Imposible soportar el peso de la riqueza y el de la virtud (V, II, 396) (II)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Pérez Flores · Year of first publication: 1996 · Source: CEME.
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Pobreza e Institutos de Vida Consagrada

Anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y Dios será tu riqueza y luego ven y sígueme (Lc 18, 22).

22.- En el Evangelio, existe una invitación a un mayor radicalismo en la pobreza, a causa del reino de los cielos. Los textos evangélicos de Mt 19, 16-29; Mc 10, 17-30 y Luc 18, 18-30 lo demuestran. A esta invitación, han respondido muchos cristianos y de modo y maneras muy distintas. San Pablo vio a Cristo pobre desde las exigencias del apostolado. Los fundadores de Institutos de Vida Consagrada la vieron, unos desde la necesidad de la comunidad de bienes, otros desde el despojo total de Jesús, otros desde la solidaridad con los pobres. Todos han abierto caminos propios para reproducir de alguna manera a Jesús pobre.

23.- No obstante la diversidad de formas en la concepción de la pobreza evangélica, hay elementos comunes como son la concordia entre el elemento inte­rior, es decir, la pobreza afectiva, la del corazón y la efectiva, que se manifiesta por normas de vida. Muy sucintamente y simplificando mucho la gran variedad de formas de pobreza, se distinguen tres grandes grupos:

a) La pobreza monacal. El monje, personalmente, no tiene nada, pero el monasterio tiene todo. Lo que caracteriza a esta pobreza monacal es que permite al monje no preocuparse de las cosas materiales para dedi­carse plenamente a la contemplación y que se dé una estricta igualdad entre los miembros de la comunidad.

b) La pobreza mendicante. Ni las personas ni la comunidad poseen bienes. Debían vivir de lo que les daban, por eso, se llamaban mendicantes. Los mendicantes buscan en la práctica de la pobreza gran libertad ante los bienes temporales para dedicarse al apostolado y ofrecer un testimonio de pobreza y una gran confianza en la divina providencia.

c) La pobreza apostólica. Es el apostolado el que determina el grado y el modo de pobreza. Hay comunidades en las que las personas no tienen nada, pero la comunidad les surte de todo lo que necesiten para dedicarse al apostolado. En otras comunidades apostólicas, los miembros pueden poseer algunos bienes, pero todos los bienes, los propios y los comunita­rios, están orientados al servicio de las personas y del apostolado.

24.- En todas las formas, hay sus aspectos positivos y negativos. San Vicen­te conocía muy bien la práctica de la pobreza en las comunidades, entonces exis­tentes. Optó por una forma más parecida a la pobreza apostólica, si descuidar otros aspectos, como el de la libertad para darse plenamente al reino de Dios, que el misionero no esté excesivamente preocupado por los bienes materiales y que el testimonio evangélico de pobreza sea personal y comunitario. En san Vicente, los bienes materiales están en función de la misión.

El Cristo pobre contemplado por san Vicente

25.- En las Reglas a los misioneros, san Vicente presentó un Jesús totalmen­te pobre, al Jesús que no tuvo donde reclinar su cabeza, siendo dueño de todo: Aunque verdadero dueño de todos los bienes, Cristo adoptó una vida tan pobre que no tuvo donde reclinar su cabeza. San Vicente completó el ejemplo de Cris­to, añadiendo otro aspecto muy importante para los misioneros: quiso que sus apóstoles o discípulos, que trabajaban con él en su misión, vivieran en el mismo estilo de pol2_r_ea, de modo que no tuvieran ninguna propiedad personal. La fina­lidad de seguir a este Cristo pobre y de aceptar como los discípulos su deseo de vivir con él no es otra que la de ser y estar libres para combatir con soltura, lo que es la ruina de casi todo el mundo: el ávido deseo de las riquezas (cf. RC III, 1).

26.- En la correspondencia y en las conferencias, no desarrolló el elemento cristológico; más bien mostró admiración de la pobreza de Cristo, a veces lírica, para pasar inmediatamente a la práctica de la pobreza. Con ocasión de la pérdida de un proceso, después de dar un ¡viva! a la justicia: ¡Viva la justicia! presentó el ejemplo de Cristo despojado, y animó a todos a vivir más unidos a Cristo, confiando en la providencia, que no les faltará en lo necesario (cf. VIII, 140).

27.- San Vicente mencionó con frecuencia la enseñanza de Jesús sobre la pobreza. Jesús fue el primer maestro de la pobreza: ¡Oh, si (Dios) retirase por su gracia todos los velos que el mundo y nuestro amor propio nos ponen ante los ojos! Entonces, padres, quedaríamos embobados ante los encantos de esta virtud, que robó el corazón y los afectos del Hijo de Dios; ésta ha sido la virtud del Hijo… fue el primero en enseñarla, quiso ser el maestro de la pobreza… Dios no quiso ense­ñárnosla por los profetas; se la reservó para venir él mismo a enseñarla (XI, 155).

28.- Puso de relieve tres aspectos de la enseñanza de Jesús sobre la pobreza:

a) La pobreza fue la primera virtud que practicó al venir al mundo y la pri­mera que enseñó, y por ser lo primero que brota de los labios es lo que más llena el corazón (XI, 657).

b) El segundo aspecto que san Vicente recalcó en las enseñanzas de Jesús fue que nadie puede ser discípulo de Cristo si no renuncia a todo lo que tiene (cf. XI, 657-659).

c) El tercero fue la promesa por parte de Dios que no abandonará a los que dejan casas, hermanos, padre o madres.

29.- No estuvo condicionado san Vicente por un sistema teológico. Contem­pló a Jesús en todos los estados de pobreza que vivió y, según las circunstancias, acudía en su exhortación al ejemplo y a las palabras de Jesús, que más ilumina­ban la cuestión y mejor podían edificar a los oyentes.

Lo que san Vicente entendió por pobreza

Os conjuro, por la pobreza del Hijo de Dios, por las entrañas misericor­diosas de Jesucristo, por todo lo que os he querido, que no dejéis pasar ningún día sin hacer algún acto de santa pobreza (XI, 159-160).

Para san Vicente, la pobreza tenía dos significados:

a) Cuando se refiere a los pobres, pobreza equivale a carencia de los bie­nes que la persona necesita para vivir dignamente, y de los medios más indispensables que se requieren para mantener y desarrollar la vida espiritual: los pobres se mueren de hambre y se condenan. El pobre, para san Vicente, es aquél que socialmente es considerado pobre: el hombre, niño, mujer o anciano a quien todo el mundo llama pobre. Pobreza es, por tanto, la situación en la que se encuentran aquellas per­sonas que carecen de lo necesario para vivir dignamente, como hom­bres y como cristianos. Si por una parte, la pobreza material referida a los pobres se entiende bastante bien, no es fácil, en cambio, marcar con precisión los límites de la pobreza espiritual.

b) Cuando habla a los misioneros, se refiere a la virtud de la pobreza y al voto de pobreza, es decir, cómo los misioneros se deben comportar con los bienes temporales, personales o comunitarios, cómo adquirirlos, usar­los, y administrarlos, teniendo presente a Cristo evangelizador de los pobres y la pobreza de los pobres y la exigencias de la misión.

31.- San Vicente se preguntó, en el curso de una conferencia, en qué con­sistía la virtud de la pobreza y respondió: es una renuncia voluntaria a todos los bienes de la tierra, por amor a Dios para servirlo mejor y cuidar de nuestra salvación; es una renuncia, un desprendimiento, un abandono. Distinguió entre renun­cia exterior e interior. Ambas son necesarias, pero sobre todo la interior, fuente y raíz de la exterior. Tanto es así que renunciar exteriormente a los bienes, conser­vando el deseo de tenerlos, es no hacer nada, es burlarse y quedarse con lo mejor (XI, 156; cf. 650-652).

32.- Uno de los valores centrales de la virtud de la pobreza, para san Vicen­te, es el desapego de las riquezas, en forma de renuncia, de desprendimiento y de abandono. Pero, no para quedarse ahí, en lo negativo, sino para amar más a Dios, servirlo mejor, adquirir la libertad ante el acoso de los bienes temporales, ser libres ante ellos y no sentir la amargura si se carece de ellos.

Los elementos constitutivos de la pobreza de los misioneros son los siguientes:

  1. La Imitación de la pobreza de Cristo evangelizador de los pobres.
  2. La comunidad de bienes, aun respetando el derecho a poseer y a admi­nistrar algunos bienes personales
  3. El recto y moderado uso de los bienes, comunitarios o personales, es decir, un estilo sencillo de vida, determinado por la vida comunitaria y la misión.
  4. La buena administración de los bienes para servir a los pobres. Los bienes de las comunidades vicencianas son patrimonio de los pobres.

34.- Todos estos principios contienen o inspiran, como el mismo san Vicen­te dijo, innumerables actos o expresiones de pobreza, que se determinan median­te el discernimiento oportuno ante la abundante casuística que se puede presen­tar. La pobreza vicenciana es, por tanto, más funcional que testimonial. Puede ser radical, moderada y pluriforme, según lo exija la misión y el servicio a los pobres. Si queremos trazar, aunque sólo sea a grandes rasgos, los límites de la pobreza vicenciana, diríamos:

a) La pobreza personal tiene como límite mínimo lo mandado y como hori­zonte lo que el Espíritu pida al misionero, sin perder de vista su perte­nencia a la comunidad y a las exigencias de la vocación.

b) La pobreza comunitaria tiene como límite mínimo lo mandado, cumplir lo establecido sobre la adquisición de los bienes, poner los bienes en común, usarlos discrecionalmente, administrarlos conforme a la leyes, y como horizonte el que determinan las exigencias de una comunidad de personas dadas a Dios, a la evangelización y al servicio de los pobres.

Pobreza y misión vicencianas

Nuestro trabajo en las misiones, pues debemos hacerlo gratis, no nos permite ciertamente practicar una pobreza total (RC lll, 2)

35.- San Vicente no fue un místico de la pobreza, no se interesó tanto por la pobreza, cuanto por los pobres o la pobreza de los pobres. Todo el interés que tuvo por la pobreza, virtud o voto, fue por la repercusión que la práctica de la pobreza podría tener directa o indirectamente en los misioneros, dados a Dios para evangelizar y servir a los pobres. La pobreza vicenciana se explica a la luz de la misión vicenciana.

36.- Como sucede con frecuencia en san Vicente, lo primero que notamos es la diferencia entre lo que dijo y cómo se comportó. El san Vicente que nos inte­resa estudiar es el san Vicente fundador, el que ha dejado atrás el sueño de la honesta retirada (I, 86) y los largos años de lucha por ser rico, como un clérigo de su tiempo lo podía ser, es decir, desde los puestos de influencia y desde la posesión de beneficios. Las aventuras de su juventud no tuvieron otro fin que con­seguir afanosamente riquezas y beneficios para ser rico y mejorar económica­mente a su familia.

37.- Esta experiencia negativa hizo que san Vicente, una vez lanzado por el camino de la santidad, dándose a Dios para servir a los pobres, revisara su actitud. El mismo día que firmó el acta de asociación de los misioneros donó sus bienes a los parientes, y en la misma acta se estableció que los misioneros renunciarán a todos sus cargos, beneficios y dignidades. Sin embargo, san Vicente vio que era necesario poseer bienes para poder evangelizar y servir a los pobres. La fun­dación de la Congregación se hizo mediante un contrato económico. Sin el dine­ro que este contrato aportó, no se hubiera reunido el primer grupo de misioneros (cf. X, 237).

38.- San Vicente aceptó el priorato de san Lázaro, no obstante los reparos que surgieron desde la pobreza, porque, como escribió hacia 1631: me gustaría mejor que permaneciésemos siempre en nuestra pobreza que desviar los designios de Dios sobre nosotros (1, 197). Desde la perspectiva, no ya de ser poderoso, de ser rico y de gozar de este mundo, sino desde la perspectiva de imitar a Cristo y de servir a los pobres, aceptó la carroza, su «ignominia e infamia», signo de rique­za en el París de su tiempo; se sirvió de un caballo para viajar; usó brasero en la habitación, alfombra y de los buenos servicios de un hermano. No dudó en tener a los ricos como amigos y de pedirles el dinero que necesitaba. Pleiteó para defender la granja de Orsigny y administró cantidad considerable de bienes.

39.- En resumen: para san Vicente, los bienes materiales son medios supedita­dos al logro de fines superiores. En la conferencia a los misioneros, del 6 de agosto de 1655, les dijo: los bienes son llamados medios, pues no los queremos para tener­los a ellos, sino para obtener otra cosa (cf. XI, 141). La cuestión está en el fin que se pretende con los bienes. San Vicente se puso en esta perspectiva: los que los buscan, quieren pasar el tiempo, gozar, acomodarse, ascender. ¡Oh Salvador! ¿Es esto ser misionero? ¿Es ése el espíritu de la Misión? No, no, él está fundado en la pobreza; el que tiene este espíritu, lo tiene todo, lo puede todo y nada teme; y Dios, que no aban­dona jamás a quienes lo dejan todo por él, aumenta las fuerzas cuando es preciso, y da nuevas fuerzas (XI, 141). Y ése es el espíritu de Dios: amar, como él y los suyos, la pobreza, a la que se opone el espíritu del mundo, ese espíritu de propiedad y de comodidad que busca la satisfacción propia, ese espíritu de apego a las cosas de la tierra, ese espíritu de anticristo, sí, de anticristo, no ya de ese anticristo que ha de venir un poco antes de nuestro Señor, sino de ese espíritu de riquezas, opuesto a Dios, de esas máximas contrarias a las que ha enseñado el Hijo de Dios (XI, 140-141).

40.- Los bienes materiales, en cuanto medios, no son ni buenos ni malos, depende de cómo se consigan y de cómo se usen. Sin embargo, las relaciones del hombre con la creación quedaron perturbadas por el pecado, como antes dijimos. Fácilmente, ante los bienes terrenos, se suscitan las pasiones del poseer, de domi­nar, de abusar de los bienes temporales, de convertirlos en objeto de adoración. Estos peligros fueron denunciados por nuestro Señor; ¡Ay de vosotros los ricos…! (Lc 6, 24). No se puede servir a dos señores… (Mt 6, 24). El afecto a la riqueza, dijo san Vicente, puede ser un manantial de situaciones espirituales, incompatibles con la vida del misionero (cf. XI, 149-150). Los bienes, en las comunidades vicencianas, se justifican por la necesidad de asegurar el sustento de sus miembros y por la gratuidad del servicio que se presta a los pobres. En una palabra, como antes dijimos, por las exigencias de la misión.

Las motivaciones

Aunque era verdadero dueño de todos los bienes, Cristo adoptó una vida tan pobre que no tuvo donde reclinar su cabeza (RC III, 1).

41.- Las motivaciones que san Vicente expuso para amar y practicar la pobreza tienen distintas fuentes. Distingo tres de ellas: las cristológicas, las fun­cionales y las morales.

Motivaciones cristológicas

42.- El motivo de la pobreza vicenciana, como el de toda pobreza cristia­na, es el seguimiento y la imitación de Cristo pobre. Como dijimos al exponer los rasgos de la pobreza de Jesús, Jesús expresó su pobreza de una manera muy diversa, dijo muchas cosas sobre la pobreza y ante auditorios diversos, vivió momentos muy distintos, desde la sencillez de la vida de Nazaret hasta el despo­jo de la Cruz. Jesús dijo que no tenía en donde reclinar su cabeza, pero sabemos que tuvo amigos que lo hospedaron en sus casas. Puso en guardia contra el peli­gro de la riqueza, pero tuvo también su modesta bolsa. Avisó a los ricos, pero no desdeñó la amistad con muchos de ellos, ni el ser ayudado por mujeres ricas, en algunos de sus viajes apostólicos.

Motivaciones funcionales o comunitarias

43.- De la historia de la Iglesia, aprendió san Vicente el mal que la riqueza había causado a la misma Iglesia, al estado clerical y a las comunidades religio­sas (cf. XI, 665). Tuvo miedo de que después de su muerte aparecieran misione­ros que sucumbieran a la tentación de la riqueza: Lo digo «ad preventionem». Mucho antes de que el mal llegase, les decía el Hijo de Dios a sus discípulos: «Tened cuidado; ahí está; lo veo venir; está ya a la puerta; permaneced vigilan­tes». Me gustaría deciros lo mismo, para que evitemos ese horrible monstruo, el más espantoso que el infierno puede producir (XI, 152).

44.- La pobreza era para san Vicente:

  1. El «nudo» de las comunidades; el «fundamento» de la Congregación de la Misión y de la Compañía de las Hijas de la Caridad; la «fortaleza inexpugnable». San Vicente usó otras expresiones: la pobreza «apoyo» de las comunidades, «muro de sostén» de todas las religiones, «muralla» que las defiende y conserva». A un Superior le advirtió: En nombre de Dios, padre, tengamos más interés en extender el imperio de Jesucristo que nuestras posesiones. Llevemos sus negocios, y él llevará los nuestros. Honremos su pobreza, al menos con nuestra moderación, si no lo hace­mos con una perfecta imitación (III, 488-489)
  2. Sin la pobreza, no se puede perseverar en la vocación. San Vicente insistió mucho en este aspecto. En la conferencia del 13 de agosto de 1655, contó el final triste de dos misioneros que, por haber faltado a la pobreza, abandonaron la Compañía y terminaron sus vida de mala manera (cf. XI, 149-158).
  3. La Congregación de la Misión irá antes a la ruina por las riquezas que por la pobreza, porque, como dijo a un misionero, no somos bastante virtuosos para poder soportar el peso de la abundancia y el de la virtud apostólica, y temo que nunca lo seremos, y que el primero arruinaría al segundo (II, 396). Puso el ejemplo del religioso reformado que le dijo: desde que quisimos independizarnos de la providencia, tener buenos edificios, estar asegurados de todo lo necesario para la vida, comenzó el desastre de la casa (cf. II, 395-397). Abelly nos ha trasmitido este dicho de san Vicente: La Compañía no morirá por la pobreza. El miedo que yo tengo es que llegue a perderse, si le falta la pobrezas.

Las motivaciones morales

45.- La fidelidad a la palabra dada, el buen ejemplo, la coherencia, fueron razones que san Vicente esgrimió con fuerza, cuando se dirigió a los misioneros. Insistió en la honradez del hombre, en la fidelidad a la palabra dada a otro hom­bre. Un hombre que no tiene palabra no es hombre: sólo tiene las apariencias, sino que es un animal, una animal feroz, que merece ser echado de la sociedad humana. En la misma conferencia, encontramos estas otras expresiones no menos fuertes: ¿Qué es un hombre sin palabra? Es el peor, sí, el peor, el más detestable de los hombres… resulta odioso a Dios y a los hombres (XI, 146-149). Si la infidelidad a la palabra dada al hombre supone la gran deshonra áqué no supondrá la infideli­dad de la palabra dada a Dios? San Vicente dio rienda suelta a su oratoria: Si es insoportable ser llamado embustero por un hombre del mundo, ¿qué será cuando todos los hombres, todos los ángeles, todas las criaturas, reprochen nuestra perfi­dia? ¿Qué será cuando Dios mismo nos diga: «¡Mírate, mírate, mentiroso, villano, cobarde, desvergonzado, que has venido a mi casa, junto a mi altar, a darme tu palabra, para faltar luego a ella! Eres un pérfido que me has hecho voto, que ante mi altar me has hecho una promesa para engañarme, traidor, que te has alistado bajo mis banderas para abandonarlas seguir el partido de mi enemigo y servir al diablo. ¡Eres un traidor, traidor, traidor!» (XI, 148).

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