El testamento espiritual de Santa Luisa

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1990 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1990-91.
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I – Una «forma de vida»

santa luisa de marillac vidriera«Mis queridas Hermanas, sigo pidiendo para ustedes a Dios su bendición y le ruego les conceda la gracia de perseverar en su vocación para que puedan servirle en la forma que El pide de ustedes…»

Es curioso que cuando se cita el Testamento espiritual de Santa Luisa, con frecuencia suele omitirse esta primera frase. Sin embargo, a mí me parece que es la más importante y que comunica a lo que sigue toda su fuerza de significada

A – Comentario

Y tenemos en primer lugar lo esencial: «Perseverar en su vocación para servir a Dios en la forma que El pide de ustedes…»

Se trata de una recomendación fundamental que no sólo cada una de las Her-manas ha de acoger con respeto filial, sino también cada una de las Comunida-des locales y la Compañía entera, como tal. Porque lo que encierra es nada me-nos que el designio de Dios sobre ustedes y la fidelidad con que han de vivirlo, profundizando en él y actualizándolo cada vez más:

«La llamada que oyeron las primeras Hermanas sigue suscitando y reuniendo, a través del mundo, a las Hijas de la Caridad, que se esfuerzan por beber en sus fuentes las inspiraciones e intuiciones de los Fundadores, para responder, con fidelidad y disponibilidad siempre renovadas, a las necesidades de su tiempo. (C. 1. 3).

1. «Sigo pidiendo para ustedes a Dios su bendición…»

No hay duda alguna de que, desde lo alto del Cielo, Santa Luisa «sigue» esta misma petición. A lo largo de este año jubilar, podemos, más que nunca, contar con su intercesión, con su protección:

«¡Animo! —decía San Vicente a las Hermanas reunidas para evocar las virtudes de la Srta. Le Gras—. Tenéis en el Cielo una Madre que goza de mucha influencia…». (Conf. Esp., n. 2358).

Y añadía:

«Sí, mis queridas Hermanas, la Srta. Le Gras reza por vosotras desde el Cielo y no os será de menos utilidad allí que en este mundo, y aún más, con tal de que seais fieles a Dios…». (Conf. Esp., n. 2410).

Esta plegaria de Santa Luisa la hacemos nuestra por dos razones muy sencillas:

Sólo el Señor que nos llama puede otorgarnos la gracia de responder a su llamada, colmándonos de su Espíritu de Luz y de Amor, del espíritu de la vo-cación.

Como ya lo hemos dicho, se trata esencialmente de corresponder al designio de Dios sobre nosotros. Y sólo El puede revelárnoslo, darnos una profunda inteligencia del mismo a través de la Fe, comunicarnos las fuerzas necesarias para cumplir todas las exigencias que lleva consigo:

«Alabo a Dios con todo mi corazón —escribía Santa Luisa — por la elección que su Providencia ha hecho de nuestras queridas Hermanas… ¡Cuánto bien espero de ellas por el reconocimiento que ha de animarlas al pensar en la fidelidad que deben tener!…

Y les ruego que pongan atención y consideren que para agradar a Dios no es necesario sentir siempre gozo y consuelo, puesto que el Hijo de Dios hizo la obra de la salvación del mundo en medio de tristezas y dolores, y es muy razonable que si queremos tener parte en sus méritos, nos sobrepongamos y aceptemos los sufrimientos.» (Sta. L.d.M., p. 604).

2. «y le ruego les conceda la gracia de perseverar en su vocación…»

La «perseverancia» es la gracia de las gracias. Santa Luisa la llamaba: «el úl-timo florón de nuestra corona» (L.d.M., p. 47).

¡Qué verdadero y necesario es esto en nuestro mundo tan frágil, tan superficial e inconstante que, precisamente por esto, tiene más que nunca necesidad de testigos fieles y animosos de la Buena Noticia! No estamos, ni mucho menos, a resguardo de esa mentalidad de lo «provisional», de ese miedo a comprome-terse en verdad y de manera definitiva. Pero «el Amor divino ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado…» y que nos hace participar en su estabilidad, en su eterna fidelidad.

• Santa Luisa había calado hondo en este secreto cuando escribía:

«…deseo que todas (nuestras queridas Hermanas) estén llenas de un amor fuerte que las ocupe tan suavemente en Dios y tan caritativamente en el servicio de los Pobres, que su corazón no pueda ya admitir pensamientos peligrosos para su perseverancia» (L.d.M. p. 82).

Lo que no es otra cosa que su manera de vivir el Bautismo:

«Nosotros que hemos sido bautizados en Jesucristo… hemos sido bautizados —sumergidos— en su muerte… Vivamos, pues, como muertas en Jesucristo, y, por lo tanto, ya no más resistencia a Jesús, no más acciones que por Jesús, no ya más pensamientos que en Jesús, en una palabra, no ya más vida que para Jesús y el próji-mo, para que en ese amor unitivo ame yo todo lo que Jesús ama, para que por este amor cuyo centro es el amor eterno de Dios por sus criaturas, alcance de su bondad las gracias que su misericordia quiere concederme». (L.d.M., pp. 774-75).

• Insistía mucho, sobre todo cuando se trataba de recibir a jóvenes en la Compañía, en «la intención de vivir y morir en ella». Por eso decía:

«… lo que se necesita son espíritus equilibrados y que deseen la perfección de los verdaderos cristianos, que quieran morir a sí mismas por la mortificación y la verdadera renuncia, ya hecha en el santo Bautismo, para que el espíritu de Jesucristo reine en ellas y les dé’ la firmeza de la perseverancia en esta forma de vida, del todo espiritual, aunque se manifieste en continuas acciones exteriores que parecen bajas y despreciables a los ojos del mundo, pero que son grandes ante Dios y sus ángeles…» (L.d.M., p. 648).

• Si los votos son anuales, el motivo es, precisamente, porque cada vez con-firman, renuevan, intensifican el compromiso específico de la Hija de la Caridad, compromiso que, de suyo, se contrae para toda la vida desde el primer día de la vocación. Santa Luisa no teme escribir a la «Señora Gran Princesa» (esposa del célebre Conde):

«…hará una gran caridad si proporciona a algunas jóvenes, deseosas de retirarse del mundo para servir (a los pobres), los medios para hacerlo; pero permítame, Señora, que le diga que dos motivos impedirían que tuviese usted de inmediato la satisfacción que desea (de que se le manden Hermanas), uno, es que hace falta mucho tiempo para preparar a las jóvenes, tanto por lo que se refiere a su formación personal, como para que aprendan lo que necesitan saber para servir a los pobres, y otro, Señora, es que no recibimos a ninguna que no tenga intención de vivir y morir en la Compañía; y aún cuando hayan entrado gracias a la ayuda caritativa de algunas personas, no volvemos a mandarlas al lugar de donde proceden. Es todo cuanto puedo decirle sobre el particular…» (L.d.M., p. 498).

3. «para que puedan servirle en la forma que El pide de ustedes…»

«Servir a Dios», es el objetivo de toda vida cristiana, en seguimiento de Jesús y bajo el impulso de su Espíritu. Santa Luisa lo recuerda con frecuencia, pero en seguida insiste en lo que hoy llamamos «la identidad» de la Hija de la Caridad. Es preciso «ser» Hija de la Caridad para poder obrar como tal. Luisa escribe al Señor Portail, que se encuentra en Roma:

«,.. me parece que es el espíritu de Jesucristo el que ha inspirado escojan esta forma de vida a las personas que El ha elegido para honrar la vida humana que llevó aquí en la tierra. ¿No le parece que esto es avisarnos con insistencia que tenemos doblemente la dicha de ser hijas de la Iglesia? y siendo esto así, ¿no tendremos también un doble deber de vivir y obrar como hijas de tal Madre? Esto requiere una perfección muy grande…» (L.d.M., p. 204).

• Lo que llama, en efecto, la atención es la comunión de pensamiento con San Vicente a la que Santa Luisa ha llegado, no obstante la diferencia tan grande entre la personalidad y la andadura de ambos. Luisa tiene expresiones tan fuertes y, a veces, más fuertes todavía que él, para expresar lo esencial de la vocación. Por eso tuvo tanto empeño en que la Compañía permaneciera bajo su dirección y la de sus sucesores, persuadida de que en ello radicaba «el fundamento de este establecimiento, sin el cual me parece es imposible que la Compañía pueda subsistir…» (L.d.M., p. 357).

Son muy significativas las palabras dichas por una Hermana en la conferencia sobre las virtudes de la Srta. Le Gras: «… Dios la utilizó como instrumento para enseñar a la Compañía la manera cómo quiere que le sirva para serle agradable…». Y San Vicente, que nunca abría la boca para no decir nada, aprobó añadiendo:

«…tenéis que poner los ojos en la que es vuestra madre, porque os ha engendrado… Ha sido ella la que os ha hecho y os ha engendrado en Nuestro Señor.» (Conf. esp. nn. 2363 y 2374).

Es cierto que Santa Luisa se hace sin cesar como el eco de la enseñanza de San Vicente. Pero éste, por su parte, se muestra extraordinariamente atento y acogedor ante las ideas y la experiencia de Santa Luisa, de la que vamos descu-briendo cada vez más toda la riqueza.

• Sólo en la medida en que se dejen invadir y transformar por el Espíritu, llegarán las Hijas de la Caridad a comprender y a vivir cada vez más la línea de radicalidad en la que tienen que asumir su Bautismo, es decir, esa unión íntima y recíproca del don total a Dios y del Servicio, en sencillez, humildad y caridad, personal y comunitariamente.

«Aunque todos los cristianos estén obligados a servir a Dios y a hacer el bien al prójimo, tienen sin embargo otros empleos que los distraen de ello. En cambio, con ustedes la bondad de Dios ha sido tan grande que las ha llamado a una profesión en la que no tie-nen otra cosa que hacer.

Y aun no siendo más que pobres jóvenes que por ustedes mismas no tienen ningún medio para hacer el bien, lo hacen, no obstante, y lo pueden hacer incomparablemente más que las más grandes señoras del mundo, ya que no es nada dar sus bienes en comparación con darse una misma y emplear todos los momentos de su vida, poniéndola incluso en peligro, por el amor de Dios, sirviendo a los Pobres. Tengan, pues, en gran estima esa gracia que las ha dedicado a tan santo empleo». (Santa Luisa, según Gobillon).

B – Pistas de reflexión

1. Conocimiento, estima e imitación de Santa Luisa

«La vida de la Srta. Le Gras es un espejo en el que no hemos de hacer sino mirarnos», decía una Hermana. San Vicente añadía: «Hermanas mías, a ejemplo de vuestra buena madre, tomad la resolución de trabajar en vuestra perfección y de despegaros de todo lo que le disgusta a Dios en vosotras…» (Conf. esp. nn. 2362 y 2386).

  • Conocer a Santa Luisa
    • ¿Qué hacemos para conseguirlo?
    • ¿Qué biografías leemos y qué hacemos para sacar el mayor provecho posible de esa lectura?
    • ¿En qué estudios sobre Santa Luisa trabajamos y cómo lo hacemos?
  • Profundizar en el pensamiento de Santa Luisa
    • ¿Leemos y meditamos sus escritos y enseñanzas?
    • ¿Qué uso hacemos de ellos?
    • ¿Qué medios tomamos para confrontar nuestra vida de hoy con sus enseñanzas y sus enseñanzas con nuestra vida de hoy, desde todos los puntos de vista?
  • Imitar a Santa Luisa
    • ¿Hacemos revisión de vida, personal y comunitaria, a la luz de su testimonio y de sus enseñanzas?
    • ¿Cómo intentamos incorporarlos, de manera concreta, a nuestra vida?

2. La «forma de vida» de las Hijas de la Caridad

Hemos visto la insistencia de los Fundadores —y muy especialmente de Santa Luisa — en este punto fundamental. En los Ecos de la Compañía se han publi-cado numerosos estudios sobre este tema (Cf. diciembre 1981, enero, febrero, marzo y sobre todo abril, mayo 1982, noviembre y diciembre 1983, noviembre y diciembre 1989): Puntos de insistencia para hoy); asimismo en otras publica-ciones (Semanas de Estudio de Salamanca, Encuentros de los Consejos Provin-ciales de España, Ed. CEME, por ejemplo).

Los puntos fundamentales siguen siendo, como siempre:

  • La finalidad de la Compañía
    • ¿Tenemos verdaderamente pasión por los Pobres, nuestros Amos y Señores en Cristo?
    • ¿Cómo comprendemos nuestra misión evangelizadora con los Pobres? ¿Cómo se inscribe en esa misión nuestra inquietud por su promoción?
    • ¿Cómo intentamos vivir la diversidad dentro de la unidad en el Servicio a los Pobres?
    • ¿En qué punto nos encontramos con relación a la revisión de Obras y a nuestros proyectos comunitarios?
    • ¿Cómo intentamos entrar, verdaderamente, en «comunión de vida» con los Pobres?
  • La naturaleza de la Compañía
    • ¿Qué significa para nosotras la expresión «unión íntima y recíproca del don total y del servicio?
    • ¿Hacemos verdaderamente de ella el eje unificador y centralizador de nues-tras vidas, consumiéndonos por Dios en el Servicio a los Pobres?
    • ¿Cómo integramos todos los aspectos de nuestra vida —servicio, oración, consejos evangélicos, vida comunitaria — en ese eje, con el fin de ser Hijas de la Caridad siempre y en todo?
    • ¿Cómo se traduce, de manera concreta, nuestra pertenencia a la Compañía como tal y, más inmediatamente, a una Provincia y a una Comunidad local?
  • El espíritu de la Compañía
    • ¿Ahondamos en el culto al Espíritu Santo? ¿Cómo vemos su acción en nuestra vida de Hijas de la Caridad?
    • ¿Podemos decir que toda nuestra vida está penetrada de un amor sencillo y humilde? ¿Hacemos de ello el objeto de nuestra constante meditación?
    • ¿Profundizamos en nuestra espiritualidad de «siervas» y en las actitudes que de ella se desprenden en el Servicio mismo y en toda nuestra vida?
    • ¿Cómo trabajamos en lograr nuestra madurez humana y espiritual así como nuestro equilibrio de vida?
    • ¿Sabemos cuestionarnos, examinarnos en cuanto a nuestro «estilo de vida» en función de nuestra vocación y del contexto en que la vivimos?

Todas estas preguntas deben confrontarse, también ellas, con la vida y las enseñanzas de Santa Luisa. Escuchémosla:

«¡Ah, queridas Hermanas!, ¡cuánto consuelo me parece que tienen en medio de tanta fatiga! ¡buen ánimo! Trabajen en su perfección aprovechando tantas ocasiones como tienen de sufrir, de ejercitar la dulzura, la paciencia, de aceptar los malos modos y de vencer todas las contradicciones que encuentren.

Tengan un gran corazón que no encuentre nada difícil por el santo amor de Dios… y el de su Hijo Crucificado…» (L.d.M., p. 143).

No puede decirse de mejor manera que la Hija de la Caridad se santifica esencialmente en el Servicio, por el Servicio y para el Servicio de Cristo en la persona de los Pobres y, con mayor precisión todavía, haciendo referencia a Jesús Crucificado, a Jesús Servidor.

II – «Tengan gran cuidado en el servicio a los pobres»

Es muy normal y también significativo que el primer pensamiento de Santa Luisa en su «Testamento Espiritual», vaya dirigido a sus amados pobres, sus amos y señores en Jesucristo.

No podía ser de otro modo ya que era para servirles por lo que el Señor había llamado y reunido a las Hijas.de la Caridad.

A – Comentario

Dejemos, pues, resonar en nuestros corazones esa frase: «Tengan gran cuidado del servicio a los Pobres», como una llamada a que permanezcamos siempre despiertos.

  • para escuchar su intenso clamor
  • para interrogarnos acerca de la calidad de nuestro servicio.

1. Escuchar el clamor de los Pobres

• En las dos conferencias que se celebraron sobre las virtudes de Santa Luisa, las Hermanas insistieron evidentemente en su amor a los Pobres:

«Sentía un gran cariño hacia los pobres —dijo una de ellas— y le gustaba mucho servirles. Yo la vi recoger a algunos que salían de la cárcel, les lavaba los pies, les curaba las heridas y los vestía con las ropas de su hijo» (Conf. esp. n. 2346).

Otra nos refiere esta expresión de Santa Luisa que es todo un programa:

«Somos sirvientas de los Pobres y por lo tanto tenemos que ser más pobres que ellos» (Ibid. n. 2351).

Y San Vicente apoyó con vigor este testimonio:

«Me parece, Hermana, que ha dicho usted una cosa muy cierta sobre ella: que apreciaba mucho la pobreza. Ya veis cómo iba vestida, con toda pobreza. Y esta virtud se daba en ella hasta el punto de que antaño me pidió vivir como pobre. En relación con la Compañía, siempre recomendó que se conservara en dicho espíritu, ya que ése es el mejor medio para que pueda subsistir .. Mirad, pues, Hermanas mías, cómo el Hijo de Dios tuvo este espíritu y cómo os ha dejado esta virtud que la Señorita Le Gras ha observado siempre y os ha hecho observar desde hace veinticinco años: pobreza en vuestros vestidos, en vuestro alimento, en todo lo necesario para vuestro sustento…» (Id. n. 2352)

• Esta relación entre una vida de pobreza y el Servicio a los Pobres resulta para Santa Luisa evidente y necesaria. Así lo repite frecuentemente y con una convicción que tiene empeño en comunicar y transmitir: ¿Cómo servir a los pobres sin ser pobre uno mismo y, sobre todo, sin tener un corazón de pobre…?

Del mismo modo que lo hacía San Vicente, gusta de recordar a las Hermanas sus orígenes, muy humildes para la gran mayoría de ellas, y las pone en guardia contra las tentaciones que se les pueden presentar aun en el ejercicio de sus funciones:

«…como la mayoría de las que entran en la Compañía no tienen costumbre de conversar con personas de elevada posición, de manejar dinero ni de tener muchas cositas que se ven en libertad de tener, cuando empiezan a acostumbrarse a tratar con personas de posición, abusan, se apartan del respeto que les deben y llegan a tal atrevimiento, que podrían hacerse insoportables.

En cuanto al manejo del dinero, podrían llegar a apropiárselo y a usar de él según su inclinación, a hacerse con cosas inútiles porque han visto que otras las tienen y hasta dárselo a sus familiares u otras personas de su preferencia, y esto no sólo de lo suyo, sino del bien de los pobres.

Y esa demasiada libertad que toman con las señoras podría hacer que algunas, por una tolerancia mal entendida y ya medio n disgusto con su vocación, sacasen dinero a las señoras para dArseplo a las que vieran vacilantes y a punto de salir de la Compañía» de M., p. 816, p. 270).

Sustancialmente, estas palabras no han perdido nada de su actualidad.

• Santa Luisa establecía también una relación entre el Servicio a los Pobres y la vida comunitaria, desde la que las Hermanas escuchan juntas las llamadas de los Pobres. Hemos de insistir más adelante en este punto capital, pero observemos de momento la convicción que tenía de que los primeros pobres son las propias Hermanas. Observemos, sobre todo, su extraordinaria disponibilidad hacia aquellas que, por diferentes motivos, merecen especial atención:

«Tenía también — leemos en la conferencia sobre sus virtudes— mucha solicitud con las Hermanas enfermas, yéndolas a visitar con frecuencia a la enfermería; se sentía muy dichosa de poder hacerles algún pequeño servicio, cuidaba de asistirlas a la hora de la muerte y, si era de noche, se levantaba para ello, a no ser que se encontrase muy mal; y si no podía hacerlo ella misma por estar enferma, enviaba todos los días a la Hermana Asistenta a verlas de su parte, darles los buenos días y transmitirles algunas palabras de consuelo.

También procuraba ir a ver a las que morían en las parroquias de París, y les tenía tanto cariño que había que tomar precauciones para comunicarle la muerte de alguna Hermana. Todo esto la conmovía hasta llegar a derramar lágrimas en algunas ocasiones» (Conf. esp. n.° 2346).

Este sentido de los demás iba acompañado de una «humildad admirable», sirviéndonos de la misma expresión de una Hermana, que añadía:

«…esto le hacía mostrar un gran respeto a todas las Hermanas, hablándoles siempre por medio de ruegos, agradeciéndoles con mucho afecto todos los servicios que le prestaban y el esfuerzo extraordinario que algunas tenían que hacer en sus empleos, de modo que a veces me quedé totalmente confundida» (Ibid. n. 2363).

2. Calidad del Servicio

Ese «cuidado del Servicio a los Pobres» fue el que inspiró a Santa Luisa, en el transcurso del Consejo de la Compañía del 20 de junio de 1647, a hacer la si-guiente proposición:

«Padre, ahora queda algo por decir sobre la manera de actuar nuestras Hermanas entre sí. ¿No le parecería bien a usted que todos los días se tomen algo de tiempo para estar juntas, una media hora, poco más o menos, para contarse las cosas que hayan hecho, las dificultades que hayan encontrado, y planear juntas las cosas que tienen que hacer?» (Síg. X, p. 773).

Queda claro que, para ella:

a) Es la finalidad la que establece la Comunidad:

Si no se puede vivir sin razones para vivir, con mayor motivo no se podrá vivir juntas sin razones, para vivir juntas.

Por lo tanto, si perdemos de vista la finalidad que nos reúne, si no tratamos de darle constantemente nueva actualidad en lo concreto de la vida, si no vivimos esa finalidad con bastante dinamismo en la unanimidad, perdemos nuestra razón de ser y la razón que tenemos para vivir juntas.

Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad para continuar la misión de su Hijo junto a los Pobres, para unirse a El, contemplarle y servirle en la perso-na de los Pobres. Bien sabemos que en esto se encuentra el eje centralizador y unificador de nuestras vidas:

«Le ruego sea usted para ella ejemplo de verdadera Hija de la Caridad, que es de Dios para el servicio a los Pobres» (L. de M., p. 622) escribe Santa Luisa a Sor Genoveva DOINEL, al enviarle una Compañera.

En esta misma línea, es como San Vicente pudo decir que el Servicio a los Pobres tenía que ser preferido a todo. Por su parte, Santa Luisa enfoca y explica ella también el famoso «dejar a Dios por Dios»:

«…le suplicó —explica a Sor Lorenza DUBOIS hablándole de su Hermana Sirviente, Sor Bárbara ANGIBOUST— que, si a veces, no es usted tan puntual ya a todas las horas, ya, en caso de necesidad, hasta tener que dejar algún ejercicio, si es por orden de ella, tenga la seguridad de que ella es la primera en sentirlo, aunque comprenda que es dejar a Dios por Dios cuando se deja algún ejercicio a causa del servicio a los Pobres» (L. de M., p. 495).

Anteriormente ya había escrito, y de una manera más explícita quizá, a las Hermanas de Chantilly:

«Espero también que guardan ustedes lo mejor que pueden sus reglas, sin perjuicio para los pobres, ya que su servicio debe ser preferido siempre, pero de la manera que se debe y no según nuestra propia voluntad»… (L. de M., p. 310).

«De la manera que se debe»: se trata siempre de servir a Dios de la manera que El pide a las Hijas de la Caridad, es decir, con una mirada de Fe y de Amor, con una actitud de sierva sencilla y humilde, a través del servicio corporal y espi-ritual, etc.

b) Esto supone comunicación e intercambio a partir del servicio y con miras a él

• A la pregunta que acabamos de ver hizo Santa Luisa con relación a esto, San Vicente respondió con estas palabras que nos resultan muy conocidas:

«…Todos los días, durante el recreo, podéis decir: ‘Hermana, ¿qué tal le ha ido? — Hoy me ha sucedido esto, ¿qué le parece?’… Hay que hacerlo así, y que no pase nada, ni se haga nada, ni se diga nada, sin que lo sepáis la una y la otra. Hay que tener ese trato en común (‘esa mutualidad’)» (Síg. X, p. 773).

Lo que propone la Señorita es una verdadera revisión de vida, o más exacta-mente, una verdadera reflexión apostólica:

  • Ver: «contarse las cosas que hayan hecho…»
  • Juzgar: «…las dificultades que hayan encontrado…»
  • Actuar: «planear juntas las cosas que tienen que hacer…»

• Esta interpretación comunitaria de la vida de servicio, de cualquier forma concreta que se haga, con tal de que sea auténtica y efectiva, nos permitirá adaptarnos cada vez más al designio de Dios sobre nosotros en el quehacer de cada día, será la expresión de una Fe y de un Amor que no dejan de confrontar las vivencias diarias con el Evangelio y con el carisma vocacional.

B – Pistas de reflexión

Estas enseñanzas de los Fundadores, especialmente de Santa Luisa, son tan claras que basta con recordarlas. En cambio, es muy importante que nos pre-guntemos con toda sinceridad si vivimos esas enseñanzas y cómo las vivimos.

1. Contemplando a Cristo en los Pobres

En esta contemplación hay un doble movimiento:

a) De Cristo a los Pobres

• Al pedirnos que tengamos un corazón de pobres, Santa Luisa nos invita a que, como verdaderos discípulos de Cristo, observemos por la ley de las Bienaventuranzas.

Leamos una y otra vez las dos versiones que de ellas nos dan San Mateo (5, 3-11) y San Lucas (6, 20-26). Las dos hemos de tenerlas en cuenta, porque, según el Evangelio, pobres son, a la vez, los desprovistos de todo, los oprimidos desde todos los puntos de vista, y los más cercanos al Reino por su disponibilidad profunda. La misma afirmación se encuentra en el Magnificat. ¿Cómo devolver al hombre su dignidad, cómo anunciarle la Buena Nueva, sin entrar nosotros mismos en una línea de pobreza efectiva y de entrega total?… La mansedumbre, la misericordia, la pureza, el esfuerzo por irradiar la paz y la justicia, la persecución padecida por el Reino, no hacen sino explicitar la primera de las Bienaventuranzas, la de la pobreza. Y son estos otros tantos puntos acerca de los que debemos interrogarnos.

• Contemplemos en Jesús al Pobre por excelencia. «Honrando la pobreza de Jesucristo, que El guardó con tanta perfección…» (L. de M., p. 671), Santa Luisa no deja de ponernos en guardia contra las tentaciones que podrían impedirnos seguirle por ese camino (Cf. L. de M., p. 651). Por eso es tan importante para nosotros impregnarnos de la humildad y de la sencillez de Cristo (Cf. Circulares de Madre DUZAN del 2 de febrero de 1989 y 1990 y Ecos de la Compañía de abril y mayo de 1989 y 1990).

b) De los Pobres a Cristo

Volvamos al célebre texto del Juicio Final (Mt. 25), en el que con tanta frecuen-cia meditó Santa Luisa. En él encontraremos los «signos mesiánicos»: «Id y co-municad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven; los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados y bienaventurado quien no se escandalice de mí» (Lc. 7, 22).

¿Podemos, a partir de esto, decir con verdad que para nosotros el pobre, el pequeño, se convierte en el amo, porque el mismo Cristo se ha identificado con él?

¿Podemos decir que tenemos ese sentido de la persona que fue tan agudo en nuestros Fundadores? ¿No nacieron acaso las Hijas de la Caridad de ese deseo que ellos tuvieron de volver a establecer el contacto directo entre el Pobre y la Caridad de Cristo? ¿Qué no dirían y qué no harían hoy, en un mundo de ano-nimato y de la marginación?

2. Sirviendo a Cristo en los Pobres

Detengámonos esencialmente en dos puntos:

a) El sentido profundo del Servicio

• Sigamos las huellas de Cristo-Servidor. Muchas veces lo hemos repetido: no fue sin motivo alguno por lo que Santa Luisa añadió la palabra «crucificado» al texto de San Pablo: «La Caridad de Cristo nos urge» (2 Cor., 5, 14 ss.). Meditemos bien este texto.

• De hecho, es en su Misterio Pascual donde se hace evidente que las opciones de Cristo son las de un «Servidor» (Cf. L. de M., p. 199). No se trata de un servicio en el que se mira a los demás desde arriba, sino de una actitud que coincide con la de Jesús quien, al contrario, se puso de rodillas ante sus hermanos, cuando iba a entrar en su Pasión, para lavarles los pies (Jn. 13). Ahí es donde tiene que enraizarse nuestro amor, en esa actitud de Jesús.

¿Podemos decir que se nos reconoce como a discípulos de Cristo por ese «amor-servicio»? El mismo nos dice: «Dichosos vosotros si practicáis estas cosas que sabéis» (Jn. 13, 17).

b) Las actitudes concretas

• Las Constituciones (C. 2. 9) señalan los rasgos de la auténtica sierva: dependencia, humildad, desinterés total, disponibilidad profunda y de todos los instantes, compasión afectiva y efectiva con cordialidad y sencillez.

• Podríamos recordar aquí los «pasos» de que hablaba Madre GUILLEMIN y que son propios para unir servicio y presencia:

  • pasar de una situación de posesión a una situación de inserción,
  • pasar de una posición de autoridad a una posición de colaboración,
  • pasar de un complejo de superioridad religiosa a un sentimiento de fraternidad,
  • pasar de un complejo de inferioridad humana a una franca participación en la vida,
  • pasar de una preocupación por la «conversión moral» a una «preocupación misionera».

Y añadía, por otra parte:

«La conclusión se impone: formación de los miembros en este nuevo contexto pero revalorizando la estima hacia la vida consagrada, con demasiada frecuencia minimizada…» (Nota biográfica de Madre Guillemin, Supl. al Eco de la Casa Madre n.° 7, julio-septiembre 1969, p. 196).

• En este aspecto también, toma todo su significado nuestra obediencia.

Para dar respuesta a las llamadas de los Pobres, nuestros amos y señores en Cristo, la Compañía, a todos sus niveles, nos confiere un «mandato» que nos pone a su servicio aquí y ahora y de una determinada manera.

Por esto también, tenemos la seguridad de estar haciendo un «trabajo de Igle-sia», porque nuestra vocación —a condición de vivirla auténticamente— nos ha-ce colaborar en la Misión, en el plano local y en el plano universal.

La aprobación de la Compañía de las Hijas de la Caridad por parte de la Iglesia no tiene solamente un alcance jurídico: es el reconocimiento oficial de su co-operación, según su carisma propio, en la tarea primordial de la Evangelización, «y siendo esto así… somos doblemente Hijas de la Iglesia» (Cf. L. de M., p. 204).

III – «Vivir juntas»

Además de en el Servicio a los Pobres, en nada tenía más interés Santa Luisa que en la unión entre las Hermanas. Ella misma lo expresa de la manera más clara:

«… y sobre todo de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras, para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor».

A – Comentario

En esta reflexión pongamos nuestra atención en los términos-clave:

1. Y sobre todo…

Esta expresión tiene, a primera vista, algo de sorprendente. El Servicio a los Pobres ¿no ha de «ser preferido a todo»?

A mi juicio, la respuesta puede darse a dos niveles:

a) A nivel de la experiencia

La experiencia muestra a Santa Luisa —y podemos comprobarlo nosotros mismos— que las dificultades son lo más a menudo de este orden. Es verdad que ella estaba en contacto, en general, con hermanas rudas y ordinarias. Pero, hoy como ayer, en la vida comunitaria es donde muchas veces se encuentran los escollos. Las exigencias del Servicio, por grandes que sean, se aceptan mejor en conjunto, porque parecen, en cierto modo, algo natural. El don total de la Hija de la Caridad se vive esencialmente en el servicio… Aunque las dificul-tades en el servicio no se excluyan ¿cómo va a entrar en contradicción con ella misma si encuentra demasiado duros a sus «amos y señores»? …

Pero, al entrar en la -Compañía, quizá no pensó bastante en las exigencias de la vida comunitaria. Quizá incluso la idealizaba un poco, olvidando que las personas entregadas a Dios siguen siendo humanas y que la comunidad se construye día tras día al precio de muchos actos de superación. Ponemos el acento en la «comunión de vida» con los pobres; pero, otra cosa es vivir esa comunión entre nosotros y al servicio de los Pobres, a todos los niveles, a pesar de tantas diferencias de edad, de mentalidad, de temperamentos, de culturas, etc.

b) A nivel de la verdadera comprensión de nuestro «estar juntas para la Misión»

Es bien evidente que lo que nos une es (o debiera ser) mucho más fuerte que lo que pueda separarnos. Las diversidades en sí mismas son un tesoro extraordinario cuando se ponen en común con todo lo que tienen de positivo, para res-ponder mejor a lo que el Señor y los Pobres esperan de nosotros…. Esta comple-mentariedad nos permite apoyarnos mutuamente para hacer frente a las dificultades que se presentan y enriquecernos recíprocamente desde todos los puntos de vista…

A la luz de la «forma de vida» que debe ser la de las Hijas de la Caridad, Santa Luisa percibió profundamente esta interrelación entre el Servicio y la vida comunitaria. Precisamente porque el Señor las ha llamado y reunido para el Servicio a los Pobres, la calidad de este Servicio está unida, concretamente, a la densidad de su vida espiritual y de su vida fraterna.

Nos encontramos, de entrada, y una vez más, dentro de una perspectiva de Fe. Cristo, en la persona de los Pobres, nos invita a pertenecerle sin reserva y a servirle de manera unánime con un mismo impulso de amor. La Misión da su sentido a nuestro «estar juntas» pero, si no se diera ese verdadero «estar juntas», ello iría en detrimento de la Misión. Una comunidad no puede construirse más que con Hijas de la Caridad verdaderas, pero una verdadera Hija de la Caridad sabe precisamente que la vida comunitaria es un elemento integrante, un apoyo esencial en su vocación y en su vida de Sierva de Cristo en los Pobres. El «sobre todo» de Santa Luisa expresa, sin lugar a dudas, esta convicción: «Servir a los Pobres juntas», como ella gustaba decir (L. de M. p. 115).

2. «… de vivir juntas en una gran unión y cordialidad, amándose las unas a las otras»

Me gustaría detenerme en los términos «juntas» y «cordialidad», tan queridos por Santa Luisa.

a) Juntas

Acabamos de ver que la vocación es, por el hecho mismo, una «convoca-ción». Esta dimensión relacional es, evidentemente, esencial er) la vida bautismal, participación en la comunión de las Personas divinas.

Llamadas a vivir este bautismo en una «Sociedad de Vida Apostólica», re-cordaremos que este término «apostólica», juntamente con la llamada a llevar a todos nuestros hermanos la Buena Nueva, comporta otros dos significados inseparables del primero y que precisamente ponen el acento en la «reunión»:

Es una llamada a compartir y a continuar la vida de los apóstoles que, reunidos en torno a Jesús, constituyen la primera comunidad de discípulos. Llevar la vida apostólica será, pues, llevar la vida propuesta a los doce por Cristo, vivir a la manera de los apóstoles. Ya en el proyecto de reglamento, redactado en 1645, se nos dice que:

«La Cofradía de la Caridad… ha sido instituida para honrar a Nuestro Señor, su Patrón, y a la Santísima Virgen, y para imitar en cierto modo a las mujeres y jóvenes del Evangelio que seguían a Nuestro Señor y administraban las cosas que le eran necesarias a El y a sus apóstoles. Y al hacer esto, trabajar en su propia perfección, en la salvación de su familia y en la asistencia corporal y espiritual de los pobres enfermos» (Corr. y Escr. p. 714-715).

Es una llamada a compartir y a continuar la vida de las primeras comunidades cristianas, cuyo fervor se nos invita a volver a encontrar, porque ellas vivían bajo el impulso inmediato del Resucitado y de Pentecostés. San Vicente y Santa Luisa no omitieron referirse a un texto como éste:

«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones… Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común… El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar» (Hechos 2, 42 ss).

La comunión de vida en Jesucristo se expresa así en esta comunión fraterna de la que se nos hace notar muy bien que era, para los no creyentes, una invitación apremiante a entrar ellos también en esa comunidad abrazando la Fe. La

Misión comienza en ese momento. Ya conocemos la insistencia de los Fun-dadores en este punto, en los «envíos a misión» y en su correspondencia. Santa Luisa escribía a las Hermanas de Bernay:

«Me regocijo con la esperanza que tengo de que viven ustedes en una gran unión, las dos; que la tolerancia de una con otra hace que no sean más que un solo corazón y una sola alma, en Jesucristo, y que así sirven de edificación a todo el mundo» (L. de M. p. 558).

b) Cordialidad

A esta palabra Santa Luisa añade con frecuencia las de «mansedumbre» y «tolerancia». Conocemos muy bien esta frase que dirigió a las Hermanas de Richelieu:

«La mansedumbre, la cordialidad, la tolerancia han de ser el ejercicio propio de las Hijas de la Caridad, del mismo modo que la humildad, la sencillez, el amor a la Humanidad Santa de Jesucristo, que es la perfecta caridad, son su espíritu» (L. de M. p. 397).

Frase muy esclarecedora, hemos dicho a menudo, porque da a las Hermanas criterios concretos para comprobar si tienen el espíritu de la vocación.

La cordialidad es como el criterio central. Ella comunica a la Caridad fraterna —como a la caridad para con los Pobres, en unidad de vida — sus notas de profundidad (en la palabra «cordialidad» está la raíz cor —en latín «corazón» — ) y de irradiación afectuosa y que comunica dinamismo (se llama «cordial» a una bebida o un remedio que da nuevo vigor a un organismo que se va debilitando).

El verdadero amor es, por naturaleza, «comunicativo», «contagioso» y, por el hecho mismo, constructivo del «cuerpo comunitario», en todos los sentidos de la palabra. Por eso Santa Luisa habla con frecuencia de «cordialidad gozosa»: la alegría es la flor del Amor; y las «obras de caridad» serán su fruto.

Las Reglas Comunes dicen (V, 1):

«Se acordarán con frecuencia del nombre de Hijas de la Caridad que tienen el honor de llevar y procurarán hacerse dignas de él por un sincero y verdadero amor a Dios y al prójimo, y sobre todo amándose y respetándose como hermanas unidas por Nuestro Señor para su servicio, con una particular profesión de obras de Caridad, y harán todo lo posible por conservar entre sí la unión más perfecta».

No podemos menos de pensar en Santa Luisa al leer y meditar este texto que, además, termina con esta recomendación:

«… tratándose todas con mansedumbre cristiana y respetuosa cordialidad, la cual debe siempre resplandecer en sus semblantes y palabras».

3. «… para imitar la unión y la vida de Nuestro Señor»

La expresión «imitar la vida de Nuestro Señor» es clara, a condición de que demos al verbo «imitar» toda su plenitud: no se trata de copiar, por decirlo así, un modelo que seguiría siendo exterior a nosotros, sino de dejarnos asimilar a El por su Espíritu en la línea de nuestra vocación (Cf. C.1, 10; 2,3). La expresión «imitar la unión de Nuestro Señor» es elíptica, esto ocurre con frecuencia en Santa Luisa. A la luz del conjunto de su espiritualidad podemos pensar en:

a) La unión del Hijo con el Padre y el Espíritu Santo

Los Fundadores ven en esta vida trinitaria el alma de nuestra vida comunitaria para el Servicio a los Pobres:

Nos invitan a hacernos «uno» a imagen y bajo el impulso de la Santísima Trinidad. Sólo podremos anunciar a nuestros hermanos que están llamados a entrar en esta comunión de las Personas Divinas si les mostramos, primero, esta Trinidad que de alguna manera está visible en nuestras propias vidas y que las transforma por medio de un Amor que no puede venir más que de lo Alto… Por eso, en Chartres, Santa Luisa pidió «para la Compañía esa fidelidad por los méritos… del Hijo de Dios y de María y que El mismo fuese el lazo fuerte y suave de los corazones de todas las Hermanas, para honrar la unión de las tres divinas Personas» (L. de M., p. 125).

Este culto a la Santísima Trinidad nós llevará a compartirlo todo y a ponerlo todo en común para un servicio mejor:

«Recordarán que las verdaderas Hijas de la Caridad, para cumplir lo que Dios pide de ellas, deben ser como una sola… debemos, para asemejarnos a la Santísima Trinidad, no ser más que un corazón y no actuar sino con un mismo Espíritu, como las tres divinas Personas, de tal suerte que cuando la Hermana que está para los enfermos pida la ayuda de su Hermana, la Hermana que está para la instrucción de las niñas no dejará de ayudarla… teniéndose ambas por escogidas por la Providencia para obrar unánimes y unidas» (L. de M., p. 759).

b) La unión en el Verbo encarnado, de la Divinidad y de la Humanidad

Este misterio de la encarnación redentora, que ocupa tan gran lugar en la espiritualidad de los Fundadores, nos apremia especialmente a:

• vivir «el amor de la humanidad santa de Jesucristo, que es la perfecta Cari-dad» (L. de M., p. 397).

• hacer nuestro en comunidad el Misterio de Nazareth donde se respire un amor sencillo y humilde.

• estar juntas al pie de la Cruz para aprender allí y beber en ella el verdadero amor.

c) La unión de Cristo con sus discípulos y, en particular, con los Pobres

Es la vida entera de Cristo en la tierra, como decía Santa Luisa, la que hemos de meditar e imitar entre nosotras y con los demás.

Puesto que hemos recibido de El el gran mandamiento de la Caridad, pensaremos, una vez más, que no podemos ser evangelizadores sino en la medida en que nuestras comunidades viven e irradian este amor.

B.- Pistas de reflexión

En todo lo que precede hay muchas pistas para una reflexión personal y comunitaria. Fijémonos aquí solamente en:

1. La cordialidad

Ya hemos visto la importancia que le da Santa Luisa. Se trata, ante todo, de una cuestión de «clima» que se hará concreta más especialmente en algunos puntos:

a) Clima general

Depende, como tal, de todas y cada una y de su empeño efectivo por crearlo, mantenerlo, intensificarlo… Santa Luisa veía en ello un signo del Espíritu. Esta fidelidad al carisma propio dará toda su densidad a nuestras relaciones interpersonales y nos permitirá pasar cada vez más de una simple «vida común» a una verdadera «vida comunitaria».

Si ponemos el acento en la participación, el diálogo, el acopio incesante de fuerzas, todo ello favorecerá una real comunión. En el plano humano, el esfuerzo debe ir encaminado a superar los obstáculos que bloquean la relación y a desarrollar todo lo que pueda favorecerla: madurez, discreción, apertura, humor (y al mismo tiempo sentido de la seriedad de la vida), respeto mutuo, relativización de las dificultades y eventuales conflictos. Pero, por encima de todo, es preciso un enraizarniento cada vez más profundo y unánime en la Fe y en la Caridad, con las convicciones fundamentales de nuestro «estar juntas para la Misión», como hemos meditado anteriormente.

b) Algunas ilustraciones

Cordialidad e intercambios

Si el compartir, en todas sus formas, puede y debe favorecer la cordialidad, la presupone, para poder desarrollarse en el clima necesario y para producir sus frutos. El poner en común, el compartir, efectivamente, se refiere sobre todo a lo que somos, más aún que a lo que tenemos y hacemos. En ese aspecto es donde puede hacerse realidad la puesta en común de nuestras riquezas diversas dentro de la complementariedad, de la «mutualidad» con miras a un servicio mejor.

Para esto hace falta mucha confianza. San Vicente respondió a Santa Luisa que era preciso «decírselo todo mutuamente»… Mediante un espíritu de sencillez y de humildad, de pobreza de corazón, podremos no solamente tolerarnos, sino ayudarnos recíprocamente para un crecimiento tan pleno como sea posible. La cordialidad nos permitirá aceptar gozosamente la verdadera ascesis que ello requiere y sin la cual no podemos llevar a cabo nada que sea verdaderamente sólido.

Cordialidad y servicio de autoridad

¡Cuánta cordialidad se necesita para ejercer este servicio como una verdadera función de integración serena de todas y de cada una en la Comunidad, para valorar las diferencias con miras a la unidad de vida y de acción! Se ha podido decir de los Superiores que deben tener el «carisma de síntesis».

¡Qué gran dosis de cordialidad hace falta para favorecer el diálogo a nivel comunitario y a nivel interpersonal! Ciertamente, la Hermana Sirviente no pueda nada ella sola, pero, precisamente, ella debe ser la primera, como decían los Fundadores, en luchar con la palabra y el ejemplo contra el individualismo y, sobre todo, en promover un clima de corresponsabilidad real. Cordialidad y reconciliación

La vida comunitaria es difícil; es preciso tenerlo en cuenta y pensar que no podremos avanzar si la comunidad no es un lugar de perdón y de reconciliación. ¿Quién más que las Hijas de la Caridad, debe encontrar e instaurar en dicha comunidad un espacio donde se experimente la misericordia?…

Solamente un clima evangélico y cordial puede hacernos vivir esta «corrección fraterna» como un medio para progresar en nuestra respuesta al Señor y a los Pobres. Ya comprendemos que se trata, en efecto, de un caminar progresivo y unánime: es mediante la Contribución paciente de cada una como se construirá, poco a poco, una vida comunitaria de calidad. En ella podremos comprobar si los ardores que nos animan son «llamaradas» o vienen del Espíritu purificador, pacificador, estabilizador…

2. La revisión de vida

Ya se trate de la tradicional «conferencia del viernes», de la revisión de vida comunitaria, de la reflexión apostólica, podemos decir que es un medio privilegiado de renovación espiritual desde todos los puntos de vista, si en ello se pone, efectivamente, el verdadero espíritu:

«No omitan ustedes… hacer los viernes la breve conferencia. Le aseguro, querida Hermana, que no sé de otro ejercicio más apto para hacernos fieles a Dios y mantenernos cordialmente unidas en su santísimo Amor» (L. de M., p. 496).

Recordemos solamente algunas ideas para nuestra reflexión:

Se trata esencialmente de un «espíritu».

Cualquiera que sea el método que se emplee, es necesario aprender a hacer una «re-lectura» de lo vivido a nivel comunitario y apostólico para confrontarlo con el Evangelio y con el carisma vocacional y para dejarse interpelar personal y comunitariamente. De ello deben resultar unas orientaciones concretas.

Hay referencias obligadas.

No podemos referirnos a todo a la vez, pero no podemos perder de vista: la Misión, las Constituciones, los principales documentos de la Iglesia y de la Compañía, el proyecto provincial y local, el proyecto pastoral de la Iglesia local.

El proyecto comunitario merece una mención especial ya que se inspira en las citadas referencias. La revisión de vida se hace normalmente a la luz de dicho proyecto. Y cuando se trata ya de elaborar éste o de revisarlo, el momento privilegiado para hacerlo es el de esa revisión.

Es el fruto, una vez más, de un caminar.

Lo mismo que la vida comunitaria en sí misma, la sensibilización para la revisión de vida y su verdadera realización se va haciendo progresivamente. Volvemos a encontrar el «clima» del que hemos hablado. Hace falta ingeniarse para favorecer y suscitar los intercambios, prever y establecer las posibilidades concretas. La revisión de vida supone la vida y el deseo sincero y constructivo de compartir esa vida para avanzar JUNTAS.

IV. «Pidan mucho a la Santísma Virgen que sea ella su única Madre»

En el momento en que las primeras Hermanas iban a perder a su «madre», ésta les pedía que consideraran a María como su verdadera y única Madre. Esta expresión que ya le era familiar y querida (Cf., por ejemplo, L. de M., pp. 279, 596, 600, 722), adquiere entonces una resonancia especial.

La Compañía no habría de olvidarlo, tanto es así que ha podido hablarse de su «carácter mariano» (estatuto 7), carácter que no es otro —no hay necesidad de decirlo— que el del Cristianismo, el de la Iglesia, pero que la Compañía vive, como todos los demás, en relación con el carisma vocacional. Las apariciones y el mensaje de 1830 no harán sino reforzarlo más y actualizarlo.

A – Comentario

En efecto, siguiendo a Santa Luisa, las Hijas de la Caridad esperan esencialmente de la protección y de la imitación de María la gracia de responder en plenitud al designio de Dios sobre ellas. Ponen sus ojos en María para que Ella sea su Guardiana, su Educadora a lo largo de su caminar de Fe y de Amor.

1. Madre y «Guardiana» (L. de M. p. 125)

La idea o la imagen tan bella de «guardián», «centinela», «vigía», la encontramos con frecuencia en la Biblia. Y la piedad cristiana no ha dejado de aplicarla a María, Madre de Cristo y Madre de todos los hombres..

a) La Compañía bajo la protección de la Santísima Virgen

En su peregrinación a Chartres para encomendar y consagrar a María la Compañía naciente, el lunes 16 de octubre de 1644, Santa Luisa pedirá, pues, «por los méritos de la Sangre del Hijo de Dios y de María», la fidelidad a la voluntad de Dios, insistiendo de manera especial en la pureza y en la caridad fraterna.

San Vicente expresaba los mismos sentimientos el 8 de diciembre de 1658:

«… Hijas mías: para obtener esta gracia (el espíritu de la vocación), recurramos a la Madre de misericordia, la Santísima Virgen, vuestra gran Patrona. Decidía: «Puesto que esta Compañía de la Caridad se ha fundado bajo el estandarte de tu protección, si otras veces te hemos llamado Madre nuestra, ahora te suplicamos que aceptes el ofrecimiento que te hacemos de esta Compañía en general y de cada una de nosotras en particular. Y puesto que nos permites que te llamemos Madre Nuestra y eres realmente la Madre de misericordia, de cuyo canal procede toda misericordia, y puesto que has obtenido de Dios, como es de creer, la fundación de esta Compañía, acepta tomarla bajo tu protección…» (Conf. esp. n. 2211).

Unos meses después de la muerte de Santa Luisa, Margarita CHETIF, que fue su sucesora al frente de la Compañía, escribía a Maturina GUER IN, la que, a su vez, habría de sucederla a ella y durante muchos años:

«Le ruego siga pidiendo a nuestro Buen Dios, que se digne ser nuestra dirección y gobierno, y a la Santísima Virgen que sea Ella nuestra Madre y Superiora». (Archivos Casa Madre).

Algún tiempo antes, Sor Francisca NORET había escrito por su parte a Sor María DONION, refiriéndose a Santa Luisa:

«Nos ha dejado a la Santísima Virgen como única Madre» (Arch. Casa Madre).

Prueba de que las recomendaciones de Santa Luisa no habían quedado co-mo letra muerta, es que aquel 15 de marzo de 1660, «entre las once y las doce» (Gobillon), la Compañía volvió sus ojos hacia María, como más adelante lo haría Catalina Labouré y tantas otras, al perder a su madre de la tierra. Muchas veces me he sentido impresionado por el fervor y la calidad del culto mariano de las Hijas de la Caridad. Pido a Dios que lo sigan profundizando cada vez más. Nada menos que Juan Pablo II, después de haberles expresado su satisfacción por haber apreciado en ellas un renuevo a nivel de la oración, terminaba diciéndoles:

«Supliquemos a la Madre del Redentor, única Madre de la Compañía, que guíe y acompañe a todas las Hermanas en su entrega al Señor y en su trato con los Pobres» (Cf. Ecos de la Compañía, junio-julio 1985 pp. 273-274).

b) La respuesta dada por María a la Compañía

¡Cuántos testimonios podríamos aportar de la respuesta dada por María a esta confianza filial! Es cierto que la Madre de los pobres y de los corazones pobres no podía dejar de «acompañar» —sirviéndonos de la misma expresión de Juan Pablo II — a la Compañía.

Pero aquí podríamos aplicar las palabras de Cristo: «Buscad primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura» (Mt., 6, 33).

Buscar primero el Reino de Dios cuando invocamos a María, es — repitámoslo — esperar de Ella esencialmente que nos haga participar en su fidelidad de «Esclava del Señor», con la convicción íntima de que, en su maternal delicadeza, nos alcanzará todo lo demás por añadidura.

«Soy toda tuya, Santísima Virgen, decía Santa Luisa, para ser más perfectamente de Dios» (L. de M., p. 670). La doctrina y la piedad marianas de los Fun-dadores eran sólidamente cristocéntricas, cristológicas. Quedaban integradas en el conjunto de su espiritualidad y en lo concreto de su vida. Ahora bien, si la imitación y el seguimiento de Cristo consisten esencialmente en dejarnos impregnar por su Espíritu, dentro de nuestra vocación, a eso es a lo que por encima de todo y en todo momento nos ayuda María al darnos a Cristo y al llevarnos a El.

Las Apariciones de 1830, apenas terminada la Revolución Francesa, son sin duda el ejemplo más convincente de lo que acabamos de decir. Sin duda es un inmenso favor el que la Virgen nos ha otorgado al servirse de una Hija de la Caridad, y por lo tanto de nuestra familia espiritual, para transmitir su mensaje de confianza y de conversión. Pero ello nos trae la evidencia de que nosotros hemos de ser los primeros en vivir de ese mensaje y dar testimonio de él, como tan bien lo comprendió Catalina Labouré por su parte.

Como no puedo tratar aquí con todo detalle este tema, me permito, una vez más, remitirles a los Ecos de la Compañía de mayo a septiembre de 1980. Con motivo del ciento cincuenta aniversario de las Apariciones, reflexionamos entonces detenidamente sobre el contenido de la Medalla Milagrosa, sobre la manera de integrarla en nuestra espiritualidad y en nuestra vida, sobre las responsabilidades que más especialmente nos incumben a este respecto, aun cuando no sean las únicas o exclusivas. En las pistas de reflexión podremos insistir en ello.

2. Madre y «Educadora»

Santa Luisa fue una gran formadora, no sólo con relación a las Hijas de la Caridad, sino también a numerosas señoras que aprendieron de ella a servir a los Pobres dentro del marco de una sólida vida cristiana, algunas de las cuales llegaron a hacer Ejercicios Espirituales bajo su dirección.

Al pedir a las Hermanas que consideraran a la Santísima Virgen como a su única Madre, las invitaba, como ella misma había hecho, a que la tomasen como «Maestra de vida espiritual» ¿Quién mejor que María podía enseñarles lo que tenían que vivir y la manera de vivirlo? María las educaría, pues, en:

a) Una verdadera vida de Fe de Hija de la Caridad

En su Inmaculada Concepción, misterio al que Santa Luisa tuvo una devoción especial, María se nos muestra totalmente receptiva y transparente con relación a la vida divina. María enseñará, pues, a la Hija de la Caridad esa Fe sencilla que habrá de permitirle permanecer siempre interiormente libre para servir al Señor y a los Pobres. La sencillez va unida a la solidez y firmeza. Por eso con razón se ha dicho que la Medalla Milagrosa en su sencillez es un verdadero compendio doctrinal, una verdadera catequesis destinada al uso de los pequeños y humildes.

El mismo sentido tiene también el Rosario, oración de «pobres» para los pobres. Al meditar los misterios con sencillez de corazón, la Hija de la Caridad podrá contemplar la adhesión tan perfecta de María al Misterio de la Salvación: los misterios de su Hijo son «sus» propios misterios, porque en su Fe ejemplar —esa Fe que proclamó Isabel— correspondió con toda fidelidad a todo lo que el Señor quería de Ella, dentro de su designio de amor sobre la humanidad.

b) Una verdadera vida de Esperanza de Hija de la Caridad

En su Anunciación, María es la «sierva» totalmente disponible. Su «SI» se une al del Hijo de Dios que toma carne en su seno. En Ella se da la verdadera humildad que pone toda su confianza, toda su esperanza en el Señor, dejándola obrar como bien le parezca: «El Espíritu sopla donde quiere… No sabes de dónde viene ni adónde va…» (Jn., 3, 8).

En este punto nos hallamos en el centro del culto mariano de Santa Luisa y aun en el centro de su espiritualidad: el Misterio de la Encarnación que se prolongará en cierto modo en el Pobre, la participación de María —la Sierva-delSeñor en la realización del plan de Dios sobre la humanidad, grito de esperanza al que nos convidará también, llegado el momento, la Medalla Milagrosa, uniendo íntimamente la «omnipotencia suplicante» del Corazón de María al «Todopoder» del Corazón de Cristo, nuestro Único Salvador y Mediador.

Aquí radica el sentido de la «consagración a María», cuyo punto de referencia fundamental es la consagración bautismal tal y como tenemos que vivirla en nuestra vocación. Por otra parte, esta palabra, en todo su rigor, implica que no podemos consagrarnos sino a Dios, es decir, ofrecernos activa y generosamente a la consagración que El mismo opera en nosotros por su Espíritu. La consagración a María no tiene sentido más que en relación con esto, en relación también con el lugar y la misión que Ella ocupa en el misterio de la Salvación. Santa Luisa emplea la expresión de «oblación» a María, nuestra Madre y Educadora, y en Chartres lo que hizo fue ofrecer a Dios, por intercesión de María, «los designios de su Providencia sobre la Compañía de las Hijas de la Caridad». Todos los años, en el «acto de consagración» del 8 de diciembre, se expresan esos mismos sentimientos, ratificando a la vez la pertenencia de la Compañía a María Santísima y los compromisos que de esa pertenencia se derivan, con la plena confianza de que lo que Ella guarda, bien guardado está. Esta Esperanza se hará comunicativa a través del Servicio a los Pobres.

c) Una verdadera vida de Amor de Hija de la Caridad

Llena, rebosante de la infinita misericordia de Dios, la Virgen María no puede por menos de ser, por excelencia, la «Madre de Misericordia», como se complacían en llamarla San Vicente y Santa Luisa. Si la Caridad de Jesús Crucificado nos apremia, no podemos olvidar que al pie de la Cruz se hallaba María y que fue allí donde «oficialmente» se convirtió en nuestra Madre. Por lo tanto, si queremos aprender a amar con el verdadero amor, a nadie mejor que a Ella podemos dirigirnos. Ella nos enseñará a llegar a tener un corazón de pobres para poder acoger la Misericordia divina y para irradiarla, después, como Ella y con Ella, a nuestros hermanos necesitados:

«Santísima Virgen, tú que hablas por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar —decía San Vicente—, te suplicamos, estas buenas hijas y yo, que asistas a esta pequeña Compañía. Continúa y acaba una obra que es la mayor del mundo; te lo pido por las presentes y por las ausentes…» (Conf. esp. n. 1.361).

Todo esto lo encontramos en el mensaje de la Medalla Milagrosa.

Por eso, el Misterio de la «Visitación» captó también la atención de nuestros Fundadores. Podríamos decir que las Hijas de la Caridad son las «Visitandinas» de la Caridad, que siguen los pasos de María cuando, portadora de Cristo, se puso en camino aprisa movida por el Espíritu. Si la Caridad es eminentemente misionera, y si la Misión es principalmente «obra de Caridad», esto puede comprobarse de una manera innegable cuando se trata del «Servicio corporal y espiritual de los Pobres» y de la «promoción integral» de éstos, en cuanto hombres y en cuanto hijos de Dios.

Fue durante su Visitación cuando María proclamó el Magnificat, canto Misericordia divina que había hecho maravillas en su humilde sierva y no ha dejado de manifestarse de generación en generación, despidiendo a los ricos con las manos vacías y saciando a los hambrientos con el pan de la justicia. «La misericordia es la manifestación más sorprendente del poder de Dios», decía el Padre POUGET (citado por Jean GUITTON en las «Logia», p. 287). De esa manifestación de la que debemos ser los testigos y los mensajeros.

B – Pistas de reflexión

No hace tanto tiempo que el Año Mariano de — Pentecostés de 1987 a Asunción de 1988— nos ha proporcionado la oportunidad de reflexionar acerca de la calidad de nuestro culto mariano. Podríamos volver a leer la Encíclica «Redemptoris Mater», publicada con tal motivo, sobre «la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia en marcha» (Cf. su Presentación en Ecos de la Compañía de julio y septiembre de 1987).

Las Constituciones (2, 16), fieles al pensamiento de Santa Luisa, quieren que las Hijas de la Caridad reconozcan a María como «Maestra de vida espiritual» y que, como Ella, hagan de su propia vida un culto a Dios y de su culto un compromiso de vida. Esta frase nos sugiere dos pistas:

1. La «solidez» o firmeza de nuestra devoción mariana

Cuando más se va descubriendo a Santa Luisa, tanto más se va descubrien-do también la riqueza de su pensamiento en el plano doctrinal y en el plano espiritual. Queda uno asimismo asombrado de la manera como asimiló —para su propio provecho y para los demás— la identidad de la Hija de la Caridad. Como ya lo hemos dicho, su culto mariano queda integrado en el conjunto de esa identidad.

a) Solidez doctrinal

¿Sabemos, nosotros, acoger en la Fe el lugar que el mismo Dios otorga a María en el Misterio de la Salvación? Se trata de una cuestión primordial, porque:

— no tenemos que «inventar» a María o «configurarla» según nuestros gustos, ideas o deseos. Tenemos que refutar, tanto a los que quisieran «recuperar» a María bajo formas más o menos erróneas o tendenciosas (intimismo, sentimentalismo, formalismo, incluso bloqueos político-religiosos, etc.), como a los que pretenden «minimizarla» porque temen, por ejemplo, que la renovación mariana actual llegue a ocultar en cierto modo al Único Mediador, Jesucristo, y a su Iglesia, o quiera dispensarnos del verdadero compromiso misionero.

De lo que se trata es de recibir filialmente a María de manos de Dios, que nos la ha dado para que, por Ella, llegue hasta nosotros el Salvador. Todo queda dicho en esta frase de San Pablo: «Al llegar la plenitud de tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción» (Gal., 4, 4). Sí, Dios nos ha predestinado a ser sus hijos en su Hijo encarnado: María queda, por siempre, inseparable de la realización de ese Misterio de la Encarnación Redentora. ¿Podemos decir que nuestro culto mariano es la expresión de esta convicción fundamental?

En cuanto a lo que se refiere a la Compañía, hemos visto más arriba lo que podrían llamarse los tres pilares de su devoción mariana (C. 1. 12): La In-maculada Concepción, la Anunciación, la Maternidad de María (con una referencia especial al misterio de la Visitación). Nos compete, pues, profundizar en esas bases doctrinales, tanto en sí mismas como en su repercusión en nuestra vida.

Sirviéndose del Índice analítico de los Escritos espirituales de Santa Luisa, es fácil llegar a impregnarse de todo lo que ella dice sobre el tema. No podemos dispensarnos de este esfuerzo ni de preguntarnos, en este caso también, cómo pasamos del «amor afectivo al amor efectivo», tanto en el plano personal como en el plano comunitario y en el plano apostólico.

Otro eje de nuestra reflexión podría ser el de encontrar todo esto en la Medalla Milagrosa (Cf. Ecos de la Compañía de febrero y marzo de 1988. Una actualización del carisma vicenciano: el mensaje Mariano de 18301. De hecho, se da un doble movimiento: de la Medalla a los Fundadores; de los Fundadores a la Medalla. La Medalla es como una luz que ilumina la piedra mariana de los Fundadores, poniendo de relieve, al explicarla, toda su riqueza permanente. La piedad mariana de los Fundadores nos permite captar mejor el mensaje de la Medalla con su contenido doctrinal, porque se sitúa en una continuidad de la enseñanza de aquellos, actualizándola en función del mundo de increencia y de «nuevas pobrezas» en el que nos ha tocado vivir.

b) Solidez espiritual

Quien dice «vida espiritual», dice vida en el Espíritu, según el Espíritu, y, por lo tanto, en el espíritu de la vocación, según el espíritu de la vocación. María, guardiana y educadora, nos ayuda a profundizar en la humildad, la sencillez, la Caridad, que constituyen el ser mismo de la verdadera «sierva de Jesucristo en la persona de los Pobres».

Aquí también, tomemos de nuevo el índice analítico y acudamos a los Escritos de Santa Luisa. Con ella, podremos aprender de María la entrega total de la Hija de la Caridad y de manera especial cómo se traduce esa entrega en la vida de oración.

«Quien quiere seguir a Jesucristo, encuentra a la que lo recibió del Padre. María, la primera cristiana, la consagrada por excelencia, está presente en la vida de la Compañía desde sus comienzos» (C. 1. 12).

Por eso, encontramos también, en C. 2. 5: «La renovación de los votos… se hace… en la fiesta de la Anunciación, día escogido por Santa Luisa para asociar al Fiat de la Virgen su propia donación y la de sus hijas». Y la primera línea específica de la formación veremos que es «la asimilación del pensamiento de los Fundadores, en particular su espíritu de humildad, sencillez y caridad y la devoción filial a la Santísima Virgen» (C. 3, 6).

— En cuanto a la oración, se trata en primer lugar de impregnar toda la vida de la Hija de la Caridad en la presencia divina: el tan conocido «dejar a Dios por Dios» significa esa unidad de vida que permite encontrar al Señor tanto en los momentos dedicados a la oración — momentos, por supuesto, indispensables— como en el Servicio a los Pobres, según los imperativos del programa:

«De la Santísima Virgen se dice que recogía en su corazón las palabras de su Hijo… Pues bien, mis queridas hijas, … ¿qué no hemos de hacer nosotros para intentar conservar en nuestros corazones la unción de estas santas palabras?… (Conf. esp. n. 673).

De María Inmaculada, la Hija de la Caridad aprenderá a orar con esa humilde receptividad con relación al Espíritu Santo; de María Sierva, aprenderá a orar con humildad y disponibilidad; de María, Única Madre de la Compañía, aprenderá a orar por los Pobres, con los Pobres y, sobre todo, con un corazón de pobre.

2. Nuestros compromisos de vida

a) Nuestro compromiso junto a los Pobres debe unir «servicio y presencia»

¿Es verdaderamente nuestro Servicio la mejor expresión de nuestra entre-ga total?

«…No hacen otra profesión para asegurar su vocación más que por esa confianza continua que tienen en la Divina Providencia y el ofrecimiento que le hacen de todo lo que son y de su servicio en la persona de los Pobres».

Así reza la «Carta Magna» de las Hijas de la Caridad, y eso será precisamente lo que hará «de la propia vida un culto a Dios», a ejemplo de María y con su ayuda.

¿Está nuestro Servicio penetrado de «contemplación»?

«…Por todas estas consideraciones deben tener tanta o más virtud que si fueran profesas en una orden religiosa; por eso, procurarán portarse en todos esos lugares por lo menos con tanta modestia, recogimiento y edificación como las verdaderas religiosas en su convento».

Este final de la «Carta» nos da lo que podríamos llamar la «contemplación específica» de la Hija de la Caridad, que encuentra a Cristo en el Pobre. Es así como María la ayuda a hacer de su culto —de su contemplación— un compromiso de vida, uniendo «servicio y presencia»: presencia junto al Pobre, presencia junto a Cristo en el Pobre, esfuerzo por hacer sensible al mismo Pobre a esa presencia operante de Cristo en su corazón y en su vida.

b) Nuestro compromiso o actividad debe traducir nuestra «pasión» por el Pobre

«Pasión»… estar «apasionados». Recapacitemos en estas palabras, que evocan ante todo a Cristo en su Misterio Pascual: «La Caridad de Jesús Crucificado nos apremia». El, sí que está «apasionado» de amor por nosotros. «No hay mayor prueba de amor que la de dar la vida por los que se ama». El Cristo de la «Pasión» es el que se nos muestra en los Pobres, con los que se identifica, identificándose también con su sufrimiento. Lo encontramos en ese amor de preferencia que les profesa, amor que es el que nos «apremia» a vivir, también nosotros, esa «pasión». Podemos ir repasando todos estos puntos y, al hacerlo, nos daremos cuenta de qué modo María es inseparable de todos ellos, partiendo de su presencia en el Calvario y siguiendo con la irradiación de misericordia que va dejando en la marcha de la humanidad y de la Iglesia.

¡¿Cómo es posible que haya cabido el temor de que la devoción mariana perjudicara a nuestro fervor misionero o debilitara nuestro afán en el Servicio a los Pobres?! ¡Si éste es, precisamente, un criterio para reconocer la autenticidad de todo culto mariano! María es la «Estrella de la Evangelización» y más especialmente de la «Nueva Evangelización», que nos arma con amor y audacia para que no retrocedamos ante los riesgos que se impongan cuando se trate del bien de los humildes, de los marginados. Con su Hijo, María nos repite: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien pierda la vida por mí y el Evangelio, ese la salvará» (Mc., 8, 35). Su «Magnificat», al que ha podido llamarse «la revolución de Dios», es un cántico de Esperanza para los Pobres, un cántico para una civilización del Amor, un cántico para una evangelización destinada a preparar esa civilización del Amor (Cf. Ecos de la Compañía, marzo 1988, pp. 88-89).

De todo esto pueden sacarse muchas consecuencias prácticas para nuestra forma de entregarnos al Servicio a los Pobres. Este espíritu es el que hay que tratar de infundir a las Juventudes Marianas, Movimiento de oración y de educación en la Fe, aprendiendo de María, que ha de desembocar, de una forma o de otra, en el apostolado, en la promoción integral del Pobre, en la participación en la construcción de la Iglesia y de la ciudad humana según el designio de Dios. ¿Quién, mejor que María, puede enseñarnos todo esto?

«Pidan mucho a la Santísima Virgen que sea Ella su Única Madre».

Estas últimas palabras de Santa Luisa siguen interpelándonos hoy.

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