Presentación del tema
La orientación de las dos fichas precedentes nos ha encaminado, siguiendo los pasos de san Vicente, a una reflexión sobre la Misión y sobre los pobres.
Lo esencial de ese mensaje se resume bien en la frase evángelica, que adoptó para sí como lema: «Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres».
El pobre, decíamos, reveló a san Vicente a sí mismo y le reveló su vocación.
La pobreza, los pobres que él descubrió: los desgraciados que visitaba en el Hótel-Dieu, los niños recogidos de noche bajo un porche de una iglesia, los presos encadenados como perros, los galeotes, a quienes vio que eran golpeados hasta morir, el mundo de la gente humilde que justo justo llegaba a sobrevivir.
Todo ese universo de sufrimientos y de miserias, en contraste con el lujo y el despilfarro de algunos, era a los ojos del Sr. Vicente un escándalo, ante el cual no se resignó nunca; nunca pudo tomar partido en favor de éstos.
Pues era para san Vicente un escándalo del mismo orden, que, en nuestros días, presenta la separación entre el Tercer Mundo y el nuestro; pero nosotros tenemos el sueño más tranquilo que el suyo.
La pobreza le aparecía a primera vista, como un azote que había que extirpar: todos tienen derecho a un mínimo de bienestar, y en la sociedad ciertamente hay demasiados de quienes no se tiene la menor preocupación, porque unos pocos están demasiado bien servidos. Sin hacer una teoría social, el Sr. Vicente se sirve de los medios de que dispone, de las buenas voluntades que él promueve, para instaurar un poco más de fraternidad y de justicia.
Con san Francisco de Sales, san Vicente provocó una «verdadera revolución» en las costumbres, piensan los economistas Juan Fourastié y Juan Nef. «Gracias a ellos la vida temporal se impregnó de una ternura y de una moderación desconocidas, de las que carecía hasta entonces» («Lettre ouverte á quattre milliards d’hommes», Jean Fourastié, éd. Albin Michel, 1970, p. 134-140; o también: «Les fondements culturels de la civilisation industriel», John Nef).
De ese amor de Dios y de nuestros hermanos, «a costa de nuestros brazos, del sudor de nuestras frentes», en la lucha contra la miseria, tendremos que sacar la lección para nuestro tiempo: pero no es ése el objeto de esta ficha.
La pobreza, para san Vicente, es un escándalo, un mal que hay que combatir, pero es al mismo tiempo un misterio, una bienaventuranza evangélica, y también la revelación de Cristo en medio de nosotros.
Es misteriosa: forma parte de la condición humana, es la compañera del hombre, por muy alto que esté situado: aunque el rico solamente la conozca en la angustia de un amor destrozado o en la impotencia ante el sufrimiento y la muerte. Que el ataúd sea de abeto o de caoba importa poco. Sirve para contener la misma ceniza. Ella le recuerda al hombre, el rey de la creación, que está desnudo, que este mundo no es el verdadero, que el orden que reina en él es injusto.
Es una Bienaventuranza: es la primera de todas, porque el pobre, la persona cuyo espíritu y cuyo corazón no están apegados a los bienes terrestres, está disponible para Dios, abierto a su gracia: el sitio, en él, está libre. No tiene ningún tesoro al que esté enganchado su corazón. Entre el amor divino y él no se interpone nada.
Al contrario, el hecho de tener todo lo que se quiere, de estar satisfecho, hace inútil la necesidad de Dios, la relación con Dios. Hace incluso impermeable a la gracia. Hace falta un verdadero barrido interior: «Si no os hacéis como niños, no entraréis…»
Es, finalmente, revelación de Jesucristo: Por algo será que el Hijo del Hombre eligió nacer entre los más humildes, que vivió como un pobre, que murió en la indigencia y en el abandono moral, que se dirigió a los pobres en primer lugar; que quiere hasta el día del juicio estar presente, por ellos, en medio de los hombres. Hasta el fin de los tiempos, los pobres serán el recuerdo viviente de su enseñanza: «Lo que habéis hecho al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho».
Esos tres aspectos positivos de la pobreza nos son entregados por san Vicente, quien ha reflexionado largo y tendido, hasta el punto de que, para él, se trata de una nueva forma de concebir al hombre (hoy se diría: una antropología).
En el siglo XVII, el hombre verdadero, el hombre que puede servir de modelo envidiable, es el gentilhombre, «el hombre de categoría»; como en nuestros días lo es el hombre que triunfa en la vida: éxito material con toda seguridad, consideración social, éxito familiar.
Paradójicamente, según el Evangelio tal como es leído por san Vicente, el hombre verdadero es el Hijo del Hombre, es Jesucristo, el divino pobre, es también el pobre en quien Él está presente, por quien Él se revela. Es Él quien resume mejor la condición humana, Él, quien no teniendo parte en este mundo, es el testigo de la espera de un mundo mejor, Él, quien nos recuerda la pobreza esencial del hombre ante Dios.
Claramente se trata de una forma muy distinta de concebir al hombre ideal según el Evangelio, y no según el mundo, animado por las «máximas evangélicas» como dice san Vicente, y no por las «máximas del mundo».
Esto lo han vivido muchos otros santos antes y después de san Vicente: impresionados por lo absoluto del Evangelio, han renunciado al mundo, yendo incluso, como san Francisco, hasta el desprendimiento total.
El Sr. Vicente no abandonó ese mundo de miseria; nadie estuvo tan presente como él en el mundo de su tiempo: se metió de lleno en él para salvarlo. Él transformó su escala de los valores; por una inversión enteramente evangélica de perspectivas, los últimos son para él los primeros y todo se ordena en función de ellos.
En un siglo prendado del lenguaje bello y de pensamientos nobles, no propone una escuela de espiritualidad que explicara de manera satisfactoria para el espíritu, cómo se organiza la creación desde el trono soberano de Dios, las jerarquías celestiales y las jerarquías terrenales, hasta el último de los palurdos. Otros lo harán. Él se pone y pone a sus contemporáneos al servicio de los pobres.
Para él ésos son «nuestros señores y nuestros amos».
Así es como ve el mundo.
Así como ve al hombre,
todo lo demás se deduce de ahí.
Una nueva forma de concebir al hombre
I. Jesucristo ha elegido deliberadamente la condición de pobre
«El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado… Nuevo Adan, Cristo… manifiesta plenamente al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» (GS 22).
Es ante todo en el misterio de Jesucristo donde san Vicente busca y encuentra su «nueva» manera de concebir al hombre. Y lo que le impresiona y orienta decididamente es la opción deliberada de Jesucristo por los pobres. En numerosos textos nos recuerda esa elección capital y nos urge que deduzcamos de ella las consecuencias.
«…Practicando lo contrario…»
«… nuestro Señor, el soberano Señor, el creador y el legítimo poseedor de todos los bienes, habiendo visto el gran desorden que el deseo y la posesión de las riquezas han causado en la tierra, quiso remediarlo con la práctica de lo contrario. Él, que fue tan pobre que ni siquiera tuvo donde reposar su cabeza, quiso que sus apóstoles y discípulos a quienes había admitido en su compañía, adoptasen esta práctica de la pobreza, lo mismo que los primeros cristianos, de los que se dice que no tenían nada propio, sino que sus bienes eran comunes. Así pues, nuestro Señor viendo el gran estrago que el espíritu maligno había hecho en el mundo por la posesión de las riquezas, que causan la perdición de muchos, quiso combatirla con un remedio totalmente contrario, esto es, con la práctica de la pobreza» (XI, 649).
«…Se la reservó para sí…»
«…ésta ha sido la virtud del Hijo; y quiso hacerla como suya; fue el primero en enseñarla, quiso ser el maestro de la pobreza. Antes de Él nadie sabía lo que era; era desconocida. Dios no quiso enseñárnosla por los profetas; se la reservó, para venir él mismo a enseñárla. En la Ley antigua, no se la conocía; sólo se estimaban las riquezas; nadie hacía caso de la pobreza, pues no conocían sus méritos.
Ved el Eclesiastés, que era de la ley antigua, en la que no se reconoce la pobreza; su excelencia la hacía reservar para el Hijo de Dios, que tenía que predicárnosla con palabras y con ejemplos» (XI, 155).
«…Se hizo el más pobre de todos los hombres…»
«…era el dueño y el señor de todo el mundo, y el que hizo todos los bienes, pero quiso privarse de su uso por nuestro amor; aunque era el señor de todo el mundo, se hizo el más pobre de todos los hombres y tuvo menos que los mismos animales. «Vulpes foveas habent; volucres caeli, nidos; Filius autem hominis non habet ubi caput reclinen el Hijo de Dios no tiene ni una piedra donde reposar su cabeza» (XI, 139).
«…¿Quién querrá ser rico?…»
«i,Quién querrá ser rico, después de que el Hijo de Dios quiso ser pobre? Si se considera el peligro de su salvación en que están las personas ricas, nadie tendrá ganas de poseer en su vida bienes y comodidades» (IX, 813).
«…Lo primero…»
«Lo primero que nuestro Señor practicó al venir al mundo fue la pobreza; y lo primero que nos enseñó fue igualmente la pobreza: «Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum»; porque nuestro Señor «cepit facere» y después «docere». Lo primero que brota de los labios es lo que más llena en el corazón. Por tanto, si nuestro Señor empezó sus sermones por esta frase: «Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum», esto es señal de que tenía un gran amor a la pobreza y de que la tenía en gran estima» (XII, 657).
II. Máximas del mundo… máximas de Jesucristo
La meditación del misterio de Cristo, Hombre Nuevo, al mismo tiempo que la atenta reflexión sobre «el gran desorden que el deseo y la posesión de las riquezas han causado en la tierra» (cf. XI, 649), llevan a san Vicente a entrar de lleno en las perspectivas del Evangelio. Ya no juzgará más al hombre según las máximas del mundo (poder, riquezas, saber…), sino según las Bienaventuranzas.
«…Bienaventurados los pobres…»
«En primer lugar, las máximas de nuestro Señor dicen: «Bienaventurados los pobres»; y las del mundo: «Bienaventurados los ricos». Aquéllas dicen que hay que ser mansos y afables; éstas que hay que ser duros y hacerse temer. Nuestro Señor dice que la aflicción es buena: «Bienaventurados los que lloran»; los mundanos, por el contrario: «Bienaventurados los que se divierten y se entregan a los placeres»; «Bienaventurados los que tienen hambre y sed, los que está sedientos de la justicia»; el mundo se burla de esto y dice: «Bienaventurados los que trabajan por sus ventajas temporales, por hacerse grandes». «Bendecid a los que os maldicen»: dice el Señor; y el mundo dice que no hay que tolerar las injurias: «al que se hace oveja, lo comen los lobos»; que hay que mantener la reputación a cualquier precio, y que más vale perder la vida que el honor» (XI, 420-421).
«…El mundo aprecia las cosas mundanas…»
«También es una máxima del mundo huir de la pobreza y la miseria y juzgarse feliz de poder evitarla, ya el mundo aprecia las cosas mundanas, como es la prosperidad, los honores y las alabanzas. Todas sabéis que el mundo desea siempre algo más de lo que posee, y que nunca está contento. Tiene envidia de lo que tienen los demás; y cuando alguien los supera en alguna cosa, dice: «¡Ay! ¡Qué pena no ser como ese hombre o como esa mujer!»… Así pues, es una máxima del mundo estimar todo eso, ya que no sólo lo ama cuando lo posee, sino que siente envidia de ello ante los demás. Por el contrario, una Hija de la Caridad tiene que pensar que el Hijo de Dios prefirió siempre la pobreza a las riquezas, el desprecio al honor, y que dijo que era más fácil que pasar una maroma por el agujero de un ojo de una aguja que el que un hombre rico entrara en el cielo. Ya sabéis lo que son esas maromas gruesas que sirven para atar los barcos en la orilla; pues bien, el Hijo de Dios ha dicho que es más difícil que un rico entrara en el cielo, que pasar una de esas cuerdas tan gruesas por el ojo de una aguja. Pues bien, hijas mías, después de esto, ¿estimaréis los bienes y las comodidades de la vida? ¡No! En lugar de estimarlas, hay que despreciarlas, ya que así lo hizo el Hijo de Dios» (IX, 761).
«…Ese espíritu de anticristo…»
«Sí, el espíritu de pobreza es espíritu de Dios; porque despreciar lo que Dios desprecia y estimar lo que él estima, buscar lo que él aprueba y aficionarse a lo que él ama, es tener el espíritu de Dios, que no es otra cosa que tener los mismos deseos y afectos que Dios, entrar en los sentimientos de Dios. Y ése es el espíritu de Dios: amar, como él y los suyos, la pobreza, a la que se opone el espíritu del mundo, ese espíritu de propiedad y de comodidad que busca la satisfacción propia, ese espíritu de apego a las cosas de la tierra, ese espíritu de anticristo, sí, de anticristo; no ya de ese anticristo que ha de venir poco antes de nuestro Señor, sino de ese espíritu de riquezas opuesto a Dios, de esas máximas contrarias a las que ha enseñado el Hijo de Dios» (XI, 140-141).
«…La fuente de toda clase de males…»
«No hay ningún mal en el mundo que no provenga de esta maldita pasión de poseer. La ambición, la avaricia, el amor a las riquezas, es la fuente de toda clase de males. «Cupiditas, radix omnium malorum». El que está sometido a esta avaricia tiene dentro de sí el principio, el origen y la fuente de todo mal, «radix omnium malorum». No hay nada de lo que no sea capaz un hombre excitado, aguijoneado de este deseo; tiene dentro de sí todo lo que se necesita para poder hacer cualquier cosa descaradamente; no hay un crimen tan enorme, tan extraño, tan horrendo, que no sea capaz de cometer fácilmente un hombre apegado a sus intereses. «Radix, radix omnium malorum»: ahí está la semilla y la raíz de todo; «radix», no busquéis otra causa: ésta es» (XI, 152).
«…Un mundo nuevo…»
«Si pensamos que nuestro Señor, al venir al mundo y al querer hacer un mundo nuevo de personas que estuvieran a su servicio, empezó diciéndoles: «Beati pauperes spiritu, quoniam ipsorum est regnum caelorum», hemos de confesar que hay algo grande en la pobreza. Observad bien estas palabras: «nemo, nisi, omnibus». No hay nadie en el mundo que pueda ser discípulo de nuestro Señor y siervo suyo, ningún personaje sea quien sea, si no, «nisi», renuncia ¿a qué? «omnibus». Es verdad que no se trata de un mandamiento, sino de un consejo en cuanto al estado de perfección, tal como lo abrazaron los apóstoles. Los primeros cristianos comprendieron ese estado bienaventurado; se entusiasmaron con él y lo abrazaron en seguida; todos eran santos; y ¿por qué? Porque eran pobres: «Omnia illis erant communia»» (XI, 658).
«…Los pobres nos lo disputarán…»
«El buen señor Duval me decía un día: «Padre, los pobres nos disputarán algún día el cielo y nos lo arrebatarán, porque existe una gran diferencia entre su manera de amar a Dios y la nuestra. Su amor se realiza, como el de nuestro Señor, en el sufrimiento, en las humillaciones, en el trabajo y en la conformidad con la voluntad de Dios. Y el nuestro, si es que tenemos alguno, ¿en qué se da a conocer? ¿qué es lo que hacemos, que lleve el sello de ese verdadero amor?»» (XI, 404-405).
III. Amos… y… servidores
Consciente de la «eminente dignidad» del pobre y de la desventaja que constituye la fortuna, san Vicente —siguiendo al Evangelio Mt 25, 31— llega a invertir las perspectivas y los valores admitidos en el mundo: El amo y señor es el pobre… Los ricos y los grandes están a su servicio. De este modo encuentra en la lógica del Evangelio que un Rey esté a la cabecera de un enfermo pobre, que una Reina «se ponga a hilar para coser la ropa de los pobres» y que las Damas de la Caridad le lleven en persona el «puchero de sopa»…
«…Son nuestros reyes…»
«…es razonable que se sirva primero a lós pobres. Los pobres son nuestroa amos; son nuestros reyes; hay que obedecerles, y no es una exageración llamarles de ese modo, ya que nuestro Señor está en los pobres» (IX, 1137).
«…Nuestros señores y nuestros amos…»
«Por eso estáis destinadas a representar la bondad de Dios delante de esos pobres enfermos. Pues bien, como esta bondad se comporta con los afligidos de una forma dulce y caritativa, también ustedes tienen que tratar a los pobres enfermos, como os enseña esa misma bondad, esto es, con dulzura, con compasión y con amor: pues ellos son vuestros amos, y también los míos. Existe cierta Compañía, cuyo nombre no me viene ahora la memoria, que llama a los pobres «nuestros señores y nuestros amos»; y tienen razón, pues ellos son los grandes señores del cielo; a ellos les toca abrir sus puertas, como se nos dice en el Evangelio.
Así pues, esto es lo que os obliga a servirles con respeto, como a sus amos, y con devoción, porque representan para vosotras a la persona de nuestro Señor, que ha dicho: «Lo que hagáis al más pequeño de los míos, lo consideraré como hecho a mí mismo». Efectivamente, Hijas mías, nuestro Señor es, junto con ese enfermo, el que recibe el servicio que le hacéis. Según eso, no sólo hay que tener mucho cuidado en alejar de sí la dureza y la impaciencia, sino además afanarse en servir con cordialidad y con gran dulzura, incluso a los más enfadosos y difíciles» (IX, 915-916).
«…Los más grandes del mundo…»
«Tenéis que pensar con frecuencia que vuestro principal negocio y lo que Dios os pide particularmente es que tengáis mucho cuidado en servir a los pobres, que son vuestros señores. Sí, Hermanas, son nuestros amos. Por eso tenéis que tratarlos con mansedumbre y cordialidad, y pensando que por eso os ha puesto juntas y os ha asociado Dios, que por eso Dios ha hecho vuestra Compañía. Tenéis que tener cuidado de que no les falte nada en lo que vosostras podáis, tanto para la salud de su cuerpo, como para la salvación de su alma ¡Qué felices sois, hijas mías, por haberos destinado Dios a esto, para toda vuestra vida! «Los más grandes del mundo consideran una felicidad el poder ocupar en esto una pequeña parte de su tiempo, y esto con gran fervor y caridad. Vosotras, Hermanas de san Sulpicio, veis a esas princesas y grandes damas, cuando las acompañáis. Hijas mías, ¡cuánto tenéis que estimar vuestra condición, ya que estáis en condiciones de practicar todos los días, a todas las horas, las obras de caridad, y que es éste el medio de que Dios se ha servido para santificar a muchas almas!» (IX, 125).
«…El que estaba peor…»
«Yo no había oído nunca lo que uno de los administradores del Hótel-Dieu me dijo hace algún tiempo de san Luis, que en un registro o en un documento del Hótel-Dieu se indica que aquel buen rey, visitando un día a los enfermos, pidió que le llevasen al que estuviera más infectado; la persona que le iba presentando a los enfermos se creyó en la obligación de hacerlo así y, cuando estuvieron junto al que se encontraba peor, le dijo a san Luis: «Señor, perdóneme si no llevo a Su Majestad a ver a ese enfermo, pues sale de él un olor tan malo, que nadie se le puede acercar; esto nos ha obligado a separarlo de los demás». —»No importa, dijo; hacédmelo ver». Cuando aquel buen rey estuvo junto a aquel pobre ulceroso, éste se puso a gritar: «Señor, ¿quiere acercarse a un pobre desgraciado como yo? No lo haga, señor; pues tengo el cuerpo tan corrompido, que apenas puedo soportarme a mí mismo»—. «Amigo mío, le dijo el santo, reconozco que tu cuerpo no exhala más que podredumbre, como dices; pero las virtudes que practicas al soportarlo por amor de Dios tienen un olor muy agradable». Dicho esto, se acercó a aquel buen hombre y lo consoló; después de salir de allí, le dijo a una persona que nunca había sentido nada tan agradable, como cuando se acercó a aquel enfermo» (IX, 1096-1097).
«…Su Majestad hilaba…(la Reina de Polonia)…»
«…le confieso que jamás las vi tan impresionadas como en el relato que les hice de la bondad y afecto que les tiene Su Majestad, y especialmente cuando les dije que Su Majestad hilaba y devanaba el hilo necesario para coser la ropa de los pobres y la suya, que es un ejemplo sin ejemplo en la Iglesia de Dios. Sabemos muy bien que la historia nos hace ver a una princesa que hilaba todos los años el hilo necesario para sepultar su cuerpo; pero no recuerdo haber leído nunca que la bondad de alguna la haya inclinado, como a Su Majestad, a emplear la obra de sus manos en servicio de los pobres» (VIII, 84).
«…El instrumento de vuestra salvación…»
«Dios las hizo como madres de los niños abandonados, las directoras de su hospital y las dispensadoras de las limosnas de París por las provincias, especialmente para las que acaban de ser desoladas. Estas buenas almas han respondido a todo esto con ardor y con firmeza, por la gracia de Dios.
¡Ay, señoras! Si todos estos bienes llegaran a disolverse entre sus manos, sería un motivo de gran desconsuelo! ¡Qué desolación! ¡qué verguenza! ¿Y quién podría pensar en semejante catástrofe? ¿De dónde podría provenir? ¿Quién podría ser la causa? Que cada una de vosotras se pregunte en su interior: «¿Soy yo la que contribuyo a hacer que decaiga esta santa obra? ¿Qué hay en mí que me haga indigna de sostenerla? ¿Soy yo la causa de que Dios cierre la mano a sus gracias?» Seguramente, señoras, si nos examinamos bien, tendríamos mucho miedo de no haber hecho todo lo que hemos podido por el progreso de esta obra; y si consideraseis su importancia, la querríais tanto como a la niña de vuestros ojos y como el instrumento de vuestra salvación» (X, 953-954).
Esta inversión de perspectivas (Pobres=Amos; Ricos=Criados) suscita lo que podríamos llamar «reflejo vicenciano». La historia de Bárbara Angiboust, una de las primeras Hijas de la Caridad, es una perfecta demostración.
«…Si usted fuera pobre, señora…»
«Una dama muy distinguida, que en aquellos tiempos tenía más autoridad en el reino que ninguna otra ante las personas reales, sintió deseos de tener a su lado a una Hija de la Caridad y me dijo: «Padre, quiero tanto a las Hijas de la Caridad que me gustaría tener siempre una a mi lado; le ruego que me mande alguna». «Ya hablaré con la señorita Le Gras». Al estudiar a quién podríamos mandar para ello, recayó la suerte en nuestra Hermana. Le dije: «Hermana, hay una gran señora que desea tener una Hija de la Caridad con ella. Hemos pensado en enviarla a usted; ¿no le parece bien, hija mía?» Inmediatamente acudieron las lágrimas a sus ojos, sin que dijera nada para excusarse, ni que era una pobre muchacha aldeana a quien no correspondía ocuparse en esta tarea, ni que carecía de las dotes necesarias. No dijo nada de eso en aquella ocasión. Le dije: «Bien, hija mía; ofrezca esas lágrimas a nuestro Señor; él sabrá sacar de allí su gloria algún día».
Luego, como urgía mucho aquella persona, le señalé un día, para que acudiese a aquel lugar, en donde yo también me encontraba. Así lo hizo. Le dijeron a aquella señora que había llegado la Hija de la Caridad que había pedido. Ella la mandó buscar por medio de dos señoritas de compañía que, al saber por qué venía, le dijeron: «Hermana, sea usted bienvenida; la señora quiere verla». Yo le dije: «Vaya usted». Ella las siguió, conteniendo sus lágrimas lo mejor que podía.
Al entrar en la corte de aquella señora, vio un gran número de carrozas, tantas como podríais ver en el Louvre. Aquello le sorprendió, y dijo a las señoritas: «Me he olvidado de decirle una cosa al padre Vicente; les ruego que me permitan volver allá». Ellas le dijeron: «Vaya, Hermana; la esperaremos aquí». Ella volvió y me dijo: «Pero, padre, ¿a dónde me envía? ¡Si eso es una corte!». Yo le dije: «Vaya, Hermana, encontrará allí a una persona que quiere mucho a los pobres». La pobre Hermana se volvió. La condujeron a aquella señora, que la abrazó y le mostró un gran afecto, esperando a decirle lo que quería de ella, cuando se hubieran retirado sus acompañantes. Y aunque aquella buena Hermana sabía muy bien que su residencia en aquel sitio era un medio de hacer mucho bien a los pobres, sin embargo se mostró llena de tristeza, no haciendo más que suspirar y sin comer casi nada. Cuando vio aquello la señora de que hablamos, le preguntó: «Hija mía, ¿por qué no le gusta estar conmigo?». Y ella sin disimular el motivo de su pena, le contestó: «Señora, he salido de casa de mis padres para servir a los pobres, y usted es una gran dama, rica y poderosa. Si usted fuera pobre, señora, le serviría de buena gana». Y les decía a todos lo mismo: «Si la señora fuera pobre, me entregaría de corazón a su servicio; pero es rica». Finalmente, aquella señora, al verla siempre afligida y triste, la devolvió al cabo de algunos días» (IX, 1163-1164).
«…El ánimo que esto me ha dado…»
San Vicente escribiendo la historia de Bárbara Angiboust a Luisa de Marillac concluye: «¿Qué le parece, señorita? ¿No la entusiasma ver la fuerza del espíritu de Dios en esas dos pobres jóvenes y el desprecio que les inspira del mundo y de su grandeza? No puede imaginar el ánimo que esto me ha dado por la Caridad…» (I, 358).
Nuestra forma de concebir al hombre
Cuestiones para los intercambios
1. Jesucristo quiso deliberadamente ser pobre con los pobres
San Vicente lo había comprendido hasta el punto de consagrarse enteramente a continuar la Misión de Cristo: «Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres», y a aceptar todas las consecuencias: pobre con los pobres.
- ¿Dónde estamos en nuestra búsqueda personal y comunitaria sobre las consecuencias de esa elección: estilo de vida, forma de portarnos, estilo de acoger, relaciones, compromisos en sociedad?
- Al observar nuestra vida, los pobres con quienes nos encontramos, ¿pueden decir que estamos deliberadamente con ellos?
2. Al oponer las máximas del mundo a las máximas de Jesucristo, san Vicente afirma la eminente dignidad de los pobres. No es la riqueza, ni el poder, ni los honores los que constituyen el valor de un hombre; todo eso constituye más bien un peligro.
- Inconscientemente, ¿no aceptamos a veces las «máximas del mundo»?
- en nuestro estilo de vida,
- en la mirada y los juicios que hacemos de las personas,
- en la forma de reaccionar en una sociedad, más sensible al poder, al dinero, al aparentar, que a los derechos de los pobres y a su dignidad.
3. Encontramos, como Cristo, como san Vicente, a quienes ostentan el poder, el saber y el tener, a las «personas de los medios independientes», como se dice hoy en día.
¿Cuáles son nuestras actitudes a este respecto ante:
- la deferencia que se paraliza en un mundo de conveniencias?
- la irritación ante su bienestar, que se manifiesta por un rechazo en tratar de comprenderles?
- los ataques sistemáticos a su mentalidad y a su persona, que lleva a una ruptura sin esperanza?
¿o bien, es una búsqueda de un diálogo positivo:
- que les conduzca a respetar a los pobres en su dignidad, su cultura, la defensa de sus aspiraciones?
- que les permita descubrir, a la vez, la vanidad del dinero, de los honores, y la llamada de Cristo a vivir las Bienaventuranzas?
- que les disponga a cuestionar su forma de obrar en relación a los pobres y a la escala de valores de nuestra sociedad?






