San Vicente de Paúl: 4. El fundador

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Rearden Myles, C.M. · Traductor: Manuel Prado, C.M.. .
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Por años, Vicente había compartido con sacerdotes y seglares su atención a los pobres. Ahora empieza por reunir a estos compañeros en una comunidad permanente. Es decir, como Jesucristo, o el apóstol Pablo, empieza a juntar sacerdotes y ayudantes para que compartan no sólo sus deberes sino también toda su manera de vida para renovar a la Iglesia y atender a los pobres. Cuatro fueron sus fundaciones: La Congregación de la Misión, una sociedad de sacerdotes y hermanos, Las Hijas de la Caridad, una sociedad de mujeres consagradas pero no religiosas, y dos asociaciones de Caridad que son sociedades laicas parroquiales y, además, organizó las «Reuniones de los Martes» para promover la espiritualidad de los sacerdotes diocesanos. Su gran influencia a nivel nacional. y en la Iglesia universal, se fundamenta en estas fundaciones.

«Me han enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres»

En las misiones de las parroquias de los Gondí, el P. Vicente era ayudado por otros sacerdotes, dos o tres, como por ejemplo el P. Portail, que había sido estudiante suyo en Clichy, y algunos otros, estudiantes de la Universidad de París. Los Señores de Gondí deseaban hacer permanente este trabajo para que los pobres de sus territorios pudieran ser misionados con regularidad. Ofrecieron este trabajo a varios religiosos y no consiguieron nada. Por ello, decidieron crear su propia y nueva asociación cuyo fin fuera la evangelización de sus parroquias. En 1625 se pusieron de acuerdo con el P. Vicente para establecer legalmente un grupo de seis sacerdotes para este trabajo pastoral y entregaron una cantidad suficiente de dinero para su mantenimiento. Un año después, el P. Vicente había conseguido reunir cuatro sacerdotes, contándose a mí mismo, que hicieron un contrato legal de vivir juntos y de misionar dichos territorios. Su asesor en esta empresa había sido su confesor, el P. Andrés Duval.

Una vez que murió la Señora de Gondí, estos sacerdotes acordaron entre sí constituirse en una asociación mientras que el Señor de Gondí, dejando su puesto en el gobierno, entró de sacerdote en los Oratorianos, (el grupo de Berulle). En cierto modo la Congregación de la Misión es, en la Iglesia, la herencia de la familia Gondí.

Pronto se vio la necesidad de que la Asociación-Congregación tuviera una residencia. Para eso el P. Vicente, con los permisos eclesiásticos en su poder, se hizo con el Colegio de Bons Enfants (Santos Inocentes), un colegio universitario, que por entonces estaba vacante. Esta fue, pues, la primera casa madre de la Congregación. Más tarde se convertiría en un seminario menor.

Después de seis años, los sacerdotes consiguieron otra mansión con su granja que se llamaba el Priorato de San Lázaro. La comunidad se trasladó a ella y, por eso en Francia, a los misioneros se les conoce como los Lazaristas. Por esas fechas, la comunidad tenía unos treinta miembros.

La Congregación aún no tenía oficialmente sus Reglas; tardaría treinta años en tenerlas. Los miembros vivían como sacerdotes diocesanos bajo la inspiración del P. Vicente, que era considerado como superior de la fundación. Si muriera, los miembros escogerían otro como sucesor por medio de una elección. Cada uno de los miembros se empleaba permanentemente en las misiones por un mínimo de cuatro años antes de poder aceptar ningún otro puesto, por ejemplo, una parroquia. Después, con permiso del superior, podría hacerlo.

Los misioneros se comprometían a no predicar en las grandes ciudades, las que eran sedes episcopales, y a hacerlo en las aldeas y a no recibir remuneración por las misiones. Se daban misiones todos los años, desde octubre hasta junio. Todos los meses hacían un retiro espiritual juntos en casa. Los meses restantes del año se empleaban ayudando a los sacerdotes de las parroquias con las misas dominicales y en las fiestas.

Al principio no se emitían votos. San Vicente nos explica cómo se fueron introduciendo: «Desde el principio Dios dio a la comunidad el deseo de vivir con gran fidelidad sin votos de religión. Por ello, cuando los hicimos, fue sólo para unirnos aún más fielmente tanto a Nuestro Señor como a su Iglesia y para reforzar los lazos entre los miembros y los superiores. Seguimos esta práctica por trece años después de estar organizados. Estos votos eran por dos o tres años». Más tarde comenzaron a emitirse votos perpetuos pero eran personales, sin ser aceptados por los prelados de la Iglesia. La Congregación recibió los primeros hermanos coadjutores (ayudantes o auxiliares) el año 1627 y comenzó un noviciado el año 1637. El fin de la Congregación fue siempre la evangelización de los campesinos.

«Nos mueve el amor de Cristo»

Las Asociaciones de Caridad eran organizadas en casi todas las parroquias misionadas por los sacerdotes para renovar la vida cristiana. No obstante en París sobreabundaban los pobres. Fue necesario instituir además de las asociaciones parroquiales una para atender el Hospital de la ciudad. Este grupo se llamó el de las Damas de la Caridad. Muchas de las señoras eran de la alta sociedad. Dadas las grandes necesidades de los pobres y los muchos otros trabajos de las Señoras se hizo necesario darles ayudantes, sirvientas a tiempo completo. El P. Vicente y sus misioneros habían encontrado en sus misiones muchachas cristianas de muy buen corazón, que deseaban servir a Dios y a los pobres. Comenzaron recomendándolas para ayudar a las Damas de la Caridad de la ciudad.

Una de las primeras fue Margarita Naseau. Esta joven había aprendido a leer y escribir por sí sola mientras se dedicaba al pastoreo del ganado. Luego, circulaba por los lugares vecinos enseñando a otros jóvenes. Incluso había ayudado a varios muchachos que deseaban entrar al sacerdocio. Había juntado a otras jóvenes para que fueran maestras, como ella, y para vivir su vida cristiana según las ideas del obispo Francisco de Sales. Cuando se encontró con el P. Vicente, éste la invitó a ofrecerse para ser una de las sirvientas de los pobres en la ciudad y ella aceptó. Hizo su trabajo con mucho celo pero cayó enferma de la peste y se murió inesperadamente. Sus compañeras, al empezar a vivir juntas como comunidad el año 1633, consideraban que Margarita había sido la inspiradora de todas ellas.

Estas sirvientas de los pobres se preparaban para su servicio en la casa de una de las Damas de la Caridad, la Señora Le Gras, llamada también Luisa de Marillac. Ella era la formadora. Después de algunos meses de instrucción por su parte, las enviaba, de dos en dos, a las parroquias de la ciudad. Cada mes volvían a la casa madre para recibir más formación, con frecuencia de la boca del P. Vicente.

Al principio, estas sirvientas de la caridad no tenían votos ni hábito propio para no ser confundidas con las religiosas. De haber sido religiosas, según las costumbres de aquel tiempo, no hubieran podido hacer su trabajo de servir a los pobres fuera del convento. Pero, más tarde, en 1642, comenzaron a hacer unos votos especiales, lo mismo que habían hecho los misioneros, aunque continuaron usando el vestido ordinario de señoras de la ciudad y alrededores de París, incluso cuando salían de Francia. El P. Vicente nos da esta información acerca de la formación espiritual: «Su convento es el cuarto de los enfermos, su habitación es una de alquiler, su capilla es la iglesia de la parroquia, su claustro son las calles de la ciudad y las salas del hospital, su clausura la obediencia, su protección es su devoción a Dios y las buenas costumbres. Vivirán con el propósito de ser tan santas como las religiosas dentro del monasterio». La base de su formación espiritual era el libro de San Francisco de Sales, «La Vida Devota». Este grupo-comunidad fue aprobado por el Obispo Auxiliar de París, otro Gondí, en nombre del Arzobispo, en el año 1646 y sus reglas fueron preparadas poco a poco por el P. Vicente y la Señorita Le Gras, Santa Luisa de Marillac. Por fin, la comunidad fue aprobada por el Santo Padre el año 1668, años después de la muerte de los fundadores.

El progreso de la Asociaciones de Caridad

Desde 1635 a 1659 hubo guerras continuas en Francia, a veces contra otras naciones, a veces guerras civiles. El resultado fue que la pobreza normal de la ciudadanía se incrementó en gran manera. Por ello las asociaciones, creadas para atender a los pobres durante la paz, hubieron de ser estimuladas para socorrer a las múltiples miserias de estos años. La asociación de las Damas de la Caridad del Hospital de París se convirtió prácticamente en un Ministerio de Asuntos Sociales parecido a los de cualquier país moderno. El P. Vicente tuvo que exhortar a estas Señoras en sus charlas de formación a darse y a contribuir más y más en favor de los pobres. Una de ellas que le escuchó le cuenta a una amiga lo que sigue. «¿No se podría decir que cuando habla el Padre Vicente nuestros corazones arden dentro de nosotras como el corazón de los discípulos de Emaús? De mí tengo que decir que, aunque no me gustan mucho las cosas espirituales, mi corazón hierve con las palabras de este santo varón». Su amiga (futura Reina de Polonia) le contestó: «No es de extrañar, porque el Padre Vicente es un ángel del Señor y sus labios han sido tocados por la brasa del amor de su corazón hacia los pobres».

Estas dos damas contrataron un par de sacerdotes para atender las necesidades de los enfermos del Hospital. Como resultado de su pastoral y de las visitas de las señoras, muchos enfermos volvieron a la Iglesia y muchos más fueron alimentados y curados por las atenciones de los miembros de la asociación. Durante los tiempos de guerra activa ellas fueron las que dieron y consiguieron las mayores ayudas para los necesitados. Sin su ayuda ni los Misioneros ni las Hijas de la Caridad hubieran podido ayudar nada a los pobres.

Además de los refugiados de la guerra socorridos por estas señoras, había otro grupo que también dependía de su caridad; eran los niños recién nacidos y abandonados por sus madres.

Debido a la guerra y a la pobreza extrema, muchas madres se veían en la necesidad de abandonar a los recién nacidos a las puertas de las iglesias porque ni les podían amamantar ni luego educar. El P. Vicente les dijo a las señoras que estos niños eran antes muchos, más que los días del año, pero que ahora se habían multiplicado aún más. Había muchas leyes contra esta costumbre pero no valían de nada. Por ello, el P. Vicente y las Damas de la Caridad decidieron juntar suficiente dinero para cuidar de estos niños hasta donde se pudiera. El P. Vicente era un ayudante más de estas señoras cuyos corazones enardecía para que se compadecieran de los niños. La misión de Vicente era dar una oportunidad a los cristianos para hacer obras de caridad.

El P. Vicente insistía en que las Damas de la Caridad tenían que ser dedicadas a Dios y evitar toda clase de vanidad. No quería que las que servían a los pobres anduvieran con cara de viernes ni tenía esa actitud valor alguno para servir a Dios. Esta sencillez de la religiosidad de los ricos y de la nobleza dio origen a «grupos de servidores de Dios» entre los grandes de Francia que se esforzaron por combatir la pobreza del país.

Hermandades sacerdotales

Un día un sacerdote se acercó al P. Vicente y le preguntó: «¿Por qué no nos reúne Usted a los sacerdotes en un grupo para ayudarnos sobre todo al comenzar nuestros primeros deberes pastorales?». A raíz de esta pregunta, el P. Vicente invitó a varios sacerdotes, a quienes había apadrinado, para reunirse y hablar sobre el tema. Él mismo les explicó la importancia del sacerdocio, de la vocación a la santidad, y el peligro para los fieles si los sacerdotes no cumplían con las obligaciones de su oficio. Habló sobre estos temas exponiendo sus pensamientos según las enseñanzas de las Escrituras y los oyentes escucharon estas cosas salidas de un corazón que, por años, había vivido su sacerdocio como se debe vivir. Sobre todo, se sintieron convocados por él a dar su servicio a los pobres, que eran hermanos del Salvador del mundo. Como consecuencia, desde 1633, muchos sacerdotes diocesanos comenzaron a reunirse en el Colegio de Bons Enfants todos los martes. Se escogió el martes por ser el día de descanso de los sacerdotes en la archidiócesis de París y llamaron a las reuniones «Las Conferencias de los Martes».

El P. Vicente instruyó a estos sacerdotes en las reglas de su vida, de cómo levantarse temprano, en la oración y la meditación, de cómo decir la misa, leer el Nuevo Testamento y otros libros espirituales y cómo hacer el examen de conciencia; es decir, la manera de vida de los misioneros. Los sacerdotes de las Conferencias de los Martes eligieron sus propios oficiales para dirigir las conferencias ellos mismos. El P. Vicente y sus sacerdotes eran sólo personas recurso en esas reuniones. No obstante, los sacerdotes rogaron a Vicente que fuera el director espiritual de las Conferencias.

El P. Vicente invitó a esos sacerdotes a participar en el trabajo de las misiones e incluso a dar misiones en las grandes ciudades para ciudadanos acomodados, a los que sus misioneros no predicaban. Estas misiones dieron tan buenos resultados como las de los misioneros, y los participantes de las Conferencias empezaron a ser designados a puestos de importancia en la jerarquía de la Iglesia de Francia. Varios de ellos fueron Obispos. De esta manera, el trabajo de Vicente entre los pobres y los eclesiásticos tuvo gran influencia en el país. Con el tiempo varias Conferencias funcionaban en otras diócesis, copia de la de París.

A estas alturas el P. Vicente había superado todo complejo y estaba poseído de la fortaleza de espíritu que es el fundamento y la fuerza de todo apostolado y de todo crecimiento. Poseía el carisma de vigorizar estas organizaciones con sabiduría y amor, de manera que ni el orgullo ni los conflictos estorbaran la gloria de Dios.

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