Capítulo Tercero: Provincias Salvadas (cont.)
III. Extensión de las caridades de Vicente.
Tales fueron las caridades primeras ejercidas por San Vicente en Lorena. Costaron tan caras a su casa y a la bolsa de las Damas, que se vio tristemente reducido a esperar el final del año 1639 para extenderlas a Bar-le-Duc y, algún mes más para llegar hasta Saint-Mihiel y Pont-à-Mousson. Los Misioneros de Bar fueron socorridos por los Padres Jesuitas, que los alojaron caritativamente en su casa. A cubierto ellos mismos, se dedicaron con mayor facilidad a procurar auxilio a una multitud de extranjeros, reducidos en su mayor parte durante un invierno riguroso, a dormir sobre el pavimento de las encrucijadas, en las puertas de las iglesias y de las casas burguesas, consumidos por el hambre y el frío, esperaban y les sobrevenía a cada instante la muerte. Vistieron en pocos días a cerca de trescientos; a todos dieron un cobijo y pan. Pagando al hospital una contribución mensual, hicieron que se admitiera a los enfermos, de quienes se encargaron por completo. A aquellos incluso que todo el mundo rechazaba; los atacados de sarna, por ejemplo, tan numerosos entonces en Lorena: los vendaban con sus manos y, aplicándoles un remedio que ellos poseían, extirparon poco a poco la espantosa enfermedad. A los ochocientos pobres más o menos, tanto habitantes como extraños de quienes eran responsables ordinarios los Misioneros de Bar, se ha de añadir una multitud de transeúntes a quienes debían dar posada. Campos sin cultivo, ciudades sin industria, emigraban cada año campesinos y obreros, que se retiraban en grandes cantidades en Francia. Pues bien, Bar fue a donde los dirigían los Misioneros de Toul y de Nancy, y había que procurarles a, su paso, alojamiento y alimento y, a su partida, darles algo de dinero para continuar el viaje. Gasto enorme y agotador! Tantos cuidados caritativos sobrepasaban ya todo poder humano. Los Misioneros de Bar, no obstante, debieron reservarse también para los cuidados espirituales. A estos ‘José’, nutricios y salvadores de este pequeño Egipto, venían todos a pedir la vida del alma al mismo tiempo que la del cuerpo. Y ellos no eran más que dos. Uno solo debió escuchar en un mes más de ochocientas confesiones, más o menos generales. Cayeron enfermos; uno de ellos, Germain de Montevit, se murió a los veintiocho años, el 19 de enero de 1640. Un mes después, el 26 de febrero, Vicente escribía a Roma a Le Breton, quien a su vez debía sucumbir pronto ante la fatiga: «Dios ha dispuesto de nuestro buen Sr. de Montevit, a quien habíais conocido en el seminario. Su muerte ha tenido lugar en Bar-le-Duc, con la reputación de un santo, en el colegio de los Jesuitas, que nos han hecho la caridad de acogerle con otro hermano mientras trabaja en la alimentación corporal y espiritual de quinientos o seiscientos pobres. Todos los cuales lo han acompañado en el funeral, de dos en dos, con un cirio en la mano, llevándolo todos como a un padre difunto,. El R. P. Rector me escribe cosas notables sobre todo esto. En efecto, el P. Roussel, rector de los Jesuitas, después de querer que Montevit fuera enterrado en la iglesia del colegio, le compuso esta especie de oración fúnebre en forma de carta a Vicente: «Os habéis enterado de la muerte del Sr. de Montevit a quien habíais enviado aquí. Ha sufrido mucho en su enfermedad, pues ha sido larga, y puedo decir sin mentir que no he visto nunca una paciencia más fuerte y resignada que la suya. Nunca le hemos oído decir una palabra que fuera una señal de la menor impaciencia. Todos sus discursos respiraban una piedad nada común. El Médico nos dijo más de una vez que no había tratado nunca a enfermo más obediente y más sencillo. Ha comulgado a menudo durante su enfermedad como viático. Un delirio de ocho días completo no le impidió recibir con todo el sentido la extrema unción, lo perdió cuando le dieron este sacramento y lo recuperó nada más recibirlo. Por fin, se murió como yo lo deseo y le pido a Dios morir. Los dos capítulos de Bar honraron su cortejo, así como los Padres Agustinos. Pero lo que más brilló en su entierro fueron las lo seis o setecientos pobres que acompañaron su cuerpo con cirios en las manos y que lloraban tanto como si hubieran acompañado el cortejo de su padre. Los pobres se lo debían: había contraído esta enfermedad curándoles los males y aliviando su pobreza; estaba siempre con ellos y no respiraba otro aire que el de su podredumbre. Oía sus confesiones con tal asiduidad, por la mañana y por la tarde, que nunca pude convencerle que se tomase una vez el descanso de un paseo. Le hemos hecho enterrar junto al confesionario donde contrajo su enfermedad y donde ha hecho acopio de los méritos de los que goza ahora en el cielo. Dos días antes de morir cayó enfermo su compañero de una fiebre continua, que le ha tenido a las puertas de la muerte ocho días; se encuentra bien ahora. Su enfermedad ha sido efecto de un gran trabajo y de la asiduidad con los pobres. La víspera de Navidad estivo veinticuatro horas sin comer y sin dormir; no dejó el confesionario más que para decir la misa. Vuestros son ágiles y dóciles en todo, menos en los consejos que se les da de tomarse algún descanso; creen que sus cuerpos no son de carne o que su vida no debe durar más que un año. En cuanto al hermano, es un joven piadoso en extremo; ha servido a estos dos sacerdotes con toda la paciencia y asiduidad que los enfermos más difíciles quisieran para sí.» El P. Roussel, no contento con descargar con esta carta su corazón lleno de una religiosa admiración por el celo caritativo de Germain de Montevit, quiso incluir la historia de este Misionero en el diario de su rectorado. Y Vicente bendijo a Dios por estas noticias, y llevado por la hospitalidad que los jesuitas de Bar habían dado a su hijo vivo y muerto, dio a su comunidad como asunto de conferencia espiritual la necesidad del agradecimiento. «Tengo dos cosas en mí, decía, el agradecimiento y que no puedo dejar de alabar a Dios.» Terminaba así la carta ya citada del 6 de febrero de 1640: «Nosotros seguimos asistiendo a estos pobres con quinientas libras al mes en cada una de dichas ciudades (Bar, Metz, Toul, Verdun y Nancy); pero, ciertamente, Señor, temo mucho que no podamos continuar por largo tiempo, ya que tantas dificultades hay para conseguir 2 500 libras al mes.» Siguió mucho tiempo aún, y encontró sumas mucho más considerables; ya que a las cinco ciudades ya mencionadas añadió pronto otras más. Por el mes de mayo de ese año de 1640, envió a Pont-à-Mousson a algunos sacerdotes y sus primeras limosnas- Ejercitados ya en el espectáculo de la miseria, estos sacerdotes sin embargo horrorizados a la vista de cuatrocientos o quinientos pobres, la mayor parte del campo, reducidos por su delgadez al estado de esqueletos, se arrastraban apenas hasta el punto de no poder ya tomar alimento y de morirse mucho comiendo. Y también encontraron a un centenar de enfermos, a cincuenta o sesenta pobres vergonzantes, a religiosas en una necesidad extraña, y por último, a personas de condición a quienes el bienestar pasado hacía más dura la necesidad presente. Realizada conjuntamente la lista de las necesidades con los cuatro párrocos de la ciudad, ellos los socorrieron a todos. Compraron también útiles a los que tenían bastante fuerza y valor para ir a trabajar a los bosques infestados de lobos feroces. De manera que únicamente podían ir en grupos, para enfrentarse a los animales. Ejército de nuevo cuño que, al mismo tiempo que los Suecos y los Croatas, bloqueaba en los pueblos a mujeres y niños e impedía la caridad de llevarles socorros. Un buen párroco a pesar de todo tuvo este valor. Cargado con el dinero de los Misioneros atravesó las filas de estas fieras feroces y llegó hasta estos desgraciados. Era la hora: el hambre se volvía rabia: un niño tirado en medio de compañeros, acababa de ser descuartizado y devorado por ellos. Se ve que la caridad de los Misioneros no se quedaba en las ciudades, sino que se extendía a los campos. Las ciudades eran para ellos un centro, del que irradiaban para llevar socorros a todas las extremidades de un cantón. Socorros de todas clases, lo hemos visto también, y que abarcaban las necesidades religiosas como los sufrimientos físicos. No contentos con las misiones de las ciudades, ejercía las funciones más urgentes del ministerio espiritual en gran número de parroquias destituidas de pastores; y si no podían por sí mismos, buscaban a algunos suplentes mediante una retribución conveniente. Fue así como los sacerdotes extranjeros fueron encargados de recorrer la diócesis de Toul, de bautizar a todos los niños que no lo habían sido, y de enseñar a algunas personas piadosas de cada cantón el modo de conferir este sacramento necesario. De todas partes, le llegaban al santo sacerdote testimonios de gratitud por tantos servicios, pero siempre moderados por el temor de su continuidad, siempre acompañados de nuevas llamadas a su caridad. Los oficiales de policía de Pont-à-Mousson le escribían en diciembre de 1640: «Señor, el miedo a vernos en poco tiempo privados de las caridades que ha tenido a bien vuestra bondad mandar repartir a nuestros pobres, nos hace recurrir a vos, Señor, con el fin de procurarles, si así os place, con tanto celo como hasta ahora, los mismos socorros, ya que la necesidad es la misma. Hace dos años que no ha habido cosecha; las tropas han hecho comerse nuestros trigos en hierba; las guarniciones no nos han dejado más que objetos de compasión; los que eran acomodados se ven reducidos a mendicidad: son motivos tan dolorosos como verdaderos para animar la ternura de vuestro corazón, ya lleno de amor y de piedad, para continuar estas benignas influencias sobre 500 pobres que se morirían en pocas horas, si por desgracia viniera faltarles esta dulzura. Suplicamos a vuestra bondad que no permita estos extremos sino que nos dé migajas de lo que las demás ciudades tienen de superfluo. No haréis solo la caridad a nuestros pobres sino que los arrancaréis de las garras de la muerte, y os haréis acreedor entre nosotros, etc.» Ay, casi al mismo tiempo, recibía Vicente de uno de sus sacerdotes a quien había enviado solo a Saint-Mihiel noticias más lamentables aún. El Misionero había encontrado a más de trescientos pobres en una necesidad tan grande, y a más de otros trescientos en una necesidad extrema, de los cuales cien, decía él, se ven reducidos al estado de esqueletos, tan horribles «que si Nuestro Señor no me diera fuerzas no me atrevería ni a mirarlos; tienen la piel atezada y tan estirada que los dientes se les ven secos y descubiertos, los ojos y el rostro reducidos.» Todos vivían solamente con la hierba del campo. Lo que más horrorizaba al Misionero era el peligro de un gran número de muchachas, expuestas a pedir pan por el deshonor. Algunos meses después tenía que describir una miseria mayor todavía. En su última distribución del pan se había encontrado con 1.132 pobres sin contar los numerosos enfermos a quienes daba alimento y remedios. «Ruegan todos por sus bienhechores, seguía diciéndole a Vicente, con tantos sentimientos de gratitud que muchos lloran enternecidos, incluso ricos que se sienten conmovidos por estas cosas. No creo que estas personas por quienes se ofrecen a Dios tantas y tan frecuentes oraciones, puedan perecer. . Señores de la ciudad alaban grandemente estas caridades, diciendo en voz alta que mucos se habrían muerto sin este socorro, y publicando lo agradecidos que se sienten. Semejantes relatos parecían increíbles, incluso a Vicente; o, si la confianza que tenía en sus sacerdotes le forzaba a añadir fe en ellos, él se preguntaba cómo se podía responder a tantas necesidades. Como consecuencia y para conocer la extensión del mal, y para darse cuenta bien del empleo de las limosnas, bien del orden seguido en el ejercicio del ministerio espiritual, y para informar con mayor prontitud y seguridad a la organización de socorros, cuyo menor atraso podía costar la vida a centenares de desdichados envió en aquel año de 1640 a d’Horgny, a uno de los ancianos sacerdotes de la Compañía, encargado de visitar en sus departamentos a todos los Misioneros de Lorena, y de enviarle un informe sobre todos sus trabajos y del verdadero estado de la región. Ya que, fijémonos bien que, en esta época, Vicente era la única Providencia, el único salvador de Lorena. Francia, con cinco ejércitos a la vez a su cargo, dedicaba toda su fortuna a los gastos militares; y además, Richelieu, y hasta el piadoso Luis XIII, debían sentirse poco inclinados a socorrer a una provincia que querían domar por la guerra, por la desgracia y por el agotamiento. Poco se podía esperar de la caridad privada, nula necesariamente en Lorena donde los más ricos estaban reducidos a la mendicidad, y que, incluso en París,, sintiendo el contragolpe de los sufrimientos públicos, se mostraba tímida, egoísta y cobardemente previsora, o no bastaba para las necesidades que la rodeaban. Sí, sin Vicente de Paúl, esta provincia cuyas pérdidas no han podido siquiera reparar del todo dos siglos, estaba aniquilada, o por lo menos, miles y miles de infortunados perdían en ella a la vez el cuerpo y el alma. Al cabo de algunas semanas, el visitante envió a Vicente, sobre la situación de Saint-Mihiel un relato espeluznante. Sin hablar de los mendigos, tanto de las ciudades como de los campos, había hallado a la nobleza reducida a la más espantosa hambre y, cosa más triste aún, resuelta a morir antes que pedir. Si algunos se arriesgaban a mendigar, la mayor parte se contentaban con llorar y sufrir en secreto. Los pobres, obligados por el hambre, no hacían ascos a la más asquerosa comida. Un misionero encontró un día a una viuda y a sus tres hijos ocupados en asar una culebra y listos para devorarla. Si moría un caballo, aun de enfermedad contagiosa, se lanzaban para comérselo, y esta carne infecta se vendía incluso, y se entregaba a cambio de unos trocitos de pan. Las jóvenes ponían en la balanza el pan y el honor, y el honor, ay, de tenía a veces por barato. Los sacerdotes, casi todos, por suerte, de vida ejemplar, no tenían ya un trozo de pan, hasta el punto que uno de un pueblo vecino se había uncido al arado con sus parroquianos: bueyes y caballos eran comidos. –Por este detalle, Vicente debía recordar Túnez y la Berbería a nuestras puertas. En medio de tantas miserias, los habitantes de Saint-Mihiel estaban llenos de paciencia y devoción; en la indigencia extrema de los bienes del cuerpo, se mostraban ávidos de los bienes del alma, y no resultaba raro que esta pequeña ciudad, si bien abandonada de sus principales habitantes, ofreciera al Misionero hasta dos mil oyentes, que se reunían a pedir el pan de la palabra y de los sacramentos. La desgracia, sin duda, azote de la cólera, o más bien instrumento de la misericordia de Dios, operaba estos prodigios, pero también la virtud y la caridad del Misionero, que se privaba de sueño y de alimentos, hasta ponerse enfermo, para oír sus confesiones, que proveía todas las necesidades de su ciudad y de sus campos. También esta pobre gente se creían consolados y dichosos por haberle hablado una vez. Lo que sorprendía más al visitante era cómo se las arreglaba el Misionero, con un poco de dinero que le llegaba de París para tantas limosnas públicas y privadas. Para explicar este prodigio, se recurría a la bendición de Dios y al recuerdo del maná del desierto. Y en efecto, a pesar de la cifra enorme de las sumas repartidas por Lorena, nuestro siglo mismo, calculador así como incrédulo, no lograría comprobar las cuentas de esta desgraciada provincia sino recurriendo al milagro de la multiplicación de los panes, llevando al activo de la caridad cuotas desconocidas, a traídas del tesoro de Dios en sus cofres por las oraciones del santo sacerdote. A la lectura de este informe, Vicente se resolvió a continuar socorriendo a Saint-Mihiel. Aunque Luis XIII hubiera conservado un mal recuerdo de esta ciudad, de cuyas murallas había partido un cañonazo que le había roto la carroza, obtuvo de rey que la guarnición se reduciría; al mismo tiempo, hizo que las personas caritativas la incluyeran en las limosnas hechas a Lorena. Por ello, tres años después, los lugartenientes, preboste, consejo y gobernador se lo agradecieron en estos términos: «Todo el cuerpo de la ciudad de Saint Mihiel y todos sus miembros en particular os dan un millón de gracias por las molestias y por los cuidados que os habéis dignado tomar para su alivio, tanto por la distribución de las limosnas y asistencia a los pobres enfermos y necesitados como por la descarga de una parte del peso de nuestra guarnición, para suplicaros muy humildemente que continuéis vuestra protección y vuestras limosnas, de las cuales esta pobre y desolada ciudad tiene tanta necesidad como nunca; siendo muy verdad que por este medio una infinidad de personas viven hoy todavía, y si se lo reducimos o se lo quitamos del todo, una gran parte se morirían sin remedio, o irían a buscarse la vida a otra parte, sin hablar de las distribuciones que habéis hecho en los conventos, por las que han subsistido en parte, y de la asistencia que han recibido de vuestros sacerdotes otras tantas personas más, incluso de calidad, en sus enfermedades y necesidades- no podemos menos de alabar lo suficiente los grandes cuidados y el trabajo que se han tomado, ni rogaros lo suficiente con insistencia la continuación de las mismas asistencias para tantos enfermos y necesitados. Aparte de la gloria y el mérito que tendréis ante Dios, etc.» Además de estas siete ciudades y campos colindantes socorridos por Vicente, cuántas ciudades más, burgos y pueblos de Lorena tuvieron que proclamarle su nutricio y su salvador, da fe esta carta, escrita en 1642, por los oficiales de Lunéville, ciudad sobre la cual nuestras memorias no nos dan detalle alguno: «Señor, hace varios años que esta pobre ciudad se ha visto afligida por la peste, la guerra y el hambre, que la han reducido a la extrema necesidad en la que se halla ahora, en lugar de consuelo, sólo hemos recibido rigores de parte de nuestros acreedores, y crueldades por parte de los soldados, que nos han arrancado por la fuerza el poco pan que teníamos, de manera que parecía que el cielo no tenía más que rigor para nosotros, cuando uno de vuestros hijos en Nuestro Señor llegó aquí cargado de limosnas, ha mitigado grandemente el exceso de nuestros males y alimentado nuestra esperanza en la misericordia de Dios. Como nuestros pecados han provocado su cólera, besamos humildemente la mano que nos castiga, y recibimos también los efectos de la divina dulzura con sentimientos de extraordinaria gratitud. Bendecimos a los instrumentos de infinita clemencia, tanto a los que nos alivian con sus caridades oportunas, como a quienes nos las procuran y distribuyen; y a vos en particular, Señor, de quien creemos después de Dios que es el principal autor de un bien tan grande. Y deciros que se dedique a este pobre lugar en el que los principales se ven reducidos a nada, lo que el Misioneros que habéis enviado os referirá con menos interés que nosotros. Él ha visto nuestra desolación, y vos veréis ante Dios la obligación que os debemos por habernos socorrido en esta situación.» A las cartas de los magistrados civiles había que juntar para medir toda la extensión del beneficio y de la gratitud, las cartas de los superiores de comunidades religiosas; por ejemplo, una carta del P. Félicien, vicario provincial de los capuchinos de Lorena, fechada en Saint-Mihiel el 20 de mayo de 1645, en la que este religioso en su nombre y en el nombre de sus hermanos, pide en la impresionante epístola de san Pablo a Filemón la expresión de su común agradecimiento: Quia viscera sanctorum requieverunt per te; o también las cartas enviadas al papa con ocasión del proceso de la beatificación: «El nombre de Vicente de Paúl es bendecido en el ducado de Lorena, escribía el 13 de julio de 1706 Gabriel Maillet, general de la congregación de Saint Vannes, ya que ha cruzado este país haciendo el bien;» y de Henri-Charles de Cambout de Coislin, obispo de Metz, el 17 de julio el mismo año: «En estas provincias devastadas por una larga sucesión de guerras, no se podría decir cuánto ha distribuido y entregado a los pobres.» Noche y día, en efecto, las necesidades de las casas religiosas estaban presentes en el pensamiento de Vicente, al mismo tiempo que las miserias de las ciudades y de los campos; y como su pensamiento no era nunca estéril, sino siempre fecundo como el de Dios que lo inspiraba, producía al instante socorros abundantes. Aquí, eran dos sumas de dinero enviadas a las religiosas de la Visitación de Nancy; allí, muebles donados a las Anunciatas de Vaucouleurs quienes, expulsadas de su monasterio, no habían encontrado a su regreso más que las paredes; o bien hábitos o mantas entregados a la Carmelitas de Neuf-Château o de Pont-de-Mousson: bien la mejor parte de setecientas libras de honorarios de misas por el cardenal de Richelieu, destinada de preferencia a los Franciscanos de Vic como más desdichados de las demás comunidades sacerdotales. Lo que no podía por sí mismo, lo conseguía de la gente a crédito o de los consejos de la realeza. Así fue como a principios de 1642, pudo enviar a Lorena una orden del Consejo de Estado, que eximía de tasas a las órdenes religiosas de la provincia. Todas estaban comprendidas menos la Misión de Toul que él impidió que se aprovechara siguiendo su máxima y su práctica ordinaria: «Si los Misioneros, decía él, son fieles a los deberes de su vocación, no les faltará el pan; si no lo son, lo tendrán de sobra.»
IV. La Lorena en París.
Su caridad no se contentó con ir a buscar a los desdichados Loreneses a su región; los atrajo también a París en gran número. Más de una vez ya se ha visto el peligro que corrían en Lorena la virtud de las mujeres expuestas al mismo tiempo a la tentación del hambre, mala consejera, y a la brutalidad de los soldados sin disciplina. Todos los días los Misioneros instruían sobre ello al santo sacerdote. Horrorizado, Vicente convoca la Asamblea de las Damas y, allí mismo hace decidir que llamarán a París a todas las jóvenes Lorenesas que quieran ir, y que vigilará por su seguridad y por su mantenimiento. Esta decisión se transmitió a Lorena. No se contaba más que con algunas jóvenes; se presentaron en masa tantas que hubo que hacer selección y quedarse con las más expuestas. El enviado del santo trajo en diversas ocasiones hasta ciento sesenta a París; número considerable, por poco que añadamos a los gastos de estancia los del viaje, de los que se encargó la caridad igualmente; y hubiera sido aún mayor si el Misionero no hubiera incluido en el grupo de las jóvenes a una cantidad de chicos huérfanos o pertenecientes a familias arruinadas, condenados en los casos a una muerte segura. Vicente y la señorita Le Gras se repartieron la doble colonia. El santo tomó para sí a los niños, a los que acogió y alimentó en San Lázaro, a la espera de poder colocarlos en los servicios. La señorita Le Gras recibió en su casa a las jóvenes y con el concurso de las Damas que vinieron a verlas, logró poco a poco colocarlas a todas con las mejores familias de París; a unas como señoritas de compañía; a las otras como mujeres de trabajo, cada una según su condición. Algunas se hicieron hermanas de la Caridad y devolvieron a las demás lo que ellas mismas habían recibido. Pronto se convirtió como en una emigración en toda Lorena, al menos de todos los cantones que no estaban bajo el dominio del rey. Se veía a esta pobre gente reunirse en caravanas, atravesar los ejércitos enemigos y llagar a buscar un asilo en París o en las otras ciudades del reino. Así se acabó las despoblación de la provincia- No fue un golpe súbito y pasajero de desesperación: la trasmigración duró varios años. Los Misioneros de Toul, de Bar y de otros lugares de paso, incapaces de retener a estos infortunados con auxilios insuficientes, la favorecían ellos mismos. y bien que ellos les indicasen la dirección de su padre, bien que les fuera bastante conocida por la notoriedad general de sus obras, era a San Lázaro adonde se dirigían, como a una California anticipada, donde la caridad les era un recurso más seguro que a los emigrados de nuestras revoluciones las minas de oro del Nuevo Mundo. Por lo demás, no perdían dejar de llegar hasta Vicente, ya que si no se atrevían a venir por sí mismos, eran enviados a él, por la gente de bien. «Vuestra caridad es tan grande, le escribía en 1643 el P. Pierre Fournier, rector del colegio de Nancy, que todo el mundo recurre a ella. Todos os consideran aquí como el asilo de los pobres afligidos. Por eso muchos llegan hasta mí a fin de dirigirlos a y así lleguen a experimentar los efectos de vuestra bondad. Y ahí van dos, cuya virtud y calidad animarán a buen seguro a vuestro corazón caritativo a asistirlos.» Vicente acogía todos estos pobres emigrados; les proporcionaba un alojamiento, ropas, alimentación hasta que su región se abriera o estuviera en condiciones de ganarse la vida. Y como la ruina de las iglesias en Lorena, la dispersión de los pastores habían privado, durante mucho tiempo, de la frecuentación de los sacramentos, les hizo asistir, dos años seguidos, en 1641 y 1642, por Pascua a misiones en la parroquia de la Chapelle por los eclesiásticos de su conferencia. Estas misiones produjeron doble fruto en estos infortunados: el pan material y el alimento espiritual del alma. La proximidad de París atrajo un buen número de burgueses, entre otras, a un tal Drouart, quien se hizo misionero de la caridad a favor de los pobres Loreneses. Fue defensor entre los de su clase, y también entre las personas de condición o las Damas de la Asamblea que necesitaban ayuda; y a pesar de tantas obras que atender, de la prolongación de los socorros extraordinarios concedidos a Lorena, se pudo recoger con qué hallar pan por algún tiempo para los refugiados. A estas limosnas contribuía Vicente en su mayor parte. Todos los Loreneses que no podían ganarse la vida, iban a la puerta de San Lázaro y allí recibían su pan de cada día. Una caridad así parecía tan inexplicable que el pueblo de París decía: «Es preciso que el Sr. Vicente sea Lorenés él mismo, para hacer tanto bien a los pobres Loreneses1.» Notamos que, no obstante, continuaba sus envíos de socorro a Lorena, socorros mensuales de muchos miles de libras, socorros extraordinarios cuando le revelaban una miseria excepcional o individual. Así fue que un día le mostró un refugiado de su hermano, canónigo de Verdun: «La miseria, le escribía el canónigo, me ha reducido a dejar el servicio de mi iglesia, en el que no encontraba ya más que un pan de lágrimas y de dolor, y me he puesto a labrar la tierra para tener de qué vivir. Pero el gran trabajo y el escaso alimento me han puesto tan débil que no puedo ya nada, ni evitar la muerte, si no recibo pronto alguna ayuda. En verdad, no sé dónde encontrarla, si no es de tu parte, hermano, que habéis tenido la suerte de ser recibido y favorecido de uno de los más santos y caritativos personajes de nuestro siglo desafortunado. Por medio de vos espero esta suerte del Sr. Vicente.» Algunos días después, el canónigo recibía con qué salir de su extrema necesidad. Otro día, era toda una comunidad religiosa a la que Vicente procuraba un retiro que dio lugar a una admirable institución. En 1632, Catalina de bar, llamada en religión Mechtilde del Santo Sacramento, había hecho los votos en el convento de las Anunciatas de Bruyères en Lorena. Tres años después, los desastres de la guerra la obligaron a refugiarse en las Benedictinas de Bambervillers, donde hizo una segunda profesión. De allí, con algunas de sus hermanas, se dirigió a Saint-Mihiel para fundar un nuevo establecimiento. Sabemos qué poco favorables eran las circunstancias para una empresa así. También las desdichadas Benedictinas se vieron pronto reducidas a una escasez tal que estaban a punto de morirse de hambre. Informado por su Misionero de Saint-Mihiel de nombre Guérin, Vicente reveló esta angustia a las Damas de su Asamblea y, de acuerdo con ellas, mandó venir a estas religiosas, en número de catorce, y las alojó en la abadía de Montmartre, luego en Saint-Maur. Agradecida a la Providencia y dolorosamente afectada por el recuerdo de tantas profanaciones de las que había sido testigo en Lorena. Matilde concibió el plan de una obra reparadora. En esta disposición, se juntó a algunas damas de un rango distinguido: Ana Courtin, marquesa de Beuves; María de la Guesle, condesa de Châteauvieux y la marquesa de Sesac, quienes la confirmaron en su piadosa idea y le propusieron establecer en su convento la adoración perpetuas del Santísimo Sacramento. Ana de Austria quiso incluso intervenir en esta fundación. Era en 1652, en plena guerra civil. La reina había deseado hacer un voto para desarmar la venganza de Dios y atraer sus bendiciones sobre Francia. Un virtuoso sacerdote de San Sulpicio, el abate Picoté, consultado sobre este punto por mediación de la condesa de Brienne, le había propuesto la fundación de un monasterio de la Adoración perpetua. Semejante coincidencia debía parecerle bien el proyecto de Matilde y de sus consejeras. También aceptó ellas el título de fundadora del convento, que tuvo su origen el día de la Anunciación, 25 de marzo de 1653. Ella misma vino a plantar la cruz en la puerta de esta comunidad, situada entonces en la calle Férou; luego, para dar ejemplo. comenzar la obra reparadora y hacer de alguna manera la primera la santa guardia, fue a postrase con un cirio en la mano, al pie del Santísimo Sacramento y le pidió perdón con solemnidad. Fue enseguida sustituida por una de las nuevas Benedictinas de la Adoración perpetua, quienes, a partir de entonces , no ha cesado, noche y día, de rodillas en medio del coro, con el cordón al cuello y al pie de un poste, de estar presentes sucesivamente como víctimas expiatorias2.
V. Nobleza Lorenesa e Inglesa. –Asamblea de los señores.
Hasta Vicente pues, en la llamada caritativa que hizo a las Benedictinas de Saint Mihiel, se remonta también el origen de esta institución católica. Por el mismo tiempo, el santo sacerdote se vio en la situación de tener que atender a las necesidades no sólo del pueblo pobre de Lorena, refugiado en París, sino de una buena parte de la nobleza de esta provincia que se llegó allí a buscar asilo. Esta nobleza pobre vivió allí primero de los restos de su fortuna; y, consumidos pronto estos débiles recursos, se encerró orgullosamente en su miseria resuelta a soportarlo todo antes que confesarlo humildemente. Sin embargo Vicente fue informado de ello por una persona de mérito y de honor que vino a proponerle el alivio de un infortunio tan conmovedor. «Oh Señor, respondió sin titubear y con gratitud; oh Señor, qué satisfacción me dais. Sí, es justo asistir y aliviar a esta nobleza pobre, para honrar a Nuestro Señor, que era muy noble y muy pobre a la vez.» No obstante la bolsa de San Lázaro estaba agotada, y también las de sus mejores amigos; además, no convenía que las obras comenzadas tuvieran que sufrir competencia de una obra nueva. Poco importa, después de tomarse el tiempo justo de consultar a Dios en la oración, Vicente redactó su plan en el que todo estaba ordenado. No se cercenaría nada de las limosnas que continuamente se llevaban a Lorena donde eran necesarias para la vida de miles de desgraciados. No se dirigía ninguna petición a las Damas de la Asamblea, as cuya caridad y virtud les costaba tantas molestias. Sostener el bien establecido, Vicente pensó en hacer asistir a los nobles de Lorena por sus pares. Así, ideó el proyecto de una asociación de señores que se tomarían como un deber de religión y un punto de honor aliviar al mismo tiempo a miembros de Jesucristo y a miembros de su orden, a hombres con quienes tenían la doble confraternidad de la cruz y del blasón. Hacia mediados de 1640, comenzó por reunir a siete u ocho, llenos de fe y de honor, de caridad y de nobleza. Entre ellos estaba el barón de Renty, uno de esos cristianos de los muchos que se encuentran esta primera mitad del siglo XVII, que rivalizaban en celo con estas mujeres admirables que se ven en gran número. Gastón de Renty, uno de los más dignos cooperadores de Vicente de Paúl en el ejercicio de las buenas obras, había nacido en 1611 en el Bény, en la diócesis de Bayeux. En su juventud había soñado con la vida monástica; casado tempranamente por voluntad de su familia con una joven de la casa de Entraigues, siguió por algún tiempo, como todos los de su clase, la profesión de las armas. Por de pronto era buen cristiano; y luego fue un santo y un apóstol. Después de asistir a una misión dada por los Padres del Oratorio, entró en la dirección del P. Du Coudren, y no pensó ya más que en su salvación y en la salvación del prójimo. Seminarios, asociaciones piadosas, misiones, obras caritativas, todos los proyectos útiles a la religión y a la humanidad obtuvieron su consenso y su apoyo. Ningún nombre más mezclado que el suyo en todas las fundaciones, en todas las obras grandes de este tiempo. Francia no podía contener su celo. Se encuentra su mano activa y generosa en las Misiones de Berbería, del Levante y del Canadá. Pagaba con su persona y su fortuna. En su castillo del Bény, transformado en hospital, instruía y servía él mismo a los pobres; en París, visitaba todos los días el Hôtel-Dieu y cada tarde iba allí a dar el catecismo, una instrucción o una lectura a los transeúntes del hospital Saint-Gervais. No se comprende que tantas obras y tantas empresas hayan cabido en una vida que no ha alcanzado los treinta y ocho años3. Un hombre así debía abrazar con ardor la propuesta de Vicente de Paúl a favor de la nobleza lorenesa y comunicar su celo a sus compañeros. Asimismo, desde esta primera asamblea, la asociación caritativa estaba formada. Se comunicó que se comenzaría por establecer una situación de las personas que componían cada familia refugiada, y que luego se verían los medios de dar a cada una socorros proporcionados a su condición y al número de sus miembros. El Barón de Renty se encargó de la investigación. De su informe, los señores de la Asamblea hicieron cálculos y fijaron el fondo de un mes, que sobrepasó las 6 000 libras4. Pasado el mes, volvieron a San Lázaro, y se apostaron por un mes más; y así sucesivamente, mes a mes, durante cerca de veinte años, sin que su ardiente caridad, encendida sin cesar por Vicente de Paúl, se enfriara nunca en este tiempo de guerras civiles y extranjeras, de miserias de todas clases, a una necesidad sucedía otra, y al encadenamiento de las necesidades debía responder el encadenamiento de los socorros caritativos. Así fue como se mantuvo por tanto tiempo la Asamblea de los señores, digna pareja de la Asamblea de las Damas y hecha a su imagen y semejanza; otra de las grandes creaciones de Vicente, de la que se sirvió para hallar recursos inmensos, a fin de oponerse a una cantidad de desórdenes, como el duelo y la blasfemia, y por último procurar bienes incalculables a la religión y a los pobres. La obra de la nobleza lorenesa duró alrededor de ocho años, y con qué constancia de celo para no cansarse nunca, qué delicadeza de proceder para suavizar el amargura del remedio y exaltar la humillación de la limosna. Los socorros eran distribuidos cada mes a esta nobleza pobre, mas por los gentilhombres mismos de la Asamblea; y éstos no se limitaban con ella a estas visitas en cierto modo pecuniarias sin que le recordara su humillación; para ellos era incluso una cuestión de amistad y de honor, en lo que ponían consuelo y respeto. Eran servidores que venían de sus maestros y no bienhechores obligados a ellos; o más bien eran iguales por la fe y el nacimiento, que trataban de gentilhombre a gentilhombre y de cristiano a cristiano. Cuando se calmaron un poco los problemas de Lorena y se curaron sus males, la mayor parte de esta nobleza regresó a su provincia. Pero, al partir, Vicente se ocupó de darles a todos no sólo para pagarse el viaje, sino también con qué subsistir por algún tiempo, hasta entrar en posesión o en disfrute de sus bienes. En cuanto a aquellos a los que retuvieron en París la pérdida total de su fortuna o los asuntos domésticos, no dejó nunca de asistirlos, fueran los que fuesen por otra parte sus apuros y sus cargas. Se ha de tener siempre presente, en efecto, que las caridades tan pesadas de Vicente no eran sucesivas sino casi todas simultáneas. Hacía frente a la vez a mil necesidades. Una sola de las cuales parecía agotar sus fuerzas y sus recursos. Así, mientras tenía que sostener a un gran número de las fundaciones anteriormente citadas, que agotaba su casa y las casas caritativas para asistir a los Loreneses ya en su patria, ya en en París, tuvo que organizar la asistencia de señores a quienes las persecuciones religiosas y políticas nos enviaban entonces de Inglaterra, de Escocia y de Irlanda. Fue también el barón de Renty quien le informó de este nuevo infortunio que aliviar. Los dos hablaron a la Asamblea de los señores y le inspiraron la resolución de hacer por la nobleza inglesa lo que se hacía desde hacía algún tiempo por la nobleza lorenesa. El Barón de Renty se encargó también de la distribución de una parte de las limosnas. Cada mes, a pie, de ordinario solo, él se las llevaba a los barrios más apartados de París, que su caridad y su mortificación habían escogido como su departamento. Siguiendo las instrucciones de Vicente, y las costumbres que el santo inspiraba a todos los distribuidores de limosnas, al entrar en la habitación de los refugiados ingleses, los saludaba con una compasión educada y una ternura respetuosa, y les rogaba humildemente que aceptaran el cartucho que contenía su retribución mensual. Un día, que se había dejado acompañar de uno de sus amigos, contra su costumbre, le dijo al regresar: «Éstos son verdaderos cristianos que lo han dejado todo por Dios. Y ¿qué somos nosotros a su lado, nosotros que no hemos perdido nada y a quienes nada les falta? Ellos se contentan con dos escudos al mes, después de poseer quince o veinte mil libras de renta, y sufren con paciencia este cruel cambio de fortuna. Nosotros tenemos abundancia de bienes, y apenas un poco de caridad. Ah, Señor, no es ni en el exterior ni en las palabras, sino en el corazón y en los hechos donde se funda el cristianismo.» En 1649, la nobleza inglesa vio que la muerte le arrebataba al mismo tiempo a su rey y a su generoso bienhechor. Pero le quedó Vicente, que continuó asistiéndole casi todo el resto de su vida, incluso después de la muerte de Cromwell; pues no fue hasta 1660 cuando la restauración de los Esturados permitió a los católicos ingleses volver a su patria5. Lo que Vicente hizo por los señores, lo hizo también por el pueblo, y principalmente por los sacerdotes de Irlanda Informado por un Misionero y por un hermano que había enviado a descubrir, de su triste estado: «¿Qué se podría hacer por ellos?, preguntó a uno de sus sacerdotes irlandeses. ¿No habría medio de reunirlos para consolarlos e instruirlos? Ellos no entienden nuestra lengua, y yo los veo como abandonados, lo que me llegó al corazón y me produjo un gran sentimiento de compasión hacia ellos. –Haré lo posible, respondió el Misionero. –Dios os bendiga, Señor, replicó Vicente. Tomad, ahí tenéis diez doblones, id, en el nombre de Dios, y dadles el consuelo que podáis.» Encargó a este mismo Misionero que reuniera a los sacerdotes irlandeses ciertos días de la semana con el propósito de instruirlos sobre cosas de su vocación y facilitarles luego algún empleo eclesiástico: «Podremos incluso, dijo, hallar medio de asistirles cuando se reúnan para esto, porque se los verá en disposición de hacerse más útiles y ejemplares de lo que son. Os pido, Señor, que trabajéis en esto. –Señor, objetó el Misionero, vos sabéis que, por vuestras órdenes, estas asambleas se han comenzado hasta ahora y continuado durante algún tiempo. Pero como son gente difícil y dividida entre ellos, así como lo son las provincias de su país, esta buena obra cesó. Entraron en desconfianzas y envidias unos de otros; y, aunque les hayáis hecho y procurado muchos otros bienes, no se han fiado tampoco de vos, Señor; se han quejado y han sido tan desconsiderados que deciros a vos mismo y hacer que se os escriba de Roma que no os metáis ya mas de ninguna manera con sus personas y en sus asuntos. Pues bien, tal parece, Señor, que su ingratitud merece que no los atendáis más. –Oh Señor, ¿qué estáis diciendo? respondió Vicente; precisamente por eso hay que hacerlo.» Y, como Jesucristo, encontrando en la misma ingratitud un nuevo título para su caridad, continuó asistiendo con todas sus fuerzas a estos desdichados sacerdotes. Ya hemos insinuado más de una vez que Vicente contribuía a estas obras admirables no solamente con sus consejos y sus exhortaciones, sino también con continuos impuestos tomados hasta de lo necesario de su comunidad. «El Sr. Vicente, ha escrito uno de los primeros señores de la Asamblea, era siempre el primero en dar. Abría su corazón y su bolsa; de manera que, cuando le faltaba algo, ponía todo lo suyo y se privaba de lo que le era necesario, para acabar la obra comenzada. Una vez que faltaban trescientas libras para completar una suma considerable, él las puso al momento: y se supo más tarde que se trataba de los décimos que una persona caritativa le había dado para comprarse otro caballo mejor que el suyo, que se había caído debajo de él de flaco y viejo que estaba. Pero él prefería sufrir ponerse en peligro de accidente, que dejar a personas que él creía necesitadas, sin asistirlas.» En otra ocasión, en circunstancias parecidas, faltaban doscientas libras. Vicente entonces llama al procurador de San Lázaro, le lleva aparte: «¿Qué dinero tiene, le pregunta, en su caja? –Exactamente, le responde el procurador, lo que necesito para dar de comer mañana a la comunidad, ahora, bien lo sabéis, muy numerosa. –Pero aun así ¿cuánto tenéis? –Cincuenta escudos. –Qué, ¿no hay más dinero en la casa? –No, Señor, cincuenta escudos sólo, ni un céntimo más. –Pues bueno, vaya a buscarlos.» El procurador se va a buscar los últimos escudos y se los trae a Vicente que los echa en la bolsa de la caridad para completar el presupuesto de un mes. el día de mañana no le preocupaba nada, encomendándose con toda confianza a la Providencia divina. La Providencia, en efecto, en la persona de uno de los señores de la Asamblea, lo había visto todo y oído todo; y, al día siguiente, era enviado un saco de mil francos a San Lázaro6.
VI. Diligencias por la paz. –Guerra y caridad.
Entretanto el santo hombre sufría; no por él ni siquiera por los suyos a quienes había inspirado su pasión por el desprendimiento a favor de los pobres; mas por el honor de Dios ultrajado por tantos sacrilegios y profanaciones, por tantas provincias desoladas por la guerra, el hambre y la peste, por un millón de inocentes que pagaban con sus bienes y sus vidas los cálculos de una política sin compasión. En esto, se va a ver a Richelieu y, con una libertad que le daba su sola caridad, y que el cardenal –dicho sea en su honor- le dejaba, mientras se reservaba la libertad de sus actos, se echa a sus pies, y con una voz entrecortada por las lágrimas: «La paz, Monseñor, exclama, dadnos la paz! Tened piedad de nosotros, Monseñor, dad la paz a Francia!» Y para apoyar su súplica, traza un cuadro lúgubre del triste estado de la religión, de la miseria de los pueblos, de todos los males y de todos los desórdenes que una larga y cruel guerra arrastra tras sí; y repite, sollozando: «La paz, Monseñor, la paz!». Richelieu mismo quedó conmovido; y, levantando al santo sacerdote; «Señor Vicente, le dijo, también yo deseo la paz, trabajo seriamente en la pacificación de Europa; pero no depende de mí solo y, dentro como fuera del reino, existe un gran número de personas cuyo concurso necesito para sellarla.» La paz, siempre obstaculizada por la ambición y la política, no debía llegar hasta veinte años después! Vicente, sin embargo, no era partidario de la paz a cualquier precio y, cuando el interés de Francia estaba de acuerdo con la religión y la justicia, él sabía llevar a la guerra. Hemos visto todas sus gestiones para procurar una expedición contra Berbería. ya las había hecho parecidas para dirigir contra Inglaterra protestante y revolucionaria las armas de Francia entonces dirigidas contra la católica Austria. Ahí estaba la política verdaderamente francesa: de Inglaterra, en efecto, debían llegarnos la incredulidad y la revolución; Inglaterra debía sernos una rival más temible que El Imperio. Mientras que el Parlamento preparaba el cadalso de Carlos I, a quien el feroz Ireton, yerno de Cromwell, torturaba a la desgraciada Irlanda, refugiados ingleses, secundados por franceses católicos opuestos a la política extranjera de Richelieu tan favorable al protestantismo, rogaron a Vicente, quien compartía sus vistas, que fuera a ver al cardenal y le propusiera en su nombre y en el nombre del papa, una intervención armada en las revueltas del otro lado del canal. Vicente obedeció y, llegado ante Richelieu, le expuso el envilecimiento de la realeza y de Francia en la persona de Carlos I, esposo de una hija de Enrique IV, las desgracias de Irlanda: «Sería, le dijo, honor del rey defender con su cuñado la causa común de todos los soberanos; sería gloria del cardenal ir en auxilio de un pueblo que no es perseguido más que por su adhesión a la religión de sus padres. –Ah Señor Vicente, respondió Richelieu, demasiados asuntos tiene el rey para comprometerse con una empresa parecida! –Pero el papa le sostendrá, y ofrece cien mil escudos. –Cien mil escudos! ¿qué es eso para semejante campaña? Millones no serían suficientes.» Y el cardenal hizo la enumeración de los soldados. De los equipos, de las armas, de los comboyes necesarios. «Eso de un ejército es una gran máquina, dijo para terminar, que no se mueve sino con gran trabajo y a fuerza de dinero.» Richelieu continuó pues su guerra contra Lorena y contra el Imperio, y Vicente sus oraciones, sus mortificaciones y sus caridades. Después de la muerte del cardenal y gracias a la fuerte disciplina que el mariscal de la Ferté-Senneterre estableció en sus tropas, Lorena comenzó a respirar, y Vicente pudo llamar a la mayor parte de sus Misioneros. No obstante, durante cinco o seis años todavía, procuró socorros a los más pobres, y los extendió incluso a casi todas las ciudades de Lorena, como Château-Salins, Dienze, Marsal, Moyenvic, Remiremont, Épinal, Mirecourt, Châtel-sur-Moselle, Stenai, Rambervilliers, etc. Los pobres vergonzantes, los burgueses arruinados, las familias nobles que no habían podido recuperar su primer estado, continuaron siendo el objeto de atención. Cuidó de una manera particular, durante este segundo periodo de las comunidades religiosas de ambos sexos a las que las guerras habían despojado, y a las que les faltaba no sólo pan sino hábitos. Fue el 25 de enero de 1643cuando el hermano Marthieu Renard le escribía: «Señor, el dolor de mi corazón es tan grande que no puedo declararlo sin llorar, por la grandísima pobreza de estas buenas religiosas a las que vuestra caridad hace socorrer. No soy capaz de expresaros la menor parte. Apenas son reconocibles por sus hábitos que tienen remiendos por todas partes, de verde, de gris, de rojo, en fin de todo lo que ellas pueden tener. En cuanto a pan, no se preocupan por tener ni lo suficiente. Y han tenido que pasarlo mal.» Más de diez años después, 1654, un superior de orden podía escribir también: «Señor, en cuanto a la carne, eso ya es demasiado para nosotros; tenemos bien poco y, si Dios no lo remedia, no sé qué vamos a hacer.» Los años 1646 y 1647 parecen haber estado marcados, entre todos los demás, parecen haber estado marcados por las ayudas entregadas a las comunidades de hombres o de mujeres. Vicente se las buscó a mas de seiscientas religiosas a las que se han de añadir los religiosos, contando un total de mil ciento veintisiete personas consagradas a Dios, según un registro de 1640. A los diferentes monasterios mandó distribuir por barrio hasta tres, cuatro, cinco y seiscientas libras, en la medida de su número y de su pobreza sin contar una cantidad enorme de piezas y retazos de las que cada uno se hacía hábitos conformes a su orden. No se les exigía más que un recibo que se entregaba como justificante al hermano Mathieu, casi siempre responsable de estas distribuciones. Existen también unos cincuenta justificantes. Todos con fecha del mes de febrero de 1647, elaborados más o menos así: «Yo el abajo firmante… confieso haber recibido de las manos del hermano Mathieu, de la Congregación de los sacerdotes de la Misión la suma de… proveniente de las limosnas que Su Majestad ha otorgado a las religiosas pobres de Lorena; lo que nos obliga a redoblar nuestros votos y oraciones por Su Majestad y por la reina, para bien de su reino y el éxito de sus armas,» ¿Quién dirá la cifra total a la que ascendieron todas las limosnas durante tantos años? y notemos que en esta suma, ya tan enorme de por sí, no están comprendidos ni los muebles, ni las telas, ni los cálices y demás objetos de culto. Pues bien, que se juzgue el valor de estas limosnas en especie, cuando se piensa que Vicente hizo trasladar a Lorena, en diversas ocasiones, unas catorce mil varas de paños de todos colores y clases, destinadas a cubrir, con el pueblo pobre a la nobleza y a la burguesía, al clero secular y a las comunidades religiosas, a un número, se dice, de veinte mil personas; que distribuyó casi solo s tantas iglesias arrasadas ropas y ornamentos, vasos y mobiliario sagrado. Ya no es entonces a 1 600 000 libras hasta donde se ha de hacer ascender el total de los auxilios, sino hasta dos millones por lo menos, es decir a más de ocho millones quizás de nuestra moneda actual. Y eso, en un momento en que los más ricos andaban en apuros , en que la corte misma estaba agotada; de suerte que la reina y la duquesa de Aiguillon se vieron una vez reducidas a enviar las tapicerías y atavíos del duelo que habían servido en los funerales de Luis XIII y de Richelieu. Tales fueron aproximadamente los socorros enviados a Lorena. Más inapreciables son todavía los distribuidos en París, ya a las jóvenes y a las religiosas que iban llegando, ya a los refugiados del pueblo y la nobleza, socorros que habría que añadir también a nuestra cantidad de dos millones para conocer cuánto hizo a favor de aquella desdichada provincia la caridad de san Vicente de Paúl. Por eso, el Sr. Digot, el historiador moderno de Lorena, con tanta frecuencia citado por nosotros, se sorprende y con razón porque sus más antiguos analistas no se hayan dignado siquiera nombrar a su salvador, y los documentos originales del tiempo no mencionen una intervención tan caritativa. Consultado de nuevo a invitación nuestra, -así como el Sr. Henry Lepage, archivista de la Meurthe, y el Sr. de Dumast, tan sabio en la historia religiosa de su país, -el Sr.Digot respondió no haber encontrado nunca documento antiguo manuscrito que hablara de ello. ¿De dónde procede este silencio? ¿Es ignorancia o ingratitud? Estos Señores han supuesto que el Sr. Vicente, como se le llamaba entonces, no habiendo llegado a su gran celebridad, su papel ha debido de perderse en el de sus colaboradores. –Pero, si no al principio, -aunque hubiera realizado ya sus grandes obras, – al menos al final, Vicente de Paúl gozaba ya de toda su notoriedad. Además, veremos después, diez años más tarde, cuando estaba en el punto más alto de su fama y a pesar de los servicios mayores aún, no se encuentra más su rastro en las memorias y documentos públicos que nos han descrito la desolación de parís y de nuestras provincias. Estos Señores quieren también que la acción general de Vicente y de los suyos en Lorena no haya sido muy advertida; y eso porque el pueblo lorenés debía considerar como muy naturales y obligatorias limosnas que, a pesar de su cifra enorme, no reparaban más que una parte del mal cometido por los Franceses. Por parte de los sacerdotes franceses, los dones y los cuidados más caritativos no le parecían apenas más que el pago de una deuda, y una especie de restitución hecha a cargo de sus compatriotas incendiarios y salteadores. Puede que haya verdad en esta apreciación: pero: de puede y se debe oponer a ella las piezas citadas por Abelly y por Collet: documentos oficiales, escritos por los gobernadores y los magistrados de las ciudades, que todos encierran la expresión del agradecimiento público para Vicente, a pelan a su caridad como a la única providencia de Lorena, y le proclaman su salvador. Estaríamos más cerca de la verdad diciendo que la historia, en particular en Francia, ha sido demasiado exterior, demasiado real y aristocrática, demasiado amante de los hechos de armas y del éxito; de ahí el olvido del pueblo y de sus sufrimientos, de sus bienhechores t de sus limosnas, de ahí estos ruidos de batallas y estos gritos de victoria que han cubierto los gemidos de los desgraciados y los han impedido llegar a nuestros oídos. Tendremos una prueba enseguida en nuestros propios anales.
VII. El hermano Mathieu Renard.
Sea como fuere, la acción de Vicente en Lorena, si fue conocida principalmente del Cielo en la época en que se ejercía, es brillante en lo sucesivo como todas las obras de este hombre, a quien Dios se complació en exaltar en proporción incluso de su humildad. ¿No era justo asociar a su gloria a los que se hicieron los instrumentos de su caridad, al hermano Jean Parre, y sobre todo a este hermano Mathieu Renard, a quien, por lo demás, debemos la conservación de los más impresionantes recuerdos mencionados poco antes? Pues era del hermano Mathieu de quien casi todos los testigos interrogados en el proceso de canonización han declarado tener los detalles que sabían sobre la asistencia de Lorena7. Cuántas embajadas, pomposamente relatadas en la historia, son menos preciosas ante Dios y merecen menos ser celebradas entre los hombres que la embajada oscura de este humilde mensajero, cuyos pasos y santas astucias no han acabado más que en el alivio del sufrimiento. Mathieu Renard había nacido en Brienne-le-Château , en la diócesis de Troyes, de una familia muy honrada y bastante rica., y falleció en San Lázaro el 5 de octubre de 1669. Él mismo ha redactado, sin duda por orden de Almeras y en interés de la canonización de su venerado padre, un relato de sus viajes caritativos. Odisea de una nueva especie, en la que los prodigios no faltan más que las aventuras, en la que una divinidad interviene sin cesar para sacar al humilde héroe del peligro. La divinidad aquí es el mismo Vicente, ya que es a las oraciones y a los méritos del santo a quien atribuye siempre el hermano Mathieu su liberación y su salvación. En un tiempo cuando el campo era batido de continuo por tropas de soldados, de ladrones o de bandidos, no había seguridad para la vida ni para la bolsa en viajar por Lorena. Todo el que llevaba algo de dinero era asaltado sin escrúpulos, cuando no era asesinado sin misericordia. Los Croatas sobre todo, acantonados en algunos fortalezas, acampaban allí en vigilancia, de donde caían sobre todo viajero que atravesaba la llanura, sin distinción de amigo ni enemigo, pero reservando el privilegio de su cruel vandalismo a los transeúntes más ricos. Pues bien, el hermano Mathieu levaba siempre al menos 20 000 libras de limosnas, con frecuencia hasta 10 u 11.000 escudos de oro, y una vez hasta 50 000 libras. Bueno pues, con esta rica presa, a través de tantos peligros, y en el curso de cincuenta y cuatro viajes, no perdió nunca un cabello ni un óbolo. Admirable triunfo de destreza y de inteligencia, sin duda, pero más evidente protección de Dios. ¿Se unía a un convoy? El convoy era atacado, golpeado, robado, Y el hermano Mathieu se escapaba siempre. ¿Se asociaba a unos viajeros? Los abandonaba un momento, como por una orden secreta de la Providencia y, en ese mismo momento, unos salteadores los despojaban y a él, sin verle. Atravesó en varias ocasiones bosque apestados de soldados o de bandidos, daba igual: ¿Que descubría tropas?, arrojaba a las matas, a un charco de agua el zurrón desgarrado que contenía su bolsa; y, así libre, sin timidez como sin audacia, iba recto a ellos; a veces le registraban; la mayor parte de las veces, dejaban pasar, sin decirle ni palabra, a este pobre hombre que no tenía del mendigo ni siquiera el zurrón. Rara vez era insultado o maltratado. Después de aguantar la inspección de los ladrones, continuaba tranquilamente su ruta y, cuando los veía a cierta distancia, se volvía sobre sus pasos y recogía su dinero. Una tarde. Se encontró con unos rateros que comenzaron por llevárselo a un bosque para asustarle; después de lo cual, le revisaron todos los bolsillos, los dobles y redobles de sus ropas y, al no encontrar nada, le preguntaron si no pagaría de buena gana un rescate de 50 doblones, «cincuenta doblones, exclamo el hermano sorprendido. Un pobre hombre como yo. Ni aunque tuviera cincuenta vidas podría rescatarlas con un pelucón de Lorena!» Cargado un día con 34 000 libras, se vio de repente asaltado por un hombre bien montada quien, con un pistolete en mano, le hizo caminar por delante para registrarle aparte. El peligro estaba presente, y el hermano Mathieu observaba con atención a su enemigo para sorprenderle un momento favorable. Le vio volver la cabeza; de repente, deja caer suavemente su bolsa, y camina aligerado por doble razón. A cien pasos de allí, se da la vuelta bruscamente y se pone a hacer al caballero graves reverencias. Éste toma por loco al astuto hermano, quien no quería otra cosa que dejar pisadas hondas en una tierra recién labrada, con el fin de recobrar su tesoro. Y lo encontró en efecto, después de sufrir, a la orilla de un precipicio, una visita rigurosa que no le costó más que la pérdida de la navaja. Quizás el engorro más grande que tuvo que pasar fue un día que, caminando por una vasta llanura, descubrió a una banda de Croatas. Sin modo de escapar a sus miradas ni dónde esconde su oro. Por suerte ve entonces un manojo de hierba, deja caer su zurrón, lo recubre con el pie, tira a cuatro o cinco pasos de distancia el pequeño bastón que llevaba en la mano y debía servirle de señal, y pasa tranquilamente por medio de los soldados. Algún tiempo después, vuelve sobre sus pasos. Pero era de noche y la oscuridad había caído. Busca a derecha y a izquierda, sin alejarse sin embargo, la mayor parte de la noche y, no encontrando nada, se acuesta allí, se encomienda a Dios y espera a la aurora. Al amanecer encuentra su precioso zurrón y reemprende jubilosamente el camino. Al final, le resultó difícil pasar desapercibido. Era conocido en toda Lorena, y los ladrones esperaban su paso con la misma impaciencia que los pobres. Cosa maravillosa! Dios le suscitó defensores entre los jefes mismos de los saqueadores. Por ejemplo, un capitán, emboscado cerca de Saint-Mihiel, le da a conocer a sus soldados; y, viéndoles listos a caer sobre él, arma su pistolete: «Yo le romperé la cabeza, exclama con un tono forme, a quien se sienta lo bastante enrabietado como para hacerle algún daño a este hombre que sólo hace el bien.»En otras circunstancias Dios mismo se encargaría de desviar a sus enemigos y hacerles sus trampas inútiles. Así, los Croatas, habiéndose enterad que se hallaba en el castillo de Nomeny con una fuerte suma, colocaron emboscada por todas partes para que no se les escapara a la salida. El hermano Mathieu logra entonces, a fuerza de insistir, que le practiquen una poterna y, antes del amanecer, puede llegar a un sendero retirado y desierto. Los Croatas le creían aún en Nomeny, cuando ya estaba en Pont-à-Mousson. Extrañados de no verlo aparecer, fuerzan la entrada del castillo y al saber que ha partido, furiosos por haberse dejado escapar su presa: «Dios o más bien el diablo, dicen ellos entre juramentos, ha tenido que llevárselo por encima de estos bosques a ese maldito hermano!» Todo el mundo supo en Lorena pronto la maravillosa protección con que Dios envolvía al buen hermano y, en adelante cuando se quería viajar, su sola compañía era la mejor de todas las escoltas. La condesa de Montgemery se había procurado pasaportes del rey de Francia, del rey de España y del duque de Lorena, y no había podido verse libre del pillaje. De manera que no se atrevía a hacer la ruta de Metz a Verdun. Entonces ve que el hermano Mathieu se dispone a hacer el mismo viaje. Le manda venir: «Súbase a mi coche, por favor, le dice; seréis mejor que todos los pasaportes del mundo.» Y, en efecto, los dos llegaron sin percance a Verdun. Cuando el hermano Marhieu estuvo de regreso en París disfrutó mucho llamándole a su lado para escuchar el relato de sus aventuras y de las mil estratagemas que se inventaba, según los encuentros o que él cambiaba al infinito, cuando eran ya conocidos. Le felicitaban por su inteligencia y por su buena suerte; en cuanto a él, el lo achacaba a la fe y a la caridad, a las oraciones y a las mortificaciones de san Vicente de Paúl. Así hacían los Misioneros cuando querían explicar a los demás o querían explicarse a sí mismos los bienvenidos frutos de su palabra y de sus limosnas. Era Vicente, decían, al mismo tiempo que el espíritu de Dios el que había hablado por sus labios y dado a sus predicaciones tal virtud; era la bendición recibida al salir de sus manos la que había multiplicado sus limosnas a proporción de tantas miserias: pues, enormes en su totalidad, las limosnas divididas al infinito según innumerables necesidades, debían reducirse a lo imperceptible, y sin embargo había sido bastantes para las calamidades urgentes.
- Summ., p. 172.
- En este instituto, aprobado por dos papas, y difundido por muchas ciudades de Francia y del extranjero, se ha visto en nuestros días a la Sra. Luisa de Condé hacer profesión; una casa de esta orden fue establecida por la piadosa princesa en el emplazamiento del Temple, que se ha transferido a la calle de Monsieur.
- Ver su vida por el P. J..-B. Saint-Jure, 10-4º, París, 1651.
- Carta a Lambert, a Richelieu, del 22 de julio de 1640. –Después de contar, el santo concluyó: «En el nombre de Dios, oremos y humillémonos mucho!»
- Fue en agradecimiento por tantos beneficios, y también por los Misioneros y los socorros enviados a Irlanda, cuando los obispos de este reino insistieron ante el Soberano Pontífice para obtener la beatificación del siervo de Dios, testigo el obispo de Waterford: «Mientras que toda Europa está prosternada a los pies de vuestra Santidad, y espera el oráculo del Vaticano para adornar a Vicente con los honores supremos, Irlanda no se puede callar. Los favores que ha recibido merecen que eleve su voz a favor de su generoso consolador. Fue él quien, compadeciéndose del duelo y de las desgracias de la Iglesia de Irlanda, le procuro más de una vez abundantes provisiones de ornamentos sagrados y de grandes socorros en dinero; fue él quien envió a valientes atletas que combatieron valerosamente con las crueles potencias de las tinieblas, y disiparon ante el resplandor de la antorcha de la fe las sombras de la herejía. Fue él finalmente quien de vez en cuando nos enviaba a hombres verdaderamente apostólicos, a obreros sin motivos de avergonzarse, dispensándonos rectamente la palabra de verdad, que partían el pan el pan de vida a los hambrientos, echaban a los paralíticos a la piscina, apoyaban y confirmaban en la fe de Pedro los espíritus vacilantes en medio de las tempestades de la herejía (febrero de 1706).»
- Sum., p. 173.
- Sum., n. 63, p.167.






