San Vicente de Paúl. Su vida, su tiempo; sus obras, su influencia. Libro 1, capítulo 4

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Abate Maynard, Canónigo de Poitiers · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1880.
Tiempo de lectura estimado:

Capítulo Cuarto: Vicente de Paúl en la corte y en el hospital de la caridad.  El juez de Sore.  La reina Margarita y la tentación del doctor. Retiro en Oratorio. Clichy.

I. Vicente de Paúl en la Corte y en el hospital de la Caridad.

Llegado a París, Vicente se apresuró a cumplir su misión. Tuvo varias conferencias con Enrique IV, de las que nada ha transpirado a la historia. Pero se sabe cómo conocía a los hombres este monarca, y no se podría dudar que descubriera al momento las grandes cualidades de espíritu y corazón del santo sacerdote. con un poco de ambición otro poco de constancia en hacer la corte, Vicente podía llegar pronto a los más altos honores de la Iglesia. En ese tiempo incluso, Enrique IV multiplicaba sus esfuerzos y sus caricias para atraerse sacerdotes así. proponía vanamente a Pedro de Bérulle varios obispados y ricas abadías. «¿De verdad que no queréis recibir de mi mano lo que os ofrezco? le decía en una ocasión; yo os lo ofreceré por medio de otro.» –»Sire, respondía Bérulle, si Vuestra Majestad me presiona más, me veré obligado a salir de su reino.» Y Enrique IV, inclinándose entonces a favor de Bellegarde, decía para asegurarse: «He hecho cuanto he podido para tentarle, no lo he conseguido; pero pienso que es el único que resiste a pruebas parecidas.»

Bérulle no era el único. El santo más grande, más amable de esta época con Vicente de Paúl, al que Enrique IV llamaba el fénix de los prelados, Francisco de Sales, resistía también a todos sus asaltos. Desde 1602, cuando Francisco vino a París para defender la causa del catolicismo en el país de Gex, Enrique le pidió hasta cinco veces que se quedara en Francia, y en 1608, algunos meses tan sólo ante de su entrevista con Vicente, le tentó nuevamente con el cebo de un rico obispado, Francisco prefirió, según su expresión, a su pobre esposa de Saboya, y no quiso el divorcio. «No he conocido a nadie, decía Enrique, que sepa sazonar una negativa con más gracia que el Sr. de Ginebra.»

Vicente debió también entrar en lucha con la estima generosa del monarca, y de ella salió igualmente victorioso. A pesar de lo dicho por algunos escritores, no recibió nunca nada de Enrique IV, ya que su nombramiento para la abadía de Saint-Léonard-de-Chaume es posterior por casi un mes al asesinato de este príncipe.

Después de su papel deslumbrante por algunos días, Vicente se dio prisa en volver a la oscuridad para esperar así a la Providencia. Sin embargo no vivió en ella ocioso y si corazón buscó donde entregarse en buenas obras. Tomó un alquiler en la calle de Sena del distrito Saint-Germain, muy cerca del hospital de la Caridad. Este hospital uno de los más célebres de la época, así como una de los más hermosos de nuestro tiempo, había tenido por origen y piedra angular una capilla erigida a finales del siglo XII o a principios del XIII por un cristiano ignorado, bajo la invocación de san Pedro. Del nombre de San Pedro el tiempo había dado Saint-Père y Saints-Pères. En 1602, María de Médicis había llamada a París a cinco Hermanos de la orden que san Juan de Dios acababa de fundar en España y los había establecido en la calle de los Petits-Augustins. Pero habiéndolos desplazado la reina Margarita, en 1607, con el fin de construir un convento fueron a refugiarse cerca de la capilla de Saint-Pierre, rodeada entonces de vastos jardines. Su única vocación era cuidar a los enfermos, y María de Médicis debió construirles un hospital y un convento. Así fue como, por una serie de emotivas atracciones, a las que la caridad debe tantas obras, la capilla atrajo a los Hermanos, y los Hermanos el hospital..

Esta fundación contribuyó mucho al desarrollo de la caridad en Francia a principios del siglo XVII, y el ejemplo de Vicente difundió su práctica. Todos los días iba al hospital a visitar a los enfermos, les hacía piadosas exhortaciones, y pedía a los Hermanos, como un honor y una gracia, el permiso de compartir su ministerio. Este ejemplo tuvo numerosos imitadores, y unos años más tarde encontramos en este mismo hospital a Claude Bernard, conocido por el sacerdote pobre, este Diógenes cristiano que, obligado un día por Richelieu a pedirle alguna gracia, respondió, con un desinterés generoso muy superior al lujo de egoísta pobreza del filósofo cínico: «Moneñor, ruego a vuestra Eminencia que ordene se coloquen mejores tablas en la carreta en la que llevo a los condenados al suplicio, para que el miedo a caerse a la calle no los aparte de encomendar su alma a Diios.» Claude Bernard escogió por principal teatro de su celo el hospital de la Caridad  cuya iglesia posee aún su tumba .

Vicente estaba allí en su terreno y preludiaba su verdadera vocación. Pero, antes de fijarle en su apostolado de caridad, la Providencia quería acabar su educación paseándole por otras miserias y sometiéndole a nuevas pruebas,. Fue entonces cuando se enfrentó a una atroz calumnia.

II. El juez de Sore.

Para ahorrarse los escasos recursos, había alquilado un habitación con un compatriota suyo, juez de un pueblo de las Landas, llamado Sore, en la instancia de Burdeos. Este juez, habiendo salido un día temprano a sus asuntos, se olvidó de cerrar el armario donde había dejado una suma de 400 escudos. Vicente, enfermo el la cama,, esperaba una medicina. El mozo del boticario se la trae, busca en el armario un vaso para echarla, ve el dinero, se apodera de él con astucia y se lo lleva como quien no ha hecho nada. A su regreso el juez, sorprendido y afligido de no ver su bolsa, se la pide a Vicente, primero con titubeos, después con una cólera audaz. Vicente no había visto nada. Además no tenia ojos ni siquiera la menor sospecha del crimen: Charitas non cogitat malum. El juez basa su título de acusación en la pobreza, en la calma y hasta en el silencio. Llega a establecerse entonces entre el dolor irritado de este hombre y la paciencia de Vicente una lucha que lleva en primer lugar a la expulsión vergonzosa del santo sacerdote. el juez lleva más lejos su venganza, y como compensación odiosa, se propone arrebatar la reputación a quien acusa de haberle robado el dinero. Propala entre los conocidos de Vicente las acusaciones de robo y de hipocresía. Un día que se enteró que estaba en casa del Sr. de Bérulle con un gran número de personas de honor y de piedad, se hace llevar hasta allí y le hace objeto de la más indigna afrenta. «Dios sabe la verdad». Tal fue la única defensa de Vicente. Parece que el juez llegó hasta notificarle una monitoria.

Prueba más cruel ciertamente que la esclavitud: puesto que la esclavitud sólo abate a los débiles y a los cobardes, pero «la calumnia, dice la Escritura, perturba incluso al sabio y destruye las fuerzas de su corazón » Con la firme confianza en Dios y su inocencia, Vicente conservó su alma en paz y, si sintió aflicción por la injusticia del acusador, se alegró por ser la víctima de ella. A la vista de tanta moderación, paciencia y humildad, lejos de creerle culpable, todo el mundo admiró más su virtud.

La justicia y la reparación, con demasiada frecuencia cojeando como las oraciones de la fábula se tomaron diez años quizás de espera. El juez de Sore hacía tiempo que había regresado a su puesto. Un día le llamaron de una prisión de Burdeos, en la que un prisionero necesitaba hablarle. Este prisionero era el antiguo mozo del boticario, quien compatriota del juez y bien conocido de él, acababa de ser encarcelado por otra causa diferente. Le sabía propietario de la bolsa robada y había oído la acusación lanzada contra la inocencia. Comido de remordimientos, confesó su crimen, prometiendo una pronta y completa restitución. El juez se vio entonces entre el gozo de recobrar su propiedad y el dolor de su conducta para con Vicente: o más bien, digamos en su honor, lo que más sintió fue haber acusado la inocencia y ultrajado la virtud. Sin poder resistirlo más, dirigió a Vicente una larga carta para pedirle perdón. Este perdón, lo necesitaba por escrito. «Si me lo negáis, añadía, iré en persona a Paría a echarme a vuestros pies, y pedíroslo con la soga al cuello.» El perdón le había sido concedido interiormente en el momento mismo de la falta; se puede creer que la expresión del mismo fue dirigida sin gastos ni fatigas de viaje al arrepentimiento.

Por el canónigo de Saint-Martin conocemos nosotros esta historia. Pero tenemos sus principales rasgos en una conferencia, dada en San Lázaro el 19 de junio de 1656, sobre el modo de recibir las correcciones. Inútil  añadir que Vicente no se cita a sí mismo y pone en escena a una tercera persona.

III. La reina Margarita y la tentación del doctor.

No habiéndole traído más que penas el primer trato con las gentes del siglo, Vicente pensó entonces entrar en un retiro y oscuridad más profundos, donde no sería conocido más que de Dios y de los pobres. redobló esfuerzos para ganarse el olvido y el desprecio de los hombres. Ya, como un criado, el siervo de Dios no se daba a conocer más que con su nombre de pila. Iba publicando por todas partes su ignorancia y sus faltas. Pero los hombres de virtud y de piedad, no sólo en la Iglesia sino también en el mundo, respondían a sus llamadas al desprecio con la estima y la veneración, y se complacían en disipar la nube a medida que él la espesaba más en torno a sus méritos. Su única habitación en el barrio de Saint-Germain, donde se hallaba la corte de la reina Margarita, y sobre todo su caridad y su celo, el recurso que practicaba ya a la caridad de otro le habían atraído por fuerza el conocimiento de algunos oficiales de esta princesa, y en particular de su secretario Du Fresne, hombre de piedad y de probidad, que nos ha dejado de él este bonito testimonio: «Por aquellos días el Sr. Vicente parecía muy humilde, caritativo y prudente. Hacía el bien a todo el mundo, y no servía de carga a nadie. Era circunspecto en sus palabras. Escuchaba con tranquilidad a los demás sin interrumpirlos nunca. Acudía entonces sin fallo a visitar, servir y exhortar a los pobres enfermos de la Caridad.» Du Fresne dio a conocer a Vicente a la reina Margarita. En esa época, Margarita, en medio de las fiestas continuas de su palacio de la calle de Sena, cuyos vastos jardines se extendían hasta el río, parecía querer introducir en su vida un poco de regularidad  y de devoción. Después de su matrimonio con Enrique IV, «cuya librea fue tan bermeja», hacía tiempo disuelto de hecho, hubiera sido declarado nulo de derecho, cesó de ser aquella Margot a quien su hermano Carlos IX «daba a todos los hugonotes del reino al dársela al príncipe de Berán.» Acababa de fundar su convento de los Petits Augustins, y repartía limosnas con aquella prodigalidad que era en ella, según decía, «un vicio de familia.» Al propio tiempo que esta princesa, que sabía tan bien unir los estudios serios con el placer, hacía de su corte el lugar de reunión de todas las personas cultas, se complacía en atraer a los hombres de devoción. Con el retrata que le hizo Du Fresne de Vicente, ella deseó verle y, bien enterada por sí misma de sus méritos, le admitió en el mundo de su casa en calidad de su capellán ordinario.

Poco después, Vicente fue provisto de la abadía de Saint-Léonard-de-Chaume, de la orden del Císter, diócesis de Saintes. El breve que se la otorgó, expedido por la orden del rey y de la reina regente, es del 10 de junio de 1610, un mes más o menos tras la muerte de Enrique IV . El 10 de setiembre siguiente, ése pasó un acta entre Paul Hurault de l’Hopital, arzobispo de Aix, abate de Saint-Leonard, y Vicente de Paúl, capellán de la reina Margarita, duquesa de Valois, bachiller en teología, en esta acta que existe todavía como la patente, el arzobispo declara que renuncia a favor de Vicente al cargo, pagarle 1.200 libras de pensión al año sobre las rentas de dicha abadía..

Después de escapar a la corte de Enrique IV, Vicente estaba destinado pues a la corte de su esposa divorciada. Dios seguía preparando su porvenir y le mostraba esta vida de las cortes en la que debería mezclarse posteriormente, cuando sería llamado al consejo de conciencia. Pero tan sólo se la mostraba, ya que su hora no había llegado aún y, a fin de no dejarle caer en el engaño, le ponía una tribulación al lado de cada honor.

Entre los familiares de la reina Margarita, muy amante de los coloquios sabios, se encontraba un doctor antiguo teólogo, ilustrado en las justas contra los herejes. Creyendo no tener otra cosa que descansar sobre los laureles, el doctor, presuntuoso y ocioso, debió muy pronto tomar las armas, pero contra sí mismo, y cayó vencido en la lucha. Su espíritu se oscureció, su fe se conmovió, la oración en sus labios se cambió en blasfemia, y la desesperación le insufló nuevas continuas tentaciones de suicidio. Le tuvieron que prohibir la misa, el oficio, todo ejercicio de piedad, lo que, en lugar de atraerle la gracia y los ángeles, evocaba ante su imaginación revuelta todos los fantasmas del infierno. El único consejo que le pudieron dar fue volver la mano o el dedo hacia Roma o hacia alguna iglesia, para protestar con este gesto contra el demonio de la incredulidad y comulgar con la fe de la Iglesia universal. Nada produjo sus efectos, y pasando la confusión a los órganos, la naturaleza iba a sucumbir.

Hasta aquí hemos seguido el relato de Vicente en un discurso que dio a su comunidad sobre el tema de la fe. El resto sólo se ha revelado después de su muerte por algunas personas a las que él mismo había librado de una tentación de infidelidad mediante una confidencia completa.

Vicente estaba relacionado con el desdichado doctor y había agotado consejos y súplicas para devolver la calma a su alma. Sin otros remedios, se puso en oración e, imitando la generosidad de san Pablo, quien deseaba ser anatema por sus hermanos, o incluso la caridad de Jesucristo quien nos ha curado cargando con nuestros males, se ofreció a Dios en víctima hasta consentir en tomar sobre sí la enfermedad del doctor.

Su heroico sacrificio fue aceptado en toda su extensión. Mientras que el doctor sentía que la luz disipaba las tinieblas de su alma, los misterios de la religión le resultaban como palpables, la oración y el amor renacían en su corazón refluían en sus labios, Vicente heredaba su cruel tentación, de la que ni las lágrimas ni las buenas obras lograron triunfar en un principio.

Entonces escribió su Credo y se lo aplicó como un remedio a su corazón. Luego, en virtud de uno de esos pactos de una familiaridad confiada, en uso entre los santos desde el padre de los creyentes, convino con Dios que su mano al posarse sobre aquel papel sería un rechazo de la tentación y un acto de fe. Conservó este escudo hasta después de su liberación, y lo volveremos a encontrar en su pecho en los ataques que le lanzó el jansenismo.

Además, se impuso la ley de contradecir en todo las sugestiones del enemigo, en sus pensamientos, sus palabras y en sus actos, entregándose a seguir siempre el espíritu de la fe, a no proferir más que su lenguaje y a no producir más que las obras de la caridad divina. Fue entonces cuando multiplicó sus visitas y sus servicios en los hospitales. ¡Singular incredulidad la traducía con tal fidelidad el Evangelio! En ello Vicente seguía, sin sospecharlo, el ejemplo de san Francisco de Sales quien, creyéndose un día predestinado a la condenación, es decir al odio eterno de Dios, le pidió que le amara al menos de todo corazón durante su vida. Semejantes tentaciones, combatidas de esta forma, lejos de producir nunca el mal, son fuentes de gracias. También Vicente,  a pesar de su conciencia timorata, no hizo nunca de la suya una materia de confesión, y sacó de ello inmensas ventajas.

Sin embargo tres o cuatro años pasaron en este rudo ejercicio, y la tentación duraba aún. Dios quería también algo de su siervo. Un día que se sentía más desolado que de costumbre, se puso de rodillas y entregó su vida a Jesucristo en la persona de los pobres. se levantó convertido en libre y entregado apóstol de la caridad.

IV. Retiro en el Oratorio.

La tormenta no había hecho más que fecundar esta alma que va a producir en adelante tantos frutos de salvación. Era todavía presa de la tentación, cuando se alejó de la corte de la reina Margarita para ejecutar su proyecto de retiro. Desde su llegada a París, se había puesto en relación con aquel ilustre personaje llamado a ejercer una grande influencia en la renovación del clero de la primera mitad del siglo XVII, el Sr. de Bérulle. Una antigua y curiosa tradición quiere que su primera entrevista haya tenido por teatro el hospital de la Caridad donde, desconocido uno del otro, visitaban a los enfermos. Pero ya la caridad de Vicente había estallado, y un día alguien habló a Berulle de un pobre sacerdote que desempeñaba el oficio de un ángel de misericordia. Bérulle le quiso ver. Se lo presentaron confuso, enrojecido y tratando de sustraerse a tantos homenajes. Estos dos hombres se comprendieron al instante y reanudaron un trato indisoluble en adelante.

Nacido el 4 de febrero de 1575, Bérulle no le llevaba a Vicente más que un año. Pero su nacimiento y educación le habían llevado a ser luz mucho antes. Ordenado sacerdote en 1599, había sido casi inmediatamente nombrado capellán de Enrique IV. Tan inteligente como piadoso, dotado de una ciencia igual a su virtud, había sido, jovencito aún, el segundo de Du Perron en las justas teológicas contra Duplessis-Mornay, y decía Du Perron: «Si es para convencer a los herejes, traédmelos a mí. Si es para convertirlos, presentádselos al Sr. de Ginebra. Pero si queréis convencerlos y convertirlos a la vez, dirigíos al Sr. de Bérulle.» Con su nombre, sus méritos, su juventud señalada con tantos éxitos y testimonios, ¿hasta dónde no podría llegar Bérulle? Pero se vio cómo resistía a todas las solicitaciones y hasta a todas las caricias de Enrique IV; y el en 1604 una vez más se negaba a ser preceptor del Delfín. Y es que estaba ocupado, ese mismo año, en una obras a sus ojos más importantes. En unión con la Sra. Acarie,1 introducía de Espña a Francia a las carmelitas de santa Teresa, que debían contribuir tanto entre nosotros a la reforma de la vida religiosa. Por fin, en 16211, época a la que hemos llegado, estaba lleno con el plan de trasladar a Francia el Oratorio de san Felipe de Neri. Los más ilustres personajes de su tiempo no cesaban de urgirle en este punto; la Sra. Acarie y el padre Coton, confesor de Enrique IV; la marquesa de Maignelay y su hermano, el Sr. de Gondi, obispo de París; Francisco de sales y el canciller de Sillery, empujados también por el famoso cardenal Baronius, entonces general de la orden; el cardenal Joyeuse y la reina regente, María de Médicis. Después de dudarlo largo tiempo, tratado de cargar a los demás con la responsabilidad de la fundación o de la dirección, y de reclutar ya entre los Oratorianos de Italia, ya entre los Doctrinarios recientemente creados en Aviñón por César de Bus, Bérulle se decidió y agrupó en torno de él a algunos sacerdotes que debían ser el núcleo del Oratorio francés. Alquiló en el barrio Saint-Jacques el hotel del Petit-Bourbon, que ocupaba una parte del terreno donde se construyó más tarde el Val-de-Grâce en la vecindad de sus queridas carmelitas; y allí, el 11 de noviembre de 1611, estableció a sus discípulos con el nombre de sacerdotes del Oratorio de Jesús.2Es a esta escuela a la que se trasladó Vicente de Paúl. Su intención era según lo ha declarado después en varias ocasiones, no de agregarse al nuevo instituto, -Dios le reservaba para un papel menos secundario,- sino solamente de escapar del mundo, de sus honores y de sus peligros; de esperar en la soledad la manifestación de las voluntades del cielo; de enriquecer su espíritu con ciencia en los laboriosos respiros, y su corazón con piedad en la compañía de santos sacerdotes, y sobre todo ponerse por entero y en todo instante bajo la dirección de un director, de abrirle su alma en su pasado, en su presente, sus vistas del porvenir, y de abandonar a la decisión de Bérulle la organización de su vida. Con la fuerza y la dulzura que eran los dos rasgos de su carácter, con su viva inteligencia, su ardiente voluntad, su piedad celestial, Bérulle, «uno de los espíritus más claros y más netos que se hayan visto nunca», ha dicho san Francisco de Sales,3) tenía todo lo que era preciso para ganarse las simpatías de Vicente, tomar el ascendente sobre él y decidir soberanamente de su vocación. Si bien el Oratorio parecía fundado para la institución de los seminarios y la renovación del espíritu sacerdotal en Francia, él no trabajó directamente en ello, habiéndose dejado desviar por otras obras de su primer destino; pero Bérulle, y sobre todo su sucesor, el padre de Condren, contribuyeron a ella de una manera indirecta formando a los primeros fundadores de aquellas casas útiles y a los modelos del clero. Del Oratorio veremos salir a los Bourdoise, a los Eudes, a los Olier; y es en esta escuela donde se ha instruido en este momento el mayor de todos, Vicente de Paúl.

Después de practicar durante dos años el santo sacerdote y recibir sus más íntimas confidencias, a Berulle no le costó mucho adivinar que era llamado a grandes cosas. Le predijo que Dios quería servirse de él para rendir a su Iglesia un importante servicio, estableciendo una nueva congregación de sacerdotes que la cultivaran con fruto y bendición. Asé habla el padre de La Tour, sexto general del Oratorio en su carta a Clemente XI del 23 de abril de 1706, para solicitar la canonización de san Vicente de Paúl: Berullius, velut futurorum, Deo sic donante, praescius, instituendae postmodum sacrae congregationis Missionum auctorem ac fundatorem praesalutavit Vincentium.

No se debería creer, sin embargo, que Vicente haya conocido, desde el año 1611, que debiera fundar la Misión, es decir una compañía de operarios apostólicos entregados a las misiones de los campos. Cuarenta y siete años más tarde le oiremos decir a su Compañía que en el momento mismo de comenzar él no pensaba ni en la cosa ni en el nombre. Tan sólo, durante su retiro en el Oratorio, el pensamiento que más fijo se le quedó fue el estado de abandono en que vivían las gentes de los campos, y la necesidad urgente de ayudarlas; y sin duda debió recibir una impresión de la especie de profecía de Bérulle, que parecía responder a su meditación habitual, sino una impresión vaga y que no se traducía hasta entonces en ningún proyecto determinado.

Antes de fundar nada en este designio, necesitaba, según el método experimental al que estaba sometido por la Providencia, estudiar por sí mismo las miserias y las necesidades de los hombres de los campos, y para ello vivir en medio de ellos, compartir sus sufrimientos, probar las obras más propias para instruirlos, aliviarlos y santificarlos. Dios va a abrirle esta vía de las esperanzas.

V. Clichy.

Entre los primeros compañeros de Bérulle, Jean de Bence de Rouen, Jacques Gastaud de Niort, ambos doctores de Sorbona, Paul Métezeau de Dreux, bachiller de la misma facultad, nos encontramos a dos párrocos dimisionarios, a P. Caron y Francisco Bourgoing, el mismo cuya oración fúnebre predicó Bossuet, en 1662. P. Carón había dimitido de la parroquia de Beaumont, y F. Bourgoing, resuelto a unirse al Oratorio, pidió a Bérulle que le señalara un sucesor en quien poder en conciencia renunciar a su parroquia de Clichy. Continuando sin duda siendo iluminado de lo alto, y fortalecido también en su instinto profético por las numerosas confidencias que Vicente le había hecho de su deseo de trabajar por la salvación de los campos, Bérulle vio en ello una ocasión ofrecida por la Providencia y le propuso como párroco de Clichy. Bourgoing lo aceptó sin titubear de la mano de un superior tan piadoso y tan ilustrado; pero Vicente, tembloroso cuando había que inclinarse bajo la carga de las almas, no cedió más que a la autoridad de su director. La renuncia de Bourgoing es del 13 de octubre de 1611, y fue admitida en la curia de Roma por Paulo V el 12 de noviembre, al día siguiente de la instalación del Oratorio en el barrio de Saint-Jacques. No obstante Vicente no tomó posesión de la parroquia de Clichy hasta seis meses después, seis meses pasados evidentemente en las resistencias de su humildad.

El 2 de mayo de 1612, compareció a la puerta de la iglesia de Clichy y, enseñando el acta de renuncia aprobada en Roma, solicitó la libre entrada a Thomas Gallot, procurador de Bourgoing. Introducido en la iglesia, tomó agua bendita, hizo la aspersión, se arrodilló ante el crucifijo y al pie del gran altar, besó el altar, el cuerpo de Jesucristo, luego las fuentes bautismales, se sentó en el coro en la sede asignada al párroco, tocó las campanas, en una palabra, observó todas las ceremonias acostumbradas en semejante circunstancia. Conducido a continuación al presbiterio, entró en él y de él salió libremente. Luego, siguiendo el edicto del rey, el procurador, con voz alta e inteligible, publicó y notificó esta toma de posesión, y sin que nadie presentara reclamaciones,, devolvió el acta a Vicente de Paúl que se la pedía.4

Clichy era un teatro providencialmente elegido para el primer ejercicio de su celo pastoral. Situado en las puertas de París, pertenecía a la vez a la ciudad y a los campos. El rebaño ordinario apenas estaba compuesto más que de pobres, pero los burgueses de París que tenían allí sus casas de campo traían la riqueza. Imagen de su pastor y del papel que el santo sacerdote estaba llamado a desempeñar, Clichy era pues una especie de rasgo de unión entre el despojo y la abundancia, el campo y la ciudad.. al situarle en el ministerio rural, Dios no quería alejar al principio y de repente a Vicente de aquel París que iba a ser la capital de su reino, del reino de la caridad, y donde él debía establecer el cuartel general de sus santos ejércitos. En París debía estar también el centro y la sede de sus obras para la renovación y la santificación del clero, y de París debían extenderse por el resto de Francia. Era pues necesario que mantuviera numerosas relaciones con los sacerdotes, para estudiar sus necesidades, preparar sus medio de renovación y ensayar con ellos su dirección. En Clichy, vivía a la vez con los pobres y los ricos, con las ovejas y los pastores. Padre y providencia de unos, era el dispensador de los tesoros de los otros, al mismo tiempo que el modelo y el consejero del clero. Con todos derrochaba su celo, con todos ejercía una saludable influencia. Sus parroquianos eran, desde luego, el objeto privilegiado de sus cuidados. Homilías, catecismos, asiduidad al santo tribunal, tal era su ocupación ordinaria; luego, en el intervalo de estas santas funciones, visitaba a los enfermos, consolaba a los afligidos, socorría a los pobres, reconciliaba a los enemigos, acercaba a las familias, fortalecía a los débiles, sostenía a los fuertes, reprendía a los pecadores, en una palabra, se hacía todo a todos para ganarlos a todos a Jesucristo

Su ejemplo hablaba más alto todavía que sus charlas. Por la pureza de su vida, la regularidad de su conducta, la igualdad de su carácter, la dulzura y la afabilidad de su trato, la santidad difundida por toda su persona, era una predicación viviente y continua. Todos los espíritus y los corazones eran suyos, tan unidos a él los tenía por la estima, el respeto y el amor que les había inspirado. Se lee un testimonio sobre esto en una carta que le escribía su vicario para darle cuenta del estado de la parroquia, de la que Vicente se había ausentado momentáneamente por un asunto indispensable: «Venid lo antes que podáis, Señor, decía el joven vicario. Los Señores párrocos están aguardando vuestro regreso. Todos los burgueses y los habitantes lo desean por lo menos otro tanto. Venid pues a mantener a vuestro rebaño en el buen camino en el que le habéis puesto, pues tiene un gran deseo de vuestra presencia.» Estas sinceras palabras se ven libres de toda sospecha de adulación, por este otro testimonio, más explícito todavía, presentado mucho tiempo después por un Religioso, doctor de Sorbona, que había evangelizado varias veces al pueblo de Vicente: «Me alegro que al comienzo de este dichoso instituto de la Misión, yo confesaba a menudo en el pequeño Clichy el que ha hecho nacer para las órdenes del cielo esta pequeña fuente que comienza tan venturosamente a regar la Iglesia, y que visiblemente se hace un gran río, mil veces más precioso que el Nilo, sobre el Egipto espiritual. Yo me dedicaba, cuando él echaba los fundamentos de una obra tan grande, tan santa y tan saludable, a predicar a este gran pueblo de Cliché, del que era párroco; pero confieso que encontré a esta buena gente que en su totalidad vivían como ángeles, y que a decir verdad yo llevaba la luz al sol.» Vicente mismo, en una conferencia que dio años más tarde a las Hijas de la Caridad, confirmó la verdad de estos relatos: «El buen pueblo de Clichy, dice él, me era tan obediente que, habiendo recomendado la confesión los primeros domingos del mes, nadie faltaba a ella, para mi mayor gozo. –Ah, me decía yo, qué suerte la tuya por tener una gente tan buena. El papa tiene menos suerte que yo. Un día el cardenal de Retz me preguntó: _Bueno, Señor, qué tal os encontráis. –Monseñor, le respondí,  estoy más contento de lo que se pudiera pensar. –Y por qué. –es que tengo una gente tan buena y tan obediente a todo lo que les recomiendo, que me digo a mí mismo que ni el papa ni vos, Monseñor, sois tan dichosos como yo.»5

Después de edificar a Dios en el corazón de todos sus parroquianos, una morada espiritual, Vicente pensó en la edificación material de la iglesia de Cliché, que amenazaba ruina. Gran proyecto, y que parecía temerario e irrealizable. Pobre entre los pobres, de dónde sacar los fondos para semejante empresa. Lo consiguió después de todo interesando en esta obra la caridad de sus parroquianos, que no necesitaban estímulos y encargándoles que recogieran limosnas en París. La iglesia se levantó, fue dotada incluso del mobiliario, de los ornamentos necesarios para la decencia del culto, sin que se cargara el menor tributo a la indigencia de los habitantes de Clichy.

Es la iglesia que se ve todavía hoy, pues ha sido muy poco modificada desde el tiempo de san Vicente de Paúl. Se conserva el púlpito desde el que instruía a su pueblo. Enfrene en la pared se ve un crucifijo clavado en medio de un cuadro, del que se servía en sus predicaciones, como lo indica este dístico escrito debajo:

Hacce palam cruce mortales lymphalibus undis. Purgat, et his pandit Vincentius ostia coeli6

Finalmente, en el jardín de la parroquia florece todavía un árbol de Judea que la tradición dice haber sido plantado con su mano.

Entonces pudo multiplicar las obras piadosas. En memoria de Nuestra Señora de Buglosse, en testimonio de su tierna piedad hacia María, estableció la cofradía del Rosario, devoción al alcance de los sencillos y que resalta su inteligencia por los grandes misterios que recuerda; devoción por eso mismo verdaderamente cristiana, humilde y sublime al mismo tiempo como Jesús y María, como los orígenes y la fe del cristianismo.

Vicente pensaba en una fundación más útil aún, cuando la Providencia le llamó a otro teatro. Quería reunir en su derredor a un número de hijos para formarlos en la ciencia y en la piedad, y prepararlos a cumplir las funciones eclesiásticas. Y en efecto, tomó a doce a los que alojó en su propia casa y alimentó a su cargo. Pero tuvo que abandonar esta obra a Jean Souillard, su sucesor. Al menos comprometió a éste a seguir esta idea; más aún, quiso elegir él mismo a los primeros jóvenes clérigos de esta pequeña comunidad. Varios de ellos llegaron al sacerdocio y sirvieron útilmente a la Iglesia.

De esta forma, a medida que avanzamos, vemos a Vicente echar las semillas de sus obras, vemos apuntar ese grano de mostaza evangélico que dará abrigo bien pronto a tantas generaciones.

Apenas hacía un año que estaba en Clichy, cuando el P. de Bérulle, cuyos consejos eran siempre para él la expresión de la voluntad de Dios, se lo arrancó a sus queridos paisanos. Fue doloroso para su corazón: «Yo me alejé con tristeza de mi pequeña iglesia de Clichy, escribía a uno de sus amigos; mis ojos estaban bañados en lágrimas, bendije a aquellos hombres y mujeres que venía hacia mí y a quienes tanto había querido. Mis pobres también se encontraban allí, y ellos me partían el corazón. Llegué a París con mi pequeño mobiliario y me dirigí a casa del Sr. de Bérulle.» Desde este momento el humilde párroco iba a ser lanzado al gran mundo.

  1. Barbe Avrillat, nacida en París el 1º de febrero de 1566 de un tesorero, casóse, en 1587, con Pierre Acarie de Villemor, tesorero también, de quien tuvo varios hijo. Esposa y madre incomparable, restableció los asuntos de su casa, arruinada por la parte que había tenido su marido en la Liga, y halló a pesar de todo el medio, durante el sitio de París de l590, de alimentar cada día a un gran número de pobres. entregada a todas las obras de caridad y de religión, más que otra cualquiera preludió en los trabajos de san Vicente de Paúl. A las Carmelitas que introdujo en Francia, entregó a sus tres hijas y  se donó a sí misma, después de la muerte de su marido, con el nombre de María de la Encarnación. Muerta en Pontoise, el 18 de abril de 1618, ha sido beatificada por Pío VI, el 24 de mayo de 1781 (Véase su Vie , por Boucher, in-18, Paris, 1800; y más recientemente, por M. G. de Cadoudal, in-8, París, 1843).
  2. En el mes de diciembre siguiente, cartas patentes declararon la casa de fundación real; eran registradas en el Parlamento  el 2 de enero de 1612; el 18 de octubre, el obispo de París daba su aprobación, y el 10 de mayo de 1613, Paulo V expedía la bula de institución canónica. Tendremos que volver sobre esta obra, cuya sede fue trasladada, en 1616, a la calle Saint-Honoré, al hotel Du Bouchage, adquirido de la Sra. de Guisa, hermana del cardenal de Joyeuse. La iglesia que es la única que subsiste hoy de este establecimiento, fue fundada en 1621, en nombre de Luis XIII, con título de capilla del Louvre [Vie du cardinal de Bérulle, por Tabaraud. -2 v. in-4, Paris,.1817- Le cardinal de Bérulle, sa vie, ses écrits, son temps, por el  Sr. Nourrisson, in-12, Paris, 1836.-].
  3. Vie, por el P. de La Rivière, p. 248. (Lyon, 1654.
  4. Esta acta, firmada de Gallot, existe aún en una hoja de pergamino. Se conserva en los archivos de los sacerdotes de la Misión.
  5. Conf. del 27 de julio de 1633.
  6. «Con esta cruz Vicente lava públicamente a los hombres en las aguas purificadoras, y les abre las puertas del cielo.»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.