Capítulo VIII:
De su vigilancia y cuidados que ha tenido para oponerse a los menores defectos que habrían podido introducirse en la Compañía.
Nadie pone en duda que la vigilancia no sea una de las principales cualidades requeridas en las personas a quienes llama Dio a la dirección de las almas. San Pablo la recomienda con insistencia a su discípulo Timoteo: «Tu vero vigila; in omnibus labora; Vigilad sin cesar y tomad todos los cuidados posibles por la salvación de las personas que os son confiadas». (I Tim. IV, 5.) El ángel de Dios da el mismo consejo en el Apocalipsis al obispo de Sardes: «Esto vigilans et confirma coetera quae moritura eran; Estad vigilante y fortaleced en la gracia y caridad de Jesucristo a las personas, que sin vuestro auxilio estarían en peligro de perderse». (III, 2.)
Los Superiores son los jefes de las comodidades. Deben tener los ojos siempre abiertos para percibir los menores males que las amenazan. Deben ser como los animales de los que se habla en Ezequiel, que estaban todos llenos de ojos para que nada se les escape; o como esos serafines que vigilan sin cesar y no se dan ningún reposo ni de día ni de noche. El difunto Sr. Jolly poseía esta virtud en un grado alto de perfección. Tenía por naturaleza el ojo vivo y penetrante; era difícil que nada se le escapara.
Por no poder estar en todas partes, nombraba a unos oficiales vigilantes para ocupar su lugar. Cuando algunos sacerdotes regresaban de las demás casas donde habían permanecido algún tiempo, les preguntaba si no veían alguna decadencia en la regularidad de la casa de San Lázaro desde que la habían dejado, y no dejaba de remediar lo antes posible los defectos que le señalaban y constataba que se habían deslizado algunos.
Tenía una o dos veces al mes todos los años conferencias sobre los defectos más ordinarios que se cometían en la casa. Mandaba hablar en estas clases de conferencias a personas sencillas y sinceras que descubrían sin disfraz los defectos señalados; y después de esta conferencia general las tenía también particulares sobre las principales faltas que se habían referido. Si era necesario reprender a los particulares que eran los más culpables, lo hacía también con gran fuerza y celo para el buen orden.
Se informaba con cuidado ante los visitadores, los superiores y hasta los particulares juiciosos y regulares, de la situación de cada casa. Ponía de ordinario a un asistente firme y diligente con un superior algo blando o menos entregado a las funciones de su cargo, para que de la combinación prudente de sus cualidades contrarias resultara una buena dirección. Hacía mucho caso de los Superiores entregados a conservar el buen orden, la paz y la regularidad en sus familias, como por el contrario no veía con buen ojo a los que, despreciando lo principal, que es el cuidado de su casa, se disipaban en el exterior, y se cargaban en demasía de asuntos del mundo, o incluso en asuntos de piedad¸ los reprendía duramente y, si no se corregían, no tardaba en cambiarlos.
Estaba ocupado sin cesar de los medios para prevenir la relajación o de corregir los defectos que trataban de deslizarse en la comunidad. «No se puede estar en esta vida sin defectos, decía, y las más santas comunidades no se ven exentas; todos nos vemos sujetos a fallar. Es pues necesario protegerse de vez en cuando con buenos consejos contra la relajación y salir de sus faltas. Uno de los mejores medios es valorar el silencio ya que, decía él, advirtiéndonos el Espíritu Santo que ser perfecto es no ofender a Dios con la lengua y que no se puede evitar el pecado cuando se toma la libertad de hablar mucho, se ha de dar al silencio tanta importancia como a su propia perfección. El silencio es el padre de la oración y facilita el adelanto en la virtud. Ha sido siempre considerado como un medio absolutamente necesario para conservar la regularidad y el espíritu de piedad y de devoción en las comunidades. Cuando se guarda esta regla en ellas exactamente, todas las demás se observan fielmente; se lleva una vida interior; el espíritu de recogimiento y de oración reina en ellas; cada uno trabaja en su santificación y en su perfección. Al contrario, allá donde no se observa el silencio no se ven otras cosas que infracciones de las otras reglas, y se cometen una gran cantidad de faltas con ocasión de las charlas inútiles; no existe ni recogimiento interior ni oración y, por consiguiente, no hay virtud ni santidad. Por eso se ha de huir del demasiado hablar con tanto cuidado como del pecado; se ha de vigilar la lengua e imponerse un silencio exacto, fuera del tiempo y de las ocasiones en que está permitido hablar, sobre todo en los lugares en los que el silencio está más recomendado. Que las conversaciones sean de las cosas convenientes a nuestro estado, y nunca de lo que respecta a la dirección de la casa para murmurar; que no sean tampoco en un tono de voz demasiado alto. Este amor del silencio no contribuirá poco al recogimiento del espíritu. Los otros medios de evitar la relajación eran, según él, el afecto a la oración, el espíritu de humildad y de pobreza, la práctica de la mortificación. Recomendaba también en particular la obediencia perfecta y la caridad mutua.
«Nuestro Señor, decía él, habiéndose sometido muy particularmente a todas las voluntades de su Padre, incluso hasta en las menores cosas por nuestra salvación, es justo que nosotros le testimoniemos recíprocamente nuestra obediencia. Se lo mostraremos con esta renuncia que él tanto ha exaltado, haciendo exactamente y amorosamente lo que nos ordenará, siendo fieles a la observancia de las reglas, o constituciones que nos ha dado, siendo puntuales en guardar el orden del día que nos está prescrito y obedientes al toque de campana como a su voz.
«La caridad mutua, añadía, es la de todas las virtudes que Nuestro Señor nos recomendado más, reiterándonos el mandamiento por tres veces en el último sermón que tuvo antes de su pasión. Toda la comunidad se debe pues persuadir que es en particular en la práctica de esta virtud como debe manifestar su amor a su Salvador; y como no se puede practicar debidamente sin ejercitarla en el orden, y que el buen orden pide que los que están más unidos sean también los más amados, se necesita a los que Dios ha unido tan estrechamente en una comunidad vivan juntos de una manera abierta y muy cordial y no obstante muy civil y respetuosa. Deben evitar cuidadosamente todo lo que podría por poco que fuera alterar su unión, sin mostrar ninguna desconfianza mutua, no reprendiendo los defectos más que a aquellos que lo piden, soportándose y asistiéndose mutuamente, demostrando gran compasión con los sufrimientos los unos de los otros, no diciendo ninguna palabra que vaya contra la dulzura por poco que sea, contra la afabilidad y el respeto que se deben.
«Esta manera de obrar, además de otras cosas alimenta y sostiene la caridad; pues se ama naturalmente ser tratado por los demás honrosamente, y se crea fácilmente afecto por las personas que nos dan testimonios de honor y de respeto. Es pues de suma importancia que nos tratemos unos a otros, según el consejo del apóstol san Pablo, con este honor y este respeto, y que vivamos juntos de una manera muy honrosa y cordial».
El Sr. Jolly estimaba útil que las virtudes aquí expuestas fueran tomadas de vez en cuando, una tras otra, como sujeto de conferencia. Sabía muy bien que la relajación en las comunidades no viene tanto de la ignorancia de los deberes del estado, como del temor por la pena y las dificultades que acompañan la práctica de la virtud. Por eso hacía todos los esfuerzos posibles para quitar este funesto obstáculo que impide a tantas personas dotar a su carrera y corresponder como deben a los planes que Dios tiene sobre ellos. «Tenemos razón, decía con un fervor admirable, nosotros tenemos razón para alegrarnos y dar gracias a Dios por los grandes beneficios que recibimos todos los días como consecuencia de nuestra vocación; pero también tenemos mucha razón de temer abusar de ellos y hacernos indignos de ellos no correspondiendo. Un misionero que descuida tan grandes gracias y medios tan fáciles que Dios le ha dado para perfeccionarse y perfeccionar a los demás, no merece sino de sobra ser rechazado y abandonado de Dios y de la Compañía para ser el juguete del mundo [499] y del diablo; se burlarán fácilmente de él, ya que Dios le abandona a causa del abuso de sus divinos favores. Tememos la pena; pero no hay tantas dificultades en aspirar a la perfección co,o se imagina, y vemos por experiencia que nadie sufre menos que los que los que buscan esta misma pena. Aquéllos, por ejemplo, que está, convencidos de la necesidad que tenemos de ser sólida y absolutamente obedientes, no tienen ninguna pena, no sufren ya dificultades; al contrario, reciben gran placer en obedecer. Sucede lo mismo con las demás virtudes. En el camino de la santificación, el trabajo y la pena son para los que no quieren trabajar para adquirirla y que huyen del trabajo y de la pena; y, por el contrario, la dulzura y el contento son para los que quieren llegar a la perfección».
Sostenía con tan poderosas exhortaciones por sus fervientes súplicas y sus ejemplos todavía más poderosos que las palabras. Cuando las exhortaciones no bastaban para detener el curso de un desorden naciente, se servía de toda la autoridad que Dios le había dado para castigar y hasta para suprimir a los incorregibles, si era necesario, como se ha hecho ver en el capítulo de su dulzura y de la firmeza de su dirección.
Si se hubiera dormido, el hombre, el enemigo no habría dejado de sembrar en el campo del padre de familia la cizaña de los errores e ilusiones del quietismo entre el buen grano de la humilde meditación y de una contemplación verdaderamente digna de Dios que él ha proporcionado a la debilidad y al estado mortal de la criatura que la recibe.
El pretexto de este error era especioso; se trataba de unirse estrechamente a Dios; ¿cómo alejarse de un goce que es el objeto de todos nuestros deseos y que constituye nuestra felicidad, en esta vida, como lo debe ser en la otra? Por eso, la confusión era grande; ya que, no es fácil de separar en materia de contemplación, la operación de Dios de la de la criatura. No obstante, nuestro vigilante superior, después de [500] reflexionar largo tiempo sobre las molestas consecuencias del abuso que se podía hacer del santo ejercicio de la oración, afectando a estas vías de luz y avanzando por caminos separados, después de pedir por largo tiempo y recibir consejo de sus Srs. Asistentes y también de algunas personas más de la congregación que tenía por prudentes y virtuosas, habló a uno de los primeros contra el quietismo. Se adelantó, por la prohibición que impuso a sus inferiores de ingerirse en estas vías de oración, la condena que la Santa Sede ha hecho después. Y toda nuestra Congregación ha recibido con tanto respeto y veneración su sentimiento sobre este asunto que ha redactado un decreto expresamente, en la Asamblea general de 1685.
La lectura de los malos libros, o también de los que no son heréticos ni corrompidos, sino que contienen demasiada novedad y en los que se insertan sentimientos de irreligión o de desobediencia, es muy peligrosa. Toca el deber de los superiores no dejar esta clase de libros en las manos de todos sus inferiores; por eso el Sr. Jolly recomendaba ser fieles en encerrar aparte en todas las bibliotecas de nuestras casas los libros heréticos, irreligiosos, o también aquellos en cuya lectura se necesita un gran examen y un descernimiento difícil. Escribió en 1693 una carta circular para mandar encerrar un libro nuevo de este tercer carácter, que andaba en las manos de casi todo el mundo porque, decía él, no hay nada de lo que debamos huir con más cuidado como de la curiosidad y del gusto de las novedades sospechosas, tanto en lo que se refiere a la doctrina como lo que concierne a las costumbres.
No basta que un superior preserve el espíritu de sus súbditos de todo error, debe también guardar su corazón de la corrupción de las pasiones a las que se inclinan la carne y la sangre.
El amor excesivo de esta vida y el apego desarreglado a los parientes son dos pasiones particularmente capaces de arruinar toda la virtud y la regularidad de las personas que sirven a Dios en las comunidades. Hemos dicho en otra parte cómo quería el Sr. Jolly que se tuviera cuidado de los enfermos; pero es necesario decir aquí que estaba atento a que los enfermos no tuviesen un cuidado tal de su salud corporal que descuidasen la santificación de sus almas. Tenía costumbre de citar a este propósito la palabra de la imitación de Nuestro Señor: Pauci ex infirmitate meliorantur. Es preciso, decía a los enfermos y a los convalecientes, tener mucho cuidado de que la enfermedad del cuerpo no pase hasta el alma; es preciso que nuestra virtud se perfeccione mientras languidece nuestro cuerpo, y decir con san Pablo: Cum infirmor, tunc potens sum«.
Temía mucho que el espíritu de delicadeza y de inmortificación llegara a deslizarse en la Congregación.
En cuanto al amor desarreglado de los padres, éstos son los sentimientos que él tenía, los ejemplos que nos ha dado de un santo desprendimiento y los consejos que ha escrito para curar a algunos particulares, que estaban en peligro. «Un hombre poseído del afecto a sus padres, decía él, no es capaz de nada. Las palabras de Nuestro Señor son tan expresas en esta materia que no se puede más, y él mismo nos ha dado ejemplo en toda su conducta; él nos dice en san Marcos: Non est Propheta sine honore, nisi in patria sua et domo sua et in cognatione sua»; Un profeta no está sin honor más que en su país, en su casa y entre sus parientes»; si está sin honor, será despreciado, y así será inútil. Digan lo que digan los parientes, se sienten edificados al ver a alguno de los suyos que está comprometido en una congregación entregado a las cosas de su deber y de su profesión; si, por el contrario, le ven mezclarse en sus asuntos, no le considerarán más que como a un hombre que no está más que de cuerpo y a medias en su estado. No son en el fondo las gentes de comunidad las que hacen la fortuna de sus padres.
«No nos debemos encargar de las comisiones de nuestros padres ni mezclarnos en sus asuntos y, cuando nos vemos obligados a hablarles, hay que ser breves. Es necesario a veces tener esta crueldad; pues, a menos que se supere, no se puede prevenir».
Parece que sea llevar las cosas demasiado lejos, pero es verdad que la conducta del Sr. Jolly ha sido todavía más dura y santamente más cruel que sus palabras.
Uno de sus sobrinos segundos, habiéndose presentado para ser recibido en la Compañía, mandó que fuese rechazado en cuanto supo que no era excelentemente capaz, aunque hubiera entonces varios jóvenes en el seminario, que no eran más fuertes que él en la filosofía y en las humanidades.
El superior de nuestra casa de Saint-Cloud había tomado afecto a otro de sus segundos sobrinos y deseaba ayudarle para su establecimiento. El Sr. Jolly se enteró por algunas cartas que se escribían a nuestro caritativo sacerdote; las retuvo y, por ello, le escribió ésta:
«Cayó en mis manos anteayer una carta que una de mis sobrinas, religiosa en Montmirail, os escribía, y que era por su sobrino, que por consiguiente es mi segundo sobrino. Esta buena joven se mezcla mucho más de lo debido con sus parientes. Ella os pide muchas cosas que me obligan a pediros que no os ocupéis de él, como yo me he negado a hacerlo. No es suficiente que yo me niegue, es también conveniente que nadie de la compañía se mezcle en ello; ya que nos volveríamos odiosos si nos ocupáramos en cuidar de nuestros parientes; este joven tiene un hermano en Laon, que enseña las humanidades; tiene otro que es sacerdote; tiene parientes en Charleville. Sin embargo, parece que creen que yo me deba encargar de él, de su hermana y de todos sus demás hermanos; trataré de no hacerlo, y de impedirle, si puedo, que sea importuno con nadie en mi nombre, ya que esto no conviene a las personas de nuestra profesión». Él prohibió además a uno de nuestros sacerdotes de Versalles así como a la Hijas de la Caridad de París y de Versalles que se comprometieran nunca a favor de los suyos.
Él no omitió nada, en una palabra, de lo que podía hacer para vivir en la tierra, como otro Melquisedech, sin padre, sin madre, sin genealogía, ni parientes; se contentó con pedir a Dios por sus padres y repartirles las pequeñas rentas anuales que recibía de su patrimonio. No se sirvió nunca en favor de los suyos del derecho que tenía de nombrar para ciertas parroquias de importancia; enviaba normalmente el nombramiento en blanco al superior del seminario para que pusiera a uno de los más dignos sujetos de la diócesis. Ha nombrado dos veces a una parroquia muy importante mil libras de rentas; escogió a éstos que los Srs. de San Sulpicio y un virtuoso párroco y doctor de Sorbona le aseguraban que eran los más dignos, sin mirar a sus padres, entre los cuales se hallaban quienes hubieran cumplido muy bien este puesto.
Quería que todos los misioneros entraran en estos sentimientos y siguieran sus ejemplos, en esta práctica del desprendimiento apostólico. Escribió a uno de nuestros sacerdotes que quería que se acercara a él uno de sus parientes en estos términos: «Señor, es difícil creer qué distracción producen los parientes a un sacerdote que los acerca a él, y qué perjuicio causan en su ministerio, haga lo que haga, por desinteresados que sean. Solo los que no están interesados pueden juzgarlo con acierto. Cuando nuestros parientes no tienen esperanza en nosotros, se aprovechan lo mejor que pueden; es lo que veo todos los días en los míos». Otro sacerdote, habiéndole escrito que estaba por fin cansado de las importunidades de sus parientes, recibió esta respuesta: «Bendigo a Dios porque os ha dado a conocer en vuestro retiro el lío en que os habéis metido a causa de vuestros parientes. Cuanto más se entrega uno a ellos, más nos importunan; y, después de todo, no les va mejor en sus asuntos, ya que Dios no bendice las asistencias que se les prestan contra sus órdenes. Permaneced pues firme en vuestra resolución, viviréis contento, serviréis a Dios y vuestros parientes no se sentirán menos cómodos».
Negó por carta a uno de nuestros sacerdotes el permiso que le pedía de venir a París para asistir a la ceremonia de la toma de hábito de su hermana, que estaba en religión:
«No tenemos, le escribía él, casi mortificación exterior; en recompensa, tomamos ésta, de no ir a nuestros parientes más que en necesidad, y de no asistir a estas clases de ceremonias donde no tenemos que hacer. Creo que veréis bien que hagamos con vos como lo hacíamos con todos los demás. Os verán con mayor alegría en la casa en que estáis, cuando se sepa que os priváis de esta satisfacción humana, para observar las costumbres de nuestra congregación».
Como él no negaba a sus propios parientes los socorros de las rentas temporales de su patrimonio, permitía con facilidad a los demás hacer lo mismo, suponiendo la necesidad, fuera de la cual deseaba que se prefirieran los pobres. Le sucedió varias veces que, impresionado por el gran desprendimiento que algunos de los nuestros demostraban para con sus parientes pobres y abandonados, él mismo ha tenido cuidado de sus asuntos y los ha sacado del mal paso en que, sea por maldad de otros, sea por su propia falta, se habían metido.
El Sr. Jolly temía las menores alteraciones del espíritu de nuestro muy honorable padre el Sr. Vicente. Siempre entregado a Dios en la oración, le servía de boca para enseñarnos sus divinas voluntades; siempre fiel en las cosas menores que nos recomendaba, nos servía de antorcha para ir a él por el camino que nos había trazado. Cumplía así, en el recibo entero de sus deberes, toda la extensión del anagrama que se ha hecho de su nombre (Edmundus Ioly): Os Dei, Lux Mundi: Es la boca de Dios y la luz del mundo«.
Capítulo IX:
Algunas máximas o sentencias que le eran más familiares.
Aunque se vea bastante por lo que se ha dicho hasta ahora de la vida y de las virtudes de nuestro muy honorable Padre el Sr. Jolly cuáles eran los principio y las reglas de sus actos y de su conducta, se ha creído no obstante que no sería demás añadir un breve compendio de las sentencias y máximas de buena conducta que le eran más familiares. Los antiguos, para prestarnos servicio, han llenado volúmenes enteros con los pensamientos ingeniosos y proverbios de los filósofos que no eran todo lo más otra cosa que producciones y ocurrencias de la razón humana bien cultivada. No hay pues lugar a temer que sea superfluo si recogemos en pocas páginas algunas sentencias de nuestro sapientísimo Padre, en vista de que son principalmente, en su mayor parte, , máximas sacadas del fondo de la religión y que las otras son muy juiciosas y fundadas en una larga experiencia que había adquirido. Comenzaremos por las que son muy espirituales o sobrenaturales; seguirán las que se refieren más a los asuntos humanos.
Algunas máximas o sentencias le eran más familiares.
- Tendré por modelo la vida y las máximas de Nuestro Señor y, por medio de esta imitación, las de los Srs. Vicente y Alméras.
- Obrar sin respeto humano, buscando la gloria de Dios y confiando que él hará nuestros asuntos, si buscamos puramente hacer los suyos.
- Hacer las cosas de Dios sin urgencias, siguiendo paso a paso a la Providencia, apresurándonos lentamente y caminando al estilo italiano, piano, piano, porque quien se agobia recula, en las cosas de Dios.
- Hagamos su parte en la acción de la divina Providencia es Dios quien gobierna. Él lo ve todo, y lo puede impedir; si no lo hace, debemos someternos.
- Es preciso suplir el defecto de los talentos con su humildad y reconocimiento de su pobreza; la humildad suple lo que nos falta.
- Para ganar el corazón y obrar útilmente es preciso tener mucha dulzura y auxilio, estando conforme al espíritu de Nuestro Señor y a la práctica de los Srs. Vicente y Alméras.
- Firme e inviolable en cuanto al fin, decía, según el Sr. Vicente, manso y humilde en cuanto a los medios.
- No se han de perdonar las desobediencias formales, mucho menos las faltas que han sido escandalosas en la comunidad.
- No sorprenderse nunca por las dificultades, ni abandonarse al miedo, creyendo firmemente que no nos sucederá más mal de los que la bondad divina quiera permitir.
- La santísima y adorable voluntad de Dios sea nuestra regla y nuestra divisa, como ella es nuestra salvación y perfección.
- Para que los nuevos no se disgusten en la práctica de la virtud, es preciso que los antiguos les den el ejemplo.
- No admitir en el oficio a aquéllos que manifiesten desearlo por poco que sea; y no conceder a los particulares lo que desean con ardor, ni lo que piden con amenazas, aunque pueda ocurrir algún inconveniente.
- Prestarse de buena gana a los arreglos de nuestros procesos, tanto para dar ejemplo al público como porque la paz vale más que lo que nos puedan quitar en un arreglo desventajoso.
- Los empleos honrosos, brillantes y estimados por las gentes del mundo no nos convienen; y si alguna vez en esto los Misioneros se salen de la sencillez, de la humildad y de las demás virtudes que componen el espíritu de la congregación, perderán la gracia de su estado y no encontrarán ninguna en las acciones brillantes.
- De ordinario los Superiores que están considerados por los seculares no lo están apenas por las personas de la congregación; y, por el contrario, los que están bien considerados dentro no lo están tanto afuera, porque se entregan a la observancia de las reglas y no a los negocios seculares.
- Avisar a menudo y seriamente a los superiores que, descuidando el cuidado de su casa, se dedican a los asuntos de fuera; y si no se corrigen, desposeerlos.
- Los enfermos virtuosos son la bendición de la congregación, los superiores deben tener gran cuidado de ellos; y ellos mismos no deben agobiarse por los remedios: sería mostrar con ello que les falta virtud.
- Nosotros somos instrumentos de Dios, no debemos nunca afligirnos por los malos sucesos, ni aplaudirnos por los éxitos en los asuntos, porque es Dios quien lo conduce todo; es suficiente que le prestemos nuestras manos para sus obras, nosotros no estanos encargados del éxito.
- Hemos de acudir a nuestras reglas en materia de perfección: toda la que Dios pide de nosotros está comprendida en esto. La regularidad es más estimable en un súbdito, incluso en un superior, que todos los demás talentos.
- En cuanto al cabello aunque no se vea apenas blancos, decía: «Cuando hay mezcla de blancos y de negros, no se suele corregir»; y añadía con más seriedad: «Es cosa rara ver a hombres cambiar, sobre todo cuando han cogido su costumbre y formado sus hábitos».
- En las desgracias es preciso, decía él, humillarse y someterse a Dios y, aun cuando fuera de su agrado destruirnos en el momento, no debemos tener el menor pensamiento de oponernos. Dominus est; quod bonum est inoculis suis faciat.
- Los superiores deben ser tan devotos, tan fervientes y tan amigos de Dios, que sostengan a su familia, como Moisés, levantando las manos al cielo, hacía por el pueblo de Dios.
- Para convertir a las almas, es necesario que los hombres apostólicos ante y por más tiempo a Dios de los pecadores, que de Dios a los pecadores. Esta máxima es de San Agustín.
- Recogerse antes de hablar y no decir nada que no sea oportuno y que no venga a cuento.
- Permanecer siempre en los principios de nuestro Instituto que son el desprendimiento, la humildad y a la caridad.
- Formar bien a los jóvenes, porque un seminarista no devoto, vago y tibio, no será nunca buen misionero. El vicio de la primera formación corrompe todo el resto de la vida.
- Huir toda duplicidad, mentira y equívoco en las palabras, y nunca decir nada que sea contrario a las obligaciones de la caridad y a las reglas de la prudencia.
- No son siempre los más sabios los que producen más fruto, los que tienen más gracias lo hacen mejor, porque dios los favorece, en lugar de que se opone siempre a los orgullosos.
- No escuchar los deseos de los eclesiásticos de la congregación que querrían ser hermanos, ni de los hermanos que querrían ser eclesiásticos; porque, si se los [509] escuchara en la pendiente natural que los hombres tienen al cambio, no habría ya nada seguro más que la mutación y el desorden.
- Respondía a los superiores que se quejaban de los obreros que les enviaban, que cuando Dios no nos da excelentes súbditos, le resulta muy agradable que nos sirvamos de los que tenemos, aunque pobrecitos, mientras no sean incapaces del todo.
- Una buena dirección debe ser humilde, caritativa, prudente y circunspecta, porque con estas virtudes tiene consejos suficientes; Et erit salus ubi multa consilia, dice el Espíritu Santo en los Proverbios.
- Decía ordinariamente en la repetición de oración del día de Pascua: » Ya ha pasado la Cuaresma, pero el tiempo de mortificarnos, de hacer penitencia, y de llevar una vida santa y edificante, no ha pasado, hay que combatir hasta la muerte y resistir hasta la sangre».
- Hay que caminar con mucha sencillez, mirar a Dios en las personas que nos dirigen, confiar su alma a los cuidados de sus superiores, porque hay muchas gracias por seguir así en el mandato de dios.
- No querer hacer nada más que la obediencia, es estar seguros que se ama sobre todas las cosas la voluntad de Dios; y perseverar en este estado es ir a grandes pasos a su salvación y a su perfección.
- Si algunas cosas pueden dañar a las personas que sirven a Dios es sin duda la elección que hacen a veces de sus empleos, de los lugares y de las personas con las que quieren servirle.
- El alimento de Nuestro Señor era hacer la voluntad de su Padre celestial, nosotros debemos aspirar sin cesar a esta santa disposición.
- Se han de respetar mucho los consejos de NN. Srs. los Obispos, pues son los primeros guías de sus diócesis, sobre todo si son virtuosos y que no estén interesados en el asunto de que se trata.
- Un misionero no mortificado no sirve para nada
- No se puede contar con un hombre que titubea sobre el estado de vida que debe abrazar y que tiene aún afectos tiernos y humanos para sus prójimos, cuando no los mortifica.
- La oración y la mortificación son dos medios absolutamente necesarios para la adquisición de todas las virtudes.
- El secreto es el alma de los buenos asuntos que se ven casi siempre patas arriba por la charlatanería. Se ha de guardar el secreto en las cosas menores para no violarle en las más importantes.
- No innovar nada, a menos que el camino resulte evidentemente necesario para el bien común, porque si una práctica nueva es de alguna utilidad, su novedad aporta siempre una confusión; Si utilitate juvat, novitate perturbat. (Aug. Ep. 18.)
- Para cambiar del mal al bien en la dirección, primero deliberar poco; pero para cambiar el bien por el mejor, hay que pensárselo dos veces, reflexionar largo tiempo y casi siempre no hacer nada.
- Para mantener a los inferiores en regla conviene que los superiores les atiendan en sus necesidades porque tibi non est abundantia, non est observantia.
- No se ha de contestar contra los prelados; pero, cuando lo que se les pide está lleno de razón, se ha de perseverar en recordárselo sin ceder, y unir, en caso de resistencia, la firmeza con la dulzura, sin inquietarse.
- » Guardaos mucho de un hombre que no tiene más que un libro, y de un litigante que sólo tiene un asunto»; esto para enseñar a los jóvenes a no dividirse demasiado en su estudio.
- Sed muy reservado en recibir en la compañía a los que se han marchado y en no permitir que los nuestros los vean y traten con ellos a escondidas.
- Las personas que se van de la lengua no valen para ser superiores ni procuradores.
- Las personas enfermas por lo general no son propias para ser superiores porque, estando necesitadas de tomar algunos remedios necesarios, les cuesta negar incluso lo superfluo a los que están bajo su dirección
- Hacer de suerte que las personas de fuera no se mezclen en nuestros asuntos domésticos y cuidar de que no se les hable temerariamente y sin fruto.
- Cuando le apuraban por algo que no podía conceder o negar en el instante, respondía como sonriendo estas palabras italianas: «lo vero et faro quel che potro –Veré y haré lo que pueda». Había aprendido esta respuesta, que no compromete a nada, de Mons. el cardenal Corrado, datario, que se servía de ella casi siempre para darse un tiempo de deliberación.
- Tenía más refranes italianos de los que se servía muy oportunamente con los que sabían esta lengua: «Assai domanda chi serve bene e tace; -Mucho pide quien sirve bien y se calla» –Chi ti (fa) carrezze più que non suole, t’ha ingannato o inganar ti vuole: -Quien te acaricia más que de costumbre, o te ha engañado, o te quiere engañar». –Chi sa non fa non sa, et cosi, il mondo se ne va: –Quien puede no quiere; quien quiere no puede. Quien sabe no hace, y quien hace no sabe; así anda el mundo». –»Col tempo e colla paglia si maturano le nespole: Con el tiempo y con la paja, los nísperos maduran; es decir que con el tiempo y paciencia todo se alcanza.
Ha repetido muchas veces al difunto Sr. Alméras este poroverbio: «Chi labora meno, labora più –Quien trabaja menos trabaja más».
Lo que traducía para nosotros FrancesesHay que hacer vida que dure, y no gastarnos en un día. - En los asuntos un poco espinosos » Ya veremos, decía, lo que el tiempo nos dice», prefiriendo perder un poco de tiempo en la deliberación, con tal de ganarlo en el vigor de la acción.
Esto es cuanto hemos podido recoger de la vida, de las virtudes y de las máximas del difunto Sr. Edme Jolly, nuestro muy honorable Padre y tercer Superior general.
Quiera Nuestro Señor hacernos la gracia de conservar para siempre la memoria, seguir cada vez más las virtudes de las que él nos ha dado tan grandes ejemplos y de vivir y de morir como él en una completa fidelidad a los deberes del estado al que él ha querido llamarnos para su gloria y la salvación de nuestras almas.








