La Caridad, expresión del Padre, contenido de la vocación Vicenciana

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Enrique Rivas, C.M. · Año publicación original: 1999 · Fuente: Revista Justicia y Caridad.
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El tema en sí es muy amplio, no sólo por el contenido, sino por las múltiples exposiciones y explicaciones que sobre él dio San Vi­cente de Paúl. Conscientemente tengo que reducirlo, y dada la abun­dancia de referencias en los textos relativos a la Cofradía de la Ca­ridad o Asociación de Caridad, limitarme casi por completo a estos escritos. Lo cual hago con gusto, pensando en que mi auditorio es­tá compuesto por miembros de esta querida Asociación vicenciana.

En el encabezamiento del Reglamento de la Caridad de Chatillon, dado por San Vicente en 1617, leemos:

… «la Caridad para con el prójimo es una señal infalible de los verdaderos hijos de Dios… algunas piadosas señoritas y unas cuan­tas virtuosas señoras… deseando obtener de la misericordia de Dios la gracia de ser verdaderas hijas suyas, han decidido reunirse para asistir espiritual y corporalmente a las personas de su ciudad, que a veces han tenido que sufrir mucho, más bien por falta de orden y de organización que porque no hubiera personas caritativas…».

Me parece muy importante encontrar en este Reglamento las afir­maciones que acabamos de hacer, ya que en ellas, en el plan de San Vicente, se traza la línea ideológica de las Caridades vicencianas de todos los tiempos. La precisión es total. Veamos:

Surge una organización que tiene como:

  • Objetivo: la asistencia… a las personas que sufren
  • Modo de hacerlo: asistirles espiritual y corporalmente Motivo: experimentar la caridad
  • Medio: reunirse para asistir, con orden y organización
  • Razón: la conciencia de que la Caridad es la señal infalible de los verdaderos hijos de Dios
  • Fin: obtener de la misericordia de Dios la gracia de ser verdade­ras hijas suyas

La razón y el fin de la Cofradía nos dan el «de dónde» y «hacia dónde» que la justifican plenamente. En nuestro caso, la conciencia de que la Caridad es la expresión de Dios y de todos los que se sienten hijos suyos, y por tanto, quien la vive es auténticamente su hijo y su hija. Él es el Padre de Amor. Y por eso, la Caridad, es el mismo Rostro de Dios, revelado por Nuestro Señor Jesucristo. Así lo percibió Vicente de Paúl. Por eso, todos los grupos que de él na­cen, llevan la Caridad como impronta. En el Reglamento de Chati­llon leemos: «… estas sirvientas de los pobres toman por patrono a Nuestro Señor Jesucristo y como finalidad, el cumplimiento de aquel ardentísimo deseo que tiene de que los cristianos practiquen entre sí las obras de caridad y de misericordia, deseo que nos da a cono­cer en aquellas palabras suyas: «Sed misericordiosos como es mi­sericordioso mi Padre celestial», y aquellas otras: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que se os tiene preparado…»».

Años después„ hablándoles a las Damas de París, San Vicente su­braya la gran dignidad de la vocación vicenciana de las Damas, precisamente en razón de la Caridad: «Vuestra compañía es una obra de Dios, y no una obra de los hombres. Como ya os he dicho otras veces, de los hombres no cabría esperar nada parecido; por consi­guiente, es Dios el que se ha mezclado en esto… ¿Y a quién hay que referir el designio de la compañía, más que al Padre de las miseri­cordias y al Dios de todo consuelo, que os ha escogido como vehí­culos de su consuelo y de su misericordia?… Por tanto es él el que por su gracia os ha llamado y os ha unido a todas;… no ha sido vues­tra propia voluntad la que os lo ha hecho abrazar, sino la bondad que él ha puesto en vosotras. Esto bien vale la pena que suscitemos el espíritu de caridad entre nosotros de todas esas maneras. ¡Cómo! ¡Es Dios el que me ha hecho el honor de llamarme! Es menester, por tanto, que escuche su voz, ¡Es Dios el que me ha destinado a estos ejercicios caritativos! Es preciso, por tanto, que me dedique a ellos».

Voluntarias de la Caridad. La Caridad, ¿un apellido? ¿o una identidad?

La Caridad, en la vida de una Voluntaria nunca tiene la categoría de un apellido, es algo substancial, y Vicente no se cansa de recordárselo: «(Hay que) entregarse a Dios para vivir como verdaderas Damas de la Caridad, que es lo mismo que damas que aman a Dios y al prójimo»5, así de sencillo y natural. Esto es lo que las define,

No cabe duda que una de las grandes impulsoras, junto a Vi­cente de Paúl, de las Voluntarias de la Caridad, o de las Damas (se­gún la terminología de entonces) fue Luisa de Marillac. Son mu­chas las referencias que podríamos traer de ella al comenzar esta reflexión, A mí me impresiona de un modo particular lo que po­dríamos llamar el primer impulso que Vicente le dio, por lo menos de los que tenemos constancia. La carta que le dirige el 6 de ma­yo de 1629, en el lenguaje de hoy, la llamaríamos su «envío a mi­sión», su «primer envío a misión». El texto es muy bello, y de él quiero resaltar algunas frases. Le dice:

«Vaya, pues, Señorita, en nombre de Nuestro Señor… que su divina bondad le acompañe… que sea ella su fuerza en su trabajo… Comulgará el día de la partida para honrar la caridad de Nues­tro Señor y los viajes que Él hizo con este mismo fin y la misma caridad, así como las penas, contradicciones, cansancios y tra­bajos que sufrió, a fin de que Él quiera bendecir sus viajes, dar­le su espíritu y la gracia de obrar con ese mismo espíritu y de soportar las penas de la forma con que Él soportó las suyas».

Es la llamada, el impulso que se va a prolongar en el tiem­po, Vicente, siempre enviando. Luisa, y tantísimas mujeres a través de los siglos, dejándose, guiar. Pero Vicente pone bien firmes las bases, comience por comulgar, para honrar la Cari­dad de Nuestro Señor, y después siga el camino para vivir esa misma Caridad, como Él, con su espíritu… Realmente es ma­ravilloso, ¡la Caridad en la base y en el actuar! Hablar de la Ca­ridad de Dios, manifestada en nuestro Señor Jesucristo, es ha­blar de lo nuestro, de lo único que la Asociación y cada uno de sus miembros se propone vivir, en la dinámica planteada por Vi­cente de Paúl y vivida por la gran Maestra de las Caridades que fue Luisa de Marillac.

Lo tenemos fácil. Tratar este tema es entrar en lo nuclear, no per­dernos en las ramas.

La Caridad, en el espíritu de las voluntarias

Cuando San Vicente funda la institución, lo hace dándoles el nombre de Sirvientas de los pobres o de la Caridad. Para Vicente de Paúl, esta expresión «Caridad» tiene la categoría de un auténti­co substantivo y son muchas ocasiones en que la utiliza así.

Sería bueno que hiciésemos el gozoso esfuerzo de meternos en la mente de Vicente de Paúl y tratásemos de descubrir qué entiende él por «Caridad» y por qué a las dos grandes instituciones femeninas que él creó las vincula precisamente a ella. Tenemos medios para conocer su pensamiento en los textos que se refieren directamente a las Damas de la Caridad, y en los más abundantes que se relacionan con las Hijas de la Caridad. Éstos, son muy válidos para las Volun­tarias, ya que las Hijas de la Caridad, indudablemente, surgieron pa­ra ocupar el lugar fallido de algunas de las primeras Damas de la Ca­ridad y, por eso mismo, podríamos decir que, en el Pensamiento de San Vicente, responden a la imagen ideal de lo que debe ser una Da­ma de la Caridad: Lo que él intentaba cuando fundó la Cofradía de la Caridad en Chatillon.

1. La Caridad, expresión de Dios

En una preciosa conferencia a las Hijas de la Caridad, el 5 de ju­lio de 1640, trata de explicarles en qué consiste la vocación, de la Hija de la Caridad, y hace una afirmación muy clara: «Ser Hijas de la Caridad es ser hijas de Dios, hijas que pertenecen por entero a Dios, pues el que está en la caridad está en Dios, y Dios en él». In­dudablemente está citando a San Juan en su primera carta: «Por nues­tra parte, hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos cre­ído en él. Dios es amor: el que permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él», y la referencia le vale para hacer la afirma­ción más rotunda: la Caridad nos une a Dios, porque Dios no es otra cosa más que Caridad.

Por eso viven la conciencia de haber sido llamadas para esto: «La Compañía de las Hijas de la Caridad ha sido fundada para amar a Dios, servirle y honrar a Nuestro Señor su dueño…, de esta forma, vuestro propósito, al venir a la Caridad, tiene que ser puramente por amor y el gusto de Dios; mientras estéis en ella, todas vuestras ac­ciones tienen que tender a este mismo amor».

Es difícil poder distinguir entre la Caridad como expresión de nuestro ser en Dios, y el ejercicio de una virtud que nos lleva a Dios.

La revelación de Dios como Padre y Caridad nos viene por Jesu­cristo, por eso, al tiempo que aprendemos a conocerlo así, según las palabras del Hijo, tratamos de ver cómo hemos de relacionarnos con Él, mirando a quién nos lo ha dado a conocer: «Hay que imitar al Hijo de Dios que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios su Padre». No es, pues, de extrañar que esto se afirme al definir cuál es el Patrono de la Asociación, como ocurre en el Reglamento de la Caridad de Folleville: «La asociación tiene por patrono a Nuestro Señor Jesucristo, que es la misma Caridad».

La imitación del Hijo de Dios se realiza en el ejercicio de la Ca­ridad. A San Vicente no le importa tanto el discurso en tomo la Ca­ridad que es Dios Padre, cuanto la práctica de dicha Caridad: «To­dos saben que en el amor de Dios y del prójimo están comprendidos toda la ley y los profetas. Todo se condensa en ello; todo se dirige allá; y este amor tiene tanta fuerza y primacía que el que lo posee cumple las leyes de Dios, ya que todas se refieren a este amor, y es­te amor es el que nos hace hacer todo lo que Dios pide de nosotros.

Pues bien, esto no se refiere únicamente al amor de Dios sino a la caridad con el prójimo por amor de Dios; fijaos bien, por amor de Dios, esto es tan grande que el entendimiento humano no lo pue­de comprender; es menester que nos eleven las luces de lo alto pa­ra hacernos ver la altura y la profundidad, la anchura y la excelencia de este amor.

Santo Tomás propone la cuestión siguiente: ¿quién es el que más merece? ¿el que ama a Dios y descuida el amor al prójimo o el que ama al prójimo por amor de Dios? Y da él mismo la respuesta a es­ta duda, diciendo que es más meritorio amar al prójimo por amor de Dios que amar a Dios sin entrega al prójimo. Y lo prueba así, de una forma que parece paradójica: «Dirigirse al corazón de Dios, en­cerrar en él su amor por completo, no es lo más perfecto, ya que la perfección de la ley consiste en amar a Dios y al prójimo». Dadme a un hombre que ame a Dios solamente, un alma elevada en con­templación que no piense en sus hermanos; esa persona, sintiendo que es muy agradable esta manera de amar a Dios, que le parece que es lo único digno de amor, se detiene a saborear esa fuente in­finita de dulzura. Y he aquí otra persona que ama al prójimo, por muy vulgar y rudo que parezca, pero lo ama por amor de Dios. ¿Cuál de esos dos amores creéis que es el más puro y desinteresado? Sin duda que el segundo, pues de ese modo se cumple la ley más per­fectamente. Ama a Dios y al prójimo. ¿Qué más puede hacer? El pri­mero no ama más que a Dios, mientras que el segundo ama a los dos. Hemos de entregamos a Dios para imprimir estas verdades en nuestras almas, para dirigir nuestra vida según este espíritu y para hacer las obras de este amor».

2. La Caridad para el servicio de los pobres

Vivir en el espíritu vicenciano supone ejercer un amor «afectivo» y «efectivo». Fue uno de los temas de insistencia de San Vicente.

Eso supone servir a los Pobres «espiritual y corporalmente». Es al­go que está muy claro en todas las reflexiones que San Vicente hace a cualquiera de los grupos que nacieron de él. No basta con responder solamente a las necesidades de los cuerpos, hay que compartir con ellos los valores del espíritu. Así lo plantea a las Damas: «Y como la finali­dad de este instituto no consiste solamente en asistir a los pobres en lo corporal, sino también en lo espiritual, las sirvientas de los pobres procurarán y pondrán todo su interés en disponer para vivir mejor a los que sanen, y a bien morir a los que mueran, dirigiendo a esta fi­nalidad su visita, rezando con frecuencia a Dios por ello y teniendo al­gunas pequeñas elevaciones del corazón a Dios para este efecto.

Además, convendrá que lean de vez en cuando algún libro devo­to en presencia de los que sean capaces de sacar algún provecho de ello; les exhortarán a soportar la enfermedad con paciencia, por amor de Dios, y a creer que él se la envía para su mayor bien; les harán hacer algunos actos de contrición, que consiste en tener pe­sar por haber ofendido a Dios por amor a él mismo, a pedirle per­dón y a hacer el firme propósito de no volver a ofenderle nunca; y en el caso de que se agravase su enfermedad, procurarán que se confiesen lo antes posible. En cuanto a los que estén en peligro de muerte inminente, se encargarán de avisar al señor párroco para que les administre la extremaunción, les moverán a que tengan con­fianza en Dios y que piensen en la muerte y pasión de Nuestro Se­ñor Jesucristo, encomendándose a la Santísima Virgen, a los ánge­les, a los santos, y especialmente a los patronos de la ciudad y a aquellos cuyo nombre llevan; harán todo esto con un gran celo de cooperar en la salvación de las almas y de llevarlas como de la ma­no hasta Dios». Por eso, la sirvienta, al visitarlo, «…le dirá algunas palabritas sobre Nuestro Señor, con este propósito, procurará ale­grarle si lo encuentra muy desolado… lo hará confesar para que comulgue al día siguiente, ya que es intención de dicha cofradía que confiesen y comulguen todos los que quieran ser asistidos por ella. Ante todo le llevará una imagen de un crucifijo, que colocará en un sitio en el que pueda verlo, a fin de que, poniendo a veces los ojos en él, considere lo que el Hijo de Dios ha sufrido por él».

2.1. El amor a Cristo en la persona de los pobres

Cristo está en los Pobres

El Cristo de San Vicente vive en la persona de los Pobres. Allí sigue sufriendo y muriendo en ellos. Una de sus convicciones más claras y decisivas es la afirmación, en innumerables ocasiones, de la identidad entre Cristo y los Pobres: Dice a las Damas de París: «Al visitar a los pobres del hospital y a los pobres niños, visitáis a Dios mismo en ellos; y el servicio que les rendís, se lo rendís al mis­mo Dios» . Es la idea tantas veces repetida a las Hijas de la Cari­dad: «Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuán­ta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí».

Uno se imagina a aquellas mujeres escuchándole con atención y pensando en su interior, como tal vez muchos podamos pensar, que es muy bonita la idea de identificar a los Pobres y a Jesucristo espi­ritualmente. Es como una motivación para actuar bien… Pero, ¡no!, la afirmación va más allá. Por si hay alguna duda: es algo tan cier­to que se puede percibir de modo claro: ¡como que estamos aquí! Y de esto no dudamos. Tampoco podemos dudar de esa presencia.

De tal manera que, amarlos a ellos es amar al mismo Jesucris­to, es entrar en sus mismos sentimientos, por medio de los cuales Él mismo nos enseñó a amar a los Pobres, indicándonos el medio para amarle a Él. Así se lo explicaba San Vicente a las primeras Damas de la Caridad: «Es para Él un honor entrar en sus senti­mientos, seguirlos, hacer lo que Él hizo y realizar lo que Él ha or­denado. Pues bien, sus sentimientos más íntimos han sido preo­cuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y Él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, ser­vir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que les hacemos a los pobres los considerará co­mo hechos a su divina persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres? ¿Y qué amor podemos nosotros tenerte a él si no amamos lo que él amó? No hay ninguna diferencia, se­ñoras, entre amarle a él y amar a los pobres de ese modo; ser­virles bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es de­bido e imitarle en nuestra conducta. Si esto es así, ¡cuántos motivos tenemos para animarnos a proseguir estas buenas obras, diciendo ya desde ahora desde lo más profundo de nuestros corazones: «Sí, me entrego a Dios para cuidar de los pobres y para practicar con ellos las obras de caridad; les atenderé, les querré, les cuidaré; y, a ejemplo de Nuestro Señor, amaré a quienes les consuela y res­petaré a todos los que les visiten y atiendan» ! Pues bien, si nues­tro bondadosísimo Salvador se considera honrado con esta imita­ción, ¡cómo hemos de sentirnos también nosotros honrados en poder hacernos semejantes a él! ¿No os parece, señoras, que es és­te un motivo muy poderoso para renovar en ustedes el primer fer­vor? En cuanto a mí, creo que debemos ofrecernos hoy a su divi­na Majestad, para que nos anime de su misma caridad, de forma que en adelante se pueda decir de todas ustedes que es la caridad de Cristo la que les impulsa».

Esa caridad lleva a la sierva de los pobres a ser cuidadosa has­ta en los detalles. A ello llegaba el mismo San Vicente en los Re­glamentos: «… les saludará cuando llegue con alegría y caridad… invitará caritativamente al enfermo a comer, por amor de Dios y de su santa Madre, todo ello con mucho cariño, como si se trata­se de su propio hijo, o mejor dicho de Dios, que considera como hecho a sí mismo el bien que se le hace a los pobres…».

Consecuencias de este identificación

Si en los Pobres descubrimos a Cristo es lógico que actuemos en consecuencia. Si Cristo lo es todo, ellos también lo son. Vicente acu­ñará una frase muy significativa: «Ellos son nuestros amos y señores…». El trato que les debemos es el que corresponde a un señor. Pero seño­res admitidos mejor que los señores de la tierra. Y esto gracias al amor: «La caridad, cuando habita en el alma, ocupa por entero todas sus po­tencias: no hay descanso, es un fuego que actúa sin cesar».

—Nuestra vocación vicenciana nos lleva a amarles. Sentirnos hi­jos y amados por un Dios Padre/Madre, lo debemos traducir en el trato con los Pobres. A San Vicente no le cabe duda de que las Da­mas se convierten en verdaderas «madres» de los niños pobres y abandonados: «Nuestro Señor os ha llamado para que seáis sus ma­dres… la Providencia os ha hecho madres adoptivas de esos niños. Fijaos bien, madres adoptivas. Se trata de un vínculo que habéis contraído con ellos, de forma que, si vosotras abandonaseis a esos pobres niños, no tendrían más remedio que morir». En su expresi­vidad, Vicente de Paúl, llega a imaginarse las frases llenas de gran contenido teológico que les dirían los niños a las Damas, si éstas se desatendiesen de ellos: «¿Qué dirán esas pequeñas criaturas? » ¡Ay, queridas madres! ¿Nos vais a abandonar? Pase el que nos abando­naran nuestras propias madres, pues eran malas; pero si lo hacéis vosotras, que sois buenas, es lo mismo que decir que Dios nos ha abandonado y que no es nuestro Dios» «.

Es el amor, que es Dios, el que fuerza el compromiso y al mo­do de realizarlo.

—El lenguaje de las obras (11,9) es la expresión de ese amor. Son las obras de caridad, solidaridad y justicia. Ayudarles, sobre todo, a que descubran las causas de su pobreza, para que ellos luchen con­tra ella, si es posible, y si no, ofrecerles toda nuestra ayuda para que lo consigan. No basta con la limosna. Es preciso que les ayudemos a prepararse para que ellos se puedan defender por ellos mismos: «por este medio… se les enseñe a ganarse la vida y se les atienda en sus necesidades, y para que finalmente las ciudades se vean li­bres de muchos vagos y viciosos y progresen con el comercio de lo que hayan hecho los pobres».

Así, entre las tareas de las Cofradías de Caridad, se proponía la formación como una muy importante. Leemos en los Reglamentos de la Caridad: «Los niños se pondrán a aprender un oficio apenas tengan la edad competente para ello». Y en otro: «Se reunirá a to­dos los muchachos en una casa alquilada indicada para ello, don­de se les hará vivir y trabajar bajo la dirección de un eclesiástico y el gobierno de un maestro obrero, según el presente reglamento.

De la obligación del maestro obrero del taller

Será obligación del maestro obrero enseñar su oficio a los mu­chachos que los oficiales de la Caridad pongan en el taller, según el reglamento que aquí se indica, sin que le esté permitido recibir ni despedir a ningún aprendiz por ningún motivo, más que con la li­cencia de dichos oficiales de la Caridad, a quienes corresponde la total dirección del taller.

De los aprendices del taller

Los pobres aprendices, con sus padres y madres, se obligarán de palabra, bajo juramento, a enseñar gratis su oficio a los niños po­bres de la ciudad que vengan después de ellos, cuando los oficiales de la Caridad se lo ordenen, con la carga de que dichos aprendices a quienes ellos enseñen serán alimentados por la compañía.

Empleo de la jornada en el taller

Los pobres se levantarán a las cuatro de la mañana, estarán ves­tidos a las cuatro y media, rezarán a Dios hasta las cinco, trabaja­rán hasta que toquen a la primera misa, que irán a oír en filas de dos en dos; volverán de la misma forma, desayunarán a los ocho, comerán en silencio y con lectura al mediodía, merendarán a las tres y media, cenarán a las siete, tendrán recreo hasta las siete y tres cuartos; rezarán luego sus oraciones y tendrán el examen de concien­cia y se acostarán a las ocho».

—El Amor debe expresarse: Se trata de mostrar el Amor de Dios, pero no sólo con las palabras, sino sobre todo con el convencimiento y la vida: «Hacéis ver y sentir la Bondad de Dios a través de la vues­tra a esas pobres gentes, y hacéis así que lo glorifiquen; por eso es por lo que os recomienda que visitéis a los pobres». «Os ha escogido como vehículos de su consuelo y de su misericordia». Por eso se en­tiende que en todos los reglamentos se invite a cuidar el «porte y la palabra». Así leemos en el Reglamento de Folleville: «Se portarán hu­milde y caritativamente con los enfermos, diciéndoles con frecuencia algunas palabras piadosas y devotas para consolarles y animarles».

—Una relación de Amor. No basta con recoger las limosnas, o pre­parar los envíos de remedios para sus necesidades. En la caridad vicenciana es imprescindible el «contacto» con los Pobres. Saber estar con ellos, dialogar y trabajar con ellos. Qué expresivo resul­ta San Vicente cuando se lo explica a las Damas de París: «Prepa­rar su espíritu saludándoles con amabilidad…». Y revisándose en profundidad, una vez que se haya estado con el Pobre: «A la sali­da dar gracias a Dios por lo que habéis hecho. Pensar en voso­tras mismas, volviendo sobre el modo como os habéis conducido en esta buena obra y sobre los medios de corregir las faltas. Si ha­béis encontrado algún auxilio que dar para que salgan del peca­do, darlo cuanto antes…».

—»El amor es inventivo hasta el infinito» (XI,3,65). Al escuchar­les y percibir su necesidad, es preciso saber acertar en el modo de la mejor ayuda.

—Al amarles, la Asociación se construye a sí misma; encuentra en ese amor un motivo para fortalecerse en el encuentro: Decía San Vi­cente a las Damas de París: «(Al visitarles…) Os edificáis mutuamente y os encamináis así al menosprecio del mundo y a una unión más estrecha con Dios, visitando a esas pobres gentes».

—La propia coherencia depende del amor que les tengamos. Amar supone siempre una gran felicidad. No amar, dice San Vicente, «nos privaría de la bienaventuranza: Beatus qui intelligit super egenum et pauperem (Sal 40, 2), y de aquella otra: Beati misericordes, quo­niam ipsi misericordiam consequentur (Mt 5, 7)… se priva uno de

la felicidad de cumplir la ley de Dios, que siempre se lleva a cabo por la caridad para con el prójimo: Qui diligit proximum suum le­gem implevit (Rm 13, 8). Se priva uno del consuelo que se recibe al ser caritativo en este mundo y de la asistencia de Dios en el día del juicio: Jucundus homo qui miseretur et commodat (Sal 111, 5)».

2.2. La Caridad constituye la vida de la Asociación

Dos grandes preocupaciones refleja San Vicente en sus comuni­caciones a las primeras Damas de la Caridad: entregarse para el ser­vicio de Cristo en los Pobres, y hacerlo por medio del amor y pre­ocupación por todos y a cada uno de los miembros de la Cofradía de la Caridad, «a fin de que la Compañía se conserve en una sincera amis­tad, según Dios». Él mismo les sugiere una fórmula de entrega: «¡cuán­tos motivos tenemos para animarnos a proseguir estas buenas obras, diciendo ya desde ahora desde lo más profundo de nuestros corazo­nes: «Sí, me entrego a Dios para cuidar de los pobres y para prac­ticar con ellos las obras de caridad; les atenderé, les querré, les cui­daré; y, a ejemplo de Nuestro Señor, amaré a quienes les consuelan y respetaré a todos los que les visiten y atiendan» «.

«Amaré a quienes les consuelan y respetaré a todos los que les visiten y atiendan…»: He aquí una de las grandes preocupaciones de San Vicente. ¿Qué calidad puede tener la caridad con los pobres si no se vive en el seno de la misma Asociación?

Por ese motivo les marca unas metas muy claras en el camino del entendimiento entre ellas: «Se querrán mutuamente con gran cari­ño, como hermanas a las que Nuestro Señor ha ligado con el vín­culo de su amor, se visitarán y consolarán mutuamente en sus en­fermedades y desgracias, comulgarán a intención de las enfermas y de las que mueran…». «Los asociados y asociadas se tendrán una gran caridad». Esa gran caridad que debe existir entre los miembros de la Asociación se ha de cuidar evitando los vicios y defectos que la entorpecerían. En el Reglamento de Montmirail se le hace un en­cargo especial al señor rector: «Dicho señor rector se portará pru­dentemente con las sirvientas de los pobres, procurando según las ocasiones animar a las tibias y hacer progresar a las fervorosas, cuidando muy especialmente de que no se introduzcan entre ellas la envidia y la emulación, que son una peste espiritual muy peligrosa e invitándolas todo cuanto pueda a que se quieran las unas a las otras, lo mismo que Nuestro Señor Jesucristo quiere a su esposa, la santa Iglesia».

Tarea que también debe asumir la priora o presidenta: «Pensará con frecuencia en que el cargo de priora la obliga a mostrar el ca­mino de la perfección a las demás, mediante su buen ejemplo, y pro­curará sobre todo conservar el espíritu de unión y de caridad entre ellas, apagando desde el principio las pequeñas rencillas, emulacio­nes y celos que con tanta frecuencia se introducen en las más santas Compañías».

Es significativo que una de las actividades que San Vicente re­comienda insistentemente a las Damas es que se encuentren perió­dicamente para participar, juntas, en la celebración de la Eucaris­tía, recibiendo la Comunión. Es momento de unión y experimentación, del que lógicamente, por la naturaleza del acto, se derivará en la Caridad: «Y para que los asociados se aprovechen y se afiancen ca­da vez más en el espíritu de caridad, se reunirán todos los primeros o terceros domingos de cada mes en la capilla destinada para dicha asociación, en donde oirán misa por la mañana y las personas que tengan devoción para ello, como a todos se les exhorta encarecida­mente, se confesarán y recibirán la comunión».

3. Medios para vivir la Caridad

«… Me decís: «Padre, estamos todas convencidas de que es im­portante continuar los bienes comenzados… y que no solamente hay que servir a Dios y atender a los pobres, sino además hay que pro­curar hacerlo bien; no queda más que buscar los medios para ello, puesto que gracias a Dios estamos decididas y dispuestas a hacer todo lo posible para que sigan adelante las obras y prosigan nues­tras reuniones» «.

San Vicente insiste, de continuo, en la necesidad de valerse de unos medios y entregarse totalmente a la tarea:

—Llenarse de esa caridad: «un interés continuo y acendrado por trabajar en el progreso espiritual», dirá San Vicente. Por eso los medios que sugiere San Vicente son muy simples, pero muy certe­ros, van al núcleo, al encuentro con la auténtica Caridad de Dios. la que después hay que llevar a los demás. «Se actuará siempre por puro amor de Dios», es la máxima clave que define toda la actua­ción de la Compañía.

—Se impone una revisión de criterios. La verdadera Caridad difí­cilmente encaja hoy con los planteamientos de un mundo postmo­derno, donde el egoísmo y la indiferencia ante los problemas de los otros se ensalza como camino de felicidad. San Vicente ya pone en guardia contra estos criterios. Él les llamaba las «máximas del mun­do»: «Y puesto que las máximas del mundo no están de acuerdo con esto y no hay nada que nos prive tanto del espíritu de Dios como el vivir mundanamente en el siglo, y como cuanto mayor es el lujo y el fasto, más indigno se hace uno de poseer a Jesucristo, las damas de la Caridad tienen que apartarse de este espíritu del mundo como de un aire infectado; es preciso que se declaren partidarias de Dios y de la caridad. Y tiene que ser por entero, pues el que quisiera ad­herirse en una pequeña parte al partido contrario, lo estropearía to­do, puesto que Dios no puede tolerar un corazón compartido; lo quiere todo; sí, lo quiere todo. Tengo el consuelo de hablarles a unas almas que son totalmente suyas, apartadas de todo lo que podía ha­cerlas desagradables a sus ojos.. Por consiguiente, hemos de creer que Dios no derrama sus gracias más que en aquellas que se sepa­ran del gran mundo, que se acercan a Dios… de forma que todo el mundo sepa que han hecho profesión de servir a Dios».

—La conciencia de vivir la llamada a una vocación singular en su condición de personas laicas, en la Iglesia. San Vicente lo ex­presa con toda claridad. No se trata de sentirse simplemente laicos, sino vivir en el mundo asumiéndolo como medio de perfección y entrega: «Las damas que se entreguen a Dios para vivir como ver­daderas cristianas, en la observancia de los mandamientos de Dios y cumpliendo con las reglas de la justicia: las casadas, obede­ciendo a sus maridos; las viudas, viviendo como viudas; las ma­dres, cuidando de sus hijos; las amas, de sus criados y criadas; y que finalmente añadan a estos deberes lo que el bienaventurado obispo de Ginebra les aconseja, a saber: que entren en las compañías y cofradías que hacen profesión especial de virtud y que, además de recomendar algún ejercicio exterior de piedad o de misericor­dia, lleguen también a la mortificación de las pasiones y al amor de Dios, esas damas caminarán por el buen camino que conduce a la vida. Entrad, pues, en esta compañía o cofradía las que to­davía no os hayáis alistado en ella, puesto que lo más importan­te es no tener corazón más que para Dios, ni más voluntad que la de amarle, ni más tiempo que para servirle. Si una se compla­ce en su marido, es por Dios; si se preocupa de sus hijos, es por Dios; si se dedica a sus negocios, es por Dios. Así es como se pa­sa por la puerta estrecha de la salvación y se llega al cielo.

Nuestro Señor tenía que tratar con tres clases de gentes: con los apóstoles, con los discípulos y con el pueblo. Este le seguía por al­gún tiempo, pero, después de haber saboreado sus palabras de vida, se retiraba. Esto le obliga a Nuestro Señor a decir a sus discípulos: «¿Y vosotros? ¿No queréis también dejarme?». Hay algunas perso­nas que, al ver cómo muchas de ustedes siguen constantemente a Nuestro Señor por este camino estrecho del ejercicio del amor de Dios y del prójimo, querrían también hacer lo mismo; es algo que parece hermoso; pero, como lo encuentran difícil, no se quedan.

Entre los que se mantuvieron firmes en seguir a Nuestro Señor, había, tanto mujeres como hombres, que le siguieron hasta la cruz; ellas no eran apóstoles, pero componían un estado medio, cuyo ofi­cio consistió luego en administrar a los apóstoles los medios de vi­da y en contribuir a su santo ministerio. Es de desear que las da­mas de la Caridad miren a esas devotas mujeres como a sus modelos. No hay ninguna condición en el mundo que se acerque tanto a ese estado como la vuestra. Ellas iban de un lado para otro para aten­der a las necesidades, no solamente de los obreros del evangelio, si­no de los fieles necesitados.

Ese es vuestro oficio, señoras; ésa es vuestra herencia. Bendecid a Dios porque os ha llamado a este bienaventurado estado, y vivid como aquellas santas mujeres. Sentid cariño y devoción por la bie­naventurada Juana de Cusa y por las demás de las que nos habla san Lucas; al hacer así, pasaréis por la puerta estrecha que lleva a la vida; y, como dice santo Tomás, os salvaréis todas, porque —se­gún dice— nadie puede perderse en el ejercicio de la caridad. En­cerrémonos, pues, dentro del recinto de esta virtud; pongámonos a los pies de Nuestro Señor y pidámosle que derrame luz, movimien­to y calor en vuestro espíritu cada vez más, para continuar hasta el fin con la obra comenzada; pues no hacer mañana un poco más que hoy, es lo mismo que retroceder. En la vida espiritual es necesario avanzar siempre, y se avanza cuando no se abandonan las buenas prácticas. ¡Quiera Dios conservaros en las vuestras y haceros vivir como a las verdaderas madres, que nunca abandonan a sus hijos! Pues bien, vosotras sois las madres de los pobres, obligadas a por­taros como Nuestro Señor, que es su padre y que se hizo semejante a ellos viniendo a la tierra a instruirlos, a consolarlos y a reco­mendárnoslos. Haced vosotras lo mismo, frecuentad los santos lu­gares, como son los hospitales, y tratad con las personas virtuosas, como son las de vuestra compañía. Esa será una señal de vuestra predestinación. Ese será un medio para avanzar en la virtud, un buen medio para atraer a otros a ella y el medio de los medios pa­ra conservar y hacer florecer a la compañía para gloria de Dios y edificación del pueblo».

—La comunión antes de servir a los pobres: Es la recomendación continua por parte de San Vicente. La comunión nos llena de Amor, el Amor del Dios entregado en la Eucaristía. Por eso es muy natu­ral que después de la comunión, una Voluntaria se haga una pregunta muy sencilla: «También es una buena práctica lo que se hace en ocasiones, preguntarse, por ejemplo después de la comunión: ¿Por qué eres tú dama de la Caridad? Es para procurar todo el bien que pueda a los pobres enfermos del hospital y a los niños expósitos».

—Vivir unas virtudes que nos acerquen al amor y lo hagan más real: «Se ejercitarán con esmero en la humildad, la sencillez y cari­dad… (y esto tanto en el trato entre las mismas sirvientas de los po­bres), respetando cada una a su compañera y a las demás y deján­doles la precedencia. (Como en el servicio, expresión de la Caridad). Realizarán todas sus acciones con la intención de demostrar su ca­ridad para con los pobres».

—Ser como carbones encendidos que prenden fuego en los demás. Es una comparación afortunada en Vicente de Paúl, cuando habla a las Señoras de la Caridad. El carbón encendido es fuego. La Cari­dad es fuego. Si vivimos la Caridad, el Fuego de Dios, fácilmente lo comunicaremos. Escuchemos a San Vicente: «El tercer medio pa­ra mantener la compañía es contribuir a llenarla con otras perso­nas piadosas y virtuosas. Pues, si no se anima a otras personas a entrar en ella, se irá reduciendo cada vez más y, al faltar gente, se­rá demasiado débil para poder llevar adelante unas cargas tan pe­sadas. Por eso mismo se propuso ya en otra ocasión que las damas procurasen, antes de morir, preparar antes a una hija, a una her­mana o a una amiga, para que entrase en la compañía; quizás es que no os acordáis. ¡Y qué buen medio sería que cada una de vo­sotras se convenciese bien de los grandes bienes que se siguen, en este mundo y en el otro, para las almas que ejercen las obras de mi­sericordia espiritual y corporal de tantas maneras como vosotras lo hacéis! Esto os moverá sin duda alguna a que vayáis preparando a otras para que se unan a vosotras en este santo ejercicio de la ca­ridad, por la consideración de esos bienes. Este convencimiento os animará primero entre vosotras, lo mismo que los carbones encen­didos que se ponen juntos, y luego calentaréis a las demás con vues­tras palabras y ejemplos».

Terminemos escuchando a San Vicente que tanto nos alienta: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que vivien­do y muriendo al servicio de los Pobres, en los brazos de la Pro­videncia y en una renuncia actual de nosotros mismos, para seguir a Jesucristo».

Ese seguimiento de Jesucristo está muy bien definido en el Re­glamento de la Caridad de Argenteuil, de 1634: «Hacen profesión de honrar a Nuestro Señor con un mismo espíritu, en la virtud que él practicó con la mayor perfección y que más apreció y recomen­dó, que es la de la caridad».

San Vicente decía de las primeras Damas que habían «respondi­do a todo esto con ardor y con firmeza». Es lo deseable.

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