Un perfil heroico: santa Luisa de Marillac (21 y último)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Autor: Yolanda de Montefrío · Año publicación original: 1960.
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DADLE el fruto de sus manos, y alábenla sus obras
3 las puertas de la Ciudad Santa.
(Prov., 31.)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA En esto hemos conocido el amor—dice al Apóstol San Juan—, el es, que Cristo ha dado su vida por nosotros, y nosotros del mos darla por nuestros hermanos… No amemos, pues, de labra ni con la lengua, sino en actos y en verdad.»

El resumen de una vida como la de Santa Luisa, dolorosa y fect da, encuentra su explicación en una sola palabra: Amor. En ella es de de únicamente podemos hallar las raíces profundas de aquel espíritu r en vida interior, y a la vez llamado a la más abnegada actividad.

Apenas, si no es así, podríamos explicarnos ese complejo que sig fica su salud, deficiente siempre; su constitución física, endeble en < tremo; su vida, llena de amargos trances, en los que puso en juego to la hermosura de su alma, junto a la más prodigiosa actividad. Activid que, lejos de todo activismo, en el sentido moderno y adecuado de palabra, estaba motivada por la intensidad de su vida interior.

Y conviene precisar aquí este punto, tanto más cuanto se ha a gado a veces la imposibilidad de conciliar la vida de Marta con la María, y la pérdida irreparable de la vida interior al dedicarse a funciones de la caridad.

No vamos a creer que Luisa, lanzada en los primeros arios de su ventud, con todo el ímpetu de su alma, a la vida contemplativa inauguraban las Hijas de la Pasión en París, encontró después, bajo dirección de San Vicente de Paúl, una evasión a este fracaso que rep sentara para ella la negativa de entrar al claustro. Precisamente su píritu se fortaleció con toda integridad en el amor de Dios cuando encontró en las obras de caridad. ¿Sería esto derivar, por nuestra parte una depreciación de la vida contemplativa en sí? No es cierto, sino pensamos que el equilibrio ponderado de un alma reside en amar a D con todas sus fuerzas, y que este amor no puede sentirse comprimid sino que tiende a realizar su expansión en torno al prójimo que pas; nuestro lado. Y en el caso de Luisa de Marillac, precisamente del prójimo que a los ojos del mundo es más destestable por ser así infrahumano Todo el cortejo de miserias, aureoladas por la presencia de Cristo representado en uno de sus más pequeños hermanos, según la palabra evangélica, fue la porción escogida que Él había reservado a Luisa para que vertiera en ella los tesoros de amor que albergaba en su corazón.

De aquella antigua vida, de aquella reciedumbre interior que fue siempre la característica de Santa Luisa, nada se perdió cuando, confortada con una palabra que era suave a su corazón, la CARIDAD, se lanzó en la consecución de un ideal fecundo. Vicente de Paúl sabía que ésa era precisamente la piedra angular sobre la que podía construir el hermoso edificio de la santidad. Lo que el santo rechazó siempre en la vida de la señorita fueron aquellos excesos de piedad martilleante, que apenas elevaban el espíritu por la multitud de actos, antes bien lo atenazaban a unas prácticas que no alimentaban el alma, sino que la turbaban extraordinariamente.

Que la vida de Santa Luisa de Marillac haya sido fecunda, dentro del marco de su precaria salud, es un milagro de la gracia, que nos testimonian estas palabras de Vicente, escritas en 1647, trece años antes de la muerte de ambos. Esta carta, dirigida al señor Blatiron, Superior de la Misión de Génova, dice:

«Doy gracias a Dios porque vuestra salud ha mejorado en medio de tantos trabajos. Puede decirse de vos lo que de la señorita Legras, a la cual considero como muerta hace ya diez años; al verla, parece que sale de la tumba, tal es la debilidad de su cuerpo y la palidez de su rostro; pero Dios sabe cuál es su fortaleza de espíritu. No hace mucho ha hecho un viaje de cien leguas, y sin las frecuentes enfermedades que tiene, y el respeto que siempre tiene a la obediencia, iría de un lado a otro a visitar a las Hijas de la Caridad y a trabajar con ellas, aunque, en relidad, no tiene más vida que la que recibe de la gracia.»

Vicente de Paúl, siempre parco en alabanzas, que hubiera preferido todo antes que manchar sus labios con una palabra de adulación, es sobradamente elocuente en este párrafo; por él sabemos que la fortaleza de espíritu era lo que mantenía en su puesto de abnegación y trabajo a la señorita Legras, hasta convertirla en una personalidad sin par en su siglo por las obras de caridad.

Para despertar nuestra admiración son suficientes algunos ragos de su vida. A menudo recayó sobre sus espaldas la responsabilidad de las obras emprendidas por la iniciativa de Vicente. Si a esto unimos el significativo detalle de que ella nunca sintió ese entusiasmo humano que es patrimonio de algunos temperamentos, y que, por el contrario, un halo de inquietud la acompañaba en la mayor parte de sus empresas, y no la abandonaba ‘ni aun en las más fervorosas oraciones, veremos que esta gran fuerza espiritual fue la que proyectó sobre sus obras una claridad que no tienen la mayoría de las obras que emprenden los humanos.

«La razón de amar al prójimo—dice Santo Tomás—es Dios. Lo que más debemos amar en nuestro prójimo es que él esté en Dios.» Estas afirmaciones del Angélico han sido entendidas por Luisa de Marillac a la perfección. Haciendo un paralelo, oigamos a Santa Luisa:

«Dios no quiere que sirvamos solamente al pobre en las necesidades corporales, sino que hagamos todo lo posible para contribuir a la salvación de su alma.»

La gracia de la vocación a que Dios la había llamado era lo único que podía explicar que a tan exigua fuerza física se uniera en ella a una actividad asombrosa. Mas como su vocación específica fue la de buscar a Nuestro Señor en los miembros dolientes de su Cuerpo Místico, era lógico que en las miras de la Divina Providencia entrase que ella hubiera experimentado, en su propia vida, todos aquellos dolores que se sentía llamada a aliviar. Hay en los planes de Dios una lógica tan rigurosa como admirable. Luisa de Marillac, con sus enfermedades, sus dolores físicos y otros mucho más graves en su espíritu—purificación, bajo formas múltiples, de sus afectos más profundos—, cuidados de familia, viudez, decepción de parte de su hijo, escrúpulos y penas interiores pudo pensar que nada se le había regateado de la mano de Dios. Apenas tuvo conocimiento de la vida, y ya conoció el abandono de la orfandad. Su matrimonio con Antonio Legras, por ser éste «de su condición» no la ponía en el mismo relieve que otros miembros de su familia que habían contraído alianzas más brillantes. También conoció la práctica de la pobreza, pues tuvo que cubrir las necesidades de una Comunidad pobre, de cientos de niños, de muchos miserables. Por eso, sin ilusión posible, se había acostumbrado a contentarse con poco; con tan poco que era muchas veces menos que lo necesario para la pequeña Casa de las Hijas de la Caridad.

Por su precaria salud se quería que, al menos, no careciera de Ic indispensable; mas ella protestaba, no quería ser tratada mejor que cualquiera de las Siervas de los Pobres, cuando a sus amos les faltaba lo necesario. A veces pedía humildemente perdón si las exigencias de su salud la obligaban a dispensarse de alguna de sus reglas, lo que para ella era un tormento mayor que la enfermedad misma.

Luisa se reconocía altamente deudora a Vicente por lo que este santo director había hecho en favor de su alma. Pero nunca se detuvo er consideraciones humanas ante él, sino que se dirigió constantemente a Dios. Su espíritu, tan complicado en los primeros años de su vida, se tamizó en la sencillez, y encontró a su Dios en el interior de su alma como Soberano.

«Dios—dice—se da infinitamente a las almas que le son fie les en sus promesas.» «He pensado—dice en otra ocasión—que debo ser ahora más fiel que nunca, tanto en mi interior come en el servicio que debo a los pobres.»

En ese mismo día anota que «estaba colmada de las gracias que Dios le había hecho. Y, sin embargo, no quiere complacerse en los do nes, sino en el dador», y añade:

«El mismo me ha hecho comprender que las gracias que me ha concedido no son para mí, sino porque yo voy a Él por el servicio del prójimo.» Y también: «Quisiera, con todo mi corazón, poder dar a Dios y hacer dar a Dios mucha gloria.»

La devoción al Espíritu Santo, practicada desde los primeros tiempos en la Compañía de las Hijas de la Caridad, tiene en ella un sabor tradicional, que se remonta a los santos fundadores. Para Luisa de Marillac la fiesta de Pentecostés de 1623 fue el principio de una vida nueva, puesto que «sintió que Dios había posado su mano sobre ella». Cierto día de Pascua el mismo Espíritu Divino inspiró a Santa Luisa el deseo de resucitar con Nuestro Señor. Mas para resucitar hay que morir. La muerte, para ella, sería la destrucción lenta de su yo. «Pero—nos dice— esto no lo puedo pretender por mí misma, y me ha parecido que Dios me ha pedido consentimiento, y yo se lo he dado, para operar enteramente lo que Él quiera de mí.» Este desprendimiento de sí misma le permitiría conocer la excelencia del alma libre, que obra en todos sus pensamientos, palabras y acciones de acuerdo con la voluntad de Dios, toda impregnada de la unión espiritual, hecha de fuerza divina.

Lo que para Luisa fue más punzante no eran los sufrimientos personales, que le advinieran de llevar su cruz, sino otro dolor que la gracia le hacía considerar todavía mayor: el de sentir íntimamente la maldad del pecado, que atenta contra Dios mismo.

A dos hermanas que iban a tomar el santo hábito en febrero de 1653 les manda estas líneas:

«Debéis recordar siempre este día, porque la Virgen ha comenzado en él a asociaros a los sufrimientos de su Hijo. Es para enseñaros que os debéis preparar a sufrir. ¿Y por qué habéis de estar preparadas? Es, mis queridas hermanas, por el gran peso que representa para nosotras el ver ofendido a Dios por parte de los hombres, y cuando nosotras mismas le ofendemos.»

No escatimaba ocasiones para elevar el espíritu de las hermanas, a fin de que no decayeran en sus penosos trabajos de caridad y vivieran en absoluta unión con Dios, a quien habían venido a honrar sirviéndole en los pobres:

«No os deis la pena de medir cuántas son vuestras fuerzas, pues os aseguro que recibiréis de la bondad de Dios todo cuanto os sea necesario. Hay que recibir de buen grado también nuestra impotencia para el trabajo cuando nos llegue el momento de rendir las armas, sirviéndonos esta situación para elevarnos más arriba de las cosas de la tierra, y pensando que Nuestro Señor quiere que , después de haber trabajado por el prójimo, nos preparemos a entrar en el cielo, que es nuestra patria bienaventurada.»

El 2 de febrero de 1660 trazaba estas líneas para sor Juana de la Cruz:

«No dudo que tengáis mucho que hacer, y que estéis dispuesta a ayudar a nuestras hermanas a trabajar en su pede( ción; dadme siempre noticias y decidme, os lo suplico, si tra bajando en el servicio exterior su espíritu se ocupa, por el amor de Nuestro Señor, en velar sobre ellas mismas para sobreponerse en sus trabajos y dominar sus pasiones. Sin esto, sabéis que las acciones exteriores, cualesquiera que sean en el servicio de los pobres, no pueden complacer a Dios ni merecernos recompensa, no estando unidas a Nuestro Señor, que trabaja siempre en la presencia de su Padre.»

Esta fue la última carta que Luisa de Marillac debía escribir a sus hijas. Menos de dos meses más tarde ella misma iría a .gustar, sin que nada pudiera turbarla jamás, la indecible ternura y la paz del alma que se apoya definitivamente en Dios.

Purificada por tantos años de íntima lucha, de generosa fidelidad, de trabajos incesantes; saborearía quizá alguna vez en esta vida el anticipo de esa paz que no puede traducirse en palabras humanas, porque trasciende todo lo que es humano. Y esto era para ella el triunfo de la Gracia. Tomando las palabras de San Juan de la Cruz, Dios había sido, de manera tangible, «la salud de su alma». Su amor solo, finalmente, había sido la causa de que desaparecieran de ella las secuelas del pecado original. Además, debía a Dios, por un milagro de su gracia, el haber conservado su resistencia física entre tantos trabajos.

Extremadamente luminoso es, en este punto, lo que sor Maturina Guérin escribía poco tiempo después de la muerte de Santa Luisa. Sor Guérin, que no había recibido de su madre y fundadora las confidencias que la hubieran hecho conocer las turbaciones de su espíritu, ni los padecimientos morales en que se cimentaba su santidad, estaba edificada de la tranquilidad, la paz y el abandono que parecían irradiar de Luisa. Admirándose de algún detalle aislado que había podido captar sobre estos estados de ánimo de Luisa de Marillac, trataba de explicarlos cándidamente: «Me parece que podría pensarse que ha tenido gran-des dificultades en el comienzo, por lo que dijo un día, pues pensaba que, si se presentaba alguna contrariedad ya estaba todo perdido en el asunto de que se tratara, y que hacía falta abandonarlo; pero que Dios le hacía entonces la gracia de tener más libertad para confiárselo al señor Vicente, que quitaba todos los temores de su espíritu.» «Quería que se fuese a ella sencillamente, y abría su corazón a las hermanas que tenían cualquier tentación. Una hermana que se quejaba de estar sujeta a cierto defecto que juzgaba mayor de lo que era en realidad, supo, de sus propios labios, que ella había tenido el mismo defecto al principio; con esto daba alientos a la hermana para seguir trabajando en su perfección. Si alguna decía que tenía penas en el tiempo de hacer la recreación con sus hermanas, sabía de sus propios labios que a ella también la ocurría esto muchas veces, y que tenía el corazón tan cerrado, tan oprimido, que apenas podía sonreír, y que, sin embargo, probaba a hacerlo con todas sus fuerzas. Y sor Guérin añade: «Sea que estuviese probada realmente con estas penas, o que nos lo dijese para consolarnos en nuestras tentaciones, se notaba en ella siempre una gran caridad y anu lat condescendencia, unida a una gran humildad para decir sus propio% defectos; pero tenía un amor de madre.»

Valdría la pena detenerse unos instantes sobre este punto. No es un detalle de poco valor el que apunta aquí sor Guérin, testigo de primer orden, y de cuya sencillez nativa puede esperarse gran sinceridad en el testimonio que nos ha dejado. Un dominio tan grande de sí misma, una dulzura tan exquisita en el sentido profundo y fuerte que esta palabra tiene en la Sagrada Escritura, es más admirable todavía en Santa Luisa de Marillac que el resto de su vida extraordinaria de caridad.

«¡ Si supieseis, hijas mías—escribe alegremente Luisa de Marillac—, cuánto me consoló el saber, estos días pasados, que un hombre había maltratado a una de nuestras hermanas, la cual, por la gracia de Dios, no se defendió! He aquí un amo un poco rudo; hacía falta sufrir este insulto, pues somos Siervas de los Pobres y debemos soportar todo lo duro de su trato… Pidamos a la Santísima Virgen que nos obtenga la gracia de su Divino Hijo para esto… Sed hijas fuertes, ¿no sois Hijas de la Caridad? Pues la caridad todo lo sufre…»

Luisa de Marillac y Vicente de Paúl tuvieron la santa audacia de considerar a las Hijas de la Caridad como hijas de la Santísima Virgen, a quien la santa fundadora proclamaba siempre como única Madre de la Pequeña Compañía. Vicente lo decía así a las Hijas de la Caridad, cuando con ellas asistió al hermoso acto de consagración que él había permitido pronunciara Luisa:

«Nos habéis inspirado, Señor, escoger a vuestra Santa Madre por única Madre de nuestra Pequeña Compañía, que no conocerá jamás otra sobre la tierra… ¡ No nos desdeñéis, oh Madre de mi Dios! Henos aquí, vuestras hijas por adopción. A la verdad, Vos tenéis otros hijos, almas sobresalientes por su gracia y por sus méritos, que podéis amar más, por la gloria que dan a Dios, vuestro Divino Hijo; mas, puesto que nosotras somos las más pequeñas y las más débiles, tenemos más necesidad de vuestro socorro maternal. Por esto, ¡oh María, nuestra única Madre!, henos aquí para siempre, si es de vuestro agrado, bajo vuestra protección, por la gloria de Dios vivo de quien Vos os habéis llamado la sierva.»

La gracia sin igual de la Inmaculada Concepción de la Virgen María es especialmente, para Luisa, el objeto de un júbilo interior que ella quisiera comunicar a toda la Compañía.

«Pluguiera a Dios—dice con un lirismo que raras veces acostumbra—que yo pudiese escribir todos los pensamientos que su bondad me ha hecho la gracia de tener en cuanto a la Inmaculada Concepción de María. Que el verdadero conocimiento que yo he tenido de sus méritos, y la voluntad de devolverle lo que le debo, no se aparten jamás de mi corazón.»

No es sorprendente que Luisa de Marillac quisiera que en un acto en cierta manera oficial se viniese a confirmar la pertenencia de la Compañía de las Hijas de la Caridad a la Santísima Virgen, y que escogiese, para hacerlo, el día mismo de la Inmaculada Concepción.

El 15 de octubre de 1644 va en peregrinación a Chartres y ofrece a la Virgen la Compañía entera, pidiéndole que ella sea la Madre y Guardiana de la pureza y de la fidelidad que desea para todos los miembros de la Pequeña Compañía, por los méritos de la sangre del Hijo de Dios, pidiéndole que ella sea un lazo fuerte de unión de todas sus hijas, para honrar con él la unión de las Tres Divinas Personas.

Esta consagración privada no era suficiente, y Luisa, el 7 de diciembre de 1658, quiso que fuera ratificada pasando por un representante oficial de la Iglesia. Por eso suplicó a Vicente de Paúl que pusiera a toda la Compañía bajo la protección de la Santísima Virgen, para obtener de ella la gracia de poderla reconocer siempre como única Madre de la Compañía. Se hizo la consagración, debiéndose renovar cada año, según la consigna recibida y transmitida por la primera generación. La respuesta magnífica de María a esta consagración la dio en 1830 a una joven seminarista de la Compañía, Santa Catalina Labouré, a quien se apareció repetidas veces en la capilla de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad.

Luisa sabía que la Santísima Virgen era la dispensadora de las gracias :

«Debemos honrar esta Concepción Inmaculada, que la ha hecho tan agradable a los ojos de Dios—había afirmado Luisa de Marillac—, pues Dios quiere que seamos ayudadas de ella en todos nuestros deseos. Siendo esto así, parece imposible que Dios, en su bondad, le rehuse cosa alguna. Como Su divina y amorosa mirada no se aparta jamás de Ella, porque Ella fue continuamente según Su corazón, debemos creer que Su voluntad está siempre dispuesta a concederle lo que le pide para su gloria y para nuestro bien.»

Y Santa Catalina Labouré consigna así algunos detalles de la aparición del 27 de noviembre de 1830:

«En el momento en que la estaba contemplando, la Virgen baja los ojos mirándome. Se hace entender una voz que me dice estas palabras: «Este globo que ves representa al mundo entero, especialmente a Francia, y cada persona en particular…» «Este es el símbolo de las gracias que derramo sobre las personas que me las piden…» Haciéndome al mismo tiempo comprender que era muy generosa con aquellas personas que le piden gracias, y cuánto goza al concedérselas.»

El paralelismo entre los dos textos se impone por sí mismo; no hay necesidad de insistir. Antes de 1660 es la certidumbre en la mediación dt. María, y la súplica de los santos fundadores llena de confianza. En 1830 es la visión misma de la Inmaculada, que viene a afirmar su privilegio insigne, apareciendo enmarcada en un óvalo en el que se leían estas palabras: «¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos».

«Ciertamente la Reina del Cielo puede fijar sobre Luisa de Marillac su mirada de amor—dice el cardenal Pacelli en su panegírico de la Santa—y ver en ella, como en las Hijas de la Caridad, verdaderas hijas de su corazón purísimo, y sus imágenes vivientes.»

* * *

En el desprendimiento es donde reside precisamente la potencia realizadora de los santos. Su fuerza está en su libertad de espíritu. Se saben mandatarios, no propietarios; pero mandatarios del que es Todopoderoso, que pide de ellos, por pura misericordia, una colaboración sin la cual podría seguir realizando su obra. El santo tiene conciencia de que es el servidor inútil del Evangelio, pero, a pesar de eso, quiere ser el servidor fiel, que hasta el último día cuidará de los negocios de su Amo. Que siembre o que recoja no importa; Dios es el que da el crecimiento. Dios sólo es el poseedor y el dueño soberano.

La vida de un santo no es un milagro, luego no es necesario que termine en un éxtasis. El Hijo de Dios escogió para sí la muerte más atroz, el juicio más inicuo y el mayor abandono para la suya.
Vicente ve declinar su salud desde 1655. En enero de 1660 se ve obligado a no abandonar su habitación y la pequeña capilla de la enfermería donde dice la santa misa.

A algunos pasos de San Lázaro, en la misma calle, Luisa de Marillac, a su vez, siente los primeros síntomas de su última enfermedad. Les es imposible verse. Luisa ha de servirse de una secretaria para sus cartas, y escribir a sus hijas en circulares, en vez de hacerlo individualmente como tenía por costumbre. En una de sus últimas cartas deja ver cuán penoso le es el sacrificio de no poder atender personalmente a la correspondencia de sus hijas.

Además, el sacrificio de verse privada, en esta última etapa de su vida terrestre, de aquél que fue para ella durante treinta y cinco años el consejero esclarecido que llenaba de paz su alma, le era doloroso en extremo.

La hora del último combate había llegado para ella, y Dios la quería sola con él para sostener el último asalto del enemigo de las almas. Para que subsistiera solamente lo divino hacía falta que desapareciera todo lo humano, aunque fuese la presencia de un santo, cerca de su lecho de agonizante.

Vicente de Paúl, inmovilizado en su sillón, sentía afligido su corazón paternal por los padecimientos de Luisa, pero se regocijaba en el fondo de su alma al ver que Dios acababa la purificación de aquella alma que él sabía—aunque ella lo ignoraba—colmada del amor infinito.

El 3 de febrero Luisa trabajó con su ritmo habitual. Al día siguiente una inflamación aguda se le declara en el brazo izquierdo; un cáncer, al parecer. El dolor y la fiebre la atenazan. Recibe del párroco de San Lorenzo los Santos Sacramentos. Está en su conocimiento, pero sufre mucho. Quiere dar una bendición a su hijo Miguel Antonio, que acude con su esposa y su hija, la pequeña Renata-Luisa. A las Hijas de la Caridad las bendice solemnemente, recomendándoles el amor a su vocación y la fidelidad al servicio de los pobres. Sus hijas esperan quizá contra toda esperanza; se produce una mejoría, pero solamente transitoria.

Vicente comunica a sor Maturina Guérin, que estaba en La Fée, el estado de Santa Luisa en estos términos:

«Os ruego que guardéis serenidad ante estos acontecimientos, pues lo contrario turba el alma y descontenta a Dios, que gobierna todas las cosas con sabiduría y amor, y pide en todo una entera y amorosa resignación a su voluntad. Este es el gran secreto de la vida espiritual: abandonarle todo lo que amamos, y abandonarnos nosotros mismos a todo lo que Él quiera…»

El día 13 de marzo, obedeciendo al deseo de la enferma, el párroco le San Lorenzo le ha de administrar el Santo Viático. En medio de sus dolores Luisa pasa en vela toda la noche anterior, con la esperanzadora alegría de encontrar a su Dios. Se la oye murmurar:

«¡Qué felicidad, Dios mío! Si vivo, os recibiré mañana!»

Después, por petición expresa que le hizo el buen párroco, bendijo de nuevo a sus hijas. Se nos han conservado, como un supremo mensaje, sus últimas palabras:

«Queridas hermanas, sigo pidiendo a Dios para vosotras su bendición, y le pido que os haga perseverar en vuestra vocación para servirle de la manera que Él pida de vosotras. Tened buen cuidado del servicio de los pobres, y, sobre todo, de vivir entre vosotras con una gran unión y cordialidad, amándoos unas a otras para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor, y pedid a la Santísima Virgen que ella sea vuestra única Madre. Muero en la alta estima de vuestra vocación; si viviera cien años no sabría pediros otra cosa sino que siguiérais siendo fieles a ella,»

Entre San Lázaro y la Casa de las Hijas de la Caridad las noticias iban y venían constantemente en estos días de prueba. Vicente sabía perfectamente los progresos del mal. Luisa tenía la seguridad de sus oraciones, pero quisiera tener de ello una prueba tangible: un pequeño billete escrito de su mano. Se transmite este deseo a Vicente, quien se niega a cumplirlo. No es que sea insensible, pero está de acuerdo con la inspiración del Espíritu Santo. Dios solo, Dios sólo quiere ser el apoyo sobre el que Luisa se sostenga con toda certidumbre, con toda confianza.

«Decid simplemente a la señorita de mi parte—contesta Vicente de Paúl al enviado—: «Vos partís la primera. Si Dios me perdona mis pecados, espero muy pronto ir a encontraron en el cielo.»

Las Damas de la Caridad, sus antiguas colaboradoras en las obras, que se habían inflamado tantas veces junto a ella en las llamas de la caridad, se encontraban ahora rodeando su lecho de muerte. «¿No estáis contenta de ir al cielo»?—dice sencillamente una de sus visitantes,

«¡Ah! Es una cosa que no se puede expresar—responde la agonizante—, pero yo no soy digna.»

La duquesa de Ventadour obtiene la gracia de quedarse a velar jun- to a ella la noche del 14 al 15 de marzo, con tres hijas de la Caridad. Luisa reza a media voz. Se le oyen susurrar las palabras de Job: «Miseremini mei, quia manus Domini tetigit me». «Tened piedad de mí, al menos vosotros que sois mis amigos, porque la mano del Señor me ha herido.»

Los dolores que le causa la terrible enfermedad le atenazan y le hacen exclamar en un grito supremo de angustia:

«¡Apartad de mí estos padecimientos !»

Y el sacerdote de la Misión que le asistía le dice mostrándole el crucifijo que tenía en la mano: «Jesucristo no pidió ser bajado de la cruz».

«¡Oh, no—responde Luisa—, sino que permaneció en ella!» Y unos minutos más tarde exclama:

«Vamos, puesto que Nuestro Señor me ha venido a buscar.» Y un grito de ansiedad sube a sus labios:

«¡Oh, Dios mío, tengo que presentarme delante de mi juez !»

Por toda respuesta el sacerdote recita el primer verso del salmo XXV: «A Ti, Señor, he elevado mi alma; Dios mío, en Ti confío».

Y Luisa acaba de recitarlo en un acto de confianza:

«No, no seré confundida.»

* * *

En la mañana del 15 las hermanas de París, prevenidas de que el fatal desenlace se acercaba, vinieron junto a ella. Luisa, dándose cuenta de que estaban de rodillas a su lado, y que algunas de ellas eran de las que cuidaban a los niños abandonados, las bendijo, recomendándoles que cuidaran bien de todos los pequeñuelos, El sacerdote leyó las ad mirables preces de la recomendación del alma, que son para todo crin tirano un canto de triunfo, y para los santos el himno de su verdubto nacimiento. Las hermanas escuchaban en silencio, mirando el rostro de su madre. Luisa, en un supremo gesto de energía, reuniendo todas sus fuerzas, las bendijo de nuevo. Se le preguntó si quería recibir la ben dición apostólica in articulo rnortis.

«No es todavía tiempo», dijo.

Pasados unos minutos añadió: «Sí», y se golpeó el pecho como al Mea culpa del Confiteor. El sacerdote levantó la mano: «Benedicat te omnipotens Deus, Pater, et Filius, et Spiritus Sanctus». Algunos instantes más tarde Luisa había encontrado a Dios, definitivamente, y, con Él, la paz inamisible de la vida eterna.

«Lleva consigo la gracia de su bautismo», dijo el párroco de San Lorenzo que la había asistido y la conocía perfectamente.

De Ja capilla de la Visitación en la Iglesia de San Lorenzo, cn la que el cuerpo de Luisa había sido enterrado, salía de tiempo en tient po—afirma Gobillon—un suave olor de violetas que impregnaba los hábitos de las hermanas que iban a rezar sobre la tumba de su madre, de tal modo que embalsamaban, al volver a sus casas, a los enfermos a quienes asistían.

Al pie de la cruz que presidía su tumba, según el deseo expresado por ella misma, se habían grabado estas dos palabras: Spes unica.

«Dios mío—había dicho Santa Luisa—, Vos sois el que nos dais todo lo que recibimos de los santos…; que, con ellos, nosotros adoremos un día vuestras grandezas en la alegría sin fin del paraíso.»

* * *

Si los santos son para nosotros como héroes extranjeros, sí sus rostros nos son corno una escritura desconocida, según las palabras de Gertrudis von le Fort, es porque nosotros, polarizados en la vida terrestre, no sabemos descifrar su mensaje. Estos dones que la Iglesia nos pone ante los ojos, ¿qué otro fin tienen que el irradiar sobre nos otros mismos su sobrenatural claridad?

Complejos humanos, deficiencias físicas, no son obstáculos, como pudiera pensarse, a la irrupción de la gracia divina para un ser que quiere situarse en el plan sobrenatural. La santificación es un acto de Dios, al cual responde el consentimiento del hombre. Es un acontecimiento de orden sobrenatural. Supone que el hombre está en presencia de un misterio de amor que lo salva gratuitamente, si él consiente en romper con el pecado y en acogerse a la gracia.

Una de las más grandes luces que Luisa de Marillac puede proyectar sobre nuestra época, en la que tantos seres inquietos se creen irremediablemente sujetos a sus congojas, es ver que ella luchó con obstáculos considerables, que residían en su propia alma, y supo vencerlos con una energía que nos admira.

Si Luisa de Marillae conoció la liberación por la que su vida fue tan fecunda es porque se estableció sobre el amor de Dios, no sobre sus propias posibilidades. No miró a sí misma, sino en torno a ella. No quiso deshacerse de su propia carga, sino tomar sobre sí la carga de los otros. En ella resplandeció de manera soberana el don de fortaleza.

Este don del Espíritu Santo, en la lucha contra nuestros enemigos, las contradicciones, tentaciones, obstáculos que necesariamente se presentarán en nuestro camino hacia Dios, nos ayuda a dar el «sí» a todo aquello que reconocemos por la fe como exigencia divina y aceptamos por el amor. Nuestra natural debilidad se robustece en la fortaleza divina.

Para la obra de la santificación propia nuestra colaboración será siempre indispensable. No podemos conseguir nuestro objeto sino yendo en seguimiento de Jesús, siempre trabajando, siempre sufriendo; sin agitación estéril, sin precipitación, porque hace falta sufrir y aguardar con paciencia la hora de Dios en las cosas más difíciles.

No sin razón, Santa Luisa había pedido en su testamento que sobre la cruz que velara sus restos mortales se escribiesen solamente estas dos palabras: Spes unica. Cristo, y Cristo crucificado, fue solamente para ella el camino, la verdad y la vida.

«El único medio para mí de obtener misericordia a la hora de la muerte—había dicho—es que la imagen de Jesucristo se encuentre grabada en mi alma en esos instantes. Entonces tendría confianza en que, sin mirar mi miseria, Él lo haría todo en mí.»

Esta escuela de amor será la síntesis armoniosa que hará de su vida «—devorada por las obras de misericordia—una vida de oración que dará a sus actividades desbordantes el equilibrio requerido para llevar una vida tan llena de buenas obras.

Bajo la mirada de Cristo, que ella descubre en cada uno de sus miembros dolientes, su corazón se dilata, los móviles de sus acciones se purifican, su vida toda entera se mueve en un mundo divino. En los momentos en que está más intensamente entregada al servicio de los pobres es cuando siente de un modo especial la intimidad de lo divino. No es que la acción la lleve a la vida íntima con Jesucristo; es que, según su propia expresión, abandona a Dios por Dios cuando deja alguno de sus ejercicios de piedad para ir a servir a los pobres.

De este modo, lo que hubiera corrido riesgo de ser oposición o contradicción viene a ser en ella, y en la dirección espiritual que inculca a sus hijas, un balance armonioso y fecundo.

A la realización de este bello equilibrio, a la composición de esta sinfonía, no bastaban los dones humanos y esas maravillosas dotes personales de gobierno y organización. Aquí entra en juego el don de consejo, por el que, según la expresión de Santo Tomás, el hombre, dirigido por el Espíritu Santo, se vuelve capaz de gobernarse a sí mismo y de gobernar a los demás.

El don de consejo, que es un don de gobierno por excelencia, impregnó con su unción toda la conducta de la señorita Legras.

Se nos revela muy pronto su docilidad u la dirección dc Vicente de Paúl y la sabiduría notable con que gobernó las obras y condujo a las almas que le estaban confiadas.

El 3 de julio de 1660—cuatro meses después de su muerte—las hi jas de la Caridad se reúnen para hablar, en presencia de Vicente de Paúl, de las virtudes de su madre.

Las hermanas, recordando los hechos que las habían admirado en la vida de su fundadora, ponen en plena luz, por la unanimidad en que se funden los testimonios de todas, ese equilibrio, esa armonía, esa simplicidad que—digámoslo en alabanza de su santidad—eran fruto conjunto de la gracia y de la docilidad de Luisa, no de su temperamento. La humildad se alía con la firmeza, la fortaleza de alma con la dulzura, el don efectivo de sí misma en la acción con una vida que pudiéramos llamar de incesante oración. «Siempre que estaba sola—dice una de las hermanas—estaba en oración.» Y la misma acaba diciendo: «Siempre que se le consultaba tenía un rostro alegre y nunca manifestaba que se le hubiese importunado, aunque para atendernos hubiera tenido que interrumpir sus oraciones. Algunas veces un gran número de hermanas le hablaban a la vez de cosas diferentes. Ella respondía a todas con gran tranquilidad de espíritu, sin apresurarlas para que la dejasen tranquila».

Santo Tomás afirma que es más difícil «soportar» que «atacar» y que el don de fortaleza consiste menos en emprender con ahinco las grandes obras por Dios que en soportar con paciencia y con la sonrisa en los labios todas las pruebas. Una conclusión se impone aquí sobre Luisa: Más que la admirable realización de las obras de caridad, que aureolan de una gloria visible su recuerdo, su vida interior es para nosotros un ejemplo magnífico de fuerza divina.

En esta perspectiva es en la que debe ser mirada su labor social para valorarla justamente, puesto que toda ella pertenece a la esencia de lo sobrenatural. Militante de Acción Católica, lo fue en el sentido pleno de la palabra. Acción y lucha son los dos aspectos que reviste su vida entera, mas una acción y una lucha en las que los móviles son únicamente el amor de Dios y de los hombres en Dios, que, por una consecuencia lógica, son necesariamente católicos, es decir, universales,

Luisa de Marillac, como Santa Teresa, se sabe hija de la Iglesia. Este título le es particularmente querido y lo reivindica para sí y para sus hijas:

«Estando escogidas para honrar la Santa Humanidad de Nuestro Señor sobre la tierra, ¿no nos damos cuenta de que tenemos doblemente el honor de ser hijas de la Iglesia? Comc hijas de tal madre debemos vivir en gran perfección.»

El amor de Luisa de Marillac a los pobres es tal que no deja dc nombrarlos con un respeto impregnado de ternura: «Nuestros Señores los pobres, nuestros Amos los Pobres». «Nosotras hemos sido escogidas por Dios para servirle en la persona de dos pobres», repite con insistencia a las primeras Hijas de la Caridad.

Esto no es para ella solamente una cuestión de amor, sino también de justicia. «Demos a los pobres lo mejor de nosotras mismas, pues les pertenece.»

En cuanto a los ricos, no se permite para ellos juicios severos, reivindicaciones—tal vez justas, humanamente hablando—, pero que son capaces de ensanchar el cauce de la separación de los hombres.

Sus frases respiran el mismo espíritu que las de Vicente en este punto.

«Debemos respeto y honor a todo el mundo. A los pobres, porque son los miembros de Jesucristo y nuestros amos. A los ricos, porque nos dan los medios de hacer el bien a los pobres.»

Si en su familia religiosa prefiere para sí y para sus hijas la pobreza a la riqueza, y en ella fundamenta la Pequeña Compañía, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, no guarda acritud en su corazón para los grandes de la tierra ni para las riquezas en sí mismas, puesto que son queridas por Dios para el alivio y el socorro de los menos favorecidos en el sentido material.

El vivir en lo sobrenatural no le impide darse cuenta de que pisa • sobre la tierra. Mira de frente la vida y los hombres, con esa lucidez razonable que no le oculta ni debilidades, ni errores, ni faltas. Pero porque la fe viva le permite mirar todo lo que pasa a su alrededor en función de la eternidad, y a todos los hombres como a hermanos, rescatados como ella por la sangre de Jesucristo y destinados a la beatitud eterna, una corriente única encadena sus pensamientos y sus acciones y les comunica una fuerza prodigiosa.

En los designios de Dios no es indiferente que la canonización de Vicente de Paúl haya precedido en casi doscientos años a la de Luisa de Marillac. A nuestro siglo de acción católica y de inquietud le estaba reservado ver a la Iglesia poner en el número de los santos a la que había acabado su vida terrestre el mismo año que San Vicente de Paúl.

Luisa de Marillac fue beatificada por Su Santidad Benedicto XV el día 9 de mayo de 1920. Catorce años más tarde, el 11 de marzo de 1934, la canonización era proclamada por el Sumo Pontífice Pío XI, quien, en la homilía que pronunció en el curso de la ceremonia, y en la espera del panegírico que había de pronunciar el entonces Cardenal Pacelli, subrayó que el ejemplo de la santa fundadora era muy digno de admirar en Id ardiente caridad, pero mucho más de comprender y de imitar. Y el Soberano Pontífice terminaba así su discurso:

…y puesto que la prudencia humana es incapaz de remediar los males cada vez mayores que tan cruelmente afligen a la sociedad actual, imploremos la ayuda y la protección del cielo por medio de la oración y de la acción. Lo que ni las leyes más justas, ni la solicitud y actividad humana pueden proporcionarnos muchas veces, lo obtendrá nuestro celo de la divina caridad, de aquella caridad cuya llama realizó tantas proezas 1)1 medio de Luisa de Marillac, de aquella caridad que es «sufrid dulce, no tiene envidia, ni se ensoberbece, cree todo, todo espera y lo soporta todo…», de aquella caridad gracias a cual seguimos las huellas de Jesucristo y socorremos como he manos a todos los desgraciados.»

Monseñor Marmottin, al año siguiente, exaltando la gloria de Sa ta Luisa en Nuestra Señora de París, insistía en que, más que en actividad prodigiosa, había que fijar la mirada en el mensaje de t vida interior, que hizo de ella una santa, siendo su santidad muy digi de retener nuestra admiración y nuestra atención.

«No es, en efecto—explicaba el prelado—, la labor apost lica la que por sí misma santifica a un alma; al contrario, apartaría más bien de su propia perfección, impidiéndole co centrar su atención y sus esfuerzos sobre ella misma y sol) Dios. Pero, siendo la santidad personal lo que importa, sobe todo a cada uno de nosotros, la vida íntima con Dios y el cur plimiento de su voluntad son los que dan al apostolado todo valor y fecundidad. Amar a Dios, todo está en eso. Compr. su amor por el completo sacrificio de sí mismo; entrar, por oración, en una intimidad siempre creciente con Él, he aquí esencial y necesario de una acción sobrenatural y eficaz en I almas. Se da a Dios en la medida que se le posee. Y esto e lo que había comprendido perfectamente nuestra santa. Ved fórmula: «Darme a Dios para servir al prójimo.»

Es digna de mencionarse la conclusión que el Obispo de Saint-D presenta como lección suprema de la vida de Santa Luisa.

«No busquéis por qué tanta actividad religiosa y social con se desarrolla hoy entre nosotros no da mejores resultados. ¿P qué, a pesar de incontestables progresos realizados en torno problema, no hemos tenido más que la seguridad de haber e contrado almas indiferentes o malas? ¿Por qué, a pesar de t das nuestras resistencias, sentimos las asechanzas del error del mal? La causa hay que señalarla sin miedo: nuestros ape toles no son santos, y el mundo tiene necesidad de santos; puede ser conquistado ni transformado si no es por los santo:

Sublime lección, a este respecto, es la de la vida de Santa Luisa Marillac. Su perfil heroico, asemejándose al de Cristo, es vigoroso los trazos y bello en la armonía que refleja a Dios. La divisa que santa fundadora dio a las Hijas de la Caridad encuadra toda su vi de apostolado en el marco espléndido de lo divino:

«La caridad de Jesús Crucificado nos apremia.»

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