San Vicente y la comunidad

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Fuente: En tiempos de Vicente de Paúl y Hoy, Vol. 1.
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I.- Introducción

Las nuevas dimensiones que adquirió el mundo en el siglo XVI hicieron crujir en todas partes las costuras del universo político, y, en el plano religioso, la misma túnica de Cristo quedó desgarrada, llena de jirones, la unidad de la cristiandad sólo fue un recuerdo.

Todo cuanto influía ésta última en materia de organizaciones y de comunidades, de la célula familiar o parroquial hasta las unidades más grandes, como las diócesis, las grandes corporaciones religiosas y hasta la misma Iglesia, está en crisis de disolución o de transformación.

Pero sobre las ruinas acumuladas por este siglo agitado, unos cuerpos sociales nuevos van a crear unas comunidades nuevas:

  • en el plano político alrededor de un poder fuerte;
  • en el plano religioso, alrededor de una Iglesia renovada y centralizada.

En la Iglesia, bajo las ruinas, subsiste una tradición de vida comunitaria: en todos los períodos difíciles las comunidades han asegurado la renovación de la Iglesia, desde san Benito hasta san Ignacio. Eso mismo sucederá después de la prueba de la Reforma.

Lo que queda de las comunidades anteriores, al menos de las que la tempestad no ha arrasado por completo, comienza de nuevo a florecer, como en primavera. Los árboles seculares, que una tormenta ha destrozado, echan brotes nuevos. Al mismo tiempo, unas comunidades del todo nuevas surgen con tal profusión que un papa, con el fin de poner un poco de orden, piensa que es indispensable prohibir que se funden más: el abanico, ya muy rico, de órdenes existentes, debía bastar para toda clase de vocaciones, fueran las que fueran las originalidades que se quisieran escoger.

Las nuevas Comunidades igual que las antiguas, tienen como primer objetivo la perfección de sus miembros: se ingresa en una Comunidad para trabajar con otros, y ayudados por ellos, en su propia perfección, insistiendo en tal o cual virtud o en tal actitud espiritual. Además, la Comunidad, en cuanto tal, puede asumir tal o cual ser-vicio en la Iglesia. Estas Comunidades, que van desde las más fuertemente estructuradas, como la Compañía de Jesús, hasta las que tienen la ligazón más ligera, como el Oratorio o las diversas sociedades de sacerdotes, unen en efecto a sus miembros en una preocupación común de perfección, evidentemente al servicio de la Iglesia. Su espiritualidad y su vida activa se sitúan dentro de cierta teología de la Iglesia, la que deriva del concilio de Trento y de la misma organización que se da la Iglesia, organi­zación muy centralizada y piramidal, para usar un término actual.

El Sr. Vicente, sacerdote diocesano, más tarde relacionado con el Oratorio nacien­te, busca su camino. Evoluciona en esta atmósfera espiritual. Se le coloca un poco apresuradamente dentro de la Escuela Francesa; pues bien, la verdadera escuela que lo ha caracterizado es la escuela de los pobres.

Con el contacto con ellos y al servicio de ellos, poco a poco, se van creando en su mente los grandes rasgos de otra manera de concebir la Iglesia, los primeros elemen­tos de otra teología de la Iglesia, la que desarrollará su discipulo Bossuet en su admi­rable sermón «Sobre la eminente dignidad de los pobres» (Cf. Ficha N.° 4), teología consagrada por el Vaticano II y que desemboca en esa inversión de perspectivas en la Iglesia, a la que tanto nos cuesta adaptarnos.

El Sr. Vicente, comprometido en un servicio corporal y espiritual de los pobres, queda rápidamente desbordado, tan enorme es la tarea: consigue la ayuda de compa­ñeros de trabajo para unos días o para algunos meses. Pero una misión tan importan­te no puede permanecer sometida a los azares de reclutamientos ocasionales. El ser­vicio de los pobres, tarea de la Iglesia, es para san Vicente el lazo que une a los primeros compañeros de una Comunidad, para eso se reúnen y se vinculan: este com­promiso es lo constitutivo de la Comunidad. Igualmente, para asegurar la continua­ción y la organización del servicio corporal de los pobres la razón se forman y estruc­turan las Cofradías de la Caridad. De manera análoga, las primeras Hijas de la Caridad, que desde hacía ya dos años aseguraban, sin ningún vínculo entre ellas, un servicio a los pobres, se organizan comunitariamente para que esa finalidad funda­mental quede asegurada.

En estos diferentes casos, la tarea apostólica, el servicio corporal y espiritual de los pobres es lo primero; él provoca la creación y la organización de las Comunida­des. Estas Comunidades que tienen en cierto modo su centro de gravedad fuera de ellas mismas, no son, claro está, unas Comunidades religiosas, aunque tienen algunos de sus detalles. Una referencia mística a Dios, no a un Dios inmóvil en su eternidad, y a un Cristo, sacerdote eterno ante el altar del cielo, sino a un Dios contemplado en su acción, en la misión que Él confía a su Hijo y por Él a. sus apóstoles: anunciar la Buena Nueva a los pobres, misión que tenemos que continuar.

Una referencia humana a los hermanos y a la hermanas con quienes es necesario vivir correctamente el quehacer diario de la existencia en el cumplimiento de una misión asumida juntos. Para caracterizar esas relaciones de naturaleza más bien fami­liar, por las cuales todo se pone en común: recursos y proyectos, gozos y penas, san Vicente usa bellamente la palabra «mutualidad»: trato en común.

Es la forma práctica más que teórica cómo san Vicente ha concebido la Iglesia: ante todo, un pueblo que no alcanza su plena dimensión teológica, sino ahora, des­pués del concilio Vaticano II, y entraña unos cambios que nosotros, por el momento, ni llegamos a sospechar.

Igualmente, la manera como concibe la comunidad, unida por la misma tarea, como están las espigas unidas en un haz por una misma atadura, anuncia, por encima

de las Comunidades religiosas y los Institutos de perfección, la búsqueda contemporánea de grupos de vida que reúne una misma actividad apostólica. Anuncia igual-mente la de los grupos de acción que, en la Iglesia, a todos los niveles, alimentan su vida espiritual de la misma acción que las ha suscitado y que realizan cada día.

Finalmente, en un mundo en el que la pobreza y los pobres plantean unos problemas terribles, la Buena Noticia que se les debe anunciar, como en tiempos de san Vicente, en unos términos que la hagan inteligible, ¿no debería, tal como se hizo antaño, dar una nueva juventud a las Comunidades fundadas por él con ese fin, o también suscitar unas nuevas, si hiciera falta?

II.- San Vicente y la Comunidad

El año, 1617 es incuestionablemente el ario durante el cual san Vicente se hace consciente de su misión en la Iglesia y el mundo. En Gannes – Folleville, Dios le revela el abandono espiritual de los pobres, y en Chátillon, su miseria espiritual. La magnitud y la urgencia de esas «llamadas» orientan, desde el principio, a san Vicente hacia unas res-puestas de tipo «comunitario», bien se trate de laicos, de Hijas de la Caridad o de Sacerdotes de la Misión.

Para él, la Comunidad es el medio privilegiado del servicio y de la evangelización de los pobres. Es una realidad espiritual, «a imagen de Dios». Es, finalmente, el lugar de la «mutualidad».

1.- Unas Comunidades para el servicio-para la misión

Las Cofradías de la Caridad que constituyen las primeras «fundaciones Vicencianas» aparecen claramente como unas instituciones de tipo «apostólico»: laicos que se comprometen para «asistir espiritual y corporalmente» a los pobres.

«Puesto que la caridad para con el prójimo es una serial infalible de los verdaderos Hijos de Dios, y como uno de los principales actos de la misma es visitar y alimentar a los pobres enfermos, algunas piadosas señoritas y unas cuantas virtuosas señoras de la ciudad de Chátillon-les-Dombes, de la diócesis de Lyon, deseando obtener de la misericordia de Dios la gracia de ser verdaderas hijas suyas, han decidido reunirse para asistir espiritual y corporalmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho, más bien por falta de orden y de organización que porque no hubiera personas caritativas.

Pero, como podría temerse que, después de comenzar esta buena obra se viniera abajo en poco tiempo, si, para mantenerla, no tuviera alguna unión y vinculación espiritual, han decidido juntarse en una corporación que con el tiempo pueda erigirse en cofradía, con el siguiente reglamento, todo ello con el beneplácito del señor arzobispo, su venerable prelado, al que queda sometida totalmente esta obra» (X, 574).

La Misión de Folleville tuvo, ya lo sabemos, tal resonancia que, a decir de san Vicente, «como no pudiera dar abasto él solo… la Señora (de Gondi) envió a rogar a los Reverendos PP. Jesuitas de Amiens que vinieran en su ayuda». Desde entonces, progresivamente, san Vicente llega a madurar la idea de una comunidad que se dedi­caría «total y solamente» a la Misión. Hallamos esta fmalidad «apostólica» claramen­te definida en el contrato de fundación de la Congregación de la Misión.

«…el pobre pueblo de los campos está solo y como abandonado».

Por eso han pensado que se podría en cierto modo remediar esta situación por medio de la piadosa asociación de algunos eclesiásticos de reconocida doctrina, piedad y capacidad que deseasen renunciar tanto a las comodidades de dichas ciudades como a todos los beneficios, cargos y dignidades de la Iglesia, para que con el beneplácito de los prelados en sus res­pectivas diócesis se dedicasen por entero y exclusivamente a la salvación del pueblo pobre, yendo de aldea en aldea a sus propias expensas, predicando, instruyendo, exhortando y catequizando a esas pobres gentes, y moviéndolas a hacer una buena confesión general de toda su vida pasada, sin recibir ninguna retribución de ninguna clase, sino distribuyendo gratuitamente los dones, que han recibido de la mano generosa de Dios» (X, 237).

El 14 de julio san Vicente escribía a Sta. Juana de Chantal:

«…nuestra pequeña Compañía se ha instituido para ir de aldea en aldea, a sus expensas, a predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga confesión general de toda su vida pasada; trabajar en el arreglo de las diferencias que allí encontremos, y hacer todo lo posi­ble, para que los pobres enfermos sean asistidos corporal y espiritualmente por la Cofra­día de la Caridad, compuesta de mujeres, que establecemos en los lugares en que hace­mos la misión, y que la desean…;» (I, 550).

Las Hijas de la Caridad, san Vicente lo afirma, fueron igualmente fundadas para el servicio de los pobres. «Para eso —les dice— Dios ha creado vuestra Compañía».

«Tenéis que pensar con frecuencia que vuestro principal negocio y lo que Dios os pide par­ticularmente es que tengáis mucho cuidado en servir a los pobres, que son vuestros señores. Sí, Hermanas mías, son nuestros amos. Por eso, tenéis que tratarlos con mansedumbre y cor­dialidad, pensando que por eso os ha puesto juntas y os ha asociado Dios, que por eso Dios ha hecho vuestra Compañía» (IX, 125).

Por lo que toca a las Hijas de la Caridad, conviene destacar el carácter «espontá­neo» de los orígenes de la estructura comunitaria. Siguiendo el ejemplo de Margarita Naseau, varias «buenas muchachas aldeanas», se comprometen como criadas en las Cofradías parisinas, y desde 1631, es decir, dos años antes de la fundación, empiezan a «unirse y a juntarse casi imperceptiblemente». Según el testimonio de san Vicente, se trata de jóvenes comprometidas en el servicio de los pobres y que, bajo el impul­so de Luisa de Marillac, descubren progresivamente la importancia y la necesidad de una comunidad para el servicio de los pobres.

«En las misiones, me encontré con una buena joven aldeana, que se había entregado a Dios para instruir a las niñas de aquellos lugares. Dios le inspiró el pensamiento de que viniese a hablar conmigo. Le propuse el servicio de los enfermos. Lo aceptó en seguida con agra­do, y la envié a San Salvador, que es la primera parroquia de París donde se ha estableci­do la Caridad. Se fundó luego una Caridad en san Nicolás-du-Chardonnet, luego en san Benito, donde había algunas buenas mujeres, a las que Dios les dio tal bendición que, desde entonces, comenzaron a unirse y a juntarse casi sin darse cuenta» (IX, 203).

2.- Comunidades «realidades a imagen de Dios»

Medio privilegiado para el servicio y evangelización de los pobres, la comunidad es fundamentalmente una realidad de fe, que san Vicente concibe a «imagen de la Trinidad», en el Cuerpo Místico e imitando la comunidad de los Apóstoles y de los primeros cristianos.

«…A imagen de la santísima Trinidad…»

«…lo mismo que Dios no es más que uno en sí, y hay en Dios tres Personas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijo superior al Espíritu Santo, también es preciso que las Hijas de la Caridad, que tienen la imagen de la santísima Trinidad, aún cuando sean muchas, sin embargo no tienen que ser más que un solo corazón y una sola alma. Y lo mismo que en las sagradas Personas de la santísima Trinidad las operaciones, aunque sean diversas y se atribuyan a cada una en particular, tienen relación una con la otra, sin que por atribuir la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo se pretenda que el Padre esté privado de estos dos atributos, ni que la tercera Persona carezca del poder del Padre o de la sabiduría del Hijo, de la misma forma es preciso que entre las Hijas de la Caridad la que esté encargada de los pobres tenga relación con la que cuida de los niños, y la que cuida de los niños con la que atiende a los pobres. También me gustaría que las Hermanas se conformaran en esto a la santísima Trinidad, que como el Padre se entrega totalmente al Hijo y el Hijo se entrega totalmente al Padre, de donde procede el Espíritu Santo, de la misma manera ellas sean totalmente la una de la otra para producir las obras de caridad, que se atribuyen al Espíritu Santo, a fin de parecerse a la santísima Trinidad. Porque, mirad, Hijas mías, el que dice caridad dice Dios; vosotras sois Hijas de la Caridad; entonces tenéis que formaros en todo lo que podáis, a imagen de Dios. A esto es a lo que atienden todas las comunidades que aspiran a la perfección» (X, 766-767).

«…a los sacerdotes de la Misión…»

«Mantengámonos en este espíritu, si queremos tener en nosotros la imagen de la adorable Trinidad, si queremos tener una santa unión con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. ¿Qué es lo que forma esa unidad y esa intimidad en Dios sino la igualdad y la dis-tinción de las tres Personas? ¿ Y qué es lo que constituye su amor, más que esa semejan-za? Si el amor no existiese entre ellos, ¿habría en ellos algo amable?, dice el bienaventu-rado obispo de Ginebra» (XI, 548-549).

«…en el Cuerpo Místico…»

En una carta a uno de sus cohermanos, un misionero habla de una reciente conferencia de san Vicente sobre «la unión entre las casas de la Compañía», escribe:

«El primer motivo que se señaló fue que todos éramos misioneros y no formábamos más que un cuerpo; lo mismo que hay una relación tan estrecha entre las partes del cuerpo, esa misma unión tiene que haber entre los miembros de una comunidad…» (XI, 44).

En la conferencia del 30 de mayo de 1659 san Vicente desarrolla e ilustra este tema:

«Y ¿cómo puedo yo sentir su enfermedad, sino a través de la participación que los dos tenemos en nuestro Señor, que es nuestra cabeza? Todos los hombres componen un cuerpo místico; todos somos miembros unos de otros. Nunca se ha oído que un miembro, ni siquiera en los animales, haya sido insensible al dolor de los demás miembros; que una parte del hombre haya quedado magullada, herida o violentada, y que las demás no la hayan sentido. Es imposible. Todos nuestros miembros están tan unidos y trabados que el mal de uno es mal de los otros. Con mucha más razón, los cristianos, que son miembros de un mismo cuerpo y miembros entre sí, tienen que padecer juntos. ¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias» (XI, 560-561).

«…Imitando a los Apóstoles y a los primeros cristianos…»

San Vicente fundamenta sus fundaciones en la pobreza y en una auténtica comunidad de bienes, imitando a los Apóstoles y a los primeros cristianos:

«¡Qué dicha para la Misión poder imitar a los primeros cristianos, vivir como ellos en común y en pobreza! ¡Oh Salvador! ¡Qué ventaja para nosotros! Pidámosle a Dios que, por su misericordia, nos dé este espíritu de pobreza…» (XI, 140).

«…En el estado de su Hijo, de sus Apóstoles…»

«Le ruego a la Compañía que alabe a Dios y le dé gracias por haberla puesto en el estado de su Hijo, de los apóstoles y de los primeros cristianos, que practicaron tan bien esta pobreza y que no tenían nada propio, sino que «omnia erant illis communia» Así pues, démosle gracias a Dios nuestro Señor por habernos puesto en estado de la práctica de la pobreza» (XI, 654).

3.- Comunidad: «Esa mutualidad»

La Comunidad para san Vicente es el lugar del intercambio de ideas, de participación, de solidaridad. Es —lo veremos en el texto que sigue— lo que él da a entender con la palabra de mutualidad. En el consejo del 20 de junio de 1647, Luisa de Marillac pregunta al Sr. Vicente:

«Padre, ahora queda algo por decir sobre la manera de actuar nuestras Hermanas entre sí. ¿No le parece bien a usted que todos los días se tomen algo de tiempo para estar juntas, una media hora poco más o menos, para contarse las cosas que hayan hecho, las dificultades que hayan encontrado, y planear juntas las cosas que tienen que hacer?»

«—¡Dios mío, desde luego!, dijo nuestro venerado Padre; sí que se necesita. Eso ata a los corazones y Dios bendice los consejos que así se reciben, de forma que los asuntos van entonces mejor. Todos los días, durante el recreo, pueden ustedes decir: «Hermana, ¿qué tal le ha ido? Hoy me ha sucedido esto, ¿qué le parece?». Esto hace que la conversación resulte tan grata que no hay más que desear. Por el contrario, cuando cada uno va a lo suyo, sin decir nada a los demás, es algo que resulta insoportable. Hay en la Compañía una Hermana Sirviente que les da a las demás una preocupación tremenda, por tener ese carácter; en cuanto a mí, tengo la experiencia de que, donde tenemos en la Misión unos pobres hombres, pero si hay un supe-rior que es abierto y se comunica a los otros, todo va bien; por el contrario, cuando hay uno que se encierra en lo suyo y actúa particularmente por su cuenta, esto aparta a los corazones y no hay nadie que se atreva a acercársele. Así pues, hija mía, hay que hacerlo así, y que no pase nada, ni se haga nada, ni se diga nada, sin que lo sepáis la una de la otra. Hay que tener ese trato en común» (X, 773).

En la charla del 23 de mayo de 1659, san Vicente describe, valiéndose de la Sagra­da Escritura, la unidad y la unanimidad de una comunidad de misioneros:

«El primero (motivo) es de san Pablo, en la carta a los Romanos, capítulo 15, donde nos recomienda «ut unanimes uno ore honorificetis Deum et Patrem Domini nostri Iesu Chris­ti»; para que con un mismo corazón y una misma boca honréis a Dios Padre. Según esto, es preciso que seamos siempre uniformes y unánimes para alabar y servir a Dios, que nues­tros corazones no sean más que uno y que todos convengan en la misma forma de honrar­le y darle gusto. Se trata aquí del servicio de Dios; es menester que todos se ajusten a ello». «El mismo san Pablo, en la carta a los Filipenses, capítulo 2: «Implete gaudium meum ut idem sapiatis, eamdem caritatem habentes, unanimes idipsum sentientes»: colmad mi gozo, decía el Apóstol, no teniendo más que un mismo corazón y los mismos sentimien­tos para conservar la caridad. Y les recomienda a los fieles que no tengan más que un corazón y un alma en la práctica de la religión: «Credentium erat cor unum et anima una»: tened la misma fe y los mismos actos. «Idem sentientes», nos dice: Haced todo lo que podáis por tener los mismos afectos, por juzgar lo mismo de las cosas, por estar de acuer­do, por no disputar jamás…

«Otro pasaje dice: «Unanimes collaborantes»: trabajad todos unánimemente. No debemos estar unidos sólo en cuanto a los sentimientos interiores, sino además en las obras exterio­res, ocupándonos todos en ellas según nuestras obligaciones; y como todos los cristianos tienen que concurrir en todo lo referente al cristianismo, también nosotros hemos de coo­perar en todos los trabajos de la Misión conformándonos en el orden y en la manera.» Hemos de pedirle a Dios que nos haga a todos, lo mismo que a los primeros cristianos, un solo corazón y una sola alma. Concédenos, Señor, la gracia de que no tengamos dos corazones ni dos almas, sino un solo corazón y una sola alma, que informen y uniformen a toda la comunidad; quítanos nuestros corazones particulares y nuestras almas particula­res, que se apartan de la unidad; quítanos nuestro obrar particular, cuando no esté en con­formidad con el obrar común; que no tengamos todos más que un mismo corazón, que sea el principio de nuestra vida, y una misma alma, que nos anime en la caridad, en virtud de esa fuerza unitiva y divina que edifica a la comunión de los santos» (XI, 541-543).

III.- Cuestiones para la reflexión y el diálogo

1. San Vicente da a todas sus comunidades una finalidad netamente apostólica: vivir juntos, para una misión.

  • ¿Es con esta óptica misionera (servicio de los pobres, alrededor de un pro­yecto apostólico común, como nosotros organizamos nuestra vida y nuestras relaciones comunitarias?
  • Cuando surgen en el seno de la comunidad tensiones, dificultades, conflictos, ¿nos preocupamos de preguntarnos sobre el modo de actuar juntos con respec­to a los pobres, en una misión común?

2. Para san Vicente la Comunidad es una REALIDAD ESPIRITUAL: debe ser «a imagen de Dios». Uno, pero Tres Personas.

  • ¿Qué imagen presenta nuestra comunidad? ¿Cómo la ven?
  • ¿De qué modo nos respetamos como personas (atención al otro, reconoci­miento de su valía, de sus aspiraciones y de su orientación)?
  • Se dice que una comunidad debe ser una comunidad de oración: ¿qué quere­mos decir con esas palabras?

3. Santa Luisa de Marillac pidió a san Vicente que «sus Hijas» dedicaran «dia­riamente» algún tiempo «para contarse las cosas que habían hecho, las dificulta­des con las que se habían encontrado y discutir juntas lo que iban a hacer».

  • San Vicente responde a «sus Hijas»: hay que hacerlo así, y que no pase nada, ni se haga nada, ni se diga nada, sin que lo sepáis la una de la otra. Hay que tener ese trato en común (mutualidad).
  • En nuestra existencia de todos los días, ¿cómo vivimos esta mutualidad (cali­dad de nuestras relaciones, profundidad de nuestros intercambios…)?

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