Espiritualidad vicenciana: Fe

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana1 Comment

CRÉDITOS
Autor: José Manuel Sánchez Mallo, C.M. · Año publicación original: 1995.

1. Una fe campesina.- 2. Ver las cosas tal como son en Dios.- 3. Teología del acontecimiento.- 4. La fe, fuente de sentido.- 5. Dimensión cognoscitiva de la fe.- 6. La razón su­bordinada a las luces de la fe.- 7. La dimensión fiducial de la fe.- 8. Dimensión cristocéntrica de la fe: 8. 1 Encuentro con el Cristo humillado - 8. 2 Encuentro con Cristo, servidor de los po­bres.- 8. 3 Encuentro con Cristo evangelizador de los pobres.-8. 4. Encuentro con Cristo, encarnado en el pobre.- 9. Una fe eclesial.- 10. La fe se transforma en compromiso.


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1. Una fe campesina

San Vicente, a lo largo de su vida, insistirá, una y otra vez, en sus orígenes campesinos (II, 9. 51; IV, 210; VI II, 126; IX, 34. 1195; XI, 337. 559. 582). Era un hombre de campo y siempre tendrá como punto de referencia su origen rural. Quizás, no se podría comprender su personalidad sin volver constantemente a sus raíces, porque forman par­te de su tejido psicológico y personal. En el trans­curso de su vida, encontramos reacciones dife­rentes ante su extracción familiar y social (Morin, Los orígenes de s. Vicente de Paúl, en Ecos… (1979) 379).

En una primera instancia, San Vicente se aver­gonzó de su familia y de su condición humilde. Era el sonrojo de un joven muchacho que había pasado del campo a la ciudad y, entre sus nue­vas amistades, se siente humillado en compañía de su padre mal vestido y un poco cojo. Es la va­nidad de la adolescencia (XI, 693).

Años más tarde, ya en su madurez humana y espiritual, Vicente recurre a su origen campesino para empequeñecerse y humillarse. La sociedad del siglo XVII estaba tan rígidamente estratifica­da y dividida en estamentos sociales que el cam­pesinado se situaba en el último peldaño, siendo uno de los estratos sociales más pobres y más explotados por las demás clases sociales (Ibá­ñez, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, Sígueme, Salamanca 1977, 76-95). Vicente, ante los nobles y ante los grandes, se humilla recor­dando su origen campesino (VIII, 324).

Encontramos un tercer tipo de reacción en San Vicente de Paúl a propósito de su origen campesino: es el agradecimiento a Dios y quizás, sin pretenderlo, un cierto orgullo. Existen nu­merosos textos en los que San Vicente alaba a los pobres aldeanos y aldeanas, pone de relie­ve su valor en el trabajo, su fe sencilla y sin complicaciones, su sencillez, destaca y en­cumbra las virtudes campesinas y las pone co­mo modelo: «Es entre ellos, entre esa pobre gente, donde se conserva la verdadera religión, la fe viva» (XI, 120).

Vicente, que conoce perfectamente el mun­do rural, se siente perteneciente a la clase social de los pobres aldeanos, de los labradores, de los cuidadores de animales. Toma conciencia que es en ellos en donde se encuentran los auténti­cos valores y agradece haberlos recibido a través de su nacimiento, de su familia y de su origen rústico.

Sin duda, que su fe tiene raíces campesinas como toda su espiritualidad. Cuando Vicente ha­bla a las Hijas de la Caridad sobre las virtudes de la buenas aldeanas, está recordando su am­biente familiar y rural en el que se formó y está descubriendo las raíces de su misma fe que le trasmitió su propia familia: Os hablaré con ma­yor gusto todavía de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años… No hay nada que valga tanto como las personas que verdaderamente tienen el espíritu de los aldea­nos; en ningún sitio, se encuentra tanta fe, tan­to acudir a Dios en las necesidades, tanta grati­tud para con Dios en medio de la prosperidad» (IX, 92).

Tal es la fe en la que fue educado el joven Vi­cente y que le trasmitieron su mayores en la tie­rra que le vio nacer: una fe sencilla, sobria, ele­ mental, pero robusta, fundamentada en la con­fianza en Dios y de total abandono a su divina Pro­videncia, con un sentido profundo de dependen­cia de Aquel que es el origen de la buenas y de las malas cosechas, de la lluvia y del viento, del frío y del calor. Ésa era su experiencia vivida en el seno de una familia cristiana: «¿Habéis visto ja­más a personas más llenas de confianza en Dios que los buenos aldeanos? Siembran sus granos, luego esperan de Dios el beneficio de su cose­cha; y si Dios permite que no sea buena, no por eso dejan de tener confianza en Él para su ali­mento de todo el año. Tienen, a veces, pérdidas, pero el amor que tienen a su pobreza, por sumi­sión a Dios, les hace decir: «Dios nos lo había da­do, Dios nos lo quita, sea bendito su santo nom­bre»(Job 1, 21). Y con tal que puedan vivir, como esto no les falta nunca, no se preocupan por el porvenir (IX, 99).

Un autor moderno nos ha hablado de «ur­dimbre familiar» para señalar todos aquellos ele­mentos que han tenido una influencia decisiva a la hora de modelar una personalidad futura. Es la atmósfera indefinible de ideas y de sentimien­tos, de amores y de rechazos, ilusiones, éxitos, amarguras, vivencias, experiencias, todo aquello que el niño respira y aspira, no por los pulmones, sino por el espíritu. Uno de los componentes fun­damentales de la urdimbre familiar de Vicente fue, sin duda, la fe, el sentimiento religioso, los valores humanos y cristianos que son aprehen­didos, asimilados y experimentados en su hogar, hogar humilde, sencillo, en donde no «hay ele­gancia, hay poca comodidad, pero ninguna mi­seria» (A. Dodin, San Vicente de Paúl y la caridad, CEME, Salamanca 1977, 15), y, sin embargo, se vi­ve un profundo enraizamiento cristiano.

2. Ver las cosas tal como son en Dios

San Vicente no nos proporcionó una exposi­ción sistemática sobre la fe. Ya sabemos que no era un teórico, ni un pensador original. Había te­nido una formación sólida. Esto hacía que unos cuantos principios fundamentados en la tradición y en la Escritura le sirviesen de pilares funda­mentales para sustentar su vida cristiana y sa­cerdotal, su espiritualidad.

La fe en Vicente de Paúl es sobre todo vi­vencia y experiencia, amasada en la vida diaria de entrega y de servicio, fundamentada en la ora­ción, en el sufrimiento, en el abandono a la vo­luntad divina. La fe abarca todas las dimensiones de su existencia y es el motor de toda su acción en favor de los más pobres. Por esta razón, in­vocará con toda su fuerza «tal es mi fe y tal mi experiencia» (II, 237).

Si quisiéramos encontrar una clave o un pun­to de partida para interpretar la vida de fe de Vicente, quizás debiéramos acudir a algo tan sen­cillo como lo que escribe en 1658: «Pido a Nues­tro Señor que… nos conceda la gracia de mirar todas las cosas tal como son en Dios, y no tal co­mo aparecen fuera de él, pues de lo contrario po­dríamos engañarnos y obrar de manera diferen­te de como él quiere» (VII, 331).

Mirar las cosas tal como son y están en Dios o dicho de otro modo, mirarlas con «ojos cristia­nos» (XI, 567), es tener una visión cristiana de la realidad, de las cosas, de los hombres, de la his­toria. Todas estas realidades son iluminadas des­de la fe, son contempladas desde la perspectiva de Dios Creador y Salvador. En este sentido, aparecen y son vistas desde una perspectiva di­ferente. Esta visión cristiana es el verdadero conocimiento de la realidad, cualquier otra es engañosa y fundada en apariencias e ilusiones. Lleva consigo una nueva comprensión de la exis­tencia y de la vida humanas.

En el siglo XVII, creer era algo obvio, no era un problema como en los tiempos actuales. La so­ciedad de San Vicente de Paúl era teocrática, je­rárquica y absolutista. En ella, se implicaban mu­tuamente Iglesia y Estado. La fe como actitud ante la vida, la existencia y la historia, era tan na­tural que nadie la cuestionaba. En una sociedad cristiana como aquella, el pueblo sencillo y pobre, el campesinado, aceptaba sin crítica alguna las ver­dades de la fe, lo que la Iglesia le proponía, co­mo algo natural. El señor Vicente llegará a decir, como hemos visto y veremos más adelante, que la verdadera fe, la verdadera religión se encon­traban entre esas gentes sencillas y pobres (XI, 462. 120). Era una sociedad que estaba tran­sida, en sus estructuras más íntimas, por la reli­gión cristiana.

¿Qué significa, pues, «mirar las cosas tal co­mo son en Dios»? Mirarlas desde la fe significa ante todo darles un sentido. El problema de la fe es un problema de sentido último de la realidad, de la existencia humana, del mundo y de la his­toria. A través de la fe, como opción fundamen­tal, se nos abre el sentido de la totalidad de la realidad (Kasper Walter, Introducción a la fe, Sa­lamanca, 1982, 94). Mirar las cosas tal como son en Dios es introducir todos los acontecimientos en la historia de la salvación. Todo sucede y acon­tece según la Providencia de Dios en orden a la salvación del hombre, concretada y realizada por la encarnación de Cristo. Mirar las personas se­gún Dios, es contemplar a Cristo en las personas, principalmente los pobres, que no son otra cosa que la encarnación del rostro desfigurado de Cris­to. Mirar las cosas y personas según Dios es se­guir con radicalidad las máximas de Cristo y del Evangelio y apartarse de las máximas del mun­do, es decir, seguir a Cristo e imitarlo como ver­daderos continuadores de su obra.

3. Teología del acontecimiento

Dios se revela a través de la historia. Aunque la revelación definitiva y total de Dios aconteció en Cristo, sin embargo, esa revelación se va ma­nifestando a los hombres de fe a través de los acontecimientos que jalonan su vida y su exis­tencia. En este sentido, la historia es auténtico lu­gar teológico. Los acontecimientos son signos que hacen referencia a un significado profundo, cuando se hace una lectura de ellos desde la fe y desde la historia de la salvación, en la cual es­tán insertos.

En los acontecimientos de la vida de una per­sona, hay algunos que se trasforman en signos sig­nificativos y privilegiados, porque en ellos ha en­contrado una fuente de sentido, una presencia y una inspiración que han determinado el curso de su vida. Han sido capaces de reorientarla, de con­vertirla y darle sentido. El acontecimiento es fuen­te de revelación y de inspiración, una especie de epifanía, de la gracia de Dios y del Espíritu.

En la espiritualidad vicenciana, hay algunas constantes que la estructuran, la definen y la iden­tifican. Es la lectura de los acontecimientos. «El acontecimiento es signo de Dios, y llega a ser sig­no privilegiado y particularmente claro e impera­tivo cuando ese acontecimiento concierne direc­tamente a los pobres» (La experiencia espiritual del señor Vicente y la nuestra, en Anales 85 (1977) 278). El acontecimiento, experimentado y vivido, es el lugar de revelación y manifestación de la vo­luntad de Dios para Vicente. Es incluso un «lugar teológico» vicenciano. Dios habla a través de la historia, y los grandes santos, impulsados por el Espíritu, son capaces de descubrir la voz de Dios a través de ellos. Así como el profeta descubre el significado profundo que los acontecimientos llevan en sus entrañas y que a los demás les es­tá vedado, del mismo modo Vicente descubre que Dios le llama a reorientar su vida, una vez que ha experimentado ciertos acontecimientos rela­cionados con la pobreza y la miseria del pobre pueblo. Tales son Folleville, Châtillon, Marchais. Desde ese momento, la pobreza experimentada, contemplada desde la fe, se convierte en princi­pio hermenéutico de su vida, de su experiencia, de lo que Dios quiere de él y le impulsa a la ac­ción, en plena consonancia con su temperamento activo. De este modo, se establece una relación íntima y estrecha entre fe y acción. El aconteci­miento es, para Vicente, «evangelio» y «profe­cía» (J. Ma Ibáñez, Le pauvre icóne de Jésus­Crist, en Monsieur Vincent témoin de I’Evangi­le, Toulouse 1990, 161)

El acontecimiento es para Vicente, de tal for­ma, fuente de revelación de la voluntad de Dios, que no duda en poner a Dios en el mismo ori­gen de sus grandes fundaciones. No hay únicamente un motivo de humildad. Es el convencimiento de que Dios se ha manifestado y está en el mismo origen de la Congregación de la Mi­sión (IV, 499; XI, 94. 325-326. 328-329. 731) y de la Compañía de las Hijas de la Caridad (IX, 37, 70, 120, 202. 232. 292-293. 220-221. 415-416, 541. 611-612. 721. 737. 749-750) y las demás obras vicencianas. Es la lectura cristiana, desde la fe, del acontecimiento, como lugar de mani­festación y de revelación de la voluntad y pre­sencia de Dios.

4. La fe, fuente de sentido

En su origen, la palabra sentido significa «ca­mino», «viaje». Encontrar el camino, seguir el ca­mino, sabiendo la meta a la que nos dirigimos, es encontrar el sentido de la vida y de la existencia. En el fondo, el fin o la meta es lo que da sentido al camino que tratamos de recorrer. Ahora bien, el sentido propiamente dicho no es la meta ha­cia la cual caminamos sino más bien la legitima­ción de esa meta o fin. Si es aquella hacia la cual debemos caminar, si es la nuestra, es porque nos sentimos llamados a ella, desde el fondo de nuestra existencia. En tal caso, hay una coinci­dencia de la meta con nuestro propio ser. Hay una identificación de la meta con nosotros mismos. Pero como esa meta no es más que una llama­da desde nuestra misma existencia, encontrar el sentido es encontrar la identificación con noso­tros mismos. El problema del sentido es el pro­blema de la identidad personal.

En el Antiguo Testamento, la fe se concreta­ba en la fórmula «apoyarse en Dios». Dios era el punto de apoyo sobre el cual descansaba toda re­alidad y, sobre todo, la existencia humana. El hombre sólo puede encontrar un suelo firme, ro­coso, sobre el que sostenerse, si se apoya en Dios. Este es esencialmente fidelidad y firmeza. Por el contrario, el hombre nunca es fiable, ne­cesita de alguien que sostenga su fiabilidad y su fidelidad.

«La fe como actitud existencial total, que in­cluye la confianza en Yahvé y la fiel sumisión a las exigencias de la alianza, viene expresada con la fórmula «apoyarse en Dios» (Ex. 14, 31; Núm 14, 11; 20, 12; Dt 1, 32; 9, 23; 2Re 17, 14; Is 43, 10); solamente en la palabra de Dios puede en­contrar el hombre el fundamento firme de su pro­pia existencia» (J. Alfaro, Revelacion cristiana, fe y teología, Salamanca, 1985, p. 89.)

Desde el punto de vista cristiano, Dios es el fundamento de la existencia del hombre. La fun­damenta comunicándoselo y al comunicarse lo llama a la comunión de vida con él. El hombre es don y tarea. El Concilio Vaticano II lo afirma con toda claridad: «La vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina»(GS, n. 22). Esta llamada constituye una de las di­mensiones más profundas de la existencia hu­mana. La respuesta a esa llamada es lo que conocemos por fe cristiana. El hombre en esta respuesta queda comprometido en su totalidad. La fe «es un acto fundamental del hombre. La fe es un acto fundamental sobre el que se fun­da la totalidad de nuestra existencia humana y donde se nos abre el sentido de la totalidad de la realidad» (W. Kasper, Introducción a la fe, p. 94). La fe es generadora de sentido. «La fe es una actitud personal, fundamental y total, que im­prime una orientación nueva y definitiva a la exis­tencia» (J. Alfaro, Sacramentum Mundi, t. 3, Bar­celona 1984, p. 118). Esta orientación nueva y definitiva no es otra cosa que la certeza de en­contrar el camino que el plan de Dios ha dise­ñado al hombre.

Vicente de Paúl, en los primeros años de su sacerdocio, recorrió un camino que le llevó, a tra­vés de un proceso de conversión, a encontrarse a sí mismo y a descubrir la verdadera orientación de su vida, su identificación persona!, el sentido de su existencia. Hubo en su vida un período de titubeos y de azarosa existencia. Buscó, en un pri­mer momento, un acomodo, un «honesto reti­ro»(1, 8). En todos sus intentos de acomodarse y de escalar puestos sociales, la respuesta fue la esquiva fortuna, el fracaso.

Se dejó guiar por el gran maestro de espíri­tu que fue el Cardenal Berulle, experimentó el dolor y el sufrimiento terriblemente purificado­res de una acusación injusta de robo, poniendo toda su confianza en «Aquel que sabe la ver­dad» (Abelly, 1, c. 5, 22), «porque Dios quiere a veces probar a las personas, y para ello permi­te que sucedan estas cosas» (XI, 230). Vicente experimenta aquí la delirante injusticia de la que con frecuencia son víctimas los desheredados de la tierra. Va aprendiendo de una manera expe­riencia), a través de la injusticia y de la humilla­ción, la actitud bíblica de que lo importante es «apoyarse en Dios».

A la edad de 32 años, Vicente pasa por una crisis profunda de fe. Fue un camino doloroso y purificador, una noche plena de dudas y de tinie­blas que, según su primer biógrafo, duró tres o cuatro años y finalizó al tomar una decisión firme y definitiva de poner su persona, su existencia y toda su vida al servicio de los pobres. Esta noche obscura que alguien han calificado de depresión, otros de temeridad por asumir la tentación de un teólogo que sufría esa crisis profunda y alguien como Calvet de neurastenia generalizada, se ha de considerar como un momento decisivo de su vida. Es la noche de la duda, de las tinieblas, del vacío interior, de fa lejanía de Dios, de la deses­peranza. Es un estado límite en el que la perso­na humana se sitúa en el más abismal desamparo y en la plena intemperie. ¿No estamos ante una profunda crisis de identidad, ante una ausencia de proyecto vital, ante una decepción profunda an­te los fracasos continuados de encontrar una si­tuación social que le llenase, sin que, por otra parte, se decidiese con toda firmeza y radicali­dad a asumir las exigencias del seguimiento de Cristo, a «apoyarse en Dios» de una manera de­finitiva, como la única fuente de sentido para la vida? En toda situación de ambigüedad, de am­bivalencia, de estar en terreno de nadie, es cuan­do las crisis profundas cobran más fácilmente su presa. Años más tarde, dirá, refiriéndose a dicho doctor, pero que podría aplicarse a sí mismo: «Es­to nos enseña, de pasada, qué peligroso es vivir en la ociosidad, tanto de cuerpo como de espíri­tu: pues, lo mismo que una tierra, por muy bue­na que sea, si se la deja durante algún tiempo sin cultivar, enseguida produce cardos y abrojos, tam­bién nuestra alma, al estar largo tiempo en el des­canso y la ociosidad, experimenta algunas pasio­nes y tentaciones qué le incitan al mal» (XI, 726). El caso es que, si damos crédito a su primer bió­grafo, su espíritu se iluminó y se transformó en el momento que tomó una decisión, a nivel de fe, hoy diríamos una opción radical. Esa opción dio sentido a su vida, creó una identidad personal, le proporcionó su proyecto evangélico, que no era otra cosa que entregarse de por vida al servicio de los pobres. «Sabemos que se iluminó su no­che interior, que experimentó una paz profunda desde el momento en que se resolvió definitiva­mente a consagrar toda su vida al servicio de los pobres» (A. Dodin, Espiritualidad de san Vicente de Paúl, en Vicente de Paúl y la evangelización ru­ral, CEME, Salamanca 1977, 107). Vicente se había encontrado a sí mismo y había descubierto la orientación fundamental de su vida. Esa opción radical, desde la fe, generó el sentido de su exis­tencia. En ella, experimentó lo que dirá años más tarde «es necesario salir de sí mismo y darse». Todo esto ha hecho posible que poco a poco Vi­cente modificase su propio ser, sus criterios de actuación, su manera de contemplar las cosas y las personas, para verlas según están en Dios.

Esta crisis hará de él un modelo de fe, una fe forjada en el sufrimiento y en el dolor de la duda, del sentimiento de la lejanía de Dios, de no en­contrar un punto de apoyo que diese seguridad a su caminar por la vida. Una fe así construida lle­ga a la madurez de convicciones profundas que modelan a una personalidad como la de Vicente.

Entre los años 1610 a 1617, se operó en Vi­cente lo que hoy se la denomina verdadera con­versión, porque supuso un replanteamiento de toda su existencia y de las coordenadas que re­gían su vida y su sacerdocio. Hay quien le llama una aceleración del ritmo evolutivo (Dodin, P. c. 154) A este cambio y esta trasformación, también contribuyeron otras experiencias importantes que, por esa época, vivió Vicente de Paúl.

Resulta paradójico que este joven sacerdote, tenía 32 años en 1612,1 después de doce años de sacerdocio no había tomado contacto con la pastoral directa. Su primera experiencia pastoral tendrá lugar en Clichy, un pueblo de unos 600 ha­bitantes, a las afueras de París. La experiencia fue exultante. Se encontró por primera vez, des­de sus años de infancia y adolescencia, con el pue­blo sencillo, piadoso, lleno de fe. Se consideró más feliz que el más alto dignatario de la diócesis de París y que el mismo Papa (XI, 580). Vicente se en­contró a sí mismo como sacerdote y descubrió el significado de su misión sacerdotal. En Clichy, Vicente gustó, saboreó, experimentó su sacer­docio. Por primera vez, se le reveló el sentido au­téntico de su sacerdocio. Se sintió feliz y plena­mente realizado, como sacerdote, entre la gente sencilla del campo.

Estamos en 1617. Es el año en el que el Se­ñor se le reveló de manera clara. No se hizo a tra­vés de una visión fulgurante ni de una iluminación súbita. Fue la lectura de los dos acontecimientos decisivos que le sucedieron en este corto espa­cio de tiempo.

La experiencia de Gannes-Folleville (XI, 94­96. 326-327. 389. 698-700; IX, 71-73; Abelly, 1, p. 32-34.) le hizo comprender a Vicente algo que le impacta definitivamente: multitud de almas se pierden por no hacer buenas confesiones y por no saber las verdades de fe necesarias para la sal­vación. Es la ignorancia en la que está sumido el pobre pueblo del campo y el abandono al que le someten los sacerdotes y la jerarquía de la Igle­sia, lo que le ha impresionado de tal manera que decide consagrar toda su vida a ese pueblo sen­cillo, pobre y abandonado. Gannes-Folleville «fue una revelación. Vicente sintió que aquella era su misión, aquélla era para él la obra de Dios: llevar el Evangelio al pobre pueblo campesino» (J. M’ Román, San Vicente de Paúl, 1 Biografía, BAC, Madrid 1981, p. 118). Una nueva conciencia de Iglesia ha nacido en San Vicente.2 Muchos años después, recordando aquel acontecimiento, dirá a sus misioneros: «¡Qué dicha para nosotros los misioneros poder demostrar que el Espíritu San­to guía a su Iglesia trabajando como trabajamos por la instrucción y la santificación de los pobres» (XI, 730). Es la Iglesia de los pobres que «son los preferidos de Dios» (XI, 273), una Iglesia que tiene como primera obligación, en tanto conti­nuadora de la misión de Cristo, la atención a los pobres. Pero también una Iglesia en la que mu­chos de sus pastores eran ignorantes e incapa­ces de guiar al pueblo cristiano (XI, 95). Vicente descubrió con toda certeza, desde ese momen­to, cuál era su vocación: consagrar su vida y su persona a evangelizar a los pobres y a remediar la miseria de un clero indigno e ignorante. La Pro­videncia le va llevando de la mano, paso a paso, hasta desvelarle su proyecto sobre él.

La experiencia de Châtillon-les-Dombes (IX, 202-203; IX, 232-233; XII, 567-568; X, 574-588) le revela la caridad. «Diríase que es el cuerpo mis­mo de la caridad y de la Iglesia lo que Vicente descubre a partir de la experiencia de Châtillon» (Dodin, o. c. 109). Ante la miseria, no cabe otra res­puesta que la caridad, pero una caridad bien or­ganizada. Hoy diríamos que la justicia como exigencia de la caridad. Pero los esquemas men­tales de aquel siglo le impedían comprender el sig­nificado profundo de la justicia, tal como hoy la comprendemos. Los pobres son los miembros do­lientes y humillados de Cristo, son la encarnación deshumanizada del Hijo de Dios. Desde ese mo­mento lo anima esta convicción: nadie puede de­sinteresarse de la miseria. Su pasión es la cari­dad y se convertirá en el santo de la caridad. «En toda la historia del cristianismo, San Vicente es ciertamente una de aquellas personas que mejor ha demostrado, poniéndolo en práctica, el prodi­gioso dinamismo de la caridad evangélica» (R. Coste, L’Amour qui change le monde. Theologie de la Chanté, 1981, p.).

Vicente, desde 1600, año de su ordenación sa­cerdotal, ha ido a la caza de un beneficio para dar holgura a su vida y a su familia, pero, a través del torrente de acontecimientos que se han atravesa­do en su camino, ha sido cazado por Dios. Vicen­te se «ha desprendido de sus mezquinas ambicio­nes de dignidades y prebendas bien retribuidas. Ha ensanchado hasta limites divinos el horizonte de sus aspiraciones» (J. Mg Román, o. c. 117). «Al limita­do horizonte del «honroso retiro» de aquellos pri­meros días, ha sucedido la visión de una realidad viva: la Iglesia» (Dodin, o. c. 109) y la Caridad.

Vicente ha encontrado su vocación y el sen­tido de su vida. Desde este momento, es una persona identificada. Dios se la ha revelado. Su fe ha llegado a su madurez. Ha comprendido que su persona, su existencia, todo lo que es y po­see ha de verlo y contemplarlo según Dios y no según las apariencias. Lo cual no significa otra co­sa que: «entregarse a Dios para amar a nuestro Señor y servirlo en la persona de los pobres cor­poral y espiritualmente» (IX, 53). Esta fe ha sido el motor de su larga y dilatada existencia.

5. Dimensión cognoscitiva de la fe

La fe tiene una dimensión intelectual y cog­noscitiva. En todo acto de fe, el creyente afirma el contenido de la revelación como algo real y verdadero. La fe no es un sentimiento, ni una ac­ titud afectiva, sino que exige el compromiso del entendimiento del hombre frente a la verdad re­velada por Dios en Jesucristo. Esto quiere decir que la fe tiene un contenido y creer es aceptar como real ese contenido que no es otro que Dios ha hablado y se ha manifestado a través de la per­sona de Jesucristo.

La Iglesia, ya desde sus primeros orígenes, ha­ce profesiones y confesiones de fe, como «Jesús es el Señor»(Rom 10, 9; 1Cor 12, 3), «Jesús es el Mesías»(1Jn 1, 22; 5, 1), «Jesús es el Hijo de Dios»(1Jn 4, 15). Así, creer es aceptar como real y verdadera la resurrección de Jesús y su valor sal­vífico para el hombre (Rom 10, 9-10). Nadie puede participar en esa salvación sin la convicción inter­na de que ese hecho es verdadero y real. «El ca­rácter cognoscitivo de la fe es la expresión del ca­rácter real del misterio de Cristo» (Alfaro, o. c., 108).

La revelación de Dios se expresa y se con­ceptualiza mediante signos, imágenes, símbolos, conceptos, palabras, es decir, mediante afirma­ciones humanas. Es lo que llamamos proposicio­nes doctrinales. Lo cual quiere decir que la fe in­cluye un asentimiento intelectual a esas verdades.

Siguiendo la teología clásica y sobre todo a Santo Tomás, para san Vicente la fe tiene una di­mensión cognoscitiva. Es asentimiento a las ver­dades eternas que Dios ha revelado. Ante todo, esas verdades están contenidas en el Credo, en la profesión de fe. Adhesión y asentimiento a esas verdades es el primer peldaño de la fe de Vicen­te. En la tentación contra la fe, nos cuenta Abelly, lo primero que hizo Vicente fue «escribir la pro­fesión de fe en un papel, que puso junto al cora­zón, como un remedio específico al mal que sen­tía y haciendo un acto de desaprobación general de todos los pensamientos contrarios a la fe, hi­zo un pacto con Nuestro Señor, que todas las ve­ces que pusiese su mano sobre el corazón y so­bre el papel, como hacía frecuentemente, daba a entender, por esta acción y por este movimiento de su mano, que rechazaba la tentación, aunque no pronunciase palabra alguna» (o. c., III, c. XI).

Adherirse intelectualmente a las verdades del credo, a las verdades eternas es creer, porque la fe es asentimiento a un conjunto de verdades re­veladas y propuestas por la Iglesia. San Vicente no hace más que seguir la doctrina tradicional de Santo Tomás y sobre todo el Concilio de Trento. Éste «expresa con la palabra «fe»(o «creer») so­lamente el asentimiento a las verdades revela­das» (J. Alfaro, Revelación cristiana, fe y teología, Sígueme, Salamanca 1985, 118; R. Auber, Le probléme de l’acte de fol, Louvain 1958, 76ss). Es la dimensión cognoscitiva de la fe. La fe es co­nocimiento del mensaje revelado de Dios a tra­vés de Jesucristo. Para Santo Tomás, el asenti­miento a las verdades reveladas es la misma esencia del acto de fe. Es un firme asentimiento de la inteligencia, pero impulsado a elfo por la vo­luntad (Summa Th., q. 2, a. 1).

Vicente, fiel a la teología de la época, estaba convencido que la salvación no podía obtenerse sin el conocimiento explícito de los grandes mis­terios de la religión cristiana: la Encarnación y la Trinidad. Cita con frecuencia a Santo Tomás y a San Agustín en este tema. Admite que otros au­tores opinan de otra manera, pero, según él, en caso de duda, se ha de seguir la opinión más se­gura (I, 181s; IX, 919; XI, 104. 267s. 387s). San Vi­cente invocaba con frecuencia esta doctrina para impulsar a los misioneros y a las Hijas de la Caridad a la instrucción del pobre pueblo. Ha cons­tatado, desde la experiencia de Gannes-Folleville, la falta de conocimientos y de instrucción del pue­blo del campo. La razón de las misiones popula­res, a las que él se lanzó por las tierras de Gondí y para lo que fundó la Congregación de la Misión, no es otra que esta doble finalidad: instruir al po­bre pueblo que se debate en la ignorancia más elemental y transformar su vida a través de la con­fesión general. Para ello, emplea la predicación sencilla, clara, diáfana (el pequeño método), al al­cance del pueblo ignorante, y la catequesis. La fi­nalidad de las pequeñas escuelas, que dirigían las Hijas de la Caridad, no era otra que realizar la ca­tequesis, es decir, enseñar la verdades funda­mentales de la religión cristiana.

6. La razón subordinada a las luces de la fe

La fe es una gracia y don divino. Según la doc­trina paulina, es el Espíritu Santo quien crea en el hombre un conjunto de disposiciones que ha­cen posible el conocimiento del misterio de Cris­to. San Juan lo dice con toda claridad afirmando: «Sabemos también que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos el Verdadero»(1Jn 5, 20). Únicamente puede co­nocer a Cristo y confesarlo quien permanece en él y vive en comunión con él (1Jn, 2, 3-5; 3, 6-9). Por eso, la fe siempre ha sido reconocida como una especie de facultad sobrenatural de conocer, fruto de la acción de la gracia. La patrística, so­bre todo, a partir de San Agustín, ha definido esa acción de la gracia como una iluminación interior. Santo Tomás afirma con toda claridad que la fe es generada por un principio sobrenatural que es la gracia de Dios, que eleva las facultades del hombre y las capacita para el conocimiento de la fe.3

«Por la fe, el hombre conoce a Dios y sus mis­terios a través del conocimiento que Dios tiene de sí mismo» (Abro, o. c., 114). Si el hombre no es elevado, mediante la luz de la fe (lumen fidei), el hombre no puede creer. En su misma esencia, la fe es, pues, una participación sobrenatural y so­brecreatural de la vida divina, porque, creer a Dios, es transcender la propia razón para apoyar toda su vida y existencia en la palabra de Dios y en su presencia confiada.

Para San Vicente, ver las cosas y las perso­nas según Dios es colocarlas en la única pers­pectiva a través de la cual se accede al verda­dero conocimiento, que no es otro que las luces de la fe.

Las luces de la fe son para Vicente de Paúl la fuente del verdadero conocimiento de las cosas, de las personas, de la realidad. Todo otro cono­cimiento fundado en la razón y en las apariencias de las cosas no ofrece tantas garantías. «Lo que nos engaña ordinariamente es la apariencia de bien según la razón humana, que nunca o raras veces se conforma con la divina» (II, 398).

La fe para Vicente es luz, iluminación interior, una especie de facultad sobrenatural que pro­porciona el verdadero conocimiento de las cosas, de las personas y de la realidad. En cambio, la ra­zón se queda en apariencias. Sólo las verdades que conocemos a través de fe satisfacen el co­razón y nos pueden guiar con seguridad por el ver­dadero camino de la salvación (XI, 724).

Vicente no rechaza los razonamientos y las razones convincentes y fuertes, porque nos pue­den ser útiles, pero nunca pueden sustituir al co­nocimiento que tiene su origen en la fe. En este sentido, la razón ha de estar plenamente subor­dinada a la fe (XI, 724). La fe nunca puede ser fru­to de un razonamiento o una demostración. Al con­trario, la razón y todos sus productos llegan a su plenitud cognoscitiva cuando se dejan iluminar por las luces de la fe. «Se necesita una luz so­brenatural de Dios para distinguir las verdaderas luces de las falsas». Pero esto, es un don y hay que pedírselo a Dios (XI, 626). La fe nunca es un razonamiento, ni es un conocimiento humano. «Cuanto más se esfuerza uno en mirar al sol, me­nos lo ve; lo mismo, cuanto más se esfuerza uno en razonar sobre las verdades de nuestra religión, menos las conoce por la fe» (XI, 803; Abelly, o. c., I II, c. 2).

La fe, por otra parte, origina una cierta sabi­duría, una unción especial, una gracia y comuni­cación particulares, que nunca logran los razona­mientos y los motivos filosóficos e intelectuales. Éstos no motivan, no conmueven, ni impulsan a cambiar de conducta, pero sí lo hacen las predi­caciones que son fruto de una vivencia profunda de la fe y de la experiencia de Dios. Por eso, re­comienda Vicente que en el orden de la salvación de las almas hemos de «seguir siempre y en to­das las cosas las luces de la fe» (XI, 724).

En esta perspectiva, no tienen tanta validez ni los conocimientos teológicos ni los filosóficos, si­no la relación íntima con Cristo que es el núcleo esencial de la fe. «Ni la filosofía, ni la teología, ni los discursos logran nada en las almas; es preci­so que Jesucristo trabaje en nosotros, o nosotros en él; que obremos en él y él en nosotros; que hablemos con él y con su espíritu, lo mismo que él estaba con su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado (Jn 7, 16): tal es el len­guaje de la Escritura» (XI, 236).

Para comprender estas afirmaciones de Vi­cente, habrá que acudir a su antropología, a su visión del hombre. La realidad verdadera del hom­bre sólo se puede descubrir en su vocación divi­na, en su relación con Dios, en su religación con la divinidad. Solamente su dimensión trascen­dente puede revelarnos su significado profundo. La plenitud y la realización completa del hombre está en llevar a cabo y a su más alta perfección su comunicación con Dios. Pero es Cristo a tra­vés de su Encarnación y Redención el que ha ele­vado a su máxima dignidad la persona humana. La salvación del hombre tiene su origen en la ad­hesión total y personal a Cristo. Por eso, detrás de las apariencias de cada hombre habrá que des­cubrir, por medio de las «luces de la fe», con­templándolo «con ojos cristianos», el rico tesoro que cada hombre encierra. Así, únicamente, la perspectiva divina le podía impulsar al servicio al pobre que él tan bien conocía. «¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesu­cristo!» (XI, 725).

Pero al mismo tiempo, en Vicente encontra­mos una visión realista y un tanto desconfiada de la propia naturaleza humana. Tenía su origen en la experiencia personal y en el conocimiento de los hombres. Sabía muy bien que el hombre es imperfecto y limitado y que, a través de sus pro­pias fuerzas, los éxitos que podría alcanzar, en la tarea salvadora y evangelizadora, son mínimos. Así, «considera normal el hecho que no haya nin­gún hombre que no tenga defectos» (VIII, 135). La naturaleza humana es contradictoria y cambian­te (XI, 310) en sus opiniones, en sus estados de ánimo, «porque decimos una cosa por la maña­na y por la tarde ya no opinamos del mismo mo­do» (IX, 810). «El espíritu del hombre no está nun­ca en la misma situación» (VII, 499). El origen de todo esto está en el egoísmo connatural a la per­sona humana y en el pecado. Si nos contempla­mos, desde una actitud humilde, veremos en no­sotros una «inclinación natural y continua al mal» y «una impotencia para el bien» y constatamos «una oposición que llevamos dentro de nosotros mismos contra el ser y la santidad de Dios» (XI, 492). De este modo, no es extraño que afir­me que «los movimientos de la naturaleza re­belde jamás están de acuerdo con el espíritu de Jesucristo» (VIII, 29). Es la lucha entre la carne y el espíritu, entre el hombre nuevo y el hombre vie­jo IX, 713) de resonancias paulinas.

Por esta razón, encontramos en San Vicente una cierta desconfianza con relación a la ciencia, no tanto la profana, sino más bien la teológica.

San Vicente quería que sus misioneros estu­viesen bien formados, que fuesen sabios, que estuviesen bien equipados intelectualmente por razón de las funciones que debían ejercer, tanto en los seminarios y en los ejercicios a orde­nandos, como en las misiones. Pero esa cien­cia tenía que estar acompañada de la humildad. «Los que son sabios y humildes forman el teso­ro de la compañía, lo mismo que los buenos y pia­dosos doctores son el mejor tesoro de la Iglesia» (XI, 50). El pensamiento de Vicente es muy equi­librado, porque reconoce que la ciencia es nece­saria, pero ante ella hemos de tomar nuestras pre­cauciones, porque ha encontrado espíritus muy brillantes que, guiados por la seguridad que les proporciona su saber y su ciencia, creen que son los únicos que comprenden el mensaje de la revelación.4 «Se necesita la ciencia, hermanos míos, ¡ay, ay de los que no emplean bien el tiem­po! Pero tengamos miedo, hermanos míos, ten­gamos miedo y hasta temblemos y temblemos mil veces más de lo que podría deciros; porque los que tienen talento tienen mucho que temer: Scientia inflat (1Cor. 8, 1); y los que no lo tienen, todavía peor, si no se humillan» (XI, 51). Vicente de Paúl se siente feliz porque su compañía está formada por gentes de humilde condición y de po­ca ciencia, pero, sin embargo, insiste: «Os decía últimamente que necesitabais ciencia; os lo re­pito una vez más. Por amor de Dios, emplead bien el tiempo, pero no descuidéis la virtud» (XII, 54).

Por otra parte, para realizar el trabajo de la salvación de las almas y de la evangelización, la ciencia, aunque es necesaria, no es el instru­mento más importante. «Los más sabios no son de ordinario los que dan más fruto» (IV, 123). Por eso, recomienda la ciencia y el estudio, pero siempre con moderación. Así, para San Vicente lo importante para los misioneros es que sean só­lidos desde el punto de vista de los conocimien­tos filosóficos y teológicos, pero prefiere una cier­ta medianía que no es lo mismo que mediocridad. Y es que Vicente ve el orgullo vinculado a la cien­cia y, entonces, muy poco servicio puede pres­tar al evangelio. «Basta con la medianía y lo que se quiere tener por encima de ella es más de te­mer que de desear por parte de los obreros del evangelio, ya que resulta peligrosa: hincha, incli­na a aparentar, a presumir y finalmente a evitar las tareas humildes, sencillas y familiares, que son, sin embargo, las más útiles» (VIII, 33).

Pero hay un segundo peligro en la ciencia: la curiosidad. Es una tentación que acecha cons­tantemente, aparece con frecuencia y es peli­grosa. Confiesa que él mismo ha sido víctima de ella. Al final de su vida, dirá que «la curiosidad es la peste de la vida espiritual» (XI, 722).

La fe de Vicente de Paúl no se fundamenta sobre razonamientos, sobre discursos humanos, sobre saberes racionales, aunque no los rechaza; la fe de Vicente se apoya en la palabra de Jesu­cristo. «Para él, el Evangelio es una fuente a la que vuelve indefectiblemente para allí descubrir los pasos humanos al mismo tiempo que divinos con los que el Hijo del Hombre se pone a buscar hombres para salvarlos» (J. Delarue, Vicente de Paúl. La fe que dio sentido a su vida, CEME, Sala­manca 1977, 21)

Por esta razón, recomienda encarecidamente que el estudio, que ha de ser serio y profundo, debe estar acompañado de la moderación, para que se centre en lo que es necesario a nuestra condición; de la humildad, porque es muy difícil encontrar una persona que a la vez sea sabia y humilde que es el ideal del misionero; del amor, porque únicamente el amor es fuente de salva­ción (XI, 50s)

7. La dimensión fiducial de la fe

Dios se revela en Cristo y así la revelación de Dios es autorrevelación en Cristo. A esta reve­lación de Dios a través de Cristo, la fe responde con la dimensión cognitiva confesional de la fe. Ésta es «credere Deum», y «credere Christum» Es lo que llamamos «fides quae» o el contenido de la fe: que Dios revela, las verdades reveladas y la principal revelación que es Cristo, su Hijo Unigénito.

Pero hay otra dimensión tan importante como la primera que «credere Deo», «credere Chris­to», es decir, creerle a él, es lo que llamamos «fides qua», que no es otra cosa que la opción libre de hombre en la fe, la opción de creer, en la que el hombre se entrega, se confía y se abandona a Dios y a Jesucristo. La fe, en este sentido, es con­fianza, entrega y abandono en Dios a través de Jesucristo, es la entrega confiada a la palabra sal­vífica de Dios.

En la teología escolástica, como en Santo To­más y en el Concilio de Trento, la dimensión fi­ducial propia de la concepción paulina de la justi­ficación, no es un elemento de la fe, sino más bien de la esperanza. San Vicente, buen conocedor de la doctrina clásica, tiene reminiscencias de este tipo cuando afirma a las Hijas de la Caridad: «Con­fianza y esperanza son casi la misma cosa» (IX, 1050).

«La exégesis y la teología modernas han re­cuperado el concepto bíblico de la fe, que la cons­titución Dei Verbum (n. 5) del Vaticano II ha sellado con su autoridad: la fe es una unidad in­divisible de conocimiento y de opción, como ac­to total en que el hombre se entrega a Dios, que en Cristo ha cumplido y revelado definitivamen­te su amor salvífico».5

Esto quiere decir que la dimensión fiducial, la entrega confiada a la revelación salvífica de Dios, la confianza total en Dios, el abandono a su pa­labra revelada es un elemento esencial de lo que entendemos por fe. «Cuando Dios revela, el hom­bre tiene que someterse con la fe. Por la fe, el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios re­vela» (Dei Verbum, n. 5).

La confianza es la dimensión por excelencia de la existencia cristiana porque es el reconoci­miento de que es criatura de Dios y, por lo tan­to, que la existencia humana tiene su fundamento en Dios Creador que, a través de un acto de amor, le ha comunicado su bondad y el ser. Al recono­cer que es criatura, está manifestando que es un ser religado y, en consecuencia, que su existen­cia y su vida es un don recibido de la bondad in­finita de Dios. Su punto de apoyo fundamental no es otro que Dios mismo. El hombre ha recibido de Dios no sólo el ser, sino también la continui­dad en la existencia. Por eso, la respuesta del hombre no puede ser otra que la entrega confia­da en las manos de Dios. La constante de la fe bíblica es «apoyarse en Dios» como única manera de realizar la existencia propia.

Pero el sentido del hombre cobra nueva rea­lidad a través de la Encarnación del Hijo de Dios. Dios envía a su Hijo a la humanidad para salvarla y redimirla. La mayor manifestación del amor de Dios es haber enviado a su Hijo. La salvación del hombre es un acto de pura gratuidad por parte de Dios. El hombre nunca podrá adquirir esa salva­ción por sí mismo, le es inmerecida. «Sin mí na­da podéis hacer». Al hombre, no le queda otra res­puesta que el abandono confiado en las manos de Dios. La confianza o el abandono confiado es la actitud más natural del creyente, del hombre de fe. «El cristiano no dispone de ninguna segu­ridad humana, ni siquiera de la certeza refleja de la autenticidad de su respuesta personal a la gra­cia de Dios: su confianza no tiene otro funda­mento que la gracia de Dios cumplida y revelada en Cristo» (Alfaro, o. c., 117).

Desde este punto de vista, la fe es una deci­sión que lleva consigo la audacia de la confianza y del abandono en la palabra de Dios, lo cual im­plica que el hombre se desprende de su propia autosuficiencia y de toda seguridad mundana es­perando la salvación únicamente de Dios, como don y gracia.

La confianza es un elemento constitutivo y esencial de la fe, pero también de la esperanza y de la caridad. Incluso se puede afirmar que es el lazo de unión vital entre las tres virtudes teolo­gales. O dicho de otro modo, la fe, la esperanza y la caridad no son otra cosa que confiarse, dar­se, abandonarse a la gracia que Dios nos comu­nica a través de la persona de Jesús. Por la fe, ponemos nuestra confianza en Dios que se revela en Cristo; por la esperanza, confiamos en la sal­vación definitiva que nos vendrá por obra de Je­sucristo; por la caridad, nos abandonamos a la comunión con el Dios-Amor que tiene su plena realización en el servicio a los pobres.

En San Vicente, encontramos esta dimensión fiducial como uno de los aspectos más impor­tantes de su fe, una de las modalidades esenciales de su ser cristiano y creyente. Desde este pun­to de vista, ver las cosas tal como son en Dios y según Dios no es otra cosa que aceptar la abso­luta dependencia del Dios Creador y sentirse en­marcado en la relación Padre-hijo. Ante la pater­nidad divina sólo cabe la respuesta de la actitud confiada y amorosa.

El hombre tiende a buscar su seguridad en sus propias fuerzas, a apoyarse en sí mismo, a ser el autor de su propia realización y de sus tareas. Pe­ro esto no es ver las cosas en Dios y según Dios porque «Dios hará por sí mismo lo que pretende de nosotros». Por lo tanto, «la desconfianza en las propias fuerzas tiene que ser el fundamento de la confianza que hay que tener en Dios» (III, 124). Si nos mantenemos «en la total depen­dencia de Dios» todo, aun los asuntos más difí­ciles, se trocará en bien (IV, 370), porque «todo lo que Dios hace está bien hecho» (VIII, 298).

En los momentos más difíciles de la vida, en la situaciones más engorrosas, cuando nos sen­timos acorralados, Dios nos robustece y «nos da una fe, una claridad, una evidencia de fe tan gran­des que se desprecia todo; no se asusta uno en­tonces ni ante la muerte» (XI, 84s).

El fundamento de la confianza en Dios es siempre su fidelidad. Dios es fiel a sus promesas, a su gracia, a sus proyectos, Dios nunca falla ni engaña. Por eso, la gran riqueza y la seguridad del cristiano es la fe como confianza. «Fiaos de él, her­manas mías. ¿Quién ha oído decir jamás que los que se han fiado de las promesas de Dios se han visto engañados? Esto no se ha visto nunca, ni se verá jamás. Hijas mías, Dios es fiel en sus pro­mesas, y es muy bueno confiar en él, y esa con­fianza es toda la riqueza de las Hijas de la Cari­dad, y su seguridad. ¡Qué felices seréis, Hijas mías, si no os falta nunca esta confianza!» (IX, 100).

Dios es amor e infinita bondad, ama entraña­blemente a sus criaturas y, por eso, «cuida de to­dos los que le sirven, lo mismo que un esposo se cuida de su esposa y un padre mira por su hi­jo» (IX, 1050). Del mismo modo, como una espo­sa confía en su esposo y un hijo en su padre, así ha de ser nuestra confianza en Dios. Porque «sa­bemos que él es bueno, que nos ama con mu­cho cariño, que desea nuestra perfección y nues­tra salvación» (IX, 1050). El sabe en donde se encuentra nuestro bien, conoce lo que nos con­viene, todo lo que somos y tenemos es puro don de Dios, es gracia y, por el contrario, nosotros nos resistimos a desentrañar el lado bueno de la en­fermedad, de la cruz, de la tentación.

La confianza en que consiste la fe se apoya en Jesucristo cuya doctrina nunca puede fallar. «Hay que poner como fundamento de todo, que la doctrina de Jesucristo hace lo que dice, mien­tras que la del mundo no da nunca lo que promete; que los que hacen lo que Jesucristo enseña, cons­truyen sobre roca, y que ni la inundación de las aguas ni el ímpetu de los vientos podrán derribarlo (Mt 7, 25); y quienes no hacen lo que él ordena se parecen a quien construye su casa sobre la are­na movediza, que se cae ante el primer huracán. Por tanto, quien dice doctrina de Jesucristo, di­ce roca inquebrantable, dice verdades eternas que son seguidas infaliblemente de sus efectos, de modo que el cielo se derrumbaría antes de que fallase la doctrina de Jesucristo» (XI, 117). Ésta es una convicción profundamente arraigada en la persona de San Vicente, es como una segunda naturaleza. La certeza de la palabra de Dios, de la palabra de Jesucristo es incuestionable, de tal forma que afirma ante las Hijas de la Caridad, re­firiéndose al texto de Mt, 18, 20: «Hermanas mías, yo lo creo tan firmemente, como si lo vie­se aquí, en medio de nosotros, aunque muy in­dignos, sí, hijas mías, lo creo tanto como creo que estáis aquí vosotras» (IX, 1 31 ).

Una forma de confianza es la valentía, la au­dacia y la libertad, es la parresía del Nuevo Tes­tamento, tal como aparece en el comportamien­to de Jesús, para decir y hacer sin ambigüedades, sin titubeos, y con toda claridad, lo que sea ne­cesario para anunciar el evangelio. En este sen­tido, la confianza en Dios genera coraje y fuerza para emprender las obras de la caridad, para el ser­vicio de los pobres, porque «todo lo puedo en aquel que me conforta» (Filp 4, 13). Así, dice San Vicente que la confianza en Dios es «la fuerza de los débiles y el ojo de los ciegos» (III, 139). Nos elimina el miedo ante el futuro y nos hace capaces de asumir el riesgo y la aventura de re­alizar los proyectos de Dios.

La confianza hace que rompamos las atadu­ras al sistema, nos hace personas completamente libres y disponibles, porque no nos fundamos en nuestras seguridades, sino que nos apoyamos únicamente en Él. La fe es entrega y confianza en la palabra de Dios, seguridad en Dios, obe­diencia a sus designios, pase lo que pase, venga lo que venga (J. M’ Castillo, Teología para las co­munidades, Madrid 1990, 23). Nos hace más fuer­tes y nos proporciona la fortaleza para llevar a ca­bo tareas que aparentemente nos resultan des­proporcionadas, porque «tres hacen más que diez cuando Nuestro Señor echa una mano» (IV, 117).

«Dejémosle hacer a Él» (IV, 273). El hombre no puede suplantar la acción de Dios, no puede realizar la obra que sólo a Dios pertenece; sería presunción y orgullo por nuestra parte. Nuestra tarea consiste en ponernos a su servicio, ser sus servidores, siendo los servidores de los pobres, y Él hará el resto. «Si atendemos a sus negocios El hará los nuestros» (IX, 436). Lo importante es que no nos busquemos a nosotros mismos, no estemos centrados en nosotros, sino que sea­mos capaces de descentramos para buscar úni­camente el Reino de Dios y el servicio de los po­bres; de lo demás, se encarga Aquel en el que nos abandonamos. ¿Quién es el protagonista de la misión? Tenemos la certeza de que no somos nosotros, sino que es Jesucristo y su Espíritu: «Dejemos obrar a Nuestro Señor; es obra suya; y como él quiso comenzarla, estemos seguros de que la acabará (Filp 1, 6), en la forma que le sea más agradable»…. Tenga ánimos; confíe en Nues­tro Señor, que será nuestro primero y nuestro segundo en la empresa comenzada, a cuya pro­pia tarea nos ha llamado» (XI, 804).

Un edificio sólido tiene que apoyarse sobre ro­ca, ha de tener un fundamento a prueba de vien­tos y tempestades y esa base únicamente pue­de ser la confianza en Dios, que es la verdadera y única seguridad en la que el creyente puede apo­yarse. «Mantengámonos en total dependencia de Dios y en la confianza de que, al obrar así, to­do lo que los hombres digan o hagan en contra nuestra se trocará en bien. Aunque toda la tierra se levantara para destruirnos, no sucederá nada más que lo que Dios quiera, ya que en El hemos puesto nuestra confianza» (IV, 370). Es la supre­ma pobreza, la humildad auténtica y la máxima ex­presión de la libertad.

8. Dimensión cristocéntrica de la fe

La cuestión decisiva en la teología de la fe es su carácter cristocéntrico. La opción y el asenti­miento de la fe cristiana tienen como fundamento la persona de Jesús. Es esencialmente adhesión incondicional a la persona de Jesús y confesión de que es el Hijo de Dios: «creer» que Jesús es el Hijo de Dios (fides quae) y «creerle a él» co­mo Hijo de Dios (fides qua) son dos aspectos que se complementan entre sí. Fundar la fe en Jesús, como el revelador de Dios, es reconocerlo como el Hijo de Dios.

Para San Vicente, ver las cosas y las perso­nas según Dios, es verlas y contemplarlas desde la perspectiva de Cristo. Dice Dodin: «Cristo es la clave, la clave luminosa y trasformadora que per­mite ver y comprender de otro modo la realidad visible» (Dodin, Espiritualidad de san Vicente de paúl, en Vicente de Paúl y la evangelización rural, o. c. 114). La fe de San Vicente es esencialmen­te radical adhesión a Cristo Evangelizador de los pobres. Desde 1617, San Vicente ve en Jesu­cristo, primariamente y sobre todo, al enviado del Padre, al misionero enviado a los pobres, tal co­mo aparece en el Evangelio de San Lucas (4, 18). «Y si se le pregunta a nuestro Señor: «¿Qué es lo que has venido a hacer a la tierra» – «A asistir a los pobres» – «¿A algo más?» – «A asistir a los pobres» . En su compañía, no tenía más que a po­bres y se detenía poco en las ciudades conver­sando casi siempre con los aldeanos, e instru­yéndolos» (XI, 34).

La fe de San Vicente es, por encima de todo, encuentro con Cristo. Descubre a Jesucristo co­mo razón única de su vida. «Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte de Je­sucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y llena de Jesu­cristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo» (1, 320). Encontramos en este texto unas profundas resonancias pauli­nas: la muerte y la vida del cristiano a través del bautismo. Esto quiere decir que la muerte y la vi­da del creyente cobran sentido únicamente por la vida y la muerte de Jesucristo. Nuestra vida, como existencia cristiana, ha de ser una vida en comunión con la persona de Jesús. Ahora bien, esa comunión con Jesucristo tiene sentido y va­lor porque Él ha muerto y ha resucitado por no­sotros. La muerte y resurrección de Jesús ha posibilitado la relación íntima con Él, es decir, la nueva vida, la vida de gracia, la nueva creación. Por otra parte, esa vida de comunión con Él no es otra cosa que un esfuerzo por desnudarnos de nosotros mismos, del hombre viejo, de nuestro egocentrismo, de la existencia pecadora, para revestirnos del espíritu de Jesús, incorporando a nuestra propia existencia las actitudes, los ges­tos, las acciones, los criterios y los valores del Rei­no, en un intento de realizar, en nuestra propia vi­da, la misma vida de Jesús. Solamente así, nues­tra muerte será una muerte con esperanza, una muerte en Jesucristo, una muerte tránsito a la ple­nitud de la vida que nos ha generado el propio Je­sucristo. Para San Vicente, la persona de Jesús es el eje único en torno al cual gira su vida, su exis­tencia y toda su persona.

«El encuentro con Cristo ha sido el punto de­cisivo en la vida de San Vicente, tanto en lo que se refiere a la orientación como a la unificación de su vida espiritual» (J. Mg López Maside, Unión con Dios y servicio a los pobres. Roma 1984 [te­sis doctoral, manuscrito], 129). Vicente de Paúl va descubriendo paso a paso, en fases sucesivas, los diversos rostros de Cristo.

8.1. Encuentro con el Cristo humillado

En los primeros años de su sacerdocio, Vi­cente fracasó en todos su proyectos humanos, proyectos que no tenían otra meta que la bús­queda de una posición social o lo que él llamó un «honroso retiro». Le salió al paso la acusación de robo en donde descubrió en su propia carne la situación del pobre, del marginado y deshereda­do, pero, de una manera meridiana, se le reveló Cristo humillado, escarnecido, víctima de la in­justicia. Este aspecto de la vida de Cristo es esen­cial en la espiritualidad vicenciana. A ella, acude con frecuencia y se la inculca a los misioneros. Considera que en la Iglesia de Dios hay diversos estados. Las diferentes congregaciones con­templan a Cristo de diversas formas, según la inspiración del Espíritu, y así tratan de seguirlo e imitarlo. «Pues bien, su bondad y su misericor­dia infinita no ha querido darnos a nosotros más atractivos y más consideraciones que su vida de sufrimiento, de calumnias y de desprecios. He­mos de aceptarlo así e imitarlo en su bajeza, en sus oprobios, en los ultrajes y persecuciones, de la misma manera que Él los sufrió, esto es, con paciencia y silencio (Mt 26, 63), e incluso con ale­gría y entusiasmo (Lc 12, 50)» (Xl, 572). La con­dición del misionero no es otra que «seguir a Je­sucristo despreciado, abofeteado y perseguido» (XI, 572). Es el encuentro con Cristo en su con­dición de anonadamiento, de «kénosis», como nos lo presenta San Pablo en la carta a los Fili­penses (2, 8).

8.2. Encuentro con Cristo, servidor de los pobres

La prueba de la tentación contra la fe, lo con­duce a una purificación y a un desprendimiento totales, apoyándose en el servicio de los pobres. Como afirma su primer biógrafo Abbelly, trató de vencer esa prueba recurriendo al servicio de los pobres, «visitando y consolando a los pobres en­fermos del Hospital de la Caridad,… ya que Je­sucristo ha dicho que consideraba hecho a su persona el servicio que se hacía al menor de los suyos». Y su espíritu quedó totalmente ilumina­do y trasformado en el momento en que tomó la decisión de «entregarse de por vida, por amor, al servicio de los pobres» (Abelly, o. c., III, c. 11), a imitación de Jesucristo. Es el encuentro con Cris­to, servidor de los pobres, o incluso, como al­guien ha afirmado (J. B. Rouanet, Sacerdote ins­trumento de Jesucristo, en Anales 86 (1978) 315; López Maside, o. c., 134) encuentro como Cristo Salvador, que se compadece de los pobres, de los desheredados de la tierra.

8.3. Encuentro con Cristo evangelizador de los po­bres

La experiencia pastoral del año 1617, Gan­nes-Folleville, tan decisiva en la vida de Vicente, será un acontecimiento revelador de la miseria es­piritual del pueblo sencillo del campo. Comprue­ba la ignorancia del pueblo campesino, sobre to­do, en las verdades necesarias para la salvación y verifica, por otra parte, la deficiente formación de los sacerdotes que estaban al frente de ese pueblo. Esa experiencia está unida a la meditación del texto evangélico de Lucas, 4, 18: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres». Esta vivencia hizo com­prender a Vicente que la evangelización de los po­bres era una necesidad apremiante, era una exi­gencia que estaba incluida en la misma esencia de la fe y de la vida cristiana. Vicente compren­dió que su vocación era seguir a Cristo evangeli­zador de los pobres. «La misión de Jesucristo de anunciar la buena nueva a los pobres se inscribe en lo más profundo de la conciencia de Vicente. Orienta sus opciones, su moral, su actividad. Por eso, este Cristo pobre, dirigiéndose preferente­mente a los pobres y declarándose su evangeli­zador, polariza la conciencia vicenciana» (J. MI Ibáñez, La sociedad rural en la vocación de san Vicente de Paúl, en Vicente de Paúl y la evange­lización rural, o. c., 61). Vicente se había encon­trado, de nuevo, con Cristo, cuya misión no era otra que anunciar la Buena Noticia a los pobres. Es el Cristo misionero. Su respuesta es la entre­ga, de por vida, al servicio de la evangelización de los pobres del campo. Desde este momento, su proyecto, como el de la comunidad por él funda­da, no será otro que evangelizar a los más hu­mildes de la tierra. Años más tarde, en 1658, di­rá a sus misioneros: «Un gran motivo que tene­mos es la grandeza de la cosa: dar a conocer a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres (Mc 3, 2). ¡Qué grande es es­to! Y el que hayamos sido llamados para ser com­pañeros y para participar en los planes del Hijo de Dios, es algo que supera nuestro entendimiento. ¡Qué! ¡Hacernos… no me atrevo a decirlo…, si: evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios! Y a nosotros se nos dedica a ello como instrumentos por los que el Hijo de Dios sigue haciendo des­de el cielo lo que hizo en la tierra. ¡Qué gran mo­tivo para alabar a Dios, hermanos míos, y agra­decerle incesantemente esta gracia!» (XI, 387).

8.4. Encuentro con Cristo, encarnado en el pobre

En el mismo año de 1617, Vicente vivió la ex­periencia de Châtillon. Pero el mismo Vicente se dice a sí mísmo: «He aquí una gran caridad, pe­ro mal organizada» (Abelly, o. c., I, c. X). En aquel momento, nació la primera Cofradía de la Caridad, el inicio de una corriente de caridad que ha llegado hasta nosotros. Es el encuentro con el pobre material sumido en la más espantosa miseria. La respuesta es la caridad. Pero la caridad sólo tie­ne significado y profundidad si al pobre se le mi­ra con los ojos de la fe, según Dios. Ese pobre es el mismo rostro deshumanizado de Cristo. El texto de Mt 25, 40: «Os lo aseguro: Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo», es uno de esos textos que está continuamente en el tejido espi­ritual de Vicente. Ya en 1617, aparece en el Ac­ta del inicio de la Cofradía de la Caridad redacta­da por el mismo Vicente (X, 568). Y el santo lo repetirá una y otra vez para fundamentar el ser­vicio de caridad en favor de los pobres. «Al ser­vir a los pobres, se sirve a Jesucristo. Hijas mí­as, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad co­mo que estamos aquí. Una hermana irá diez ve­ces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios… Id a ver a los pobres condenados a cadena perpetua, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños, y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, cuán admirable es esto! Vais a unas casas muy po­bres, pero allá encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡cuán admirable es esto! Sí, Dios aco­ge con agrado el servicio que hacéis a esos en­fermos y lo considera, como habéis dicho, hecho a él mismo» (IX, 240). El pobre era para San Vi­cente la presencia cuasi sacramental de Cristo. Ahí, radica la dignidad del pobre. San Vicente se encontró con Cristo encarnado y presente en el pobre, desde los primeros años de su trasfor­mación espiritual. Era uno de esos dinamismos vitalizadores de la inmensa actividad desplegada a lo largo de su vida. Ésta es la explicación más lógica de esa aplicación genial de Vicente de que ellos son nuestros amos y señores.

Vicente ya está fascinado, cautivado por la persona de Jesucristo. Él es la razón única de su vida. A Él y a continuar su misión dedicará, por amor, toda su rica personalidad, sus energías, sus talentos, e inducirá a tantas y tantas perso­nas a hacer lo mismo. Seguir a Cristo humillado, servidor y evangelizador de los pobres y encarnado en el pobre constituye la misma esencia de su fe. Esta fascinación le hará exclamar en 1658: «¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podría acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anona­darse por él?. . ¿Podía testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma que lo hi­zo? ¡Oh, amor de mi Salvador! ¡Oh amor! ¡Tú eres incomparablemente más grande que cuan­to los ángeles pudieron comprender y compren­derán jamás! Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor, y todas sus operaciones ex­teriores e interiores no eran más que actos re­petidos de amor» (XI, 411 s).

9. Una fe eclesial

La fe es siempre un encuentro personal con Cristo. Pero el hombre, al creer, se hace miem­bro de la Iglesia, y al mismo tiempo, recibe la fe en la Iglesia. Es la Iglesia la que cree, pero la per­sona cree en ella. La Iglesia es comunidad de fe. «El creyente nunca está solo, es miembro de una comunidad creyente que, a su vez, tampoco pue­de existir nunca sin una expresión comunitaria de la fe» (J. Trüsch, Mysterium Salutis, Madrid 1969, v. 1. t. 1, 950). La fe se vive, se experimenta, se acrecienta, se cultiva dentro de la comunidad eclesial. La comunidad eclesial proclama la fe en medio del mundo y da testimonio de la fe en Cris­to. La comunidad eclesial celebra su fe, princi­palmente por medio de la Eucaristía, que es la cumbre y la cima de toda vida eclesial.

En esta comunidad de fe, cada persona da y recibe, recibe del autor de la fe y lo hace en fra­ternidad con los otros. Es lo que Karl Rahner lla­ma «fe fraterna». Éste es el «nosotros» de la fe, en el sentido de que cada individuo, habiendo si­do encontrado por el Espíritu y por Cristo, no só­lo ayuda a construir la comunidad de fe, sino que también, la fe de cada persona presupone, como una necesidad vital, la fe de la comunidad ecle­sial, en la que se inserta y vive. Por esta razón, la fe es esencialmente comunitaria y eclesial. «La fe cristiana es en su esencia a la vez personal y eclesial, sólo viviendo personalmente dentro de la Iglesia, participando en su vida, se puede ob­tener, mantener y vivir la fe de Jesucristo» (F. Se­bastián, Antropología y teología de la fe cristiana, Salamanca 1973, 214s).

El concepto de Iglesia que respiran los escri­tos de Vicente de Paúl, en general, es clásico y tradicional. Es la eclesiología del Concilio de Tren­to y de Roberto Belarmino. Una Iglesia jerárqui­ca, construida a imagen de la sociedad temporal y muy vinculada al Estado. Pero en Vicente, en­contramos, al mismo tiempo, intuiciones que co­nectan perfectamente con una eclesiología mo­derna.

La Iglesia para Vicente de Paúl es ante todo la servidora de los pobres. «La Iglesia para San Vicente es como una vasta empresa (en el sen­tido fuerte del vocablo) de evangelización de los pobres» (Anales 85(1977)281). La Iglesia no tiene otra misión que continuar la misión de Jesu­cristo y éste vino a evangelizar a los pobres; es el enviado del Padre para ser el misionero de los pobres. Ésa es su razón de ser y no hay otra. De ahí, que todos los ministerios de la Iglesia tienen una única finalidad: servir y evangelizar a los po­bres. Así, el Papa es el que tiene el verdadero po­der de enviar a evangelizar a los pobres a los lu­gares más remotos, a las misiones ad gentes (III, 143). El obispo es el que envía, dentro de su diócesis, a ejercitar las diversas funciones en fa­vor del pobre pueblo, como el centurión del evan­gelio que dice: id y el misionero está obligado a ir. «Nosotros estamos por entero bajo la obe­diencia de nuestros señores los prelados de ir a todos los lugares de sus diócesis adonde quieran enviarnos a predicar, catequizar y hacer que el pobre pueblo haga la confesión general… En una palabra, somos como los criados del amo del evan­gelio (Mt. 8, 5-9) con nuestros señores los prela­dos, que cuando nos digan: id, estamos obligados a ir; venid, estamos obligados a venir; haced es­to, y estamos obligados a hacerlo»(1, 341). El sa­cerdote es, ante todo, el misionero de los pobres, tiene como función fundamental el evangelizar a los pobres y cuidarlos, como lo hizo el mismo Cris­to (XI, 393). Los laicos tienen esa misma respon­sabilidad como aparece en toda la obra misione­ra vicenciana de movilización de laicos, desde las Hijas de la Caridad y las voluntarias, hasta tantas y tantas personas, fueran o no de la nobleza, que Vicente puso al servicio de los pobres.

Estamos en 1620. San Vicente predicaba mi­siones en los territorios de los Srs. de Gondi. Se encontraba en Marchais preparando una misión que iba a dar al año siguiente. Un hereje le increpó diciendo que la Iglesia no podía estar fundada por Jesucristo porque no se dedicaba a la evangeli­zación de los pobres del campo, mientras que en la ciudad pululaban los sacerdotes en la ociosidad y en el vicio. Vicente quedó profundamente im­presionado y, aunque su respuesta fue sabia y contundente, sin embargo, en su corazón se le quedó clavado el aguijón.

Al año siguiente, cuando Vicente con sus compañeros, predicaba la misión, el hereje se convirtió al constatar que los pobres del campo eran evangelizados con celo y dedicación. Ha­blando a los misioneros, años más tarde, Vicen­te saca la conclusión: «i Qué dicha para nosotros, los misioneros, poder demostrar que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, trabajando como trabaja­mos por la instrucción y la santificación de los pobres!» (XI, 730). La evangelización de los po­bres es el signo claro y evidente de la autentici­dad de la Iglesia, porque ésta ha de ser, por encima de todo, servidora de los pobres o, como diría más tarde Bossuet: «La Iglesia de Jesucris­to es verdaderamente la ciudad de los pobres» (Bossuet, De l’éminente dignité des pauvres).

La fe es ante todo sumisión y asentimiento a todo aquello que la Iglesia nos propone, porque el carácter intelectual de la fe es inseparable de su carácter eclesial. No habría comunidad de los creyentes sin la comunión en la realidad revela­da que se ha de creer. Vicente lo resalta: «Basta con que las proponga la Iglesia (las verdades de la religión), para que no dejemos de creerlas y de someternos a ellas» (XI, 803). Esta obediencia a las verdades propuestas por la Iglesia tiene su fun­damento en la asistencia que la Iglesia recibe del Espíritu Santo: «La Iglesia es el reino de Dios, que es el que inspira a los que han sido puestos al frente de ella para gobernarla, la mejor mane­ra de conducirla. Su Santo Espíritu preside los Concilios, y de él proceden todas las luces dise­minadas por toda la tierra, que han iluminado a los santos, ofuscado a los malvados, aclarado las dudas, manifestado las verdades, descubierto los errores y señalado el camino por el que pueden caminar con seguridad la Iglesia en general y ca­da fiel en particular» (XI, 803s).

La fe es fidelidad a la Iglesia y a todo lo que ella propone, y solamente ella es la que nos pue­de iluminar de los contenidos de la fe y de las ver­dades fundamentales. Es el medio ordinario de que Dios se sirve para esclarecer nuestras dudas y guiarnos por el camino verdadero. Ninguna otra mediación extraordinaria podemos esperar. Así, al deán de Senlis, tentado de jansenismo, le es­cribe el 2 de abril de 1657: «Si espera que Dios le mande un ángel del cielo para iluminarle me­jor, no lo hará; le ha enviado la Iglesia, y la Igle­sia reunida en Trento le envía a la Santa Sede en el asunto de que se trata, tal como se ve en el último capítulo de este concilio». «Y si fuera po­sible que ese santo volviera (San Agustín), se so­metería de nuevo, como lo hizo en otra ocasión, al Soberano Pontífice» (VI, 265s).

Y dentro de la Iglesia, la instancia suprema es el Soberano Pontífice. A él, se le debe obedien­cia plena y sumisión completa a sus decisiones, porque «es el padre común de todos los cristia­nos, la cabeza visible de la Iglesia, el vicario de Je­sucristo, el sucesor de San Pedro,… a él, el Sal­vador le ha dado las llaves de la Iglesia» (XI, 692).

San Vicente, según su testimonio, siempre tuvo el sentimiento de temor de encontrase en­vuelto en una herejía, desde su más tierna in­fancia. «Desde mi más tierna edad, tuve siempre en mi alma un secreto temor y no he temido nun­ca nada tanto como verme desgraciadamente en­vuelto en el torrente de una herejía, que me arras­trase con los curiosos y amigos de novedades y me hiciese naufragar en la fe» (XI, 804). En efec­to, Vicente tuvo que enfrentarse a una de las he­rejías más virulentas de su tiempo, el jansenismo.6 Él la consideró como «una de las más peligrosas que jamás ha perturbado a la Iglesia» (XI, 804)

Los grandes personajes que iniciaron esa nue­va doctrina, por haber tenido con ellos una gran amistad, intentaron convencerle de sus posturas, sin embargo, Vicente bendecía a Dios y le daba gracias, porque, a pesar de los esfuerzos que hi­cieron, no le habían inoculado sus ideas. «Yo les oponía entre otras cosas la autoridad del Conci­lio de Trento, que está manifiestamente en con­tra de ellos; viendo que seguían siempre con sus propósitos, en vez de responderles, recitaba el cre­do en voz baja. Así, es como permanecí firme en la fe católica» (XI, 804).

La lucha antijansenista de Vicente de Paúl «no es, en la biografía de San Vicente, un episodio separable del resto de sus actividades, sino la consecuencia necesaria de su trayectoria vital» (Román, o. c. 624). Se puede afirmar con toda cla­ridad que Vicente en este tema obró más como hombre de fe y de Iglesia que como hombre de partido (Mezzadri, Fra giansenisti… 106). La mo­tivación fundamental era su amor a la Iglesia. Bus­có siempre la paz y la unión de los espíritus den­tro de la Iglesia. Estaban en juego las reformas emprendidas de la Iglesia de Francia siguiendo las directrices del Concilio de Trento y, por esta ra­zón, jugó un papel de primera magnitud en la con­denación por parte del Papa de la cinco famosas proposiciones (Mezzadri, o. c. 85-102). Vicente no entró nunca en las grandes disputas teológicas, su labor fue de coordinación y sensibilización de todo el episcopado francés en orden a que fir­masen la carta al Papa,7) de petición de condena­ción. Fue el apoyo moral y económico de los enviados a Roma para sostener la causa de la or­todoxia ante el Papa. Y todo esto lo hizo por con­vicciones profundas de fe y de amor a la obra evangelizadora de la Iglesia. Para él, eran tan ca­ras la verdades que defendía frente al jansenis­mo que «estaba dispuesto a dar la vida por ellas» (III, 341).

Cuando las cinco proposiciones fueron con­denadas, nunca manifestó un sentimiento de va­na complacencia, ni de orgullo, ni de sectarismo partidista, sino «que había que dar gracias a Dios por la protección que otorgaba a la Iglesia para purgarla de esos errores, que iban a arrojarla en un gran desorden». Y «aunque Dios le había con­cedido la gracia de distinguir el error de la verdad, antes incluso de la definición de la Santa Sede apostólica, no había tenido nunca por ello ningún sentimiento de vana complacencia, ni de vana alegría por ver que su juicio había sido siempre conforme con el de la Iglesia, reconociendo que esto era efecto de la pura misericordia de Dios, por lo que se sentía obligado a darle gloria» Xl, 83).

Para Vicente, además de su fidelidad a la fe dentro de la Iglesia, estaba en juego toda la obra misionera de la Congregación en la misiones po­pulares, la obra de los ordenandos y de los se­minarios, las caridades y toda la obra evangeliza­dora vicenciana (Román, o. c., 624).

Toda la vida de Vicente había sido una entre­ga a la Iglesia para reformarla y purificarla, todas sus obras estuvieron encaminadas a esa meta. Por esta razón, albergaba en su corazón un temor profundo por el retroceso de la misma en Occi­dente. La extensión creciente del protestantis­mo, el surgimiento del jansenismo, la corrupción de costumbres, la ausencia de paz, los malos sa­cerdotes y otras muchas lacras, hacían temer a San Vicente que Dios permitiese la desaparición de la Iglesia en los países de Europa. «¡Qué sa­bemos nosotros si el buen Dios, irritado por el de­sorden de los propios hijos de la Iglesia, no ten­drá el designio de transferirla a los infieles!» (V, 398). Ante todo esto, el Santo exclamaba: «¿Qué no hemos de temer ante ello y qué no he­mos de hacer para salvar a la esposa de Jesucristo de este naufragio?» (III, 165).

La respuesta de Vicente a este interrogante se encamina en dos direcciones. Por una parte, la Iglesia «lo que necesita es tener hombres evan­gélicos, que se esfuercen en purgarla, en ilumi­narla y en unirla a su divino esposo» (III, 181). Es­to es lo que hizo a través de todas sus obras e instituciones en la fundación de la Congregación, en la obra de los ordenandos, en las misiones populares, en la institución de las Caridades, en el Consejo de Conciencia, en la fundación de las Hijas de la Caridad, etc.

Pero al mismo tiempo, ese temor le impul­saba a la obra misionera ad gentes. «Siento un gran afecto y devoción a la propagación de la Igle­sia en los países infieles» (III, 37). La dimensión misionera de la Iglesia era apremiante para Vi­cente. «¿No debemos acaso contribuir a la ex­tensión de la Iglesia? Sí, sin duda alguna; así, pues, ¿en quién reside el poder de enviar ad gentes? Tiene que residir en el papa, en los con­cilios o en los obispos. Pues bien, éstos sólo tienen jurisdicción en sus diócesis; concilios no hay en esta época; por tanto, tiene que residir en el primero. Por tanto, si tiene derecho de en­viarnos, también nosotros tenemos obligación de ir; si no, su poder sería inútil» (III, 143). «Nos lla­ma el Papa, que es el único que puede enviar ad gentes, y al que es obligatorio obedecer. Yo me siento interiormente inclinado a hacerlo, an­te la idea que sería en vano ese poder que Dios le ha dado a su Iglesia de enviar a anunciar el evangelio por toda la tierra, . y que reside en la persona de su jefe, si sus miembros no estuvieran obligados por su parte a ir adonde se les envíe a trabajar por la extensión del imperio de Jesucristo» (III, 165). De esta convicción pro­funda, nace su obra misionera en Madagascar, Túnez y Argel.

10. La fe se transforma en compromiso

El compromiso y la praxis cristiana ¿es resul­tado, expresión, manifestación de la fe o más bien un elemento constitutivo de la misma fe? La teología actual ha llegado a comprender esta uni­dad íntima entre fe y praxis cristiana, de tal for­ma que esta última no es otra cosa que una di­mensión de la primera.

En los profetas del Antiguo Testamento, la fe es conocimiento de Dios, pero este conoci­miento implica la confesión del único Dios y al mismo tiempo la práctica de la justicia y del amor. En los evangelios sinópticos, la fe es siempre adhesión personal a Jesús, pero al mis­mo tiempo es seguimiento radical de ese Je­sús, es decir, poner en práctica las enseñanzas del maestro. En San Pablo, la fe es siempre ac­tiva en el amor. «Lo que vale es la fe que actúa por medio del amor» (Gal 5, 6; cf 1Tes 1, 3; Ef 4, 15). La praxis del amor está en la misma esen­cia de la fe. Esto está íntimamente relacionado con la afirmación de Santiago que la fe sin obras está muerta (Sant 2, 16-17). Y Juan declara con toda claridad que el verdadero conocimiento de la fe no puede existir sin el amor, porque Dios es amor (1Juan, 4, 8).

La fe no podemos reducirla únicamente a co­nocimiento, sino que implica en su ser más ínti­mo la praxis cristiana, el compromiso del amor al prójimo. La fe no es sólo ortodoxia sino que es también ortopraxis y ambas van vitalmente uni­das.8

En San Vicente la adhesión a Jesucristo lleva consigo el amor al pobre. La fe en la persona de Jesús es esencialmente compromiso de amor a los más pobres y abandonados. La razón es muy sencilla. En San Vicente, encontramos una clave de lectura del evangelio y, en consecuencia, de comprensión de la persona de Jesús, a partir de los textos de Lucas 4, 18, Mateo 25, 40.

Siguiendo a San Lucas, para San Vicente, Cris­to es el enviado del Padre para salvar a los pobres, es la misma encarnación del amor del Padre a los pobres. Todas su preferencias son pa­ra los pobres. Es la lectura del evangelio de un misionero que está convencido de que su misión no es otra que la misma de Cristo: «Me ha en­viado a evangelizar a los pobres». La evangeliza­ción de los pobres es una dimensión intrínseca de su adhesión a Cristo, es decir, de su fe. Cre­er en Jesucristo es seguimiento y el seguimien­to vicenciano de Jesucristo es realizar su mis­ma misión. «En esta vocación vivimos de modo muy conforme a nuestro Señor Jesucristo que, al parecer, cuando vino a este mundo, escogió co­mo principal tarea la de asistir y cuidar a los po­bres. Misit me evangelizare pauperibus. Y si se le pregunta a Nuestro Señor: «¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra?». «A asistir a los po­bres». «¿A algo más?». «A asistir a los pobres», etc. En su compañia, no tenía más que a pobres y se detenía poco en las ciudades, conversando casi siempre con los aldeanos, e instruyéndolos. ¿No nos sentiremos felices nosotros por estar en la Misión con el mismo fin que comprometió a Dios a hacerse hombre? Y si se le preguntase a un misionero, ¿no sería para él un gran honor decir como nuestro Señor: misit me evangeliza­re pauperibus? Yo estoy aquí para catequizar, ins­truir, confesar, asistir a los pobres» (XI, 33-34; cf. XI, 209-210. 324. 386-387. 393).

Pero al mismo tiempo, siguiendo a Mateo, 25, 40, la fe le ha dado una nueva comprensión del pobre. Éste no es otra cosa que «miembro afli­gido de Jesucristo» (XI, 393). Vicente comprendió perfectamente la verdad evangélica: «Os asegu­ro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». El pobre es la encarnación de mismo Cristo. Pue­den ser groseros, vulgares, repugnantes, des­preciables, pero «a los ojos de la fe», «dando la vuelta a la medalla», «representan al Hijo de Dios que quiso ser pobre» (XI, 725). «El pobre es la mediación viviente del Señor, su expresión real y no solamente un intermediario. El pobre está en Cristo y Cristo en el pobre» (J. Ma Ibáñez, Le pauv­re, tcone o. c. 162). Contemplar al pobre según Dios, es contemplar en él a Cristo humillado, cru­cificado, deshumanizado.

A partir de aquí, Vicente saca una conclusión, profundamente querida por él: «Al servir a los po­bres, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta ver­dad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres». Ésta no es una verdad cualquiera. Es una verdad arraigada en lo más profundo de su ser, que constituye la misma esencia de su fe. Es una verdad palpable, verificable, experimentada por él mismo. «Y esto es tan verdad como que estamos aquí» (IX, 240).

Aquí, cobra sentido lo que él llama «amor efectivo», que es un amor «a costa de nuestros brazos» y «con el sudor de nuestra frente» (XI, 733). El signo de autenticidad de la fe es el compromiso en el amor efectivo al pobre. Sola­mente aquel que «evangeliza a los pobres» y «los cuida», que «remedia sus necesidades espiri­tuales» y también «las temporales», que «los asisten y los hacen asistir de todas las maneras», es decir, que «los evangeliza de palabra y de obra» (XI, 393s), solamente éste es un hombre de fe, un verdadero seguidor de Jesucristo.

Por eso, alguien ha dicho «que la mejor defi­nición de la fe de San Vicente nos parece que vie­ne dada por la famosa frase «dejar a Dios por Dios», el movimiento perpetuo entre Jesucristo y el pobre. Es la experiencia de fe fundamental que nos propone San Vicente» U. Morin, La Foi de Saint Vincent, en Carnets Vincentiens, n. 3. p. 15).

  1. Damos por sentado que Vicente de Paúl nació en 1580, siguiendo a autores modernos.
  2. Esta nueva conciencia de Iglesia será confirmada en 1621 en el episodio de Marchais. Abelly o. c. I, c. 13 pp. 54- 57; SVP XI, 727-730.
  3. «Quia cum horno, assentiendo his quae sunt fidei, elevetur supra naturam suam, oportet quod hoc insit el ex supernaturali principio interius movente, quod est Deus. Et ideo fides quantum ad assensum, qui est principalis ac­tus fidei, est a Deo interius movente per gratia». S. Th. II-II, q. VI, art. 1.
  4. Tal es el caso del Abad de Saint-Cyran.
  5. Alfaro, o. c., 119. Puede verse la consideración filo­sófica de Xavier Zubiri del acto de fe como entrega en El Hombre y Dios, Madrid, 1984, c. 4.
  6. Sobre este tema son importantes: L. Mezzadri, Fra giansenisti e antigensenisti, Firenze 1977; Román, o. c. cap. 36.
  7. «La acción de Vicente se desarrolló, sobre todo, en el terreno práctico. Él fue el líder indiscutible y el promo­tor infatigable de la apelación a Roma y de la condenación del jansenismo» (Román, o. c. 618
  8. «Solamente en la unidad vital de la ortodoxia y de la ortopraxis se puede fundar la verificación total de la fe cris­tiana. Cada una de ellas es tan indispensable como insufi­ciente para esta verificación: la ortodoxia, como expresión humana (conceptos, slmbolos, lenguaje} de la realidad de nuestra salvación cumplida ya en Cristo: la ortopraxis, co­mo apropiación receptiva de esta salvación. Son insufi­cientes (cada una por sl sola}, porque tienen necesidad la una de la otra: la ortopraxis cristiana debe ser guiada por la ortodoxia, y ésta a su vez no tiene autenticidad sino den­tro de la praxis cristiana». J. Alfaro, Revelación Cristiana, Fe y Teología, Salamanca, 1985, 120.

One Comment on “Espiritualidad vicenciana: Fe”

  1. me amo, amo a los pobres, amo al papa, amo a la iglesia, amo a los vicencianos. Espero que con la efusión de dios espíritu santo, sea eficaz mi praxis cristiana, para ayudar a Jesucristo a dar màs frutos, especialmente a los pobres !!!!

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