El mensaje de Sor Lucía Rogé

Francisco Javier Fernández ChentoTestigos vicencianosLeave a Comment

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Autor: Miguel Lloret, C.M. · Año publicación original: 1992 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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Sor Lucía Rogé, H.C.

Sor Lucía Rogé, H.C.

«Amar es darlo todo y darse uno mismo».

Este estribillo que acompañó a Sor Lucía ROGÉ mientras depositábamos en la tumba sus despojos mortales resume muy bien lo que ella quiso ser y vivir. En su «testamento espiritual» pide que no se hable de ella, sobre todo en sus funerales: «que todo se haga con la mayor sencillez, según el espíritu de los Fundadores«. Su deseo se respetó, me parece. Y si ante la cercanía del aniversario de su muerte (lunes 15 de abril de 1991), he querido poner «la Renovación de 1992» a la luz del «mensaje» que nos ha dejado, no es tanto con la intención de hablar de ella, como con la de que ella pueda hablarnos todavía o, más exactamente, con la intención de que el Señor siga interpelándonos a través de su testimonio.

Ahora, en la luz celestial, nuestra Hermana es infinitamente más consciente que podía serlo cuando estaba en la tierra, de lo que recibió de la misericordia divina, para sí y para los demás. Como cada uno de nosotros, tuvo que luchar día tras día para corresponder a tantas gracias, y lo conseguía unas veces mejor que otras. Pero su amor a la Compañía y a los Pobres fue, con toda lealtad, afianzándose y fortaleciéndose cada vez más, especialmente por un fervoroso movimiento de «acercarse a las fuentes» y una insistencia incesante en los valores fundamentales de la vocación que podríamos resumir en una frase que le era muy querida: «el espíritu de siervas«.

* * *

I – «Retorno a las fuentes«

Su contacto durante catorce años con Madre GUILLEMIN, el vivir en la época de pleno «aggiornamento» de la Iglesia y de la Compañía, tras el Concilio especialmente, teniendo que impulsar las Asambleas Generales llamadas a elaborar las nuevas Constituciones— fueron otras tantas circunstancias que llevaron a Sor Lucía Rogé, como a todos nosotros, a dirigir una detenida «mirada a los orígenes«, a sentirse sensibilizada por el espíritu de los Fundadores y de las Primeras Hermanas… Todo eso es lo que tenemos que «trasladar«, que hacer pasar a «nuestro hoy«.

A – Mirada dirigida a los orígenes

1. Situación

Ante todo y sobre todo, de lo que se trata es de responder a las múltiples llamadas de los Pobres, transmitidas por Obispos, por las «Caridades» de las parroquias, los «Padres de los Pobres» y por otros bienhechores. Hay que afrontar valientemente riesgos, pruebas de todas clases, hasta calumnias y persecuciones. A la sobrecarga de actividades, hay que añadir las responsabilidades más diversas, sin descartar las iniciativas más inesperadas.

Pero aquellas «Hermanas» poseen también el sentido de lo real y lo concreto. No en balde la mayoría de ellas son de origen rural. Saben unir una gran sencillez con cierta reserva y con una prudencia bien comprendida. Una vez que han dado respuesta a determinada urgencia, quedan disponibles para acudir a otro lado. En medio de las dificultades, la carencia de comunicaciones es un sufrimiento y a veces les ocurre estar contando los días cuando no han podido ponerse en contacto con San Vicente o Santa Luisa.

2. Rasgos de identidad

Llama la atención que el carácter específico de la Compañía esté tan bien establecido desde el principio. El amor a los Pobres en Jesucristo domina su vida hasta el último aliento de sus fuerzas. El servicio es su razón de ser, su «primera y última obligación«, como dice el Reglamento del Hospital de Angers y como se desprende con toda claridad en los diversos contratos. Se harán solidarias de las condiciones de vida de los desfavorecidos: frugalidad en la alimentación, austeridad en el estilo de vida, etc.

No son ciertamente «santas de vitrales«, pero su entrega total a Dios se traduce, en último término, por una extraordinaria disponibilidad. La castidad y la obediencia, que tienen con frecuencia que superar pruebas y dificultades, liberan sus corazones y acrecientan su fortaleza para el servicio a sus hermanos. Tienen el sentimiento muy vivo de pertenecer a la misma familia espiritual. Es cierto que la colaboración tan estrecha —aunque no siempre fácil — que existe entre los Fundadores contribuye a darles ese sentimiento y a afianzar su confianza: «Dios hará con ustedes las veces de Padre y de Madre«, escribe bellamente San Vicente a Maturina GUÉRIN, el 3 de marzo de 1660, al anunciarle la extrema gravedad de la Señorita LE GRAS y pensando, sin duda, que él «no tardará en seguirla«.

«En resumen —escribe Sor Lucía ROGÉ—, en la vida de las primeras Hermanas se encuentra:

  • el eje de la Fe en Jesucristo, a Quien aman, reconocen y sirven en los Pobres;
  • una proximidad con estos últimos mediante el servicio, el género de trabajo que desempeñan y su estilo de vida;
  • una gran libertad interior para permanecer fieles a su vocación, a la que aman «afectiva y efectivamente»» (Ecos de la Compañía, 1984, p. 274).

3. Fidelidad creciente

Pensando en nuestra fidelidad de hoy, Sor Lucía ROGÉ proponía estos tres puntos, en los que tantas veces insistió:

a) El sentido de pertenencia a la Compañía

En realidad, lo que está en juego es la fidelidad al designio de Dios. Las primeras Hermanas reconocieron en el interior de ellas mismas la «fusión» entre el carisma de la Compañía y su propia llamada. La vocación de Hija de la Caridad nace de esa «fusión«. Por eso, la Hija de la Caridad «no hace un servicio«: «es sierva«. Lo que es para ella un «estado permanente«, cualquiera que sea su quehacer… o su «no-hacer» aparente. Así es como contribuye por su parte y unida a sus Hermanas, a la fidelidad efectiva y actual de la Compañía.

La Compañía, en sí o a través de sus Provincias y sus Comunidades locales, es el lugar en que arraiga la vocación, el ambiente en que esa vocación se vive sin cesar y se verifica en la comunión fraterna, en el compartir, en el enriquecerse mutuamente. Al decir esto queda puesto de relieve el papel primordial del Proyecto Comunitario, del clima de la convivencia, de la fidelidad viva al carisma original. Es la Compañía quien envía hacia los Pobres, quien crea lazos de unión entre las Comunidades y las Provincias. Si cada una de las Hermanas ha de sentirse acogida y escuchada por esa familia, ella, por su parte, tiene que sostener al conjunto, propagando vida e integrando en esa vida las Constituciones que son, tanto para ella misma como para las demás Hermanas, «camino de santidad«.

b) La libertad interior

Ese sentido tan agudo de la pertenencia a la Compañía permitió a las primeras Hermanas sustraerse a las presiones exteriores y a las posibles desviaciones. Pensemos, por ejemplo, en cómo supieron resistir a las exigencias arbitrarias del Párroco de Chars: no ceden ante su doctrina jansenista, y la persecución de que son objeto por su parte termina con la marcha de las Hermanas de aquella Parroquia. Todas ustedes conocen la admirable respuesta de Sor Bárbara ANGIBOUST a la Duquesa de Aiguillon:

«Señora, salí de casa de mis padres para servir a los pobres, y usted es una gran Señora, poderosa y rica. Si usted fuera pobre, Señora, yo la serviría don gusto«.

Tenemos aquí la expresión de una Fe profunda en Jesucristo, que permite establecer una jerarquía de valores, no al estilo del mundo, sino según el espíritu evangélico, el espíritu de las Bienaventuranzas. Es la felicidad y la libertad que tienen los hijos de Dios. Iluminados con esta luz es como permaneceremos libres para expresarnos, sin intolerancia pero con claridad; para ver con lucidez las situaciones y detectar las reclamaciones de la naturaleza, de todo orden, que ellas pudieran ocultar. Para ello, necesitamos tomar cierta perspectiva, necesitamos tiempo para reflexionar y orar tanto a nivel personal como comunitario.

c) El espíritu de iniciativa y creatividad

Quedamos admirados ante la ingeniosidad de las primeras Hermanas. Tenemos, por ejemplo, a María JOLY, que se lanza a una explotación granjera, mientras otra imagina y utiliza con fruto un método pedagógico para enseñar a leer rápidamente, causando admiración a los que lo presencian. Es verdad que Santa Luisa, por su parte, había creado lo que podríamos llamar el primer taller de ergoterapia en el Asilo del Santo Nombre de Jesús donde estableció toda clase de medios para proporcionar a los pobres una ocupación útil, como la fabricación de tejidos, forro de botones, zapatería de nuevo y de reparación del calzado, y para las mujeres: encajes, confección de guantes, fabricación de alfileres… Francisca FANCHON hace dulce y jalea que vende fuera de casa para proporcionarse medios con que atender a los niños expósitos que tiene a su cargo. Otras van juntas, en plena noche, cuando arrecia el frío a depositar haces de leña ante la puerta de los pobres, para que se los encuentren por la mañana, al despertarse, sin pasar por la humillación de recibirlos de limosna.

Esta ingeniosidad era fruto de una convicción íntima que se traducía en algo visible y atrayente: se admiraba en ello no sólo a personas sino a comunidades evangélicas, pobres al Servicio de los Pobres, operantes y comprometidas, orantes y sencillas. La vida de las primeras Hermanas nos desafía a imitarlas en su creatividad, o más exactamente, a llegar nosotros también hasta la raíz de esa creatividad. Ya recuerdan, sin duda, que una de las preocupaciones más acuciantes de Sor Lucía ROGÉ fue la de dar respuesta a las llamadas, tan propias de nuestro tiempo, de los refugiados, esparcidos a través del mundo: los de Camboya en Tailandia, los de América Central en México, los de Uganda en el Zaire, etc. Es éste un ejemplo de las múltiples miserias con dimensión internacional, de las que nos llegan, como de rebote, ráfagas a nuestros barrios urbanos y aun a ciertas zonas rurales. Ahora bien, la verdadera inventiva del amor no puede emanar, por definición, más que del Espíritu de Amor y de nuestra docilidad en dejarnos conducir por El y que nos haga partícipes de su libertad creativa.

B. El espiritu de los fundadores

«Doy gracias al Señor por haberme llamado a la familia de San Vicente«. Esta frase tan sencilla de Sor Lucía ROGL, en su «testamento espiritual«, va repleta, como advierten los que la han conocido de cerca, de su intenso amor a los Fundadores, de su «familiaridad«, siempre creciente con el espíritu de éstos. El «Retorno a las Fuentes» requiere de nosotros ante todo ese conocimiento «desde dentro» que nos permite, a cada uno de nosotros —con su personalidad y su historia propias—, llegar a asimilar cada vez más aquello que decía San Pablo: «la manifestación del Espíritu (que se otorga) para común utilidad» (1 Cor., 12, 71.

Creo poder afirmar que, día tras día, y sobre todo a partir del momento en que tuvo que asumir pesadas responsabilidades, Sor Lucía ROGÉ se sintió de manera especial en consonancia con Santa Luisa, sobre todo cuando se trató de la preparación de la celebración del 350.° aniversario del nacimiento de la Compañía, en 1983. Esto dejó en ella profundo impacto y acrecentó hasta un alto grado, podríamos decir, una especie de «connivencia» con la Fundadora, de la que nos toca a nosotros recoger ahora los benéficos frutos.

Sea como quiera, me parece que la expresión «andadura» o «caminar» es la que mejor resume y traduce su manera de percibir a los Fundadores.

1. Caminar de San Vicente

a) Un dejarse invadir progresivamente por el Espíritu

En el caso de San Vicente —como también en el de Santa Luisa, aunque de diferente manera — se percibe de un modo bastante súbito la irrupción del Espíritu al cabo de un período de maduración más bien oscura. Nosotros sabemos ahora a dónde quería llevarle Dios. Pero él no lo sabía, como tantas veces lo repitió después. Se trata, pues, de un punto capital: invasión progresiva por parte de Dios en su vida, que permite a San Vicente dejarse arrastrar por una fuerza misteriosa e insistente hacia el Servicio a los Pobres. Decide corresponder a esa fuerza, reconoce a Jesucristo en los desfavorecidos y abandonados y su respuesta no puede ser otra que la de un «amor afectivo y efectivo«, uniendo siempre el servicio corporal al servicio espiritual.

Es ese realismo en el servicio el que impulsa a Vicente a agrupar a las Señoras, como más adelante lo hará con los Sacerdotes de la Misión y con las Hijas de la Caridad. Estas últimas habrán de ser auténticas siervas, de las que ve el prototipo en Margarita NASEAU. Se reúnen en torno a la «Señorita» porque comparten con ella y entre sí una misma identidad, «un designio común«.

b) Una dilatación y diversificación del carisma

Poco a poco, la trayectoria del carisma se va dilatando. El mismo San Vicente hace esta descripción, en la famosa conferencia del 18 de octubre de 1655, sobre «el fin de la Compañía«. Después de haber recordado a las Hermanas por qué se han entregado a Dios, va enumerando los diversos servicios que se les han ido proponiendo sucesivamente: los enfermos, los niños, los encarcelados, los ancianos, los refugiados. Pero no lo da por terminado:

«… No sabemos si viviréis lo bastante para ver que Dios da nuevos empleos a la Compañía…»

No obstante, no duda en asegurarlo con tal de que las Hijas de la Caridad sean fieles a lo que es su razón de ser y a su «modo de vida«:

«Tenéis que estar dispuestas a servir a los Pobres en todos los sitios a donde se os envíe… Estad dispuestas a abrazar todos los trabajos que la divina Providencia os depare… Tenéis que preguntaron: ¿Para qué ha instituido Dios la Compañía de la Caridad? ¿Para qué me ha llamado aquí? Y luego responderos: Para honrar a Nuestro Señor, para servirle en los Pobres y para hacer todo aquello en lo que El ha querido emplearme…» (Conf. esp. nn. 1396 y 1398).

Esta actitud de apertura y acogida ante todas las nuevas proposiciones de la Providencia —a la que San Vicente no quiere que nos adelantemos, que «saltemos» por encima de ella — muestra con evidencia que el carisma es tinte todo docilidad atenta al Espíritu. Así es como San Vicente e igualmente Santa I uisa, seguirán mociones interiores sucesivas, siempre nuevas pero sin apartarse (le una continuidad. El carisma se diversifica en fidelidad a una misma visión de Fe que nos pide que nos despojemos cada vez más, siendo por ello cada vez más receptivos, estando cada vez más disponibles ante las mociones del Espíritu.

c) Una actitud preferencial y constante de humildad

Por eso, la actitud preferencial y constante es la de la humildad. Es verdad que esta opción entra en la lógica del servicio: por eso se convierte en la recomendación prioritaria que hace en todos los envíos a misión. La humildad ha de vivirse en la sencillez del don total y de la perfecta disponibilidad. Por eso, bueno será que nosotros reservemos a este espíritu el lugar que le corresponde, tal y como lo presenta San Vicente:

«Hijas mías, tened mucho cuidado de que no se deslicen entre vosotras ciertos apegos que os impidan estar con toda flexibilidad entre las manos de Dios, porque de ahí podría resultas que ya no iríais a un lugar a donde su bondad querría concederos la gracia de enviaros…» (Conf. esp. n. 208).

En definitiva, es una incitación a la Esperanza. Desde el momento en que entramos —y cada vez más— en la consideración de los rasgos principales del «Cristo de San Vicente«, del que tenemos que revestirnos, echamos las bases fundamentales para que viva y crezca el carisma, en nosotros y a través de nosotros. Todo debe juzgarse y emprenderse iluminados por esta luz. Las Constituciones lo recuerdan con claridad:

«La llamada que oyeron las primeras Hermanas sigue suscitando y reuniendo, a través del mundo, a las Hijas de la Caridad, que se esfuerzan por beber en sus fuentes las inspiraciones e intuiciones de los Fundadores, para responder, con fidelidad y disponibilidad siempre renovadas, a las necesidades de su tiempo» (C. 1. 3).

2. Caminar de Santa Luisa

Este caminar se ha puesto de relieve, de diferentes maneras, por los numerosos estudios llevados a cabo con ocasión del Cuarto Centenario del nacimiento de Santa Luisa (Cf. «Ecos de la Compañía«, enero 1992). Juan Pablo II habla explícitamente de ello en la carta dirigida con este motivo a Madre Juana ELIZONDO (Cf. «Ecos de la Compañía«, octubre 1991). En cuanto a Sor Lucía ROGÉ, gustaba de entresacar en la vida de Santa Luisa dos líneas de fuerza:

Una mística, en comunión con Jesucristo Crucificado, a través del sufrimiento y la pobreza;

Una mística, totalmente entregada a Dios y comprometida en su servicio en la persona de los Pobres.

La evolución habría consistido en integrar el primer rasgo en el segundo, para acceder, finalmente, a una admirable realización. Encontramos aquí, de manera original, las etapas clásicas de: la vía purgativa, iluminativa y unitiva.

a) Etapa de configuración

Nos es conocido todo lo que dejó una huella dolorosa en la infancia y juventud de Luisa: ausencia de una madre, muerte del padre en el momento en que entraba en la adolescencia, estancia en una pensión modesta en la que hizo el aprendizaje de la pobreza, su viudez, sus tormentos ocasionados por su hijo…, etc. En su corazón van surgiendo exigencias que trazan los rasgos de su fisonomía espiritual. Se nos presenta ya penetrando en la unión con Jesucristo Crucificado, tanto más por el hecho de no poder dar cumplimiento a su deseo de hacerse religiosa. Preciso le será aceptar una espera en Fe; pero todo contribuye a hacerla entrar en una búsqueda inquieta que habrá de perdurar mucho tiempo y que la va cincelando en la humildad.

Es verdad que la «Luz» de Pentecostés va a llevarle una pacificación, hasta que llegue el momento de cumplirse lo que Dios le ha hecho entrever. Este acontecimiento va a impregnar en adelante su existencia y a traducirse en una devoción fiel al Espíritu que cuida de legar a sus Hijas. Pero de ello surgen para Luisa exigencias más imperiosas: mortificaciones, multiplicidad de ejercicios piadosos, exámenes de conciencia, etc. San Vicente hará lo posible por atenuar tanto rigor. Así es como de exigencia en fidelidad y de fidelidad en nuevas exigencias, Luisa se encamina hacia una entrega en la que será totalmente de Dios dándose totalmente a los Pobres.

b) Etapa de realización

En efecto, día tras día, gracias a la ayuda de San Vicente, va descubriendo con mayor profundidad la realidad de los Pobres y de la pobreza. Por fin, llega el «Envío a misión» de 1629. Luisa sale de sí misma para contemplar con sus propios ojos la ruina de los campos y aldeas de Francia. Por otra parte, la oposición que a veces encuentra sirve para afianzarla y fortalecerla ante las resistencias humanas. La redacción de los informes de sus visitas la obliga a formular juicios objetivos y concretos. Además, posee un don de organización y de administración, un sentido de la realidad que no tienen nada que envidiar a los de San Vicente. Su penetración psicológica se va agudizando a medida que se opera la «descentralización» en ella misma. Así puede llegar a discernir entre las «jóvenes» que se le presentan aquellas que van a poder seguirla y convivir con ella en la «mística del Pobre«: Jesucristo, a quien se reconoce y sirve en ese pobre.

A partir de julio de 1634, San Vicente lee y comenta a las doce primeras Hermanas su primer Reglamento. En su humildad, Luisa se sorprende, e impulsada por la Fe, alaba a Dios. De vez en cuando se levanta alguna oleada de inquietud; pero junto a los Pobres encuentra un punto de referencia: «los pobres se contentan con poco«. Y toma su defensa, llegado el caso, con tono firme y directo, como por ejemplo cuando escribe a la Superiora de las Benedictinas de Argenteuil que ha desviado, o permitido que se desviara de su vocación, a una Hija de la Caridad. Toda la finalidad de la CompÇñía queda condensada en esta carta, poco corriente, del 16 de mayo de 1639.

¡Ya la tenemos, pues, «lanzada«!… Y no se detendrá más. Parece que ha encontrado por fin cómo dar suelta a todo su potencial de Amor a Dios y al prójimo. La experiencia de las situaciones vividas anteriormente no se aparta de ella y le sirve como purito de apoyo para el nuevo servicio. Puede uno imaginar el grado de dominio de sí misma al que ha llegado, cuando se la ve compartir plenamente la vida de las muchachas del campo, cuyas reacciones y costumbres tan lejos están de su propia educación. Y va desprendiéndose cada vez más de sí misma. Bárbara BAILLY dará el siguiente testimonio:

«Tuvo un gran celo por la salvación de las almas. Iba de pueblo en pueblo para instruir a los pobres, enseñó en las escuelas. Y en tales circunstancias tuvo que vivir tan pobremente que llegó a acostarse en el suelo sobre un poco de paja…»

A pesar del nuevo ritmo de vida, se ve persistir en ella, de cuando en cuando, la tendencia a inquietarse. Siguiendo un impulso de Fe, va a Chartres a ponerlo todo en manos de María y le pide la destrucción de la Compañía antes de verla establecerse «en contra de la voluntad de Dios«. Estas últimas palabras son reveladoras. Vive de continuo en una actitud de pobreza, como lo demuestran todas las preguntas que dirige a San Vicente. Como los pobres, se halla en una continua «inseguridad«, pero permanece extraordinariamente abierta al Espíritu para todo lo que se refiere a la Compañía. Pensemos, por ejemplo, en la firmeza con que persiguió y obtuvo la dirección de San Vicente y sus sucesores para las Hijas de la Caridad. Y da las razones de su tenacidad: en el caso contrario, tiene la certeza de que «no se serviría ya a los pobres ni se cumpliría por nosotras la voluntad de Dios«. Tal era su sentimiento profundo y la lógica de toda su conducta.

c) Etapa de la culminación

Después del matrimonio de su hijo, en 1650, Santa Luisa entra en la última etapa. Es cierto que debe de experimentar un sentimiento de paz interior después de tantas perturbaciones. Su actividad se amplía: envío de Hermanas a Polonia, múltiples fundaciones. Incansablemente, recuerda los objetivos prioritarios que giran en torno al servicio a Cristo en los Pobres, traza el camino para alcanzarlos, es decir: unión con Dios, mortificación, humildad, caridad fraterna… y controla si ese camino se sigue efectivamente.

El 8 de agosto de 1655, San Vicente lee el acta de erección de la Compañía y nombra a Santa Luisa Superiora «de por vida, como lo ha hecho con la bendición de Dios y por misericordia suya desde el establecimiento de esta Cofradía hasta el presente» (C. XIII, 574; Síg. X, p. 715). No parece turbarse ni por lo que a ella se refiere ni por la obra emprendida, a pesar de su deseo de pasar a ser «una de tantas«. En adelante, es raro que en sus cartas hable de sus problemas personales. Sigue adelante el trabajo interior de desprendimiento. Su devoción a la Santísima Virgen la impulsa a pedir a San Vicente que consagre toda la Compañía y cada una de las Hermanas, el 8 de diciembre de 1658, a la «Unica Madre» de la Compañía.

En enero de 1660, pide, una vez más, que «no se decaiga» en el servicio a los Pobres, que no se aparte la Compañía de «la vida pobre, sencilla y humilde«. Acepta, en la forma en que la Providencia lo disponga y por amor a Nuestro Señor, el no tener a San Vicente a su lado. Se encamina hacia el Señor con la seguridad de que en El encontrará la plenitud del gozo y de la paz. Su testamento espiritual nos deja la profundidad de su mensaje. En la víspera de la Renovación, no puede darse meditación más adecuada. Así lo recomendaba, precisamente, Sor Lucía ROGÉ, que tan bien había sabido asimilar su contenido.

* * *

Para concluir este aspecto del «Retorno a las Fuentes«, les propongo qué pongan de nuevo los ojos en las primeras Hermanas, o de una manera más concreta, en esas dos figuras señeras que fueron Margarita NASEAU y Bárbara ANGIBOUST.

1. Margarita NASEAU. Sor Lucía ROGÉ dedicó una Circular del 2 de febrero, la de 1983, a Margarita, y de ella decía: «Es nuestro Moisés«, pues Dios la llamó unos meses antes del 29 de noviembre de 1633. Decía también: «Es nuestro precursor«. Fue ella la «que mostró el camino a las demás«, como gustaba de repetir San Vicente. Con motivo del 350.° aniversario del nacimiento de la Compañía, se les imponía a las Hijas de la Caridad el deber de justicia de detenerse a contemplar a aquella a quien deben haber plasmado en su vida el carisma y de preguntarse en qué forma puede y debe inspirar su vida de hoy. De Margarita aprenderán especialmente:

• Una interioridad fecunda

A través de luces y sombras, Margarita se preparó silenciosamente al cumplimiento del designio de Dios sobre ella. También nosotros, en la intimidad con el Señor, encontraremos luz y fortaleza para cumplir nuestros deberes. Necesitamos tiempos de «desierto«: «Habitó en lugares donde no había más que las paredes«; tiempos de reflexión, de abastecimiento y acopio.

• Una humildad perseverante

Margarita se decide a aprender a leer para poder ayudar a los demás, y sin desalentarse ante las dificultades persevera en su decisión. Consiente en aceptar los «plazos» para llegar al resultado. Da a controlar su andadura espiritual. Hace suyas las proposiciones de servicio que se le sugieren y que difieren de su primera opción. Entra en una vida de solidaridad con los pobres y se somete en absoluto a las disposiciones de la Providencia. Esta humildad es la que sigue confiriendo autenticidad a la vocación de la Hija de la Caridad, desde todos los puntos de vista: humildad que se aprende del Espíritu mismo, el Espíritu de las Bienaventuranzas.

• Un gozo espiritual

Aquí también se proyecta la luz paradójica de las Bienaventuranzas: «Bienaventurados seréis…«. ¿Poseemos e irradiamos esa alegría?… Cristo quiere colmarnos de ella: alegría que nos proporciona, en la Fe, la certeza de que Dios nos ama infinitamente; alegría de poder dar testimonio de la presencia y la acción del Resucitado: «En esto conocerán que sois mis discípulos«. Esta alegría es comunicativa, tanto a nivel de la Comunidad como del Servicio: no en balde forma parte integrante del «anuncio de la buena nueva a los Pobres«… La verdadera amistad es portadora de alegría y esperanza…

Sí, la Renovación les proporciona la ocasión de hacer cobrar nueva vida en ustedes a la Esperanza y al Amor, siguiendo los pasos de Margarita NASEAU.

2. Bárbara ANGIBOUST. Según Coste (I, 299, nota 2; Síg. I, 333, nota 2), Bárbara ocupa el lugar más importante después de Santa Luisa en los primeros veinticinco años de la historia de la Compañía. Uno de los textos más bellos que ha llegado hasta nosotros es el de la Conferencia sobre sus virtudes, el 27 de abril de 1659. En Bárbara encontramos y de manera impresionante:

• La comprensión del carisma

Es cierto que se encontraba entre las doce primeras que, el 31 de julio de 1634, escuchaban a San Vicente expresar en su primigenia lozanía, los valores fundamentales de la vocación, palabras que dejaron profunda huella en Bárbara. Ella fue la que, después de haber dicho a la Duquesa de Aiguillon las palabras que hemos citado más arriba, volvió llorando junto a San Vicente, a quien causó enorme alegría, no disimulada.

Bárbara se distinguió por su mansedumbre, su espíritu de Fe, su competencia, su disponibilidad. Por cinco o seis veces impidió que los guardianes maltrataran a los galeotes, poniéndose de rodillas para implorar clemencia. Ella era la que de noche y por carecer de cunas, sostenía en sus brazos a los pequeños expósitos…

• La configuración con Jesús, Servidor

Verdadera Hija de la Caridad, asume sin cansarse todas las exigencias de la vida de «sierva«. De ella dice el propio San Vicente: «No he visto nunca que nuestra querida Sor Bárbara hiciese algo contrario a lo que debe hacer una verdadera Hija de la Caridad» (Conf. esp. n. 2240).

Una Hermana refiere: «A pesar de que algunas veces se irritaban contra ella hasta arrojarle por tierra el caldo y la carne, diciéndole todo lo que les sugería la impaciencia (se trata de los galeotes), ella lo sufría sin decir nada y lo volvía a recoger con mansedumbre, poniéndoles tan buena cara como si no le hubieran dicho ni hecho nada» (Conf. esp. n. 2243).

• La humildad de la sierva

El esfuerzo por practicar la humildad era en ella una actitud de sinceridad. Se conocía bien a sí misma, de tal manera que solía firmar sus cartas: «Bárbara la orgullosa«. Al recordarlo, Santa Luisa explicaba que lo hacía así por un deseo no interrumpido de adquirir el espíritu de las sirvientas.

Por eso, su humildad corría pareja con la auténtica libertad interior de que ya hemos hablado. Santa Luisa podía afirmar: «No la he visto nunca volverse atrás de sus propósitos» (Conf. esp. n. 2251). Y es verdad que la verdadera sierva no se echa atrás ante nada. Es una de las formas de entrar en un camino de solidaridad con los pobres. En ese sentido, durante un viaje, Bárbara se negó a sentarse a la mesa y compartir la comida con una gran señora, diciendo: «Nosotras somos pobres… y hemos de tratarnos como los pobres» (Conf. esp. 2256).

Me parece que, en la víspera de la Renovación, podemos hacer nuestra la conclusión de San Vicente:

«Demos gracias a Dios… por el buen uso que hizo nuestra Hermana de la gracia de su vocación. Pidámosle que llame a esta Compañía muchas almas que le sean tan fieles como ella; esforcémonos por nuestra parte en imitarla. Y… propongámonos trabajar en la práctica de las virtudes de esta sierva de Dios, pero verdadera Hija de la Caridad, que quiere decir verdadera hija de Dios» (Conf. esp. n. 2252).

II – La «sierva»

Juntamente con el tema del «Retorno a las fuentes» —y confundiéndose en cierto modo con él—, tenemos este otro del «espíritu de siervas» en el que Sor Lucía ROGÉ insistió tantísimo. Como San Vicente, que no tenía más que un sermón «al que daba vueltas de mil maneras», podría decirse, exagerando un poco, que Sor Lucía no tuvo más que ese tema en los labios y en el corazón, al que se refería sin cesar y a propósito de todo. Consideraba, con razón, que todo el ideal y toda la vida de la Hija de la Caridad quedaban esencialmente expresados con esta palabra de «sierva». No podemos, pues, encontrar mejor punto de meditación que éste, en la víspera de la «Renovación».

San Vicente —lo hemos visto en el artículo anterior— conocía muy bien ese «estatus» o condición social. Había tenido ocasión de ver con sus propios ojos el trabajo duro que desempeñaban las sirvientas de aquella época en las familias ricas, como la de los Gondi. Era un estilo de vida penoso y agotador, ya se tratase de su manera de estar alojadas, vestidas, alimentadas y aun de las mismas condiciones del trabajo: dependencia total, inseguridad, humillación, desprecio. Es necesario tener presente en el pensamiento esta dimensión sociológica si se quiere dar toda su expresión a la dimensión mística y evangélica: «Es muy justo —dirá Santa Luisa— que las siervas sufran con sus amos los pobres».

Cuando las Constituciones (2. 9) dicen: «Cualesquiera sean su forma de trabajo y su nivel profesional, se mantienen ante los Pobres en una actitud de siervas, es decir, en la puesta en práctica de las virtudes de su estado: humildad, sencillez y caridad», se refieren indudablemente a esa doble dimensión. En seguimiento de Cristo que dijo: «Estoy entre vosotros como el que sirve», e imitando a María, la Esclava del Señor, el interrogante que se nos plantea, de manera especial en este 25 de marzo, es más que nunca: «¿Qué hacemos de nuestro ideal de «siervas»? ¿Qué significa para nosotras en profundidad? ¿Cómo se traduce de manera efectiva?».

A – Hija de la Caridad, sierva de los pobres

Tenía yo unos quince años cuando descubrí por primera vez, bajo la firma de una Hija de la Caridad, aquellas misteriosas e interminables iniciales: i.h.d.I.C.s.d.l.p.e. (indigna Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfermos). Desde entonces, las cosas se han simplificado, pero «el alma» que se expresaba con ello debe permanecer, tal y como San Vicente la presenta en sus tan conocidas conferencias «sobre las buenas aldeanas» (25 de enero de 1643) y «sobre el Espíritu de la Compañía» (2, 9 y 24 de febrero de 1653). En aquel espacio de diez años, y posteriormente también, llama la atención ver cómo el pensamiento y la expresión de los Fundadores se van precisando, concretando cada vez más, aunque permanecen estrictamente en la misma línea. Se da una continuidad extraordinaria entre los primeros y los últimos textos que tenemos de San Vicente y de Santa Luisa, ya se trate de sus conferencias, de sus cartas, de los diversos reglamentos, etc. En estos textos, Sor Lucía ROGÉ se complacía en discernir cuatro convicciones:

  • Acoger la vocación para vivirla en Fe y Amor.
  • Recibir cada día la vocación, en humildad, como una gracia particular.
  • Corresponder fielmente a la vocación, con la gracia de Dios, en pobreza y disponibilidad.
  • Asumir la vocación, en la realidad de cada día, con sencillez tanto en medio de las dificultades y contradicciones como de las alegrías.

1. Acoger la vocación

a) Explicación de San Vicente

Detengámonos en las Conferencias de febrero de 1653. En ellas encontramos una progresión. San Vicente, con método muy pedagógico, pone de relieve primero la necesidad de mantener el Espíritu de la vocación en su pureza original. Después, da la definición del mismo:

-«Darse a Dios para amar a Nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres, corporal y espiritualmente, en sus casas o en otros lugares; para instruir a las jóvenes pobres, a los niños y en general a todos los que la divina Providencia os envíe…»

Y para que las Hermanas comprendieran bien su pensamiento, vuelve a formular esta definición, subrayando su importancia:

«Tenéis, pues, que saber, queridas Hermanas, que el espíritu de vuestra Compañía consiste en tres cosas: Amar a Nuestro Señor y servirle en espíritu de humildad y de sencillez…».

Por último, acaba reduciendo todo lo dicho a lo esencial:

«Repito una vez más que el espíritu de vuestra Compañía, Hermanas mías, consiste en el amor de Nuestro Señor, el amor a los pobres, el amor entre vosotras, la humildad y la sencillez».

El espíritu es, pues, un espíritu de amor y el servicio es un servicio de amor. La vida entera es ese don o esa entrega humilde de todo el ser en un estado permanente de servicio por amor.

Y el conjunto queda, diríamos, subrayado por esa afirmación desconcertante:

«Quien viera la vida de Jesucristo, vería, comparativamente, algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad».

¿Por qué? Porque esa vida es precisamente una participación en el Espíritu de Cristo-Servidor que «os ha engendrado» y que las invita a que se identifiquen con El en ese aspecto de que «ha venido a no ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc. 10, 45).

b) Acoger concretamente esta vocación

Se trata, pues, de dejar que penetre en nuestros corazones ese pensamiento de los Fundadores y de no contentarnos con grandes deseos. Para ello, necesitamos aceptar, como ellos lo aceptaron, el situarnos en el nivel de las cosas concretas, en nuestra vida de todos los días. ¡Es tan fácil, bajo mil pretextos, perder de vista el espíritu de sierva y hasta llegar a dejarse, más o menos, servir!

San Vicente nos dice, por lo demás, que este espíritu de amor se ejerce de dos maneras: afectiva y efectivamente. El paso de una a otra es, precisamente, lo que hace de la Hija de la Caridad una verdadera «sierva». Y esto no puede vivirse si no es desde la Fe:

«Siervas de los Pobres es como si se dijera Siervas de Jesucristo, ya que El considera como hecho a El mismo lo que se hace por ellos» (Conf. esp. n. 535).

Los Fundadores no dejaron de suscitar esta visión de Fe y de Amor. De ellas se desprenden, puede decirse que espontáneamente, unas actitudes concretas: «Nuestra vocación —decía Madre GUILLEMIN— se caracteriza de una manera muy sencilla: es el amor a Cristo en el Pobre. Cristo nos espera en el Pobre…».

2. En humildad

a) ¿Por qué?

Cuando pensamos que Cristo nos está esperando así en la persona del Pobre, ¿cómo no ser conscientes de nuestras limitaciones, pero al mismo tiempo, de la gracia particular que Dios nos otorga en esta vocación? Esa gracia será la que guiará a la «sierva» en sus actitudes: «Dios quiere que las Hijas de la Caridad se dediquen especialmente a la práctica de la humildad», dice San Vicente, recordándonos con frecuencia la escena del «Lavatorio de los pies» y la lección que conlleva.

San Juan introduce este pasaje con una frase que nos es muy conocida y que da todo su sentido a la acción de Jesús. También debe inspirar todo nuestro «servicio» (Jn. 13, 1): «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (en todos los sentidos de la palabra).

Esta acción de Jesús se inscribe en la «Pascua» de Cristo: sabía que había llegado para El la hora de «pasar» de este mundo al Padre. Una vez más encontramos aquí la intuición de Santa Luisa («La Caridad de Jesús Crucificado nos apremia») y el sentido tan agudo que tuvo, empleando sus mismas palabras «del abatimiento que Nuestro Señor quiere en las Hijas de la Caridad».

b) ¿Cómo?

La humildad es inseparable de la mansedumbre que es su expresión más visible. San Vicente, hablando de esta virtud, dice a sus misioneros:

«Hemos de sentirnos felices de que nos tengan por espíritus ruines, por personas antipáticas, por hombres sin virtud, sujetos a toda clase de pobrezas»… (C. XII, 202; Síg. XI/3, 488).

Sólo el Espíritu puede dictarnos reacciones que, lejos de manifestar las heridas del amor propio, nos lancen en seguimiento de Cristo, manso y humilde de corazón.

Los Fundadores dirán también, en otros términos, que hay que «amar el desprecio». Esta «comunión de vida» con los pobres se traduce, según Santa Luisa, en el hecho de que las Hijas de la Caridad quieran para sí las tareas bajas y viles, de tal manera que lleguen a ser «las últimas y más pequeñas en el hospital». Por supuesto, se trata ante todo y de manera esencial de un espíritu. San Vicente lo acredita en una de aquellas plegarias suyas espontáneas:

«Dios mío, concédeme la gracia de que no busque el ser estimada, sino que desee los quehaceres más bajos y el último lugar».

Pero, entrando en lo concreto, tenemos que interrogarnos: ¿Cómo vivir hoy ese estatus, esa condición social de «sierva», cuya nota dominante es la humildad? El tema es fuente de interrogantes en la línea de una mayor fidelidad al Carisma.

3. En pobreza y disponibilidad

a) Unir la pobreza interior a la pobreza material

Ya lo hemos dicho: ser sierva corresponde a un estatus o clase social:

«Tendrán presente que se las llama siervas de los pobres, lo que, según el mundo, es una de las condiciones más bajas, con el fin de mantenerse dentro de una baja estima de ellas mismas».

De hecho, pertenecer a tal clase social, hoy como ayer, aun cuando las condiciones de vida hayan evolucionado mucho, obliga a tener determinado estilo de vida.

De ahí la insistencia que ponían los Fundadores en la pobreza. Esta pobreza, la define San Vicente con toda claridad, dirigiéndose a las Hermanas:

«La pobreza quiere decir que no se tiene la disposición de ninguna cosa y que no se desea poseer nada en privado, pues apenas queremos disponer de algo, ya no somos pobres» (Conf. esp. 1694).

Siguiendo su acostumbrado método pedagógico, refuerza en seguida esa primera definición:

«La pobreza consiste en no desear nada más que a Dios…; pide que se deje todo y no se tenga nada propio» (Conf. esp. 1545).

b) Señales prácticas

De manera natural, el hecho de manejar dinero preocupa a los Fundadores. Bien conocidas son estas palabras de San Vicente:

«Este es el motivo, mis queridas Hermanas, de que una de las cosas de que tengo más miedo es del manejo del dinero. Si uno no es fiel… es la perdición de la Compañía…, etc.» (Conf. esp. 1720).

Santa Luisa escribe en este mismo sentido a una Hermana de Richelieu:

«Creo… que la causa de la mayor parte de las faltas que comete es que maneja usted dinero y que siempre le ha gustado tenerlo. Si quiere seguir mi consejo, deshágase de esa afición… De otro modo, dudo mucho de su perseverancia…» (L. de M. Corr. y Escr. C. 15, p. 32).

A partir de esto, lo que se impone es una verdadera revisión de vida, tanto en el plano personal como en el comunitario: estilo de vida, presupuesto, criterios de decisión ante los gastos que se presenten o las opciones que haya que hacer.

En esta búsqueda de una concordancia con la vida de los Pobres, la «sierva» se muestra disponible. Con ello traduce su deseo de entrar en dependencia con respecto a su amo, de obedecerle, de servirle de verdad. Como lo dicen las Constituciones, la obediencia libre y gozosa caracteriza a la Sierva de los Pobres en la Compañía de las Hijas de la Caridad, en la que todo está concebido y pensado en función de ese servicio. En un mismo movimiento se unen la obediencia voluntaria y la autoridad-servicio: así es como ambas permiten y se proponen únicamente dar respuesta a las llamadas de los Pobres y de la Iglesia.

4. En sencillez

a) Necesidad

Llena de amor, humilde y pobre, disponible y dependiente, la Sierva de los Pobres, según el pensamiento de los Fundadores, tiene que ser también sencilla, con una sencillez interior que se refleja en su comportamiento exterior. Esto forma parte — lo mismo que la humildad— de su espíritu propio, de su espiritualidad propia. San Vicente le enseña que tiene que ser «candorosa» en sus palabras. Y explica lo que esto significa: que el corazón no esté pensando una cosa mientras los labios dicen otra. El Maestro, en efecto, el Amo, tiene que poder depositar toda su confianZa en su «sirvienta». La sinceridad y la lealtad de ésta tienen que ser para él una «seguridad».

Así, pues, esta sencillez exige de la Hija de la Caridad el que sea sierva en permanencia, en lo íntimo de su corazón. Así resultará veraz en su comportamiento con los Pobres, en el servicio propiamente dicho. En ella no se dará nunca el «hacer como si… fuera sierva». No fingirá jamás ese deber suyo de ser sierva. Porque en él está su razón de ser, para él la ha llamado el Señor. Desprovista de toda afectación, no se preocupa más que de agradarle y sólo a El busca en todo.

b) Ejemplos

Es significativo que, hablando de las primeras Hermanas difuntas, los Fundadoras o las Compañeras insistieran de manera especial en su sencillez, mostrando con ello que es posible alcanzarla. Por ejemplo:

  • • Bárbara Bailly: su inalterable igualdad de humor, el cuidado que pone en hablar en tono bajo y en no decir nada que pueda resultar en alabanza suya, son a los ojos de las Hermanas que han convivido con ella, pruebas de su humildad y su sencillez. Se sitúa siempre al nivel de los pobres.
  • • Bárbara Angiboust —ya lo hemos señalado— se niega a sentarse en la mesa con una gran señora: «Somos pobres —dice— y tenemos que tratarnos como pobres».
  • • Marta Dauteuil: era tan mortificada, refieren sus Hermanas, «que no era posible que tomara nada, fuera del pan, para desayunar, y a pesar de todo era incansable en el trabajo».
  • • María du Serre: «como hubiera recibido por carta la orden de trasladarse al hospital de Montpellier, dejando la parroquia donde hasta entonces trabajaba, en el mismo punto y hora de recibirla, se puso en camino, aunque estuviera casi anocheciendo», con el fin de practicar una disponibilidad más total.
  • • Francisca Fanchon: recibió una bofetada de un pobre «y fue tanta la alegría que experimentó por haber tenido ocasión de sufrir aquello por Dios, que presentó la otra mejilla».

Así es como en la sencillez de su corazón aquellas Hermanas lo habían dado todo y vivían el Evangelio al pie de la letra en el servicio a sus hermanos. Ese sentido es el que tenemos que «re-encontrar» y profundizar en este mundo en el que tantas raíces ha echado el secularismo. Ese hacer nueva la radicalidad de nuestra entrega será lo que nos permita trabajar auténticamente por la justicia y la paz de las que tanto se habla, pero que no pueden existir si no parten de corazones «justificados» y «pacificados» por Cristo y enraizados en sus Bienaventuranzas.

B – María, la sierva del Señor, maestra de vida espiritual

No se puede hablar del espíritu de «siervas», siguiendo a Sor Lucía ROGÉ, sin recordar la profunda devoción que tenía a «María-Sierva» y, por eso mismo, «Maestra de vida espiritual» para la Hija de la Caridad. Así es como se expresan las Constituciones (2. 16). «De María —decía con ocasión del 150.° aniversario de las Apariciones a Catalina Labouré— aprendamos el camino de la unión con Dios y la totalidad de nuestro compromiso de siervas».

1. «He aquí la esclava del Señor»

Toda la vida de María está dominada por esta palabra suya en la Anunciación: «He aquí la esclava del Señor». Toda su vida es el cumplimiento de ese servicio que Dios le asignaba en el centro del Misterio de la Salvación. Así lo decía Pablo VI: «Toda la vida de la humilde sierva del Señor, desde el momento en que recibió el saludo del Angel hasta el día en que fue elevada, en cuerpo y alma, a la gloria celestial, fue una vida de servicio lleno de amor». Y como bien sabemos, Juan Pablo II, por su parte, ha dedicado prácticamente toda su Encíclica «Redemptoris Mater» a mostrar — para que lo hagamos nuestro— ese caminar en la fidelidad, de María. Esto queda ilustrado de manera muy significativa por el hecho de que tanto el comienzo como el final de la vida pública del Salvador están señalados con la presencia de María: Caná y el Calvario.

a) Desde Caná…

En las bodas de Caná, María está presente con Jesús, y en la misma forma que El, esto es: atenta a las preocupaciones actuales y concretas de las personas. Su intervención ante él puede parecernos tener como objeto un aspecto secundario y material. Pero María actúa en aquel momento cual testigo vigilante, para no dejar escapar ninguna ocasión de ayudar a los demás y esa intervención suya es la que introduce la de su Hijo Jesús: «Haced lo que El os diga».

Es, pues, la colaboradora perfecta: humilde, discreta, eficaz. Pablo VI, en Marialis Cultus (n.° 37) decía hablando de este pasaje: «Con su acción, favoreció la Fe en Cristo de la comunidad naciente». El Misterio de Caná va muy lejos. Pero ya es provechoso para nosotros considerar aunque sólo sea este aspecto tan sencillo: descubrir las necesidades de los demás, intentar responder a sus llamadas y favorecer la Fe en Cristo: en realidad, es algo que coincide con el proyecto misionero de las Hijas de la Caridad y con su mística del Servicio.

b) …hasta el Calvario

María está allí, en pie, junto a la Cruz. Allí es donde va a recibir una nueva dimensión y aun la plenitud de su misión: «Mujer, he ahí a tu hijo»… Acompañando a Jesús, rechazado, despreciado, mofado, muestra bien lo absoluto de su compromiso como Madre y como Sierva. No teme nada si no es verse separada de Jesús. Se coloca, verdadera y perfectamente, «de su lado». Lejos de huir, de esconderse, está presente públicamente: sólo el amor justifica su presencia.

Podemos, pues, mirarla detenidamente para aprender de ella la actitud de amor y de unión en las pruebas, la radicalidad en el compromiso, que resiste a los obstáculos exteriores e interiores. De ella aprendemos cómo fortalecer la fidelidad en nuestro compromiso. Como Ella, podemos permanecer «en pie», gracias a una relación viva con Jesucristo, a Quien reconocemos sin cesar y nos unimos a El en el Pobre, en la oración y en la Eucaristía, en unidad de vida.

Esta vida de unión es de una sencillez total, sin afectación alguna, iluminada y sostenida únicamente por el amor del Señor: vida semejante a la de tantas mujeres de Galilea, sus contemporáneas, pero al mismo tiempo tan radical y profundamente diferente. Así es como los Fundadores y las Constituciones las invitan a esa sencillez y cercanía concretas, que traducen, en profundidad, lo absoluto de la consagración que van ustedes a renovar.

San Vicente y Santa Luisa insisten también en la humildad de la sierva de los Pobres, que se reconoce pobre ella también, y en su servicio lleno de amor porque, en Fe, sabe que ese servicio suyo se dirige a Dios. Sin humildad, el amor se altera y se deforma; el servicio sin amor, pronto llega a ser mercenario. Por eso, hemos de tener la mirada constantemente fija en María para aprender de Ella cómo la humildad y el amor constituyen la base de nuestro compromiso. Será así como se mantendrá la preferencia absoluta que, una vez más, van a prometer al Señor y a su servicio en la persona de los Pobres.

2. Una Comunidad «mariana»

Con ese espíritu es como Sor Lucía ROGÉ gustaba de afirmar: «Somos una Comunidad Mariana». ¿Cómo ha de entenderse esto?

a) Por la voluntad de los Fundadores, especialmente de Santa Luisa

¿Será necesario recordar, una vez más, el carácter tan sólidamente cristológico y cristocéntrico de la espiritualidad de los Fundadores? Pero es que, precisamente, María es inseparable de Cristo, que Ella nos da y a quien Ella nos conduce. Así pues, si según San Vicente y Santa Luisa, se desprende que las Hijas de la Caridad tienen algo «específico» que vivir en su culto mariano, ello no puede tener otra explicación que la de responder mejor a la forma en la que el Señor las llama a vivir su bautismo. En ese culto mariano, tienen que buscar, como lo dicen las Constituciones (C. 1. 12), lo que más les va a ayudar a vivir su carisma vocacional, a insistir con preferencia en aquello que está en consonancia con su ideal. Por lo demás, es lo que acabamos de ilustrar al hablar de María-Sierva.

Sin entrar ahora aquí en detalles —hemos tenido ocasión de hacerlo en otras circunstancias.— sería interesante ver cómo la sencillez, humildad y caridad coinciden con las tres notas dominantes que las Constituciones asignan a la devoción mariana de la Compañía: María Inmaculada en su Concepción, María Sierva y María Madre de Misericordia. La sencillez es ante todos esencialmente total receptividad ante Dios. La humildad caracteriza la total disponibilidad hacia el Señor y sus designios sobre nosotros. Y la caridad, especialmente, es como la irradiación y el testimonio de la ternura de Dios para con los hombres, especialmente para con los Pobres, a quienes hay que servir con un corazón de pobres. Y ¿quién mejor que María, puede enseñar todo esto a las Hijas de la Caridad?

No cabe la menor duda que la devoción mariana de Santa Luisa ha dejado profunda impronta en la Compañía. Tampoco cabe dudarlo de la de San Vicente, que se expresa de manera especial en magníficas plegarias dirigidas a la Santísima Virgen al final de varias de sus Conferencias. Pero la de Santa Luisa es más «explícita», ya se trate de confiarse y consagrarse a María, ya de tomarla por Maestra para aprender de Ella, ya de contemplar y admirar las maravillas que el Señor ha hecho en Ella y a través de Ella, sobre todo su Inmaculada Concepción.

Gobillon nos transmite una bellísima plegaria de «donación» a la Virgen Santísima:

«Nos has inspirado, Señor, que escojamos a tu Madre Santísima como Madre de nuestra pequeña Compañía. Bien sabes, Señor, que para poder subsistir ésta necesita en grado sumo la pureza y la caridad. Y ¿de quién podríamos aprender estas virtudes, después de Ti, sino de nuestra Madre?

Entréganos a Ella como hijas suyas y, al mismo tiempo, danos la comprensión de su conducta y la docilidad para seguir las enseñanzas que nos ofrece su vida, la cual, aunque oculta, se nos muestra lo suficiente para servirnos de instrucción».

b) Por las Apariciones y el Mensaje de 1830

Son como una especie de «ratificación» del culto mariano de la Compañía desde sus orígenes, al mismo tiempo que un enriquecimiento, una comunicación de dinamismo, una actualización. Esta etapa importante permite iluminar mejor el carisma original y, de manera especial, su dimensión mariana, sobre todo desde el aspecto de la devoción a la Inmaculada Concepción. A la inversa, la piedad mariana de los Fundadores permite una constante «re-lectura», como ahora se dice, del mensaje confiado a Catalina Labouré para nosotros y para toda la Iglesia. Son —Apariciones y Mensaje— una llamada a la conversión, personal y comunitaria, y un renovado llamamiento misionero.

Bueno es insistir en la riqueza doctrinal de la Medalla, en la que se halla inscrito todo el Misterio de la Salvación. «La Cruz y la letra M son lo bastante elocuentes», según dijo Catalina Labouré. Con razón se ha dicho que la Medalla era un «Catecismo condensado», al alcance y disposición de los pequeños, los humildes, los pobres, algo así como las catedrales de la Edad Media que, a través de sus vidrieras y sus esculturas, exponen de manera sencilla y profunda a la vez, el Misterio de la Redención. De este Misterio María es al mismo tiempo la perfecta servidora y el logro más pleno. En adelante, el mensaje de 1830 queda inscrito en nuestra vocación: tenemos que vivir de él, hacernos sus transmisores a un mundo que, más que nunca, necesita una «nueva evangelización», necesita aprender de nuevo el plan de infinita misericordia que tiene Dios sobre él.

c) Mediante la aquiescencia de nuestro corazón y de toda nuestra vida

¿María es verdaderamente para nosotros «Maestra de vida espiritual»?… Sor Lucía ROGÉ gustaba de repetir que la «Esclava del Señor» nos enseña:

• a acoger en Fe la Palabra de Dios

María es la que creyó sin demora, sin vacilación, lo que queda traducido en el impulso y ofrenda de todo su ser. Santa Luisa comprendió de manera especial lo que es ese riesgo de la vivencia de la Fe. Refiriéndose a María, se invitaba a sí misma y nos invitaba a todos nosotros a salir de lo que ella llamaba su «pusilanimidad», nuestra «dependencia demasiado grande de la prudencia humana». El consentimiento dado por la Virgen María implica todo su ser en la confianza y el amor. Como Maestra de vida espiritual, nos propone la verdadera actitud de Fe, al servicio del Señor, actitud que nos permite centrar toda nuestra vida en Jesucristo y el Evangelio.

• a vivir un clima de oración que rodee toda nuestra existencia Más allá de los actos o «tiempos fuertes» de oración —que, por supuesto, son indispensables— está ese clima de cercanía con el Señor, de intimidad con El, que abarca todos los instantes. En su Magnificat, María proclama su alegría por la presencia de Dios. ¿Sabemos, también nosotros, alegrarnos en Dios, nuestro Salvador?… ¿Sabemos descubrir su presencia en todo y en todos, especialmente en los pobres? Nuestra principal preocupación ¿es la de dejar a Dios actuar en nosotros y a través de nosotros? Aprendamos de María a orar, para decir con ella un «heme aquí», «aquí me tienes», con toda lealtad, para dar gracias, para llevar al Señor a nuestros hermanos, con todo lo que constituye sus alegrías, sus penas, sus esperanzas y sus temores.

***

Para concluir, recordemos que esta «unidad de vida de la sierva» — porque de ello es de lo que se trata, en definitiva — ha quedado recogida por los Fundadores en estas proposiciones, que nos son tan conocidas:

«Tendrán ordinariamente por monasterio la casa de los enfermos, por celda un cuarto de alquiler, por capilla la iglesia de la parroquia, por claustro las calles de la ciudad y las salas de los hospitales, por clausura la obediencia, por rejas el temor de Dios, por velo la santa modestia…».

Sor Lucía ROCÉ hacía observar, en una circular, que estas proposiciones se presentan como disposiciones de orden temporal y espiritual a la vez, de plenísima actualidad. El monasterio y el claustro son los lugares en que habitualmente permanecen las religiosas, y para las Hijas de la Caridad pasan a ser «las calles de la ciudad y las salas de los hospitales», como un eco a la frase del Evangelio que dice que Jesús recorría las ciudades y las aldeas. La celda, hecha cuarto de alquiler, concreta el estilo de vida misionera, en la que no es admisible «instalarse», sea cualquiera el lugar en que se habite. La iglesia de la parroquia recuerda que somos misioneros como miembros de la Iglesia y todos unidos en la diversidad de las formas de Pastoral en las que participamos. Pero, capilla, monasterio, celda, son también lugares en donde se ora, en los que se da la relación con Dios. Lo mismo le ha de ocurrir a una Hija de la Caridad:

«Una Hermana irá diez veces al día a ver a los enfermos y diez veces al día encontrará a Dios».

Sabe también encontrar a Dios en su «celda» interior. Santa Luisa dejó bien explicado que las disposiciones espirituales están representadas por la clausura, las rejas y el velo. Si la clausura y las rejas materiales son para las religiosas unas fronteras que no deben traspasar, las mismas existen también para las Hijas de la Caridad en un sentido espiritual, sólidas y selladas por el amor de Dios, la fidelidad activa en servirle según la vocación y la disponibilidad hacia su voluntad.

Lo mismo ocurre con el velo, es decir la santa modestia, que significa el compromiso tomado y asumido de vivir en radicalidad la consagración a Dios, el don hecho una vez y renovado sin cesar.

Por eso, esta «Renovación» que se disponen a hacer es ante todo y de manera esencial, una «interiorización» de esa radicalidad del don o entrega hecha a Dios y a sus pobres. Sí, esta frase de María: «He aquí la Esclava del Señor», que repetimos todos los días al rezar el Angelus, expresa perfectamente la espiritualidad de la Hija de la Caridad y resume toda su vida.

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