La urna de santa Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Elisabeth Charpy, H.C. · Año publicación original: 1988 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERACuando llegan a la Casa Madre, muchas Hermanas tienen especial consuelo en orar ante la urna de Santa Luisa; y muchas se preguntan: ¿Qué contiene esta urna? ¿Cómo han llegado hasta aquí los restos de la Fundadora de la Compañía de las Hijas de la Caridad, a través de los avatares de la historia?

Numerosos documentos, en los Archivos, permiten reconstituir los hechos y saber cómo las Hermanas, a lo largo de los años, conservaron, preservaron y honraron los restos de Luisa de Marillac.

Su entierro, el 17 de marzo de 1660

En su testamento, escrito en 1645, L. de Marillac había dejado constancia de su deseo:

«Para mis funerales declaro que no quiero que se hagan otros gastos que los que se han hecho para nuestras Hermanas difuntas; y si alguien quisiera ser causa de que se hiciese de otro modo… sería declararme indigna de parecer haber muerto como verdadera Hermana de la Cari­dad y sirvienta de los miembros de Jesucristo, aunque, sin embargo, no merezco esta condición… «

Aun sometiéndose de antemano a la decisión de Vicente de Paúl, Luisa de Mari­llac desea que se la entierre en San Lázaro:

«…a lo largo de un muro, a los pies de la iglesia de San Lázaro, en el patio pequeño que parece un cementerio (pues se han encontrado en él huesos de muerto)… «

El 15 de marzo de 1660, el Señor Lestocq, Párroco de San Lorenzo, muy afecta­do por la muerte de tan santa feligresa, suplicó al Superior General de la Congrega­ción de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad permitiera se hiciese la inhumación del cuerpo de la Señorita Le Gras en la iglesia de San Lorenzo. Desde su habitación, en la que le retiene inmóvil la enfermedad, Vicente de Paúl accede a la petición del Pastor. Además, de esa forma la Madre no quedará separada de las cenizas de sus hijas que antes que ella partieron para la eternidad, ya que el cemen­terio parroquial rodeaba en aquel entonces la iglesia.

El miércoles 17 de marzo de 1660, todas las Hermanas, con un cirio encendido en la mano, acompañan el cuerpo de la Srta. Le Gras, depositado en un sencillo ataúd de madera, hasta la iglesia de San Lorenzo. Terminada la Misa de funerales, se hace la inhumación «en la capilla de la Visitación de la Santísima Virgen, en la que la Srta. Le Gras hacía de ordinario sus devociones. Una cruz con la inscripción «Spes Uni­ca», se coloca en la parte exterior del muro de la iglesia correspondiente a dicha ca­pilla. Esa cruz que queda cerca del lugar de la sepultura de las Hermanas, recuerda el amor de Cristo Crucificado que apremió a Luisa de Marillac durante toda su vida.

Las Hermanas gustan de ir a rezar junto a la tumba de su Fundadora. Gobillon, en 1676, relata un fenómeno extraordinario:

«De vez en cuando, se escapa (del sepulcro de la Srta. Le Gras) algo como un suave vapor que exhala un perfume semejante al de la violeta y el lirio; de ello pueden dar testimonio numerosas personas. «

El Señor Gobillon, que había llegado a ser Párroco de San Lorenzo, había podi­do comprobarlo por sí mismo. Por otra parte, las Hermanas que vuelven de haber estado en la iglesia rezando junto al sepulcro de Luisa de Marillac, están tan impreg­nadas de dicho olor, que sus Compañeras las enfermas de la enfermería de la Casa Madre, lo perciben a su vez, quedando como embalsamadas. Ese perfume, añade el Señor Gobillon, es «como el reflejo de la humildad y del amor de Dios y de los Pobres que la Srta. Le Gras derramó en la Iglesia durante su vida».

Primera exhumación: el 10 de abril de 1680

Han transcurrido veinte años desde la muerte de Luisa de Marillac. Margarita Chétif, y después Maturina Guérin, han asumido el pesado cargo de Superiora Ge­neral de la Compañía. En ellas y en otras Hermanas surge el deseo de que no desa­parezcan para siempre los restos de su «Venerada Madre».

Por su parte, Miguel Le Gras, no deja de pensar en su santa madre. Ha quedado viudo, se siente envejecer, y él también concibe el mismo deseo de conservar para la posteridad el recuerdo de la que le engendró y tanto tuvo que sufrir por él.

Estas aspiraciones se consultan y comparten con la Sra. de Miramion, amiga y admiradora de Luisa de Marillac. ¿No sería posible presentar una súplica al Arzobis­po de París, pidiéndole licencia para proceder a la exhumación de los restos de la Señorita Le Gras, con el fin de depositarlos en un ataúd de plomo?

El 10 de abril de 1680, Monseñor Francisco de Harley concede el permiso solici­tado, pero con la condición de que el nuevo ataúd de plomo vuelva a colocarse en el mismo lugar de la inhumación. Aquel mismo día, a la caída de la noche, para no llamar la atención de la gente, se efectúa la primera exhumación de los restos de Luisa de Marillac. Presencian la misma el Párroco de San Lorenzo, Gobillon, el Supe­rior General de la Congregación de la Misión, Padre Jolly, el Director de las Hijas de la Caridad, Padre Moreau, la Superiora General, Maturina Guérin y las tres Con­sejeras: Susana Parant, María Chesse y Francisca Michaux. Están igualmente pre­sentes: Margarita Chétif, antigua Superiora General, la Señorita Luisa Renata Le Gras, nieta de Luisa y la Señora de Miramion. En el acta de la ceremonia se lee:

«Hemos encontrado solamente huesos que presentaban un color rojizo y un aspecto untuoso, sin despedir ningún mal olor. «

Con gran emoción y respeto, las Hermanas y la Sra. de Miramion depositan los huesos en un sudario nuevo y todo ello se coloca dentro del féretro de plomo. En la tapa se clava una placa de cobre con la siguiente inscripción:

«Señorita Luisa de Marillac, viuda del Sr. Le Gras, Secretario de la Reina María de Médicis, Fundadora que fue y primera Superiora de las Hijas de la Caridad, fallecida el 15 de marzo de 1660, a los 68 años de edad. «

Después de haber orado y rociado los restos con agua bendita, se depositó el ataúd en la misma sepultura. La ceremonia, que había empezado a las nueve de la tarde, se terminó alrededor de las 12 de la noche.

La gran alegría de 1755

En diciembre de 1755, todas las Hijas de la Caridad recibían una circular de Sor María Ana Bonnejoye, Superiora General de 1742 a 1748 y de 1754 a 1760, en la que podían leer:

«Me apresuro a anunciarles un acontecimiento que es un gran consuelo para nuestra Compañía. Este acontecimiento, al mismo tiempo que nos recuerda el origen de nuestra Sociedad, tiene que reanimar en noso­tras el espíritu de caridad, humildad y sencillez, de mortificación, des­prendimiento y sacrificio que desde siempre forma la base de la misma y debe seguir formando nuestro carácter para responder a los desig­nios de Dios. «

Hacía ya varios años que Sor Bonnejoye aspiraba a poder trasladar los restos de Luisa de Marillac desde la iglesia de San Lorenzo a la capilla de la Casa Madre. La posibilidad de orar todos los días junto a los restos de la venerable Madre de la Compañía, sería para todas las Hijas de la Caridad un medio «para revestirse mejor de su espíritu, para dejarse transformar como ella por el Espíritu de Jesucristo, Dios de ternura, de compasión, de caridad hacia todos los hombres».

Las negociaciones fueron largas, ya que el Arzobispo de París se mostraba reti­cente en un principio. Finalmente, acabó por ceder a las piadosas y reiteradas instan­cias de la Superiora General de la Compañía de las Hijas de la Caridad. El 22 de octu­bre de 1755, Monseñor de Beaumont, Arzobispo de París, autorizó la exhumación del cuerpo de la Señorita Luisa de Marillac, su traslado y posterior inhumación en la capilla de la Comunidad de la Caridad, establecida en el arrabal San Lázaro.

El traslado se fijó para el 24 de noviembre por la tarde. Debía hacerse sin ruído ni ostentación. Pero todos los sacerdotes de San Lorenzo se hallaban presentes, así como numerosos Sacerdotes de la Misión, las Hijas de la Caridad de la Casa Madre y de París, la Duquesa de Villars, amiga de la Comunidad. Después de la exhuma­ción, el ataúd se depositó en una arca grande de roble, la cual se colocó encima de un carro pequeño forrado de negro. Cuatro sacerdotes portadores de cirios rodeaban el coche. La procesión se puso en marcha encabezada por el Párroco de San Loren­zo, el Superior General, Sr. Debras, el Director General, Sr. Jaquier. Seguían a conti­nuación numerosos sacerdotes con sobrepelliz. Todas las Hermanas, con una vela en la mano, formaban una valla de honor en el patio de la Casa Madre. En todos los rostros se podía leer una alegría inmensa.

Cantos y oraciones se van sucediendo mientras el arca se deposita en una fosa preparada en el centro de la capilla. Una lápida de mármol negro, con un largo epita­fio, señala a todos la presencia de los huesos de Luisa de Marillac:

«Aquí yace la Señora Luisa de Marillac, viuda del Señor Le Gras, Secre­tario de Ordenes de la Reina María de Médicis, fundadora y primera superiora de las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres enfermos, inhumada en la Capilla de la Visitación de la iglesia parroquial de San Lorenzo el 17 de marzo de 1660 y trasladada a esta Capilla, para con­suelo de la Compañía, el 24 de noviembre de 1755. Verdadera Madre de los pobres, modelo de todas las virtudes, digna del descanso eter­no. Que sus venerables cenizas, al recordar su caridad, infundan su es­píritu. «

La Madre Bonnejoye terminaba su circular de diciembre de 1755 con una plega­ria en la que pedía para todas las Hijas de la Caridad la fidelidad inviolable a su voca­ción y la conservación del espíritu primitivo.

Nadie podía imaginarse entonces que 34 años más tarde iba a estallar una terri­ble Revolución, cuyos resultados serían la supresión de la Compañía, la dispersión de las Hermanas, la venta de los inmuebles, la demolición de la capilla.

Por 60 monedas de plata

Es cierto que la Revolución Francesa de 1789 puso de relieve los grandes princi­pios de Libertad, Igualdad, Fraternidad… Pero rápidamente tomó un sesgo anticató­lico. La Constitución civil del Clero, votada el 12 de julio de 1790, quiso hacer de la Iglesia de Francia una Iglesia Nacional, y numerosos sacerdotes, religiosas, seglares, pagaron con su vida el haberse negado a separarse de Roma. En Arras, en Angers, en Dax, hubo Hijas de la Caridad que murieron mártires de la Fe.

El viernes santo, 6 de abril de 1792, una ley suprime todas las Congregaciones religiosas; a las Hijas de la Caridad no se las menciona en tal decreto, pero el 23 de agosto siguiente se les notifica que han de abandonar su Casa Madre en el plazo de tres días. Vestidas de seglar, las Hermanas marchan, unas con su familia, otras pueden acogerse en las diferentes casas de París. Durante los días siguientes, hay numerosas ejecuciones de sacerdotes en las cárceles de la ciudad. Los acontecimientos se precipitan: el 22 de septiembre se proclama la República; el 21 de enero de 1793 es ejecutado el rey Luis XVI.

Sor Antonia Deleau, la Superiora General, se ha quedado en París, pero el 17 de septiembre de 1793, se publica una nueva ley que autoriza a detener a todos los sospechosos, a todos los que parecen opuestos a los principios republicanos. Sor Deleau juzga más prudente salir de París, y el 11 de noviembre de 1793, se retira a casa de unos familiares suyos, en Bray, Departamento de Somme. El Gran Terror rei­na en Francia: los arrestos, matanzas, deportaciones se multiplican. La caída de Ro­bespierre, en julio de 1794, pone fin a la violencia incontrolada.

En 1797, Sor Antonia Deleau regresa a París y se acomoda en la casa número 45 de la calle Macons-Sorbonne, la actual calle de Champollion, en el distrito V. Algunas Hermanas se unen a ella. Otras continúan dispersas por la capital. María Francisca Wille y Margarita Francois viven en el arrabal de San Martín, actual distri­to X. Bárbara Callier prosigue su servicio a los Ancianos del Asilo del Santo Nombre de Jesús. Las tres quedan cerca de la antigua Casa Madre, cuyos locales, que han pasado a ser bienes nacionales, han sido vendidos al Sr. Lebrun. En septiembre, se enteran de que los edificios van a ser derribados, y se preguntan con inquietud qué va a ser de los preciosos restos de Luisa de Marillac.

Inmediatamente, las tres Hermanas informan a Sor Antonia Deleau y se decide hacer alguna gestión con el propietario de la casa para tratar de recuperar el ataúd. El 25 de septiembre de 1797, el ciudadano Lebrun firma el resguardo siguiente:

«Reconozco haber recibido de la ciudadana Francisca Wille la cantidad de sesenta libras en pago de una caja de plomo encerrada dentro de otra de madera tal y como se han encontrado en el que fue emplaza­miento de la capilla de las presentes Hermanas de la Caridad. Firmado en París, el 3 Vendimiario, año 6.° de la República. «

La ciudadana Bárbara Callier acompañó hasta la casa n.° 9 de la calle del Arra­bal San Martín, a los cuatro hombres que llevaban la caja de plomo, la cual quedó allí depositada con la consiguiente emoción para las Hermanas al recibir nuevamente los restos de la Fundadora de la Compañía de las Hijas de la Caridad. El ataúd se colocó en la cueva. Habían llegado a tiempo, porque aquel mismo día quedaba de­rruida la capilla, así como también el Seminario y las Enfermerías.

En medio de su reconocimiento al Señor por haber permitido aquel aconteci­miento, le quedaba a Madre Deleau el problema de cómo conservar el ataúd con las preciosas reliquias en una casa de vecindad. Al reflexionar en ello, le pareció que podía ser una solución el pasar los restos a una caja más pequeña y por lo tanto más fácil de guardar. Con la madera del arca exterior mandó hacer otra pequeña de 65 cm. de largo por 40 de ancho, forrándola de plomo en su interior.

El martes 11 de octubre de 1797, el Señor Emery, Vicario General de la Diócesis de París, procedió al reconocimiento de los restos. Bajó a la cueva, comprobó la pla­ca del ataúd, pidió a las Hermanas que habían sido sus protagonistas que le relataran los hechos recientes, y se abrió el féretro. Sor Antonia Deleau, ayudada por otras dos Hermanas, Sor Clara Massal y Sor Gilette Ricourt, toman con todo cuidado los huesos y ‘delicadamente los depositan en la caja pequeña que se había tapizado con una tela blanca. El polvo se recoge en una caja de hierro. Todos los preciosos restos se cubren con algodón para evitar los choques en los momentos en que se transpor­tasen. La placa de cobre que permite constatar la autenticidad de los restos, se des­clava del ataúd y se coloca dentro de la caja, que se cierra con llave y se sella, lleván­dose después a la calle Macons-Sorbonne donde ocho Hijas de la Caridad la esperan rezando.

Presente en el renacimiento de la Compañía

El golpe de Estado de 9 y 10 de noviembre de 1799 coloca a Bonaparte al frente del gobierno de Francia. Queriendo dotar de enfermeras a los hospitales, que alber­gan numerosos enfermos, autoriza que la Comunidad se congregue de nuevo. Con fecha 12 de diciembre de 1800, se firma una Orden del Ministerio del Interior:

«La ciudadana Antonia Deleau, Superiora de las Hijas de la Caridad, aquí presente, queda autorizada a preparar y suministrar alumnas para el ser­vicio de los Hospitales. «

Y con tal fin, se pone a su disposición una casa: el antiguo colegio de Huérfa­nas de la Madre de Dios, creado en 1650 por el Sr. Olier, Párroco de San Sulpicio. El edificio, confiscado durante la Revolución, está deshabitado; después de algunas reparaciones necesarias, el 20 de enero de 1801, las Hermanas toman posesión de su nueva Casa Madre, en la calle del «Vieux Colombier».

Madre Antonia Deleau decide trasladar los restos de Luisa de Marillac, desde la calle Macons Sorbonne a la nueva Casa Madre. Esta vez, es el Vicario General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad, Señor Placiard, quien preside el traslado. El 4 de mayo de 1802, hace el reconocimiento de la caja que le presenta la Superiora de la Casa, Sor Clara Massal y, después de verificar los sellos colocados en 1797, a primeras horas de aquella tarde, un hombre de confianza trans­porta la preciosa caja a la calle del Vieux Colombier. Se ha designado a Sor Gillete Ricourt y a Sor Elisabeht Lepinasse para ser las que reciban las reliquias y las deposi­ten en la capilla, en donde se han reunido todas las Hermanas. Después de unos momentos de oración, muy fervorosa, las dos mismas Hermanas llevan las reliquias al piso 2.° de la casa, a la Sala de Ejercicios, que se sitúa encima de la capilla. Quince Hermanas firmaron el acta del traslado.

La primera en llegar a la calle del Bac

La Compañía de las Hijas de la Caridad se va reconstituyendo poco a poco. Pa­sados los años tormentosos de la Revolución, las Hermanas se sienten felices de reanudar la vida de comunidad. Llegan numerosas las postulantes, y la casa de la calle del Vieux Colombier resulta pronto demasiado pequeña. El gobierno busca dónde instalar a las Hijas de la Caridad. En mayo de 1813, la ciudad de París pone a disposi­ción de la Compañía el palacete llamado de Chátillon, sito en la calle del Bac. El go­bierno se encarga de las reparaciones y reformas necesarias, y mientras duran éstas, las Hermanas esperan antes de cambiarse de casa. Pero un acontecimiento exterior precipita la mudanza.

El 18 de junio de 1815, Napoleón es derrotado en Waterloo. Los ejércitos victo­riosos le persiguen y se acercan a París. El 28 de junio, las tropas están en Saint De­nis, y el gobierno se inquieta por las jóvenes educandas de la Casa de la Legión de Honor. No pareciéndole que estén seguras en Saint Denis, decide trasladarlas a Pa­rís, a la calle del Vieux Colombier. Las Hermanas tienen, pues, que marchar a la calle del Bac.

La noticia de que los soldados están tan cerca, llena de espanto a Sor Gaubert, quien, el 29 de junio, llama a un coche de punto (o de alquiler). Son las 10 de la mañana. Toda temblorosa toma consiguo la caja que contiene los restos de Luisa de Marillac, sube al coche y, con un crucifijo en la mano, pide al cochero que la lleve a toda prisa a la calle del Bac. Allí deposita su preciosa carga en la sacristía…

Poco después, van llegando las Hermanas. Una vez pasada la emoción, Sor Dant, encargada de la sacristía, y Sor Gaubert colocan las reliquias de Luisa de Marillac en la Sala de Ejercicios, dispuesta encima de la capilla. Allí permanecieron durante varios años los restos de Luisa de Marillac.

La circular de 1.° de enero de 1825, de Sor Catalina Amblard que fue Superiora General de 1821 a 1827, relata a las Hermanas el nuevo traslado de las reliquias efec­tuado el 5 de noviembre de 1824:

«Los restos mortales de nuestra venerable madre y Fundadora han que­dado depositados en una fosa que habíamos mandado construir para tal efecto en la nave de nuestra capilla. Dicha fosa se ha cubierto con una gran lápida de mármol negro, que lleva grabado el mismo epitafio que la que había en nuestra antigua casa sobre la tumba de nuestra Venerable Madre; se han añadido las fechas de los últimos traslados. «

Madre Catalina Amblard explica a continuación que recordar a Luisa de Mari­Ilac, tener presente su memoria, es un medio para renovarse en las virtudes de las que ella dio ejemplo durante su vida.

La humilde «Señorita» sale de la sombra

El 16 de junio de 1882, el Padre Fiat, Superior General desde hacía cuatro años, preside una sesión extraordinaria del Consejo de la Compañía de las Hijas de la Cari­dad. La finalidad de dicha reunión es la de examinar si procede o no poner en mar­cha la idea que se ha concebido anteriormente de emprender el proceso de beatifi­cación de la Señorita Le Gras, co-Fundadora de las Hijas de la Caridad.

Los miembros del Consejo toman por unanimidad la decisión de llevar a cabo ese trabajo tan cargado de esperanzas para toda la Compañía.

En 1886, el Padre Fiat escribe el prólogo de la edición de los cuatro tomitos que presentan la vida y escritos de Luisa de Marillac.

«No tendrán dificultad en comprender, queridas hijas, la finalidad que nos hemos propuesto al publicar esta obra: dar a conocer mejor a las Hijas de la Caridad a la que su madre y fundadora, y con ello ayu­darlas a penetrarse mejor de su espíritu, recordando los orígenes de su Compañía y mostrarles, mediante las enseñanzas de Luisa de Mari­llac, que la Compañía ha sido establecida sobre los cimientos de la humildad, de la pobreza y de la confianza en Dios».

Los pasos y gestiones para llegar al reconocimiento de la santidad de Luisa de Marillac van avanzando lentamente. El 10 de junio de 1895, el Papa León XIII firma el decreto de introducción de la causa de Beatificación. A continuación se desarro­llan largas encuestas con comparecencia de testigos que declaran acerca de las vir­tudes de la Sierva de Dios, con examen detallado de las curaciones milagrosas y con un estudio profundo de todos sus escritos. Todo ello queda terminado en París en abril de 1905. Las actas ocupan 1.586 folios.

Poco antes de terminar esta larga encuesta, se procede al reconocimiento ofi­cial de las reliquias de la futura Beata. Para ayudar a las Hermanas a que vivieran plenamente tal acontecimiento, el domingo 26 de marzo de 1905, la Directora del Seminario prepara la lectura, en el refectorio, del relato de los diversos traslados de los restos de la Señorita Le Gras. El lunes por la tarde, las Hermanas hicieron la ora­ción al compás de los golpes de pico para levantar la piedra del sepulcro. El miércoles por la mañana, una instrucción especial en el Seminario, dio el tono espiritual de la ceremonia.

Por la tarde de aquel 29 de marzo de 1905, en presencia del representante del Arzobispo de París, de los Superiores Generales, de tres médicos, de numerosos Sa­cerdotes de la Misión e Hijas de la Caridad, se sacó de la fosa situada en el pasillo de la nave central de la Capilla, la caja que contenía los restos de Luisa de Marillac y se llevó en procesión a la Sala de Ejercicios.

Después de haber comprobado la autenticidad de los sellos que se pusieron en 1824, los médicos abrieron la caja y depositaron los huesos en una mesita cubierta con un mantel blanco; después, procedieron a la identificación de los mismos. La Hermana encargada de redactar el acta de esta ceremonia hace constar:

«Nos comíamos con los ojos aquella mesita y nuestros corazones latían aceleradamente al contemplar por primera vez los restos venerados de nuestra piadosa Fundadora. Nuestra Madre (Madre Kieffer) estaba ra­diante de alegría, y después de cierta ansiedad, al principio, el rostro de Nuestro Muy Honorable Padre (Padre Fiat) se iluminó también».

Mientras que los médicos proseguían su trabajo, se invitó a las Hermanas a que fueran desfilando por delante de aquella mesa. La narradora añade:

«Las Hermanitas del Seminario pasaban tan penetradas, tan recogidas,
que nuestra Madre les decía de vez en cuando: «Pero miren»».

Los preciosos restos se colocaron en una nueva caja de roble que volvió a depo­sitarse en la fosa en espera de la beatificación.

El altar de la Bienaventurada Luisa de Marillac

El domingo 9 de mayo de 1920, en la Basílica de San Pedro, en Roma, se cele­bró solemnemente la Beatificación de la Venerable Sierva de Dios Luisa de Marillac, co-Fundadora de las Hijas de la Caridad.

En la Casa Madre, desde hacía varios meses, se estaba preparando el altar de la futura Bienaventurada en la cabecera de la nave lateral izquierda. En 1849 se había puesto allí un altar dedicado a la Santa Cruz, haciendo juego con el de las Aparicio­nes, colocado, en la misma fecha, en la nave lateral derecha (donde ahora se halla el altar dedicado a San Vicente).

En el altar que se estaba preparando, se había previsto un lugar para colocar la urna con los restos. A modo de retablo, había un altorrelieve representando la glo­rificación de Luisa de Marillac. La escultura, de Lefévre, representaba en el ápice a la Santísima Virgen, sentada con el Niño en sus rodilas, y Éste, con una corona en la mano, se disponía a coronar a la Bienaventurada. A la izquierda, San Vicente, con delicado gesto, acogía a Luisa de Marillac a punto de subir las gradas que llevaban hasta el trono de María. En la parte de abajo, dos Hijas de la Caridad, contemplaban con admiración a su Bienaventurada Madre. En torno al altar, campeaban las fechas principales de la vida de la Srta. Le Gras.

La urna de roble con guarniciones de bronce dorado fue esculpida en los talleres del Sr. Brunet. El 6 de abril de 1920, los restos de Luisa de Marillac se exhumaron de nuevo en presencia de numerosos testigos y se llevaron a la Sala de Ejercicios, adornada con ramas de laurel. Los médicos colocaron los huesos en su posición na­tural y los ensartaron con un alambre de plata. Todo ello quedó envuelto en un suda­rio de seda blanca. Entonces, se depositó el esqueleto en el féretro que había servido para trasladar desde Bélgica el cuerpo de San Vicente. De momento, las reliquias quedaron en la habitación llamada «San Rafael», entre el Economato y el coro de la capilla.

Con gran esmero y fervor, las Hermanas se pusieron a preparar el hábito que había de revestir a la Bienaventurada: vestido y delantal de seda gris azulada, cofia negra, como se veía representada en los grabados antiguos, medias y una especie de zapatillas.

El martes 29 de junio de 1920, el cuerpo vestido y reclinado en una colchoneta blanca, quedó depositado en la urna, en presencia del Vicario General de París, dele­gado por el Arzobispo. Los sellos y el acta dan fe de la autenticidad de los restos de la Bienaventurada Luisa de Marillac.

En su circular del 1 de enero de 1921, la Madre Emilia Maurice recuerda todas las alegrías proporcionadas por el año 1920 y desea que en toda Hija de la Caridad pueda reconocerse.

«ese sello de humildad, de sencillez y de caridad que Nuestra Madre había dejado impreso en su Compañía naciente.

Preciso es que en sus hijas, extendidas por el mundo entero, se pueda encontrar, junto con su abnegación hacia todas las miserias y su olvi­do completo de sí mismas, ese espíritu interior que constituyó la sal­vaguarda de la perfección de Luisa de Marillac, en medio de su vida tan ajetreada y del trabajo absorbente que le imponía su cargo».

Todo estaba dispuesto para poder celebrar en París el triduo en honor de la Bienaventurada Luisa de Marillac. Las fiestas se desarrollaron primero en la iglesia de San Sulpicio, del 24 al 26 de junio. Y el día 27, la Capilla de la Casa Madre se estremeció a su vez con los cantos de júbilo y alegría.

El altar de Santa Luisa de Marillac

Catorce años transcurrieron, ricos en acontecimientos para la Compañía: cele­bración del tercer centenario de su fundación, beatificación de Catalina Labouré y, el 7 de noviembre de 1933, firma del Decreto proclamando que el nombre de Luisa de Marillac puede quedar inscrito en el Catálogo de los Santos.

Pocos meses separan esta proclamación de la fecha fijada para la canonización: 11 de marzo de 1934. Precede una preparación intensiva. Madre Lebrun insiste en la dimensión espiritual y redacta para «El Eco» de febrero de 1934, un artículo titula­do «Preparémonos para la Canonización».

«Lo que la Iglesia va a glorificar en nuestra Madre es su Caridad, su Amor a Dios y al prójimo».

Madre Lebrun desarrolla a continuación las características de esa Caridad que —dice– deben ser también !as de la nuestra: Caridad verdadera, irradiante, cor­dial…

Ese mismo número del «Eco» anuncia las modificaciones que se ha previsto ha­cer en el altar de Luisa de Marillac. La urna será sustituida por otra de nuevo modelo sobre la que velarán dos querubines como aquellos Angeles que, según la Escritura, guardaban celosamente la tumba de Moisés. El altorrelieve del retablo será igualmente sustituido por un mosaico en armonía con el de la Virgen Poderosa y el de San José: los rayos de luz que de él habrán de partir se proyectarán sobre la urna.

El 11 de marzo de 1934, la Basílica de San Pedro, en Roma, se ve llena de nume­rosos peregrinos procedentes de todos los puntos del mundo, para tomar parte en la glorificación de aquella que, juntamente con San Vicente de Paúl, les señala e in­vita a recorrer el camino de la Caridad. El Papa Pío XI proclama solemnemente la santidad de Luisa de Marillac. Inmediatamente se dejan oir las trompetas de plata, las campanas de San Pedro y el repique alborozado de las 300 iglesias de Roma. El triduo de Roma quedó marcado por el espléndido paregírico pronunciado por el Car­denal Pacelli, futuro Pío XII.

En la Casa Madre quedó fijado el triduo para los días 16, 17 y 18 de abril de 1934. Más de una vez surgió la duda: ¿estará terminado el altar para entonces? No fueron pocas las inquietudes por las que pasaron tanto la Madre General como la Ecónoma.

El día de la canonización la urna no estaba terminada todavía… Además, la Madre Lebrun había aprovechado las reformas que se estaban haciendo en la capilla para pedir al artista Bussy que pintara un nuevo fresco para el arco de medio punto del altar mayor, ya que el primitivo parecía hacer recaer toda la importancia en las Her­manas.

Por fin, el 13 de abril, a las cuatro de la tarde, la nueva urna estaba lista. Se colo­có encima del altar de mármol blanco renovado por completo. En el número del «Eco» de mayo de 1934, Madre Lebrun presenta «esa obra maestra de orfebrería y arte reli­gioso» y explica la simbología de la ornamentación. Las iniciales de Luisa de Marillac van entrelazadas con azucenas estilizadas que manifiestan la pureza de nuestro Amor. Al pie del altar, en tonos pálidos campea la Cruz con la inscripción Spes Unica, que recuerda el último deseo de Luisa de Marillac. Su testamento espiritual va grabado en mosaico de oro sobre el altar. En el frontispicio de la urna, un escudo de esmalte reproduce el sello de la Compañía: un corazón rodeado de llamas con la expresión «Caritas Christi urget nos».

En el corazón de toda Hija de la Caridad resuenan y están grabadas las palabras que Pío XI pronunció el día de la Canonización:

«La Caridad de Cristo nos apremia», es la máxima admirable del apóstol San Pablo, la que Santa Luisa de Marillac quiso tomar como ejemplo y como regla de toda su vida y de todas sus obras…Ahí tenéis… un ejemplo muy oportuno que comprender y que imitar».

 

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