Luisa de Marillac (09)

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1987 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Primera expansión de la Compañía (1636-1642)

OLYMPUS DIGITAL CAMERAA finales del año 1639, se prepara una nueva fundación de tipo diferente: desde An­gers han pedido Hijas de la Caridad para encargarse de atender a los enfermos hospi­talizados en el gran hospital de San Juan.

Angers

Ya hacía algún tiempo que la Señora Goussault venía rogando al Sr. Vicente que enviara Hijas de la Caridad al Hospital de Angers en el que reinaba un gran desorden. Murió el 20 de septiembre de 1639 sin ver realizado su deseo. Para negociar el envío de las Hermanas, los Concejales de Angers delegaron en el Vicario General, el Abad de Vaux, y éste fue quien consiguió la realización del proyecto de la Sra. Goussault.

Finalizaba el mes de noviembre cuando Luisa de Marillac sale de París con tres Hermanas; a Angers llega el 5 de diciembre, víspera de San Nicolás. La duración del viaje, sus dificultades, unidas al mal tiempo, han agravado la bronquitis que ya venía arrastrando antes de marchar. Luisa de Marillac cae enferma y tiene que empezar por cuidarse. El Abad de Vaux la recibe en su casa con mucha bondad y entre ambos van a establecerse unas relaciones llenas a la vez de respeto y de cordialidad. El Abad será para las Hermanas un consejero seguro y un director solícito.

Cuando las Hermanas llegan a Angers, la peste está haciendo estragos en el hos­pital; sin vacilación ni temor alguno, ponen manos a la obra y, a petición de Luisa de Marillac, que se da cuenta del enorme trabajo que recae sobre las Hermanas, el Sr. Vicente envía desde París a otras tres, que salen «la antevíspera de Navidad por la dili­gencia de Orleans».

La presencia de las Hermanas llega a trastornar la vida habitual del Hospital San Juan, en donde se daban muchos abusos. Los Administradores desean que se esta­blezca un contrato por escrito. Era cosa que no se había previsto pues el Sr. Vicente pensaba que un acuerdo verbal bastaría. A esta información de Luisa sigue una res­puesta de fecha 11 de enero de 1640:

«En vista de que esos señores quieren tratar por escrito, hágalo usted, in nomine Domini, y mande que hagan el contrato a su nombre como Directo­ra de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres enfermos de los hospita­les y parroquias, con el beneplácito del Superior General de la Congregación de los Sacerdotes de la Misión, director de dichas Hijas de la Caridad».

El Sr. Vicente sabe que la Compañía de las Hijas de la Caridad no goza de ningún reconocimiento legal, y por eso añade:

«Y si le piden el documento de erección de esta Institución, dígales que no tiene más que los poderes otorgados a dicho Superior General, Director de las Cofradías de la Caridad, como se hace en todas partes, especialmente en esa Diócesis: en Bourgneuf, en tierras de la Sra. Goussault, según creo, aunque no estoy muy seguro (y) en Richelieu, diócesis de Poitiers».

Esta respuesta, un poco a estilo gascón, no debió de satisfacer plenamente a Luisa de Marillac, que gusta de lo concreto. Una vez más, siente los efectos de la prudente lentitud del Sr. Vicente, que no se decide todavía a pedir el reconocimiento oficial de la Pequeña Compañía. Es posible que esta demora tenga su explicación en el temor de ver asimilada la Compañía a una Orden o Congregación religiosa.

Ya sea debido a la irregularidad de los correos, ya a que Luisa de Marillac haya in­sistido en el asunto, en otras dos cartas —de 17 y 22 de enero— el Sr. Vicente toca de nuevo este problema. El 28 de enero repite:

«Ya le he dicho mi opinión sobre las cláusulas que tiene que estipular y so­bre la calidad en que debe usted hacerlo».

Humildemente sometida a su Director, Luisa de Marillac firma, el 1º de febrero, el contrato establecido entre los Administradores y las Hijas de la Caridad.

Una vez de regreso a París, en el mes de marzo, Luisa de Marillac se ve de nuevo acaparada por su trabajo habitual: formación de las Hermanas, acogida dispensada a las nuevas, distribución del trabajo, recibimiento de los niños Expósitos en la Casa Madre (pues las Señoras acaban de tomar la decisión de encargarse de todos los Niños de la «Cuna»). Además, el Sr. Vicente la está esperando para reflexionar juntos sobre la «asistencia» que prestar a los condenados a Galeras.

Los condenados a galeras

Todos aquellos hombres, condenados como remeros de las Galeras Reales, antes de partir para Marsella, esperaban encerrados en la Torre de San Bernardo, cercana a la Iglesia de San Nicolás de «Chardonnet». Las condiciones de vida en que se halla­ban era inhumanas. En 1630, la Compañía del Santísimo Sacramento había tomado a su cargo el sueldo de cuatro guardianes suplementarios para permitir a los presos dar un paseo todos los días por el patio. En 1639, el Sr. Corneul deja un legado de 6.000 libras de renta para mejorar la suerte de aquellos pobres desgraciados.

Enviar Hijas de la Caridad junto a aquellos galeotes, aquellos criminales cargados de cadenas, ¿no era una locura? El Señor Vicente los ha visto de cerca y tiene com­pasión de ellos:

«Yo los he visto, a esos pobres hombres, tratados como animales…».

También Luisa los había visto cuando vivía en la feligresía de San Nicolás de «Chardonnet». La Cofradía de Señoras de esta Parroquia se había ocupado de ellos. Tanto para el Señor Vicente como para Luisa de Marillac, servir a los galeotes es hon­rar a Jesucristo. Con frecuencia repetirá Vicente a las Hermanas:

«¡Ah! Hermanas, ¡qué verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres… Id a ver a los pobres condenados a trabajos forzados, y en ellos encontraréis a Dios…».

Luisa está plenamente de acuerdo con Vicente de Paúl por lo que se refiere a este nuevo servicio, y prepara el reglamento para las Hermanas que habrán de llevarlo a cabo:

«Dado que el empleo con los galeotes es uno de los más difíciles y peligro­sos que tengan las Hermanas de la Caridad… las que hayan sido llamadas por Dios a este santo ejercicio… deben estimularse y tener gran confianza en Nuestro Señor, con el pensamiento de que, al asistir a estos pobres, le prestan un servicio que le es tanto o más agradable que si fuera hecho a su propia persona…».

Las Hermanas necesitan de prudencia, sencillez, paciencia… para desempeñar ese oficio. Bárbara Angiboust tiene una buena experiencia de ello cuando al servir la co­mida, ve por los suelos su puchero, el caldo, la carne. Mansamente, sin decir palabra, lo recoge todo.

«Sufría todo esto sin decir palabra… poniéndoles tan buena cara como si no le hubieran dicho ni hecho nada…», refiere una de sus compañeras.

Con el fin de evitar que se repitan tales escenas, Luisa de Marillac pedirá a las Señoras de la Caridad que vayan a visitar a los condenados a galeras a la hora en que las Hermanas les sirven las comidas. Por lo demás, se dedicará especial atención a estas Hermanas tan expuestas en su trabajo.

Sedan

La fundación de Sedan que solicitó la Sra. Duquesa de Bouillon, plantea algunas dificultades. El Sr. Vicente escribe:

«Se trata de una cristiandad nueva. El Sr. Duque y la Sra. Duquesa son ca­tólicos desde hace poco. Hace 90 años que la herejía estableció su trono en aquel Principado» (38).

El caso requiere que se envíe una Hermana de buena salud, firme en su vocación. La elección del Sr. Vicente recae en María Joly que está al servicio de los pobres en las parroquias de París desde 1632. Pero sacarla de la Parroquia de San Germán, en la que ahora trabaja, es asunto delicado. Hay que sustituirla por una Hermana tan competente como ella. Las negociaciones cuestan trabajo. Vicente de Paúl, que quie­re apresurar la partida, escribe a la Srta. Le G ras:

«… Me parece, Señorita, que no me he explicado bien en lo referente a la Hermana que hay que enviar a San Germán. Le escribí que aquellas Seño­ras piden a la que usted les quitó y envió a San Esteban. Le corresponde a usted ver si es posible enviársela, o bien a otra que tenga más o menos la misma experiencia».

Esta carta debió de conmover la gran sensibilidad de Luisa de Marillac, porque dos días después el 9 de febrero contesta:

«… tengo tan grabada en mi alma la determinación que me parece tomó us­ted de no enviar nunca sola a una Hermana, que juzgo necesario enviar a otra con ella (con María)».

Luisa propone enviar también a la buena Sor Clara, que sabe leer y podrá atender la escuela para las niñas pobres. Vicente aprueba la decisión, aunque manifiesta algu­na duda sobre la competencia de Clara:

«Apruebo su idea sobre la conveniencia de enviar a dos Hermanas, con tal que la segunda sepa llevar la escuela; cosa que dudo un poco…».

Como puede probarse, el tono de las cartas entre Vicente de Paúl y Luisa de Mari­Ilac va modificándose con el transcurso de los meses. Su colaboración en los años anteriores había puesto de relieve la gran diversidad entre sus dos personalidades. Esa desigualdad, esas diferencias se consideraban como complementarias… La lenta prudencia de Vicente se veía compensada por la viveza de Luisa; la severidad de ésta quedaba atenuada por la gran bondad de aquél. Pero poco a poco, esas diferencias se hacen más difíciles de aceptar en la práctica. La santidad de Vicente de Paúl como la de Luisa de Marillac van enraizadas en su humanidad. Se diría que, entre 1640 y 1642 sus relaciones padecen la ley de toda colaboración, de toda amistad. Este fenó­meno —llámase si se quiere «crisis»— va a ser fuente de mayor profundidad y de mayor crecimiento para ellos y para los demás.

Luisa de Marillac, cabeza muy organizada, hubiera querido que la Compañía de las Hijas de la Caridad fuese reconocida por la autoridad civil y por la eclesiástica. Hemos visto líneas más arriba su dificultad para firmar el contrato de Angers. Pues bien, este problema vuelve a presentarse a fines de 1541 cuando se trata de la compra de la nueva Casa Madre. En esta ocasión, es la Congregación de la Misión la que firma la escritura de compra.

La elección del emplazamiento de esta nueva Casa Madre es también origen de dificultades entre Vicente y Luisa. La casa de La Chapelle ha llegado a ser demasiado exigua. Luisa sigue en su deseo de acercarse a San Lázaro, y Vicente, por su parte, si­gue no estando de acuerdo. Se encuentra una casa disponible en La Villette, puebleci­to situado entre San Lázaro y La Chapelle. Vicente se la propone a Luisa y ésta la re­chaza. Se sigue buscando por otros lugares, pero i no es cosa fácil encontrar una casa de las dimensiones que se necesita!

Al cabo de algunos meses, el Sr. Vicente cede a la insistencia de Luisa y busca una casa en el arrabal de San Dionisio, feligresía de San Lorenzo y a proximidad del Priorato de San Lázaro. Luisa se recome de impaciencia; le parece que la cosa tarda demasiado.

En febrero de 1641, el Sr. Vicente se encuentra enfermo. Luisa deja ver su inquie­tud, ya que se continúa sin tener casa a la vista. Vicente le escribe una carta un tanto dura:

«La encuentro siempre con sentimientos un poco humanos en cuanto me ve usted enfermo, al pensar que se ha perdido todo si no se encuentra casa. iOh mujer de poca fe y de poca sumisión al ejemplo y a la conducta de Je­sucristo!… Para un puñado de mujeres que tan claramente ha suscitado y reunido su Providencia, le parece a usted que nos va a faltar!».

Después de mucho buscar, se encuentran dos casas contiguas, situadas frente por frente a San Lázaro, y se alquilan ambas a dos burgueses de París; después, en sep­tiembre de 1641, se hará la compra. Las Señoras de la Caridad participan en los ges­tos constituyendo una renta sobre un capital de 45.000 libras.

Son necesarias algunas reformas y reparaciones, pero el 29 de mayo las Herma­nas ocupan ya su nueva Casa Madre.

Luisa de Marillac querría que las Hijas de la Caridad avanzaran rápidamente en su formación y se impacienta de los pocos progresos conseguidos por Vicenta Auchy, joven procedente de Richelieu a la que el Sr. Vicente conoce muy bien. Vicente se ex­traña de tanta severidad:

«Es una joven muy buena que goza de excelente reputación en su tierra, que ha servido con constancia a su señora durante siete u ocho años. Esta bue­na mujer ha sentido tanto su ausencia, que es imposible de decir. Hay espí­ritus que no se ajustan de golpe a todas las pequeñas normas. El tiempo se encarga de ir remediando todo. Yo lo experimento de continuo entre noso­tros».

La misma invitación a la paciencia le dirige con relación a Juana Lepintre, que quiere llevar una cofia que no llevan las demás Hermanas:

«Le he dicho a Juana que no piense en llevar ese pañuelo como cofia cuan­do vaya a la iglesia. Me parece que habrá que tolerar por ahora ese capri­cho; ya se le quitará con el tiempo…».

Entre los dos Fundadores existe otra fuente de desacuerdo. El Sr. Vicente, desbor­dado de trabajo, promete siempre ir a casa de las Hermanas y el hecho es que no va. Veintiocho cartas, de marzo de 1640 a junio de 1642 —lo que equivale a una al mes —expresan o bien la promesa de ir: «Si puedo, iré mañana», o bien la excusa por no haber podido ir o haber olvidado la cita. En varias ocasiones, hay que «dar contraorden a las Hermanas», es decir, comunicarles que la conferencia anunciada no se cele­brará. Todo esto no resulta agradable para Luisa, tan organizada ella. Se requiere mucho tiempo para mandar a alguien que recorra toda la ciudad de París y avise a las hermanas que no acudan a la Casa; y supone pérdida de tiempo, que se les roba a los pobres.

Machaconamente, Luisa anota al principio de las Conferencias (que, a pesar de todo, el Sr. Vicente hace por aquella época) las palabras de excusa que éste pronun­cia o sus reflexiones personales.

El 16 de agosto de 1640, el Sr. Vicente muestra la prisa que tiene:

«Ha faltado poco para que no pudiese venir hoy, porque he tenido que ir a la ciudad muy lejos de aquí. Por eso dispongo de poco tiempo para habla ros…».

El 16 de agosto de 1641, un año después (y no hay otra conferencia entre esas dos fechas), Luisa destaca las excusas presentadas por el Sr. Vicente:

«Hace tiempo que debía haberos reunido, pero me lo han impedido espe­cialmente mi miseria y mis quehaceres. Además, hijas mías, espero que la bondad de Dios habrá suplido ella misma todo lo que yo os debo».

Del mismo modo, al comienzo de la conferencia del 9 de marzo de 1642, escribe:

«El Sr. Vicente no pudo, por algún asunto urgente, estar al comienzo de la conferencia… El Sr. Portail empezó…».

Y cuando llega el Sr. Vicente, anota la hora: las 5. La conferencia había empezado a eso de las 2…

El 16 de marzo siguiente, parece que con cierta ironía, Luisa apunta:

«El Sr. Vicente nos hizo el honor de estar presente desde el comienzo».

Estas expresiones no las encontramos más que en las conferencias que van de marzo de 1640 a marzo de 1642.

Las cartas del Sr. Vicente en las que se excusa y pide disculpas por no haber ido a dar la conferencia, muestran que daba la preferencia a las Señoras de la Caridad, al Ar­zobispo de París, a los Ordenandos, a la Reina. Las Hijas de la Caridad quedaban siem­pre en segundo lugar. ¿Es acaso su primera educación la que le lleva a dar siempre el primer lugar a las Señoras por delante de las Hermanas? A Luisa le cuesta trabajo aceptar esto, y con la libertad que le da su propia formación, escribe al Sr. Vicente:

«Le ruego humildemente nos haga la caridad que su bondad nos ha hecho esperar y de la que estamos tan necesitadas (se trata de una conferencia prometida)… No dejarán de presentarse siempre las ocasiones que se lo han impedido; a no ser que nos haga usted el honor de no esperarlas. Perdóneme esta libertad».

A los ojos de Luisa, las Hermanas han de ser tratadas con el mismo honor que las Señoras y que la Reina.

Durante aquellos años 1 640-1 642 y a pesar de las dificultades en la relación que acabamos de señalar, la vida de la Pequeña Compañía sigue su curso: se envían Her­manas a Fontenay-aux-Roses, a Nanteuil, y, sobre todo, tenemos la preparación a los Primeros Votos en la Compañía. El 25 de marzo de 1642, Luisa de Marillac, Bárbara Angiboust, Isabel Turgis y otras dos Hermanas cuyo nombre no conocemos, se entre­gan totalmente a Dios por medio de los cuatro votos de pobreza, castidad, obediencia y servicio a los pobres. Para Luisa esto constituye una inmensa alegría.

De improviso, la víspera de Pentecostés de 1642, un acontecimiento conmociona a Vicente de Paúl y Luisa de Marillac. Aquel sábado por la tarde, el piso de una habi­tación de la Casa Madre se hunde sin causar ninguna víctima. La Srta. acaba de salir de la habitación unos minutos antes de ocurrir el accidente porque una Hermana le ha avisado de que se ha oído crujir una viga.

El Sr. Vicente tenía que haberse encontrado también allí con todas las Hermanas, para una conferencia; pero un impedimento le había obligado a aplazar la reunión.

El Sr. Vicente, siempre atento a los acontecimientos, se deja interpelar profunda­mente por éste, que interpreta desde la Fe, y se siente como renovado. El día de Pen­tecostés, por la mañana, escribe a la Señorita:

«… vea en esta circunstancia un nuevo motivo para amar a Dios más que nunca, ya que El la ha preservado como a la niña de sus ojos en un acciden­te en el que debía haber muerto usted bajo las ruinas si Dios no hubiese de­tenido ese golpe con su amable Providencia.

Todos le hemos dado gracias a Dios; dentro de poco, con la ayuda de Dios, espero tener la dicha de verla por aquí, si viene usted a Vísperas, o bien en su casa. Le mando entre tanto estas líneas para saludarla y darle de antemano los buenos días».

iQué delicadeza se trasluce en todas estas líneas, y qué diferencia con el tono de las anteriores! También Luisa de Marillac se siente transformada por este aconteci­miento. Años después habrá de escribir en sus meditaciones:

«El día y tiempo en que nuestro buen Dios nos permitió reconocer su divina Providencia por acontecimientos tan señalados como el del hundimiento de nuestro piso, me ha vuelto a poner ante los ojos la gran transformación inte­rior que tuve cuando su bondad me otorgó luz y esclarecimiento sobre las grandes inquietudes y dificultades que (entonces) experimentaba».

Tanto el Sr. Vicente como la Srta. Le G ras son conscientes de que la Providencia de Dios los interpela, los provoca a superar la especie de crisis que acaban de vivir. Al otorgarles nuevas luces, Dios les hace comprender de nuevo que El es el Autor de la Compañía y que cuida de ella de manera especial. Les pide que prosigan su trabajo juntos para mayor bien de los pobres y para gloria Suya. Este acontecimiento del hun­dimiento del piso, lo recordarán Vicente y Luisa repetidamente como un signo tangi­ble del Amor de Dios hacia la Compañía.

Al mes siguiente y como para recuperar el aliento de los orígenes, el Señor Vicen­te dirige a las Hermanas una conferencia que tiene como tema las virtudes de Marga­rita Naseau, «la primera Hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las de­más».

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