Raymond Mauriol (1674-1747)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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La provincia de Aquitania sufrió una gran  pérdida por la muerte  del Sr. Raymond Mauriol, sacerdote antiguo de la Congregación y superior de la casa de Notre Dame de Buglose. Fue verdaderamente un misionero lleno del espíritu primitivo de la Congregación.

El Sr. Mauriol nació en la diócesis de Cahors, el 18 de noviembre de 1674 y fue uno de los primeros que fueron recibidos en el seminario interno de Cahors, abierto el 13 de marzo de 1696.

Por su dulzura y su regularidad, se distinguió tanto entre sus cohermanos recibidos al mismo tiempo que él, que conservaron siempre los primeros sentimientos de veneración que habían concebido por él. Las virtudes que había demostrado durante su seminario le acompañaron durante el tiempo de sus estudios. Es verdad que no tenía talentos muy notables, pero su gran fondo de juicio, su buen sentido juntos con sus aplicación seria a los estudios, le hicieron capaz de ejercer con distinción y éxito una de las funciones más importantes y más esenciales de la Congregación, es decir, la de las Misiones a la que se entregó casi siempre; llegó a ser un excelente director de estos ejercicios, y era infatigable en el confesionario, incluso en los últimos años de su vida.

Una vez que fue ordenado sacerdote, le enviaron a Nuestra Señora de Buglose, casa que se acababa por entonces de fundar (1707), y donde los misioneros, como sucede de ordinario en las nuevas fundaciones, se hallaban con bastante estrechez, en razón de la escasez de sus rentas y de las reservas que el fundador se había hecho sobre los ingresos de la capilla. También el Sr. Mauriol estuvo muy mal alojado, en una pobre habitación estrecha,  húmeda y malsana, más parecida a un antro de anacoreta o de ermitaño que a una habitación de misionero. A estos numerosos inconvenientes se añadía el aumento de trabajo; y entre sus ocupaciones, tal vez la que le daba más guerra, era tener que tratar con toda suerte de medidas con un bienhechor o fundador, que si bien era un hombre de gran mérito no era menos muy original y muy difícil de contentar. Por ello, podemos decir, que su estancia en esta casa le sirvió de segundo noviciado más penoso que el primero. Necesitaba por decirlo así caminar contra viento y marea, y al propio tiempo llevar una vida seria, cordial, regular, penitente y fatigosa. Es lo que hizo ver su virtud a todo el mundo y lo que demostró con claridad cómo practicaba la mortificación interior y exterior, y la paciencia en un grado heroico. Después de pasar varios años en Buglose en calidad de inferior sin dejar escapar la menor queja, se juzgó, según sus excelentes cualidades,  que era apto para desempeñar el puesto de superior de esta misma casa. Su conducta fue bendecida de Dios, que le dio el rocío del cielo y grasa de la tierra; ya que se debió atribuir  a su solicitud la unión de la parroquia a la casa de Buglose y la adquisición hecha por la misma casa de la baronía de Pouy, y además de todas las rentas que esta casa poseía. Mas para procurarle todas estas ventajas, tuvo que trabajar mucho, buscar y descifrar con un cuidado asiduo un gran número de títulos antiguos, sostener procesos muy complicados: todo cuanto habría aburrido  a un hombre que no hubiera poseído, como él, la paciencia en grado soberano. Pero soportaba todas estas incomodidades y todas estas fatigas con gran valor, sin perder nunca nada de su tranquilidad ni de su calma, y sin descuidar de ninguna manera  sus ejercicios de piedad. Era siempre exacto en la práctica de las reglas, en los tiempos fijados iba a Misiones siendo asiduo al confesionario, y la multitud de sus asuntos no le detenía nunca, no se dejaba asustar por las dificultades, y los contratiempos no quebraban la calma de su alma. Jamás se vio hombre más pacífico, inferior más sumiso, cohermano más amable.

Superior excelente, siempre estaba contento de los súbditos que le daban, si bien los había quienes algunas veces habrían cansado la paciencia de cualquier otro superior; pero él los soportaba. Los reprendía con caridad, ya que no era hombre que dejara crecer los defectos por una floja condescendencia; no obstante entregaba estas correcciones tan dulces y tan amables  que terminaba de ordinario por ganar a Dios y devolver al buen camino a los que la fragilidad humana o caprichos los habían alejado. Tenía costumbre de no advertir a los superiores mayores más que después de emplear todos los medios posibles, y nunca pedía verse libre de la carga de nadie, excepto cuando veía que era necesario para la salvación de sus inferiores mismos o para la reputación de la Congregación; en estos dos casos tan solo, y siempre sin urgencias y sin quejarse, provocaba un cambio de casa. No se consideraba nunca como sobrecargado de súbditos, aunque a veces  muchos fueran inútiles para las funciones del Instituto. Sufría tranquilamente los efectos de la pobreza después de exponer a quien competía las necesidades de la comunidad. No escribió nunca al visitador una sola palabra que pudiera contristarle o manifestarle el menor disgusto por las órdenes que había recibido.

Amaba por encima de todo el bien común y proporcionaba de buena gana y grado todo lo que se le reclamaba de San Lázaro o para la casa de Cahors. Para aliviar a las demás casas soportaba bien las más altas tasas, sea para los gastos de las Asambleas generales, sea para el mantenimiento del seminario interno y de los estudiantes. La facilidad y la puntualidad que ponía en ejercitarse de esa manera causaban un mayor consuelo a los superiores mayores que si las rentas hubieran sido más fuertes y dadas a desgana y con retraso. Jamás se excusó de venir en ayuda de las casas arruinadas, bien por incendio, bien por alguna otra desgracia; además suministraba también  a muchos misioneros el medio de aliviar a sus padres pobres procurándoles honorarios de misas más elevados que los de las diócesis en las cuales se recibían.

Las virtudes que componen el espíritu  de la profesión brillaban verdaderamente en él. Nunca se le ha visto buscar para sí el menor provecho ni alivio.

Una vez, aunque se encontrara todo extenuado por una enfermedad grave que acababa de pasar, quiso, sin embargo, acudir a la Asamblea provincial. Experimentó en esta ocasión un gran consuelo al encontrarse con muchos cohermanos y volviendo a ver la primera casa que había habitado con buen número de seminaristas y de estudiantes, a todos en un bello orden. No podía por menos de expresar en el exterior  la alegría de la que sobreabundaba su corazón y se presentaba en recreo con un alborozo notable. El Visitador, sin embargo, al verle tan debilitado por la edad y por la enfermedad no le creyó capaz de rehacer el fatigoso viaje de Buglose; le rogó pues que se quedara algún tiempo, en su región por donde debía pasar por necesidad, a fin de que el aire natal pudiera devolverle unas pocas fuerzas . El Sr. Mauriol se resignó con pena a seguir este consejo y, después de restablecerse un poco en su casa, reemprendió el camino de Buglose. Pero a partir de ese momento, se encontró en un continuo estado de languidez y se hubiera dicho que no había vuelto a Cahors más que para dar su último adiós a la Provincia.

» loro su muerte, decía el Visitador, afligido en extremo,  ya que era hombre de buen consejo y de buen corazón que auxiliaba a todo el mundo incluso a sus expensas, y tenía en nada el cansancio cuando debía servir para ayudar al prójimo «.

Murió con los sentimientos de la más tierna devoción, hacia la santísima Virgen, devoción que había tratado siempre de inspirar a los demás. La mostraba sobre todo cuando tenía la ocasión de hablar de las prerrogativas de la madre de Dios, y se veía bien entonces cuáles eran las disposiciones de su corazón. Tenía también una gran devoción hacia san Vicente y bastaba con oírle hablar para sentirse enternecido. Contribuyó con mucho a los gastos de su canonización, y como probablemente se halla en su compañía después de trabajar tanto en imitarle en sus virtudes, no es de dudar que no sea un poderoso intercesor al lado de ese santo para la Compañía, entera. Notices manuscrites. Véase también: Pémartin, San Vicente de Paúl en sus relaciones con Gascuña, y Roset, Noticias bibliográficas  sobre los escritores de la Congregación de la Misión, p. 186. Sr. Rosset dice que el Sr. Mauriol nació en Gindou, diócesis de Cahors, y murió en Boulogne. Menciona la obra publicada por el Sr. Mauriol bajo este título Historia de la capilla y de los milagros de Nuestra Señora de Buglose (Burdeos, 1726). Después de la muerte del autor, ha aparecido una nueva edición, aumentada (Pau, 1779).

Como homenaje a la memoria del Sr. Mauriol, citaremos, de la primera edición de su libro, su descripción de la capilla y de la misión de Buglose por la que tanto y tan fructuosamente ha trabajado:

» La santa capilla de Buglose está en la parroquia de Poy (Pouy), sobre Acqs (Dax), en el extremo de las landas de Burdeos, a tres cuartos de legua de la iglesia parroquial, y a una legua y media de la ciudad de Dax. Está colocada en una especie de soledad encantadora, acompañada de un pequeño bosque, donde el silencio solo se interrumpe por el concurso de las procesiones  y de los peregrinos que abundan de todas partes. Al acercarnos a este santo lugar, sentimos un movimiento de devoción tan tierno, que se ve uno obligado a decir: » Aquí está la casa de Dios y la puerta del cielo «.

La capilla es grande, bien iluminada y adornada con diversas pinturas. Aparte de la nave del medio, hay dos naves laterales, con dos capillas salientes. Sobre el altar mayor, que se presenta lo primero al entrar, se ve la imagen milagrosa de Nuestra Señora de Buglose, el objeto de veneración de los fieles. Esta imagen es una estatua de una piedra muy fina, trabajada a mano maestra, y de una belleza exquisita, Mide algo más de tres pies, sentada en un sillón, tiene al niño Jesús en los brazos y parece que lo muestra y lo presenta a todos los que van a rendirle sus homenajes en este santo lugar.

En torno al altar mayor, se ve, de un lado y del otro, varios presentes de plata y de cera y diversos cuadros, monumentos de gratitud de los que  allí han recibido gracias por la poderosa intercesión de la santísima Madre de Dios.

En los alrededores de la iglesia, hay varias casas para alojar a los peregrinos.

La capilla de Buglose está atendida por los sacerdotes de la Misión. Su Congregación debe su institución al venerable  siervo de Dios, Vicente de Paúl.

Este santo sacerdote era de la parroquia de Pouy, en la que la capilla de Buglose está situada, y es lo que ha dado lugar al establecimiento de los sacerdotes dela Misión en Buglose. Fueron llamados el año 1706 por Mons. Bernard d’Abadie, obispo de Dax, y por el Sr. Salvar de Bethbeder, sacerdote de una eminente virtud, el cual con un perfecto desinterés, dimitió en su favor de la parroquia de Pouy y de la cualidad de director de la capilla de Nuestra Señora de Buglose, de la que se había provisto hacía unos años, y cuyos deberes cumplía con  mucho celo y perfección ; en lo que hizo ver  que era verdaderamente heredero de las virtudes  del ilustre Sr. Saint-Martin, canónigo de Dax, su tío abuelo que era íntimo amigo del Sr. Vicente, y de quien se ha hablado a menudo  en la vida de este gran siervo de Dios, escrita por el Sr. Abelly, obispo de Rodez.

Tal es el santo lugar de Buglose. Es en esta deliciosa soledad donde, siguiendo la expresión de un profeta, » Dios habla  con frecuencia al corazón» de un gran número de peregrinos, inspirándoles el deseo de una perfecta conversión. Y es también en este santo lugar donde Dios opera tantas maravillas a favor de un número prodigioso de personas de todas condiciones, que se ven llegar cada día de todas partes, a fin de implorar el socorro  de la gloriosa virgen María, que aquí es honrada especialmente, y recibe con bondad los votos y las oraciones de los fieles».

 

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