Espiritualidad vicenciana: Votos

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Michel Lloret C.M. · Año publicación original: 1995.

1. HISTORIA DE LOS VOTOS: 1. EN LA CONGREGACIÓN DE LA MISIÓN. A. GESTIONES ANTE EL ARZOBISPO DE PARÍS. B. GES­TIONES ANTE EL SOBERANO PONTÍFICE. 2. EN LA COMPAÑIA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD: A. EN EL TIEMPO DE LOS FUNOADORES. B. DES­PUÉS. II. ESPECIFICIDAD DE LOS VOTOS: 1. EL PENSAMIENTO DE S. VICENTE SOBRE LOS VOTOS DE LOS SACERDOTES DE LA MISIÓN. A. SE TRATA DE VOTOS SIMPLES. B. SE TRATA DE UNA «REAFIRMACIÓN» EN LA VOCACIÓN COMO TAL. 2. PENSAMIENTO DE S. VICENTE Y DE STA. LUISA SOBRE LOS VOTOS DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD. A. NATURALEZA DE LOS VOTOS. B. MISTICA DE LOS VOTOS.


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¿Cuál es la especificidad de los votos en la perspectiva vicenciana? En el fondo, hay grandes semejanzas entre los votos de los Sacerdotes de la Misión y los de las Hijas de la Caridad. Su his­toria revela y explica, sin embargo, diferencias que no son despreciables y que reflejan lo que ha vivido y vive cada uno de estos Institutos. No hay duda, en particular, de que la personalidad e in­fluencia de sta. Luisa de Marillac han sido im­portantes en este tema, como en muchos otros.

I. Historia de los votos

1. En la Congregación de la Misión

Es sorprendente comprobar que, desde el 9 de septiembre de 1629 -cuando la Congregación lleva aprobada por el Arzobispo de París sólo tres años y cuenta con sólo seis miembros- se intro­duce el uso de emitir votos «de devoción», es­trictamente privados, y de renovarlos cada año durante tres años (V, 299, 434). Este hecho de­muestra la estima en que s. Vicente tenía los vo­tos, incluso aunque el deseo de ver a los coher­manos estabilizarse en su vocación va a jugar un papel importante. De todos modos, aún después de la aprobación romana, él no despedirá a los que rehúsen hasta el final pronunciar los votos.

Después del reconocimiento de la Congrega­ción por Urbano VIII (Bula Salvatoris Nostri del 12 de enero de 1633; X, 303s), las gestiones ofi­ciales se van a desencadenar en cierto sentido y nos van a revelar, al mismo tiempo que las fluc­tuaciones de s. Vicente en este tema, un pensa­miento extrañamente preciso desde el punto de partida.

a) Gestiones ante el Arzobispo de París

Entre 1635 y 1638 (el Seminario Interno ha si­do inaugurado en junio de 1637 y tiene una du­ración de dos años cf. 1, 433 nota), s. Vicente pide al Arzobispo que apruebe

  • el buen propósito de pobreza, castidad, obe­diencia y estabilidad en la Congregación al cabo de un año de seminario;
  • los votos simples, con el mismo objeto
  • al cabo de dos años de seminario
  • dispensables sólo por el Soberano Pontífice o el Superior general
  • emitidos en presencia del Superior que escu­cha, pero no los recibe, quedando así la Con­gregación en el cuerpo del Clero secular (X, 348; V, 299s).

La respuesta afirmativa no llegó hasta el 19 de octubre de 1641, y será renovada el 23 de agosto de 1653. De hecho, desde 1637, se está practicando esta costumbre y, cuando se obtie­ne la aprobación, s. Vicente se apresura a oficia­lizarla pronunciando, con muchos otros, los votos así reconocidos el 24 de febrero de 1642 (es in­teresante notar, de paso, que sta. Luisa y cuatro Hermanas pronunciaron sus votos por primera vez en mes después, el 25 de marzo).

El Fundador espera, efectivamente, pero en vano, que las divergencias cesarán (V, 435). Está incluso persuadido -pero otros no lo están en ab­soluto- que esta aprobación equivale a una apro­bación pontificia, puesto que la Bula Salvatoris Nostri deja al Arzobispo de París el cuidado de aprobar los estatutos de la Misión. Con ocasión de su Asamblea, el 20 de octubre de 1642, los Superiores deciden que los votos serán renova­dos al final de cada retiro anual por devoción. Las controversias no disminuyeron. Entretanto, s. Vi­cente ha empezado a dirigirse a Roma.

b) Gestiones ante el Soberano Pontífice

A partir de 1639, el P. Lebreton es enviado a Roma para esto. Durante 16 años, irán tomando el relevo los PP. Portail, Dehorgny, Alméras, Bert­he, Blatiron, Jolly. Se pasa por toda suerte de proposiciones, p. e.,

  • votos solemnes a pronunciar desde la primera vez o al cabo de algunos años de votos sim­ples (1, 580 nota)
  • voto de obediencia al obispo del lugar en el que se misiona (1, 551)
  • voto de estabilidad solamente y juramento so­bre la pobreza, la castidad y la obediencia o ex­comunión contra los incorregibles (II, 28).

El voto de estabilidad recurre una y otra vez con su doble objeto: fidelidad a la Misión y a la Misión en la Congregación.

Por fin, el 22 de septiembre de 1655, Alejan­dro VII aprueba los votos tal como la Congrega­ción los practica desde entonces, por el Breve Ex Commissa Nobis (X, 486). El 25 de enero si­guiente, toda la Compañía parece haber emitido los votos así reconocidos. Como hemos dicho, ciertos miembros se rehusaron, pero no fueron expulsados. Es verdad que las leyes canónicas mi­ran al futuro y no tienen efecto retroactivo si ellas no lo explicitan.

El 12 de agosto de 1659, Alejandro VII, por el Breve Alias Nos, precisa el estatuto fundamental del voto de pobreza en la Congregación.

En sustancia, todas estas disposiciones tu­vieron su sitio

  • en las Constituciones aprobadas por Pío XII el 19 de julio de 1953. Los votos son calificados en ellas como no públicos, privilegiados, per­petuos, dispensables sólo por el Soberano Pon­tífice y el Superior general (n9 161, 1)
  • en las Constituciones aprobadas por la Sagra­da Congregación de Religiosos e Institutos Se­culares, el 29 de junio de 1984. Los votos son calificados en ellas como perpetuos, no-reli­giosos, reservados al Soberano Pontífice y al Superior general. Se precisa con justeza que de­ben ser interpretados con fidelidad según la proposición de s. Vicente aprobada por Alejan­dro VII (C. 55, 1, 2).

2. En la Compañía de las Hijas de la Caridad

La historia es aquí muy diferente porque los votos, incluso convertidos en obligatorios, de­penderán durante varios siglos de una legislación puramente interna. (Para más detalles de esta historia, ver Instrucción sobre los Votos de las Hijas de la Caridad, 1989). No serán objeto de un documento propiamente eclesial hasta las Cons­tituciones aprobadas por la Sagrada Congrega­ción de religiosos el 1 de junio de 1954 y, de nue­vo, con las Constituciones dadas en Roma el 2 de febrero de 1983 por la Sagrada Congregación de Religiosos e Institutos Seculares: en el primer caso, se trataba de redactar unas Constituciones que estuvieran de acuerdo con el Derecho Ca­nónico de 1917 y, en el segundo caso, se trataba de insertarse en el «aggiornamento» pedido por el Concilio Vaticano II y por el nuevo Derecho Canónico.

a) En tiempo de los Fundadores

Aunque las hermanas hayan sido agrupadas a partir del 29 de noviembre de 1633, bajo la di­rección de Luisa de Marillac, hasta julio de 1640, no encontramos las primeras alusiones a la po­sibilidad de emitir los votos. Por una parte, s. Vi­cente habla de «el estado de perfección» y pre­cisa que él le compete también a la vocación de las Hijas de la Caridad como tales, «aunque por ahora no tengan votos» (IX, 33). Por otra parte, evoca a los religiosos hospitalarios de Italia que hacen los cuatro votos de pobreza, castidad, obe­diencia y servicio a los pobres (IX, 42s), y a la pre­gunta de algunas hermanas, precisa lo que podrían ser los votos de las Hijas de la Caridad, diferen­ciándolos netarnente de los votos de Religión.

Como hemos dicho, el 25 de marzo de 1642, sta. Luisa y otras cuatro Hermanas hacen los vo­tos «por toda la vida». Poco a poco, otras fueron siguiendo su ejemplo. Los Fundadores son muy prudentes, teniendo en cuenta la originalidad del nuevo Instituto, que no será reconocido por pri­mera vez por el Arzobispo de París hasta el 20 de noviembre de 1646. En su correspondencia, ellos no hablan explícitamente de los votos más que a partir de 1648. Por otra parte, aceptan un plura­lismo en la manera de emitirlos, sin, por lo demás, hacerlos obligatorios: votos perpetuos, votos anua­les, votos anuales luego perpetuos. Santa Luisa pide siempre la autorización a s. Vicente.

Este, se inclina finalmente hacia votos anua­les siempre renovables. Quería sin duda, dife­renciarlos mejor de los votos públicos y, al mis­mo tiempo, permitir a las Hijas de la Caridad ser reconocidas como «Cofradía». Había que tener también en cuenta la situación inestable de al­gunas de ellas. Pero no hay duda que los Funda­dores han visto en los votos un provecho para la vida espiritual de las Hijas de la Caridad. Santa Lui­sa, que lo favorecía particularmente, explica que «esto es más agradable a Dios que de otro mo­do, ya que teniendo al cabo del año su voluntad libre, pueden otra vez dársela a Dios enteramen­te de nuevo» (SLM c. 368)

b) Después

El P. Alméras mantendrá la fecha del 25 de marzo para la renovación anual de los votos en recuerdo del 25 de marzo de 1642 (Conferencia del P. Gicquel, Director de las Hijas de la Caridad, del 16 de marzo de 1669). El uso de los votos se va generalizando cada vez progresivamente. El

P. Bonnet, en los Estatutos de 1718, en fidelidad al pensamiento de los Fundadores, explica y pre­cisa todo lo que les concierne, en particular, que deben ser emitidos por primera vez entre los cin­co y los siete años de vocación (Estatutos del P. Bonnet, n» 7)

El P. Brunet, Vicario general, escribe desde Ro­ma el 1 de noviembre de 1801:

«No se podría tolerar que una Hija de la Cari­dad, después de los cinco años, rehusase contraer a partir de entonces los compromisos acostum­brados en la Compañía y que no los renovase ca­da año» (Circular del P. Brunet del 1 de noviem­bre de 1801).

Se está viviendo entonces en el contexto de la Revolución francesa, pero está claro que los vo­tos son a partir de entonces una condición indis­pensable para pertenecer a la Compañía y para permanecer en ella.

A lo largo de toda la historia de la Compañía, los Superiores han velado para que sea respeta­da la naturaleza de los votos de las Hijas de la Ca­ridad. Esta fidelidad ha sido finalmente reconoci­da y mantenida oficialmente por la Iglesia, como lo hemos visto, por la aprobación de las Consti­tuciones de 1954 y de 1983.

Las primeras, dicen: «Los votos no son pú­blicos, en sentido canónico, sino privados, privi­legiados, reconocidos por la Iglesia». Entende­mos por esto que no son emitidos en manos de ningún Superior ni aceptados (recibidos) en nom­bre de la Iglesia, pero que, por otra parte, se ha­cen conforme a las Constituciones. Además, «so­los el Soberano Pontífice y el Superior general tienen el derecho de dispensar de estos votos» (n2 49).

Las Constituciones de 1983 presentan los vo­tos como «no-religiosos, anuales, siempre reno­vables» y «la Iglesia los reconoce tales como se comprenden en la Compañía en fidelidad a sus Fundadores» (C. I1, 5, 3).

Se ve inmediatamente la importancia de es­tas últimas palabras. Ellas nos impulsan a volver sin cesar a este pensamiento de los Fundado- res.

II. Especifidad de los votos

Ya se ha tratado de esto a propósito de los Consejos evangélicos. Los votos «vicencianos» son esencialmente una confirmación, con su na­turaleza, su alcance y su fuerza propias, del com­promiso tomado al entrar en el Instituto. San Vicente repite con frecuencia, bajo una u otra for­ma, al menos para los Misioneros, que él ha que­rido los votos «para una gran firmeza» (XI, 644).

De hecho, se trata de un proceso de amor que quiere llegar hasta su expresión más radical en la línea propia de la vocación. Su carácter obligatorio y jurídico como condición para perteneder a la Congregación de la Misión o a la Compañía de las Hijas de la Caridad y ejercer en ella deter­minados derechos y deberes, lejos de minimizar su dinamismo propiamente teologal, lo postula más aún para darle su plenitud de significación.

1. El pensamiento de s. Vicente sobre los votos de los Sacerdotes de la Misión

El tomo XII de Coste da numerosas referen­cias. Aquí, podemos sintetizar lo que s. Vicente expresa en dos importantes documentos: su car­ta a E. Blatiron el 19 de febrero de 1655, unos me­ses, por tanto, antes de la aprobación pontificia (V, 295ss) y su conferencia a los Misioneros sobre los votos el 7 de noviembre de 1659 (XI, 637ss).

a) Se trata de votos simples

Se llaman así, según la terminología de la épo­ca, para distinguirlos de los votos solemnes. Los Sacerdotes de la Misión no son «religiosos» si­no que siguen, siendo «sacerdotes seculares», del «cuerpo del clero secular», de «la religión de s. Pedro». La aprobación pontificia de los votos lo repite explícitamente, confiriendo al mismo tiem­po a la Congregación la exención de la sumisión a los Ordinarios del lugar en todo, excepto en el ministerio de las misiones. San Vicente hubiera preferido «por razones importantes», que las dos cosas hubieran ido por separado (VIII, 31).

Igualmente, hay que notar que los sacerdotes ya han prometido castidad y obediencia a su or­dinario, pero «para la mayor firmeza en nuestra vo­cación, se han añadido los votos». El voto de po­breza es, pues, desde este punto de vista, más característico «por causa de la pasión y del deseo de riquezas, mucho mayor en los eclesiásticos que en los laicos… Incluso se advierte que son más duros con los pobres y tienen menos compasión para socorrer sus necesidades… al principio todo era común y sólo se le daba a cada uno según sus necesidades. ¡Cuánto florecía entonces la Iglesia y cuán virtuosos y perfectos eran los eclesiásticos! Pues bien, ¿no nos encontramos todos en este es­tado, tanto sacerdotes como hermanos?… ¡Oh, di­chosa y riquísima pobreza que nuestro Señor prac­ticó tan admirable y tan excelentemente!» (XI, 644s). Y es verdad que los beneficios y otras cosas semejantes eran una verdadera plaga.

b) Se trata de una «reafirmación» de la vocación como tal

Ya hemos señalado varias veces este punto fundamental. San Vicente estaba persuadido de que «aquellos que la Providencia ha llamado pa­ra que fueran los primeros en una compañía na­ciente procuran de ordinario ponerla en el esta­do más agradable que les es posible delante de Dios» (V, 296) y de que «los que se han entrega­do a Dios de esta manera trabajan con mucha ma­yor fidelidad en la adquisición de las virtudes… que aquellas otras personas que no tienden a ese bienaventurado estado de vida que abrazó Nuestro Señor» (ib). Pero, sobre todo, «Dios ha querido afianzar a las personas de cada estado en su vocación por medio de las promesas ex­presas o tácitas que hacen a Dios de vivir y mo­rir en aquel estado… Si esto es así, es justo que la congregación de la Misión tenga algún víncu­lo que ate a los misioneros a su vocación para siempre» (ib). La palabra «vínculo» hace pensar en el canon 731, 2 que, a propósito de las Socie­dades de vida apostólica, dice que, entre ellas, las hay «cuyos miembros asumen los consejos evangélicos mediante un vínculo determinado por las Constituciones». Y s. Vicente añade que se trata de perseverar, pese a la ligereza e in­constancia del espíritu humano «en cosas tan duras y difíciles como son los ejercicios de la Mi­sión» (V, 297).

Por eso, se puede decir que el voto de esta­bilidad es central en esta especificidad. «Dios nos ha puesto en el estado en que ha puesto a su Hijo, que dice de sí mismo: Evangelizare paupe­ribus misít me… utilizando las mismas armas, combatiendo las pasiones y los deseos de tener riquezas, placeres y honores» (XI, 639). El voto de estabilidad tiene como objeto la Misión como tal y recae sobre lo que hay de más específico en la vocación: «el estado de Caridad».

Pobreza, castidad y obediencia son, pues, los «medios» (X1, 641) para entrar en el estado de perfección (la perfección de la Caridad) tal como tenemos que vivirla. De este modo, nos encon­tramos «en el estado en que se encontraron nues­tro Señor y los apóstoles, de haber renunciado a todo para ser misioneros y trabajar por la con­versión de las almas… en este estado de estarle consagrados para continuar la misión de su Hijo y de los apóstoles» (XI, 641. 643)

Tal es, efectivamente, para los misioneros la manera de vivir en plenitud y radicalidad su bau­tismo y sus promesas. Los votos «son un nuevo bautismo, obran en nosotros lo que había hecho el bautismo» (XI, 642). Aún más, «es un continuo martirio… Los tormentos de los verdugos duran poco tiempo, en comparación de toda la vida del hombre que ha hecho esos votos, por los que se mortifica sin cesar y se contradice por medio de la destrucción de sí mismo y de su propia volun­tad… El que pronuncia los votos ofrece a Dios un holocausto de sí mismo» (ib.). Cierto que no se trata más que de votos «simples», pero ellos no tienen menos mérito, como el bautismo sin solemnidad «participa de las mismas gracias» que el bautismo solemne, e igual que los que asisten a la Misa participan, con el sacerdote, en el sa­crificio de Cristo e incluso «más que él, si tienen más caridad que el sacerdote» (XI, 646).

2. Pensamiento de s. Vicente y de sta. Luisa so­bre los votos de las Hijas de la Caridad

Hemos visto que el mismo s. Vicente, desde 1640, provocaba entre las Hermanas el deseo de hacer los votos. Pero, al mismo tiempo, ha mos­trado una gran prudencia y una gran flexibilidad. Santa Luisa, ya lo hemos dicho, tenía mucha de­voción por los votos y, compartiendo la reserva de s. Vicente por las mismas razones, ha sido sin duda más explícita en esta cuestión.

a) Naturaleza de los votos

Se trata, evidentemente, de votos «simples». S. Vicente dice a las Hermanas enviadas a Nantes: El señor obispo de Nantes «dice que sois reli­giosas, porque le han dicho que hacéis votos. Si os habla de esto, respondedle que no sois reli­giosas. Sor Juana, que es la hermana sirviente, le ha dicho: «Monseñor, los votos que hacemos no nos convierten . en religiosas, porque son vo­tos simples, que puede hacer cualquiera, incluso viviendo en el mundo» (IX, 593).

Parecido escribe sta. Luisa al abad de Vaux que se ocupa de las Hermanas en Angers: «Mucho me temo que nuestra buena sor Juana haya ha­blado de los votos de forma que no haya hecho comprender que no se trata de votos distintos a los que un devoto o devota puede hacer en el mundo; y aun ni siquiera son así, porque de or­dinario, cuando los del mundo hacen votos, es en presencia de su confesor. Tenemos que honrar los designios de Dios y bendecirlo en todo tiem­po» (SLM c. 293). Habrá que creer que entre An­gers y Nantes la buena de sor Juana Lepeintre ha­ya aprendido bien la lección…

Estas «precauciones» no quieren minimizar en nada -todo lo contrario- el alcance de los vo­tos. Lo esencial es comprenderlos a la luz del fin principal de la Compañía: el don total a Dios pa­ra servirlo en la persona de los pobres en humil­dad, sencillez y caridad. Estos votos confirman el compromiso específico y se deben ver como una manera de alcanzar con más seguridad el fin. Desde su entrada en la Compañía, las Hermanas se dan a Dios para siempre: los votos y su reno­vación anual les permiten, según las expresiones de los Fundadores, recibir nuevas fuerzas y nue­vas gracias para perseverar en su vocación (IX, 326).

Por eso, es por lo que el voto de servicio a los pobres es su voto «especial», su voto por ex­celencia. La fórmula primitiva de sta. Luisa era más clara desde este punto de vista: «hago voto de pobreza y castidad y obediencia… para aplicarme durante todo este año al servicio corporal y espi­ritual de los pobres enfermos, nuestros verda­deros amos…» (SLM E. 196). La Madre Carrére, Superiora general, escribirá el 1 de febrero de 1841: «Nosotras somos para los pobres, mis que­ridas hermanas, así es como nos definió s. Vi­cente; es para ellos y ellos solos para los que Nuestro Señor nos ha llamado, nos ha reunido, y es porque ellos lo representan por lo que no­sotras nos consagramos a su servicio. Es princi­palmente de este voto de lo que me agrada ha­blaros en esta circular, porque él resume todas nuestras obligaciones, y porque él debe ser el móvil de nuestra conducta, incluso en relación a los otros votos que no son, respecto a nosotras, más que la regla y el sostén de éste».

Se puede hablar, con rigor terminológico, de una castidad de Hija de la Caridad, de una po­breza de Hija de la Caridad, de una obediencia de Hija de la Caridad. Sus votos son verdaderamen­te los de la Compañía. Al reconocerlos como ta­les, la Iglesia da garantía de su identidad, con todas sus exigencias que hay que vivir con toda fidelidad a este pensamiento de los Fundadores y según su carisma.

b) Mística de los votos

Es santa Luisa, sobre todo, quien nos ofrece algunas dominantes:

Ella insiste, como s. Vicente, sobre el enraiza­miento bautismal del compromiso de las Hijas de la Caridad: «Se necesitan espíritus equilibrados y que deseen la perfección de los verdaderos cris­tianos, que quieran morir a sí mismas por la mor­tificación y la verdadera renuncia, ya hecha en el santo bautismo, para que el espíritu de Jesucris­to reine en ellas y les dé la firmeza de la perse­verancia en esta forma de vida del todo espiritual, aunque se manifieste en continuas acciones ex­teriores que parecen bajas y despreciables a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios y sus ángeles» (SLM c. 717 )

Su fórmula de los votos comienza por: «Yo, la infrascrita, en presencia de Dios, reitero las promesas de mi bautismo». La fórmula actual se inspira directamente en ella («Yo… renuevo las promesas de mi bautismo») y quiere expresar el mismo sentido de la consagración bautismal y de la pertenencia eclesial que hay que vivir perfec­tamente como Hija de la Caridad.

Santa Luisa es igualmente sensible al aspec­to de «marcha libre». Según Gobillon, ella escri­be: «El voto da al alma la libertad de entrar en una comunicación familiar con Dios, la hace entrar en una especie de tratado con él, en el que ella pro­mete y se obliga, y Dios acepta y promete tam­bién por su parte. El alma le promete y compro­mete el amor que más le agrada, que es darse totalmente a él sin reservarse el poder de dispo­ner de sí misma; y Dios se da recíprocamente al alma, y le asegura la comunicación de todos sus bienes» (lib. V, 1).

Desde el momento en que uno se siente lla­mado a un don total para el servicio de los pobres, ¿cómo no desear llegar hasta el compromiso más completo? Las primeras Hermanas expresaban es­te deseo de pronunciar los votos al término de un cierto itinerario espiritual que era reconocido por los Fundadores. Si las Constituciones actuales prevén un margen de cinco a siete años antes de la primera emisión de los votos, es para alcanzar esta misma perspectiva: es necesario que se realice una maduración cuya valoración toca en primer lugar a la Hermana misma, luego a sus Su­periores a quienes ella comunica con toda sen­cillez sus disposiciones. En este espíritu, es en el que se ha redactado una nueva «Instrucción sobre los votos de las Hijas de la Caridad»: se dirige a todas las Hermanas y no sólo a las que comienzan, para permitir una toma de conciencia y una reflexión renovada en el plano personal y el plano comunitario.

La pertenencia a la Compañía, desde el pun­to de vista jurídico, no está, de suyo, determina­da por los votos, pero son una condición para ella. Esta pertenencia, como todo lo que forma la vida de la Hija de la Caridad, está pues de algún modo ratificada y confirmada por los votos. Se puede hablar, en particular, de una verdadera «es­piritualidad de la Renovación»: ésta es cada vez, para la Hija de la Caridad, una etapa para profun­dizar su don total y su pertenencia a la Compa­ñía, con sus exigencias específicas. Los votos se hacen «conforme a las Constituciones» y «en la Compañía de las Hijas de la Caridad». En este sentido, es en el que hay que comprender la obli­gación de firmar un formulario que atestigua que se han hecho los votos.

Se vuelve con ello, a una costumbre que esta­ba ya en vigor en los tiempos de sta. Luisa y de la que se encuentra una huella en el «Yo… la infras­crita» de la fórmula tradicional. Esta exigencia tie­ne, ciertamente, un aspecto jurídico porque se de­be saber en todo momento cuál es la posición de la Hermana respecto a la Compañía. Pero sobre to­do, debe ser como la ratificación personal y profunda de un ideal que uno se compromete a vivir lo más completamente posible y en la Compañía. Hay aquí como una dimensión «comunitaria» de los votos, que crea con el Señor y entre las Hermanas en el Señor un vínculo sagrado para vivir más perfecta­mente aún la identidad y, por tanto, la unidad de la Comunidad a todos sus niveles.

En conclusión, no parece oportuno entrar aquí en los detalles de las disposiciones jurídi­cas previstas por las Constituciones y Estatu­tos de los Sacerdotes de la Misión y los de las Hijas de la Caridad. Para estas últimas, hemos aludido en varias ocasiones a la Instrucción apa­recida en 1989, que es, de hecho, una edición totalmente renovada, en su fondo y en su for­ma, de una Instrucción aparecida en 1701 y re­editada muchas veces desde entonces, con al­gunas adaptaciones.

La historia de la fórmula de los votos -así co­mo de su contenido- ofrece igualmente un inte­rés real. Pero se puede afirmar que lo esencial ha sido siempre salvado y que, en particular, los cuerpos legislativos post-conciliares han tenido la preocupación de una verdadera «vuelta a las fuentes», habida cuenta del contexto contempo­ráneo y de las exigencias canónicas actuales.

Bibliografía

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Circulaires des Supérieurs généraux et des Su­périeures genérales, particularmente las en­viadas con ocasión de la renovación anual.-Ecos de la Compañía, revista mensual en la que cada año se publican las conferencias de renovación tenidas en la Casa Madre.- Ins­trucción sobre los votos de las Hijas de la Ca­ridad, Madrid 1990.- W. Reflexiones sobre la identidad de las Hijas de la Caridad, CEME, Sa­lamanca 1980.- W, Identidad de las Hijas de la Caridad en las Const. y Est. de 1983, CEME, Salamanca 1984.- CPAG-1980, La C.M. : sus vo­tos y el vínculo entre miembros y comunidad, en Anales 85 (1977)351-380.

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