Relectura de los acontecimientos desde la Fe para reconocer en ellos la presencia de Dios

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Anne Prévost, H.C. · Year of first publication: 2010 · Source: Ecos de la Compañía.
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Introducción

manosEn su carta de Adviento 2010, nuestro Superior general, el Padre Gregory nos invitó a reconocer y dejarnos interpelar por la presencia activa de Dios en el corazón y en la vida de los pobres. Nos dice: «… han acabado por reconocer que Dios es el don de la vida para cada uno de nosotros y para todos los hombres. Este don ha sido depositado en nosotros y forma parte integrante del significado de la Navidad : el don del mismo Dios, Jesús encarnado que entra en nuestras vidas y nos ayuda a descubrir nuestros propios dones, nos anima y nos lleva a superarnos para ofrecer este don, para ayudar a los demás a descubrirlo en ellos mismos».

Estamos, pues, invitadas a tomar tiempo para releer diariamente nuestra vida y la de los pobres para descubrir las experiencias de la presencia de Jesús entre nosotros.

Para ello, detengámonos primeramente en la manera de actuar Jesús con los dos discípulos de Emaus. A la luz de este evangelio, contemplaremos el modo de actuar Dios en el corazón y en la vida de Luisa de Marillac y Catalina Labouré para dejarnos atraer y contemplar la acción de Dios en nuestra vida y en la de los pobres.

Los dos peregrinos de Emaus haciendo camino

En su Evangelio, san Lucas nos relata numerosos encuentros de Jesús con los enfermos, los pecadores, etc. en los que cada uno está impresionado por su capacidad de hacer brotar la Vida en ellos. Nos cuenta también este encuentro sorprendente entre Jesús y los dos discípulos de Emaus en el curso del cual se desvela poco a poco el misterio de la resurrección (Lc 24, 13-35). En este pasaje san Lucas describe la experiencia de estos dos discípulos impresionados por la muerte violenta de su amigo, quien por sus enseñanzas y su amor, aportaba una luz a su vida: hacía el bien por donde pasaba. Sus pensamientos y palabras están habitados por los dramáticos días que acaban de vivir. Su corazón no sólo estaba lleno de múltiples interrogantes, sino también de confusión y desconcierto.

Y discretamente, Jesús se une a ellos y los acompaña en el camino. En su presencia y con su ayuda, los discípulos van a recorrer un largo camino que consiste en pasar de la desesperación a la fe. Después de haberles dado la posibilidad de expresar su desconcierto y su visión oscura de los acontecimientos, Jesús excita su memoria y su reflexión en lo más profundo de su ser. Luego, apoyándose en las Escrituras, les hará comprender los acontecimientos y dar una visión totalmente nueva a la luz de su resurrección. Para El, los caminos de la Pasión y de la muerte han hecho resplandecer la fidelidad del Dios de la Vida y del Amor. Es esta su experiencia y sólo él puede hablar de ella y dar un sentido nuevo a las Escrituras.

Poco a poco, haciendo camino, la confianza en la Palabra de Jesús ocupará un lugar en el corazón de los discípulos y va a clarificar su reflexión. Su corazón comienza a apaciguarse e incluso a arder. En ese momento, Jesús parece querer continuar su camino, mientras que los dos peregrinos desean prolongar el tiempo de su presencia entre ellos: «quédate con nosotros». Esta invitación a compartir su comida, expresa que los dos discípulos ya han salido de su tristeza.

Será necesario el gesto de la fracción del pan en la mesa de la posada para que los dos discípulos accedan a la plenitud de lo que permite la mirada de fe: «¡Entonces, lo reconocieron!». Su corazón ardía y la opinión que tenían de los acontecimientos, se transformó. Todo tiene un sentido nuevo para ellos. El Señor ha desaparecido, pero saben que está vivo. Sólo tienen un afán: comunicar a los demás la vida del Resucitado y la Buena Noticia de la Salvación.

Esta relectura de los acontecimientos a la luz del Resucitado, ha permitido a los dos discípulos de Emaus acceder al reconocimiento del Señor y a afianzar en él su fe. Es lo mismo para nosotras en el hoy de nuestra vida, tal y como lo fue para Luisa de Marillac y Catalina Labouré.

Luisa de Marillac y Catalina Labouré hicieron camino…

A ejemplo de los discípulos de Emaus y de otros personajes de la Biblia, es indiscutible que en la historia de la Compañía, Dios se ha hecho presente de manera muy particular en Santa Luisa de Marillac y en Santa Catalina Labouré. Las dos han sido privilegiadas por el Cielo, recibiendo gracias excepcionales para dar testimonio del Amor de Dios para la Compañía, la Iglesia y el mundo. Dios ha hecho maravillas en ellas y por ellas. ¿Por qué Luisa? ¿Por qué Catalina? Es ese el misterio de Dios.

Es interesante ver la manera como Dios se hace presente y conduce a estas dos mujeres para realizar la misión que El les confía con dos siglos de intervalo. Al poner en paralelo la Luz de Pentecostés de santa Luisa y el sueño de santa Catalina en Fain, podemos también descubrir que hay «algo venido del Cielo» que acerca a estas dos mujeres, aparentemente tan distintas.

Introducción

En la Capilla de la calle del Bac, el relicario de santa Luisa y el de santa Catalina se encuentran uno a cada lado del Santísimo y de la representación de María Inmaculada. San Vicente, al lado, parece velar sobre los dos relicarios, como realmente lo hizo en sus vidas respectivas. Sabemos el lugar que san Vicente ocupó en la vida de santa Luisa tanto como en la de santa Catalina.

La fecundidad espiritual de Luisa de Marillac y de Catalina Labouré

Dotada de dones excepcionales de organizadora y animadora espiritual, Luisa de Marillac tiene también una cierta fragilidad, un temperamento muy ansioso, límites a su resistencia nerviosa. Es su fe en Dios y su deseo de hacer su voluntad los que la han hecho «fuerte». Con la gracia de Dios, Luisa llegó progresivamente a ver a las personas como Dios las veía. Todos los pobres se convirtieron en sus hermanos; en ellos, veía al Cristo sufriente. Convertida en la colaboradora ideal de Vicente de Paúl se puso al servicio de las Caridades. Luego, sabrá reunir a cientos de jóvenes campesinas invitándolas a entregarse a Dios para servir a los pobres. Con estas jóvenes, llevó a cabo multitud de actividades de una prodigiosa fecundidad, sin ningún activismo desordenado, ni búsqueda de éxito personal, sino sencillamente con el deseo de realizar la voluntad de Dios. Nos quedamos sorprendidas al ver la enorme suma de trabajo y de responsabilidad que poco a poco, se acumula sobre las frágiles espaldas de Luisa.

El mismo día de la Beatificación, el 9 de mayo de 1920, el Papa Pío XI decía: «podemos afirmar: es un milagro que el número y la variedad de obras a las que la Beata Luisa de Marillac ha sido preparada por la mano del mismo Dios». «No llegamos a comprender humanamente como esta Sierva de Dios pudo realizar tantos oficios de caridad; hacer y más bien, ir a la búsqueda de tantas obras de caridad» decía su primer biógrafo, testigo ocular de sus último años.

Puede decirse, de alguna manera, que el corazón de Cristo ha ocupado, poco a poco, el lugar del corazón de Luisa. «La caridad de Jesucristo crucificado nos apremia». Luisa murió el lunes de pasión de 1660…como si, haciendo coincidir su muerte con el comienzo del tiempo en que la Iglesia fija principalmente su mirada en la Cruz redentora, Dios quería ratificar su divisa.

Dotada de un sentido común innato, de una gran resistencia física, de una buena salud mental y de una fuerte voluntad, Catalina Labouré no es más que una sencilla campesina, sin gran instrucción, y no ha fundado ninguna congregación. No obstante ella inspiró (o la Santísima Virgen por ella, lo que viene a ser lo mismo) toda la gran corriente mariana de los dos últimos siglos y del renacimiento católico que, en gran parte fue la consecuencia. Antes de 1830, la enseñanza de los misterios de María estaba casi totalmente descuidada, lo que debilitaba el misterio de la Encarnación. Ella permitió igualmente la renovación de las dos familias de san Vicente. En efecto, tras los disturbios revolucionarios y las numerosas persecuciones, la Compañía estaba apagada y le faltaba impulso espiritual. Parece que Dios hubiera preparado en Catalina Labouré un «nuevo modelo de Margarita Naseau» para reanimar el fervor, el espíritu y el gran impulso misionero de los orígenes en el seno de la Comunidad

Bajo el generalato del Padre Etienne (1843-1876), Catalina tuvo un papel indirecto pero importante en el renacimiento de las dos Congregaciones. El mismo Padre Etienne hace alusión a esta influencia mariana en varios documentos. En 1843, decide una nueva consagración de la Congregación de la Misión a la Inmaculada: «Virgen Inmaculada, torrentes de misericordia y de bendiciones nos son repartidos; sabemos que nos debemos a tu ternura y a tu amor. Nuestra pequeña Congregación perecía y tu la has hecho revivir…»

Escogiendo a Catalina, esta joven desconocida para el mundo, en un pueblo sin gloria, el Señor demuestra una vez más, que es su obra y no la de los hombres. La palabra de San Pablo se aplica maravillosamente en Fain-les-Moutiers: «Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes»(1 Cor 1, 27). María habría podido escoger un obispo, o alguien importante, pero escogió una joven del campo, sin instrucción.

La vida de Catalina nos ayuda a distinguir mejor la santidad del genio. Cierto que las dos van bien juntas, como nos lo demuestra Santa Luisa. Pero no necesariamente juntas. Todos los genios no son santos. Y todos los santos no son tampoco genios y por eso no son menos santos. Sin embargo, la literatura cristiana y la predicación de los sacerdotes, es decir, de los intelectuales, nos ha acostumbrado a etiquetar a los «grandes santos», los únicos santos que, como san Agustín, san Juan de la Cruz, san Francisco de Sales, san Vicente de Paúl, santa Teresa de Jesús y santa Teresa del Niño Jesús han sabido expresarse con fuerza y escribir con estilo o fundar grandes Ordenes. En este caso, está claro que Catalina no será nunca una «gran santa»: «yo no sabía nada, apenas sabía escribir y por eso, la Santísima Virgen me escogió…»

A decir verdad, la santidad pura está bien; es una especie de genio pero puramente «interior» y sobrenatural y que no aparece en nada sino en una especie de transparencia a la luz divina. En el grado más alto, es el caso de María. Catalina Labouré no ha hecho nada extraordinario, ha hecho lo que hacen miles de Hijas de la Caridad: un servicio muy humilde a los pobres. Lo ha hecho sencillamente, del mismo modo que otra joven, que vivía también sencillamente en un pueblo de Nazaret.

Catalina Labouré aparece como el primer testigo de un nuevo estilo de santidad, sin gloria ni triunfos humanos, que el Espíritu Santo comenzaba a suscitar para los tiempos modernos. Ella ha vivido sobre todo los carismas de cada día. Lo importante para ella, fue el servicio de los pobres. Al día siguiente de su beatificación, el 22 de mayo de 1933, el Papa Pío XI dirá: «no conocemos otro ejemplo más brillante de vida escondida»

Dos mujeres escogidas por Dios para una misión particular

En Luisa de Marillac y Catalina Labouré, Dios interviene de manera personal en sus vida para confiarles una misión particular. Para una, es la «Luz de Pentecostés» en la iglesia de San Nicolás de los Campos, para la otra, es el sueño de san Vicente en la iglesia de Fain. Ninguna de las dos ha escrito su vida, pero es su director espiritual respectivo (Vicente de Paúl y el Padre Aladel) quienes nos han dado a conocer su experiencia espiritual. Durante sus intervenciones divinas, san Vicente estuvo presente. Su lugar tiene una gran importancia, tanto en la misión confiada a Luisa como en la confiada a Catalina. Y sin embargo, las dos tuvieron un movimiento de rechazo ante la elección de Dios

Para Luisa, Vicente de Paúl se presenta como el guía espiritual que tendrá un papel determinante en la misión que le confía con relación a la fundación de la Compañía. A pesar de que Dios lo ha escogido, Luisa siente repugnancia para aceptar al Señor Vicente.

Para Catalina, san Vicente la iluminará sobre la elección de su vocación y la preparará a recibir una misión que Dios le quiere confiar: «Dios tiene designios sobre usted, no lo olvide». Catalina, también en un momento dado, tiene el deseo de alejarse de este anciano sacerdote e incluso, de huir.

No podemos banalizar o minimizar estas intervenciones divinas. Para acercarnos a ellas, necesitamos mucha humildad y respeto, sabiendo que su sentido profundo nos sobrepasa. Estamos en el umbral del misterio de Dios revelado a dos almas. Estas dos anunciaciones de «la Luz de Pentecostés» y de «la visión de san Vicente en la iglesia de Fain» son acontecimientos fundamentales para la Compañía y para la Iglesia

I – Dos anunciaciones

4 de junio de 1623, «El anuncio» hecho a Luisa de Marillac: la luz de Pentecostés en San Nicolás-des-Champs

Contexto

El año 1623 es, para Luisa un año sumamente penoso. La salud de su marido se debilita cada vez más, sus sufrimientos son más agudos. Luisa sufre al ver a su marido y sus fuerzas se agotan. A esta prueba humana viene a añadirse una penosa crisis interior; tres «incertidumbres» le desgarraban el espíritu:

  • el continuo remordimiento de no haber cumplido su voto de entrar en religión y por consiguiente la duda de saber si debe quedarse con su marido.
  • una duda que afecta su fe en la inmortalidad del alma e incluso en la existencia de Dios.
  • el cambio de director espiritual que tendrá que aceptar.

El día de Pentecostés de 1623, Luisa entra en la iglesia de San Nicolás de los Campos, con el espíritu terriblemente atormentado.

Como para los discípulos de Emaus, los pensamientos de Luisa están sumergidos en un desconcierto profundo, está invadida por un abismo de cuestiones. Su corazón agitado por una marejada interior y sus pensamientos son confusos.

El acontecimiento

A los 32 años, Luisa tiene una experiencia espiritual de iluminación súbita y fuerte, como la de los apóstoles reunidos en el Cenáculo. Una luz súbita invade su corazón y su espíritu; sus tres «incertidumbres» se convierten en tres «convicciones». Dios le hace vislumbrar lo que espera de ella.

Una verdadera luz profética

«En un instante, mi espíritu quedó iluminado acerca de sus dudas». Fortalecida «por la seguridad que sentí en mi espíritu de que era Dios quien me enseñaba…»

La iniciativa viene de Dios: «era Dios quien me enseñaba» dice Luisa. Así, las tinieblas no impiden que la Luz de Dios brille. El Espíritu de Dios hace desaparecer las dudas de Luisa. Su corazón lento para creer se inflama. Dios conduce a Luisa a deshacerse de lo que hasta aquí, le parecía tan importante: su temor de haber sido infiel a su voto de ser religiosa. Luisa pensaba conocer a Dios, pero comprende que se ha equivocado sobre El. Sintiéndose atraída por Dios está llamada a mirar las cosas desde un nuevo punto de vista. A ejemplo de los peregrinos de Emaus, Luisa recorre rápidamente este camino que consiste en pasar del sin sentido que ella percibía, al sentido que Dios quiere revelarle para afianzarla en la fe.

«Mi tercera pena me fue quitada por la seguridad que sentí en mi espíritu de que era Dios quien me enseñaba todo lo que antecede».

Una misión a cumplir

La segunda cosa que la turba, es la misión que Dios quiere confiarle. Descubre que su voto más querido, se realizará un día. Dios no menosprecia, pues, su deseo de consagración total y lejos de guardarle rencor, confía en ella revelándole, de un modo aun oscuro, su proyecto sobre la Compañía:

«Que un día estaría en una pequeña comunidad para servir a los pobres y que podría consagrarse a Dios por los votos de religión». «Entendí que sería esto en un lugar dedicado a servir al prójimo; pero no podía comprender cómo podría ser, porque debía haber (movimiento de) idas y venidas (al exterior)»

Luisa sabe que Dios cuenta con ella, esto le basta, incluso si no sabe «cómo se hará esto». Es el anuncio de una promesa que la orienta hacia el futuro. Dios suscita en ella la esperanza y Luisa se presenta como «la sierva del Señor».

Un director para ayudarla en su misión

«Se me aseguró también que debía permanecer en paz en cuanto a mi Director, y que Dios me daría otro, que me hizo ver (entonces), según me parece»

Dios toma la iniciativa de darle » una señal» para cumplir su misión, le indica su futuro guía espiritual. Es él quien la ayudará y apoyará en este camino inédito. Se lo hace ver: Luisa reconoce a Vicente de Paúl.

«… y sentí repugnancia en aceptar…»

Esta elección del director espiritual extrañó a Luisa. Vicente de Paúl no le resulta, normalmente hablando, simpático y no duda en confesar la repugnancia que le provoca. ¿Qué tiene en común con Francisco de Sales o Monseñor Camus, estos dos obispos escritores y predicadores famosos? «sin embargo, consentí« dice Luisa.

«…pareciéndome que no era todavía cuando debía hacerse este cambio…».

En esta última declaración de Luisa, se siente como una especie de alivio por su parte «Señor, si debe ser este, de acuerdo, pero que no sea en seguida».

Así, la Providencia conduce a Luisa y Vicente, aparentemente tan contrarios, a cruzarse. En adelante, la vida de Luisa se fundirá con la del Señor Vicente en una vida de colaboración de una excepcional fecundidad. Vicente tendrá un papel determinante en la fundación de la Compañía, aunque la iniciativa fuera de Luisa.

Puede sospecharse que, más tarde, Luisa siempre habitada por la Luz de Pentecostés, discierna que su guía espiritual, escogido por Dios, estaba estrechamente unido a la misión «de la pequeña comunidad para servir a los pobres». ¿No era esta una de las razones por las que Luisa estaba tan íntimamente convencida de que uno de los medios para salvaguardar su Congregación naciente, consistía en ponerla siempre bajo la autoridad del Superior general de los Sacerdotes de la Misión?

El papel de san Francisco de Sales en Luisa de Marillac y Vicente de Paúl

Con relación a esta Luz de Pentecostés, Luisa confesará más tarde que: «Siempre he creído haber recibido esta gracia del Bienaventurado Obispo de Ginebra, por haber deseado, antes de su muerte, comunicarle su pena y, haber sentido después una gran devoción».

Sabemos la gran influencia de Francisco de Sales en la vida de Luisa. Era un renovador espiritual, un director espiritual muy solicitado y un autor místico muy apreciado. Muerto en diciembre de 1622, Francisco de Sales ya no estaba ahí para guiarla y sostenerla durante ese mes de abril de 1623, lleno de tormentos y de dudas. Luisa le reza desesperadamente. Aproximadamente un mes más tarde, recibía la «Luz de Pentecostés».

Así, Francisco de Sales es el mensajero de Dios para confiar a Luisa la respuesta a sus dudas y sobre todo la misión de realizar la futura Compañía, cuando él mismo, 7 años antes, tuvo que ceder a las presiones del arzobispo de Lión, Denis de Marquemont, obligándole a suprimir la visita a los pobres y enfermos de la vida de las Hermanas de la Visitación, porque era incompatible con el derecho canónico de las religiosas de la época.

La desventura de san Francisco de Sales, producirá frutos en santa Luisa y san Vicente. Vicente de Paul y Francisco de Sales eran muy amigos, se habían encontrado en Paris en diciembre de 1618. Los dos estaban convencidos de que el único camino para acceder a Dios era la caridad. Antes de morir, Francisco de Sales había incluso confiado a Vicente el destino de la Congregación de la Visitación.

Más tarde, la intervención providencial de Margarita Naseau y de sus compañeras, dará un nuevo rostro a la caridad, la de las pobres campesinas que trabajan con sus manos. Luisa presentirá que un servicio de pobres realizado por los pobres da a la caridad su verdadera dimensión y toda su eficacia: vivir de una caridad vivida por el mismo medio: «pobres sirviendo a los pobres».

II. «El Anuncio» hecho a Catalina: «El sueño de San Vicente en la iglesia de Fain»

Contexto

Catalina no es más que una pobre campesina sin instrucción; no puede ir a la escuela porque tiene que hacerse cargo de la granja paterna y cuidar a su hermana pequeña y a su hermano pequeño minusválido. Unida a Jesús y a María, trabaja en las tareas de la granja con un celo ardiente, reza mucho, ayuna dos veces por semana, visita a los enfermos del pueblo. Tiene en proyecto, entregarse por entero a Dios, pero no sabe dónde ni cómo. Cuando tiene alrededor de 16 o 17 años, san Vicente la visita en sueños invitándola a seguirle.

El acontecimiento

Una noche, Catalina tiene este extraño sueño: se encuentra en la iglesia de Fain, en su sitio habitual. Está rezando, llega un anciano sacerdote. Se reviste con los ornamentos sacerdotales y celebra la misa en el altar. Lo que le sorprende es, su mirada, cuando se vuelve para el Dominus vobiscum. Al Ite missa est, le hace señas de acercarse. El miedo se apodera de ella. Se aleja, andando hacia atrás, fascinada. No puede apartarse de esta mirada. Se acordará de ella toda su vida. Recorramos este sueño y veamos la actitud de este anciano sacerdote que refleja y prolonga, a la manera humana, la actitud de Dios revelada en Jesús.

Comienza una misa

«Estaba en la iglesia de Fain rezando y un anciano sacerdote con un bonete negro, se avanza hacia el altar y celebra la misa…» El primer signo que se le da a Catalina es el de la Eucaristía. Ella reza en la Iglesia y en ese momento un sacerdote llega para celebrar la misa y le permite participar en la Eucaristía. Dios se une a ella en su deseo profundo de participar cada día en la misa. Su corazón es tan acogedor que Dios puede darse sin reserva.

Durante toda su vida, la Eucaristía será el centro y el manantial de todas las gracias. ¡Cuántas veces irá a arrodillarse «al pie de este altar»!

Una mirada que revela el corazón de Dios

«Su mirada me fascinaba…». San Vicente se dirige a continuación a Catalina por la mirada. Sin saberlo, Catalina tiene una experiencia parecida a la de Moisés en el Horeb cuando contemplaba la zarza ardiendo. No se puede quitar de su vista la mirada de san Vicente. Está deslumbrada por esta mirada iluminada por la claridad de Dios. Frente a tal mirada de amor, ella quiere ofrecer la gracia de existir como persona.

Igualmente se puede sospechar que Catalina ejerció en san Vicente una verdadera fascinación, como en otro tiempo lo hizo Margarita Naseau: «hijo de un labrador, que guardé puercos y vacas» (Coste IV, 1433 [1372] a Francisco de Saint Remy. pp.209-210) se sintió ciertamente interpelado por esta joven campesina sin instrucción. No es este punto común el que llamó la atención de San Vicente, sino la extraordinaria personalidad de Catalina, su vida de fe intensa, su perseverancia en la adversidad, su ardor en el trabajo, sin otro designio que el de la gloria de Dios. ¿Cómo no iba san Vicente a dejarse impresionar delante de una campesina, tan sencilla y tan humilde?

Una mirada que llama

«Al final de la misa, me hace una seña para que me acerque…». San Vicente se hace cercano y le hace una seña, de manera familiar. Catalina está asombrada, esta atención del anciano sacerdote debería alegrarle, sin embargo está turbada:«Tengo miedo. Me alejo pero hacia atrás, sin poder apartarme de su mirada…»

Llena de temor, su primer reflejo es el de alejarse. Pero, aun alejándose, no puede impedir mantener su atención sostenida hacia este anciano sacerdote. Catalina se siente envuelta por esta mirada que le da confianza y que la llama.

Una palabra que compromete a servir

«A la salida de la iglesia, voy a visitar a una enferma. El anciano sacerdote me encuentra y me dice: Hija mía, está bien cuidar a los enfermos».

Al salir de la iglesia, Catalina visita a una mujer enferma (en el sueño). San Vicente la acompaña y le agradece su generosidad y su entrega; le revela su capacidad de cuidar a las personas que sufren.

Y continúa diciendo: «Ahora huyes de mí, pero un día, te considerarás dichosa de venir conmigo»…

Esto hace suponer lo impresionada que está Catalina. San Vicente la tranquiliza, anunciándole una palabra de felicidad; ¡de felicidad de ir con él, un día! Es una llamada: «Ven, sígueme» había dicho Jesús y con esta mirada, Pedro lo siguió. Es la misma llamada la que este anciano sacerdote dirige a Catalina, sin revelarle, sin embargo, su identidad.

Pero Catalina ha oído bien la invitación a comprometerse. Si, su vida será útil y hará de ella un servicio. Pero, «¿Cómo será esto?», ella no lo sabe.

Una misión a cumplir

Es sólo después de algún tiempo de este encuentro cuando Vicente le anuncia algo que le concierne muy personalmente: «Dios tiene sus designios sobre ti. ¡No lo olvides!» Es una declaración inesperada: Catalina comprende que Dios la necesita, y que necesita su disponibilidad. «¡No lo olvides!» Dios estará a la puerta y llamará en un momento dado. Es el anuncio de una promesa que orienta hacia el futuro.

Catalina se aleja de nuevo, asombrada por este hecho completamente singular. Pasando el pórtico de la casa paterna, se despierta. No era más que un sueño.

A pesar de las revelaciones divinas, la vida es difícil

¿Qué maravilloso canto de reconocimiento no habrá salido del corazón de Luisa de Marillac después de esta «Luz de Pentecostés»? Nunca más será exactamente la mujer que fue antes. Su vida está marcada para siempre por este acontecimiento. No lo podrá olvida nunca: su camino será diferente y el porvenir se le precisará. Pero esta » luz de Pentecostés » no ha resuelto de un golpe de barita mágica todas las dificultades de su vida. La enfermedad de su marido evoluciona. El peso de este acompañamiento se vuelve extremamente pesado. Estando día y noche a la cabecera de su marido, Luisa se encuentra de nuevo, en un estado de gran cansancio. Su marido muere dos años y medio más tarde.

Viuda a los 34 años, Luisa se queda sin fuerzas, sola con su hijo de 12 años. Parece que es en ese momento cuando decide verse con San Vicente. Este, con sus orígenes campesinos, sabe muy bien que tiene que pasar tiempo para encontrar el equilibrio necesario y avanzar. En primer lugar, acoger el sufrimiento de Luisa y después, pacientemente le ayudará a asumir su situación.

Luisa atraviesa aún períodos de tormentos. Sabemos que si algunas tinieblas son vencidas por el poder de Dios, otras quedan ocultas permanentemente en el corazón, a causa de las heridas de nuestra naturaleza humana. Sin embargo, Luisa se compromete con valentía en el servicio de los pobres, hasta el punto de convertirse en la colaboradora ideal de Vicente. La llegada de Margarita Naseau en 1630 será la claridad definitiva para la realización de la misión confiada.

Para Catalina Labouré, el sueño de Fain es misterioso pero ocupa su corazón y su pensamiento. Incluso si el trabajo en la granja es siempre tan difícil, Catalina es feliz interiormente. Tiene un nuevo impulso. Ahora trabaja aún mejor que antes; prepara proyectos de futuro. Cuando Catalina tiene el permiso de su padre para aprender a leer y escribir, va al pensionado de Châtillon-sur-Seine; es allí donde hablará con el padre Gailhac, párroco de la parroquia, que le dará la clave del enigma. Catalina irá, pues, donde las Hijas de la Caridad.

Pero su vocación será muy probada e incluso contrariada durante 5 largos años: rechazo categórico de su padre, que quiere casarla, exilio en Paris, por último, reticencia por parte de la Comunidad. Sin embargo nada hará cambiar la determinación de Catalina.

Cada una ha debido esperar 7-8 años antes de percibir el misterio de la misión confiada por Dios

Después de haber reconocido a Jesús resucitado, los dos discípulos de Emaus dejan la posada, toman de nuevo el camino que habían recorrido durante el día, pero esta vez en sentido contrario. La noche que ya ha caído sobre las colinas de Judea no es un obstáculo, su corazón lento para creer se ha vuelto ardiente. Todo ha cambiado de sentido para ellos y esta vuelta nocturna a Jerusalén lo confirma. ¡El Señor ha desaparecido: no importa, porque ahora, saben que está vivo! Pero no han llegado aún al final del camino…

Para alcanzar el término, hay que dejar madurar la experiencia espiritual en un silencio interior. A los ojos de los hombres, el tiempo necesario para que se realice los designios de Dios puede parecer largo. Al relacionarse con la realidad de la vida diaria, Luisa de Marillac y Catalina Labouré, descubrirán los signos que Dios les dará para la realización de la misión confiada.

Para Luisa: 1623 (Luz de Pentecostés) – 1631 (Margarita) – 1633 (La Fundación)

Después de la «Luz de Pentecostés», fue necesario más de 8 años de interiorización, de discernimiento y preparación para que Luisa percibiera el misterio de la misión confiada. Con la llegada de las jóvenes campesinas para ayudar a las Damas, la intuición va a imponerse poco a poco en Luisa, de consagrarse a ellas y a su formación, porque es sin duda esta «la pequeña comunidad consagrada al servicio de los pobres».

Para Catalina: 1823 (fecha aproximada del sueño de Fain) – 1830 (La Medalla)

Después del sueño de Fain, necesitará también 7-8 años antes de que descubra, un cierto 27 de noviembre de 1830, cuales son «los designios de Dios sobre ella». Pero ese día estará precedido por otros acontecimientos, también importantes, que hay que tener en cuenta para no exponerse a graves errores de interpretación, o en todo caso, correr el riesgo de no percibir la plenitud del significado.

En efecto, a su llegada al Seminario, Catalina encuentra al Señor Vicente, a quien tanto admira y quiere imitar, pero esta vez, está bien despierta.

La visión del Corazón de San Vicente

El domingo 25 de abril de 1830, al regreso de San Lázaro, en la capilla de la calle del Bac, Catalina percibe, sobre la pared, a la derecha por encima del pequeño relicario de san Vicente, su corazón. Tres días seguidos, Catalina «ve» el corazón de San Vicente como un icono.

La visión toma, cada vez, un tinte diferente: blanco, rojo, rojo oscuro. Catalina no sólo percibe los símbolos, sino también las palabras interiores. «La riqueza del significado de la «visión del corazón» es prodigiosa, según la interpretación del simbolismo de los colores que ella misma da»

Catalina «medita todas estas cosas en su corazón». Lejos de evadirse de la realidad diaria, esta visión multiplica sus fuerzas para amar y para servir. Y el Cielo continua ofreciendo señales a Catalina. Se diría que su humildad ejerce un atractivo irresistible sobre el Señor que se complace en comunicarse con ella y en responder a sus deseos.

Las Apariciones de Nuestro Señor en la Eucaristia

«El amor es inventivo hasta el infinito» decía san Vicente. A Dios no le falta creatividad, no pretende que todas las personas caminen al mismo ritmo. En el sueño de Fain, por el anciano sacerdote, Dios se muestra a Catalina en su deseo de participar en la misa; durante su Seminario, Dios se le presenta en persona y responde a su «deseo» tan puro. Durante los meses siguientes, Catalina ve a Nuestro Señor, como en transparencia en la Eucaristía.

Para los discípulos de Emaus, el gesto de la fracción del pan en la mesa de la posada es un trazo de luz fulgurante de la presencia de Cristo en su vida: «¡entonces lo reconocieron!». Para Catalina, la mesa eucarística se convierte en el lugar por el que accede misteriosamente a la Realidad. Su fe es una relación de amor con su Dios y en la misa, se deja invadir, en lo más secreto de su corazón por El mismo Jesús.

El tiempo de Seminario será para Catalina, un gran «tiempo eucarístico». Sólo Dios, sólo Cristo reina en la vida de Catalina. Su práctica eucarística es el lugar privilegiado en el que ella encuentra un impulso y un contenido renovado: es afirmación en la fe que allí y sólo allí, se encuentra el sentido definitivo y pleno de todo lo vivido.

Esta nueva experiencia de presencia y de revelación no se comparable con la precedente. Pero aún se trata de una intervención sobrenatural, divina. Toda su vida, Catalina será una mujer «eucarística». ¿Cuántas veces no irá «al pie del altar» para encontrar al que está presente en el Santísimo Sacramento?

Al describir el fervor eucarístico de Catalina, ¿cómo no evocar rápidamente el de Luisa de Marillac que no cesaba de maravillarse ante «este sorprendente invento y amorosa unión por la cual Dios» (E. 99 (M. 72) (De la Sagrada Comunión). pp.811-813). «Delante de tantas gracias, tanto amor de la humanidad», ella no tenía más que una única palabra, un grito» «¡Oh Amor infinito!» (A. 15, Correspondencia y escritos, p 709). Las Hermanas, que vivieron con Luisa, estaban muy impresionadas por su actitud en el momento de sus comuniones (Coste X, 729). Luisa recomendó siempre a las Hermanas estar «atentas a esta divina presencia». (A.71, Correspondencia y escritos, p. 772).

La primera aparición: 18 de julio de 1830

Por fin, san Vicente se acerca a Catalina para prepararle el corazón a recibir los «designio de Dios sobre ella». El 18 de julio de 1830, víspera de la fiesta de san Vicente, todo ocurre como si san Vicente llenase el corazón de Catalina de un gran deseo y la invitase a prepararse para el encuentro con la Santísima Virgen durante esa noche. Y esta primera Aparición, será la etapa preparatoria a la del 27 de noviembre en la que Catalina recibirá la misión de hacer acuñar la Medalla de la Inmaculada.

Cuando María se acerca «en el coro y se sienta en el sillón situado a la izquierda del coro» Catalina no se da cuenta: «yo no veía a la Santísima Virgen» dirá ella. Ella duda de la identidad de la Virgen y se queda a distancia del sillón. El angel tiene que repetir tres veces seguidas: «Aquí tienes a la Santísima Virgen». Necesitó un cierto tiempo para ajustar su mirada y situarla a nivel de la fe. Superando las apariencias, ella «reconoció» a María. Como los discípulos de Emaus, Catalina es capaz de ver «lo invisible».

Luego llega el tiempo de la relectura de los acontecimientos. Antes de proponerle una explicación de los acontecimientos, María le da tiempo para contarlos: ¿Qué? Y Catalina cuenta toda su historia. Después de haberla escuchado, María inicia su respuesta y le ofrece su propia relectura de los acontecimientos. La sitúa en la gran historia del pueblo de Dios y de la Compañía y le precisa el sentido de los acontecimientos. María compromete a Catalina en el camino de la fe, de la búsqueda de la voluntad de Dios.

Del mismo modo, que la relectura de Jesús alimento de sentido la que habían establecido los dos discípulos de Emaús, la relectura de María conduce también a Catalina a tomar entre sus manos su historia y la de la Compañía. Puesto bajo el signo del Espíritu, el presente se convierte en el tiempo en el que Dios concede gracias a nuestra tierra y nosotros estamos llamados a hacer vivir el tiempo de gracia con nuestros hermanos.

A ejemplo de Luisa y Catalina, releamos nuestra vida para en ella leer a Dios

A ejemplo de santa Luisa y de santa Catalina, nosotros también estamos invitados, a releer nuestra vida bajo la mirada de Dios, no como una preocupación de introspección o de satisfacción narcisista sino como agradecimiento hacia el que nos ha llamado y guiado en nuestra vocación de Hija de la Caridad. La mejor manera de dar testimonio de Dios, ¿no es la de reconocerle en nuestra propia vida diaria? Esta relectura supone siempre una mirada de fe que sepa discernir la acción de Dios en los avatares de la historia. ¿Hay que protegerse de un providencialismo ingenuo que hará de Dios la causa inmediata de todo? Dios no está en el acontecimiento mismo, está al lado del hombre que lo afronta. Si nuestro cuotidiano con frecuencia nos aparece banal, repetitivo, ¿no será porque somos torpes para reconocer a Dios que viene a nuestro encuentro para amarnos y llevarnos a amar como El? En efecto, en su amor, Dios no se cansa de buscarnos y precedernos. Nuestros días son una aventura de amor y de fe con El.

«Hacer memoria» como Dios lo recuerda constantemente al pueblo hebreo, es el hecho fundamental que sostiene nuestra vida espiritual, nuestro caminar en comunidad con el Señor. «Hacer memoria» de los acontecimientos claves de nuestra vida o de los momentos aparentemente más ordinarios de cada día, nos permite vivir en presencia de Dios, en el agradecimiento y la acción de gracia. «Hacer memoria» de nuestros límites y de nuestros errores nos invita incansablemente a volver a confiar en la misericordia de Dios para con nosotros y para con los demás.

Las hijas de la caridad y los pobres hacen camino…

La relectura de nuestra vida es un camino para reconocer la presencia de Dios en el corazón y en la vida de los pobres.

En su encuentro con Isabel, María reconoce su propia dignidad y el don que Dios le hace. Luego, en su cántico del Magnificat, la mirada de María se amplía más allá de su propia vida, hacia Dios y su acción en la historia de los hombres.

A ejemplo de María, nosotras estamos invitadas a reconocer la presencia activa de Dios, no sólo en nuestra vida sino, igualmente en la de los pobres que acompañamos. Como Jesús lo hizo con los discípulos de Emaus, podemos releer con los pobres su propia vida para reconocer en ella el Amor que Dios escribe cada día en su corazón. La convicción de que el otro, sea el que fuere, lleva en él riquezas ocultas, incita en todas las circunstancias a poner en todo ser humano, la mirada de Cristo. Esta cualidad de la mirada, emanación de una profunda magnanimidad, puede conducir al más excluido a revelar su propio misterio, su profundidad, el sentido de su vida: sólo él puede decirnos quien es, lo que piensa y lo que le hace vivir. Para entender bien la revelación que nos puede ser realizada en un momento dado y comprender el contenido del mensaje comunicado, con frecuencia es necesario caminar mucho tiempo con el otro, con la paciencia de Jesús por el camino de Emaus. La calidad de presencia y de compromiso, permite desarrollar una confianza recíproca, aprender el lenguaje del otro y progresivamente liberar la palabra de las personas en estado de gran pobreza. Así, poco a poco, en una relación de fraternidad reconocida, podemos dejarnos instruir y evangelizar por los pobres.

Abiertas a los encuentros que Dios nos permite hacer, descubramos el misterio del amor encarnado de Dios que abre nuestros corazones los unos a los otros y los reúne entre ellos.

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