Advertencia
Sería pretencioso por mi parte el querer atribuir a Vicente la categoría de «restaurador» del canto litúrgico, a todas luces imposible en una época, madre de la edición Medicea (1614), que para muchos gozaba del visto bueno de Roma y llevaba el cuño del gran maestro Palestrina. En aquellos años no era fácil averiguar la verdad de todo ello. Eran pocos los libros a disposición del cliente particular, y cada diócesis o cabildo utilizaba lo que tenía más a mano, que, en la mayoría de los casos, se contentaban con los grandes libros de coro.1 Injusto sería, a su vez, pensar que Vicente fuera uno más de los numerosos corruptores del canto litúrgico, que en su buen afán por hacerlo popular lo mutilaban a discreción. Urgía la reforma del clero y ésta sólo se podía llevar a efecto siendo fiel a las normas y al espíritu del Concilio de Trento. Vicente halla en el canto litúrgico un auxiliar fiel e indispensable para tonificar el clero. La experiencia le demostraba cómo el simple pueblo era capaz de entonar el canto litúrgico correctamente. Tomó el canto litúrgico como lo encontró. Su mérito, y en este sentido podemos llamarle «restaurador», está en su papel de ANIMADOR del canto litúrgico en la comunidad, en los seminarios y en las misiones. Que el seminarista sea instruído en el canto litúrgico, el sacerdote sea capaz de salmodiar y que el pueblo participe en la liturgia a través del canto. Con esta labor, verdadero magisterio, Vicente aseguró al «gregoriano» la pervivencia, posibilitando la reforma que, a finales del siglo xix, emprenderían los monjes de Solesmes.
Solange Corbin dirá que el Gregoriano ha sobrevivido a la época decadente gracias a la enseñanza en los seminarios y a la práctica de las pequeñas iglesias. Las grandes iglesias y las «capillas» se iban tras la polifonía.2
En esta línea se enjuicia a Vicente de Paúl.
Introducción
Pierre Dulau3 hace un parangón entre la labor caritativa de San Gregorio el Grande y la de San Vicente de Paúl: no hay vencido, ambos tienen tal personalidad en los diversos campos en los que actuaron que su genio sigue actuando con la misma fuerza arrolladora que ellos supieron volcar en un momento de la historia. Gregorio renueva la liturgia, la música, el cenobio…, y al mismo tiempo es el padre del pobre. Vicente, a su vez, renueva el clero, cristianiza el campesinado, alivia al prisionero y es un derroche de pan y de esperanza para el pobre. Y del canto litúrgico ¿ qué es Vicente? Gregorio, a pesar de las críticas y estudios de estos últimos años, ha dado nombre al canto litúrgico, Vicente se sentirá conmovido por la salmodia impecable de sus parroquianos de Clichy y, convertido, será en adelante el gran ANIMADOR del canto litúrgico en los ejercicios, en los seminarios y en las misiones. Gregorio el Grande lleva la aureola del canto que, en su vivo resplandor, ensombrece sus gestos de caridad, Vicente lleva la aureola de la caridad que, en su brillar intenso, ensombrece el bajo-relieve del «reformador del santuario»4 por la liturgia y el canto.
En el capítulo octavo se han expuesto las fuentes que inspiraron la formación musical de Vicente, sobresaliendo aquella que arranca del pueblo y la del ambiente del Oratorio. Pierre Coste, subraya el carisma práctico-musical de Vicente siendo cura-párroco de Clichy: «En ninguna otra actividad encontraba más satisfacción que en oir cómo sus parroquianos salmodiaban los Oficios litúrgicos con gusto y elevación de espíritu».5 El hecho no era caso insólito: muchas parroquias de París y aledaños conservaban esta práctica desde antiguo. Clichy fue afortunado al tener un gran admirador, que supo continuar la enseñanza de sus predecesores.
1. Los misioneros deben aprender el canto eclesiástico.
En la repetición de oración del día 2 y 3 de noviembre Vicente dirigiéndose a la comunidad les habla de la necesidad de aprender y saber bien el canto eclesiástico. «Recomienda vivamente a los seminaristas y a los estudiantes que aprendan a cantar ya que es una de las cosas que debe saber un sacerdote. ¿Por qué? ¿No es vergonzoso que los campesinos lo sepan cantar y cantar muy bien, y que nosotros no lo sepamos hacer? Id a todas las parroquias de los alrededores de París y encontraréis que los campesinos saben cantar. Y advirtiendo que los estudiantes no aprendían el canto y que la enseñanza no era continuada, exclama y dice:
«¡Oh Dios mío! ¡Qué cuenta tendré que daros de las cosas que quedan sin hacer por mi culpa! ¿Por qué se ha interrumpido esta práctica? Ruego a los señores Almerás, Berthe y Portail, que formen una comisión y tomen las medidas oportunas, para que nadie termine el seminario y los estudios, sin que sepa el canto eclesiástico.
«A la verdad, es cosa que tiene gracia el que unos estudiantes que están destinados a enseñar el canto en los seminarios, ellos no lo sepan. Un gran prelado me ha hecho el honor de escribirme exponiéndome el deseo de establecer en su diócesis no uno, sino dos o tres seminarios y me habla de la Compañía para esto. ¿Y sabéis a quiénes pide para ello? ¡A personas que no saben cantar! ¡Tiene gracia! Dios sea alabado por haberme inspirado el hablar sobre este tema a la Compañía…» (XI, 36263).
En la conferencia del 26 de septiembre de 1659 que trata sobre la recitación del Oficio divino y el canto, dice a los misioneros:
«Sabéis, hermanos míos, que la mayoría de los eclesiásticos —y nosotros somos de este número— no saben cantar por no haber dado importancia capital al canto de las alabanzas de Dios, mientras que otros han conservado esta gracia de seguir las enseñanzas de sus padres. Esto es manifiesto en las aldeas, en donde tienen buenos maestros de escuela; en ellas casi todos los niños saben canto, y de esta suerte, la costumbre ha pasado de padres a hijos. Los seglares y campesinos han conservado esta gracia, hasta que Dios ha puesto orden en el oficio divino, queriendo que fuera cantado con devoción. Para mi confusión tengo que decir que, cuando yo me vi en mi parroquia, no sabía cómo arreglármelas para cantarlo, mientras que con admiración oía cómo aquellos campesinos entonaban los salmos sin fallar una nota. Y yo me decía: «Tú que eres su padre espiritual no sabes hacer eso», y me afligía. ¡Qué vergüenza, hermanos míos, para los eclesiásticos, que Dios se haya servido del pobre pueblo para conservar el canto, El que se goza y agrada cuando se cantan sus alabanzas» (XII, 339).
2. El canto eclesiástico en los seminarios vicencianos.
Escribiendo Vicente a Bernardo Codoing, sacerdote de la Misión destinado en Roma, le habla del problema que plantean en los estudios los que ingresan en el seminario. Le recomienda que se encargue de la piedad, así como del canto, de las conferencias y de las ceremonias.6
Esta preocupación por el canto litúrgico aparece siempre que escribe a algún superior de seminario, poniendo de manifiesto que al igual que la sólida piedad y devoción, se enseñará el canto, las ceremonias y la moral.7
Habiendo enfermado el P. Breant, director de música en el seminario de Saintes, Vicente escribe al P. Luis Rivet, superior de dicho seminario, para que mande al Hno. Fricourt o a un cantor de la ciudad para que enseñe el canto a los seminaristas, si aquél no lo puede hacer por estar ocupado en las misiones.8
En el reglamento de los seminarios encomendados a la Compañía el canto eclesiástico entraba como materia ordinaria, al igual que entraba el estudio de la teología, moral, administración de los sacramentos y ceremonias. Siempre van unidas las materias del canto eclesiástico y las ceremonias, esenciales para la realización del culto católico. Es interesante cómo en San Lázaro, cuartel general de la Compañía, Vicente prepara a sus misioneros durante varios años, para enviarlos después como profesores a los seminarios, donde impartirán una enseñanza práctica: modo de administrar los sacramentos, recitación y salmodia del Oficio, predicación, catequesis, canto.9
En el orden del día del reglamento, llamémosle «vicenciano», se señalaba en los días feriales una clase diaria de «canto-llano» o canto litúrgico. La lección se impartía por la mañana desde Pascua hasta octubre, y a las tres y media de la tarde desde octubre a Pascua. El seminario de los «Buenos-Hijos» tenía un reglamento confeccionado por el mismo Vicente, que ordenaba entre otras materias la recitación del oficio romano en común, el canto litúrgico en la «misa solemne» de los domingos y días festivos, las vísperas cantadas de esos mismos días…, y la enseñanza del canto.10
El abate Maynard, en la biografía de Vicente, describe el reglamento de este mismo seminario, «aún en vigor en los seminarios de la Compañía». El reglamento decía: «Este seminario ha sido instituído para honrar el sacerdocio de Nuestro Señor, y para formar a los eclesiásticos en la virtud y en la ciencia de su orden y vocación. Por lo cual se les enseña teología…, el canto-llano (le plainchant), las ceremonias de la Iglesia…». «… Recitarán el oficio en común, según el breviario romano, y asistirán en comunidad a las celebraciones de la Iglesia con gran recogimiento exterior e interior…»11
También anota este autor cómo en los ejercicios a los ordenandos se les instruía en estas mismas materias. «Tenían la recitación del Oficio en común… El último día, que solía coincidir con el domingo, acudían a la «misa solemne» en la que participaban por el canto y la comunión…12
Si Vicente observaba que el reglamento no se cumplía, no perdía tiempo para atajar el mal en su raíz. Baste este hecho para mostrar el celo que enarcedía a Vicente, cuando se quebrantaba esta disciplina. El 19 de abril de 1659, un año antes de morir, escribe al P. A. M. Plunket, sacerdote de la Misión con destino en el seminario de Saintes, y le reprocha la poca responsabilidad en el cumplimiento de su magisterio: «Señor: Sé que tenéis disgusto en enseñar el canto y las ceremonias, cosa que no me extraña nada, ya que todos hallan dificultad en practicar las buenas acciones, hasta las mejores; pero lo que me aflige es que usted se deja vencer por la naturaleza y sucumbe ante sus sugestiones. ¿Sabéis, señor, que la virtud cristiana os incita a la superación, y que si rehusáis dar a Dios este pequeño sacrificio, os volvéis indigno de mayores gestos, según las palabras de la Sabiduría: «Si no sois fiel en lo poco, no lo seréis en lo grande?» (VII, 508-9).
Como la carta no tuvo la acogida que se merecía, Vicente volvió a la carga el 21 de mayo del mismo año, reprochándole la desobediencia e instándole a que cumpla con responsabilidad el deber encomendado: «No he recibido respuesta a la carta que os escribí, ni la relación que os había pedido…; al contrario, tengo noticias de que no queréis enseñar el canto, ni asistir al rezo del oficio… ¿Qué haremos para remediar este desorden… ?». Tras una larga exhortación para que deponga tal aptitud ajena al espíritu de la Misión, volcado a la formación de los eclesiásticos, añade: «En el nombre de Nuestro Señor, humilláos y pedid perdón por los malos ejemplos que habéis dado al seminario, a los cohermanos; si lo hacéis, tened presente que la Compañía será indulgente para olvidar el pasado… Lo importante es que usted vuelva a cantar en el coro cuando sea necesario y enseñéis el canto y las ceremonias a los eclesiásticos que se están preparando para recibir las órdenes» (VII, 561-62).
3. El canto, medio esencial de apostolado.
Vicente había captado en su ministerio parroquial la fuerza del canto como medio de oración y de apostolado. La liturgia pierde interés si no se la realiza acompañada con el canto. Por la historia de la liturgia sabemos que sus dos componentes, la palabra y el canto, nacieron juntos. La palabra toma fuerza y vigor por el canto —cantilación—, la palabra cantada tiene un valor místico; así han nacido todas las liturgias, todos los cultos.13 El canto une a los hombres y les despierta el sentido comunitario de su oración. Por esto Vicente procura a las misiones del campesinado algún misionero impuesto en el canto religioso y en la salmodia del oficio con el objeto de preparar al pueblo para la liturgia.
Contestando al P. Lambert, que le había solicitado misioneros para evangelizar el ducado de Richelieu, Vicente le comunica que le envía «al Sr. Gourrat que entiende de música y al Sr. Buissot que sabe entonar los salmos» (I, 429).
Esta preocupación por tener a mano sacerdotes que sepan el canto para los seminarios y las misiones populares se extenderá cuando tiene que enviar un grupo de misioneros al extranjero. En la primera redacción de la carta dirigida a Mons. Edmond Dwyer, obispo de Limerick, que le había solicitado sus misioneros para Irlanda, sometida por aquel entonces a la persecución cronwelliana, encontramos esta misma preocupación: «He aquí ocho misioneros que irán a Irlanda: cinco son irlandeses, un sacerdote y un clérigo franceses y un hermano inglés. El sacerdote francés va a dirigir la Compañía…, y el clérigo ha aprendido el canto litúrgico…» (III, 79).
Vicente vive la plena evolución de la música instrumental; el órgano, hasta ahora instrumento de acompañamiento, adquiere personalidad propia en la liturgia con momentos que se reserva, lo mismo sucede con la evolución de los instrumentos de cuerda que muchas catedrales acompañan tanto a la polifonía como al canto monódico. Era lógico que Vicente se preocupara de tener en los seminarios o en las propias comunidades al menos el instrumento llamado «litúrgico», esto es el órgano. Los órganos en aquella época eran pequeños y portátiles, generalmente de un teclado con 45 teclas y con un número muy reducido de «contras» para las notas largas del pedal. Sin duda que San Lázaro, antigua abadía, poseería un órgano para el acompañamiento de la salmodia del Oficio y para la misa conventual. Vicente escribiendo al P. Santiago Perdu, sacerdote de la Misión en Poissy, le dice: «Le envío el órgano y le enviaré quien lo toque, si es que el P. Renier, no puede hacerlo o si sucede que este padre no es muy hábil y por eso desea usted que lo retire…» (I, 228).
4. El Canto en el Oficio divino.
Dice el primer biógrafo del Santo: «Cuando Vicente canta o salmodia a coro, lo hace con gran recogimiento… Exhorta a los misioneros a que adquieran el respecto y la piedad necesaria durante la salmodia, procurando tener sumisa la vista: con la mirada en el breviario, sin tornar la cabeza a uno u otro lado. Vicente no podía sufrir las faltas de ligereza en el canto o recitación del Oficio divino».14
En el capítulo anterior se han expuesto los puntos principales de la conferencia dada por Vicente en San Lázaro el 26 de octubre de 1659, que versa sobre el rezo del Oficio divino y el Canto litúrgico. Helos aquí:
1) Alabar a Dios es el principal acto de la virtud de la religión.
«El primer motivo, hermanos, que tenemos nosotros de ofrecernos a Dios el recitar el oficio divino, es aquel que dicta la Regla: «una de las actividades más importantes es realizar perfectamente este deber y que se CANTEN las alabanzas de Dios del modo más cuidado…» (XII, 326).
Argumentándoles cómo la «alabanza» a Dios precede al «sacrificio», como se puede comprobar por el modo de obrar Dios en el misterio de la Encarnación, concluye: «Por supuesto, el primer acto de la religión consiste en el bien recitar y CANTAR el oficio divino; mirad, señores, cómo debemos ofrecernos a Dios para hacer que el CANTO se realice del modo más conveniente…, con la perfección que nos sea posible». A continuación habla de la necesidad de preparar la «alabanza» como se hace con el «sacrificio» (XII, 327-28).
2) Se injuria a Dios si no se recita y se CANTA bien el Oficio divino.
«El segundo motivo que nosotros tenemos para ofrecernos a Dios por el «bien recitar y CANTAR» el oficio divino, es la ofensa que se hace a Dios si no se hace como lo prescribe la regla… Tiene algo de bestia aquella pobre persona que va al coro sin reflexionar lo que dice y que, sin ningún respeto, puesto que es a Dios a quien se habla, se comporta sin embargo como un animal…» (XII, 328-29).
3) Recitando y CANTANDO el Oficio divino se hace el oficio de los Angeles y de los Santos.
«Los santos alaban a Dios en el cielo con los ángeles; nosotros, nosotros estaremos ocupados eternamente en CANTAR LAS ALABANZAS DE DIOS. Es necesario imitar aquí abajo, en la tierra, la práctica de realizar bien el Oficio divino» (XII, 329).
4) Modo de realizarlo en la Compañía.
La recitación o el CANTO del Oficio se tendrá en todas las comunidades, aún estando en misiones, en la iglesia o lugar apropiado, en común y con el texto romano. Al menos se recitarán maitines y laudes, las horas menores y las vísperas. Prefiere Vicente el CANTO a la simple recitación: «Me conmueve más el CANTO de las alabanzas de Dios que otra forma de piedad» (XII, 330).
Es conocida la resistencia de Vicente a formar una congregación al modo de las órdenes religiosas, las cuales estaban obligadas a la presencia y al canto en el coro. Por la finalidad primordial de la Compañía que era el servicio pastoral del campesinado y la formación del clero, no impone la obligación de «coro» a los misioneros, ni el canto y vestiduras de tipo canonical. A Guillermo de Lestocq, párroco de San Lorenzo, en los aledaños de París, le dice: «En lo referente al coro, el señor prior ha propuesto que ocupemos los asientos del mismo y que llevemos en el «dominó»15 desde Todos los Santos hasta pascua y también la muceta. Pues bien…, si a los señores les agrada venir a coro, no pongo dificultad en que la Compañía les deje las primeras filas, creo que no es conveniente que nos carguemos con la muceta y el dominó; y para evitar la confusión y la sospecha que la gente tendría de que empezamos a convertirnos en canónigos y que, por consiguiente, renunciamos tácitamente a nuestro designio de trabajar incesantemente por el pobre pueblo de los campos, he dicho que es conveniente que no se nos cargue ni con la muceta y el dominó, y que se nos deje rezar el oficio como lo exige nuestra conciencia, como se concluyó en el acuerdo. … La forma que yo propuse, es decir el oficio a media voce, sin canto, excepto en la misa mayor y en las vísperas de los domingos y días de fiesta» (I, 137-41).16
La norma para la recitación del Oficio ferial será a «media voz y sin canto» (Reglas, X, 5). De esta manera anulaba todo resabio de vida monástica y canonical. Esta práctica no era nueva, la adoptaban por aquel entonces las nuevas congregaciones (XII, 331-32).
Había comunidades que por razón de fundación o por el ministerio estaban obligadas a coro al CANTO del Oficio y de la misa conventual. «San Lázaro tenía esta obligación: los religiosos ancianos cantaban todos los días el oficio divino; cuando nosotros los hemos sustituído, el arzobispo de París nos ha reducido la obligación a la recitación media voce, sine cantu, a condición de que se cante la misa solemne y las vísperas de los domingos y días festivos. Con estas obligaciones hemos aceptado la casa de San Lázaro. Esto mismo ha sucedido en algunas otras casas».
«Hay otras casas obligadas al CANTO, como Richelieu, donde tienen servicio pastoral, Cahors y Agde, por la misma razón. Añadid algunas otras casas, como Saint-Meen, donde tienen la obligación de recitar el oficio a coro y de CANTAR, la misa solemne no sólo los domingos y días festivos, sino la mayoría de los días, y esto por razón de la fundación. Se me olvida deciros que algunas otras casas, por razón de los seminaristas y de los ordenandos que en ellas se reciben, estamos obligados a CANTAR algunas veces para instruirles… Nosotros cantamos aquí ciertos días, otras veces lo recitamos juntos…» (XII, 333; V, 194).
Se aprecia cómo las obligaciones de las diversas comunidades eran distintas. Coinciden en la misa solemne y las vísperas de los días festivos y domingos. Esta práctica era común a todas las comunidades sin distinción (XII, 334).
Conocía Vicente que la solemnidad de la Liturgia viene del canto, una celebración en un seminario sería fría si le falta el entusiasmo que el canto suscita. El canto del Oficio debe ser un ejemplo para el público que asiste y el tributo que debemos a Dios. Escribiendo Vicente a Charles Ozenne, superior de la iglesia de la Santa Cruz de Varsovia, le dice: «No sé por qué razón todas las personas de la Compañía, exceptuadas dos, deben privar al público del ejemplo que se da asistiendo al coro, y del mérito que se gana para uno mismo y de la gloria que Dios recibe con ello. Nosotros lo tenemos en práctica (asistencia y canto en el coro) allí donde tenemos servicio pastoral (parroquia o casa del culto), como Richelieu y Sedan. No vale decir que no se está acostumbrado al canto de allá. Su recogimiento y su modestia harán una armonía muy grata a Dios y a la edificación de los hombres. La Iglesia desea verdaderamente esta forma de recitar su oficio. Cuando los eclesiásticos no estén ligados a una iglesia particular es entonces cuando permite el rezo en privado. Dios nos ha llamado para servir a los ordenandos y a los seminarios ¿no debemos desde este momento formarnos y acostumbrarnos a ello? Tres hermanos, por la gracia de Dios, saben cantar…, no serán inútiles para esta santa acción. Mire, Señor cómo hay láicos en París que asisten todos los días a maitines y vísperas en sus parroquias. Antiguamente se acudía durante el día y la noche. Los Señores de las conferencias de los Martes acuden a cantar a todas las parroquias en las que se encuentran y se les permite… Yo os ruego de comunicarles que se ofrezcan a Dios y dejen este buen ejemplo a la posteridad» (V, 194-95).
Vemos cómo Vicente incita a la práctica de la recitación y el canto del Oficio valiéndose del ejemplo que dan ciertos capitulares y laicos, «que van a maitines y retornan a sus casas para volver en seguida para las horas menores, la misa solemne, las vísperas…, van y vienen incesantemente: nosotros, ¿nosotros nos quejamos? Lo diré para nuestra confusión que once o doce canónigos de Notre-Dame van todos los días a maitines a media noche y no faltan nunca, aún estando enfermos. ¡Los canónigos de Notre-Dame, personas de gran condición se levantan a media noche…! ¡Oh Salvador! Vemos hombres de mundo, que tienen bienes en abundancia, tener este celo para levantarse a media noche para cantar las alabanzas de Dios, y nosotros, nosotros nos quejamos de ir de la habitación a la iglesia» (XII, 336).
Vicente termina la conferencia, alentando a los misioneros a poner en práctica estas ideas:
«Pienso que no hay nadie aquí que no quiera sacrificarse voluntariamente para CANTAR y recitar las alabanzas de Dios, que forman, por así decirlo, parte del cielo. Que Dios escuche con gozo y satisfacción las alabanzas que nosotros le ofrecemos. Animémonos todos de aquel espíritu que es necesario para comenzar desde mañana a CANTAR las alabanzas de Dios. Esta es la oración que nosotros le ofreceremos» (XII, 340).17
5. Regla de oro.
Se ha podido comprobar que Vicente no era un técnico del canto, ni un avezado director de coro y quizás un corriente enseñante. Nadie le puede negar su papel de ANIMADOR de la Liturgia, por la buena ceremonia y el bien modular. ANIMADOR de la asamblea en Clichy, en San Lázaro, en los retiros, seminarios…, en fin en toda la Compañía. De su unión vivencial en la oración con Cristo brotaba el rito impecable, el canto transparente. Era la elegancia que produce la unción y exquisitez espiritual. ¿Era espectáculo la celebración en San Lázaro? De espectáculo se puede hablar en el ambiente fastuoso de la capilla real, en la majestuosidad de las celebraciones de Notre-Dame o en la solemnidad del Oratorio. Vicente buscaba el ejemplo de los misioneros como magisterio, como apostolado. El magisterio de lo bien realizado para mover a la conversión y a la superación; el silencio religioso y la modestia grave para mover a la oración y a la adoración. Cuántas veces decía Vicente a los misioneros: «¿Cómo lo harán estos señores si nosotros mismos no lo hacemos bien?» (XI, 312).
EL CANTO LITURGICO expresa lo más noble del corazón humano y religioso puesto al servicio del culto que la Iglesia tributa a Dios, lo cual exige no sólo el cuidado de una interpretación correcta sino la total disponibilidad de las potencias espirituales de cada persona. He aquí la «regla de oro» que condensa en esencia la exquisitez que debe llevar el canto en los labios del misionero:
«QUE SE CANTE PAUSADAMENTE, CON MODERACION, QUE SE SALMODIE CON UNCION»(XI, 312).
Desvelando la esencia de estas palabras, encontramos: El canto litúrgico precisa el andar pausado, el caminar que no disturba la meditación, antes bien la sugiere; excluye la precipitación, el nerviosismo, el atropello que sofoca la oración. Con «moderación», que no se refiere a cantidad, sino a cualidad, con voz moderada que no hiere, que rechaza el grito o el tono descompuesto. ¿Qué es esa «unción»? La salmodia ha sido y es la oración universal de la Iglesia, de la comunidad reunida, del pueblo de Dios congregado, que exige la piedad que brota del corazón orientado hacia Dios, por el arrepentimiento, por la adoración, por la petición y la acción de gracias. El hombre que reza con el canto litúrgico, siempre es «un cántico nuevo», manifiesta la sfumatura, que es delicadeza en el bien modular, que es esfuerzo para que no decaiga la oración, que es la afinación del hombre-criatura ante lo sublime del misterio y de la creación.
Ha acertado Vicente al entregarnos esta regla de oro que compendia la doctrina de los mejores gregorianistas.18
«QUE SE CANTE PAUSADAMENTE, CON MODERACION, QUE SE SALMODIE CON UNCION».
- Cf. ERNETTI, op. cit., 210.
- CORBIN, Solange, L’Eglise á la conquéte de sa musique, 264.
- DULAU, P., Mission et Charité, n. 7, 299-311.
- BOUDIGNON, Vincent de Pata, 17.
- COSTE, B. V. P., I, 76.
- COSTE, II, 233.
- Idem, IV, 597. Cf. ABELLY, op. cit., III, capit. XXIV.
- COSTE, VII, 122.
- Idem, S. V. P., II, 370 ss.
- COSTE, S. V. P., II, 376 ss.
- MAYNARD, op. cit., II, 178-79.
- Idem, 1. c., 31.
- Cf. CORBIN, Solange op. cit., 62-63. Cf. FERRETTI, P., Estética Gregoriana, I, 3 ss.
- ABELLY, op. cit., III, 99.
- Forro o piel que los canónigos llevaban de ordinario en los brazos.
- COSTE, 1, 197, ed. cast. (1972).
- Cf. ARNAUD, St. Vincent de Paul, guide du prétre, 97-98.
- GAJARD, J., Il Método di Solesmes, 97: «Se desprende del gregoriano la sobriedad, la dulzura, la serenidad, la discreción, el perfecto equilibrio, al mismo tiempo la flexibilidad, la libertad, la fluidez…, en dos palabras: profundidad e interioridad. Por consecuencia se desprende la aptitud de renuncia, de adoración, de humildad y de confianza y de ternura profunda…, en fin, la aptitud del alma ante Dios».






