que consideró más aptas y las puso en manos de la Señorita Le Gras, que por entonces vivía cerca de San Nicolás du Chardonnet. La había preparado para recibirlas, alojarlas y mantenerlas en su casa, y así hacerlas capaces de corresponder a los planes de la Providencia de Dios sobre ellas.

Esto se hizo el año 1633, solamente a manera de prueba, y Dios bendijo aquellos comienzos: creció el número de muchachas, y se formó con ellas una pequeña Comunidad, que sirvió y todavía sirve de semillero de las Hijas de la Caridad para asistir a los enfermos pobres en las parroquias, en los hospitales y en otros sitios a los que son llamadas

Cuando la Señorita Le Gras vio las bendiciones que Dios derramaba sobre aquella pequeña Comunidad naciente, y el cariño que sentía por los pobres, la movieron a dedicarse de un modo particular a formar a las muchachas, pues podían prestar un servicio tan útil y saludable. Quiso saber del Sr. Vicente si podía dedicarse enteramente a tan santa tarea, y después de haberle urgido varias veces a resolverse y decirle si debía ella escuchar aquel pensamiento y seguir aquel movimiento, ahí vala respuesta recibida de él, de acuerdo con su norma habitual de no dedicarse a obras nuevas y extraordinarias sino a manera de ensayo

«En cuanto a esa ocupación, ­le dice­ le ruego una vez para siempre que no piense en ello hasta que Nuestro Señor haga ver lo que quiere. Por que se suelen a menudo desear cosas buenas con un deseo que parece ser de Dios, y, sin embargo, no siempre lo es. Dios lo permite para que el espíritu se vaya preparando a ser como El desea. Saúl iba buscando unas borricas y se encontró con un reino; san Luis buscaba la conquista de Tierra Santa y se encontró con la conquista de sí mismo y con la corona del cielo. Usted trata de convertirse en servidora de esas pobres muchachas y Dios quiere que sea servidora de El y quizás de otras muchas personas a las que no serviría de esa otra forma. Por Dios, Señorita, honre su corazón la tranquilidad del de Nuestro Señor. Así estará en estado de servirle. El reino de Dios es paz en el Espíritu Santo. El reinará en usted, si su corazón está en paz. Esté, pues, en paz, Señorita, y honrará soberanamente al Dios de la paz y del amor».

Y en otra carta le confió:

«Ante Dios todavía no veo las cosas claras en ese asunto: una dificultad me impide ver cuál es su voluntad. Le suplico, Señorita, que Le encomiende ese proyecto durante esos santos días en los que El comunica con más abundancia las gracias del Espíritu Santo»

Por esas cartas y otras muchas que el Sr. Vicente le escribió sobre el mismo tema, vemos con qué miramientos procedía en el discernimiento de la verdadera vocación de la virtuosa Señorita para dirigir a aquellas jóvenes, no sólo porque la consideraba capaz de mayores cosas que aquélla, que parecía en aquel momento tan pequeña, para limitar los talentos y las gracias que había recibido Luisa de Dios, sino también porque su humildad no le permitía presumir que Dios quisiera servirse de él para ejecutar todo lo que su Providencia hizo por medio de la caritativa Señorita. La mantuvo así durante dos años en aquella indiferencia, y exhortándola a confiar únicamente en Dios, gracias al cual, ­se lo aseguraba­ no quedaría confundida. En cuanto a él, su gran humildad le movía a desear siempre que Dios hiciera todo sin él. No se consideraba capaz de nada, sino de poner obstáculos a los planes de la Providencia, y parecía totalmente opuesto a que Dios se complaciera en servirse de la mano de su fiel Siervo, a pesar de él, para comenzar y llevar a cabo las cosas más importantes para su gloria

Por fin, la palabra que le había repetido tan a menudo a la Señorita Le Gras acerca de aquel asunto, que confiara únicamente en Dios que no quedaría defraudada, se verificó a lo largo del tiempo por las bendiciones extraordinarias derramadas por Dios sobre los primeros intentos emprendidos y continuados por Luisa en espíritu de obediencia. Podemos decir que hasta el mismo Sr. Vicente se equivocó en cierto sentido. Porque sólo pretendía hacer instruir y preparar algunas jóvenes para el servicio de Dios y de los enfermos pobres, y así poder distribuirlas a continuación por las parroquias de París, sin que transcendiera nada al exterior. Pero Dios ha multiplicado a la pequeña Comunidad de Hermanas de tal modo en número y en gracia, que el Sr. Vicente y la virtuosa Señorita han tenido el consuelo durante su vida de verla extendida no sólo en veinticinco o treinta puntos de París, también en más de treinta ciudades, villas y aldeas de diversas provincias de Francia, e incluso de Polonia, donde la Reina ha querido establecerlas para el bien de los pobres de su reino

Esos han sido los frutos de la humildad del Sr. Vicente. No pensaba, ni mucho menos, en ser el fundador de una nueva Comunidad de Mujeres, sobre la que Dios quiso derramar tan abundante rocío de sus bendiciones y de sus gracias, hasta el punto de ser deseada y buscada por todas partes, y no dar tiempo ni para prepararse a las muchachas, porque (si se puede hablar así) esas plantas tan jóvenes son arrancadas de su seminario en cuanto están dispuestas, sin darles tiempo para formarse. Pero Dios ha suplido con su misericordia, las ha asistido siempre, de forma que, por su frugalidad, asiduidad en el trabajo, amor a la pobreza, paciencia, modestia y caridad, han sido y continúan siendo de gran edificación en todos los lugares donde han sido empleadas

Los primeros fundamentos de su Comunidad fueron puestos en la casa de la Señorita Le Gras, parroquia de san Nicolás du Chardonnet. De aquí, por consejo del Sr. Vicente, las trasladó a otra casa en el pueblo de La Chapelle, a media legua de París, como lugar más propio para educarlas, alimentarlas y vestirlas como las jóvenes del campo en un espíritu de pobreza y de humildad, estando como están destinadas para sirvientes de los pobres. Más adelante, hacia el año 1642, volvieron a París, y se alojaron e instalaron en el arrabal de San Lázaro, en la casa donde aún hoy moran. El Sr. Vicente les prescribió Reglas y Constituciones, aprobadas a su debido tiempo por el Sr. Arzobispo de París, quien con su autoridad las erigió en Congregación o Compañía con el nombre de Hijas de la Caridad, Sirvientes de los pobres, y bajo la dirección del Superior General de la Congregación de la Misión. El Rey ha confirmado y autorizado su fundación por Letras Patentes, confirmadas en el Parlamento de París. Además del servicio y de la asistencia que prestan a los enfermos pobres, se dedican aún hoy en diversos lugares a instruir a las jóvenes, y les enseñan sobre todo a conocer y servir a Dios y a cumplir con los principales deberes de la vida cristiana

Esta obra podrá parecer pequeña a los ojos del mundo, que sólo se fija en las cosas con apariencia y brillo. Pero los que conocen cuán preciosas son ante Dios, y de qué manera han sido recomendadas por Nuestro Señor las obras de misericordia y de caridad, sabrán que este Instituto, aunque pequeño ante los hombres, es, a pesar de todo, grande ante Dios; y tanto más meritorio en sus trabajos, por cuanto Jesucristo expresamente ha declarado que consideraba tan agradable el servicio que se les presta a los pobres, como el que se hace a su misma Persona; y que, además, la caridad con que se acompaña el servicio en la persona de los pobres es más pura y, por consiguiente, más perfecta al no haber nada que esperar de los pobres, sino contrariedades, quejas e injurias

Es Dios quien por el humilde y caritativo Vicente de Paúl ha hecho nacer y multiplicarse a esta pequeña Comunidad, que en el pasado produjo y sigue continuamente produciendo frutos de humildad, de paciencia, de caridad y de otras virtudes más queridas del Hijo de Dios, y más particularmente recomendadas en el Evangelio. Hablaremos también de eso en la Segunda Parte.

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