Caridad en San Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José María Ibáñez, C. M. · Año publicación original: 1993 · Fuente: XX Semana de Estudios Vicencianos.
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Introducción

Hablar de la caridad en Vicente de Paúl en esta semana de Estudios Vicencianos significa hacer una «relectura» de la misma. Esta relectura implica no una simple exposición de lo que dijo e hizo Vicente de Paúl referente a la caridad, sino un volver a leer su enseñanza y a interpretar su acción socio-caritativa a la luz de los problemas actuales para descubrir en ellas dimensiones que en su tiempo pudieron pasar desapercibidas.

Al tener que encarnar la inspiración creadora del decir y del hacer de Vicente de Paúl referente a la caridad en la situación actual de la Iglesia, de la vida social y contrastarla con ellas, se hace imprescindible profundizar en su comprensión. Sólo así se podrá entender cada vez con mayor hondura y será posible traducirla con mayor precisión en un lenguaje intelectualmente válido, sociológicamente significativo y eclesialmente profético para el mundo cultural, social y eclesial de hoy.

Intuyo que algo de esto debió correr por la mente de los organi­zadores de la Semana, al proponerme el enunciado del tema. Sospecho, igualmente, que ustedes esperan de mi intervención algo parecido. Y, por supuesto, les confieso que esta «relectura» ha constituido para mi un aguijón a lo largo de la elaboración de la conferencia.

I. «Ésta es mi fe y mi experiencia»

Vicente de Paúl utiliza, en circunstancias muy concretas y com­prometidas, una fórmula clara y excesivamente rica: «Esta es mi fe y mi experiencia»1. No es una frase más. Es una confesión que sale de lo profundo de su ser. Ella nos ilumina, incluso, si permanece en el secreto de su alma, después de haber clarificado su espíritu y movi­lizado toda su energía vital. A través del contenido de esta fe y de esta experiencia tendremos alguna posibilidad de descubrir las moti­vaciones profundas que orientan sus palabras y sus hechos con relación a la caridad. Dicho de otra manera, su forma evangélica de vivirla en lo más íntimo de él mismo y en la conflictividad social y política de su tiempo.

Cuando se aborda a Vicente de Paúl, sería mejor buscar a un hombre que encontrar a un autor. Sin embargo, cuando se le frecuenta, se descubre que la precisión intelectual no está ausente de él2, aún cuando utilice preferentemente el registro de la sensibilidad y de la emoción, «el arte de ser elocuente». Su secretario particular nos declara tranquila e ingenuamente: «Se dice que Vicente de Paúl no dice más que cosas comunes. Sin embargo, añade él, cuando habla de algunos temas, su expresión y su exigencia están muy por encima de lo co­mún»3. Hoy sabemos que lenguaje y práctica, además de ser signos de un espíritu, de una experiencia interior, son la mejor traducción de lo cotidiano. Quien utiliza este lenguaje y requiere semejante exigen­cia, es un hombre que vive y experimenta a través de todo su ser. Un místico de la caridad revela lo más profundo de su existencia a través de sus consignas, de su estrategia dinámica. Consignas y estrategias pueden ayudarnos a interpretar el dinamismo de su vida caritativa y a través de este dinamismo llegar a descubrir la significación de sus palabras relativas a la caridad. Olvidarlo, sería desconocer que Vicente de Paúl pertenece a la categoría de hombres cuya vida y pensamiento se gestan y se desarrollan en inter-acción recíproca. El dato de lo vivido, la circunstancia que lo ocasiona, la experiencia que engendra y prolonga se convierten en fuente fecunda de reflexión y ésta de comportamiento práctico. Por ello la.vida, de Vicente de Paúl se cons­tituye en pauta hermenéutica de su pensamiento, y su doctrina es la formulación de su fe y de su experiencia. Veámoslo.

II. Vicente de Paúl y la caridad

Cuando se habla de la caridad en Vicente de Paúl, es menester no separarla de la realidad social de la pobreza y de los pobres, de Dios y de Cristo. Para él, caridad, Dios, Jesucristo, pobres y pobreza son cinco realidades que se entremezclan y se clarifican desde el interior. Disociarlas, sería impedirse descubrir el significado y el contenido de la caridad, vicencianamente entendida.

1. La experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl

La experiencia de la pobreza y de los pobres en Vicente de Paúl no se puede encerrar en unas cuantas frases por muy pulidas y brillantes que sean. Esta experiencia evolutiva camina al ritmo cambiante de la realidad económica, financiera, social, política de su tiempo y de la trayectoria vivencial de su fe. Para caracterizarla, lo menos imperfec­tamente posible, es rigurosamente necesario analizar los momentos claves que señalan esta evolución y a partir de ellos descubrir cómo se acelera su ritmo, crece en progresión y aumenta en extensión. He tratado el tema en otros lugares y a ellos me remito de una vez por todas4.

Del análisis de esta experiencia se deduce lo siguiente: La pobreza fue para él, hasta 1617, el resultado de no saber defenderse en la vida, esto es, atribuible a razones personales. A partir de esta fecha, es­pecialmente desde 1635, la pobreza pasa a ser para él una realidad social, causada por las crisis agrícolas, el aumento enorme de las cargas fiscales, la política de guerra adoptada por el Estado, las re­beliones populares, la repartición injusta de la tierra, la subida cons­tante de los arrendamientos de la misma, los salarios de miseria per­cibidos por los obreros de la ciudad y los aún más paupérrimos pagados a los jornaleros del campo, es decir, atribuible a la política de un Gobierno instalado en la guerra y en el despilfarro y a las operaciones financieras de la parte más rica y más fraudulenta de la sociedad.

El resultado del análisis de esta misma experiencia señala, igual­mente, algo muy claro: Los pobres pasaron para él de ser unas miserias ambulantes, que no le merecían ninguna atención, a imágenes al natural de Cristo5. Imágenes que, es necesario señalarlo, fueron despiada­damente oprimidas por la política económica y social del Estado, tenazmente explotadas por la voracidad financiera de los burgueses y necesariamente mantenidas en la miseria por el «dulce encanto» de la necesidad de lo superfluo de los grandes y poderosos de la sociedad.

a) Caridad, pobreza, pobres

Vicente de Paúl jamás separa la caridad de la realidad social de la pobreza y de los pobres. De ahí que al hablar de la caridad vicenciana señale lo siguiente:

En primer lugar, para comprenderla en su dimensión social, se requiere tener una información lo más exacta posible de la pobreza. Vicente de Paúl fue, sin ningún género de duda, el hombre mejor informado en su época de la miseria que invadía a la mayoría de sus contemporáneos. Por eso pudo constatar: «El pobre pueblo muere de hambre y se condena»6.

En segundo lugar, para profundizar en ella, es imprescindible, después de haber realizado el análisis riguroso de la pobreza y de los pobres, adquirir una conciencia social. En Vicente de Paúl esta con­ciencia se agudizó de tal manera, que le llevó a hacer suya la situación de miseria injustamente impuesta a los pobres e injustamente sufrida por ellos. Por eso pudo declarar: «Los pobres que no saben a dónde ir ni qué hacer, que sufren y que se multiplican todos los días, cons­tituyen mi peso y mi dolor»7.

En tercer lugar, para hacerla eficaz en todos los frentes donde aparece la miseria, es preciso conocer las causas inmediatas que de­sencadenan la situación de injusticia que padecen los pobres: «¡Guerra por todas partes, miseria por todas partes!», comenta Vicente de Paúl en la repetición de oración del 24 de junio de 1655, cuando la política belicista y partidista desencadena una miseria atroz en el pueblo8.

Finalmente, para socializarla, es indispensable proponer a los po­deres políticos, económicos y sociales, hasta urgírselo, que utilicen esos poderes para proteger a los grupos más débiles de la sociedad y ayudar a salir de la miseria a los que nada o casi nada tienen.

Difícilmente se cobrará y se hará cobrar esta conciencia a los poderes políticos y a las fuerzas sociales, si no se está convencido, como lo estuvo Vicente de Paúl, de que «somos gerentes y no pro­pietarios de los bienes»9. El propietario es Dios. Y, por añadidura, ese mismo Dios nos manda que los hagamos fructificar en beneficio de los pobres10.

A Vicente de Paúl, que declaró a los misioneros: «Somos culpables de todo lo que sufren los pobres, si no sacrificamos toda nuestra vida para instruirles»11, le hubiera agradado haber podido leer en su tiempo, lo que escribió Juan XXIII, el 11 de abril de 1963: «La experiencia enseña que son muchas y muy grandes las diferencias entre los hombres en ciencia, virtud, inteligencia y bienes materiales. Sin embargo, este hecho no puede justificar nunca el propósito de servirse de la supe­rioridad propia para someter de cualquier modo a los demás. Todo lo contrario: esta superioridad implica una obligación social más grave para ayudar a los demás a que logren, con el esfuerzo común, la perfección propia»12.

A este hombre, dotado con un talante financiero y un gran sentido de las realidades económicas, le hubiera contentado haber podido leer en su época, lo que escribió Juan Pablo II, el 30 de diciembre de 1987: «Es necesario recordar, una vez más, aquel principio peculiar de la doctrina cristiana: los bienes de este mundo están originariamente destinados a todos. El derecho a la propiedad privada es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio. En efecto, sobre ella grava «una hipoteca social», es decir, posee, como cualidad in­trínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el destino universal de los bienes»13.

b) Relectura de la caridad vicenciana desde la pobreza y los pobres de hoy

La «relectura» de la caridad en Vicente de Paúl nos indica, en primer lugar, que, para comprender su sentido y objeto, es condición absolutamente necesaria el conocimiento de la realidad, es decir, el VER de las situaciones históricas. En efecto, al hombre caritativo le interesa analizar y conocer la realidad desde la perspectiva de los mecanismos de justicia e injusticia que operan en ellos. No es un conocimiento puramente descriptivo, sino dirigido por la «finalidad» de conocer cómo operan en los mecanismos y decisiones adoptados los valores que afectan a la justicia o injusticia social. Más aún, será necesario conocer el ámbito de acción discrecional que en los mismos existe, a fin de poder incorporar la racionalidad ética y la exigencia moral.

El análisis evangélico de la realidad no ignora que la pobreza y las «estructuras de pecado»14, generadoras de injusticia, tienen su raíz en la cultura dominante, el orden económico, social y político, la libertad del hombre y el pecado. Este análisis, que respeta la autonomía de las ciencias económicas y sociales, busca, más allá de un mero análisis científico, discernir los signos de la caridad que harían presente el Reino de Dios en la sociedad.

La misma «relectura» nos descubre, en segundo lugar, no sólo que el mundo de los empobrecidos y marginados forman parte de la sociedad en general, sino también que deben ayudarnos a introducirnos en ella por su línea fronteriza o marginal. Esta percepción de la so­ciedad y la introducción en ella, desde sus márgenes, son sumamente clarificadoras para comprender el sentido vicenciano de la caridad, ya que nos, hacen cobrar conciencia de que los pobres son el subproducto de la sociedad de la que formamos parte.

Finalmente, la «relectura» de la caridad en Vicente de Paúl nos manifiesta algo muy claro: No se puede comprender la caridad social ni ejercerla en todas sus dimensiones si, al mismo tiempo, no se hace una lectura de las causas sociales y políticas que producen la pobreza y los pobres.

La pobreza del mundo de hoy, además de nutrirse de decisiones concretas en las que la intervención de los hombres desde el poder económico, social y político resulta decisiva, es fundamentalmente estructural, motivada por un reparto inadecuado de la riqueza y por la desigualdad de oportunidades. Es un asunto de justicia e injusticia y los pobres son personas que están sufriendo una gran injusticia. Necesitamos todos ser muy conscientes de ello.

Lo nuevo, lo determinante hoy, es que la pobreza y la marginación han llegado a ser para muchos una «lacra social», éticamente inacep­table y políticamente inadmisible. De ser, como en tiempo de Vicente de Paúl, un fenómeno «natural» sin remedio y sin solución, la pobreza y la marginación se convierten automáticamente en mala conciencia que reclama encontrar respuestas solidarias y colectivas en el ámbito local, regional, nacional e internacional. Pobreza y marginación ex­presan con autonomía incomparable la irracionalidad de, un sistema pretendidamente social y de bienestar. También con las nuevas formas de pobreza ocurre como con la pobreza del siglo XVII: que se des­pliegan en un conjunto complejo de fenómenos que dan como resultado una efectiva exclusión social.

Nuestra insistencia en estos datos quiere testimoniar una vez más que la pobreza es una situación estructural, es decir, que hay que hacer una lectura socio-política de la pobreza. Nuestra sociedad, como toda sociedad, es una máquina de fabricar pobres. La nuestra produce los suyos, los llamados «nuevos pobres». Mucha gente no acaba de enterarse.

Atribuir la pobreza a razones personales de quien la padece: de­sinterés, incultura, enfermedad, conlleva ejercer la caridad en unas «relaciones cortas», de persona a persona, y, en consecuencia, a re­ducirla a su dimensión asistencial. Atribuir la pobreza a causas socia­les, implica, por el contrario, ejercer la caridad en unas «relaciones largas» y, en consecuencia, abrirla a su dimensión social y política. Así, pues, no se puede comprender la caridad, vicencianamente en­tendida, ni ejercerla en todas sus dimensiones si, al mismo tiempo, no se hace una lectura socio-política de la pobreza.

2. La experiencia de Dios y de Cristo en Vicente de Paúl

La revelación bíblica, cuya plenitud es Jesucristo, nos habla no tanto de Dios en sí mismo cuanto de su proyecto en favor nuestro. El Dios de la revelación se hace presente en los combates en favor del hombre. Así sucedió desde que Moisés encontrase a Dios en la libe­ración de su pueblo (EX 3, 7-10). Y sigue siendo verdad todavía hoy. Es el mensaje central del Evangelio, que nos ofrece la verdad de Dios en su relación con la historia humana y el camino que la Iglesia debe emprender para conseguir su vida plena.

Lo más íntimo y auténtico de la experiencia bíblica de Dios se encuentra en la frase de Juan: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). La afir­mación, además de querer expresar el ser de Dios, equivale a implantar en el amor toda su relación con el hombre. Por eso el mismo Juan escribe un poco más adelante: «Nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). «El amor, comenta Torres Queiruga, se ha colocado en el centro mismo de la relación, convirtiéndose en criterio último y definitivo en ambas direcciones.

No hay más Dios que el Dios que ama, y no hay más hombre auténtico que el que se sitúa en ese amor y permanece en él como en una morada de donde saca fuerza, vida y sentido»15. Para el cristiano el centro dinámico, desde el que se organiza su inteligibilidad y se coordinan todos sus datos y manifestaciones, es el amor16.

Afirmar que «Dios es amor» equivale a decir que: Dios escucha el clamor de los pobres y se siente solidario con él (EX 3, 7-10. 12; 20, 2; Dt 26, 5-9). Dios defiende a los pobres y les hace justicia (EX 6, 6-7; Jer 9, 23; Os 10, 12; Sal 146, 7-9) Dios, en Jesús de Nazaret, opta preferentemente por los pobres (Lc 4, 18-20; 6, 20; 7, 18-23). Lo que está en juego, realmente, en el contenido de estos enunciados17, es la idea que nos hacemos de Dios. Y el Dios de Jesucristo, es un Dios que se caracteriza por su predilección por los pobres, los des­validos. Un Dios que hace siempre justicia a los pobres, porque su amor es oblativo (Rom 5, 8. 10; Mc 2, 17), necesariamente universal (Gal 3, 28; Mt 5, 43-48) y si se atreve a hacer alguna acepción de personas será siempre a favor de los que la sociedad desprecia: los pobres (Lc 6, 20) y los pecadores (Mt 9, 10-13). Las cosas son así por el hecho de que la justicia y el amor están íntimamente vinculados al centro del misterio del Dios revelado.

A) La experiencia de Dios en Vicente de Paúl

La experiencia humano-cristiana de Vicente de Paúl surge y se alimenta de un encuentro fuerte con Dios y con Cristo en el mundo de los pobres18. De ahí que en la larga trayectoria de la experiencia de fe del fundador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad se encuentren continuamente interrelacionados el Dios de los pobres y los pobres de Dios. Es obvio, entonces, que Vicente de Paúl declare con sencillez: «Dios no ama más que la caridad»19. La frase significa que Dios se rige por el principio-caridad. En esta misma línea de pensamiento confiesa con precisión: «La perfección se en­cuentra en la caridad»20. La afirmación equivale a decir que el hombre auténtico se rige por el mismo principio-caridad. En ambas frases nos transmite que su experiencia de fe coincide con la experiencia bíblica de Dios, de la que hemos hablado anteriormente. Veamos ahora que el Dios, de quien vive y habla Vicente de Paúl, no se puede, separar de la caridad y de los pobres.

a) «El espíritu de Dios es un espíritu de amor, de caridad»

Lo que caracteriza al espíritu de Dios en la experiencia de fe de Vicente de Paúl, es un espíritu de amor, de caridad: «Quiera la bondad de Dios, mis queridísimas hijas, repartiros en abundancia su espíritu, que es solamente un espíritu de amor, de mansedumbre, de suavidad y de caridad»21. Afirmar que el espíritu de Dios es amor, equivale a decir que es don. Por eso se da a los hombres. Más aún, al entregar a su Hijo a la muerte por nosotros, Dios nos muestra que es amor para nosotros (Rom 5, 8) y, además, que podemos amar con el amor que El nos da (Jn 13, 34).

El amor en su plenitud consiste en amar a Dios en el hombre y al hombre en Dios (1 Jn 4, 20-21). Desde esta convicción se comprende mejor lo que dice Vicente de Paúl: «Si tenemos amor, hemos de demostrarlo llevando a los hombres a que amen a Dios y al prójimo, a que amen al prójimo por Dios y a Dios por el prójimo»22. Y añade: «He de amar a mi prójimo, como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez los hombres amen a su Creador, que les conoce y reconoce como hermanos, que les ha salvado, para que con una caridad mutua también ellos se amen entre sí por amor de Dios, que les ha amado hasta el punto de entregar por ellos a la muerte a su propio Hijo»23.

Así, pues, es el amor de Dios el que da sentido a la acción de ese mismo Dios en el hombre. Por eso no hay más que un amor: el realizado por Dios en Cristo para liberar al hombre de todo lo que le oprime y salvarle por la caridad, hecha servicio.

b) «Dios es un abismo de ternura»

Vivir el amor a Dios en el hombre y el amor al hombre en Dios no tiene otro sentido para Vicente de Paúl más que «buscar y realizar el reino de Dios»24, es decir, hacer la voluntad de Dios. Una voluntad que hace experimentar, a quien la realiza, el contraste con lo que se opone a ella: marginación, opresión y muerte para los pobres25. Ello equivale para los vicencianos no sólo a manifestar lo que Dios quiere de ellos en tal momento crítico, sino a comprometerse en cualquiera de las encrucijadas donde se juega el ser y el porvenir del hombre. Más aún, equivale a declarar y prometer que Dios juega en ese mo­mento decisivo a favor del pobre, del marginado. Por eso los vicen­cianos que leen la voluntad de Dios en la historia asumen la ética desde la ternura de Dios y aportan esperanza transcendente y liberación concreta a aquellos «predilectos de Dios» que son ciertamente los pobres, los desechados del mundo26.

El mundo conoce el amor de Dios, cuando alguien evita que se pierdan aquellos a quienes la sociedad margina u oprime27. Los con­tinuadores de Vicente de Paúl, que hacen la lectura creyente del acon­tecer histórico, no sólo descifran sino que realizan la voluntad de Dios a través de la caridad que ejercen a favor de los más pobres de esos hombres. Y ello porque el amor de Dios se hace universal —para todos los hombres— a partir de lo débil y maltrecho del mundo. Por eso, el amor a los pobres, expresión de la voluntad de Dios, establece a los vicencianos en unión con Dios. Con un Dios que favorece a los pobres. Todo esto tiene su fundamento en que para Vicente de Paúl «Dios es un abismo de ternura»28, o lo que es lo mismo, Dios se rige por el principio-misericordia.

c) «Dios es el protector de los pobres»

En la trayectoria de la experiencia de fe de Vicente de Paúl aparece con claridad la parcialidad de Dios por los desvalidos: «Dios se llena de compasión por los pobres, al verlos abandonados en manos de personas que no tienen piedad de ellos»29. Ante la situación inhumana, en la que se encuentran los desheredados, Dios-amor-misericordioso se hace su defensor a través de la justicia interhumana. Desde esta experiencia de fe se comprende que su fundador diga confidencial­mente a las Hijas de la Caridad: «Es Dios el que os ha encomendado el cuidado de sus pobres y tenéis que comportaros con ellos con su mismo espíritu, compadeciendo sus miserias y sintiéndolas en vosotras mismas en la medida de lo posible, como aquel que decía: ‘Yo soy perseguido con los perseguidos, maldito con los malditos, esclavo con los esclavos, afligido con los afligidos y enfermo con los enfermos’ (1 Cor 9, 19-22)»30.

En la misma línea de pensamiento Vicente de Paúl aduce ante los misioneros la razón primordial de la opción preferencial de Dios por los pobres: su predilección por ellos. Escuchémosle: «Dios ama a los pobres y, en consecuencia, ama a quienes aman a los pobres, porque, cuando se quiere a alguien, se tiene afecto por sus amigos .y servidores. Pero la pequeña Compañía de la Misión trata de ocuparse con afecto de servir a los pobres, que son los predilectos de Dios, y de esta manera tenemos motivos de esperar que por amor a ellos, Dios nos amará. Vayamos, pues, hermanos míos, y dediquémonos con nuevo amor a servir a los pobres, e incluso busquemos a los más pobres y a los más abandonados; reconozcamos delante de Dios que son nuestros señores y maestros y que somos indignos de ofrecerles nuestros pe­queños servicios»31.

El verdadero alcance de estas declaraciones lo descubrimos, cuan­do somos conscientes de que los pobres, ayer como hoy, son los que pagan, a causa del egoísmo de otros hombres y de las estructuras sociales injustas, las consecuencias de la no realización del plan amo­roso de Dios en beneficio de todos los hombres.

La predilección y parcialidad de Dios por los que sufren pobreza y marginación se precisan aún más y se hacen más incisivas, cuando Vicente de Paúl comunica a las Hijas de la Caridad: «¿Sabéis, her­manas mías, que me he enterado que esas pobres gentes están muy agradecidas a la gracia que Dios les ha hecho y, al ver que se va a asistirles y que esas hermanas no tienen más interés en ello que el amor de Dios, dicen que se dan cuenta entonces que Dios es el protector de los pobres? ¡Ved qué hermoso es ayudar a esas pobres gentes a reconocer la bondad de Dios! Pues comprenden perfectamente que es él quien las mueve a hacer ese servicio. Y entonces conciben elevados pensamientos de piedad y dicen: ¡ ‘Dios mío, ahora nos damos cuenta de que es cierto lo que tantas veces hemos oído predicar, que te acuerdas de todos los que necesitan socorro y que no abandonas nunca a una persona que está en peligro, puesto que cuidas a unos pobres miserables que han ofendido tanto a tu bondad!’. He sabido incluso por personas que fueron atendidas por nuestras hermanas, y por medio de otras muchas que se sentían muy edificadas al ver cómo esas hermanas se preocupaban de visitarles, reconociendo en ello la divina bondad y viéndose obligadas a alabarle y darle gracias. Sí, hermanas mías, las personas que os ven y aquellas a quienes asistíais alaban a Dios y con razón»32.

El lugar de la inspiración de este Dios, defensor de los pobres, y de esta caridad en favor de los necesitados, Vicente de Paúl lo en­cuentra en Isaías. El mismo nos lo cuenta, cuando afirma: «Cada vez, desde hace veinte años, que leo el capítulo 58 de Isaías, me siento profundamente perturbado»33, aguijoneado por un Dios que manda «clamar a voz en grito» a su profeta:

«El ayuno que yo quiero es
—oráculo de Yahvé —
desatar los lazos de maldad,
deshacer las coyundas del yugo,
dar libertad a los quebrantados
y arrancar todo yugo.
Partir al hambriento el pan,
y a los pobres sin hogar recibir en tu casa.
Que cuando veas un desnudo lo cubras
y de tu semejanza no te apartes»
(Is 58, 6-7).

El servicio de las Hijas de la Caridad, que «hace presente la bondad de Dios ante los pobres»34, verifica entre nosotros que Dios es el protector, el defensor de los empobrecidos, explotados y desechados del mundo.

Queda claro, pues, que un Dios separado de la caridad y de los pobres es cualquier cosa menos el Dios vivido y anunciado por Vicente de Paúl.

B) La experiencia de Cristo en Vicente de Paúl

Dirijimos ahora nuestra mirada al Cristo vicenciano y descubri­remos que en la experiencia de fe de Vicente de Paúl aparecen rela­cionados desde el interior Cristo-caridad-pobres, pobres-caridad-Cris­to. Esta interrelación significa que al Hijo de Dios no se le puede disociar de la caridad y de los pobres. Veámoslo.

a) «El espíritu de nuestro Señor es un espíritu de caridad perfecta»

Para llegar a descubrir la fisonomía del Cristo vicenciano, es ne­cesario referirse al movimiento de la encarnación. Este Mesías es Dios encarnado en la historia. Por esta encarnación, a través de este mo­vimiento de anonadamiento, Jesucristo es un ser histórico, enviado por el Padre para realizar su voluntad, que es una voluntad de servicio al hombre.

En el centro de la cristología de Vicente de Paúl aparece un Cristo-Amor, que pretende ser el Hijo de Dios-Amor. Este Cristo se carac­teriza por un «espíritu de caridad perfecta», que se traduce en una actitud fundamental de dependencia y amor en relación al Padre. Es­cuchemos a Vicente de Paúl: «¿Qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de caridad perfecta, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y de un deseo infinito de honrarla dignamente, un co­nocimiento de las grandezas del Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente. Jesucristo tenía de él una estima tan alta que le rendía homenaje en todas las cosas que había en su sagrada persona y en todo lo que hacía; se lo atribuía todo a él; no quería decir que fuese suya su doctrina, sino que la refería a su Padre: Doctrina mea non est mea, sed ejus qui misit me Patris (Jn 7, 16). ¿Hay una estima tan elevada como la del Hijo, que es igual al Padre, pero que reconoce al Padre como único autor y principio de todo el bien que hay en él? Y su amor, ¿cómo era? ¡Oh, qué amor! ¡Salvador mío, cuán grande era el amor que tenías a tu Padre! ¿Podría acaso tener un amor más grande, hermanos míos, que anonadarse por él? Pues San Pablo, al hablar del nacimiento del Hijo de Dios en la tierra, dice que se anonadó. ¿Podría testimoniar un amor mayor que muriendo por su amor de la forma en que lo hizo? ¡Oh, amor de mi Salvador! ¡Oh, amor! ¡Tu eres incomparablemente más grande que cuanto los ángeles pudieron comprender y comprenderán jamás: (…). Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos, amor, sus ora­ciones, amor, y todas sus operaciones exteriores e interiores no eran más que actos repetidos de su amor. Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los honores»35.

El «espíritu de caridad perfecta» de Cristo se manifiesta, igual­mente, en un «anonadamiento» de amor fiel y misericordioso con relación a los hombres. Dejemos, una vez más, la palabra a Vicente de Paúl: «Miremos al Hijo de Dios: ¡qué corazón tan caritativo! ¡Qué llama de amor! Jesús mío, dinos por favor, ¿qué es lo que te ha sacado del cielo para venir a sufrir la maldición de la tierra y todas las persecuciones y tormentos que has recibido? ¡Oh Salvador! ¡Fuente del amor humillado hasta nosotros y hasta llegar a sufrir un suplicio infame por nosotros! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa; ¿hay amor semejante? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros, por su ejemplo y su palabra, la caridad para con el prójimo. Este amor fue el que le crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra redención. Si tuviéramos un poco de ese amor, ¿nos quedaríamos con los brazos cruzados? ¿De­jaríamos morir a todos los que podríamos asistir? No, la caridad no puede permanecer ociosa, sino que nos mueve a la salvación de los demás y a su ayuda»36.

Según estos textos, el Jesús de Vicente de Paúl tiene un «corazón tan caritativo» que le lleva a entrar en el padecimiento del hombre. Semejante padecimiento le conduce al «anonadamiento» de la encar­nación y de la muerte. Pero este anonadamiento expresa hasta donde le conduce su amor solidario con el desvalimiento y el sufrimiento de los hombres. Su pasión por el hombre, por el pobre, la vive desde la caridad y la humildad y esta pasión le lleva a dar su vida por ellos. En el espíritu, vida y misión de Jesús, tal y como Vicente lo expe­rimenta, no hay más límites en el amor a los hombres que el que impone la entrega de la propia vida en favor de ellos.

El amor al hombre no es, entonces, una pasión inútil. «Estar enamorado del amor a las criaturas» no es un «pasatiempo» pascaliano del espíritu sino que implica hacer propia la situación de pobreza de los demás, reaccionar contra ella y contra las causas que la provocan hasta sacar a los que se encuentran inmersos en ella. Un amor así no solamente no evade del amor a Dios sino que conduce a su Hijo, y a quienes entran en el dinamismo de su encarnación, de su espíritu y de su misión, al «amor supereminente», o lo que es lo mismo, al grado más alto de unión con Dios, de amor a Dios, al que el hombre puede llegar según la expresión del gran místico de la contemplación, Herp. El salvado no es alguien que no tiene importancia, puesto que el Hijo de Dios, que ha llevado a cabo su salvación, le ha amado solidaria y gratuitamente hasta dar su vida por él. Amar de esta manera, hasta el anonadamiento total de sí mismo, es testimoniar hasta donde conduce a Jesús el amor que tiene al hombre.

Las palabras de Vicente de Paúl, pronunciadas el 7 de junio de 1660, dos meses y veinte días antes de su muerte, confirman, una vez más, lo que acabamos de decir: «Consumirse por Dios, no tener ni bienes ni fuerzas sino para gastarlos por Dios, es lo que hizo nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre»37. Con anterioridad, el 24 de noviembre de 1658, ya había precisado cómo se consumió Jesús por amor al Padre: entregando su vida por la causa en que la empeñó: «¡Por la caridad, por Dios, por los pobres!»38.

Está claro, pues, que en la experiencia de fe cristológica de Vicente de Paúl se vincula la necesidad sentida de Jesús de ser para Dios con la necesidad de ser igualmente para los hombres. Por eso el Jesús de Vicente de Paúl es «religión en orden al Padre y caridad con relación a los hombres»39. Religión y caridad que, es preciso señalarlo, las vive a través de un amor humillado y sencillo. Un amor que conduce al anonadamiento porque así lo requiere la voluntad del Padre que, vicencianamente hablando, juega siempre a favor de los pobres y, a través de estos, a favor de todos los hombres.

b) Jesucristo «es compasivo y tierno»

En una época, en la que predomina la dureza de costumbres junto a una pedagogía de la represión en el trato dado a los niños, los dementes, los pobres y una espiritualidad impregnada de severidad y ascetismo, aparece el rostro del Cristo de Vicente de Paúl caracterizado por dos rasgos fundamentales: «la compasión y la ternura». Dos rasgos, cincelados tanto por la experiencia que Vicente de Paúl tiene de los pobres, a quienes «ha visto ser tratados como bestias»40, como por su experiencia del cuerpo místico de Cristo41. Una vez más sociología y cristología, pobres-caridad-Cristo se entremezclan, y se clarifican en la experiencia humano-cristiana de Vicente de Paúl:

«¡Qué tierno era el Hijo de Dios! Le llaman para que vaya a ver a Lázaro; va; la Magdalena se levanta y acude a su encuentro llorando; la siguen los judíos llorando también; todos se ponen a llorar. ¿Qué es lo que hace nuestro Señor? Dada su gran ternura y compasión, se pone a llorar con ellos (Jn 11, 35). Esta ternura es la que le hizo venir del cielo; veía a los hombres privados de su gloria (Rom 3, 23) y se sintió afectado por su desgracia»42.

El Cristo auténtico para Vicente de Paúl es el de la misericordia ante la desdicha que afecta a los empobrecidos y excluidos de la sociedad43. El «compadecerse de las multitudes», es lo que configura su vida y su misión y le acarrea su destino. Es también lo que configura su visión de Dios y del hombre: «Dios, comenta Vicente de Paúl, ha decidido compadecerse del mundo, en lugar de dejar que se pierda, por eso su mismo Hijo dará su vida por ellos»44.

La compasión y ternura de Jesús, su misericordia, no se limitan a obrar en lo más íntimo del hombre, sino que actúan también reaccio­nando contra la situación violenta en la que se encuentran los pobres a causa de la extorsión ejercida sobre ellos por otros hombres. Para erradicar el sufrimiento de los violentados no hay según Jesús más que una razón: reaccionar ante la existencia misma de ese sufrimiento y sin poder encontrar ninguna excusa para no hacerlo:

«El Hijo de Dios, al no poder tener sentimientos de compasión en el estado glorioso que posee desde toda la eternidad en el cielo, quiso hacerse hombre y pontífice nuestro, para compadecer nuestras miserias (Hebr 5, 2). Para reinar con él en el cielo, hemos de compadecer, como él, a sus miembros que están en la tierra (Rom 8, 17). Los misioneros, más que los demás Sacerdotes, deben estar llenos de este espíritu de compasión, ya que están obligados, por su estado y su vocación, a servir a los más miserables, a los más abandonados y a los más hundidos en miserias corporales y espirituales. Y en primer lugar, han de sentirse afectados en lo más vivo y afligidos en sus corazones por las miserias del prójimo. Segundo, es menester que esta compasión y misericordia aparezca en su exterior y en su rostro, a ejemplo de nuestro Señor, que lloró sobre la ciudad de Jerusalén, por las calamidades que la amena­zaban (Lc 19, 41). Tercero, hay que emplear palabras compasivas que le hagan ver al prójimo cómo nos interesamos por sus penas y sufri­mientos. Finalmente, hemos de socorrerle y asistirle, en la medida en que podamos, en todas sus necesidades y miserias, procurando liberarle de ellas en todo o en parte, ya que la mano tiene que hacer todo lo posible para conformarse con el corazón»45.

De acuerdo con el contenido de estos textos, para Jesucristo, la misericordia está en el origen fundante de la experiencia de lo divino y de lo humano. Según ese principio-misericordia se rige Dios y deben regirse los vicencianos. Más aún, a ese principio se supedita todo lo demás.

c) Cristo, evangelizador de los pobres

El texto preferido por Vicente de Paúl, en el que Jesús hace de la opción por los pobres el distintivo de su misión, se encuentra en el evangelio de Lucas: «El espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena noticia, para proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). Este Cristo pobre, que se dirige preferentemente a los pobres y se declara su evangelizador (Cf. Lc 6, 20-23; 7, 18-23; Mc 1, 14-15), polariza la conciencia vicenciana46.

Lo original en la experiencia de fe y en la opción de Vicente de Paúl se encuentra en que la realización de la voluntad de Dios, por parte de Jesús, se identifica con la evangelización de los pobres: «Si queremos, comenta, podemos hacer siempre la voluntad de Dios. ¡Oh qué dicha, el hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios! ¿No es hacer lo que vino a hacer en la tierra el Hijo de Dios? El Hijo de Dios vino para evangelizar a los pobres; nosotros, ¿no somos en­viados para hacer lo mismo? Sí, los misioneros son enviados para evangelizar a los pobres. ¡Oh, qué felicidad, hacer en la tierra lo mismo que hizo nuestro Señor!»47. Vicencianamente hablando, lo que hay que hacer en la realización de la voluntad del Padre continuando la misión de Cristo evangelizador de los pobres es poner los signos claros del reino de Dios48.

Para este cristiano profundamente evangélico, Cristo, en su misión de evangelizador de los pobres, cristaliza el sentido de su pertenencia y entrega al Padre, de su amor compasivo y misericordioso a los hombres. «El Hijo de Dios vino a este mundo para evangelizar a los pobres». «Jesucristo no hizo en este, mundo sino servir a los pobres». Esta convicción está tan profundamente arraigada en el pensamiento y en la vida de Vicente de Paúl que aparece con frecuencia en su correspondencia y en sus alocuciones49. El contenido y la realización de estos textos vicencianos suponen la creación de un mundo fraternal donde tengan sitio aquellos a los que la sociedad margina y excluye de su seno y manifiestan «la gran caridad de nuestro Señor»50 por los pobres.

3. La Experiencia de la caridad en Vicente de Paúl

De lo que venimos diciendo se deduce que para conocer el sig­nificado y el contenido de la caridad en Vicente de Paúl, es preciso «entrar en los sentimientos más íntimos de nuestro Señor»51, «honrar su gran caridad»52 y «hacer los asuntos de Dios»53 que son los pobres54. Cuando se está arraigado de ese modo en Dios y en Cristo, se cobra conciencia de que el amor de ese Dios y de ese Cristo a los pobres implica y se da en el amor de los hombres a los pobres:

«Para nuestro Señor es un honor que entremos en sus sentimientos, hagamos lo que él hizo y realicemos lo que él ha ordenado. Pues bien, sus sentimientos más íntimos han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos. En ellos es en quie­nes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el mal y el bien que les hacemos a los pobres los considera como hechos a su divina persona. ¿Podría acaso mostrar un amor más tierno a los pobres? Y ¿qué amor podemos nosotros tenerle a él, si no amamos lo que él amó? No hay ninguna diferencia entre amarle a él y amar a los pobres de ese modo. Servirles bien a los pobres es servirle a él; es honrarle como es debido e imitarle en nuestra con­ducta»55.

La realización de este amor requiere hoy el compromiso con la justicia en favor de los desventurados del mundo, a fin de hacer coincidir en su favor la justicia de Dios con la justicia de los hombres.

Sin embargo, y es necesario decirlo con claridad, lo específica­mente cristiano no es el compromiso con la justicia en favor de los pobres —que es irrenunciable para toda persona— sino hacer en ese compromiso la experiencia de Dios. Lo cual implica experimentar y tomarse en serio, como lo hizo Vicente de Paúl, la presencia cristo-lógica de Dios en los pobres del capítulo 25 de San Mateo. «A mí me lo hicisteis»56. De esa experiencia profunda de su fe saca una serie de consecuencias impresionantes, referentes a la caridad, que vale la pena enumerar:

a) La integración de la caridad

El amor, que Vicente de Paúl concibe por Dios, está incluido en la donación de sí mismo hecha a Dios en el servicio a los pobres57. En esta forma de extensión en sus imágenes vivas, Vicente puede conferirle el bien que reclama el amor que le tiene. Son los pobres los que le ayudan a profundizar en la revelación evangélica, donde no solamente el amor a Dios aparece unido al amor al prójimo, sino que está envuelto en él58.

La audacia de algunas de sus expresiones, como que «no hay diferencia» entre amar a Dios y amar a los pobres «de ese modo», es decir, no se puede amar a Dios «si no amamos lo que él amó»: los desheredados; o que la donación de uno mismo a Dios no es para darle culto sino «para cuidar a los pobres»59, muestra la integración de la caridad. Integración que consiste en amar a Dios en el pobre y amar al pobre en Dios. La clave de esta audacia radica en que para Vicente de Paúl no son nuestros sentimientos sobre Dios lo que cuenta y es decisivo, sino los sentimientos «del mismo Dios». Y estos sentimientos de Dios se revelan en que Jesús fue como los pobres, estuvo con los pobres y se puso en lugar de los pobres. De ahí que este hombre de Dios y este amigo de los pobres declare apaciblemente: «Nuestra perfección consiste en la caridad»60.

A partir de esta experiencia profunda y creadora de fe, en la que se da la identificación de Cristo con el pobre y del pobre con Cristo y en la que no hay diferencia entre amar a Dios y a los pobres, se instaura para este creyente la maravillosa y sobrenatural continuidad e interdependencia entre Dios, Cristo, caridad, pobres. Pero también se crea en él una interrelación desde el interior entre dos mundos que con demasiada frecuencia se consideran distintos, cuando no separados e incluso antagónicos. Para Vicente de Paúl Dios y Cristo, a quienes se les busca y ama en la oración, se hacen igualmente presentes y se les ama en los pobres y además con menos posibilidad de engaño:

«Cuando se sirve a los pobres, dice a las Hijas de la Caridad, se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡qué gran verdad es esta! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan cierto como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios (…). Id a ver a los pobres condenados a galeras, y en ellos encontraréis a Dios; servid a los niños expósitos, y en ellos encontraréis a Dios (…). Vais a las casas pobres, pero allí encontráis a Dios. Una vez más, hijas mías, ¡qué admirable es esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo considera hecho a él mismo»61.

Este camino evita la llamada «esquizofrenia de la vida cristiana» que pone, por un lado, el amor a Dios y, por otro lado, el compromiso socio-político en favor de los pobres. La fe y la experiencia de Vicente de Paúl le hacen descubrir que no se puede separar la lucha por la justicia en favor de los pobres y la experiencia de Dios. Y conste que separan ambas cosas no sólo los comprometidos por la justicia que se olvidan de rezar, sino también los que son muy «espirituales» y re­zadores pero se desentienden de las cuestiones relativas a la justicia. Mientras se sigan separando estas dos realidades, la defensa de los pobres irá por otros caminos muy distintos a los de la Iglesia de Jesucristo.

Ante semejante «esquizofrenia» de la vida cristiana Vicente de Paúl coloca un anuncio que indica: «Peligro de muerte» para el cris­tianismo. El mismo advierte de dicho peligro mortal cuando dice: «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor a Dios, de complacencia, de bene­volencia y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos cuando no llegan a la práctica del amor efectivo. ‘Mi Padre es glorificado —dice nuestro Señor— en que deis mucho fruto’ (Jn 15, 8). Hemos de tener mucho cuidado en esto, porque hay muchos que, preocupados de tener un aspecto externo de compostura y el interior lleno de grandes sentimientos de Dios, se detienen en esto; y cuando se llega a los hechos y se presentan ocasiones de obrar, se quedan cortos. Se muestran satisfechos de su imaginación calentu­rienta, contentos con los dulces coloquios que tienen con Dios en la oración; hablan de eso mismo como si fuesen ángeles; pero luego, cuando se trata de trabajar por Dios (…), de instruir a los pobres, de ir a buscar a la oveja descarriada, de desear que les falte alguna cosa, de aceptar las enfermedades o cualquier cosa desagradable, ¡ay!, todo se viene abajo y les faltan los ánimos. No, no nos engañemos: todo nuestro quehacer consiste en la acción»62.

Abelly, que nos transmite este texto, comenta: «Él (Vicente) repetía con frecuencia estas palabras y decía que las había aprendido de un gran servidor de Dios. Como este se encontraba muy próximo a la muerte, (Vicente) le pidió alguna palabra de edificación. Aquel accedió diciéndole que en esos momentos veía con claridad que lo que algunos juzgaban ser, con frecuencia, contemplación, arrebatos, éxtasis, y lo que llamaban movimientos anagógicos, visiones deificas, no eran más que humo. Que todo esto procedía de una curiosidad engañosa o de resortes naturales de espíritus que tenían cierta inclinación y facilidad hacia el bien. Cuando, por el contrario, la verdadera señal del amor de Dios es la acción buena y perfecta»63.

Después de este comentario, Abelly continúa citando el texto de Vicente de Paúl: «Y esto es tan cierto que el santo apóstol nos declara que solamente nuestras obras son las que nos acompañan a la otra vida (Ap 14, 13). Pensemos, pues, en esto; sobre todo teniendo en cuenta que en este siglo hay muchos que parecen virtuosos, y que lo son efectivamente, pero se inclinan a una vida tranquila y muelle, antes que a una devoción esforzada y sólida. La Iglesia es como una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen (…). Esto es lo que hemos de hacer nosotros y la forma con que hemos de demostrar a Dios, con las obras, que le amamos»64.

La cita ha sido larga, pero merecía la pena. Vicente nos declara en ella que la verdadera prueba del amor a Dios es la acción buena y perfecta.

La alternativa de vida evangélica, que Vicente de Paúl expresa con la fórmula rica y densa de «estado de caridad»65, impide separar el «amor afectivo» del «amor efectivo»66. Ambos son necesarios. Sin embargo, es preciso señalar, vicencianamente hablando, que el «amor afectivo» es culpable si no pasa a ser «efectivo». Así de claro se lo dice el fundador a las hermanas: «El amor afectivo es la ternura en el amor. Tenéis que amar a nuestro Señor con ternura y con afecto (…). Un corazón que ama a nuestro Señor no puede sufrir su ausencia y tiene que unirse con él por ese amor afectivo, que produce a su vez el amor efectivo. Porque no basta con el primero, hermanas; hay que tener los dos. Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio a los pobres emprendido con alegría, entusiasmo, constancia y amor. Estas dos clases de amor son como la vida de una Hermana de la caridad»67. Y las cosas son así en la experiencia de fe de Vicente de Paúl, porque Jesucristo es un «espíritu de caridad perfecta»68 en relación a Dios y a los hombres, principalmente a los pobres.

La mística del anonadamiento es para Vicente de Paúl como para los místicos renanoflamencos, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y Benito de Canfield, el medio de llegar a la unión con Dios. Una precisión se impone: la mística del anonadamiento en Vicente de Paúl se vive a través de la mística de la caridad. Y ello porque la continuación de la misión de Cristo evangelizador de los pobres es una obra de amor y de anonadamiento69. Así nos lo confiesa cuando afirma: «Debemos desprendemos de todo aquello que no es Dios y unirnos con el prójimo por caridad para unimos con Dios por Jesu­cristo»70. El desprendimiento o anonadamiento en la experiencia de fe de este cristiano comprometido es una exigencia de la caridad requerida por Dios ante la situación de pobreza en que viven los necesitados. El amor a Dios se vive desviviéndose por los demás. El anonadamiento se toma desprendimiento, empobrecimiento —la lla­mada pobreza solidaria— compartiendo lo que se es y se tiene con quienes carecen de lo necesario para poder vivir en la dignidad humana: «¡Ah, tendríamos que vendemos a nosotros mismos para sacar a nues­tros hermanos de la pobreza!»71, declara su fundador a las Hijas de la Caridad.

b) Organización y socialización de la caridad

No se puede estar con los pobres, si al mismo tiempo no se lucha contra su pobreza y la causa profunda que la genera: la desigualdad injusta. Esta perogrullada ha sido y sigue siendo olvidada con de­masiada frecuencia por los creyentes. Semejante olvido equivale para Vicente de Paúl a dejar de ser cristiano: «Ver a alguien que sufre y no participar con él en su miseria es ser cristiano en pintura, no tener humanidad, ser peor que las bestias»72.

En consecuencia, para hacer que la caridad sea eficaz en la lucha contra la pobreza, tendremos que utilizar todas sus mediaciones y no sólo una o algunas de ellas. Así lo entendió Vicente de Paúl. Por eso, después de haber constatado: «he aquí una gran caridad, pero está mal organizada»73, empezó a poner en marcha, el ario 1617, un sistema de acción caritativo-social que todavía hoy a muchos les parece re­volucionario.

Para hacer operativo este sistema, Vicente de Paúl afronta las exigencias del compromiso social en cuanto tarea permanente en la construcción del reino de Dios. Al mismo tiempo realiza un denodado esfuerzo por remediar las necesidades de los pobres y por actuar contra las causas que producen la pobreza. Su sentido agudo de las realidades económicas, de los intermediarios, de la coordinación, unido a su capacidad de organización minuciosa de personas y de dones, le per­miten rodearse de magníficos colaboradores. Colaboradores que sirven a la voz, a la acción, de este genio organizador lúcido e inventivo de la caridad. En definitiva, lo que Vicente de Paúl intenta con su sistema de acción socio-caritativa, es organizar y socializar la caridad, es decir, concienciar a la sociedad entera para que se organice en favor de los pobres y se movilice para liberarles de su pobreza. Uno piensa que le hubiera contentado haber podido leer en su tiempo este texto de la Constitución Gaudium et Spes: «la ley fundamental de la perfección humana, y, por tanto, de la transformación del mundo, es el man­damiento nuevo del amor»74.

Enumeramos las dimensiones de la caridad que se encuentran en el sistema de acción social organizado por Vicente de Paúl:

1.° En absoluto prescinde de la acción asistencia. Es el nivel elemental ante la urgencia de la enfermedad, el abandono pertinaz, la guerra. Una acción que nunca desaparecerá de su vida, de su enseñanza ni tampoco de las instituciones que funda. Con su sentido agudo de las cooperaciones y de la coordinación en el plano caritativo-asistencial organiza durante la guerra de los Treinta Años y de las dos Frondas una inmensa red de acogida, almacenamiento y distribución de ayudas que llegan a una parte importante de Francia75.

La acción asistencial equivale para Vicente de Paúl a hacer justicia a quienes no se la hacen los hombres. Por eso, consciente de la responsabilidad social de toda persona ante la miseria de los pobres proclama: «Dios nos conceda la gracia de conmover nuestros corazones para con los pobres y de pensar que ayudándoles ¡practicamos la justicia y no la misericordia!»76. Lo que equivale a decir que si desde la justicia de los hombres la acción caritativo-asistencial es un acto voluntario, desde la justicia de Dios se torna obligatorio.

2.° No se detiene en este primer nivel. Como una evolución natural e inevitable lo completa con el segundo nivel: la acción pro­mocional. Con ello intenta proporcionar los medios para que el pobre, personal y colectivamente, sea agente de su propio desarrollo humano. Y ello porque sabe que la pobreza generalizada tiene causas sociales. Esta organización promocional de la caridad se hace en él ingenio­samente inventiva. Como escribe en su correspondencia: «No hay que asistir más que a aquellos que no pueden trabajar ni buscar su sustento, y estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, apenas tenga alguno algunas fuerzas para trabajar, habrá que comprarles algunos utensilios conformes con su profesión, pero sin darles nada más. Las limosnas no son para los que pueden trabajar (…) sino para los enfermos pobres, los huérfanos y los ancianos»77.

Esta acción promocional actúa sobre las causas de la pobreza ge­neralizada de diferentes sectores de la sociedad: campesinos, niños abandonados, huérfanos, refugiados… Y se prolonga hasta que éstos sean capaces de poder salir por sí mismos de su situación78.

3.° La realización de su plan social incluye un tercer nivel: la denuncia profética de las injusticias. Comprende que el cristiano, urgido por el amor de Cristo y de sus hermanos, no sólo debe ser justo. Debe además comprometerse en favor de la justicia, como exi­gencia de la caridad.

Cualquiera que se acerque sin prejuicios a la vida de Vicente de Paúl encontrará palabras, actitudes y opciones por las que intenta impedir a la sociedad continuar siendo una máquina de fabricación de pobres. Por eso se complace en presentar como modelo, «a las que vengan después», a Sor Juana Dalmagne, quien, «al saber que algunas personas ricas se habían eximido de los impuestos, para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios les juzgaría por esos abusos»79.

4.° En su sistema de acción social se encuentra un cuarto aspecto: atacar lo que hoy llamamos «causas estructurales de la pobreza» o «raíces de la injusticia estructural». Su postura en este campo es com­partir la historia de los pobres y, desde ellos, se propone firmemente cambiar la realidad social. Se esfuerza para que la caridad entre dentro de la historia de su tiempo y ofrezca la claridad que conlleva la di­mensión social y política de su experiencia de fe.

Es obvio, entonces, que Vicente de Paúl no dude en lanzarse a la arena de la política en situaciones en las que los primeros mi­nistros, Richelieu y Mazarino, son los responsables de la miseria del pueblo. Por eso se entrevista con Richelieu para pedirle abier­tamente el cese de la guerra80, se opone a Mazarino en 164981, permanece exiliado de París durante cinco meses82, apela al Papa Inocencio X, el 16 de agosto de 1653, para que intervenga en favor de la paz durante la Fronda de los Príncipes83, y escribe a Mazarino para que salga del reino84, sencillamente porque le juzga el principal causante de la miseria y del sufrimiento del pueblo. Si se hace crítico de la política de guerra de Mazarino, es para ser constructivo en la prospección de una paz que ayudaría a los pobres a salir de la miseria. Esta actitud crítica no es una palabra vacía. Es un com­promiso, a su vez expresión de una caridad, que, desde la realidad social, económica y política de su tiempo, incita a Vicente de Paúl a interesarse por «las pobres gentes» del campo y de la ciudad, a las que la política de guerra y la insolidaridad partidista van mar­ginando, anulando de la sociedad.

Hay que preguntarse a qué niveles esta dimensión socio-política de la caridad está influyendo en el planteamiento y desarrollo de la comunidad cristiana, de los vicencianós, en la lucha contra la pobreza de los empobrecidos y excluidos. Es una dimensión que va unida al tema de la denuncia de las injusticias. Se puede perder fuerza al denunciar, cuando a las instituciones de la Iglesia les falta un bagaje socio-religioso para hacer un análisis serio de la realidad de la pobreza y extraer las necesarias consecuencias. Sin este bagaje dichas insti­tuciones quedan desarmadas para hacer frente al desafío de las nuevas pobrezas.

En este sentido las personas e instituciones, que están implicadas en la asistencia, tendrían que estar haciendo continuamente el paso desde la denuncia, desde la protesta, al compromiso con la justicia en la ayuda a los pobres. Para ello hay que evitar tanto los bloqueos de carácter ideológico —quienes piensan que eso es política y pretenden permanecer al margen —como los bloqueos de orden religioso— quie­nes piensan que no existe ninguna relación entre caridad y justicia. Juan Pablo II nos ha recordado en la Centesimus annus que: «el amor por el hombre y, en primer lugar por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia»85.

Se trata de una justicia arraigada en la caridad, que constituye su suprema motivación. Una justicia que, consiguientemente, es parte integrante de la caridad. Por otra parte, la caridad es capaz de hacer descubrir sin cesar nuevas exigencias de la justicia, la.cual no es, por lo tanto, algo fijo e inmutable. Finalmente, la caridad (a la que nunca está permitido dañar, ni siquiera por reivindicar la justicia) desborda siempre a la justicia misma. ¿Puede acaso fundamentarse la justicia en otra cosa que no sea el amor, si verdaderamente desea uno hacer justicia, ser justo, y no simplemente reivindicar su propio derecho? Se trata de una justicia integrada en el amor al prójimo, determinada por dicho amor y envuelta en él86.

5.° Hay otro aspecto en el sistema vicenciano de acción social, no suficientemente resaltado: clarificar, convertir las conciencias de los poderes políticos, sociales y económicos. La prueba la tenemos en la abundante correspondencia y en las múltiples relaciones que Vicente de Paúl mantiene con muchos de ellos.

Este quinto aspecto o nivel de la lucha contra la pobreza tiene dos características: la capacidad crítica para descubrir y hacer descubrir las injusticias, explotaciones y marginaciones, y la capacidad de con­cienciar y de animar a personas, grupos e instituciones sociales, eco­nómicas y políticas para que hagan lo posible para favorecer a los pobres.

Es necesario generar en el conjunto de la sociedad una cultura de la solidaridad que persiga la superación de las desigualdades sociales irritantes y cuyo objetivo prioritario sea la inserción de los colectivos más desfavorecidos. La política social debe centrarse en una respuesta adecuada de los gobiernos a las situaciones de necesidad de los ciu­dadanos, no convertirse en un parcheo producido por el sistema para seguir subsistiendo, e incluso en un medio de la administración para controlar a la sociedad87.

6.° En el vasto plan de acción social, organizado y realizado por Vicente de Paúl, se encuentra, finalmente, un sexto aspecto: la coor­dinación de la caridad.

Si hay algún criterio para suprimir la pobreza, es el amor solidario a los pobres vivido en la verdadera fraternidad. De ahí que Vicente de Paúl lance un llamamiento a todos los que enfrentan la diversidad de opiniones, de interés y de situación social: jesuitas y port-royalistas, Compañía del Santísimo Sacramento y órdenes religiosas, hombres de gobierno y gobernadores, ricos y pobres, a fin de impedir morir a los seres que todavía respiran88. Sólo la prodigiosa actividad de Vicente de Paúl explica la gracia de su arte y el carácter único y convincente de su caridad. Este místico de la caridad habla a otro, habla de otro y en su nombre, de Cristo, a quien suplica: «¡Ah, Señor!, atráenos hacia ti, concédenos la gracia de entrar en la práctica de tu ejemplo y de tu regla que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia (…). Mi buen Jesús, enséñame a hacerlo y haz que lo haga»89.

Este es el Cristo que presenta a sus interlocutores. De ahí su persuasión y su eficacia. La continuación del «amor compasivo» del Hijo de Dios da sentido y unidad a la fraternidad. Una fraternidad que crea una conciencia común de solidaridad para responder a las nece­sidades de los pobres.

La llamada de Vicente de Paúl a vivir la caridad desde las exigencias cristianas de fraternidad contiene una fuerza «revolucio­naria» en la acción social que él organiza y coordina. Con esta llamada a la fraternidad, a la coordinación, pretende que todos los grupos cristianos vivan su fe en la caridad, creadora de justicia. En el pensamiento y en la vida de Vicente de Paúl no existe ningún otro motivo de justicia que no sea el amor de fraternidad del hombre por el hombre, que ciertamente se fundamenta, en último término, en el amor a Dios.

Todo este plan organizado de la caridad vicenciana en la lucha contra la pobreza es la expresión de la dimensión social y política de la fe de Vicente de Paúl. Los vicencianos pueden apoyarse hoy, cuando viven en el servicio a los pobres la dimensión política y social de la caridad, en unas palabras que a su fundador le hubiera gustado que se hubieran pronunciado en su tiempo. Me refiero a las palabras pro­nunciadas por Pío XI ante la Federación universitaria católica italiana: «El campo político abarca los intereses de la sociedad entera; y en este sentido, es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la caridad de la sociedad»90. Una caridad que, para ser vivida en plenitud, reclama la donación de uno mismo. Así lo entiende Vicente de Paúl y así se lo comunica a las Hijas de la Caridad: «Hacéis profesión de dar la vida por el servicio al prójimo, por amor a Dios. ¿Hay algún acto de amor que sea superior a este? No, pues es evidente que el mayor testimonio de amor es dar la vida por lo que se ama (Jn 15, 13); y vosotras dais toda vuestra vida por la práctica de la caridad; por tanto, la dais por Dios»91.

Esta manera de comprender y de vivir la caridad puede conducir, y de hecho así ha sucedido en la historia, a ser «mártires de la cari­dad»92. Todos sabemos lo que eso implica hoy.

Conclusión

El valor de una enseñanza no se mide por lo que concentra o guarda, sino por lo que evoca e interroga. La enseñanza de Vicente de Paúl nos indica que para comprender el sentido y el objeto de la caridad vicenciana, es preciso experimentar que Dios se rige por el principio-caridad, arraigarse en el movimiento de la encarnación de Cristo y hacer suya la situación de injusticia a la que están sometidos los pobres a causa del egoísmo y la insolidaridad de los que en la sociedad saben que tienen las de ganar. Al margen de esta triple realidad: Dios-Cristo-pobres, la caridad vicenciana se desvanece y pierde su consistencia teológica, cristológica, eclesial y social.

Para Vicente de Paúl no es suficiente ejercer la caridad indivi­dualmente. Es preciso también ejercerla colectivamente. La razón es­triba en que para él la Iglesia, más que una comunidad de culto, es una comunidad de caridad. Esta experiencia puede y debe conducir hoy a la comunidad cristiana a dar pruebas eficaces de su compromiso en favor de la justicia y de la fraternidad. De lo contrario su testimonio de Dios no tendrá cabida en quienes se encuentran comprometidos en crear una sociedad más igualitaria y más solidaria.

En esta línea de pensamiento y de acción, Vicente de Paúl es un precursor. Ha comprendido el papel esencial que tiene la caridad en la Iglesia, su carácter nuclear y estructurante de la comunidad cristiana. Todo en el cristianismo, vicencianamente hablando, tiene un horizonte: amar a Dios en el hombre, en el pobre, y amar al hombre, al pobre, en Dios. De ahí que tenga que ser cada vez mayor la vinculación existente entre la comunidad cristiana y el testimonio de caridad. No se puede olvidar que la caridad hace visible y creíble a la Iglesia de Cristo.

La caridad, para que sea eficaz, necesita utilizar todas su me­diaciones. Vicente de Paúl se sirve tanto de la dimensión asistencial como de la dimensión social y política de la caridad en la lucha contra la pobreza. Querer reducirla a su dimensión asistencial, sería eliminar imprudentemente la audacia y la creatividad de la caridad vicenciana.

Vicente de Paúl insiste en que no se puede cerrar los ojos ante los pobres, no se puede negar los hechos. Utilizar este recurso habitual del ser humano, sería no querer ver la pobreza para así quedarse con la conciencia tranquila. Ante la pobreza, que dificulta y acorta la vida a los pobres, Vicente de Paúl juzga que habría que dar incluso «de lo necesario». En realidad piensa también que las cosas pueden arreglarse dando lo superfluo. Con una condición: no cerrar tampoco los ojos para dejar de ver que la pobreza existe porque, los que no somos pobres, nos hemos instalado apaciblemente en el dulce encanto de la necesidad de lo superfluo.

  1. S.V. II, 282; ES II, 237; cf. S.V. I, 69, 78, 116; II, 419, 459; XI, 30, 31, 39; XII, 106; XIII, 620, 681; IX, 104; X, 225-226; cf. ES I, 132, 141, 177; II, 350-351, 386; XI, 723, 724, 732, 409; X, 755, 806-807; CE 170, 1572.
  2. «En la espiritualidad de San Vicente de Paúl no es coherencia lo que falta», señala con precisión P. Deffrennes, La vocation de saint Vicent de Paul: Revue d’Ascétique et de Mystique 50 (1932) 182.
  3. S. V. XII, 447, 48; ES XI, 835, 836.
  4. Cf. J. Ibáñez, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, Sígueme, Salamanca 1977; Vicente de Paúl, realismo y encarnación, Sígueme, Salamanca 1982, 221-292.
  5. Cf. S.V. XI, 32; cf. ES XI, 725.
  6. S.V. IV, 458; I, 115; ES IV, 427; I, 176.
  7. Carta de Vicente de Paúl al padre Alméras: P. Collet, La vie de Saint Vicent de Paul, Nancy 1874, 2 vols., I, 479; cf. L. Abelly, La vie du venerable serviteur de Dieu, Vicent de Paul, Paris 1664, III, 120.
  8. S.V. XI, 200; EX XI, 120; cf. S.V. XI, 200-202; cf. ES XI, 120-121.
  9. S.V. XI, 30; ES XI, 723.
  10. Cf. S.V. III, 409-410, 253, 523, 524; XI, 30; XIII, 774-778, 782-785, 797­800, 801; cf. ES III, 373-374, 230, 480. 481; XI, 723-724; X, 918-922, 924-927, 940­943.
  11. S.V. XI, 202; ES XI, 121.
  12. Encíclica Pacem in terris, 87.
  13. Encíclica Sollicitudo rei socialis, 42; cf. GS 69, 71; PP 22; LE 14; CA 6, 30, 31.
  14. S.R.S. 38, 39, 16.
  15. A. Torres Queiruga, La caridad, dimensión esencial de la vida cristiana: Co­rintios XIII 33 (1985) 10-11.
  16. Cf. Id., El amor, principio del cristianismo: Corintios XIII 6 (1978) 1-55.
  17. Cf. J. M.ª Ibáñez, La fe verificada en el amor, Paulinas, Madrid 1993, pp. 116­124.
  18. Cf. Id., 29-69.
  19. S.V. X, 531; CE 2054.
  20. S.V. VII, 382; ES VII, 326.
  21. S.V. IX, 279; CE 456.
  22. S.V. XII, 262; ES XI, 553.
  23. S.V. XII, 262-263; ES XI, 553-554.
  24. S.V. XII, 139; ES XI, 434.
  25. Cf. S.V. XI, 315; X, 549, 581; cf. ES XI, 209-210; CE 2077, 2140.
  26. Cf. S.V. XI, 392-393; X, 127-128, 512-513, 557, 666; cf. ES XI, 273; CE 1398, 2014, 2092, 2278.
  27. Cf. S.V. XI, 202; ES XI, 121.
  28. S.V. XII, 110; ES XI, 412.
  29. S. V. X, 125; CE 1394.
  30. S.V. X, 127; CE 1398.
  31. S.V. XI, 392-393; ES XI, 273.
  32. S.V. X, 512-513; CE 2024; cf. S.V. X, 557, 666; cf. CE 2092, 2278.
  33. S.V. XII, 156; ES XI, 450.
  34. S.V. X, 332; CE 1759; cf. S.V. X, 512, 557; cf. CE 2024, 2092.
  35. S.V. XII 108-109; ES XI, 411-412.
  36. S.V. XII, 264-265; ES XI, 555.
  37. S.V. XIII, 179; ES X, 222.
  38. S.V. VII, 382; ES VII, 326.
  39. S.V. VI, 393; ES VII, 370.
  40. S.V. X, 125; CE 1394.
  41. «Todos los hombres componen un cuerpo místico; todos somos miembros unos de otros. Nunca se ha oído que un miembro, ni siquiera en los animales, haya sido insensible al dolor de los demás miembros; que una parte del hombre haya quedado magullada, herida o violentada, y que las demás no lo hayan sentido. Es imposible. Todos nuestros miembros están tan unidos y trabados que el mal del uno es el mal de los otros. Con mucha más razón, los cristianos, que son miembros de un mismo cuerpo y miembros entre sí, tienen que padecer juntos. ¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Esto es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias», S.V. XII, 271; ES XI, 560-561.
  42. S.V. XII, 270-271; ES XI, 560.
  43. Cf. S.V. XI, 23-24, 77, 145-146; X, 85-86; cf. ES XI, 717, 771, 65-66; CE 1311.
  44. S.V. XI, 377; ES XI, 263.
  45. S.V. XI, 77; ES XI, 771.
  46. Cf. S.V. XII, 3-5, 79-83; XI, 23-24, 74; Cf. ES XI, 323-324, 386-390, 717, 762.
  47. S.V. XI, 315; ES XI, 209-210.
  48. Cf. S.V. XII, 139; cf. ES XI, 434.
  49. Cf. S.V. XI, 23-24, 74, 315; XII, 3-5. 79-83; IX, 15, 59, 324-325, 534, 583, 592; X, 113, 126, 143-144, 225, 548; cf. ES XI, 717, 762, 209-210, 323-324, 386-390; CE 39, 110, 535, 908, 957, 970, 1397, 1426, 1571, 2076.
  50. S.V. X, 113, 115; CE 1373, 1379.
  51. S.V. XIII, 811; ES X, 594.
  52. S.V. X, 113, 115; CE 1373, 1379.
  53. S.V. XII, 139, 145; ES XI, 437, 441; cf. S.V. III, 531-432; VII, 348; cf. ES III, 488-489; VII, 298.
  54. Cf. S.V. XI, 200-204, 270-271…; cf. ES XI, 120-123, 560-561…
  55. S.V. XIII, 811-812; ES X, 954-955. «Difícilmente puede caber mejor teología en menos espacio, mientras los teólogos discutían en interminables tratados sobre la predestinación y la ciencia media», escribe, comentando este texto, J. I. González Faus, Vicarios de Cristo, Trotta, Madrid 1991, 243.
  56. Cf. S.V. XI, 32; IX, 252, 324; X, 126, 332, 610, 680; cf. ES XI, 725; CE 414, 535, 1396, 1760, 2188, 2298.
  57. Cf. L. Abelly, o. c., III, 118-119.
  58. Cf. 1 In 4, 20-21; S.V. XII, 260-276, 127; XIII, 811-812; cf. ES XI, 551-564, 426; X, 954-955.
  59. S.V. XIII, 812; ES X, 955; cf. S.V. XI, 135; IX, 592, 26, 222, 459; X, 124; cf. S.V. XI, 57; CE 970, 59, 363, 758, 1393.
  60. S.V. VII, 341; ES VII, 292-293.
  61. S.V. IX, 252; CE 414.
  62. L. Abelly, o. c., I, 81-82; S.V. XI, 40-41; ES XI, 733-734.
  63. L. Abelly, o. c., I, 82.
  64. 64. Ibid.; S.V. XI, 41; ES, 733-734.
  65. S.V. VII, 382; XII, 275; ES VII, 326; XI, 564.
  66. Cf. S.V. IX, 475, 592-594, 599; cf. CE 787-789, 972-975, 983.
  67. S.V. IX, 592-593; CE 972-973.
  68. S.V. XII, 108; ES XI, 411.
  69. Cf. S.V. XII, 264-265; cf. ES XI, 555.
  70. S.V. XII, 127; ES XI, 426.
  71. S. V. IX, 497; CE 821.
  72. S.V. XII, 271; ES XI, 561.
  73. L. Abelly, o. c., I, 46.
  74. GS 38.
  75. S.V. IX, 192; CE 308.
  76. S.V. N, 409; ES IV, 383-384; cf. S.V. M. 409; cf. ES III, 373-374.
  77. S.V. IV. 182; ES IV, 180-
  78. Cf. J. M.’ Ibáñez, Las obras de las Hijas de la Caridad en sus orígenes, Vincentiana 4-5-6 (1990) 589-607.
  79. S.V. IX, 192; CE 308.
  80. L. Abelly, o. c., 169-170.
  81. Cf. S.V. III, 402; cf. ES III, 368; L. Robineau, Remarques sur les actions et paroles de feu Monsieur Vicente, man., 60, L. Abelly, o. c., I, 181.
  82. Durante la Fronda del Parlamento, Vicente de Paúl, el 13 de enero de 1649, sale de París para hablar con la reina Ana de Austria y con Mazarino (cf. S.V. III, 402; cf. ES III, 368) de la situación política y de la miseria que provoca en los pobres, de París y en los campesinos de la región parisina. El «servicio», que Vicente de Paúl quiere prestar a los parisinos, es mal interpretado por los dos partidos. El resultado es el alejamiento de la capital desde finales de enero hasta el 13 de junio de 1649 (cf. S.V. lII, 408, 416, 434, 436, 452, 456; cf. ES NI, 373, 380, 394, 396, 413, 417).
  83. Cf. S.V. 1V, 455-459; cf. ES IV, 425-429.
  84. Cf. S.V. IV, 473-478; cf. ES IV, 440-444.
  85. C. A. 58.
  86. Cf. L. González-Carvajal, Con los pobres contra la pobreza, Paulinas, Madrid 1991, 115-123, donde habla de caridad-justicia.
  87. Cf. J. Hernández i Pérez, El modelo burocrático de servicios sociales en el Estado Español: Revista de Servicios Sociales y Política Social 27 (1992) 49-57.
  88. Cf. Relations mars-avril, mai, septembre-octobre 1652; Le Magasin charitable, janvier, 1653; (Estos documentos se encuentran publicados en M. M.’ Ibáñez, Vicente de Pata y los pobres, o. c., 387-393; 417-429); R. Voyer d’Argenson, Annales de la Com­pagnie du St. Sacrement (Publicados y anotados por Dom Beauchet-Fileau), Marseille 1900, 127, 132, 158; P. Coste, Le grand Saint du grand siecle, Monsieur Vincent, Paris 1932, 3 Vols. II, 716-717; S.V. IV, 392, 401-402, 539-540, 542; cf. ES IV, 369, 377­378, 503-504, 506.
  89. S.V. JüI, 147-148; ES XI, 442-443.
  90. Pío XI, 18 de diciembre de 1927, Documentation Catholique, 1930, col,. 358. En esta misma línea de pensamiento los obispos españoles declararon el 22 de agosto de 1986: «La dimensión social y política de la caridad» consiste en «un compromiso activo y operante (…) en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres», Los católicos en la vida pública, EDICE, Madrid 1986, p. 61.
  91. S.V. IX, 459; CE 758.
  92. Cf. S.V. IX 270; X, 510, 550-551; cf. CE 442, 2020, 2079-2082.

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