Bertrand Ducourneau (1614-1685) (IV y Final)

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Autor: Noticias de los misioneros .
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VI. Su amor por el silencio, su sencillez, su prudencia, su devoción hacia la santísima Virgen y los Santos.

Según lo dicho hasta ahora aquí, se puede concluir que nuestra venerable hermano era un hombre interior, y por consiguiente que guardaba perfectamente el silencio; ya que el silencio es extraordinariamente necesario para todos los que quieren vivir de la vida interior, y la prueba es que es cosa inaudita que un gran hablador haya sido nunca un hombre interior. Esta virtud es también una de las más necesarias para un buen secretario como él lo ha sido, así como lo dice la misma palabra: Callar el secreto; y no es menos raro que un charlatán sea secreto e interior; por eso se dice: Si quieres divulgar tu secreto, descúbreselo a una mujer, porque de ordinario este sexo no se guarda las palabras. Esta virtud de silencio en hablar en voz baja y muy poco, es decir nada en absoluto, fuera de lo necesario y sólo de las cosas de Dios; de manera que el espíritu no reciba por la palabra ningún impedimento a la devoción; lo que sucede cuando no se habla más que con caridad y por utilidad: razonable. Nuestro venerable hermano tenía tal dominio de su lengua, que en más de ocho años que ha estado con él su colega, éste dice que no ha advertido más que una sola vez que se la haya escapado decir algo que requiriera el secreto, y aunque esa vez fuera en cosa de poca importancia, se presentó al punto al superior para acusarse de esta falta que se le había escapado por inadvertencia. No hay que sorprenderse por que fuera tan silencioso ya que, como se ha dicho ya, era un hombre de oración y de alta contemplación, que caminaba siempre con Dios dentro de sí, y que se apoyaba en la resolución de no hablar más que de Dios o para Dios y no entretenerse en la conversación más que en cosas que se referían a su servicio y adelanto espiritual. Y aún al encontrarse con sacerdotes y otras personas que le eran superiores, tenía una maravillosa destreza para ponerse a hablar de Dios; todos los demás discursos, por muchos pretextos que se pongan, enfrían mucho al alma en el fervor espiritual.

A pesar de que nuestro venerable hermano disfrutara hablando de Dios, él decía «que era mejor para él en particular hablar a Dios que hablar de Dios a los demás, y que los hermanos de la Compañía debían tener gran afecto a esta práctica, no viéndose con frecuencia en la necesidad de hablar de Dios al prójimo«. Así pues, huía cuando podía, pero sin afectación, de la conversación, a causa verosímilmente de que encontraba a poca gente que quisieran contribuir a sostener las charlas de Dios y de las cosas de salvación durante una conversación, sobre todo entre nosotros, hermanos, que no teniendo estudios, nuestras conversaciones degeneran a veces en miserias y charlas del tres al cuarto, aunque hayamos comenzado por discurso de piedad, de modo que comenzando por el espíritu, se acaba insensiblemente por la carne y la sangre; de modo que nos resulta más ventajoso no conversar que conversar.

Pero el principal motivo que tenía para amar esta virtud era honrar el silencio de la vida oculta de Nuestro Señor, y, repitiendo un día su oración, descubrió cuál era su práctica en este punto. Dijo que quería guardar el silencio interior para escuchar a Dios, y el medio que deseaba emplear para ello guardar el silencio exterior hablando poco, y cuando fuera necesario, porque la falta de no guardar el silencio exterior es un obstáculo para guardar el interior.

Y ésta fue su resolución, «después de dar gracias a Dios, dijo, por su vocación, , por la que le quería servir«.

Tenía una idea muy alta de la sencillez por una ciencia experimental que es muy eficaz. Por eso me dijo un día: «Dios es un se infinitamente puro e infinitamente simple, por eso no se complace más que en las almas puras y simples y no quiere compañía para morar; quiere estar solo. Y yo lo experimento en la oración, cuando teniendo el espíritu y el pensamiento en él, nada más que llego a pensar en otras cosas, aunque buenas, y si queréis contra mi voluntad, no obstante Dios se retira de mí, y luego me cuesta mucho volver a verle, porque quiere estar solo, o de otra manera se marcha y nos deja plantados»

En cuanto a la práctica, nuestro venerable hermano trataba de no tener en todo más que un solo motivo y un objeto en sus acciones, reduciendo todo a una cosa; y este motivo era el agrado de Dios o su santa voluntad, o bien el deseo de Dios solo. Por ello, como se ha visto en otra parte, decía: «Oh hermano, no tengamos más que un solo deseo, no tendremos más que una sola petición; lo encontraremos todo, si no deseamos y no pedimos más que a Dios solo. Él ha llevado toda su vida en conformidad con este pensamiento generoso que ocupaba su corazón, pues tenía a Dios solo y todo lo juntaba de continuo en él, todos sus planes, sus esperanzas y sus pretensiones. Así se formó en su alma una generosa confianza que le hacía despreciar todas las cosas de este mundo para entregarse al principio de su felicidad. Trataba de todo buenamente y sin finuras, evitando todo artificio y la búsqueda afectada y curiosa para desembarazarse de las cosas molestas y anticiparse a los inconvenientes. Aquí su colega dice que le ha sorprendido muy a menudo, reprochándole sonriente: «Eso es una de vuestras finuras engañosas«.

Respondía sencillamente a las cosas que le preguntaban y que podía decir sin rodeos. Y así cuando el Sr. Alméras le vino a su habitación y no le había encontrado, y activo como era, no dejaba de preguntarle adónde había ido, y nuestro hermano se lo decía todo con  sencillez, de manera que a veces se encontraba diciendo: «Señor, había ido a practicar la disciplina«, cosa que espíritus menos sencillos no dirían. Después de hacer algo que pensaba que debía hacerse, no pensaba más y no se divertía en descifrar los juicios que se harían de él, ni de hacer reflexiones tímidas en sus adentros, temiendo sin duda que le apartara del goce de su querido Señor.

Uno de los grandes medios que nuestro venerable hermano ha empleado, para adquirir con la gracia de Dios esta sencillez de la paloma que brillaba en él, ha sido el completo aislamiento de las criaturas, por una renuncia absoluta a toda avaricia, pues lo que hace al alma doble y disimulada son las diversas pretensiones que tiene de llagar a tal o tal cosa; y la que no desea nada no tiene más que un solo propósito, que es el de agradar a Dios, cosa que le libra de muchas reflexiones y la hace perfectamente sencilla.

Nuestro venerable hermano poseía todas esas cualidades en alto grado. Tenía un juicio sólido, capaz de toda clase de asuntos. No hacía nada con precipitación, sino todo con un bello orden, con perfecto dominio de sí, lo que hacía que se comportara con mucha discreción en todas las ocasiones y con todos los que tenía que tratar, guardando en ello toda la moderación y justeza posibles.

Operaba como insensiblemente y con mucha dulzura y facilidad; ordenaba sus pensamientos de manera que no se alejaran de Dios; sus afectos, para que se ocuparan  en torno a las criaturas según la necesidad; sus intenciones, para mantenerlas puras y sin mezcla; sus juicios, para apartarlos del mal y aplicarlos siempre al bien; sus palabras, para hacerlas útiles; y por último todas sus acciones, para mesurarlas con gran discreción según Dios y la razón.

La santa conversación que tuvo con nuestro venerable Fundador le sirvió de mucho, al quedar lleno y embebido en sus máximas, que no eran otras que las de Nuestro Señor, contenidas en el Evangelio. Y los propios externos han reconocido esta verdad; así un procurador de un parlamento, que la había prestado algún servicio, le escribió en estos términos: «Me sentiré siempre encantado de encontrar mejores ocasiones de serviros, no sólo como recuerdo del bienaventurado Sr. Vicente, que me es precioso, sino también por vuestro mérito particular, como escaparate que sois de este gran hombre».

Poseía un tan gran afecto a la lectura espiritual que todo el tiempo que podía sacarle a su oficio lo dedicaba a este santo ejercicio o a la oración. Tenía por máxima: «que para tener buen provecho  de las lecturas espirituales, no había que leer más que en un libro, pero que fuera bueno; y que una vez acabado se volviera a empezar hasta asimilar los buenos pensamientos del autor».

Esto es lo que practicó siempre durante toda su vida, excepto sin embargo durante el último año, durante el que leyó de varios libros que trataban de la alta espiritualidad; pero ocho días antes de su muerte, expresó su arrepentimiento, diciendo «que aquello le había hecho más daño que provecho«.Tenía no obstante el espíritu  capaz para la lectura de toda clase de libros, de manera que los superiores tenían tal confianza en su honradez y tal estima de su prudencia que, viendo alguna vez libros curiosos y sembrado de alguna doctrina errónea y peligrosa, no temían, después de leerlos, dejárselos leer también  y pedirle su parecer, y él estaba de tal manera unido a Dios que como san Gregorio Nacianceno, lo convertía todo en su provecho espiritual y sacaba de todo ocasión para humillarse.

Un día, su colega quejándose a él porque no se aprovechaba de sus lecturas espirituales, las cuales le entraban por así decirlo por una oreja y le salían por la otra, nuestro venerable hermano le consoló y le dijo que «aunque no retengamos en nuestra memoria nuestra lectura espiritual, el alma con todo no deja de alimentarse y sustentarse y, en ocasiones, las especies de lo que hemos leído se presentan, aunque creyéramos anteriormente que nunca podríamos formar una idea. Pero Dios es admirable en la facultad de la memoria, con la que dotado al hombre«.

«Para aprovecharse, dice en otro lado, de la lectura espiritual no es necesario forzar el espíritu para retener y acordarse de lo que se ha leído para que produzca su efecto, pero lo que se ha de hacer es que la lectura se convierta en oración, es decir que la entremezclemos al menos de vez  en cuando con frecuentes elevaciones de espíritu  a Dios, pidiéndole la gracia de entrar en los sentimientos de lo que leemos, o del amor de la virtud o del horror al vicio, y eso sin que sea necesario decir nada a Dios que conoce nuestra necesidad y la que tenemos, pero solamente por una elevación a él, haciendo como la gallina que, después de beber levanta el pico hacia el cielo. Es esa la buena manera de hacer lectura, que hace que nos quedemos más inclinados y fervientes para la práctica del bien, la cual, añade él, he aprendido de un ciego«.

Como se puede ver, nuestro venerable hermano no descuidaba ningún medio propio para hacer avanzar por el camino de la perfección; siendo así las cosas, no se puede dudar que tenía una gran devoción  a la Santísima virgen, Madre de Dios. La sincera devoción a esta Reina del cielo y de la tierra es una señal de predestinación. Esta señal es tanto más grande en nuestro hermano por haberla tenido desde su más tierna infancia, como se ha dicho al principio de esta historia. Ha sentido en todo tiempo una filial devoción hacia esta digna Madre de Dios, y se sentía muy satisfecho de que se supiera que le era particularmente devoto, para poder hablar de ella en toda clase de encuentros. Nunca llegó a tener un gran atractivo por las oraciones vocales, no obstante, había aprendido de memoria las que se dicen de ordinario en honor de la santísima Virgen, de la que tenía una imagen pegada a su pupitre, al pie del cual había escrito el Sancta Maria, sucurre miseris, etc., con el versículo y la oración, a cuyo pie había escrito la divisa de santa Teresa: «Morir o padecer«. No había sentido mayor júbilo que oír hablar de las grandezas de la santísima Virgen, a la que daba todo cuanto se puede dar de perfecciones a una pura criatura; de manera que después de la Santísima Trinidad, ella ocupaba el primer lugar en su espíritu. Y por esto, se sentía muy afligido al oír que en este tiempo había bocas de infierno que vomitaban exhalaciones perniciosas y diabólicas contra la estima debida a las grandezas de la santísima Virgen y que trataban sobre todo de borrar o al menos empañar su más glorioso título de Madre de Dios. Cosa que le hacía gemir y deplorar la horrible ceguera de esos doctorcitos descerebrados, que se quieren meter a reformadores de los concilios universales de la santa Iglesia, y creen tener en sus locas cabezas  toda la sabiduría de los santos Padres.

Cuando hablaba en alabanza de la santísima Virgen, se le veía transportado; de manera que el calor le subía al rostro, y se hallaba tan lleno de estima hacia ella que se le acababan las palabras. Practicaba fielmente todo lo que se nos manda en nuestras reglas sobre la devoción que debemos tener a esta digna Madre de Dios y nuestra, pero sobre todo por la imitación de sus virtudes, y particularmente de su humildad y de su castidad, como hemos podido ver al tratar de esas virtudes, que estaban  en una gran perfección en nuestro hermano.

Nuestro venerado hermano Ducournau, amando y honrando tan íntimamente como hemos visto al Rey y a la Reina de los santos, no podía por menos que tener  una gran devoción por sus fieles siervos. Celebraba sus fiestas con todo el cuidado y recogimiento posibles y se deleitaba leyendo sus vidas y embebiéndose en sus máximas y su ciencia para imitarlos. Por ello, cuando veías algún acto de virtud en su vida, se ponía enseguida a tratar de hacer lo mismo, y decía «que debíamos de cerca o de lejos imitarlos. Tenía cuidado de señalarlo en un papel cuando algo le llamaba la atención era fácil de cumplir, para ayudar a su memoria. Según esto, referiré aquí por ejemplo el sumario de lo que había anotado de la lectura de la vida de una gran santa, y que tenía en su pupitre, ante la vista. Concebido en estos términos: «1º Se consideraba [442] como las más criminal y la peor; 2º arrepentida de sus pecados  hasta las lágrimas; 3º estimar a todo el mundo y no hablar nunca mal de nadie; 4º hacerse violencia para seguir la llamada de Dios y cumplir su voluntad; 5º la Oración ha sido el remedio de todos sus males, aunque se portara a menudo con fuerza, contra su repugnancia; 6º no querer hablar más que de Dios; 7º reconocer como una gran gracia el desprecio del mundo y de sí mismo; 8º damos tan sólo los frutos y no el fondo de nosotros mismos a Dios». Hasta aquí dicho escrito, máximas de las que estaba tan penetrado que casi toda su vida ha rodado sobre esos principios, como se ha podido ver por lo que se ha dicho. Él decía: «que es un gran secreto entrar en las comunión de los santos para ofrecer a Dios todas las buenas obras que se hacen por todo el mundo y lo poco que nosotros hacemos, en unión de los méritos infinitos de Nuestro Señor, que son tesoros que son inagotables. Es un gran medio de reunir, con escasos gastos, grandes riquezas espirituales«. Así lo decía, esa era su práctica.

VII. Sus últimos años y su muerte.

Estamos tocando el final de nuestra historia, y por eso vamos a contar la muerte de nuestro venerable hermano; pero antes vamos a decir cuáles eran sus pensamientos sobre esta materia. No hay porqué sorprenderse. Hacía tiempo que la deseaba y que se preparaba a ella; así que, pocos años antes de morir, dijo: «Si yo supiera que iba a morir pronto, saltaría de contento, ya que qué placer vivir y estar siempre en los peligros de ofender a Dios! La mejor de todas las muertes es aquella en que el hombre,  habiendo cumplido su deber para poner nuestra conciencia en buen estado, no piensa ya en su salvación, ni en el paraíso ni en el infierno, sino tan sólo en el cumplimiento de la voluntad de Dios sobre sí, abandonándose en cuerpo y alma a él y arrojándose en sus brazos para enviar su alma donde él quiera, y donde ella pueda rendirle más gloria. Y lo que hace la muerte más espantosa, incluso a algunas buenas almas,  que no están aún purificadas del amor propio y del interés particular la incertidumbre del lugar adonde se va, después de esta separación del cuerpo y del alma. Pero nuestro venerable hermano estaba elevado sobre por encima de todo esta por su entera confianza en Dios y una perfecta resignación a su santa voluntad sobre él  por el tiempo y la eternidad, lo que le quitaba todas todos los temores de la muerte, aunque considerara las incertidumbres de aquí abajo, y como prueba de todo esto, estas palabras que dijo un día a su colega sobre esta materia: «Hace quince o dieciséis años, dijo (era en 1654), que tuve una tremenda enfermedad durante la que estuve por cuatro meses en peligro de morir, y no temía a la muerte; e incluso un día entre otros, en que me encontraba peor que de ordinario, y que creía dar el paso de tiempo a la eternidad, a lo cual ya estaba resuelto, al recobrar la salud, sentí pena».

Por fin el término de su vida se acercaba, Dios le envió la primera señal, el día de la Natividad de Nuestro Salvador, por un dolor de cabeza, en cuyo día oyó más misas que nunca en ese día como si hubiera presentido que era la última Navidad de Nuestro Señor que celebraba en la tierra. El día de san Esteban mejoró, y el domingo, fiesta de san Juan, comulgó con una extraordinaria devoción, hallándose todo absorto en Dios, como si hubiera sabido que era la última vez que recibía a Nuestro Señor en el altar; ya que por la tarde le entró la fiebre, que no le dejó ya hasta su muerte. Fue llevado a la enfermería al día siguiente por la mañana, el lunes, fiesta de los santos Inocentes. El médico habiéndose encontrado ese mismo tiempo en la enfermería, le juzgó primeramente el más enfermo de todos los enfermos, que entonces eran muchos.

Tomó de verdad todos los remedios que le dieron, en gran cantidad y de los más excelentes, pero siempre sin esperanzas de que se recobrara más.

Cuatro días después, sangrado siete u ocho veces, y en aumento el flujo del pecho, le dieron el santo Viático, que recibió con la devoción y reverencia  de que se ha hablado en la historia de su vida.

El sábado, 2 de enero, en debilidad progresiva, le dieron la Extremaunción, tras la cual dijo con rostro gozoso a su querido colega, que se hallaba presente: «Se acabó, nos tenemos que separar«; palabras que le atravesaron de dolor, según lo cuenta él mismo: «Al ver, dijo, la pérdida que sufría de una hermano tan amable, que me había querido como si fuera su hijo, y yo también le quería y le honraba como a mi padre, y puedo decir que he derramado más lágrimas en su muerte que en la de mis propios padre y madre«. Son sentimientos de su querido colega.

El domingo, fiesta de santa Genoveva, viendo que se iba poco a poco, le hablaron por la noche de las indulgencias que se ganan en el artículo de la muerte pronunciando Jesús, María Hizo un acto de fe sobre el poder que tenía nuestro santo padre el Papa de conceder indulgencias, repitió varias veces de boca estas palabras sagradas Jesús, María ; hizo pacto con Dios que las pronunciaba en ese instante como si fuera en el último suspiro, no sabiendo si podría hacerlo en aquel momento. Hacia las nueve, sabiendo que debía morirse esa noche, envió a pedir al Sr. Jolly su obediencia para hacer el gran viaje de la eternidad, una vez avisado, se la dio con su bendición, como se dijo ya. Después, nuestro venerable hermano se sintió gozoso, no deseando ya nada en el mundo más que ir a gozar de Dios, manteniendo siempre el uso de la razón hasta el último suspiro. A las once, se presentó el sudor de la muerte, hizo llamar al sacerdote que estaba para atenderle paras hacer las recomendaciones del alma a las que respondió. Le hicieron repetir Jesús, María para ganar la indulgencia, y el sacerdote le sugería también  otras aspiraciones a Dios, hasta un poca entes de los tres cuartos después de las once, cuando nuestro venerable hermano pronunció distintamente esta antífona: Maria mater gratiae, etc. … que había dicho todos los días, antes de acostarse. Le faltó la palabra en: Gloria tibi Domine…; cerró los ojos durante un rato, después de lo cual, queriendo entregar su querida alma a su Creador, no hizo otro esfuerzo ni movimiento que volver a abrir los ojos para mirar al cielo, a donde tenemos motivo de creer que voló su alma después de haber llevado una vida tan inocente en la tierra y hecho tan hermoso final.

Se ha dicho que la muerte no desfiguró en nada su rostro; al contrario, le volvió más hermoso. Teniendo la verdadera fisonomía de un bienaventurado, teniendo mucho parecido con la imagen de san Francisco Javier sacada después de su muerte, tanto que al verlo inspiraba gran devoción. Muchos se apropiaban de cosas que habían sido de su uso, y eso antes de enterrarle. Le cortaron cabellos, como lo hicieron con nuestro hermano Alexandre Veronne, que falleció aquel año, el 18 de noviembre de 1686, sobre quien se han celebrado cinco conferencias, en las que se dijeron cosa verdaderamente admirables de sus virtudes, que servirán también para hacer la historia de su vida, como lo espero, lo que constituirá sin duda una gran devoción para todos aquellos que lo conozcan, lo mismo que ésta de nuestro venerable Bertrand Ducournau , que ambos con toda seguridad han sido dos luces, entre los Hermanos, en nuestra Congregación, y que han brillado tanto por tener sus luces, después de Nuestro [446]Señor Jesucristo, de nuestro gran Patriarca el Sr. Vicente, que ambos han parecido ser sus verdaderos hijos. Quiera Dios darnos la gracia de imitarlos. Para volver a nuestro venerable hermano Ducournau, fue llorado, por todos, y en particular por las hijas de la Caridad, que asistieron a su entierro, con el hijo de la Srta. Le Gras su institutriz; muchos lloraban como si hubieran perdido a su padre.

Fue enterrado el lunes, 4 de enero, hacia las tres de la tarde, en la nave de la iglesia de San Lázaro, cerca del rincón de la balaustrada del coro, lado de la epístola, y se tuvo su servicio al día siguiente; después de lo cual, el Sr. Jolly, nuestro muy honorable padre, envió la noticia a todas las casas de la Congregación de las gran pérdida que la Compañía acababa de sufrir en la persona de nuestro venerable hermano, por una hermosa carta circular, que he creído citar como conclusión de esta obra, con las respuestas de algunos superiores, que más se impresionaron con esta pérdida, y los testimonios honorables que otros han dado de la gran estima que hacen de la memoria de este querido difunto.

«París, 5 de enero de 1677.

«Señor,

La gracia de Nuestro Señor esté siempre con ustedes.

Nuestra casa del cielo se ha visto incrementada desde hace un año, habiéndolo querido así Dios para no diferir más la recompensa de sus buenos servidores.

La Compañía acaba de sufrir una gran pérdida más aquí abajo en la persona de nuestro hermano Bertrand Ducourau, quien falleció el tres de este mes, al término de ocho días de enfermedad, y a la edad de sesenta años, de los que ha pasado treinta y tres en la Compañía, a la que ha prestado grandes servicios, como saben. Ha edificado grandemente con sus raras virtudes, siendo reconocido por todo el mundo por uno de los más virtuosos y más ejemplares individuos que haya tenido hasta el presente. Era un hombre de oración, lleno del espíritu de Dios, al que estaba siempre unido por una vida de fe continua, de esperanza, de confianza y de amor de Dios y del prójimo, que eran los fundamentos de sus otras virtudes, habiendo brillado en todas, y en particular en una profunda humildad y en una perfecta obediencia, de la cual había hecho voto particular de obediencia ciega, pues tanto afecto sentía por esta virtud. Era extremadamente mortificado y lleno del espíritu de penitencia; andaba y actuaba siempre en la presencia de Dios, y no obraba más que por él con las más puras intenciones. Lleno de celo por la salvación de las almas, tenía una gran conformidad con la voluntad de Dios, un desprendimiento grande de todas las criaturas, una gran unión a Nuestro Señor, a quien tenía siempre como su modelo en todas sus acciones, tenía un amor incomparable  por su vocación y por la Compañía, lo que le hacía muy celoso de la regularidad y de los más fervientes y exactos por la observancia de las cosas más pequeñas expresadas en nuestras reglas. Tenía un alma muy pura e inocente. Su muerte ha sido parecida a su vida, habiendo pasado su enfermedad en una continua unión a Dios y a Nuestro Señor crucificado.

«Esta casa sigue embalsamada del olor de sus virtudes, y en particular de su gran bondad y caridad para con todos, que le hacían humilde, manso, afable y benévolo con todos. Yo no les diré más, porque todos lo han conocido; le suplico tan sólo, Señor, que le tributen y le hagan tributarle los auxilios acostumbrados, aunque tengamos motivos de creer, por la vida santa que ha llevado y el feliz final que ha tenido, que ya se encuentra en el cielo. [448]

«Soy siempre, de todo corazón, en el amor de Nuestro Señor, Señor,

Vuestro muy humilde servidor, «JOLLY, «Indigno sacerdote de la Misión».

Me parece un justo compendio  todo lo que se ha narrado en toda su extensión en el curso de esta obra, por lo que se ve hasta que grado de virtud ha llegado nuestro venerable hermano Ducournau, por su fidelidad a las gracias de Dios que no han sido inútiles en él. El difunto Sr. Fournier, segundo asistente de la Compañía, que poseía en abundancia el espíritu del Sr. Vicente, tenía una singular estima sobre nuestro venerable hermano. Había prometido poco antes de caer enfermo que vería y perfeccionaría esta obra y le añadiría lo que faltaba, y en particular describiría la manera en la que sabía que Dios había elevado a nuestro venerable hermano a la contemplación. Y dos días antes de su muerte dijo al autor de esta historia que se la entregara al Sr. Thieulin para completarla teniendo, dijo, una gran facilidad para asentar por escrito.

El superior de la casa de Roma, Visitador de la provincia de Italia, respondiendo a la susodicha carta, expresa de manera clara la gran estima que tenía  de este venerable hermano en estos términos: «Hemos perdido pues al amable hermano Ducournau. De verdad, Señor, he sentido esta pérdida quizás más que ninguno de la Congregación porque este querido difunto tenía cualidades que me hacían sentir veneración y una estima particular por su persona. ¿No se hará un compendio de sus virtudes? Oh y qué útil resultaría, a mi parecer, conservar la memoria y en especial de las prácticas  de humildad y mortificación, por las que una parte de los demás hermanos sienten de ordinario repugnancia!.

El superior de la casa de Lyon respondía a la triste noticia de la muerte de nuestro venerable hermano, dice así: «He recibido con dolor la noticia de la muerte del bueno y virtuoso hermano Ducournau, en la que la Compañía sufre sin duda una pérdida muy considerable, y vos mismo, Señor, por verse privado de la ayuda que recibíais en la expedición de vuestras cartas. Tengo una idea de la virtud de este buen hermano más grande de lo podría decir. El Sr. de La Forcade, antiguo magistrado de Lyon, quien se siente muy afligido con toda su familia, tiene razón de decir lo que me ha dicho con frecuencia que este querido difunto tenía el espíritu del Sr. Vicente, como también me lo ha dicho el Sr. Gabuzat quien, al recibir la noticia de esta muerte, me dijo: Si ése no está en el cielo, no sé quién estará, que Dios nos dé la gracia de seguirle, después de seguirle en su santa vida y en su buena muerte«.

El superior de la casa de Tréguier respondió así: «La muerte de nuestro hermano Ducournau, que es una noticia bastante dolorosa en sí misma, no deja de consolarnos por el modo como narráis sus hermosas virtudes. Espero que sirva de provecho a esta pequeña familia y no lleve a imitarlas, como se deja ver ya en algunos que parecen muy renovados y fortalecidos«.

Sería demasiado largo referir aquí todos los sentimientos que han expresado los superiores y las casas de la Compañía sobre la muerte de nuestro venerable hermano; se puede decir, en una palabra que han sido del todo unánimes en el dolor por una tan grande pérdida, y animados cada vez más a la virtud, a ejemplo de este querido difunto.

La Compañía de las hijas de la Caridad a la que él ha rendido durante su vida grandes servicios, se ha sentido impresionada por la perdida que ha sufrido en su persona y le ha tributado durante su vida t después de su muerte grandes testimonios de la estima particular que sentía de él. Y una de las principales oficialas no podría hablar  [450] de él sin derramar lágrimas, y dijo en voz alta: «He perdido a mi padre, hablando del querido hermano Ducournau».

Buen número de personas externas han testificado cómo tenían en veneración a nuestro hermano, durante su vida y en su muerte, entre los cuales yo citaré solamente aquí al Sr. párroco de Saint-Laurent quien no habla de él más que con grandes sentimientos de estima y veneración. El Sr. prior de Courrangue, fallecido hace un año, y que era un personaje de una insigne piedad y de un gran mérito, decía: «que estaba embalsamado  por las virtudes que había visto en nuestro venerado hermano«.

El Sr. Le Gras, consejero en el Palacio de la Moneda, hijo de la difunta Srta. Le Gras, le ha llorado como si fuera uno de los mayores consuelos que haya tenido en la tierra, quien por ello venía a visitarle y comunicar con él cosa que eran de urgente importancia, para oír sus buenos consejos; pareciéndole escuchar al Sr. Vicente, nuestro venerable Padre, cuyo espíritu reconocía en abundancia en nuestro venerable hermano.

Un canónigo de una catedral, escribiendo a este célebre difunto, a comienzos de uno de los años algo antes de su fallecimiento, le expresa los verdaderos sentimientos que tenía por él de esta manera: «Nuestro muy querido hermano, he recibido con gran consuelo vuestra carta del 30 de noviembre, totalmente edificante y llena de instrucciones muy cristianas. Aceptaréis con agrado que, en esta renovación de año, os ofrezca y os renueve todo mi agradecimiento que debo a vuestro recuerdo, a los testimonios particulares de vuestra bondad, de la efusión de vuestro corazón y de la amistad que conserváis siempre por mí y por vuestra familia que os honra de forma particular. Os pido, mi muy querido hermano, continuéis vuestro recuerdo en las oraciones por los muertos y por los vivos, y ante toro por todas mis necesidades, para que pueda entrar en la práctica de las verdades sólidas que habéis querido proponerme, de las cuales estáis imbuido. Alabo a Nuestro Señor por todos los efectos de su gracia que ha operado en vos y por vuestra fidelidad a sus designios. Le ruego de todo corazón que acabe en vos lo que ha comenzado para su gloria y vuestra santificación, etc.…»

A continuación le descubre, como tenía costumbre de hacerlo hacía largo tiempo, todo lo que tenía de más secreto en su alma y que tenía que ver con su conciencia para recibir sus buenos consejos. Por eso añade: «Permitid también, mi querido hermano, que os confíe una regla que he seguido con mis próximos para pediros alguna luz, etc. …»   Otra persona de gran mérito, respondiendo a una carta que le había escrito, dice en pocas palabras algo que es de gran alabanza a nuestro venerable hermano, porque le era común para todos, según hablara o escribiera: «Vuestra última carta, dice, me ha consolado mucho, ello, hermano, debo confesaros que todo lo que me llega de vos obliga a mi corazón a la gratitud para con Nuestro Señor por la abundante gracia que su bondad quiere repartir para consolar, como vos lo hacéis,  expresando lo que ella opera en vos que ella establece cada vez más en la práctica sólida de las virtudes; lo que produce también en mí deseos de imitaros».

Como conclusión, quiera Dios darnos a todos la gracia de caminar por los pasos  de este su siervo fiel, de entrar en sus sentimientos, de abrazar sus máximas de piedad y de buscar, a su imitación,  ser crucificados, muertos y sepultados con Nuestro Señor, en la práctica de todas las virtudes que él ha aprendido de este divino original y del que nos ha dejado raros ejemplos, que servirán de testimonio a la posteridad, que el hermano Bertrand Ducournau ha sido un hombre de gracia y de bendición, lleno del espíritu de Dios y dotado de una eminente virtud.

Trad. Máximo Agustín

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