San Vicente de Paúl (Henri Lavedan) (08)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Henri Lavedan · Traductor: I. Fernández. · Año publicación original: 1928.
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Tercera parte: Entre los miserables

El hombre propone y la mujer dispone

Si ambos esposos Gondi quedaron a cual más atribu­lados por la fuga inopinada de Vicente, fue ella la que lamentó más que nadie la pérdida de su director.

Lejos de ocultar su aflicción la manifestó a su mari­do y a todas sus relaciones. Esperaba así que llegase de boca en boca hasta el ausente para confundirlo. Sin poderse contener emprendió fervorosamente, las diligencias necesarias para sacar a Vicente de Chátillon y obligarlo a ocupar de nuevo en su casa el único lugar que le parecía digno de ambos. Corrió a franquearse con M. de Bérulle quien después de haberla oído y calmado exclamó: «Pues bien, ya que me pedís consejo, escribid a Vicente de Paul lo que me acabáis de exponer, del mismo modo que aquí lo habéis hecho y en el mismo tono de súplica, describiéndole nuestra tribulación» Hízolo así inmediatamente. La carta es demasiado extensa para transcribirla íntegra. Des­borda de emoción y hace acudir las lágrimas a los ojos: «…me encuentro en el más lamentable estado… mis hi­jos cada día peores… El bien que hacíais en mi casa y cutre las siete u ocho mil almas de mis posesiones, ya no se hace!… No sabéis la necesidad que tengo de vuestra asistencia, tanto en vida como en muerte… M. de Bérulle me ha prometido escribiros; yo por mi parte invoco a Dios y a la santísima Virgen para que os restituyan a mi casa … Una vez más os lo suplico !… «. En la post­data añade esta amenaza: «Si a pesar de todo os negáis, os hago responsable ante Dios de todo lo que me suceda y del bien que deje de hacer por encontrarme sin ayuda».

Es evidente que el dolor le hacía perder el sentido de la realidad y que exageraba. A los dos jóvenes Gondi, arro­gantes y altivos, ansiosos de independencia, mal se les atri­buía ser «cada día peores» por el sólo hecho de que e) buen Vicente no estaba junto a ellos para mantenerlos en el recto sendero.

De igual manera, las ocho mil almas «que vivían en las posesiones» de la excelente señora, aunque resentidas por la ausencia del que había comenzado a cultivarlos es­piritualmente, no habían perdido por eso todo el fruto ad­quirido. Pero la pena de la generala es tan real como con­tagiosa y la excusa de su inexacta apreciación. Es ad­mirable y nos hace sonreír la astucia femenina con que dispara en su carta —como la flecha de los Partos— el pia­doso dardo final. Previniendo a su capellán que si no ce­de a su ruego se hará responsable de las dificultades que atentan contra su salvación, pone en práctica lo que po­dríamos llamar «chantage espiritual», imitando en un or­den superior de ideas e intenciones el proceder de los astutos enamorados del amor profano, cuando en su deses­peración dicen a aquel o a aquella que quieren atraer a su voluntad: «Si te resistes, me mato ante tus ojos o me tiro por la ventana… «.

Vicente leyó impresionado la carta que preveía y adi­vinaba antes de recibirla, pero sin experimentar inquie­tud por la suerte de su penitente en este mundo o en el otro. Conocía perfectamente, a través de su exterior vehe­mente, el valor de aquella alma escogida, para estar seguro que en su ausencia no corría ningún riesgo. Le contestó tranquilizándola, sin tomar más medidas. Chátillon lo apri­sionaba. Había en él tantas obras por terminar! Conversiones en vías de efectuarse, cuyo enfriamiento había que impedir, de herejes o de viejos guerreros enquistados ba­jo aparente barniz de religión que habían asesinado, sa­queado, llevado una vida de desenfreno y volvían prisio­neros en las redes de la fe. ¿Podía él abandonar todo aque­llo? Pero la generala no era de las que se desaniman. La resistencia de Vicente la hace más pertinaz. El antiguo e impío proverbio «El hombre propone y la mujer dispo­ne», ¿estaba por realizarse? no lo sabemos. De cualquier modo, hubiera podido aplicarse en las actuales circunstan­cias. Poniendo a Dios de su parte pensó que el santo es­taría derrotado. Por grande que fuera su pertinacia, ¿qué podría contra Dios? Entretanto redobla su actividad. Se suceden las diligencias, citas y cartas en que conjura a su marido, a su cuñado al arzobispo de París y a M. de Bérulle para que intervengan ante el prófugo.

Se encontraba al servicio de su casa un gentilhombre sabio y prudente, al cual profesaba particular estima. Era este quien había hecho entrar a Vicente en el palacio de la reina Margarita, y a quien Vicente a su vez había de­jado como reemplazante en su cargo de secretario de M. de Gondi. Resolvió pues acudir a sus buenos oficios. Este partió para Chátillon, con todo entusiasmo, llevando cuan­tas cartas pudo conseguir la generala. Al elegir a M. du Fresne estaba segura de contar con el más sutil de sus embajadores. Conocía éste muy bien el carácter obstinado de Vicente a quien debía convencer. Comenzó por hablar de la generala y de sus congojas, pero como de algo ac­cidental, como quien cumple con un deber de cortesía. In­mediatamente atacó a Vicente por el único lado que creía capaz de ablandarlo, comparando el bien que podría ha­cer, en el futuro, en Chátillon y en París. Con vivos colo­res le demostró que sus tareas en Chátillon serían sin tras­cendencia. Habiendo conseguido lo más difícil, bastaría cualquier buen sacerdote para acabar y mantener la obra.

En cambio, si consentía volver a la casa de Gondi, ¡qué obra fructífera e inmensamente más vasta le aguardaba! ¡Obra sin límites, no sólo en aquella casa de miles de in­dividuos, sino también en París, en la corte y en toda Francia. Estos argumentos, bien dirigidos y conveniente­mente encauzados, conmovieron a Vicente. Quiso sin em­bargo reflexionar y consultar a sus directores, los cuales, encontraron muy acertada la opinión de M. du Fresne. Entonces se doblegó y envió a este último dos cartas para M. y Mme. de Gondi, anunciándoles su próximo regreso.

Al saberse esta noticia, toda la Bresse fue presa de universal consternación: «¡Al perder nuestro Padre lo perdemos todo!» repetía cada uno entristecido. Más de uno llegó a decir que no lo dejarían ir, que lo obligarían a quedarse y que lo encerrarían. Los pocos protestantes que quedaban y a quienes por falta de tiempo no había podido rendir, proclamaban su virtud, su bondad y sus ta­lentos: «¡Ah! Al perder a vuestro pastor, declaraban no sin malicia dirigiéndose a los católicos, perdéis el mejor sostén de vuestra religión. Es una lástima». Como en Cli­chy, los adioses fueron sencillos y emocionantes, pero más expansivos aún. Y hacía sólo cinco meses que era allí pá­rroco. Antes de partir distribuyó su humilde ajuar entre los pobres con sus propias manos: los rústicos muebles, la mesa, las sillas, la dura y estrecha cama…, el arma­rio donde guardaba su pobre ropa blanca y sus escasas provisiones. A medida que los objetos cambiaban de due­ño, eran arrebatados por los pobres y rescatados por los ricos, exceptuando algunos que no quisieron deshacerse de ellos por ninguna suma. Hubo riñas para obtener al­guno. Un sombrero viejo fue disputado encarnizadamen­te como si se tratara de una reliquia… y cierto que lo era y tan digna de ser suspendida sobre el coro de la igle­sia como el capelo de un cardenal. Vicente salió de la ciu­dad a pie, acompañado por un gran gentío, que gemía y se lamentaba exclamando: «¡misericordia!», como si la ciudad, dicen los testigos, fuese víctima de un saqueo. Ha­bían sufrido tantas calamidades y males de todas clases! El dolor público, tiene sus ritos. Todos querían acercarse al santo y tocarlo, le besaban las manos, lo ahogaban. Las madres le tendían sus pequeñitos. Y él en medio de los apretones, estrujado, riendo y llorando a la vez, avanzaba penosamente con la frente sudorosa a pesar del invierno, y les decía, deseoso por complacer a todos: «Hijos míos, yo os bendigo… rogaré por vosotros, no os olvidaré… «.

Y no pudo decir más. Una hora después, lejos ya de Chatillon, repetía en el camino solitario: «Rogaré…», mien­tras el viento helado de diciembre henchía su manto como la vela de una nave. Pero no sentía sus frígidos rigores. «Rogaré… «.

La misión

Si Vicente se resignó a abandonar su rebaño, aunque con el corazón lacerado y en pocos días, fue porque vis­lumbró una palabra mágica y maravillosa, cuyo sentido jamás percibiera con tan brillantes resplandores: la mi­sión. Como en un éxtasis, acababa de comprender su des­tino de ser misionero en forma exclusiva, un enviado de Dios, un «encargado de los negocios» divinos, de pasar toda su vida en misiones diferentes y sucesivas, según plu­guiese al Señor ordenarle una tras otra, que todas estas misiones no serían más que una, hasta su muerte, porque un misionero jamás puede decir basta. Ahora abandona el retiro y huye del reposo… La edad lejos de retenerlo, lo impulsa. Conforme avanza en venerable vejez, aumen­tan también su deber y su poder.

La primera de estas misiones consiste en volver a la casa de Gondi para dedicarse allí a los más arduos tra­bajos. Es de imaginar la recepción que se le tributó. Sin permitir que se festejase su vuelta, puso inmediatamente manos a la obra, que recién más tarde sería de capital importancia, pero cuyo pensamiento directriz preveía con amplitud. Analizando la palabra «misión» y comparándo­la con la palabra «capellán» con que se le designaba, más honoríficamente que en realidad, vio que no había com­prendido perfectamente el lazo de unión existente entre ambos términos, ni abarcado toda: la extensión del cam­po que se abría ante ellos. Ser capellán, aun en la casa de Gondi, no sólo significaba, como lo había creído con demasiada estrechez y humildad, oficiar los servicios re­ligiosos de una dama por grande que fuese su virtud, con­fesarla, darle la comunión, dirigirla a ella, a sus hijos, sirvientes y vasallos… también exigía, sin abandonar estas ocupaciones, ampliar el campo de acción para atender a Iris demás almas que esperaban sus dones, pues un cape­llán ha de ser el distribuidor de los dones divinos. Este don absoluto y total sería la primera regla de la misión… Entregar, entregarse: he ahí el comienzo necesario, darlo todo, su tranquilidad, su tiempo, su dinero, su atención, MIS días, sus noches, su cuerpo, su alma… y darlo a aque­llos que por carecer de todo son los más necesitados: los pobres de condición, de cuerpo, de salud, de esperan­za; pobres de espíritu, pobres de alma… Cuán clara se convierte entonces su tarea así contemplada y realzada, corno un cristal en tinieblas que para mejor observarlo se lo coloca contra el cielo. ¡Cuán clara, simple, y atrayente esta tarea a los ojos penetrantes y puros de Vicente! Las dificultades inauditas, las pesadas responsabilidades, las fatigas… la sangre… el oro… las vidas humanas… y el tiempo… el tiempo exigido por la obra maravillosa, in­conmensurable… aquel tiempo que tal vez le faltaría… todos los pensamientos de temor, de duda, de desespera­ción… que él ciertamente no buscaba. Cuando venían, los ahuyentaba tranquilamente como moscas. Poseía la fe del pobre y del santo que ante la montaña se siente atraído por su cumbre. ¿Pretenderá removerla? ¡Quimera, orgullo! No, más hermoso es escalarla. ¡Transpórtate a ti mismo, la montaña eres tú!

Vicente, apenas hubo esbozado la empresa del modo que hemos visto se apresuró a comunicarlo a Mme Gondi quien maravillada no sólo la aprobó, sino también proce­dió a colaborar activamente a favor del éxito.

M. de Gondi tenía una hermana, Marie Maignelais, quien dejaría un nombre famoso y venerado entre las grandes damas cristianas de la época. Aunque joven era ya cé­lebre tanto por sus desgracias como por sus virtudes. Ape­nas salida de la adolescencia se había casado con M. de Maignelais a quien amaba apasionadamente y a quien per­dió al poco tiempo de manera trágica hacia el fin de la Liga. Valiente hasta la temeridad se había consagrado sin reserva a la causa real. Adversario de Carlos de Mayena, éste le hizo apuñalar y Mme. de Maignelais, viuda a los veinte años, sufrió poco después la desaparición de su úni­co hijo de muy corta edad. Entonces sin más vínculos, ni ilusiones para el futuro, desechando toda ternura huma­na se refugió en su doble duelo para vivir sola y frente a Dios. Hubiera sido su deseo despojarse de su fama y de su inmensa fortuna para entrar en el Carmelo, a pe­sar de la resistencia de sus padres y amigos, quien juzga­ban, y no sin razón, que su verdadero claustro era el mun­do, donde su mérito y ocasiones de practicar la virtud se­rían mayores. Estaba a punto de cumplir sus propósitos, sin escucharlos, cuando un breve del Papa le obligó a re­nunciar. Mme. de Gondi encontró en esta víctima dolorosa una colaboradora ardiente y natural; ambas se consagra­ron por entero a la gran empresa de San Vicente de Paul.

La limosna. Las cofradías

En primer lugar se aplicó a la fundación de las aso­ciaciones y cofradías de caridad. En vez de dispensar las limosnas sin control, como si se tratara de bienes sin due­ño, decidió procurarlas sin esperar que llegaran espontá­neamente, dirigirlas, reglamentarlas y finalmente asegu­rar no sólo su duración sino también su perpetuidad. Se­gún su pensamiento habían de ser una verdadera organi­zación de continuidad ordenada e ininterrumpida. No con­taba con sí sólo para lograr estos fines. Sin duda había decidido emplear todos los medios de su parte, pero tam­bién ese esencial interesar a los demás y comprometerlos en su obra. Para continuarla era menester que cada cual se dedicase a su tarea y conforme a su ejemplo la hiciese propia y personal…

Esperaba mucho, casi todo, de esta iniciativa privada sin la cual nada resulta; y este esfuerzo cotidiano, esta participación del cuerpo, del corazón y del espíritu, no la  consideraba virtud del lujo y como deber exclusivo de los ricos; también la reclamaba de los pobres. Sus beneficiados debían tomar parte en ella tanto como los benefactores. Debían ayudar, a su manera, pero también dando, socorriendo al prójimo en su misma pobreza y en proporción a la ayuda recibida. Estimaba más necesario que útil poner al rico en comunicación con el pobre y al pobre con el rico, hacerlos entrar en contacto, conocerse juzgarse sana y lealmente, sin severidades injustas, ni complacencias falsas para llegar así a una nueva manera de estimarse y apreciarse recíprocamente. El desheredado y desafortunado, ¿no tenían igual necesidad el uno del otro?  Separados, nada podían, en la frialdad sin mérito del ais lamiento. ¿Cuál era, pues, el fin de la cofradía? Acercar­los, unirlos, enseñarles a darse la mano antes de llegar, más tarde… a unir sus hombros. La cofradía les ense­ñaba «en la práctica», junto con los deberes, el papel y beneficio moral y social de la caridad. Era menester que el pobre y el rico se sintiesen el uno para el otro en estre­cha solidaridad, para aceptar cada uno de su parte su condición respectiva, éste en la humildad, la generosidad, el desprendimiento de sus bienes; aquél sin rencores ni en­vidias, en la mansedumbre y el reconocimiento. Según Vi­cente no existía otra manera de concebir, a pesar de las di­ferencias de clase, la igualdad de ricos y pobres, y de rea­lizar su unión fraternal, imposible sin el espíritu del Evan­gelio. Pero antes de llegar a los hombres por medio de los hombres, sabía el capellán que el medio más seguro era recurrir a la mujer, especialmente tratándose de servir ab­negadamente a los pobres. A ellas acudió, pues, en un prin­cipio. La asociación de damas de Chátillon-les-Dombes dió origen a las Cofradías de la Caridad, mientras en los do­minios de Gondi, en Villepreux, en Joigny, en Montmirail funcionaban otras semejantes. Se podría creer que fijar el plan y organizar estas cofradías, modelos del género, le fue a Vicente muy trabajoso. De ningún modo. Desde el primer momento había hallado espontáneamente su fórmula en la lu­cidez de su buen sentido y en la sencillez de su Corazón. Se dirigió a un grupo de personas acomodadas, las cuales reunidas eligieron a un superior y se comprometieron a observar ciertas reglas. Interrogóles qué pobres conocían y se obligaron a asistir sacrificando todo o parte de sus bienes superfluos.

Rogóles además que no se dieran por satisfechos con estos deberes tan naturales sino que los consideraran como amigos, de tal suerte que viniesen a formar como una fa­milia y les aportasen los socorros, de los cuales se veían privados. También fue idea suya la Asistencia Pública -entiéndase que no criticamos la de nuestros días- que él creó de la manera más amplia, completa y con mayo­res probabilidades de otorgar la salud porque poseía un remedio seguro, más eficaz que la solicitud del Estado: la caridad cristiana, irresistible, indestructible, de esencia di­vina. Estas alocuciones tuvieron tanto éxito que treinta cofradías fueron fundadas una tras otra. Las señoras de Gondi y de Maignelais se prodigaban junto a Vicente adiestrando las nuevas socias entre las que se contaban personas de toda condición: damas de la aristocracia, mu­jeres de la clase media, vendedoras, sirvientas, mujeres del pueblo y de la corte reunidas sin reparos, conforme lo reclamaba la miseria. Según el deseo del fundador, na­da debía desanimarlas. Había previsto todas las taras fí­sicas y morales del pobre. Conocía su desaseo, su mala acogida, su resistencia a los cuidados que se les deseaba dispensar, su malignidad y hasta sus injurias. Para ague­rrir sus tropas tampoco pasó por alto describirles antici­padamente la fealdad de las llagas, el espectáculo repe­lente de las enfermedades, los frecuentes peligros de con­tagio. La exposición de estos contratiempos debía, en su criterio, comunicar mayor energía a la orden por él da­da de no detenerse ante nada, de no reflexionar pasase lo que pasase, de avanzar siempre, de no retroceder ja­más. Así lo cumplieron aquellas valientes y santas mu­jeres. Marchaban por el fangal sin observar dónde ponían los pies, fijas sus miradas en la luz clara y deleitable adonde las conducía el sendero de lodo. Cumplían al pie de la letra y sin guantes lo de «dar la mano a los po­bres». Los aseaban, peinaban, lavaban ; los acostaban, bis extraían de sus camastros que ellas limpiaban y mullían ; cerraban las puertas, abrían las ventanas, ba­rrían y les daban qué comer, qué beber, qué amar, en qué creer, en qué esperar ; enjugaban las lágrimas, alenta­ban las sonrisas, conciliaban el descanso. La señora de Maignelais cumplía este asombroso ministerio vestida ‘de basta tela y de oscura lana, ella que en sus tiempos de efímera alegría deslumbraba bajo el oro de sus brocados. Había vendido su vajilla de plata, sustituídola por platos de loza ordinaria para acordarse, aún mientras comía, de los pobres con quienes se solía acompañar y compartía sus comidas. A ellos destinó el total de sus rentas computadas en 350 libras, unos tres millones de francos actuales. Vién­dose precisada a circular por París y a recorrer largas distancias, utilizaba, a pesar suyo, una carroza pero sin blasones ni lacayos y conducida por un solo cochero. Esta manera tan sencilla de viajar hubiera avergonzado a un comerciante de aquellos tiempos. La señora de Gondi, por el contrario, en lugar de abismarse como su amiga en un renunciamiento absoluto, debía afrontar una doble exis­tencia. Comenzaba desde muy temprano sus visitas a los indigentes y enfermos, no de la manera atropellada en que sólo participa el cuerpo y se cumple lo que suele llamar­se tan impropiamente un «deber de conciencia». Las vi­sitas de la señora generala eran reposadas, conscientes, ver­daderas estaciones junto al lecho de los infelices a quienes no sólo se contentaba con prodigar sus cuidados, sino tam­bién interrogaba acerca de todo lo que aún podía intere­sarlos y unirlos al mundo de los vivos. Una vez «hecha su feria» volvía a su casa, donde ataviada conforme a su rango presidía la mesa de M. de Gondi y dirigía en sus salones la conversación acerca de literatura, artes, la corte, la ciudad, y otros temas que animaba con su gracia y agu­deza de espíritu, a través de los cuales resplandecía el en­canto de su bondad. Piénsese que era de temperamento de­licado, bella y enfermiza y se apreciará mejor todo el va­lor a que había de echar mano para practicar esta doble y agitada vida, aun sólo en lo que se refiere a estas dos clases de trato, de aspecto tan diferente, con dos clases so­ciales que absorbían sus días y sus noches. Pero allí estaba también el señor Vicente que muchas veces enfermo y fatigado arrastraba entusiasta a sus fervientes imitadores, a quienes volvía gratas sus tareas gracias al cuidado meticuloso y a la cariñosa preocupación con que las planeaba. Montaigne observa: «La vida nos devora». Podría decir­me de Vicente «que devoraba la vida», la suya y la de aquellos a quienes asistía con tal que ante todo se asistie­ran a sí mismos.

Todo lo que creó y fundó fue primero concebido por él n, grandes rasgos, en un instante de destello genial, pa­ra ser, después de largas consideraciones y reflexiones, desbastado y pulido como a pequeños golpes de buril. Al recapacitar lo realizado jamás pensaba: «Basta, he llega do a lo perfecto», aún cuando así fuera. Difícil es imagi­nar en qué grado poseyó el arte y la ciencia de la exac­titud y el don de obtener la mayor ventaja de los seres y de las cosas, al par que un increíble poder para abarcar a la vez el conjunto y el detalle, ordenando las partes integrantes. Organización, archivos, gastos, hospedaje, ves­tido, alimentos, nada olvidaba. Todo estaba previsto de antemano: el modo de tratar a los pobres, de servirlos a la de mantenerlos en condiciones salubres e higiénicas según la edad y la estación; los cuidados especiales requeridos por los niños, las mujeres, los ancianos, los mil diversos modos de distraerlos. La tristeza no tenía cabida, pues consideraba la alegría como el mayor atractivo de la virtud. El mismo, para conformarse a este precepto, llevaba siempre la sonrisa en los labios y en las pupilas, no a la manera rígida de las estatuas beatíficas, sino con la amable malicia gascona que centelleaba bajo las pobladas cejas.

Lo que asombraba era la tranquilidad, hasta diríase la presunción, con que se embarcaba en tamañas empre­sas delbien común sin divisar la ribera del éxito.

Algunas chanceaban, otros demostraban francamente temor. «¡Qué gran corazón, gemía más de uno, pero qué cabeza! Está loco. Gascón tenía que ser. Se tiene fe. ¿Pe­ro adónde irá a parar él y el enorme fárrago de sus obras?».

El, dejando a un lado los comentarios adversos, pro­seguía en paz su camino. Jamás causó la impresión de atrasar o adelantar, de estar inquieto o desalentado.

Cada cosa a su tiempo. Marchar despacio era su ga­rantía de pronta llegada. Solía repetir: «No adelantarse jamás a la Providencia, pero una vez que la Providencia ha abierto el camino, entonces se ha de dejar el paso para tomar la carrera».

Cuando hubo establecido más de treinta cofradías de mujeres, diseminadas en Villepreux, Joigny, Montmirail y demás dominios del general de las galeras, extendió su obra instituyendo también cofradías de hombres que de­berían, en una acción similar y paralela, asistir a los des­validos, quedando para las mujeres el cuidado de aquellos que por su edad o achaques eran incapaces de todo tra­bajo. La primera de estas Cofradías de Caridad fue fundada en Folleville, el año 1620.

Establecidas ambas asociaciones que se completaban mutuamente y a veces se reunían para combinar el esfuer­zo común, Vicente de Paul, que descubría diariamente la extensión y profundidad de su idea, vio la posibilidad de ampliar su obra, contenida hasta entonces dentro de los límites de la campaña, haciéndole penetrar en las ciuda­des. Este nuevo giro de las cosas, impreso por la sola fuer­za de las circunstancias, se producía casi a pesar suyo. Mientras el santo, marchando a la vanguardia de sus es­peranzas, corría en pos de más amplios éxitos, éstos al concretarse superaban de tal manera lo previsto que él mismo se veía obligado a ponerles freno, pues sus anhe­los se cristalizaban antes de lo que hubiera deseado: tanto temía que el celo imprudente e indiscreto viniese a malo­grarlo todo. Estimaba que el éxito pasajero de la precipi­tación suele ir seguido del fracaso. ¿Pero es posible de­tener una corriente semejante? La institución de la Ca­ridad nacida del corazón de Vicente como el hilo de agua de un manantial, acrecentada poco a poco a través de las provincias de su nacimiento por todos los arroyos de buena voluntad que en ella vertieron sus aguas para aumen­tar su caudal, se convertía poco a poco en río impetuoso e irresistible, pero siempre contenido y canalizado por el admirable ingeniero… La institución como un torrente anchuroso se extendía por todo el reino, atravesaba las fronteras, inundaba Lorena y Saboya, penetraba en Po­lonia y en todas partes donde los hijos de Vicente com­prendían la evangelización de los pobres «de afuera» pero que para ellos no eran nunca «extranjeros»…

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