Los pobres molestan a la sociedad

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Benito Martínez · Year of first publication: 1995 · Source: CEME.
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cartelEncerrarlos

Al llegar al final de su vida, Luisa tenía que cumplir enteramente su destino; como di­ría ella, cumplir totalmente el designio eterno de Dios sobre ella. Al carisma que se le ma­nifestó, todavía incipiente, cuando vivía su marido, le faltaba ocuparse de los pobres mar­ginados y despreciados, a los que se encerraba en los Hospitales Generales.

El hospital de los Recluidos o de los Encerrados, más conocido por Hospital General, era una especie de cárcel, reformatorio, taller y convento conjuntamente. Se encerraba, en su mayoría a la fuerza, a toda clase de maleantes, vagabundos, mujeres de mala vida, ni­ños callejeros y, sin más, a todos los mendigos. Cada ciudad importante intentaba crear un Hospital General para aliviarse de su presencia en las calles. Se ocultaba la basura pa­ra que no estuviera a la vista, pero no se atajaban las causas que producían tal y tanta in­justa basura.

La idea de encerrar a toda esta gente —para las personas acomodadas, provocadores de revueltas— no venía de lejos; brotó a finales del siglo anterior. La primera ciudad fran­cesa que encerró a estos pobres fue Lyon en 1614. Fracasó rotundamente. También lo in­tentó el tío de Luisa, Miguel de Marillac. Siendo Guardasellos [Ministro de Justicia] pu­blicó en 1629 el famoso código Michaud —el Código Civil de Francia— y algunos de sus artículos prescribían encerrar a los mendigos. Nadie le hizo caso.

Los franceses estaban divididos. Entre los hombres de Estado, se generalizó el con­vencimiento de encerrarlos. Partían de una experiencia: toda esa clase de gente, sucios y descuidados portaban enfermedades y las propagaban. Eran además peligrosos y produ­cían inseguridad en las calles.

Al examinar las causas del pauperismo, no encontraban culpa alguna en el sistema so­cial ni en las estructuras, ni en la distribución injusta de los impuestos, ni siquiera en la práctica económica de los privilegios. Tampoco, se fijaban en la guerra que había arrui­nado a los económicamente más débiles y había abarrotado las ciudades de pobres huidos de los pueblos. Para aquellos gobernantes, los únicos causantes de su miseria eran los mis­mos pobres: vagos, viciosos y simuladores de minusvalías. Por ello, había que encerrar­los: que trabajen y no cometan atropellos. En el Hospital General, trabajarían, serían re­formados y reeducados.

De acuerdo con las ideas mercantilistas de la época, veían a Francia arruinada y atra­sada con respecto a Europa. Sin examinar las consecuencias de la guerra, pensaban vita­lizar la industria y aumentar las exportaciones con miles de manos muertas a las que se obligaría a producir en los talleres montados en los Hospitales Generales.

Para no presentar una mentalidad únicamente materialista, la revistieron con ideas cris­tianas: la inmensa mayoría de esos miserables vivían como paganos sin religión ni moral. Al encerrarlos, se los podría evangelizar. Trabajar era además orar y cumplir la voluntad de Dios. Como en un convento, tendrían horas de trabajo, de catequesis y de piedad. En­cerrar a unos hombres que rechazan el orden establecido, religioso, social y familiar es re­formarlos para que puedan reintegrarse en la sociedad.

Pese a esta mentalidad descaradamente interesada y pese a los decretos del rey, no fue fácil encerrarlos; primero y principal, porque los mismos pobres lo rechazaban y muchos miles huyeron de París o se escondieron hasta que pasara la euforia. Segundo, porque otras personas los protegían y los liberaban cuando caían en manos de los guardias.

Había quienes añoraban la idealización medieval de la pobreza franciscana: el pobre es una bendición de Dios, el miembro doliente de Jesucristo. El pobre llevaba una aureo­la sagrada. Otros, como Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, pensaban que los ricos tan sólo son los depositarios de los bienes que Dios les ha confiado; lo superfluo pertenece a los pobres.

Por otro lado, los artesanos privados protestaban por considerar a los Hospitales Ge­nerales como competidores injustamente favorecidos que se aprovechaban de unos privi­legios desleales, utilizando mano de obra barata.

El Asilo del Nombre de Jesús

No cabe duda que, aunque no fuera el móvil único ni siquiera principal, estas ideas tu­vieron que influir en la fundación de la residencia el Nombre de Jesús. Cuenta Abelly que en 1653, un burgués de París entregó a Vicente de Paúl 100.000 libras para que las em­pleara como él juzgara conveniente en bien de los pobres, con una condición: que su nom­bre permaneciera en el anonimato14. Después de mucho reflexionar y orar, se decidió a fundar con ellas un asilo donde recoger ancianos sin recursos: mendigos y antiguos obre­ros textiles. Fue un acierto o una inspiración divina. Un hombre sensible a los pobres, te­nía que contemplar a los viejos que salían de casa sin saber si volverían a entrar, pues era corriente que los pobres viejos, gastados, murieran en la calle.

Los padres paúles tenían una casa suficientemente amplia para acoger 20 ancianos y 20 ancianas, cerca de San Lázaro y de la Casa de las Hijas de la Caridad. En la entrada, había una enseña: Nombre de Jesús. Y así, se la conoció: Asilo del Nombre de Jesús. Había cos­tado 11.000 libras. Hubo que hacer algunas acomodaciones para hacerla confortable y po­der separar a los hombres de las mujeres, aunque varios locales fueran comunes. El capi­tal restante quedó en poder de la Congregación de la Misión que pagaba una renta sufi­ciente para sostener a los 40 ancianos. El plan fue aprobado por el anónimo fundador.

No cabe duda que esta fundación significaba una sección o el embrión de un Hospital General, y así lo considera Abelly. Si no degeneró en la deshumanización de un Hospital General fue debido a que los ancianos ingresaban voluntariamente y eran libres de quedarse o marcharse. No obstante, esta libertad no explica su aceptación. Si el Nom­bre de Jesús fue visto con simpatía por la sociedad y deseado por los ancianos pobres, se debió al genio organizador de Luisa de Marillac. Vicente de Paúl, que la conocía bien, le entregó la residencia y Luisa la organizó y la puso en marcha ejemplarmente. Como tenía costumbre, se sentó, cogió un papel y se puso a escribir: ventajas de hacer la obra, incon­venientes y manera de resolver las dificultades en «sus comienzos, continuación y fin».

Ante todo, no debía considerársela como una obra humana sino de Dios, que busca su glo­ria y la felicidad de los pobres ancianos. Para cumplir la voluntad de Dios «que manda al hombre comer su pan trabajando», instalaría telares. Sería una manera de instruirlos, ha­cerlos «participantes de los méritos de la vida y muerte de Jesucristo» y sacar algo de di­nero para ellos y aliviar los gastos.

Luisa pensó en los comienzos —siempre dificultosos— que llevarían a un fracaso si no se fijaban unos fundamentos seguros que garantizasen el funcionamiento y la conti­nuidad. Convendría, por ello mismo, escoger «las primeras personas probadas en honra­dez y que no fueran todos mendigos». Éstos arrastrarían a los otros al orden y al trabajo: «¡Si se encontraran personas de buena condición que quisieran pasar por pobres y que su­pieran buenos oficios, aunque sólo fuera por seis meses para enseñar a los otros lo que sa­ben!». Con tal que no estén casados ni tengan hijos, por supuesto, a no ser que algunos se sacrificaran voluntariamente dejando a su familia por un tiempo. «La dificultad estaría — añade— en que a estas personas quizá habría que darles un poco de vino o de cerveza». Y esto era peligroso, pues indicaría desigualdades e infundiría sospechas de la trampeja que había hecho.

Encontró gente honrada que se fingieron mendigos y los catalogó por oficios. Todos del gremio de tejedores. En cuanto a lo económico, no se ilusionó; sabía que «para poner el trabajo en marcha y ayudar a que continúe no hay que mirar los gastos… Hay que dar por seguro que el primer año reportará muy pocas ganancias».

Esta mujer pequeña, delicada y muy afectiva unía un cerebro práctico a un profun­do entendimiento especulativo. Si uno de los derroteros por los que avanza el funcio­namiento es el trabajo, hay que organizarlo también en su aspecto productivo. De nue­vo, escribe en un papel el presupuesto de cada persona al año: gastos de comida con vi­no, 105 libras, más 6 libras de luz y fuego. Hay otros gastos para más de un año: 6 li­bras de ropa, 30 de la cama nueva y sábanas y 4 para cubiertos, palanganas, etc. También, valora el coste del material y el trabajo de cada peón, oficial y maestro, pues todo el que trabaja, por insignificante que sea su valor, debe cobrar aunque sólo sea en forma de vino. Para abaratar los costes, indaga a través de las comunidades, los lugares y las épocas en que puede adquirir los materiales a precios más económicos y para no engañar a los obreros ni ser engañada, pregunta a Vicente de Paúl los salarios que se pagan en París, sospechando que, en las afueras, los jornales estarán más bajos.

Asombra que una mujer tan contemplativa como Luisa penetre en negocios tan mate­riales, pero su director —místico que pisaba la tierra— le había enseñado la verdad de la vida divina: Dios anda por la tierra y se detiene a vivir con los pobres. Al examinar el ba­lance de entradas y salidas, se pregunta por qué los tejedores no se hacen ricos y fre­cuentemente se arruinan. Encuentra las causas en «que los obreros cuestan mucho, los al­quileres de las casas son caros y en que las familias tienen hijos». Ninguna de estas cau­sas concurre en el Nombre de Jesús. En el futuro, piensa amortizar los gastos. Más aún, aunque no hubiera ganancias valía la pena emprender la obra para dar empleo a muchas personas. Le propusieron hasta jóvenes sin trabajo «a los que la necesidad y la ignoran­cia empujaban a ofender a Dios».

En marzo de 1653, se inauguró la Casa de los pobres obreros como la llamaba Luisa. La víspera invitó a Vicente de Paúl a que fuera a inaugurarla, pero ella, femenina, le indicó lo que debía hacer, aunque confiesa femeninamente también, que «es una enorme osadía ha­bérselo indicado». Seguramente, San Vicente se sonreiría. Estaba acostumbrado.

Después de unos meses de funcionamiento, el éxito era patente y del agrado del anó­nimo bienhechor. El 29 de octubre de 1653, se firmó el contrato de fundación, ratificado por el arzobispo de París, el 15 de abril del año siguiente. Los padres paúles se hicieron cargo del servicio religioso. El mismo Vicente de Paúl les dio algunas catequesis. Las peticiones de ingreso indican que los ancianos vivían contentos. Allí, se acogieron a parientes de paúles y de Hijas de la Caridad. De tiempo en tiempo, Luisa controlaba y lle­vaba personalmente la contabilidad de todos los telares y del trabajo de cada obrero con una minuciosidad y claridad que aún hoy nos sorprende.

El Hospital General

El Nombre de Jesús resultaba ser una parte o un embrión rudimentario de un Hospital General, pero funcionaba agradablemente. Tanto los acogidos como los directores esta­ban satisfechos. Las Damas de la Caridad miraban convencidas y entusiasmadas el resul­tado y concluyeron que su director era capaz de crear un Hospital General para todos los mendigos de París. ¡Unos 40.000! En una asamblea general, hacia verano de 1653, pre­sentaron la propuesta, aportaron miles de libras y, entusiasmadas, la aprobaron. Vicente de Paúl alabó su celo pero pensó que era una temeridad realizar de pronto una obra de tan­ta envergadura sin reflexionar detenidamente ni orar ante Dios. No estaba clara la volun­tad divina, había que ralentizarlo. Algunas Damas le manifestaron claramente su descon­tento por este retraso. Este descontento es explicable si se tiene en cuenta que, segura­mente, las Damas se enteraron de que en la reunión, que había tenido la Compañía del Santísimo Sacramento el 5 de junio, habían encargado a un miembro que estudiara las po­sibilidades de un Hospital General.

En agosto, las Damas, acaso por indicación de Vicente de Paúl, pidieron a Luisa que estudiara un proyecto sobre las posibilidades. Luisa lo estudió bajo dos aspectos: ¿Lo de­ben hacer la Compañía del Santísimo Sacramento o las Damas de la Caridad? Segundo, ¿cuál sería el papel de Vicente de Paúl y de las Damas?

La primera cuestión la resuelve de una manera ni feminista ni antifeminista. Acepta la situación postergada de la mujer en aquella sociedad, pero reclama unos derechos para la mujer; sin embargo, y es una pena, los reivindica sólo en la vida privada a la que perte­nece la caridad:

«Si se mira la obra [del Hospital General] como política, parece que la deben em­prender los hombres, si se la considera como obra de caridad, pueden emprenderla las mujeres, de la misma manera que han emprendido otras grandes y costosas activida­des de caridad que ha aprobado Dios con las bendiciones que su bondad les ha dado. Que sean ellas solas, parece que ni se puede ni se debe, sino que sería de desear que algunos hombres de piedad, ya pertenezcan a una Compañía ya en particular, se les agregaran, tanto en los consejos, exponiendo sus criterios como una de ellas, cuan­to para actuar ante la Justicia en los procedimientos y acciones que convenga ha­cer… con tal que estos señores no desdeñen este papel [secundario] aunque, ha­blando humanamente, parece que esta forma de obrar no sea razonable, ya que no es lo común; pero la experiencia ha hecho ver que Dios ha inspirado, en tanto que las Damas han actuado solas, ese espíritu cristiano manifestado en la mansedum­bre, unión y caridad que les hacía exponer a menudo su vida por amor de Dios… Yo creo que es de desear que los hombres colaboradores no sean considerados co­mo miembros de una Compañía. Parece que al espíritu de la del Santísimo Sacramento, le repugna esto, pues sus miembros quieren permanecer ocultos en todas sus obras caritativas, y ni siquiera declaran generalmente que pertenecen a la Compa­ñía… Mientras que las obras que Dios hace o manda hacer a las Damas son todo lo contrario».

Luisa lo ve claro: deben ser las Damas de la Caridad y no la Compañía del Santísimo Sacramento quienes emprendan la obra del Hospital General. Con tanta más razón, cuan­to que las Damas son todas «personas de condición que nada hacen sin consejo y están acostumbradas desde hace mucho tiempo a grandes empresas similares».

A la segunda cuestión, responde de una manera ladinamente inocente. Les dice que «na­da hacen sin consejo», se entiende del director Vicente. Luisa conocía el descontento de al­gunas señoras por la lentitud de Vicente, su amado padre. Puede ser que estuviera ella en la asamblea o que oyera algunas quejas. Como lo más natural, expone: «Es de desear que las Damas renueven su sumisión al juicio o al parecer de aquél al que Dios les ha elegido; y que mantengan siempre su primera sencillez de decir buenamente su parecer sin la pa­sión de que se tenga que seguir». Vicente no quería adelantarse a la Providencia, prefería comenzar poco a poco como se había empezado la obra de los niños abandonados. Lo con­sideraba necesario para que la obra no fracasara y asegurar su futuro. Varias señoras pre­ferían más rapidez. El dinero abundaba y Vicente tuvo que ceder. Él mismo logró de la rei­na Ana de Austria el complejo edificio de la Salpetriére, fuera de uso y en malas condi­ciones17. Las Damas gastaron 16.000 libras en repararlo, 12.000 para pagar a los carpinte­ros que hicieron las camas, otras 12.000 para comprar tela y 10.000 para ropa blanca, col­chas y cacharros. En total, habían gastado 50.000 libras y se comprometieron ante notario a depositar otras 100.000 para el sostenimiento de los pobres recogidos.

Más que la iniciativa, levantó desconfianza entre los hombres influyentes en la Corte, la firmeza con que adelantaba, no ya el proyecto, sino la realización de un complejo tan amplio. En su mayoría, los funcionarios, los miembros del Parlamento y la Compañía del Santísimo Sacramento pensaban que una obra de tales dimensiones sólo podía ser ejecu­tada por hombres y hombres revestidos de una misión oficial. Criticaron el proyecto e in­tentaron parar las obras de la Salpetriére. No lo lograron porque Vicente de Paúl rápida­mente logró que interviniera la duquesa de Aiguillon, presidenta de las Damas. Sin embargo, lograron que la obra quedara bajo la autoridad del gobierno. Era como mar­ginar a las Damas.

Tanto San Vicente como Santa Luisa estaban de acuerdo en crear un Hospital Gene­ral, pero dirigido por el Santo en unión con las Damas de la Caridad. También, parece que lo aprobó cuando el rey asumió la obra. Sin embargo, poco a poco, Vicente de Paúl se fue oponiendo según iba viendo el rumbo que tomaba el desarrollo del hospi­tal: no se tenía en cuenta su pensamiento caritativo sobre el servicio a los pobres, y a él le repugnaba aceptar obras dirigidas por otros en las que no pudiera poner en práctica sus métodos. Se daba cuenta de que al gobierno únicamente le interesaba erra­dicar la mendicidad, que le era molesta, y para ello, se encerraba a la fuerza a los pobres que rehusaran trabajar o sólo podían mendigar. De esta manera, el número de pobres en­cerrados sobrepasaba las posibilidades económicas de las Damas y el número posible de misioneros en el servicio religioso. Pero es que, además, si un pobre voluntario quería in­gresar, sólo, se le admitía si era de París, rechazando a todos los refugiados de la guerra que habían huido a la capital.

Vicente de Paúl decidió desentenderse de la obra y se lo propuso a las Damas. Bas­tantes se opusieron, entre ellas la presidenta, duquesa de Aiguillon. El pres­tigio y la impronta del director lograron convencerlas. Las Damas cedieron a pesar de las grandes sumas de dinero que habían invertido. Más, se ofrecieron a los nuevos adminis­tradores para lo que pudieran ayudarles.

Los Hospitales de Sangre

Las regiones del nordeste francés estaban plagadas de otra clase de pobres, aborreci­dos y temidos simultáneamente. Eran los soldados. Su presencia causaba desastres de una forma continua en Picardía, Champaña y Lorena. Los marginaba no la miseria sino el te­rror que infundían en toda clase de personas. Entre soldado y bandido, apenas había dife­rencia. La mayoría de los soldados eran mercenarios de cualquier nacionalidad y religión o sin ninguna, que se alquilaban al mejor postor y se les pagaba frecuentemente con el pi­llaje que les permitían los jefes. Del resto, una pequeña parte la forman gente del pueblo. generalmente campesinos, reclutados por los señores, y la otra gran parte, son los «sang­trop-chaud» de la población: borrachos, vagos, vagabundos, delincuentes y revoluciona­rios. La canalla del pueblo.

Cuando son más inocentes es en las batallas. Fuera de ellas, ya de paso, ya en los cuar­teles de invierno, llenan los alrededores de violaciones, robos, torturas, asesinatos, ruina y desolación. No respetan ni ancianos ni niños ni mujeres, ni sacerdotes ni religiosas. Cuando llegan, lo mejor es huir al monte o encerrarse en las ciudades, aunque a la vuelta encuentren incendiadas casas y cosechas. Cuando no están atados a la disciplina o están licenciados y sin recursos, se convierten en bandidos, con las armas que pudieron escon­der. A veces, se agrupan en cuadrillas bien organizadas.

Una visión terrorífica de los desmanes nos ha dejado J. Callot en sus escalofriantes gra­bados «Las miserias de la guerra», y una pintura escrita puede leerse en las Relaciones del contemporáneo jansenista Ch. Maignart de Berniéres.

El rey es el único con derecho a declarar la guerra. La guerra es desde antiguo el arte épico y mítico propio de los reyes. Tradicionalmente, el ejército es del rey; aunque fue­ran regimientos y compañías comprados o alquilados con banderas propias, y aunque fue­ran extranjeros, mientras estaban en la guerra, pertenecían al rey, y luchan y mueren por el rey. Y el rey o la regente deben preocuparse de los soldados como de algo propio.

La guerra entre Francia, Suecia y los príncipes protestantes alemanes por un lado y la Casa de Austria por el otro debiera haber terminado en 1648 con la Paz de Westphalia (Münster y Osnabrück), pero no terminó del todo. España no quiso firmar la paz en con­diciones desfavorables y la guerra continuó desgraciadamente entre Francia y España has­ta la Paz de los Pirineos en 1659.

Derrotado totalmente en la Fronda, Condé prefirió abandonar su enorme fortuna y sus posesiones en Francia y expatriarse a las posesiones españolas de los Países Bajos y Lu­xemburgo. España lo nombró generalísimo de los ejércitos del Rey Católico. Al frente de un ejército español, invadió el nordeste de Francia. En noviembre de 1652, se había apo­derado de Ligni, Bar-le-Duc, Ste.-Ménéhould, Commerci, Void y otras plazas fuertes en la frontera de Champaña que va de Ligni a Rocroi. Justamente, al año, los franceses se apoderaron de nuevo de Ste.-Ménéhould: 20 de noviembre de 1653. Todo el año 1653 fue una continua batalla, sitiando, perdiendo, recuperando plazas fuertes y cuarteles de invierno. Cada sitio o batalla desparramaba por los campos infinidad de cadáveres y heri­dos. Los franceses transportaban sus heridos al hospital de Chálons-sur-Mame, en el vér­tice de la refriega, convertido en hospital de sangre o militar.

Ana de Austria pidió Hijas de la Caridad para cuidar a sus soldados heridos. Natural­mente, se las pidió a Vicente de Paúl y no a la señorita Le Gras, Oficialmente, Vicente de Paúl aún pertenecía al Consejo de Conciencia, aunque hacía años que no se reunía, lo co­nocía admirablemente y lo respetaba, era hombre y superior de la Compañía, y la petición la hacía ella, la reina regente, para una misión inaudita hasta entonces: atender a soldados heridos en un hospital. Vicente de Paúl se encargó personalmente de que las Hijas de la Caridad fueran a Chálons-sur-Mame. Luisa, con todo, llevó una gran parte del desarrollo: escribe cartas, distribuye las Hermanas y a ella le comunican los éxitos y las dificultades. Pero el superior interviene más que en otras fundaciones. No sólo, porque era una peti­ción de la reina o porque era una fundación desconocida, sin antecedentes, sino porque era una faceta de la labor que él dirigía y lo reconocía la sociedad: remediar los desastres de la guerra. Lo mismo sucederá en Etampes durante los primeros meses de 1654. A Chálons, había enviado también misioneros paúles para atender a los heridos. Las Her­manas llegaron a Chálons a últimos de octubre o primeros de noviembre.

Ana de Austria había pedido seis Hijas de la Caridad. Luisa envió tres: Petrita Chef­deville, María Poulet y al frente, Ana Hardemont, y las conjugó con las dos que había en Brienne, Bárbara Angiboust y Juana Henault. A Luisa, se la ve haciendo equilibrios para compaginar a las cinco Hermanas en tres lugares distantes 75, 35 y 100 kms, teniendo en cuenta que Sor Juana no sabía leer y era apocada para dirigir ella sola la obra de Brienne, y que poco después de llegar el asalto a Ste.-Ménéhould hizo tantos heridos que Sor Ana y otra Hermana tuvieron que desplazarse al nuevo hospital que se había creado allí.

Todas las cartas que recibía Luisa, se las enviaba a su superior que las respondía o da­ba órdenes directas. A veces, Luisa se convierte en malabarista para contentar al deán y a los señores de Brienne sin estropear un funcionamiento digno en Chálons y en Ste-Mé­néhould. El resultado fue maravilloso. Sor Bárbara le decía en una carta de mujer de pue­blo: «Monseñor de Chálons ha venido a vernos… Y si nuestras queridas Hermanas no hu­biesen venido, yo no sé qué hubiera dicho toda la Corte. Pero cuando fuimos a ver a la reina y al rey [que habían ido a Chálons] ella nos recibió en sesión pública y nos habló con mucho cariño».

No adelantarse a la Providencia, le había escrito por dos veces el superior Vicente. Era un apremio a cuidar a los pobres del presente que encontraba en cada momento. Las po­brezas de cada día eran los signos de la voluntad de Dios. Los signos de su tiempo le pre­sentaron a los soldados heridos en la guerra como voluntad de Dios. A través de la reina, la voluntad de Dios señalaba los hospitales de sangre a las Hijas de la Caridad. Si el Gran Hospital de Angers fue el desafío a la Compañía, resuelto con elegancia y acierto, no era menor el reto de los hospitales de sangre. Eran fundaciones temporales pero desconoci­das, que desafiaban el sistema y la organización de las Hijas de la Caridad; retaban la di­námica interna de su secularidad: atender a cualquier pobre, en cualquier lugar y a cual­quier hora. El sistema tenía que funcionar. Era un desafío desigual, porque era la prime­ra vez que los soldados heridos o enfermos eran atendidos por mujeres dentro o cerca del campo de batalla. Era duro el solo hecho de cuidar a soldados que violaban, robaban, tor­turaban y asesinaban, llevando la desolación y la ruina a las tierras por donde pasaban, acaso el país de alguna Hija de la Caridad. Sin patria, se alquilaban al mejor postor. En su mayoría, habían sido o eran aún borrachos, vagabundos, aventureros, bandidos y revolu­cionarios. A esta chusma, había que curar porque eran un signo de la voluntad divina. No extraña que algunas Hermanas se negaran; lo que admira es que otras se ofreciesen, aun­que tuvieran que morir. Era también un reto desfavorable porque las heridas ocasionadas por armas de fuego exigían nuevas técnicas sanitarias desconocidas para las Hijas de la Caridad. Todo iba en contra de este desafío difícil: los hospitales estaban en regiones muy alejadas para aquellas aldeanas que no habían salido del pueblo; encerradas en el lugar vivían del pueblo y se casaban con hombres del pueblo o de sus alrededores. Sólo, tuvie­ron la apertura de las ferias y, como sueño, la ilusión de ir a servir a París. Y nada más entrar en la Compañía, algunas todavía seminaristas, salieron para un país lejano, extran­jero y a veces con idioma diferente, incomunicadas con los superiores y en medio de 500 ó 600 soldados, como en Calais. El trabajo que hicieron fue maravilloso y ellas heroicas. Algunas quedaron accidentadas para siempre y varias murieron. La sociedad les recono­ció su heroísmo.

Luisa se dio cuenta de la realidad de este desafío, no sólo ante la sociedad, sino ante la misma Iglesia. En sus cartas, puso una carga fuerte de espíritu para que salieran airo­sas a los ojos de Dios. Como punto de partida, les pide que amen a los odiosos soldados por amor e imitación de nuestro Señor. Después, viene el camino: al curarlos, sean sumi­sas, tolerantes y respetuosas, mostrándoles mansedumbre y compasión; a pesar de estar rodeadas de seglares, que no las engañen sus conversaciones ni se dejen arrastrar por su forma mundana de vida. Para su vida interior, les recomienda leer todos los meses el re­glamento, la Imitación de nuestro Señor y la Introducción a la Vida Devota. A Sor Petri­ta, le pide mortificación y desapego de las cosas terrenas para llegar al puro amor, y a to­das, les aconseja que, si es posible, se confiesen con los padres paúles que están allí.

Alejada la guerra de Champaña, desaparecen los hospitales militares de Chñlons y Ste­Ménéhould. En febrero de 1654, Sor Bárbara, Sor Juana y Sor María están en Brienne. En Chálons, únicamente, está Sor Ana. El 18 de marzo, San Vicente la manda volver y la des­tina a un nuevo hospital militar en Mouzon, cerca de Sedan. La experiencia ha sido rica. Co­mo una señal exterior de la riqueza, varias jóvenes del lugar piden entrar en la Compañía.

Aclara su testamento

Rodeada de cartas, papeles y proyectos, acaso por la visión de tantos pobres o quizás porque creía que la muerte le llegaría pronto, el 28 de diciembre, quiso aclarar dos pun­tos de su testamento: la figura jurídica de sustitución y la celebración de unas misas en­comendadas a Vicente de Paúl.

A pesar de haber cambiado la conducta de su hijo y de tener una nieta legítima, no qui­so suprimir la sustitución en favor de los pobres. No obstante, para tranquilizar su con­ciencia maternal, certifica en un codicilo que no la suprime porque su hijo, que ya cono­cía el testamento antes de casarse, le manifestó que ni le molestaba ni le causaba perjui­cio. A su conciencia delicada, también le intranquilizaba que no se celebraran las misas que dejaba encargadas. En el mismo codicilo, determina con qué dinero debe asegurarse la celebración de las misas y el cumplimiento de otros legados (Testamento, 1º codicilo).

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