2. LA INFANCIA.
1. La madre.- 2. Lugar y fecha de nacimiento de Vicente de Paúl.- 3. El primer biógrafo.- 4. Las Landas.- 5. El campesino de la época.- 6. La familia del santo.- 7. La casa familiar actualmente.- 8- El niño.- 9. El hogar.- 10. La Santísima Virgen y la madre.- 11. El padre.- 12. Vicente destinado para los estudios.
La madre. El niño Vicente racionalizó, inconscientemente y de forma intuitiva, su fe en su ego, por el apego a su madre. Esta infancia apacible, prestándose a continuación a fantasías regresivas del hombre maduro, fue turbado por una nube, la rivalidad del padre ante la felicidad del pequeño.
Lugar y fecha de nacimiento de Vicente de paúl. Vicente de Paúl nació en 1581 en Pouy, (se pronuncia Pouille; hoy San Vicente de Paúl), en Las Landas, cerca de Dax. El niño creció bajo el feliz patronazgo de dos santos: San Vicente de Xaintes y San Vicente Ferrer.
El primer biógrafo. Fue Abelly quien hizo repetir a los biógrafos del santo una fecha de nacimiento cinco años anterior a la fecha real. Vicente, habiendo sido ordenado sacerdote antes de la edad prescrita por un canon del concilio de Trento, el primer biógrafo prefirió admitir una fecha de nacimiento errónea, ocultando de esta forma, la falta canónica. Sin embargo, san Vicente ha mencionado demasiadas veces su edad exacta, como para que la fecha de su nacimiento no fuera ignorada por los suyos. Éstos, hasta conocían el día exacto, 24 de abril.
Las Landas. El terruño que vio la infancia de Vicente era entonces, mucho más que hoy día, una comarca lóbrega, paisaje de surcos pobres, de terrenos pantanosos, numerosos estanques, reflejando un cielo, que la proximidad de los Pirineos hacía triste. Pero el sur de las Landas, regado por el Adour, gozaba de verdes bosquecillos y fértiles campos.
El campesino de la época. Esta región, a las puertas del Verán protestante, conoció muy bien las atrocidades de las guerras religiosas. En 1571 los hugonotes atacaban Dax, cuyo castillo resistió bien al enemigo. Las hazañas de sus indómitas tropas dejaron un siniestro recuerdo en las pobres chozas landesas. El reinado de Enrique IV traía un tiempo de sosiego a los pobres campesinos oprimidos. Tenían sus provisiones necesarias y dormían en sus camas.
La familia del santo. Los padres de Vicente de Paúl eran campesinos de clase humilde, a pesar del «de» de su apellido. Algunos biógrafos han llegado a sacar conclusiones sobre la supuesta nobleza de estas familias campesinas. Sin embargo esta clase de apellidos tomados del lugar con un «de» son frecuentes en la región: aún hoy día encontramos en la parroquia natal de Vicente una casa y un arroyo nombrados Paúl. El señor Vicente firmaba como Depaul. Él dijo en varias ocasiones que era el hijo de un pobre labrador. La madre, antes de ser la mujer de un pobre campesino, una de las Moras, había sido sirvienta.
La casa familiar actualmente. El nombre de Paul es común en la región desde principios del siglo XVI. En el siglo XVII se mostraba en Pouy la casa natal de san Vicente. Se hizo lo imposible por conservarla. La antigua morada ya no existe, aunque algunos biógrafos aún la mencionan. Cuando cayó en ruinas, se construyó un oratorio sobre el lugar. La actual capilla, ubicada un poco más lejos, se construyó después de la Revolución. Después del derrumbe de su primera morada, la familia de Paúl ocupó la casa de Ranquine, la cual se encuentra cerca de la capilla. Hoy ha sido convertida en museo y es el centro de peregrinaciones, que atrae a muchas personas desde muy lejos hacia la pequeña estación de tren Berceau-de-Saint-Vincent-de-Paul y el pueblecito gascón. Allí, las Hijas de la Caridad, grises-azules y con la gran toca de corneta blanca, se ocupan de un hospicio y de orfelinatos, cuyos edificios, talleres, etc. se encuentran al lado del seminario de los futuros sacerdotes de la Misión. Así las dos congregaciones gemelas, fundadas por san Vicente, son fieles al antiguo niño landés. El museo muestra la habitación de los padres, la de las hijas en la parte posterior y la del hijo, cuya puerta comunica con el cuadra de los bueyes. Frente a la casa se levanta la encina de la niñez del santo, varias veces centenaria.
8. El niño. Vicente era el tercer hijo de cinco, tres varones y dos hembras. El pequeño manifestaba sentimientos caritativos desde su infancia. Un día regaló a un pobre su capital: treinta maravedís. En otra ocasión, al volver del molino –que aún existe, muy pintoresco- a donde había ido Vicente a moler el trigo de su padre, regaló harina a los pobres que encontraba. Sin embargo, algunos biógrafos modernos no dan mucha credibilidad a estas piadosas anécdotas. A pesar de ello, están en concordancia con el carácter del hombre maduro y con la expresión de una caridad innata, que encontramos en los cuadros del señor Vicente. Abelly se había informado sobre la infancia de Vicente con Juan de Saint-Martin, canónigo de Dax y amigo del santo desde la juventud. Estas anécdotas contienen, de todos modos, una verdad psicológica referente a la disponibilidad de Vicente.
Vicente era pastor. Pastoreaba los rebaños de su padre, a veces lejos de su domicilio. En búsqueda de mejores pastos, probablemente debió dormir a cielo raso. Si los sueños del pastorcito lo llevaban más allá del horizonte azul, no lo hacía por motivos líricos o bucólicos, sino por fines prácticos, como se revelarían después.
Más tarde, Vicente nos dará el encantador relato de la vida frugal en la casa paterna: «En el país de donde yo vengo…se alimentan con un pequeño grano llamado mijo, que pone a cocer en un puchero; a la hora de la comida, se vierte en una fuente, y los familiares se colocan alrededor para tomar su parte; después van al trabajo». Este alimento seguramente no fue extraño a la circunstancia que llevó al niño al raquitismo. Creemos ver en ello los rasgos de esta frente extraordinariamente amplia de Vicente, fenómeno que, a veces, explica la presencia de talento y de inteligencia por encima de la media general. Además, las piernas le fallaría muy pronto al señor Vicente, lo cual podría ser consecuencia del raquitismo de la infancia.
9.El hogar. Se vivía feliz en la casa, detrás de la vieja encina, en el hogar conducido por una madre piadosa. Después, misionero de las pobres gentes del campo, Vicente les dirá «más de cien veces», que él las consideraba felices en su forma de vida. «En ningún lugar», dice en otra ocasión, hablando de la vida en el campo, «se encuentra más fe, más hábito de orar a Dios en la necesidad, más agradecimiento a Dios en la prosperidad». Sin duda, durante su larga vida de apóstol, aumentó su conocimiento de los pobres labradores. Pero el acento íntimo de su palabra refleja siempre las impresiones de su propia familia y de su infancia, tesoros del subconsciente. Vicente dirá más tarde que conoce desde la infancia a las buenas pueblerinas, y creemos ver en las dos hermanas de Vicente modelos de «jóvenes campesinas», de las que el superior de las Hijas de la Caridad nos daría el clásico retrato: «No hay mayor obediencia que la de las jóvenes campesinas. Vuelven de su trabajo a la casa para tomar una pobre comida, cansadas y fatigadas, mojadas y enlodadas; apenas han llegado, si el tiempo es propicio para trabajar, o si su padre o su madre se lo piden, inmediatamente vuelven a la tarea, sin pensar en el cansancio, en el barro, y sin mirar cómo están arregladas». Las jóvenes del campo «están felices con lo que tienen… Y referente a sus bienes, jamás piensan en ello… y están encariñadas con la pobreza». El amor positivo de la pobreza, que se vuelve útil en la obra social de san Vicente, es la herencia de esta infancia junto a una madre santa y pobre.
10. La Santísima Virgen y la madre. El culto a la Virgen era ferviente en el país de Vicente. En la planicie a donde llevaba Vicente a pastar su rebaño, se encontraban las ruinas de una capilla consagrada a la Santísima Virgen. Término de antiguas peregrinaciones, fue incendiada por los calvinistas en 1570, pero fue reconstruída en 1622, después de ciertos milagros ocurridos en el lugar. Abelly cuenta que el pastorcito oraba en esas ruinas. Nos habla también de la devoción del jovencito, colocando una imagen de la Virgen en la cavidad de la vieja encina de la casa paterna Algunos biógrafos modernos no prestan atención a tales anécdotas. Pero ¿por qué no? La jornada era larga. Sin duda la fantasía de Vicente estaba preocupada por las miserias del pasado, contadas de boca en boca en el pueblo. Pero la imaginación del pequeño se llenaba, sobre todo, de otros asuntos: está deslumbrado por la bella imagen de la Virgen que veía, sin duda, en la iglesia parroquial. Debía orar a Santa María, y el vivaracho cerebro del pastorcito vibraba de ansiedad. Al atardecer brumoso volvía a casa, cansado, con sus vacas, sus ovejas y sus cochinos. Sabía que su madre lo esperaba. Pero, en esos momentos, el padre estorbaba al celoso corazoncito. Cuando la madre acostaba a su hijo, inclinada sobre su lecho, la imagen maternal se introducía en los pañales inconscientes del alma del niño, confundiéndose con la de la Virgen celestial.
11. El padre. «El primer objeto de culto que tiene el niño son los padres». El padre representa «la ley»; la madre representa «el evangelio». Lejos de la casa paterna, el señor Vicente nos pintará un día el idilio de amor mutuo de la madre y el hijo: es la imagen del amor de los fieles hacia Nuestro Señor. «Es necesario amarlo tiernamente, dice, como el niño que no puede separarse de su madre y grita «¡Mamá!» en cuanto la ve alejarse». Aprecia a su padre: «El hijo de un labrador», dirá sesenta años después de separarse de él, «cree que su padre y su madre son los seres más competentes que haya podido engendrar la naturaleza». Pero a su excelente padre no le tenía afecto. El mismo señor Vicente, ya anciano, nos cuenta un hecho de su infancia, que le producía confusión. Era muy niño cuando su padre lo llevaba con él a la ciudad; esto no le gustaba. El viejo «iba mal vestido y cojeaba»: Vicente se avergonzaba de ir con él y de reconocerlo como su padre.
12. Vicente destinado para los estudios. Solamente Vicente estudió de entre sus hermanos. Probablemente el cura del pueblo adivinó las cualidades del joven; quizá se debió a él que el joven supiera apreciar la vida urbana tan pronto. Si el sacerdote recomendó la educación del joven, sin duda Vicente era el menos indicado para el trabajo del campo. El padre de Vicente se dejó entusiasmar para hacer de su hijo un eclesiástico, como un joven familiar, que llegó a ser prior y ayudaba mucho a los suyos con la renta de su cargo eclesiástico.
Vicente fue recibido en la escuela de los Franciscanos en Dax (antiguamente Acqs, del latín Aquae, por sus importantes baños termales). Un tierno niño fue separado muy pronto de su madre. Sin duda ella le consolaba en el momento amargo de la despedida. Era necesario triunfar en el mundo para volver a verla: sublimación precoz de un primer dolor, sublimación empero, que la madre no pudo aprovechar.
En efecto, su padre sería decepcionado en sus cálculos sobre su hijo como futuro benefactor de la familia. He aquí las razones: primeramente la pobreza, después la negligencia –comienzos, en fin, solapadamente predestinados por la escasez infantil de amor, causa de la introversión de la libido natural. Encontraremos en el señor Vicente bastantes circunstancias no sublimadas. Había tantas razones, que iban a destruir los frutos de su fidelidad a la madre, por largo tiempo observada.






