El carisma vicenciano en la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Desconocido · Año publicación original: 2006 · Fuente: Vincentiana, Julio-Agosto 2006.
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1. Carisma de San Vicente y visión de Iglesia

Desde sus orígenes en la Iglesia se han conjugado la unidad y un sano pluralismo a la hora de concretar ciertos aspectos de su vida y organización, manteniendo la unidad en lo fundamental y cierta libertad en lo accidental. A lo largo de la historia han ido surgiendo distintos tipos de comunidades y distintas «familias espirituales» que han intentado vivir en fidelidad al Evangelio acentuando ciertos aspectos, lo que les da cierta identidad carismática dentro de la Iglesia.

Para la «Familia Vicenciana» es importante conocer cómo vivió y entendió su «ser Iglesia» San Vicente, pues su experiencia puede iluminar nuestro lugar en el Pueblo de Dios que peregrina en la historia. La Iglesia fue para él, junto con el Evangelio y los pobres, uno de los grandes ejes de su crecimiento en la fe. En los pobres, sacramento de Cristo, él descubrió su vocación y misión, el Evangelio le iluminó y comprometió y la Iglesia fue el marco donde acoge su vocación y realiza su misión.

1.1 Experiencia eclesial de Vicente de Paúl

No descubrimos en Vicente una imagen única y estática, sino que su concepción de la Iglesia va a ir evolucionando y madurando a lo largo de su vida, marcada sobre todo por una serie de experiencias que van purificando y completando el auténtico rostro de la Iglesia y su misión en ella. El joven Vicente se encuentra con una Iglesia que contempla como sociedad jerarquizada y clerical, en la que él aspira a «hacer carrera». Pero Dios le irá hablando a través de distintas experiencias, que le harán purificar su visión de la Iglesia de Jesús, una Iglesia que descubre como Pueblo de Dios (experiencia de Clichy), evangelizadora de los pobres (Gannes-Folleville), «buena samaritana» para los excluidos (Chatillón), guiada por el Espíritu (Montmirail-Marchais), universal y misionera (Madagascar).

Para poder valorar las aportaciones de Vicente a la concepción de la Iglesia de su tiempo es necesario situarlo y confrontarlo con el contexto eclesial en el que vive y reflexiona sobre la Iglesia. Como hombre del post-concilio de Trento está influenciado por la imagen de Iglesia que de él brota. Aunque este Concilio no profundizó en el tema eclesial, su programa de reformas tiene por base una determinada eclesiología subyacente, la visión de la Iglesia como «sociedad perfecta», con estas características: dimensión societaria, estructura jerárquica, indiferencia e incluso hostilidad frente al mundo, carácter apologético y anti protestante.

La Iglesia que experimenta Vicente de Paúl es una comunidad encarnada en la historia, peregrina, pecadora, dividida, interdependiente del estado, con unos pastores a veces incompetentes e indignos, con unas comunidades religiosas necesitadas de reforma y un pueblo cristiano abandonado y que precisa una profunda evangelización.

1.2 Visión de Iglesia en San Vicente de Paúl

A raíz de esta situación eclesial y en respuesta a estas urgencias Vicente descubre e intenta llevar a la práctica una nueva imagen de Iglesia, más evangélica, que tiene entre otras notas:

  • Carácter «misterioso» de la Iglesia, que no se puede reducir a su aspecto más visible y social. La Iglesia es una obra divina que tiene su origen en la Trinidad. Es una obra del Padre, continuadora de la misión de Cristo, evangelizador de los pobres, guiada por el Espíritu Santo.
  • Relación estrecha entre Iglesia y Reino. La Iglesia tiene como misión establecer el Reino y extenderlo por todo el mundo, un Reino en el que los privilegiados son los pobres y que, aunque comienza en este mundo, no tiene aquí su plenitud.
  • Centralidad de la categoría de pueblo, del «pobre pueblo», en función del cual ha de estar la jerarquía y toda la vida eclesial.
  • Insistencia en el tema de la evangelización «de palabra y de obra» como la misión fundamental de la Iglesia y su elemento estructurante.
  • Lugar central de los pobres en el «cuerpo de Cristo», poniendo las bases para una reflexión sobre la «Iglesia de los pobres». El espíritu de caridad y misericordia ha de ser una nota del Pueblo de Dios, si quiere ser fiel a Dios y creíble para los hombres.
  • Visión evangélica del papel de la autoridad en la Iglesia, contemplando la figura del Papa, los Obispos y demás ministros desde su vocación de servicio más que desde las categorías del poder.
  • Renovación de la vida religiosa y apertura a nuevos cauces de consagración a Dios, desde el interior del mundo y una opción por el servicio a los pobres.
  • Redescubrimiento del lugar de los laicos en la vida de la Iglesia, partiendo de una espiritualidad bautismal, la llamada universal a la santidad y su participación en la vida apostólica, especialmente en el campo de la caridad y evangelización.
  • Reincorporación de la mujer a la vida de la Iglesia y a sus trabajos apostólicos, a través de asociaciones laicales femeninas.

Algunas de estas intuiciones, a veces más aplicadas y vividas que teorizadas, han hecho que Vicente de Paúl sea considerado como «uno de los arquitectos de la Iglesia moderna». Y dado que estas aportaciones han sido asumidas y enriquecidas por la praxis y reflexión eclesial posterior, puede ser considerado como un auténtico «profeta de la eclesiología actual». Con razón en la oración fúnebre a la muerte de San Vicente su amigo, Mons. Maupas de Tours, afirmaba: «Ha cambiado casi totalmente el rostro de la Iglesia».

2. Modelo de Iglesia desde el carisma vicenciano: la Iglesia de los pobres y para los pobres

En los años posteriores al Concilio Vaticano II se multiplican las tomas de posiciones eclesiológicas. Permanece el modelo preconciliar — institucional y societario — pero se va asumiendo la propuesta de Iglesia-comunión hecha por la Lumen Gentium o la propuesta de la Gaudium et Spes de una Iglesia abierta y servidora del mundo.

Pero pronto se va vislumbrando un nuevo modelo, en un mundo dividido entre los pueblos desarrollados y los que están en vías de desarrollo, cada vez más pobres: la Iglesia de los pobres. Este modelo surge especialmente en el mundo de la pobreza a partir de ciertos documentos como la Encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, o las conclusiones de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín y Puebla, así como de la reflexión desde la «Teología de la Liberación».

A la luz de la Gaudium et Spes, este modelo presenta una Iglesia que quiere comprometerse en el servicio a la humanidad, pero concretamente de esta humanidad real que divide a los hombres a nivel mundial, generando «ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres». Ante esta cruda realidad la Iglesia no debe permanecer indiferente sino dar soluciones desde el Evangelio, haciendo una clara «opción por los pobres», poniéndose de parte de los perdedores, excluidos y marginados, convirtiéndose en Iglesia al servicio de la «no humanidad».

2.1 Características de la «Iglesia de los pobres»

Algunas de las características del rostro de esta Iglesia de los pobres son:

  • Tiene su centro en el mundo de los pobres y desde ellos contempla y discierne la realidad. Los pobres no son «parte» dentro de ella, sino el centro de su totalidad.
  • Es una Iglesia «profética», que sabe discernir en lo que sucede en el mundo actual, los signos de la presencia de Dios y también la presencia del «misterio del mal» que actúa contra los planes de Dios. Por ello, además de anunciar la voluntad de Dios sobre el mundo, tiene que denunciar los pecados y estructuras pecaminosas que se oponen a estos proyectos de Dios.
  • Es una Iglesia continuadora en la historia de la opción de Jesús de Nazaret por los pobres y marginados.
  • Es una Iglesia que interpreta su misión salvadora como una «liberación integral» de todas las esclavitudes, de todo el hombre y de todos los hombres. Una Iglesia que además de anunciar la Buena Noticia intenta que se convierta en una «buena realidad», mediante la liberación de los oprimidos.
  • Es una Iglesia que en su servicio al Reino de Dios subraya la perspectiva evangélica de la prioridad de los pobres en este Reino prometido, pues ellos son los destinatarios privilegiados del Reino.
  • Es una Iglesia en la que las relaciones entre sus miembros se basan en la igualdad y el servicio fraterno, y en la que los pobres son los principales protagonistas. Una Iglesia que no sólo es para los pobres, sino que está con los pobres y preferentemente de los pobres.

2.2 Vicente de Paúl inspirador de la «Iglesia de los pobres»

Este modelo de Iglesia tiene muchos puntos de contacto con la experiencia eclesial de San Vicente, quien podría considerarse un precursor o profeta de esta visión de la Iglesia centrada en los pobres. Los pobres enseñan a Vicente de Paúl a entender la Iglesia y su misión. Su contacto con ellos le lleva a contemplar a la comunidad eclesial con unos ojos nuevos y a comprometerse en su reforma para darle un nuevo rostro más evangélico por su cercanía y servicio a los pobres. Veamos algunas convicciones de San Vicente en relación con este modelo eclesiológico:

  • Los pobres son personas concretas (no una categoría o idea) que viven en una situación de miseria, explotación, marginación e injusticia. Pero además, a la luz de la fe, aparecen ante él como «mediación viviente de Cristo», «sacramentos» de aquel que «quiso ser pobre y nos es representado en los pobres». Ellos son los predilectos de Dios y entre ellos está la «verdadera religión». Esta visión «mística» de los pobres fundamenta su comprensión de la Iglesia, que ha de ser comprendida y organizada en función del pobre. Redescubre así a la Iglesia de su tiempo un aspecto que había abandonado: la opción por los pobres, «los miembros más preciosos del cuerpo de Cristo».
  • Los pobres son los destinatarios preferentes de la misión de Cristo y de su Iglesia. Vicente contempla a Jesucristo ante todo como el «evangelizador de los pobres». «Él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en el lugar de los pobres…». Desde esta visión cristológica descubre que la Iglesia, como imagen de Cristo en el mundo y continuadora de su misión, ha de revestirse de las actitudes del Maestro y presentarse pobre y sierva de los pobres.
  • «Dios comenzó la Iglesia por unos pobres». Volviendo la vista a los orígenes, San Vicente descubre que Jesús «al instituir la Iglesia quiso escoger a unos pobres hombres, ignorantes y pecadores, para fundarla y plantarla en toda la tierra». Dios sigue eligiendo a «pobres gentes» para continuar su obra en la Iglesia.
  • «La Iglesia de Jesucristo es la ciudad de los pobres. En el Reino de Jesucristo la preeminencia pertenece a los pobres, que son los primogénitos de su Iglesia y sus verdaderos hijos. En el mundo, los pobres dependen de los ricos, y parecen haber nacido sólo para servirlos; en la Santa Iglesia, por el contrario, no son admitidos los ricos sino con la condición de servir a los pobres» (J.B. BOSSUET, Sermón sobre la eminente dignidad de los pobres en la Iglesia).

La Iglesia es para los pobres: opción preferencial por los pobres. Es una de las grandes preocupaciones de San Vicente en su vida: devolver a los clérigos y laicos a la solidaridad y al servicio a los pobres como exigencia de su propia fe. Ve la necesidad de que la Iglesia se convierta al mundo de los pobres para ser auténtica imagen de Jesucristo. Devolver los pobres a la Iglesia y la Iglesia a los pobres, así se puede resumir su obra.

La Iglesia de los pobres ha de ser la Iglesia de la misericordia. La Iglesia se realiza y se hace creíble por la misericordia, que ha de ser una de las «notas» de la verdadera Iglesia de Dios.

Partiendo de estas convicciones de San Vicente, que dieron sentido a su vida y motivaciones a sus obras, la «familia vicenciana» no puede olvidar este rostro de la Iglesia: una Iglesia pobre y servidora de los pobres, una Iglesia «misericordia» que se hace «buena samaritana» de los excluidos en un mundo injusto. Es el rostro de Iglesia que está llamada a dar la «familia vicenciana», para ser fiel al carisma vicenciano, para construir la Iglesia con estilo propio y dar credibilidad a la Iglesia de Jesucristo, que ha de ser ante todo la Iglesia de los pobres.

3. El carisma de san Vicente en la Iglesia

Muchos seguidores de Jesucristo consideran a San Vicente de Paúl su «padre espiritual», como inspirador y guía de su presencia y acción en la Iglesia y en el mundo. La vida, doctrina y carisma de Vicente, a pesar de la distancia temporal, siguen inspirando su estilo de ser cristiano.

Varias comunidades religiosas, Sociedades de Vida Apostólica y Asociaciones de laicos, ya creadas directamente por él o inspiradas en su espíritu, tienen a San Vicente como su «padre», por lo que se ha convertido en un «patriarca» de la Iglesia, un «padre de muchas gentes».

Este hecho nos hace conscientes de que formamos parte de una familia dentro de la Iglesia, la «familia vicenciana», con unas raíces comunes. Esta familia es «pluriforme» pues el Espíritu en diversas épocas y circunstancias ha inspirado distintos instrumentos e instituciones, para dar respuesta a las llamadas de Dios en favor de los pobres desde el mismo carisma vicenciano. Aunque en sentido amplio componen la Familia Vicenciana más de 268 instituciones, en cuanto que han adoptado aspectos característicos del carisma vicenciano, en sentido restringido al hablar de esta Familia nos referimos a un grupo concreto de asociaciones eclesiales: Congregación de la Misión, Compañía de las Hijas de la Caridad, Asociación Internacional de Caridades, Sociedad de San Vicente de Paúl, Asociación de la Medalla Milagrosa, Juventud Mariana Vicenciana, Misioneros Seglares Vicencianos, Religiosos de San Vicente de Paúl.

Esta pluralidad de la familia vicenciana implica para sus miembros la tarea de conocer lo «común», lo que les une, lo que crea comunión y nos permite formarnos, trabajar y celebrar juntos. Por otra parte se hace necesario conocer lo que es propio de cada asociación vicenciana, su identidad en la Iglesia, para respetar y apreciar su autonomía.

Pero en cuanto que todos estamos en la Iglesia y trabajamos desde ella en la misma misión, la unión y colaboración en la familia será un medio para que nuestro apostolado de la caridad sea más eficaz: «Contra las pobrezas, actuar juntos». Garantizar la continuidad de la misión que Dios confió a San Vicente desde el mundo de los pobres — y no tanto la supervivencia de cada asociación — ha de ser un gran reto para nuestra «familia». Las pobrezas nos siguen interpelando para que actuemos juntos.

4. Conciencia de familia: espiritualidad vicenciana

Partiendo de la espiritualidad como «el proceso de seguimiento de Cristo, bajo el impulso del Espíritu y la guía de la Iglesia», se puede decir que cada cristiano ha de tener su propia espiritualidad. En el interior de la única espiritualidad cristiana puede haber diversas espiritualidades, que no son esencialmente diferentes, pues se trata siempre de seguir a Jesús, pero difieren en la modalidad histórica de seguirlo y en los valores de su mensaje que se privilegian.

Cuando un grupo de personas, normalmente siguiendo a un maestro, asumen los mismos rasgos y valores de Cristo, decimos que viven la misma espiritualidad. Así se puede hablar de la espiritualidad de la «Familia vicenciana», en cuanto que bebemos de aquella especial vivencia de Cristo que tuvo San Vicente y que hoy sigue inspirando a sus seguidores. La misma espiritualidad puede vivirse en los diversos estados de vida y en diferentes tiempos y lugares, con ligeras diferencias. Esta conciencia de vivir el mismo «espíritu» es lo que crea en la Iglesia conciencia de «familia». Lo esencial del carisma vicenciano es seguir a Cristo, evangelizador y servidor de los pobres, desde cualquier estado de vida o condición, hombre o mujer, clérigo o laico, adulto o joven, católico o no, casado o célibe.

Intentando recoger algunos de esos rasgos de la espiritualidad vicenciana que crea en todos los que nos inspiramos en San Vicente una conciencia de familia podemos destacar:

Espiritualidad teocéntrica: «Estar entregado a Dios»

El vicenciano está anclado en Dios. Su vocación primera es entregarse a El. Vive una relación privilegiada con la Trinidad, principio y modelo de su dinámica espiritual. Todo lo hace por agradar a Dios y «hace siempre y en todas cosas la voluntad de Dios haciendo lo que el Hijo de Dios mismo vino a hacer en la tierra…».

Espiritualidad cristocéntrica: «Vivir para Cristo»

El vicenciano tiene a Cristo como «regla de su vida», «la vida de su vida», «la única pretensión de su corazón». El es «el verdadero modelo y ese gran cuadro en el que tenemos que configurar todos nuestros actos». Y al mirarse en Cristo lo contempla como el «adorador y misionero del Padre y servidor de su designio de amor» que hace suyas las palabras proféticas: «Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres» (Lc. 4,18). «Nuestra vocación es una continuación de la de Jesucristo… Dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que está cerca el reino de los cielos y que ese reino es para los pobres».

Espiritualidad carismática

Los miembros de la Familia vicenciana, dentro de su diversidad, reconocen en San Vicente y su forma de vivir el «espíritu de Jesucristo» su principal fuente de inspiración. Su forma de escuchar a Dios, de leer el Evangelio, de seguir a Cristo, ha sido tan extraordinaria que sigue siendo modelo y fuente de inspiración para muchas personas y organizaciones que trabajan en el campo de la evangelización y promoción de justicia y caridad.

Espiritualidad eclesial: en la Iglesia y como Iglesia

El vicenciano vive su vocación y misión en la Iglesia y como Iglesia. Ciudadanos del Pueblo de Dios, miembros del Cuerpo de Cristo y piedras vivas del templo del Espíritu, nos sentimos una fuerza dinámica dentro de la Iglesia, valorando la vida fraterna y el trabajo en equipo. Vive atento a la Doctrina Social de la Iglesia, para conocer críticamente la realidad del mundo y tener criterios y principios de acción para su labor social y caritativa.

Espiritualidad de la acción: «Toda nuestra obra está en la acción»

El vicenciano es consciente de que la caridad no es tarea de la inteligencia ni sólo del afecto, sino que se manifiesta sobre todo en la acción. El amor a Dios se expresa con obras y de verdad: «Amemos a Dios, hermanos, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente».

Contemplativo en la acción, el vicenciano se inserta en el mundo, especialmente en el de la pobreza, para descubrir las necesidades de aquellos que «dando la vuelta a la medalla» contempla como hermanos e imágenes de Cristo.

La familia vicenciana, más que un grupo de reformadores sociales, movidos por corrientes sociológicas o políticas, es una comunidad de cristianos que creen en la fuerza del amor afectivo y efectivo, que se sienten urgidos por la caridad de Cristo.

Espiritualidad del servicio encarnado y solidario: servir al hombre integral

El vicenciano vive un encuentro personal con los pobres, a la luz del testimonio de San Vicente, que ve en ellos «su peso y su dolor», «sus señores y maestros», «signos de la presencia de Dios» y «sacramentos» de Cristo doliente.

Desde esta «mística» del pobre realiza el servicio corporal y espiritual a los más débiles y excluidos, descubriendo en ellos su «porción» y manifestando la «parcialidad de Dios», que manifiesta predilección por los más pequeños.

Reconociendo la dignidad del pobre, digno de todo respeto, el vicenciano se sitúa cerca del pobre y lo acompaña con amor, delicadeza, respeto… intentando remediar sus necesidades puntuales, pero sin dejar de encontrar soluciones más globales desde un análisis de las causas de la pobreza y la búsqueda de promoción y cambio de estructuras. Asistencia, promoción y compromiso por la justicia van unidas en su misión.

Espiritualidad liberadora

El vicenciano ha experimentado que el Evangelio es fuerza liberadora para todos y preferentemente para aquellos que visita el sufrimiento o la injusticia. Por ello para hacer vida el evangelio se compromete en la promoción de la persona, de todo el hombre y de todos los hombres.

En la actividad caritativa valora la organización, pues contra las pobrezas hay que trabajar juntos, ya que la pluralidad de formas y rostros de la pobreza exigen una respuesta múltiple y coordinada.

Espiritualidad misionera, abierta a la universalidad desde la inculturación

La familia vicenciana es consciente de su realidad plural e intercultural y además se siente convocada a la misión universal de la Iglesia, que no se cierra en unas determinadas fronteras de lugar o cultura, sino que está abierta a la presencia mundial de la pobreza y a la respuesta global a los problemas del mundo.

Espiritualidad mariana comprometida

El vicenciano concede un lugar destacado en su experiencia espiritual a María, descubriendo en ella la «madre», modelo e intercesora, sobre todo a partir del mensaje de las apariciones de la Virgen a Santa Catalina y del regalo de la Medalla «milagrosa». Ella nos invita a vivir en la escucha de la Palabra, a contemplar a Dios en la vida y a Jesucristo en los pobres, a servir como ella, desde la opción por los pequeños.

Espiritualidad testimonial, vital

La espiritualidad vicenciana se concreta en un estilo, en un talante de persona y de cristiano, que está marcado por la práctica de algunas virtudes o valores más específicos. Vicente era consciente de la debilidad humana, por lo que dará a los suyos una serie de consejos y puntos de referencia, que ayudarán a hacer vida el espíritu propio y serán signos identificativos de la identidad del vicenciano. Entre estas «virtudes de estado», insistirá en la sencillez, humildad y caridad (para las Hijas de la Caridad y miembros de las Cofradías), a las que añadirá la mansedumbre, mortificación y celo (para los Misioneros). Las Conferencias de Ozanam tienen la alegría, cordialidad y justicia como virtudes preferidas; los miembros de JMV subrayan el espíritu de colaboración, la sensibilidad ante las pobrezas, cumplimiento de la voluntad de Dios y transparencia.

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