M. Berthe (1622-1694?). Primera parte

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices II.

1.- (1622-1654). Naissance, entrée à Saint-Lazare, vœux. — . M. Berthe supérieur aux Bons-Enfants (1649). — Il est établi l’intendant de la Charité en Picardie et en Champagne (1651). — Premier voyage à Rome. — Lettres qu’il reçoit de saint Vincent au sujet de l’approbation à obtenir de nos vœux. — Il est nommé supérieur de la maison de Rome. — Nouvelles lettres de saint Vincent sur divers sujets. — Missions de Rome en 1653. — Projet d’achat d’une maison à Rome pour les missionnaires. — Missions de 1654. — Offre d’un établissement eu Piémont. — Charité de M. Berthe envers un confrère sorti de la Compagnie.


Estimated Reading Time:

Biografias PaúlesThomas Berthe nació en 1622, en Dionchery, pequeña ciudad fuerte de la diócesis de Reims, a una legua y media de Sedan, hacia el Occidente, sobre la orilla derecha del Meuse.

No poseemos sobre él el menor detalle biográfico antes de su entrada en San Lázaro, que tuvo lugar el 26 de noviembre de 1640. Cinco años después, el 8 diciembre de 1645, era admitido a pronunciar los santos votos. En 1649, sucedía al Sr. Cuissot, en la dirección del seminario de los Bons-Enfants. En 1651, el Sr. Berthe fue reemplazado en los Bons-Enfants por el Sr. Guillaume Cornuel, y debió dedicarse por completo al alivio de Picardía: «No fue hasta1660, dice el Sr. abate Maynard, cuando Vicente envió a Picardía sus primeros socorros y sus primeros agentes. Pero hacía quince años ya que esta provincia y todos los países limítrofes eran presa de los males cuya tardía revelación nos encontraría incrédulos, si no estuvieran atestiguados por los documentos más auténticos. Es suficiente, para convencerse leer el informe este mismo año de 1651 por los misioneros encargados por san Vicente de subvenir a las necesidades de este provincia desolada: «En todas las fronteras de Picardía, que los misioneros no habían podido hasta entonces más que recorrer rápidamente se dirigieron conboys de mulos cargados de víveres para los hambrientos, de ornamentos para las iglesias, de víveres y mantas para los enfermos. Si bien todos eran llamados a tomar parte en este abastecimiento, todos, ay, no pudieron ser elegidos. No obstante, por todas partes estalló un concierto de alabanzas y de agradecimientos. No se puede decir, escribían los misioneros, qué estallido produce eso en nuestras fronteras, que no se habla de otra cosa, y aquellos de nuestros pobres que se curan, a quienes hemos comprado algunos útiles  con este socorro lanzan gritos al cielo por sus bienhechores. Ha habido tantos que en el único pueblo de Guisa, de quinientos enfermos que teníamos, hay trescientos curados, a quienes hemos comprado herramientas para que se ganen la vida, según la costumbre de su vocación. Pero el gasto no disminuía por eso en esta parte, porque los misioneros habían transportado en treinta y cinco pueblos del decanato de Guisa los socorros que la curación de los enfermos  de la ciudad ponía a su disposición. Allí, en efecto habían encontrado  a más de seiscientas personas reducidas a tal miseria, que habiéndose comido los pocos granos de su cosecha, se lanzaban sobra los esqueletos de perros y de caballos, restos del encarne de los lobos. Recorrían todos estos pueblos con un pequeño caballo siempre cargado de víveres, y mientras que los hermanos distribuían esta limosna, cuidaban, vendaban a los enfermos, confesaban a todos los desdichados. La misma conducta en los alrededores de Laon donde, algunos días antes, tres pobres del campo habían aparecido muertos en el pavés«.1

«Se advierte, dice también el abate Maynard, en una carta dirigida a san Vicente por el magistrado de Reims, la mención de un misionero, constituido por él intendente o inspector general de la empresa caritativa. En efecto, Aparte de los misioneros distribuidos en las diferentes diócesis, Vicente había señalado rápidamente a otro, lleno de tanta inteligencia como de celo, a quien había confiado autoridad sobre sus cohermanos, con la dirección de la obra. Era su ojo y su brazo propio, su ministro en el departamento de la caridad extranjera. Este sacerdote tenía misión de recorrer incesantemente las dos provincias (Picardía y Champaña) para reconocer los puestos que debían ser ocupados, el varadero estado de los pobres; para dirigir y velar el modo de Actuar de los misioneros y buscarles suplentes entre las personas caritativas en todos los lugares donde no podían establecerse; para normalizar el gasto, aumentarlo o disminuirlo en la proporción del número y de la necesidad de los pobres y de los enfermos. De todo ello daba cuenta a san Vicente, y éste, a su vez, informaba a las Damas de la Caridad, en la asamblea que se celebraba cada semana, por la necesidad de la Obra de las provincias«.2

El súbito desplazamiento del Sr. Berthe, que no llevaba más que un año o dos de superior de los Bons-Enfants, y el caso que san Vicente hizo luego de su sabiduría y de su alta experiencia nos inducen a creer que el retrato trazado aquí por el sabio historiador de nuestro bienaventurado Padre no es otro que el del celoso misionero cuya vida resumimos aquí. Más tarde, en 1656 cuando se trate de enviar al Sr. Berthe a una misión extraordinaria, al Líbano, san Vicente, cómo es propio de esta obra, llamará  como testimonio los elogios que de él hicieron las Damas de la Caridad, sobre su conducta en Picardía y en Champaña. Por lo demás, la carta siguiente, escrita por san Vicente al Sr. Bert, en Laon, el mes de octubre de 1652, no serviría de poco para confirmar esta conjetura, que equivale para nosotros a una certeza:

Paris, 19 octubre 1652.

«Monsieur,

Sigo sintiendo pena por el estado en que os encontráis, deseo tanto, si es del agrado de Dios, que ya os hayáis recobrado del todo. Os ruego no obstante que no os deis prisa por actuar, sino que tengáis mucho cuidado de restableceros. Todavía no he recibido vuestra carta, que debía recibir ayer; dicen que el ordinario no ha llegado; he enviado cuatro veces. Cuando os sintáis con bastantes fuerzas para venir, podéis hacerlo.

La asamblea continuará la asistencia de los párrocos pobres y dará al mes los cien escudos que ha dado hasta hoy: disponed a alguna persona de ahí para recibirlos y distribuirlos fielmente, sea Mons. de Jérancourt o a algún otro, con tal que sea caritativo y desinteresado. Darán también para Sedan lo que es de costumbre hacer; dad orden que el Sr. Coglée lo reciba en el ordinario. No sé si son cien francos al mes; os ruego que me lo digáis. Las cebadas se podrán aplicar pues todas a los pobres enfermos. Os abrazo cordialmente, y soy en el amor de Nuestro Señor, etc.

Dos meses antes, escribiendo san Vicente al Sr. Blatiron, superior en Génova, le había informado ya del triste estado de la salud del Sr. Berthe, y en el mes de enero de este mismo año 1652, había anunciado al Sr. Lambert, superior en Varsovia, que el Sr. Berthe partiría sin falta para Roma. Fue hacia mediados de abril cuando el Sr. Berthe llegó a Roma, adonde venía a ocupar el puesto del Sr. d’Horgny, quien debía a su vez reemplazarle en los Bons-Enfants, después del Sr. Cornuel. Ésta es la carta de san Vicente, que recibió nada más llegar a Roma, a propósito de las negociaciones para la aprobación de nuestros votos:

«25 abril 1653.

Monsieur,

«Doy gracias a Dios por vuestra feliz llegada a Roma, y le pido que os conserve  como lo ha hecho en el viaje y bendiga vuestros trabajos como de los más importantes que se puedan emprender por la Compañía, pues se trata de su consolidación. Haréis bien comenzando por las siete iglesias para pedir a Dios el éxito de este asunto y luego consultar a alguna persona que tenga gran experiencia y sea hábil para hacerla salir a flote. Pienso que también estaría bien que hablarais con Mons. Massary, que nos honra con su benevolencia, para que os coloque con su influencia  bajo la protección de la Sagrada Congregación y. con el fin de hacerles comprender que nuestros empleos son tan diversos, tan trabajosos y extensos, y que, por consiguiente, disipan, rechazan y exponen a tantos encuentros a los que se los asignan, que es difícil que perseveren si no hay algún lazo en la Compañía que los retenga. Y nos pasaría como les pasó a otras congregaciones en que los individuos no tenían ninguna obligación a la obediencia, y se marchaban cuando querían y cuando el superior quería disponer de algunos para enviarlos lejos o cerca por la gloria de Dios, no conseguía nada, no teniendo derecho a hacerse obedecer: de manera que si los misioneros eran libres  de hacer o no hacer el bien [252] que se propusiera, de ir o quedarse donde tuvieran más inclinación, y de dejarlo todo según su primera fantasía , es casi imposible mantenernos y continuar los bienes comenzados (mucho menos emprender otros), dado que muchos son tan ligeros que lo que les guste hoy mañana ya se habrán cansado. Tal vez que la Sagrada Congregación estando bien informada de la necesidad de nuestros votos, por los inconvenientes que surgirían por no hacerlos, nos hará la gracia de acudir al Santo Padre para obtenernos lo que pedimos, pues estamos dedicados a su servicio de forma muy particular.

«Debéis sin embargo tener cuidado de no poner en duda, en las memorias y la réplica que presentaréis, el permiso que tenemos de hacer dichos votos; pero suponiendo la costumbre en que estamos de hacerlos, exponed (como hicieron en otro tiempo algunos sacerdotes de Roma, que se erigieron en Congregación y que hacían voto de estabilidad) que muchos, después de pasar algún tiempo en ella, se aburren, o son persuadidos por los padres a salir o, con algún otro pretexto, hacen que se les dispensen sus votos por el ordinario, y Así abandonan con facilidad su empresa, por lo que la Congregación recibe un notable perjuicio en sus funciones. Por eso ella suplica muy humildemente a nuestro Santo Padre que declare dichos votos indispensables a cualquiera otro que a Su Santidad y al Superior general de la Compañía; declarar prohibido a Nuestros Señores los obispos dispensar de ellos en lo futuro a ningún súbdito de ella, y a los que los han hecho ya o los hagan de aquí en adelante, dirigirse a ellos para lo mismo, ni a otro que tenga poder de dispensar votos; lo que fue otorgado a los susodichos sacerdotes. Ya buscaré la bula y os la enviaré. Espero también que, con la gracia de Dios, logréis un final parecido de vuestra misión. Sé que en Roma se siente cierta aversión al estado religioso, y que la idea que se tendrá de que queremos pasar a este estado será un impedimento a nuestro plan; pero podréis asegurar de lo contrario (siendo nuestros votos simples y no de religión), y que la regla que hemos hecho para ello( y que Mons. el arzobispo ha confirmado, según la facultad que tiene de la Santa Sede de aprobar nuestras reglas) establece expresamente que nosotros no intentamos separarnos del clero ni entrar en el estado religioso. Diréis que hemos perdido este año a cinco o seis personas de la Compañía, siguiendo el parecer de algún malintencionado que les dijo que nuestros votos son nulos, y mientras los creyeron buenos, perseveraron, tan verdad es que nuestra ligereza natural es grande, cuando no tenemos ningún lazo que retenga. En cuanto a mí, yo no tendré ninguno que me impida, mediante la gracia de Nuestro Señor, ser por completo, como lo soy en su amor, etc.».

El Sr. d`Horgny habiendo salido de Roma en el curso del año 1653, el Sr. Berthe fue superior en su lugar. Ésta es la carta que recibió en tal calidad:

«18 julio 1653.

«Monsieur,

«Vos nos habéis visto aquí oír las confesiones en sobrepelliz, lo que hacemos también en las misiones del campo y en la casa. Bueno pues, me entero que nuestra familia de Roma no tiene esta costumbre, aunque nuestros señores los prelados lo hayan ordenado así. Decidle pues de mi parte que la ruego que se someta, y cuantos se cuidan de la casa y de las misiones que pongan mano firme».

El 10 de octubre siguiente, una nueva carta de san Vicente, dirigida al superior de la casa de Roma, autorizaba, exponiendo los motivos de la autorización, al Sr. Jolly a aceptar el dominio del Espíritu Santo de Toul, con la intención de resignar este beneficio y de unirle a la Congregación.

Una carta de 31 del mismo mes anunciaba al Sr. Blatiron, superior de Génova, que el Sr. Berthe iba a ser encargado de reivindicar, para nosotros solos, en la corte de Roma, el título de misioneros y expresaba el dolor de que no tuviésemos casa en Lyon donde residían los sacerdotes que querían llamarse con el mismo nombre que nosotros. Veremos bien pronto que estaba reservado al Sr. Berthe contribuir en gran parte a la fundación de la casa deseada.

La carta que san Vicente dirigía el 9/ de noviembre de 1653 al magistrado de Valençay, embajador del rey de Francia a Roma, parece hacer alusión a la reivindicación del título de misionero:

«Monseigneur,

«Acompaño la inclusa que el rey os escribe para recomendarnos a vuestra protección; confieso, Monseñor, que nos equivocaríamos recurriendo a este recomendación si no fuera para daros un pretexto de hablar más a menudo de nuestros pequeños asuntos en Su Santidad y para apremiarla; pues vuestra caridad, Monseñor, es tan grande con nosotros, y nos lo ha probado  en todas las ocasiones, que nos parece que vuestra bondad recibe nuestros pequeños intereses con tal calor como si fueran los suyos. Oh Monseñor, cómo obliga a esta pequeña compañía, y a mí en particular, a pedir a Dios por vos para que santifique más y más vuestra querida alma y bendiga sus conductas para el bien de su Iglesia y de este Estado. El Sr. Berthe, que cumple ahora el cargo de Superior de nuestra pequeña familia, os presentará el asunto presente que debemos negociar ante Su Santidad para el bien de nuestra pequeña Compañía; y yo, Monseñor, os repito las ofertas de mi obediencia perpetua, que soy en el amor de nuestro Señor, vuestro…»

El 22 de noviembre el Sr. Berthe recibía la carta siguiente:

«Monsieur,

«No dudo que sepáis muy bien cuánto importa que los que dirigen no hagan nada  de importancia sino de mutuo acuerdo; alabo a Dios porque veo que estáis ya en esta práctica, pulsando el parecer de dos o tres cuando se presentan asuntos que requieren esta circunspección. Después de recibida vuestra carta, he consultado a dos o tres de nuestros superiores para que hagan lo mismo y renovaré esta orden en todas partes, ya que todos los días experimento su necesidad».

» Fue en el transcurso de este año de 1653, cuando el Sr. Legendre se dirigió al  principio de la cuaresma a Todi, ciudad episcopal de la Umbria, donde su celo se vio coronado por Dios de tal manera que no encontraba tiempo para satisfacer a los que pedían ser escuchados en confesión, aunque se pasara el día entero en el santo tribunal. Además una vez concluida su atención al pobre pueblo, se entrega de lleno a la santificación de algunos castillos dependientes de la ciudad de Todi donde se derramaban las mismas bendiciones sobre su santo ministerio.

De Todi se fue a la diócesis de Sabina donde trabajó en Cotto-Vecchio. En estas regiones las poblaciones venían incluso los días festivos de tres y cuatro millas de distancia para escuchar las predicaciones, y el día de la comunión general toda la población de las regiones circunvecinas se dirigía en procesión al lugar donde se celebraba la misión. Con la fecha de este año se lee en Collet: «Fue por las órdenes del cardenal Brancaccio, obispo de Viterbo, como los sacerdotes de la Misión trabajaron en su diócesis. Comenzaron por un pueblo grande que está a dos jornadas de Roma donde, a pesar de las dificultades que les habían puesto, oyeron mil setecientas confesiones generales que se hicieron que se hicieron con grandes muestras de dolor y de penitencia».

El día que se había señalado para la comunión de un número bastante alto de personas del que se sentían satisfechos, el predicador al final del discurso con el que quería preparar al pueblo a esta grande acción, prohibió de parte de Dios a quienquiera que fuese que se acercara a la santa mesa, sin reconciliarse con sus enemigos. Esta orden comunicada de una manera viva y apremiante produjo un efecto totalmente extraordinario. A los odios violentos, que toda la energía de los misioneros no habían podido calmar, sucedieron reconciliaciones con las que no se contaba. Cada día se realizaban acuerdos entre familias divididas hasta el furor. Se pedían perdón unos a otros en las casas, en las calles, y con más entusiasmo aun en la iglesia, para tener más testigos de su dolor y de su arrepentimiento. Casi lo mismo sucedió con el pago de las viejas deudas y  la restitución de los bienes mal adquiridos; que la injusticia fuera secreta o no, se reparaba públicamente y se sacrificaba la reputación a la justicia.

Es en 1653 también cuando el Sr. Legendre, ayudado de algunos compañeros, comenzó su campaña apostólica en Torri, en la diócesis de Sabina. La Misión fue singularmente bendecida por Dios, como lo probaron las restituciones, los acuerdos, el cese de las enemistades, protestadas solemnemente. De Torri se dirigió a Tarano, luego a Ciciguano, tierra de la diócesis de Civita-Castellano, y todas estas misiones fueron fecundadas en frutos de restituciones, de paz y de conversiones cumplidas con gran publicidad. Después de la última misión, se debieron retirar a Roma porque durante la cuaresma todos los púlpitos estaban ocupados por predicadores especiales. Pero llegados a Roma estuvieron lejos de dejar descansar a su celo: la princesa de Solmona les confió limosnas para distribuirlas a sus súbditos de la Sabina. Partieron pues al punto para Ginestra donde durante siete días confesaron a cien personas. De allá se fueron a Montorio, luego a Netassio, Vivaro, Scarpa, Pocili, Moreiconi y por último a Starzano, donde confesaron en poco más de un mes a 1400 personas.

Veamos lo que escribía sobre esto san Vicente al Sr. Barthe, el 2 de enero de 1654:

«La oferta que me hacéis de vuestro corazón, se la he hecho yo a Dios y le he pedido que junte uno y otro en el de Nuestro Señor. Alabo a Dios por las piedad de esta buena princesa que se cuidad de la salud y de la buena alimentación de los pobres habitantes de sus tierras, como también del afecto de que da muestras hacia la Compañía. Me satisface que le hayáis concedido un sacerdote para visitarlos y distribuirles sus limosnas, y que el Sr. Legendre se haya encontrado en lugar y estado de hacerlo lo antes posible; quiera Dios que se recupere para su mayor gloria, y según las intenciones de esta buena dama. Es un motivo de consuelo para nosotros que parezca que Nuestro Señor quiera aplicar en todas partes a la Compañía al servicio de alivio de los más pobres.

«El Sr. d’Horgny ha llegado aquí hace dos día y con buena salud, gracias a Dios; le he entregado vuestra carta, pero él no puede contestaros hoy; será por el correo ordinario próximo.

«Yo le he hablado de las dos casas cuya compra habéis propuesto; no piensa sin embargo que tratéis de la granja, y os ruego que no lo hagáis. No se inclina tampoco y tomar la casa en la que residís, ya que es demasiado cerrada en sus edificaciones y situada en un lugar en el que no nos podemos oír, lo que es de tener en cuenta en una comunidad. El aire allí no obstante es excelente, y si no veis otra cosa mejor en otra parte, pienso que haréis bien en quedaros ahí, en saber con precisión lo que se quiere tener finalmente, y en concluir la cosa si veis seguridad y que el precio sea razonable. Calculad de seis a siete mil libras que debemos recibir estos días, para ayudaros a hacer esta adquisición, y decidme si las encontraréis por ahí, y a cuánto el cambio. No os escribí la semana pasada, porque estaba en misión a tres leguas de París, donde he pasado las fiestas.

«El Sr. d`Horgny va a trabajar el asunto del hermano Levasseur  según su carta, y el primer día os escribirá».

El 5 de junio de 1654, san Vicente consuela al Sr. Berthe porque la casa que habitan los misioneros en Roma no ha podido serles vendida como consecuencia de la negativa del propietario. Le informa que la reina de Polonia, enterada de los bienes que se habían hecho en la misión de Roma, ha quedado muy impresionada y le apuesta a esperar que Nuestro Señor proveerá al establecimiento de la Compañía en la Ciudad santa.

El 19 del mismo mes, san Vicente le escribió otra vez:

«Monsieur,

«Me alegro que hayáis puesto el relato de Túnez en estado de ser presentado a la Sagrada Congregación  y que Nuestros Srs. los cardenales hayan quedado satisfechos por lo que doy gracias a Dios y a vos, Señor, que habéis tomado parte en este trabajo.

Las cartas de Mons. el obispo de Sarzina y del Sr. Vincenzo Greco que me habéis enviado me han dado gozo y confianza. No puedo contestarlas ahora, porque habiendo pasado tres días en los campos, he encontrado muchos asuntos a mi regreso, que me quitan el medio de cumplir este deber; será en otra ocasión.

En cuanto a la casa del Hibernois que se vende, no hay que pensar en comprarla, por lo que me han dicho los Srs. d’Horgny y Alméras, por las razones que podéis saber; hay que esperar una ocasión mejor».

Acabamos de oír hablar a san Vicente de las cartas de Mons. el obispo de Sarzina, que le han causado a la vez gozo y confusión. Es que en efecto hacia finales del mes de abril  de este mismo año 1654, los misioneros de Roma fueron invitados a  e ejercitar su celo en Sarzina en la diócesis de Umbría a petición de Mons. Beghini, obispo de esta ciudad, que hacía dos años ya que solicitaba la misión. La primera pues que se dio en esta diócesis fue la de Sarzina misma, pequeña ciudad episcopal. La comunión general que no fue precedida más que de diez días de ejercicios preparatorios contaba más de 1600 personas, tan grande había sido  la edificación del ejemplo dado por  el clero que había asistido a todos los ejercicios teniendo a la cabeza a Mons. Beghini en persona, que presidía todas las predicaciones  y le gustaban sobremanera. De Sarzina los misioneros pasaron a San Damián, donde los sollozos de los oyentes impidieron al predicador hacerse entender y donde la comunión general fue universal y llena de fervor. De San Damián se fueron a Bontagnano, Monte-Sarbo y Banchio, adonde los pueblos llegaban de cuatro y de cinco millas de distancia para asistir a los ejercicios. A pesar de las montañas escarpadas y difíciles de atravesar, los misioneros se dirigieron también de Banchio a Bivoschio, Monte-Brialo, le Baizi y por último a Vargaretto, y en todas partes se recogieron abundantes frutos de vida eterna procurados por el celo de estos excelentes misioneros y la entrega toda paternal del venerable pastor, Mons. Bighini.

Después de sus trabajos en Sarzina los misioneros entraron en Roma, pero no fue por mucho tiempo, ya que el mes de octubre del mismo año, abordaron de nuevo la Sabina, donde Foglia, Zianello, Cotonello y Castiglione fueron los afortunados testigos de su fatigas y de los éxitos proporcionados a sus sufrimientos y a su dedicación.

Y no es ciertamente porque no hayan encontrado muchas dificultades por la parte misma en que había que esperar más bien entusiasmo y ayuda. Baste para convencerse con leer el extracto siguiente de una carta citada por Abelly hacia el año 1654:

«Aunque en un principio los párrocos de aquellos lugares nos tuvieran por espías y nos hubiesen hecho pasar al espíritu de los pueblos por gente sospechosa, viendo sin embargo la sencillez de nuestro proceder, el honor que nosotros les inspirábamos, el estilo que manteníamos en nuestras misiones, y principalmente que nosotros estábamos in interés, se han mantenido fieles a nosotros y puedo decir que nos hemos llevado sus corazones, de lo que todos ellos han dado testimonio con lágrimas.

«No puedo omitir algo sucedido en un lugar cercano, donde había un sacerdote muy vicioso, en su vida, que gloriaba de no haber venido a ninguna de nuestras predicaciones, y poco después sucedió, por un justo castigo de Dios, que fue murto miserablemente, en el mismo lugar en que había dicho esta fanfarronada, por otro sacerdote malo que me había dado hermosas palabras para hacerme creer que quería cambiar de vida, pero sin ningún efecto». La oferta de un establecimiento en Piemont habiendo sido comunicada por el Sr. Berthe a san Vicente, esta es la respuesta que recibió el 3 de julio de 1654 el superior de Roma: «Nos vemos obligados a este buen eclesiástico del Piemont por el deseo que muestra de que nuestra Compañía se establezca en Turín; tal vez eso quiere decir que nosotros mismos pedíamos la casa abandonada de la que ya os he hablado; pero no lo haremos, teniendo por máxima, como sabéis, no introducirnos nunca en un lugar, si no somos llamados. Digamos que lo deberíamos hacer en esta ocasión, porque sería una puerta abierta para más gloria de Dios en aquel país, debemos estimar lo contrario y esperar que Dios sea más honrado por nuestra sumisión a la Providencia esperando sus órdenes que si intentáramos adelantarnos a ellas».

Bajo un superior tan bueno, la casa de Roma no podía por menos que prosperar. Los servicios que prestaba bajo la dirección del Sr. Berthe a la gloria de Dios y a la pequeña Compañía son innumerables y san Vicente en cada una de sus cartas no deja de agradecérselo.

En su carta del 16 de agosto de 1654, añade:

«Oh Señor qué consuelo siento por la paz y la unión que me decís que reinan en vuestra querida familia, y que he pedido a Dios de todo corazón que la conserve y perfecciones cada vez más. Yo la saludo prosternado en espíritu a sus pies y a los vuestros».

«Nuestro Señor ha traído a la Compañía al Sr. Chardon que se había salido, escribe también san Vicente, el 18 de septiembre, y el Sr. Berthe que le ha recibido en Roma me escribe que le debe enviar a Génova donde podrá ocupar el lugar  del buen Sr. Martin que se vuelve a Francia para ir a dirigir nuestra casa de Sedan».

  1. Maynard, Vida de san Vicente, tomo IV, p. 162.
  2. t. IV, p. 168

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *