Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 23

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

Enumeración de los grandes bienes que, para la Iglesia, han acompañado o seguido a la fundación de la Congregación de la Misión y de los que Dios quiso que el Sr. Vicente fuera el autor o el principal promotor. Y en primer lugar la fundación de las Cofradías de la Caridad para la asistencia corporal y espiritual de los enfermos pobres


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Es algo sorprendente, y que parecería increíble, si no hubiera tantos testigos como personas hay que conocieron al Sr. Vicente, que un solo hombre que tenía tan bajos pensamientos de sí mismo hasta llegar a considerarse como el último de los sacerdotes, y que además estaba encargado de los cuidados y de la dirección de una Compañía recién fundada, que iba creciendo cada día en número; es algo sorprendente digo, que este pobre y sencillo sacerdote, que evitaba cuanto podía ser conocido y que no se exhibía sino a pesar suyo y con una contrariedad extrema, haya al menos emprendido y llevado felizmente a término unas obras tan grandes e importantes para el servicio de la Iglesia y para la gloria de Dios, como veremos más adelante en este libro.

¡Qué verdad es, ­como dice un Santo Padre­, que la caridad no tiene límites! Nunca dice, ¡basta! Y cuando anima a un corazón, lo hace infatigable en los trabajos: le hace emprender, tanto como la prudencia se lo permite, todo lo que ve que puede contribuir a la mayor gloria de su Divino Salvador; le parece que todo le es posible en virtud de quien lo conforta. Si conocemos un árbol por sus frutos y la caridad por sus obras, hay que confesar que Dios había prevenido al Sr. Vicente con gracias muy especiales porque quiso hacer por su medio tan grandes cosas, y que la caridad que el Espíritu Santo derramó en su alma era muy perfecta, porque le dio un corazón tan grande, que parecía que el mundo era demasiado estrecho y la tierra demasiado pequeña para proporcionarle una materia adecuada al deseo ardentísimo que tenía de procurar que Dios fuera cada vez más conocido, amado y glorificado.

En este capítulo y en los siguientes vamos a hacer una enumeración sumaria de algunas de las santas realizaciones que acompañaron o siguieron a las primeras casas de la Congregación de la Misión. Las referiremos casi en el mismo orden en que fueron hechas. Pero no nos ceñiremos a dicho orden de forma que, a veces, no lo interrumpamos para continuar las materias que puedan tener alguna relación o conexión. Reservaremos para el segundo libro el desarrollo de lo que sea más digno de consideración en todas las obras piadosas.

Comenzaremos en este capítulo por la fundación de las Cofradías de la Caridad para la asistencia de los enfermos pobres. Su miseria corporal y espiritual conmovía vivamente el corazón del Sr. Vicente, extremadamente tierno en esa materia. Cuando vio los buenos efectos producidos por la primera Asamblea o Cofradía de la Caridad que Dios había fundado por su medio en Bresse, como ya lo hemos dicho en capítulos anteriores, decidió extender aquella buena obra en cuanto le fuera posible. En todas las misiones que dio él, o los suyos, por las aldeas, trató de fundar la Cofradía para la asistencia corporal y espiritual de los enfermos pobres. Y Dios quiso conceder tal bendición a aquel piadoso proyecto, que hubo pocos sitios, en los que se dio la misión, donde no se fundó la Cofradía de la Caridad

Pero no basta con empezar las buenas realizaciones, si no se las sostiene y sino se trata de llevarlas a su perfección. El Sr. Vicente estuvo preocupado por lo que debía hacer para mantener y perfeccionar las nuevas Cofradías. Por estar constituidas de sencillas mujeres de pueblo necesitaban de alguna ayuda exterior, ya para animarlas en la práctica de las obras caritativas, pues en ellas encontraban a veces contrariedades; ya para darles consejos necesarios en las dificultades que podían surgir en sus actividades; ya finalmente para prepararlas para el servicio de los enfermos. Porque aunque el Sr. Vicente les había dado Reglamentos muy adaptados a su actuación, e hizo lo que pudo para ir de vez en cuando a visitarlas personalmente o por algunos de los suyos, en los lugares donde había Cofradías, éstas se habían multiplicado por tantos sitios, y los misioneros se hallaban tan ocupados en sus tareas que no podían atenderlas como hubieran deseado. Entonces Dios, que siempre tiene una Providencia que vela sobre todas las cosas, inspiró a una virtuosísima Señorita que se dedicara de modo especial a las obras de caridad bajo la dirección del Sr. Vicente. Y como había trabajado mucho para las Cofradías de la Caridad y cooperado con el Sr. Vicente en otras actividades de las que hablaremos inmediatamente, es preciso darla a conocer más en concreto al lector.

Nos referimos a la Señorita Le Gras, Luisa de Marillac, viuda del Sr. Le Gras, secretario de la Reina Madre, María de Medicis. Dios le había dado virtudes y disposiciones convenientes para tener éxito (con bendición) en todas las santas obras a las que la destinaba. Estaba dotada de un extraordinario sentido común, de una virtud varonil y de una caridad universal, que le hacía abrazar con celo infatigable todas las ocasiones de socorrer al prójimo, y, en particular, a los pobres. Su Providencia la ejercitó durante algún tiempo con penas interiores que la afligieron y molestaron mucho. Se vio llena de fuertes perplejidades ante su propia manera de actuar y ante la resolución que debía tomar para darse a Dios como ella quería. Había sido durante varios años dirigida del difunto obispo de Belley, y por consejo suyo se decidió a tomar al Sr. Vicente para Director. Aunque no se solía encargar fácilmente de dirigir a las almas en particular y evitaba esa ocupación en cuanto le era posible, por miedo a que le quitara tiempo, y le impidiera dedicarse a obras más importantes para el servicio de la Iglesia, el Sr. Vicente creyó que en aquella ocasión debía acceder al parecer del gran obispo y prestar ese oficio de caridad a la virtuosa Señorita. Así lo dispuso Dios por los grandes bienes que su Providencia quería sacar, bienes que aparecieron muy pronto.

Esta fiel servidora de Jesucristo se sintió fuertemente tocada en sus oraciones para entregarse al servicio de los pobres. Pidió consejo al Sr. Vicente, y éste le respondió con una carta.

«Sí, ciertamente, mi querida Señorita, me parece muy bien. Y ¿cómo no? Si ha sido Nuestro Señor quien le ha sugerido ese santo sentimiento. Comulgue, pues, mañana y prepárese para la revisión saludable que se propone, y, después de eso, comience los santos ejercicios que se ha impuesto. No me siento capaz de expresarle cuán ardientemente desea mi corazón ver el suyo para saber cómo ha ocurrido eso en su corazón, pero deseo mortificarme por el amor de Dios, que es lo único en que deseo esté ocupado el de usted»

«Me imagino que las palabras (del Evangelio) de este día le habrán impresionado profundamente. ¡Tan apremiantes resultan para el corazón que ama con un amor perfecto! ¡Oh! Le suplico que su infinita Bondad haga, que usted sea siempre un verdadero árbol de vida, que produzca frutos de verdadera caridad»

Fue un rasgo muy especial de la Providencia Divina: La Señora Generala de Galeras había muerto el año 1625, después de haber cooperado con tanta bendición a las primeras misiones y a la fundación de los misioneros. El Sr. Vicente se había retirado entonces, como ya lo hemos dicho, al Colegio de Bons-Enfants. Y Dios quiso que muy pronto la Señorita Le Gras fuera a vivir cerca del Colegio para cooperar con grandísimo celo en todas las iniciativas de caridad a las que se dedicaba el fiel Siervo de Dios, con el fin de asistir corporal y espiritualmente a los pobres. Halló el Sr. Vicente en Luisa tan buenas disposiciones, y después de comprobar su virtud durante algunos años, le propuso, a comienzos de 1629, que se diera de modo particular a Nuestro Señor para honrar su caridad en los pobres y para imitarle en cuanto pudiese en sus fatigas, cansancios y contrariedades a las sufridas por El. La invitó a emprender, siguiendo el ejemplo de un Señor tan caritativo, algunos viajes y a ir por las aldeas para ver cómo andaban las Cofradías y reuniones de caridad, que se habían fundado, y las que se seguían fundando en las misiones. Y lo llevó todo acabo por espíritu de obediencia, aunque, por lo demás, estaba dispuesta por su celo y por el amor que sentía por los pobres. No se puede decir el fruto y la bendición que produjo en todos los sitios donde realizó la visita caritativa de las Cofradías de la Caridad, levantando a las que estaban caídas; animando a las mujeres que las componían; haciéndolas aumentar en número, cuando eran demasiado pocas para llevar las cargas; dándoles consejos para cumplir dignamente con sus obligaciones; preparándolas para el servicio de los enfermos pobres; distribuyendo camisas y ropa blanca que llevaba consigo e ingredientes para formar remedios; sugiriéndoles varios recursos y otros medios con que lograr el alivio y la salvación de los enfermos pobres.

De ordinario se detenía en cada una de las parroquias, y en el entre tanto, además de procurar el bien de las Cofradías de la Caridad, reunía a las muchachas en alguna casa particular con la aprobación del Sr. Párroco, y las catequizaba e instruía en las obligaciones de la vida cristiana. Si había en el lugar una maestra, le enseñaba caritativamente a desempeñar bien su oficio; si no la había, trataba de poner una que fuera apta, y para prepararla mejor, ella misma empezaba a dar las clases y a instruir a las niñas en presencia de la nueva maestra

Durante varios años se dedicó a este tipo de trabajos y obras caritativas en las diócesis de Beauvais, de París, de Senlis, de Soissons, de Meaux, de Châlons, de Champaña y de Chartres, con frutos y bendiciones inconcebibles. Disponía de una instrucción escrita de puño y letra por el Sr. Vicente acerca de la forma que debía observar en su actuación. Ella le iba escribiendo de vez en cuando acerca de todo lo que sucedía, y no hacía nada de extraordinario sin su consejo. Los viajes y las limosnas los hacía a sus expensas, y era siempre acompañada de algunas Señoritas piadosas y de una criada. Después de haber empleado la mayor parte del año en estas ocupaciones penosas y caritativas, ordinariamente volvía, para pasar el invierno, a París. Allí seguía prestando la misma asistencia a los pobres. Pero no contenta con lo que iba haciendo, la caridad que movía su corazón la impulsaba a convidar, en cuanto podía, a otras personas virtuosas a darse a Jesucristo para prestarle un servicio semejante en sus miembros. Se ha de destacar que era de complexión muy delicada y sujeta a muchas dolencias, pero no por eso menguaba su caridad

He aquí el extracto del comienzo y del final de una carta que le escribió el Sr. Vicente acerca de esa cuestión:

«¡Bendito sea Dios por haberla hecho llegar con buena salud! Tenga cuidado en conservarla por el amor de Nuestro Señor y de sus pobres miembros, y evite trabajar demasiado. Es una astucia del demonio, con la que engaña a muchas almas buenas, incitarlas a hacer más de lo que pueden, para que luego no puedan hacer nada; y el espíritu de Dios incita suavemente a hacer el bien que razonablemente se puede hacer, a fin de que lo hagamos con perseverancia. Obre, pues, así Señorita, y obrará según el espíritu de Dios», etc

«Cuando se vea usted honrada y estimada, una su espíritu a los desprecios y malos tratos que sufrió el Hijo de Dios. Ciertamente, un espíritu verdaderamente humilde se humilla tanto en los honores como en los desprecios, y hace como la abeja que fabrica su miel tanto con el rocío que cae sobre el ajenjo como con el que cae sobre la rosa. Espero que sabrá hacerlo así»

El Sr. Vicente no tuvo al principio otro propósito que fundar la Cofradía de la Caridad en las parroquias de las aldeas y los pueblos donde al no haber hospitales, los pobres enfermos a menudo quedaban en gran abandono, privados de ayuda y de remedios. Pero cuando el difunto Sr. Obispo de Beauvais conoció los grandes frutos producidos por la Cofradía de la Caridad para el bien espiritual, así como para el alivio corporal de los enfermos pobres, quiso que se fundara en todas las parroquias de la ciudad de Beauvais, que son dieciocho. Y cuando algunas Señoras virtuosas y caritativas de París vieron los buenos efectos de la Cofradía en las aldeas, trataron de que se fundara también en París, en su parroquia, a saber, la del Salvador. El año 1629 el Sr. Vicente hizo en París la primera fundación, siguiendo los deseos del Sr. párroco. Y el año siguiente la Señorita Le Gras invitó a cinco o seis señoras conocidas suyas de la parroquia de san Nicolás du Chardonnet, donde ella vivía, a juntarse con ella para el servicio de los enfermos pobres; y así lo hicieron. Escribió al Sr. Vicente, que entonces estaba dando misiones, para darle cuenta del progreso que habían realizado en aquella obra caritativa. El le recomendó de forma especial que siguieran los Reglamentos de las Cofradías ya establecidas, y le añadía otros consejos convenientes para tener éxito en la santa obra de aquella parroquia, así como había tenido el año precedente en la del Salvador. Luisa cumplió todo fielmente, y Dios les concedió tal bendición que otras señoras se asociaron a las primeras, y los pobres han estado desde entonces siempre muy bien atendidos bajo la sabia dirección del Sr. párroco

El mismo año y el siguiente, 1631, fue fundada la Cofradía por el Sr. Vicente con el permiso del Sr. Arzobispo de París, y la aprobación de los Sres. Párrocos en la parroquias de San Mederico, San Benito y San Sulpicio. Y más adelante, se han fundado, en diversas ocasiones, en las parroquias de San Pablo, San Germán de Auxerre, San Eustaquio, San Andrés, San Juan, San Bartolomé, San Esteban du Mont, San Nicolás des Champs, San Roque, Santiago de la Boucherie, Santiago du Haut Pas, San Lorenzo y, por decir así, en casi todas las parroquias de la ciudad y de los arrabales de París

Los Sres. Descordes y Lamy, administradores del hospital de Quinze-Vingts, rogaron también al Sr. Vicente que fundara allí la Cofradía de la Caridad; y él accedió

No debemos omitir aquí que en uno de los primeros años en que la Señorita Le Gras se dedicaba a las prácticas de la Cofradía de la Caridad en la parroquia de San Nicolás du Chardonnet, le ocurrió que un día se le acercó una joven apestada. Cuando el Sr. Vicente se enteró, le escribió en estos términos:

«Acabo de saber ahora mismo, no hace más de una hora, el accidente que ha sufrido la joven a la que recogieron sus guardianas de los pobres. Le confieso, Señorita, que de momento esto me ha enternecido tanto el corazón, que, si no hubiera sido de noche, habría partido inmediatamente para ir a verla. Pero la bondad de Dios sobre los que se entregan a El para el servicio de los pobres de la Cofradía de la Caridad, en la que ninguno de cuantos a ella pertenecen ha sido tocado por la peste, me obliga a tener una perfectísima confianza en El en que no la alcanzará el mal. ¿Creerá, Señorita, que no sólo visité al difunto Sr. Subprior de San Lázaro, que murió de la peste, sino que incluso percibí su aliento? Sin embargo, ni yo ni los demás que le asistieron hasta el último momento hemos sufrido mal alguno. No, Señorita, no tema; Nuestro Señor quiere servirse de usted para algo que se refiere a su gloria, y creo que la conservará para ello. Celebraré la santa misa por esa intención. Iría a verla mañana, si no fuera por la cita que tengo con algunos doctores de la Magdalena para unos asuntos concernientes al establecimiento de esta casa»

Ya se ha hecho notar acerca del contenido de esta carta, que la predicción del Sr. Vicente se ha realizado, y que esta caritativa Señorita, a pesar de continuar con sus penosas prácticas y todas sus grandes y frecuentes dolencias, vivió aún casi treinta años, después de que el Sr. Vicente le escribiera esa carta. Dios quiso servirse de ella no solamente para el bien de las Cofradías, tan útiles y saludables para los enfermos pobres, sino también para la fundación de una nueva Comunidad de virtuosas mujeres, que han contribuido tanto al bien de esas Cofradías y que prestan además tan buenos servicios a la Iglesia, como lo veremos en Capítulo siguiente.

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