Isabel Ana Bayley Seton. Mujer de misión (I)

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Betty Ann McNeil, H.C. · Año publicación original: 2000 · Fuente: Ecos 2000.
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El 14 de septiembre de 1975, fue canonizada Isabel Ana Bayley Seton, la primera santa nativa de los Estados Unidos. Este 25 aniversario, invita a la Familia Vicenciana a reflexionar, de nuevo, sobre su vida, su herencia y su espi­ritualidad. Como «ciudadana del mundo», su herencia en materia de educación y de caridad está viva en el mundo entero’. Este año también se cumple el 1502 aniversario de la histórica unión, que tuvo lugar en 1850, entre una de las ramas de sus hijas espirituales, las Hermanas de la Caridad de San José, fundadas en Emmitsburgo, Maryland (USA) y las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl de París, Francia.

Su juventud en Nueva York

Isabel Ana Bayley Seton nació el 28 de agosto de 1774 en Nueva York. Sus padres, el Doctor Richard Bayley y Catalina Charlton, los dos anglicanos piadosos y leales miembros del partido conservador, habían permanecido fieles a Gran Bre­taña durante la guerra de la independencia americana (1775-1783). La santidad de Isabel fue echando raíces durante sus treinta años como miembro activo de la Iglesia Episcopaliana americana.

Los antepasados de Isabel fueron de los primeros colonos de la región de Nueva York. Su padre procedía de una acomodada familia francesa hugonote, los condes de «New Rochelle». Su madre era hija del Doctor Richard Charlton, impor­tante pastor anglicano, de origen anglo-irlandés.

Cuando nació Isabel Ana (1774-1821), sus padres llevaban casados cinco años y tenían ya una hija, María Magdalena (1768-1856). La pequeña, Catalina (1777­1778), nació tres años después de su hermana. Se cree que la Señora Bayley murió al dar a luz a Kitty, que murió al año siguiente.

El Doctor Bayley se volvió a casar y continuó viajando al extranjero para per­feccionar sus estudios de medicina. Su segunda esposa, Carlota Barclay Bayley (1759-1805) le dio siete hijos que ella prefirió a las hijas mayores procedentes del primer matrimonio. María e Isabel (llamada también Betty) tuvieron que sufrir mu­cho debido al rechazo de su madrastra.

Como Luisa de Marillac, desde sus primeros días, Isabel tuvo que caminar a la sombra de la cruz. Más tarde, plasmó sus sentimientos y sus experiencias espiri­tuales en un diario íntimo. Entre sus primeros recuerdos, relata la muerte de su madre y la de su hermanita, cuenta también que enseñó a rezar a su hermanastra Emma. Isabel habla también de las largas temporadas en que María y ella tuvieron que vivir con otros parientes debido a problemas familiares que al final causaron la disolución del segundo matrimonio de su padre. Médico eminente y cirujano, el Doctor Bayley parecía dedicar más atención a su profesión que a sus hijas mayo­res.

En su adolescencia, Betty Ann Bayley se sentía sola y melancólica. Durante una época, sufrió de una depresión llegando a tener ideas de suicidio. Más tarde, escribe en su diario íntimo su agradecimiento por haber superado la tentación de tomar una sobredosis de láudano, medicamento utilizado entonces como sedante: «A este terrible pensamiento relativo al láudano, siguió la alabanza y la acción de gracias por la indecible alegría de no haber llevado a cabo ‘ese acto horrible’, pensamientos y promesa de gratitud eterna».

Durante ese periodo, el Doctor Bayley escribió a su hija adolescente: «No te detengas nunca en bagatelas, sé dueña de ti misma. Estoy convencido de que, de ese modo, tendrás siempre el coraje de portarte bien» 3. Su padre estaba preocupado de ver a Betty que pasaba su vida soñando. En realidad, iba madurando su inclinación hacia la contemplación. Le gustaba la música y expresaba sus senti­mientos tocando el piano. Relata en sus escritos qué feliz se sentía a la orilla del mar, junto a la bahía de Long Island, al contemplar el mar, las conchas, la natu­raleza y toda la creación de Dios, mostrando su atractivo por un estilo de vida rural.

Muy joven conoció a un joven excelente, William Magee Seton (1768-1803) y se enamoraron. Después de un tiempo de noviazgo, se casaron el 25 de enero de 1794 y lo celebraron en casa de su hermana, María Magdalena, convertida en la Señora Wright Post, en Manhattan.

Mujer y madre en Nueva York

William Magee Seton, descendiente de los Seton de Parbroath, Escocia, era un importante negociante en importaciones y exportaciones. Había llevado a cabo su aprendizaje en la firma Filicchi en Liorna, Italia. Su padre también se había casado dos veces y William Magee era el mayor de trece hermanos.

Isabel, encantada de convertirse en la Señora William Magee Seton, se extasia­ba ante su nueva casa: «A los veinte años, tener mi propia casa en este mundo, es el paraíso, es increíble». El matrimonio de los Seton fue muy feliz y pronto conocieron la dicha de tener cinco hijos: Ana María (1795), William (1796), Richard (1798), Catalina Charlton (1800), Rebeca María (1802). Los Seton vivían en Lower Manhatan; les gustaba el baile y la música, sobre todo el violín y el piano. Vivían en un barrio chic y formaban parte de los notables de la sociedad, participando en la política y en los acontecimientos principales de la época. Eran feligreses de la famosa iglesia episcopaliana de la Santísima Trinidad.

La lectura de la Biblia era un ejercicio religioso caro a Isabel Seton cuyos escritos están repletos de citas que hacen alusión a ella. Isabel y su amiga íntima, Rebeca María Seton, su cuñada, se sentían atraídas por prácticas piadosas e intercambiaban frecuentemente entre ellas. Su piedad las llevaba a participar en todas las actividades de la parroquia, más especialmente en el servicio social a domicilio: la atención a los enfermos de la familia, de amigos o de vecinos nece­sitados. Isabel fue una de las fundadoras de la caridad organizada, conocida bajo el nombre de Sociedad para la Asistencia de Viudas Pobres con hijos pequeños (1797). Esta muy lejos de imaginar entonces que, unos años más tarde, iba a estar ella misma al borde de la miseria.

En 1798, trágicos acontecimientos iban a afectar a los Seton, comenzando por la muerte, como consecuencia de una caída en el hielo, de su suegro a quien quería mucho. El hijo mayor, William Magee, tuvo que hacerse cargo de sus hermanastras y hermanastros pequeños. Isabel y su familia tuvieron que salir tempo­ralmente a la casa de los Seton donde hizo su primera experiencia en la enseñan­za. Sus primeras alumnas fueron sus jóvenes cuñadas Carlota, Harriet y Cecilia. Isabel descubrió así sus dotes para esta tarea y después de la primera semana, escribió: «Ha sido un placer».

Seis semanas después de la muerte del Señor Seton, Isabel tuvo que sufrir un parto excepcionalmente largo y difícil, dando a luz a su tercer hijo, un niño. El Doctor Bayley la asistió y tuvo que hacer la respiración boca a boca para reanimar a su nieto. Como consecuencia de este nacimiento tan penoso, Isabel perdió la vista temporal­mente. En ese intervalo, su empresa comercial empezó a tener dificultades financie­ras. Isabel trató de ayudar a su marido, llevando, por la noche, el libro de cuentas de la sociedad. Pero muy pronto, la familia pasa de la prosperidad a la pobreza: la Com­pañía Seton-Maitland hizo quiebra y los Seton perdieron su casa. Su socio, su cuña­do, acabó en la cárcel como deudor. Los problemas de los Seton se fueron incremen­tando: William Magee comenzó a presentar signos evidentes de tuberculosis.

El viaje de la esperanza

En 1803, en un esfuerzo desesperado para recuperar la salud de William, Isabel se embarcó con su marido y su hija mayor, Ana María, hacia Liorna, Italia, donde el clima es suave. A su llegada al puerto, las autoridades italianas, por temor a la temible fiebre amarilla, que hacía estragos en Nueva York, pusieron a los Seton en cuarentena, durante un mes, en un lazareto de piedra, húmedo, frío y lleno de corrientes. No era un lugar que ofreciese hospitalidad y un mínimo de confort para un enfermo. La pequeña Ana Mª, después de deshacer su maleta, saltaba a la cuerda para calentarse. A pesar de todos los esfuerzos de la familia Filicchi para modificar este aislamiento severo, William Magee murió en Pisa, justo dos semanas después de su liberación del lazareto. Isabel, viuda a los veintinueve años, con cinco hijos pequeños, escribió sus memorias (The Italian Journal), donde relató, a su cuñada Rebeca, la enfermedad y la muerte de su marido. Escribe: «Martes por la mañana, 27 de diciembre [1803], su alma fue liberada, como lo fue la mía de la lucha ante la cercanía de la muerte».

Viuda dolorosa

La vida de Isabel y de su hija, a quien ahora llama Anita, cambiará para siem­pre. La familia Filicchi recibe en su casa a la joven viuda y a su hija, saliendo al paso de sus necesidades con una hospitalidad delicada, hasta que, en la primave­ra, obtienen la autorización para volver a los Estados Unidos. Los Filicchi les presentan la Iglesia Católica Romana a través de la herencia religiosa y cultural de Italia. Isabel comienza a plantearse interrogantes respecto a las prácticas católicas, primero por ignorancia, después por curiosidad. Entre los aspectos más significa­tivos del catolicismo romano que impresionaron a Isabel y la llevaron a su conver­sión, están la Fe en la presencia real en la Eucaristía, la devoción a María, Madre de Dios y las prácticas litúrgicas como la asistencia frecuente a la Misa, recibir la sagrada comunión, las procesiones eucarísticas y otras devociones.

Su afecto hacia los Filicchi, sobre todo hacia Antonio, estaba enraizado en el respeto mutuo y la confianza. Antonio le sirvió de gran apoyo en el momento de su conversión y de su regreso a Maryland. Los Filicchi fueron de los primeros bienhe­chores de las Hermanas de la Caridad en los Estados Unidos. Isabel resumió su amistad con Antonio en una carta: «En la paz o en la guerra, en la vida o en la muerte, hermano, jamás cesaré de rogar por ti y de quererte de todo corazón».

Hacia el catolicismo romano

A su regreso a Nueva York en la primavera siguiente, Isabel tuvo que luchar mucho debido a su atracción hacia el catolicismo romano. Justo dos semanas después de su regreso, su cuñada Rebeca muere de tuberculosis. Soportando este doble dolor, Isabel, tuvo que hacer frente, sola, a la precaria situación financiera para sacar adelante a sus cinco hijos de edades comprendidas entre uno y ocho años. Le costaba depender de su familia y de sus amigos y por ello hace todo lo posible para satisfacer por sí misma sus necesidades. Las circunstancias la forza­ron a cambiar con frecuencia de casa con sus hijos, hacia viviendas más baratas. Lo que agravó sus problemas fue el verse atormentada por la pregunta que se hacía y que no había resuelto: «¿Estoy en la auténtica Iglesia procedente de la sucesión de los apóstoles?

Durante aquellos meses de discernimiento, mientras se debatía con esta incer­tidumbre desgarradora, la Señora Seton tuvo igualmente que sufrir por la oposición de su propia familia y de sus amigos, así como de la cólera desagradable de su director espiritual episcopaliano, el Rvdo. Henry Hobart. Ella y sus hijos tuvieron que sufrir el aislamiento social. Su bienestar estaba peligro.

Poniendo su confianza en Dios, Isabel tomó una decisión al comienzo de la cuaresma de 1805 y escribió: «Mi alma ha ofrecido en sacrificio todas sus vacila­ciones y reticencias, el 14 de marzo, durante la Santa Misa». Confió a los Filicchi que había hecho su profesión de Fe: «Un día, entre los días extraordinarios para mí… en la iglesia de San Pedro… He dicho: ‘Heme aquí, vengo ante Ti, Dios mío, mi corazón es todo tuyo. Fue un día de paz, de gozo con mis hijos y un acuerdo de mi corazón con Dios».

Sola y católica

El año 1805 fue un año de gracia. Entre los momentos importantes podemos citar no solamente su profesión de Fe, sino también, dos semanas más tarde, el 25 de marzo, su Primera Comunión. Durante el verano siguiente, cuidó a su ma­drastra moribunda y esto fue la ocasión para su reconciliación. Al año siguiente, John Carroll (1735-1815), primer obispo de los Estados Unidos, se encontraba en Nueva York y confirmó a Isabel el 25 de mayo, domingo de Pentecostés. En esta ocasión, Isabel añadió a sus nombres Isabel y Ana el de María, ya que presentaban —decía ella- las tres ideas más preciosas en el mundo que le recordaban los momentos del Misterio de la Salvación»

Este periodo (1805-1808) fue un tiempo de luchas dolorosas, de decepciones y de fracasos para Isabel. Hubiera querido abrir una escuela, pero los padres no querían confiarle sus hijos. Incluso su antiguo pastor la criticaba públicamente y disuadía a sus fieles de que apoyaran sus esfuerzos. Esto fue una frustración para Isabel, quien escribía a los Filicchi: «No saben qué hacer de mí, pero Dios lo sabe y nosotros lo sabremos cuando llegue su momento de gracia».

Isabel obtuvo un puesto como docente por un corto tiempo en la escuela dirigida por los señores Patrick White, pero esto terminó bruscamente cuando los White se encontraron con dificultades financieras. Después fue directora de un internado de muchachos que iban a la escuela del Rev. William Harris de la iglesia episcopaliana de San Marcos. De nuevo, encontró problemas con varias familias que retiraron a sus hijos.

Misión en Maryland

Sacerdotes sulpicianos franceses llegados a los Estados Unidos para huir de la Revolución francesa, deseaban establecer un programa de educación para las jóvenes en Baltimore, Maryland. El Rvdo. P. Luis William V. Dubourg, S.S. (1766­1853) encontró providencialmente a Isabel en una visita que hizo a Nueva York para recoger fondos en favor del Colegio Santa María. Después de haber oído su historia, invitó a la Señora Seton, con el apoyo de Jonh Carroll, a que fuera al estado de Maryland donde, le aseguró, los Sulpicianos le ayudarían a «formar un proyecto de vida», indicándole que tenían también la intención de establecer «una escuelita para la promoción de la educación religiosa».

Llegada a Baltimore a mediados de junio de 1808, Isabel pasó su primer año en Maryland como maestra en un pequeño internado escolar para niñas, situado cerca del Colegio y del Seminario Santa María dirigidos por los Sulpicianos en las afueras de la ciudad. Fue para ella un año de transición, durante el cual tomó conciencia de la misión que Dios le reservaba. Al mismo tiempo que su «proyecto de vida» se iba desarrollando, se iba precisando la comprensión de su misión según expresó a un amigo:

«Los Padres del Seminario (los Sulpicianos) prevén que no faltarán seño­ras deseosas de reunirse para formar una institución permanente. Pero, ¿qué puedo hacer yo, criatura tan pobre en recursos? Debo confiarlo todo a la Providencia divina».

Los Sulpicianos reclutaron activamente a seis candidatas entre sus dirigidas en Nueva York, Filadelfia y Baltimore y se las confiaron a Isabel para la formación. Cecilia O’Conway (1788-1865), la Margarita Naseau de América del Norte, fue la primera candidata que se presentó para la nueva comunidad, a cuyas Hermanas se llamó momentáneamente «Hermanas de San José» (y más tarde, «Hermanas de la Caridad de San José»). El 31 de diciembre de 1809, trece candidatas se habían unido a la Comunidad naciente.

Los Sulpicianos tuvieron la responsabilidad de poner los cimientos sobre los que se construyó el camino de la comunidad naciente. Isabel escribió a Filippo Filicchi para informarle de la oferta que le había hecho un nuevo convertido, rico, ahora seminarista, Samuel Sutherland Cooper (1769-1843), de financiar el establecimien­to de las Hermanas de la Caridad. Su plan comprendía: «el establecimiento de una institución para la formación de niñas católicas en la práctica de la religión, dándo­les con ese fin una educación conveniente…, con la idea de extender el proyecto a la acogida de personas ancianas y de personas sin instrucción que pudieran dedicarse a hilar, hacer punto, etc., para fundar una empresa a pequeña escala que pudiera ser beneficiosa para los pobres».

Otro consejero de la Señora Seton le había sugerido antes algo semejante, pero olla «lo había dejado en segundo plano, evitando incluso reflexionar sobre un tema de este tipo, sabiendo que solamente Dios Todopoderoso podía hacerlo efectivo si lo consideraba verdaderamente realizable». A pesar de la gran extrañeza del obispo Carroll de Baltimore y de los Sulpicianos, Cooper estipuló proféticamente que la fun­dación se haría cerca de Emmitsburgo en el estado de Maryland, «un pueblo situado a dieciocho leguas de Baltimore y que de allí se extendería por los Estados Unidos».

Isabel pasó un año en Baltimore. Antes de su conversión, los Filicchi, amigos del obispo Carroll, la habían presentado a este amable prelado. En su presencia pronunció sus primeros votos por un año el 25 de marzo de 1809. En ese momento, él le confirió el título de «Madre» y después se la llamaba Madre Seton ‘7. Dos días antes, ella escribía a su querida amiga Julia Sitegreaves Scott: «¡Qué decir de la alegría de mi alma ante la perspectiva de poder ayudar a los pobres, visitar a los enfermos, consolar a los afligidos, vestir a los pequeños inocentes y enseñarles a amar a Dios!». En junio de este mismo año, Madre Seton dejó Baltimore para ir a un valle de los Montes Catoctin.

El Valle de San José

El valle de San José, cerca de Emmitsburgo, se convirtió en el lugar de la funda­ción de las Hermanas de la Caridad de San José, el 31 de julio de 1809, en la fiesta de San Ignacio de Loyola, patrón de las misiones del Maryland. Allí fue donde la pequeña Comunidad comenzó a vivir en la antigua granja Fleming, comúnmente lla­mada la «Casa de Piedra», donde estuvieron desde julio de 1809 a mediados de fe­brero de 1810, fecha en que pasaron a la nueva «casa en el campo», Casa San José, que después se llamó la «Casa Blanca» donde las Hermanas comenzaron su misión de educación. Las primeras candidatas de la nueva comunidad llegaron muy pronto: Sally y Elena Thompson de Emmitsburgo se unieron a otras procedentes de Baltimo­re. La Divina Providencia guió en sus comienzos a la pequeña comunidad a través de un laberinto de pruebas, lo que llevó a Madre Seton a escribir:

«Todo aquí está otra vez estancado y estoy preparándome para poder comenzar de nuevo como cuando lo hice con mis pobres Anita, Josefina y Rebeca. Tenemos motivos para creer, dados los acontecimientos recien­tes, que nuestra situación está más insegura que nunca».

Animada por una Fe inquebrantable, Madre Seton, permanecía firme a pesar de las dificultades y de los retos que le presentaban las cruces que Dios le enviaba. Madre Seton confesaba: «He tenido más aflicciones y penas durante estos diez últimos meses que durante los treinta y cinco años de mi vida, marcados todos ellos por el sufrimiento».

En el momento de su fundación, las Hermanas de la Caridad adoptaron un Reglamento (una primera regla) que organizó su manera de vivir, y esto desde el 31 de julio de 1809 hasta enero de 1812. Las Hermanas eligieron a Isabel como primera Madre de las Hermanas de Caridad de San José cargo que ocupó hasta su muerte en 1821. Los Sulpicianos, que hablan ideado y fundado la comunidad, siguieron participando en al gobierno hasta 1849. Las Hermanas hacían votos anua­les en presencia de un sacerdote sulpiciano que era su Superior General.

Madre Seton se preocupaba de que todas las candidatas fueran formadas según el espirito de Santa Luisa de Marillac y de San Vicente de Paúl; había adoptado la Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad para su propia Comunidad después de que los Sulpicianos y el arzobispo Carroll las adaptaran a la cultura americana.

El cambio nube significativo fue el de hacer de la educación de las niñas la misión principal de lie, Hijas de la Caridad de San José. En el capítulo I, encon­tremos el mismo texto que el de las Reglas Comunes de las Hijas de la Caridad, con el siguiente añadido:

«El fin secundario, pero no menos importante, es el de honrar la Santa Infancia de Jesús en las niñas, cuyo corazón está llamado a amar a Dios mediante la práctica de las virtudes y el conocimiento de la religión; al mismo tiempo sembrarán en sus mentes los granos de un saber útil».

Después de haber examinado los cambios sugeridos, Isabel escribió al arzobis­po que «las reglas propuestas son casi las mismas que ya teníamos en el manus­crito original de las Hermanas de Francia. Mientras que en mi pobreza he tratado de cumplirlas jamás he tenido un pensamiento contrario a ellas». Madre Seton se autopercibía como una madre. Esto daba un colorido a su modo de concebir todo liderazgo tanto en la comunidad como en la dirección de la Academia San José.

«Soy una madre rodeada de muchos hijos de diferentes modos de ser. No son todos igualmente amables o simpáticos, pero debo amarlos, instruirlos y procurar la felicidad de todos, dando ejemplo de alegría, de paz, de entrega, considerándolos individualmente como procedentes del mismo origen y tendiendo al mismo fin, más bien que verlos según sus cualidades y sus defectos».

El Reverendo Padre Simón Gabriel Bruté, S.S., (1779-1839) vino a los Estados Unidos en 1810 y llegó muy pronto a Emmitsburgo, donde enseñó en Monte Santa Maria. Fue el confesor y capellán de las Hermanas. Allí pasó la mayor parte de los veintitrés años y debido a su humildad, a su piedad y a su celo apostólico, se ganó al apelativo de «el Ángel de la Montaña». El P. Bruté conocía los planes relativos a la instalación de las Hijas de la Caridad francesas en América, pues había viajado con al R. P. José Flaget. S.S. (1763-1851), que había obtenido una copia de las Reglas Comunes i10 lee 11ople de la Caridad de Burdeos en 1810.

Como tenía una tía Hija de la Caridad desde hacía más de cuarenta años en Francia, utilizó su conocimiento de la Comunidad para guiar a las Hermanas de la Caridad de Emmitsburgo en su inculturación del carisma vicenciano. Las animó a leer las vidas de los Fundadores y les procuró libros de espiritualidad vicenciana que Madre Seton tradujo, incluida la Vida de la Señorita Le Gras de Nicolás Go­billon. Madre Seton, a su vez, le inspiraba confianza por su santidad. Ella fue quien le enseñó el inglés y lo escogió como director espiritual, función que desempeñó hasta la muerte de ésta unos diez años más tarde. Cada uno reconocía en el otro el alma hermana abrasada por el amor a Dios y el celo por la salvación de las almas. Su relación se había enraizado en el amor a Dios y su herencia era el carisma de la caridad en la tradición vicenciana y setoniana en el mundo entero.

Un estudio reciente sobre la «herencia» de Madre Seton, basado en un nuevo estudio de los documentos originales existentes, presenta un enfoque nuevo de la historia de la fundación de las Hermanas de la Caridad de San José, comúnmente llamadas Hermanas de la Caridad americanas. La historia de la Familia Vicenciana en América del Norte es un camino de Fe comenzado con Madre Seton. Es una historia llena de fragilidad humana, de sentimientos y de sueños semejantes a los de Vicente de Paúl cuando decía a las primeras Hijas de la Caridad: «No, hijas mías, yo no pensaba en ello; vuestra hermana sirviente tampoco lo pensaba, ni el padre Portail. Era Dios el que lo pensaba por vosotras. Es él, hijas mías, el que podemos decir es el autor de vuestra Compañía».

Sembrar un grano de mostaza

De una manera similar a la que se expresaba San Vicente respecto a la Peque­ña Compañía, Madre Seton hablaba a su Comunidad del «grano de mostaza» pequeño e insignificante, pero que contenía una gran posibilidad de crecimiento. El grano fue «sembrado en América por la mano de Dios». Muchas personas se implicaron en ello, especialmente la familia Filicchi de Liorna, Italia, que era para Isabel, como los Gondi para Vicente y Luisa en Francia, bienhechores e instrumen­tos de la Divina Providencia. La Compañía de América del Norte es un tapiz tejido por mujeres de carácter, animadas por una fe profunda, fieles al Espíritu para realizar fielmente su sueño.

Las primeras Hijas de la Caridad escogieron consejeras para ayudar a Madre Seton y a sus sucesoras, eligiendo mujeres capaces de aportar a los Superiores la ayuda de su visión espiritual y de su sabiduría. Cinco Madres americanas de las Hermanas de la Caridad de San José (1809-1849), de acuerdo con sus Superiores Generales Sulpicianos, prepararon el camino que por fin terminó con la unión de la Comunidad de Emmitsburgo con la Familia Vicenciana Internacional. La Compañía de la Caridad da los Estados Unidos se desarrolló teniendo en cuenta el contexto histórico que Influyó en sus decisiones en cada una de las etapas de su crecimiento. Mientras sus hijas espirituales proseguían su obra de educación y servicio, se exten­día la fama de santidad de Madre Seton. Un día del verano de 1882, el Arzobispo de Baltimore, James Bibbons (más tarde cardenal) que visitaba Emmitsburgo, sugirió a las Hermanas qua se hallaban reunidas que se introdujera su causa de beatificación. En el grupo estaba todavía presente le última compañera superviviente de Madre Seton, Sor Marta Daddisman, Hija de la Caridad, que dio testimonio de su santidad.

Algunas fechas importantes

  • 28 de febrero de 1940: el Papa Pío XII firma el decreto de introducción de la causa, primer documento de la Santa Sede, redactado en inglés.
  • 18 de diciembre de 1959: dieciséis años más tarde, el Papa Juan XXIII declara Venerable a Isabel Ana Seton.
  • 17 de marzo de 1963: el Papa Juan XXIII preside la ceremonia de beatificación de Isabel Ana Seton, proclamándola bienaventurada.
  • 14 de septiembre de 1975: el Papa Pablo VI canoniza a Isabel Ana proclamán­dola santa.

La beatificación requiere dos milagros que recibieron la aprobación en 1961. Por intercesión de Isabel Ana Seton, una Hija de la Caridad de San Luis (Misouri) Sor Gertrudis Korzendorfer, fue curada de un cáncer de páncreas. Una niña de cuatro años, Ana Teresa O’Neill de Baltimore fue curada de una leucemia linfática aguda.

Para la canonización, la curación de Carl Kalin de Nueva York, afectado por una forma rara de encefalitis, fue declarado curado milagrosamente por el Papa Pablo VI el 12 de diciembre de 1974, en la fiesta de N4 S2 de Guadalupe, patrona de las Américas. El Santo Padre prescindió del segundo milagro requerido, y, en el Año Internacional de 1;1 Mujer, proclamó santa a esta pequeña viuda de Nueva York que era no solamente aria piadosa convertida, sino también poeta, música, lingüista, mística, una mujer para todos los tiempos. Santa Isabel Ana Seton nos ofrece un modelo de vida cristiana para todos los tiempos:

«Que vuestro principal estudio sea conocer a Dios, pues no hay nada más grande que Dios. Es el único conocimiento que puede llenar el corazón de paz y de alegría y que nada puede turbar».

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