El Sr. Jean Hourdel nació en Saint-Riquier en Pontieu, diócesis de Amiens. Su padre, magistrado de dicho lugar y consejero del Rey, se llamaba Michel Hourdel y su madre Jacquelime Salé. Fue bautizado el 5 de junio de l655. Desde su infancia, se sintió muy inclinado a la virtud.
Era un niño de gran sencillez, desprendido en todo, de una gran modestia y amante de la soledad; era para él una pena tomarse algún recreo. Se pasaba casi todas las noches en orar, cuenta su hermano Louis; pero como yo me quejara a nuestra madre, ya que me interrumpía el descanso, llegando a acostarse, en el invierno, frío como el hielo, él me lo reprochó dulcemente, lo que fue causa de que no dijera más. No dejaba por eso de salir de la cama callandito, y volvía a ella de la misma forma, sin tocarme por miedo a enfadarme. Pidió sin embargo a mi madre que le permitiera tener una habitación, para poder hacer oración.
«Aunque mi padre haya sido siempre un juez justo, le quería siempre a su lado en el estudio para obligarle a impartir justicia sin retraso, y me admiraba de que aceptaba con bastante frecuencia sus consejos en ciertos asuntos. Hablaba como un oráculo. Era como otro José con Jacob; daba a menudo consejos a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y hermanas, para vivir cristianamente. Todo debía andar bien en nuestra casa y no se debía ver atisbo alguno de mal. Por último puedo decir que nunca predicador alguno me produjo tan buenos sentimientos.
Durante la última enfermedad de mi madre, se mostró admirable en exhortarla a bien morir; no había ni párroco ni vicario que lo hicieran mejor. Y cuando no era más que clérigo en San Lázaro, parecía adivinar la muerte de mi padre; le escribió una carta para exhortarle a disponerse a morir, en unos términos tan fuertes que se hubiera dicho que había tenido revelación. En el año 1667, mi hermano mayor, procurador del Rey, en la magistratura de Crécy, se rompió una pierna, lo que le impidió ir a la audiencia; Jean de doce años se encargó de las causas y abogó por mi hermano; varias personas mayores me dijeron que era algo sorprendente ver a un muchacho pleitear contra viejos procuradores. Un poco más avanzado en edad, oyó un sermón de un Jacobino de Abbeville, al salir del cual entró en su habitación y escribió este sermón palabra por palabra.
«De todas las virtudes que se veía en él en esta escasa edad, el amor de la castidad era la principal. No miraba nunca a ninguna persona del sexo contrario, ni siquiera a mis hermanas, que vivían como religiosas. Ellas se reían de él, pues haciendo una peregrinación juntos en un carricoche, él se subió el primero, y como le pedían la mano para ayudarlas, no quiso de ninguna manera tocarlas, sino que les ofreció la punta de su chaquetín. Por último, yendo a consolar a una de mis hermanas, religiosa, por la muerte de nuestro querido padre, ella me dijo que no había advertido nunca en él ninguna falta, y que estaba segura que había conservado la inocencia bautismal». Tales son los recuerdos dejados por su hermano.
A la edad de quince años, fue enviado a París por su padre a casa de una persona de calidad para enseñarle un poco el mundo; pero no se quedó mucho tiempo, ya que, decía él, a su regreso, había visto mucho desorden, y añadía que era muy difícil negociar su salvación en París.
A su regreso de París, estudió el latín con los Benedictinos de Saint-Riquier. El P. Grégoire, maestro de los novicios de esta abadía, y demostrándole una gran amistad, quiso imitarle y probó en la orden de los Benedictinos en 1672.
Entró en la abadía de Saint-Faron de Meaux, donde estaba el noviciado de los Benedictinos. A su hermano de Saint-Riquier, que le llevaba, le decía por el camino que no se sentía llamado para trabajar su perfección sola, sino que habría deseado ser predicador y confesor para trabajar por la salvación del prójimo. Su salud no podía ajustarse a una vida tan austera; volvió pues a la casa paterna. Luego se dirigió a París para hacer su Filosofía.
Entró en la pensión de un tal Sr. Guillot, doctor en Sorbona, que tenía una pequeña escuela de jóvenes clérigos y de la que él fue secretario.
Le dieron una canonjía en Amiens, que le fue contestada. Aunque no presentó dificultad alguna, para evitar todo proceso, la abandonó por una capillita que ha poseído siempre.
Sintiendo revivir y fortalecerse día a día en su corazón los pensamientos de su primera vocación, entró en San Lázaro el 22 de octubre de 1675.
Al día siguiente fue recibido con gozo en el seminario. «Me acuerdo, refiere un Visitador de la Congregación, que estaba en el seminario con él, que el Sr. Hourdel demostraba su devoción en las conversaciones y en las conferencias y repeticiones que hacía con unción. Tenía ya, por aquel tiempo mucho celo por su adelanto espiritual y por el de sus hermanos. Veíamos en él mucho la virtud de sencillez y se puede decir que las tenía todas las que componen el espíritu del seminario.
Tuvo el consuelo de hacer los votos en la Congregación el 24 de octubre de 1677, y luego fue dedicado al estudio de la teología dogmática y moral; en menos de dos años hizo tales progresos que era capaz de enseñarla. Por ello le adelantaron las órdenes sagradas, y le admitieron al sacerdocio en la ordenación de septiembre de 1679. Dijo su primera misa el día de San Miguel, de quien era muy devoto, de manera que, en lo sucesivo, ha procurado que la capilla de nuestra casa de Montmirail se dedicara al gran arcángel. Después del retiro del mismo año, 1679, fue destinado a las misiones y enviado a nuestra casa de Crécy, en Brie, donde permaneció cosa de un año. Le llamaron a San Lázaro para enviarle a nuestra casa de le Mans, para ser empleado en el seminario y en las misiones; allí estuvo hasta finales del mes de agosto de 1683. Entonces fue destinado a nuestra casa de Luçon, para las misiones, en las que trabajó hasta el mes de octubre de 1685. De allí vino a Angers, donde nuestros sacerdotes no tienen otro empleo que las misiones: trabajó en esta diócesis hasta el mes de diciembre de 1689, época en la que el Sr. Jolly le llamó a San Lázaro para dedicarle al trabajo de las misiones hasta el 4 de octubre de 1690. Se prestó sin rechistar a todos estos cambios siguiendo la necesidad de las casas y el deseo de los superiores.
El Sr. Jean Hourdel fue nombrado superior de nuestra casa de Montmirail, a pesar de todas las repugnancias que sentía hacia este oficio, prefiriendo ser súbdito que superior. Tres años después, fue nombrado superior de nuestra casa de Richelieu, que es una de las más importantes de nuestra Congregación, y Dios ha coronado allí sus trabajos con una muerte preciosa, tras siete u ocho años de estancia en ella. En todos los lugares y empleos, ha sido un hombre de gran trabajo y que no se cuidaba en absoluto, porque estaba animado de un gran celo y de todas las demás virtudes que forman a un hombre apostólico.
El Sr. Hourdel era un hombre lleno de virtudes varoniles y sólidas. Decía con frecuencia: «Obremos con espíritu de fe, veamos las cosas bajo el punto de vista y las luces de la fe».
Se puede decir de él lo que se decía de san Pablo, que vivía de fe; por eso estimaba y honraba todo lo que se refería a esta virtud. Su mayor deseo era instruir a los ignorantes sobre el misterio de la fe; se veía con frecuencia a este fiel Misionero detener a los pobres que se encontraba por el camino para instruirlos en los misterios de nuestra fe.
Su devoción para con Dios era muy grande. Desde el comienzo de su seminario, estaba muy recogido en el oficio divino. Habiendo venido a verle uno de sus hermanos con su padre en el momento que se cantaban vísperas, y él, hallándose en la capilla de San Lázaro con varios clérigos más, a causa de los ordenandos que ocupaban el coro, se puso a sus pies, y le miró casi de continuo, a causa del gran afecto que le tenía; el ferviente seminarista no levantó los ojos, para mirarle y no se fijó siquiera si había alguien a su lado, como se lo declaró a este mismo hermano, que le preguntó si no los había visto durante las vísperas.
No dejaba escapar ninguna ocasión de rendir a Dios todo el respeto, todo el amor y el servicio que le era posible; pero como no se contentaba con la gloria que daba a Dios por sí mismo, cumpliendo con toda perfección posible las obligaciones de su ministerio, procuraba, en cuanto le era posible, que todas las criaturas le rindieran también todo el honor, respeto y servicio de que son capaces. De esto provenía este fervor extraordinario en todas las funciones de su ministerio. Era infatigable en el ejercicio de su caridad y fue el deseo de ganar almas para Dios el que le llevó a pedir con celo ser enviado a berbería, después de la muerte del Sr. Montmasson, sin sorprenderse por los sufrimientos espantosos que aquellos infieles habían hecho sufrir a éste, y ello por la asistencia a los pobres esclavos.
Compuso un libro titulado el Celo cristiano, para uso de las personas que trabajan en la salvación del prójimo. Parece que este tratado sea la realización del deseo del gran Francisco de Sales, al final del capítulo II del libro X del tratado del Amor de Dios, cuando suplicaba al Soberano Amante de las almas que se lo inspirara a alguno de sus excelentes siervos.
Lo que le ocupaba más eran los desdichados más abandonados, en el extremo de la miseria a que estaban reducidos los pobres extranjeros; que se refugiaban en Richelieu. Escribió varias veces al Sr. Dupuich, su predecesor en la parroquia de Richelieu, durante el año que el trigo estaba tan caro que valía de 56 a 60 libras el sextario, lo que reducía a los pobres a una escasez extrema de pan, para pedir a nuestro honorable Padre, el Sr. Jolly, permiso para vender una amplia tierra de la iglesia de Richelieu, para asistir a los pobres de la ciudad y no dejarlos morir de hambre, tal era su compasión por los necesitados. Con estas hermosas acciones ha llegado a merecerse el sentimiento de los ricos y de los pobres, que le han canonizado y tenido como un santo.
Con ocasión de su entierro en la iglesia de Richelieu, casi toda la ciudad asistió, llorando la muerte de un sacerdote, que se había ganado en poco tiempo el corazón de sus parroquianos por su caridad para con los pobres y por la santidad de su vida. Los oficiales de justicia, tanto de la Elección como del Ducado, asistieron por honor a sus funerales en togas de palacio.
He aquí la carta que el Sr. Jolly escribió al Sr. Hourdel, procurador del Rey en Crécy en Ponthieu, hermano mayor de nuestro querido difunto, en que queda confirmado todo en pocas palabras todo cuanto se ha dicho aquí a lo largo de la noticia:
París, 22 de junio de 1694.
«Señor,
«Nos hicisteis el honor de venir aquí, hace tres semanas: me pedisteis noticias de vuestros Señores hermano, y os respondí que estaban bien, como así era. Pero las cosas han cambiado mucho, ya que, muy poco después, el Sr. Jean Hourdel, que era superior de nuestra casa de Richelieu, cayó enfermo, y Dios ha querido llevárselo el 15 de este mes.
«Ha sido una gran pérdida para nosotros, pues era una excelente persona, muy virtuoso y lleno de celo. Es llorado por todas partes por los que le han conocido, pero somos nosotros quienes sentimos singularmente su muerte. Estoy persuadido de que vos le sentiréis también mucho, porque le queríais y él os honraba. Es necesario no obstante que vos y nosotros adoremos la conducta de Dios y nos sometamos a ella con gusto. Él nos lo había dado, él nos lo ha quitado, bendito sea su santo nombre. Le sería inútil que nos afligiéramos por su muerte que ha sido preciosa en su presencia. Se lo encomendamos a su divina Majestad y le suplicamos que nos le quiera reemplazar, lo que no será muy fácil, pues, como he dicho, era un hombre de virtud y de mérito. Ayudadnos en esto, por favor, con vuestras oraciones, y seguid honrarnos con vuestra amistad.
«Soy, con todos los respetos, señor», etc… – Manus; archivos de la Misión, en París.







