San Vicente de Paúl y los Gondi: 00 Prefacio

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Régis de Chantelauze · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1882.
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Prefacio

Los historiadores antiguos y modernos de san Vicente de Paúl. – Publicación de su correspondencia – Documentos inéditos del Oratorio y de los archivos del Ministerio de Asuntos exteriores.

Felipe-Manuel de Gondi

Felipe-Manuel de Gondi

Dos siglos después, sería difícil citar a un hombre ilustre, por grande que fuera su fama, cuya vida haya sido escrita tantas veces y en tantos idiomas como la de san Vicente de Paúl. Porque no existe uno cuyo recuerdo sea más querido a la memoria de los hombres que quien fue en los tiempos modernos el apóstol de la caridad, el verdadero creador y el mayor organizador de la asistencia pública.

Apenas habían transcurrido tres años después de su muerte, cuando sus piadosos hijos, los sacerdotes de San Lázaro, reuniendo todos sus recuerdos, publicaron una historia de su vida, cuya redacción la habían confiado en gran parte a uno de sus más queridos discípulos, el sr Fournier. Como Vicente, por espíritu de humildad, había prohibido a sus misioneros publicar libros y que, por otra parte, nada podía ser más provechoso a la sociedad cristiana que la vida de Vicente, se dio la vuelta a la dificultad obteniendo de Louis Abelly, obispo de Rodez, que diera su nombre a la vida del santo1. Abelly se prestó voluntariamente a este deseo, como antiguo amigo de Vicente de Paúl, tenía una predilección muy particular por San Lázaro, a donde debía retirarse más tarde, una vez dimitido de su sede2.

A decir verdad, esta historia de san Vicente era sobre todo un libro de familia, escrito por humildes y fervientes discípulos, menos preocupados por la literatura que por las buenas obras, y quienes, sin arte, un tanto confusamente, se limitaban a contar con un estilo sin aderezo, a veces ingenuo y singularmente conmovedor, todo lo que habían visto y oído, con el único fin de que esta colección les pudiera servir de ejemplo, como a la gente del mundo. Aunque su lectura se haga pesada con frecuencia, el libro no deja de ser por eso infinitamente precioso, ya que no existe ninguno que encierre detalles más interesantes sobre la vida íntima del santo, que nos haga penetrar más adentro en su alma y en su corazón, que nos le muestre más cercano en todo su candor y su afable sencillez, que nos haga oír mejor su voz evangélica y sus discursos impregnados de una caridad sublime3.

En el siglo dieciocho, poco después de la canonización de Vicente, otro sabio sacerdote de la Misión, el sr Collet, emprendió de recalzo este vasto trabajo, le elaboró con frecuencia con la sagacidad de un crítico y le enriqueció con numerosos documentos. Pero su libro, al igual que el de Abelly, se lee con bastante dificultad y apenas sirve de consulta. En lugar de presentar y exponer lo histórico de cada obra del santo en su conjunto y de una manera seguida, el autor ha adoptado lamentablemente un método cronológico que, rompiendo a cada rato el hilo de sus diversas narraciones, arroja en ellas la mayor confusión. Pues bien , si existe una figura que no pueda separarse de su cuadro es con toda seguridad la de san Vicente de Paúl. Jamás hombre alguno, en efecto, se vio mezclado más que él con los hombres y las cosas de su tiempo. Cuestiones dogmáticas, asuntos eclesiásticos, cuestiones sociales y hasta políticas, todo lo tocó, e hizo sentir por doquier su profunda influencia y el ascendiente de sus virtudes. Nadie ha practicado y estudiado mejor que él la corte y la ciudad, la provincia y los campos, a los grandes y al pueblo, a los ricos y a los pobres. Nadie ha sondeado más profundamente las miserias y las llagas de su siglo, y se ha dedicado con mayor ciencia práctica, celo y caridad, para ponerles remedio. Eso es lo que hace imposible aprehender y comprender a Vicente de Paúl, si se le aísla de la historia de su época. Pues es precisamente este fondo del cuadro el que falta muy a menudo al libro de Collet. Resuelto a no pintar sino el retrato del santo, le quedaba un último recurso para hacer revivir de alguna manera a su modelo, era dejarle a veces la palabra, como lo había hecho Fournier, citar algunos pasajes de sus discursos y de sus cartas, que le pintan entero y nos descubren toda su alma. Pero las cartas y los discursos, los ha reducido Collet a un frío y seco análisis. Y con todo, a pesar de todas estas imperfecciones, no deja de ser una mina fecunda, que ha sido muchas veces explotada con fruto por manos más hábiles4.

Se han publicado en nuestros días dos historias más interesantes de este hombre extraordinario, estudiadas con más método y crítica: la primera, por el sr abate Maynard, canónigo honorario de Poitiers; la segunda, por el sr Arthur Loth, antiguo alumno de la Escuela de los archiveros. No se podría tampoco pasar en silencio una obra muy curiosa y notable por más de un título: La miseria en tiempos de la Fronda y san Vicente de Paúl, por Alphonse Feillet, miembro de la Sociedad de la Historia de Francia.

El sr abate Maynard en 1860, es decir doscientos años después de la muerte del santo, dio al público una historia de su vida que se distingue por la riqueza de los descubrimientos y la habilidad de la realización5. En los archivos del Estado, había encontrado un gran número de actas de fundaciones y de memorias escapadas al pillaje de San Lázaro en 1789; en los archivos de la Misión y de las Hijas de la Caridad, varios miles de cartas del santo, lo mismo que innumerables documentos, dispersos por Francia, España, América, Italia, Polonia, el Levante y hasta en Inglaterra; finalmente, había podido consultar los ocho o diez volúmenes in-folio manuscritos que contenían todos los testimonios y los documentos de la canonización. Con la ayuda estos preciosos materiales le fue dado pintar con más sensación de conjunto a esta gran figura en el fondo de cuadro que podía por sí sola restituirle todo su valor e importancia. El sr Maynard había concebido y adoptado un plan mejor que Abelly y Collet; no procede ya por trazos dispersos, sino por vastos cuadros de conjunto, siguiendo de preferencia un método lógico antes que cronológico. Cada una de las obras de Vicente de Paúl está tomada en su origen y seguida hasta nuestros días en sus desarrollos y sus progresos, su fecundidad y duración. Estudiadas así cada una en particular, así vistas con una sola mirada y sin interrupción, las grandes creaciones caritativas del santo, congregaciones de misioneros o de hijas de la Caridad, confraternidades de hombres o de mujeres, seminarios u hospitales, alcanzan en su libro sus verdaderas proporciones, que no habían recibido suficientemente de sus precedentes historias. El sr Maynard, más inspirado que sus predecesores, no dejó de pintar el miserable estado en el que había caído la Iglesia católica en Francia, como consecuencia de las guerras de religión, y los generosos esfuerzos desplegados por una multitud de hombres y de mujeres admirables para sacarla a flote y devolverle su antiguo esplendor. En primera línea, y como el alma del hogar de esta resurrección, nos muestra al humilde sr Vicente, realizando prodigios por el ascendente de su gran corazón y la fe que le anima. Gracias a este libro, al cual se puede reprochar sin embargo demasiadas prolongaciones y algunas narraciones que se acercan un tanto a la leyenda, se han podido apreciar aun mejor los numerosos servicios de toda clase prestados a la sociedad francesa y a la humanidad entera por este gran hombre de bien, por este cristiano de los primeros tiempos.

Fue dos años después de la importante publicación del sr abate Maynard cuando apareció el libro de Alphonse Feillet, que despertó en alto grado la curiosidad del público6. Sólo era un capítulo de la vida de Vicente, pero un capítulo lleno de revelaciones inesperadas. El autor, con ayuda de numerosos documentos inéditos, nos descubría de una manera mucho más completa la importancia de su papel político y social en medio de los desastres de la guerra civil.

Todo ha contribuido a hacer del libro del sr Loth7, antiguo alumno de la Escuela de los archiveros, el monumento más hermoso artístico y literario que hasta hoy haya sido levantado a la memoria de san Vicente de Paúl. Digamos en primer lugar que va precedido de una introducción del sr Louis Veuillot, en aquel gran estilo del siglo diecisiete cuyos secretos conoce tan bien.

La parte más considerable del volumen, la que comprende la vida entera de Vicente de Paúl, es obra del sr Loth. El autor ha sabido aprovecharse con habilidad de los trabajos y de los descubrimientos de sus predecesores; en contacto con el espíritu de las cosas, ha escrito un libro lleno de interés, con un estilo corriente, de lectura fácil, a veces agradable y siempre al alcance de todos. En cuadros presentados no sin arte, nos muestra sucesivamente la vocación de Vicente, sus obras, su acción política y social, su vida interior; luego, después de su muerte, el desarrollo de las dos grandes familias que creó, los sacerdotes de la Misión y las Hijas de la Caridad, por fin las pruebas de la Revolución y la resurrección final8.

En la bonita obra del sr Loth van incluidos dos importantes estudios: San Vicente de Paúl en literatura, por el sr Aguste Roussel, y el Arte de la Caridad, por M.-E. Cartier. La mayor parte de los lectores apenas conocían el emocionante y elocuente apóstrofe de Vicente en favor de los niños abandonados; se referían, sin penetrar más adentro, a lo que había dicho Bossuet de sus conferencias; y entonces el sr Roussel cita hermosos fragmentos, que son como otras tantas revelaciones literarias. Por ejemplo, nunca ha sido pintada la inocencia de la vida de los campos con colores más verdaderos, con un sentimiento más profundo de la naturaleza, como el antiguo pastor de los Pirineos9.

Hemos experimentado más de una agradable sorpresa del mismo género al leer las cartas del santo, de las que acaban de publicar una colección para su uso exclusivo los RR. PP. Lazaristas10. Estas cartas dan a conocer y comprender a Vicente de Paúl en vivo, mucho mejor todavía que las mejores historias de su vida. Lo que impresiona de primeras, al recorrer esta importante colección es la prueba evidente de la muy grande influencia que ejerció en todo su siglo. Estaba en correspondencia no sólo con todos los misioneros y las religiosas colocados bajo su dirección, sino también con un número infinito de personas del mayor mundo, con obispos, ministros, príncipes, con la reina de Polonia, con la reina viuda de Francia, con el Papa. Esta colección, importante como es, no ofrece sin embargo más que la quinta parte de sus cartas, que perecieron casi todas en el saqueo de San Lázaro, en 1789. No hay una sola que no trate de un acto de beneficencia y que no descubra cada vez más todo lo que había en él de inagotable ternura cristiana hacia los miserables.

A estos importantes trabajos voy a tratar de añadir algunas páginas sacadas de fuentes inéditas. Durante mis prolongados estudios sobre el cardenal de Retz y los Gondi, ¡cuántas veces, lleno de respeto, he visto alzarse delante de mí la figura de Vicente, que fue su comensal durante doce años! Fue bajo su techo cuando, el año mismo de su entrada en la casa, vio nacer al terrible alumno que debía sacar tan poco provecho de sus lecciones y de sus ejemplos. Jamás, se puede decir, el genio del bien se declaró tan incapaz de luchar contra el genio del mal.

Fue el único fracaso que hubo de sufrir Vicente en la casa de los Gondi, puesto que todo cuanto intentó a partir de entonces en casa de ellos y por ellos le salió a maravilla. Antes de entrar en su casa, se habían encontrado sin ocupación, a falta de grandes relaciones en el mundo, de poder hacer todo el bien que soñaba y meditaba hacía largos años. Fue por los Gondi, y sólo por ellos, que le fue dado fundar y constituir todas sus casas, desde la primera hasta la última, sin excepción. «Fue gracias a este protectorado, dice Alphonse Feillet, que podrá un día emprender todas sus obras; el crédito de esta familia le abrirá el acceso de las grandes casas y le asegurará la ayuda de los arzobispos de París, Henri y Jean-François de Gondi, hermanos de Emmanuel». Añádase que Vicente murió en vida de su antiguo alumno, el cardenal de Retz, arzobispo de París, antes de que éste dimitiera de su sede, y que el cardenal, que había conservado hacia su antiguo fundador el respeto más tierno, incluso en medio de sus conspiraciones y de sus aventuras más locas, se mostró siempre muy dispuesto a prestarle su apoyo poderoso. Por eso nos ha parecido del todo interesante estudiar no sólo las relaciones de Vicente con los Gondi, sino también esbozar los rasgos de los miembros de esta familia que, por su benévola protección y su fortuna, fecundaron todas sus buenas obras. No hay familia por la que profesó, hasta su lecho de muerte, una gratitud más profunda.

Estos son los nuevos documentos que vamos a tratar de utilizar.

Se encuentran en la correspondencia del santo, que acaban de imprimir los RR. PP. Lazaristas, varias de sus cartas dirigidas a algunos de los miembros de la familia de los Gondi, cartas en las que respiran los sentimientos más afectuosos para sus personas. En su mayor parte son inéditas, y trataremos de citar los pasajes más sobresalientes.

El R. P. Pémartin, secretario general de la congregación de la Misión, quien ha hecho un estudio crítico y profundo de la historia del ilustre fundador de su orden, ha tenido la extrema bondad de indicarme más de un grave error que evitar, y de proporcionarme más de un precioso documento. Por su parte, el último y sabio bibliotecario del Oratorio, el R. P. Ingold ha tenido la graciosa cortesía de comunicarme dos historias manuscritas de Felipe Manuel de Gondi, general de las galeras quien, después de dimitir de su cargo, pasó los últimos años de su vida en el Oratorio11. Estos dos manuscritos contienen detalles inéditos muy interesantes, no sólo sobre el antiguo general de las galeras, sino también sobre sus largas e íntimas relaciones con Vicente de Paúl quien, durante doce años, vivió a su lado, bajo su techo, y quien, gracias a su munificencia, pudo fundar la obra de las Misiones.

Séame permitido expresar debidamente a los RR. PP. Ingold y Pémartin mi profunda gratitud por sus buenos oficios.

Algunos despachos de nuestros embajadores, depositados en los archivos del ministerio de asuntos exteriores, me permitirán contar con nuevos detalles más precisos los rigores de los que Vicente de Paúl y los sacerdotes de la Misión, en Roma, fueron objeto, por orden de Luis XIV y de Mazarino, por haber dado asilo al cardenal de Retz fugitivo.

Por fin, en cuanto se refiere a los Gondi, si no hemos tenido la suerte suficiente para descubrir toda la correspondencia particular de Vicente de Paúl con el general de las galeras, Felipe Manuel, cuya existencia señaló el abate Maynard, trataremos de compensar al lector por esta laguna con otros documentos sobre esta familia que, hace más de veinte años, es uno de los principales objetos de nuestras investigaciones y de nuestros estudios.

  1. Vie du vénérable serviteur de Dieu Vincent de Paul, instituteur et premier supérieur de la Congrégation de la Mission, dividida en tres libros por Mons. Louis Abelly, obispo de Rodez, París 1664, 1 vol in-4º.
  2. Hallaremos esta informaciòn en las Notices sur les prêtres, clercs et frères de la congrégation de la Mission. Primera serie: Compagnons de Vincent, t. L, 1881. Esta publicación hecha por los cuidados de los RR. PP. Lazaristas, y únicamente para au uso, no ha sido puesta en el comercio. Al sabio P. Pémartin, secretario general de la congregación de la Misión, es a quien debemos la comunicación de este volumen, así como otros documentos preciosos. Que nos sea permitido expresarle en público toda nuestra gratitud.
  3. Cuando tengamos que citar este libro, a fin de evitar toda confusión, citaremos constantemente el nombre de Abelly con el que ha aparecido. Esta vid de Vicente de Paúl ha sido reimpresa varias veces y ha servido de base a todos los trabajos posteriores sobre el mismo asunto. Abelly es autor de una obra latina estimada en otr tiempo, la Moelle théologique. Como no era jansenista, Boileau, por este motivo, trató de ponerla en ridículo en su Lutrin (facistol): Que cada uno tome en la mano al medular Abelly.
  4. La Vie de saintVvincent de Paul, instituteur de la Mussion et des Filles de la Charité, Nancy, 1748, 2 vol in-4º. El autor por un sentimeinto de modestia digno del santo, cuya historia escribía se guardó rl anónimo. Su libro tuvo varoas ediciones. Citaremos, entre otras, la de 1818, en 4 vol in-8º, aumentada con los discursos y escritos textales de san Vicente.
  5. Saint Vincent de Paúl, sa vie, son temps, ses oeuvres, sn influence, por el sr abata Maynard, canónigo honorario de Poitiers, 4 vol in.8º, París, Ambroise Bray, librero-editor, 1860.
  6. La Misère au temps de la Fronde et saint Vincent de Paul, o Un chapître de l’histoire du paupérisme en France, etc., 1 vol in-8º, en Didier, 1862.
  7. Saint Vincent de Paul et sa Mission sociale, etc., in-4º, adornado con numerosos grabados en madera y de cromolitografías. París, librería Dumoulin, 5, calle de los Grands-Augustins, 1880.
  8. Sólo haremos un reproche al sabio sr Loth, el de haber admitido con demasiada facilidad como verdaderos ciertos episodios de la vida del santo que pertenecen más a la leyenda que a la verdad histórica.
  9. No podemos dejar este capítulo de Vicente de Paúl en la literatura sin recordar a los lectores su panegírico por el abate Maury quien, a pesar de numerosas declamaciones en el falso gusto del siglo dieciocho, ofrece aquí y allá páginas donde respiran las más nobles emociones, los sentimientos más elevados y una elocuencia digna de los grandes maestros de la cátedra.
  10. Lettres de saint Vincent de Paul,fondateur des prêtres de la Mission et des Filles de la Charité, París, imprimerie de Pillet et Dumoulin, 1880, 4 vol in-8º. Una selección de estas cartas, destinada al público, apareció en la misma librería, en dos vol in-8º.
  11. Recueil manuscrit des Vies de quelques prêtres de l’Oratoire, por E. Cloiseault, 1724, t. 1º. 2º Vie manuscrite du Père Philippe-Emmanuel de Gondi, de l’Oratoire, por el R. P. Baterel (escrita hacia 1729), en el tomo III de una colección manuscrita in-4º, intitulada: Mémoires domestiques pour servir à l’histoire de la congrégation de l’Oratoire, IIª parte: les Particuliers.

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