Bertrand Ducourneau (1614-1685) (III)

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Author: Noticias de Misioneros .
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V. De su gran estima y singular veneración por el Sr. Vicente, nuestro venerable Fundador.

Si nuestro querido hermano tenía tanto amor y tanta estima por la Compañía, por la regularidad, por su vocación y por sus votos, como se ha visto en los capítulos precedentes, no se puede poner en duda que no haya sentido una singular veneración por aquel de quien Dios se sirvió para procurarle estos bienes con la institución de nuestra Congregación. Apenas se lo dio Dios a san Vicente, cuando concibió tal estima de su mérito y virtud que le tuvo siempre por un gran santo; de manera que me decía que ni viviendo ni después de su muerte, no había añadido nada a su estima, porque la había tenido siempre en el más alto grado. Lo que fue causa de que tuviera gran cuidado de observarle; en primer lugar, para imitarle como lo ha hecho muy perfectamente en todas sus virtudes; y en segundo lugar, para recoger su vida muy santa para la edificación del prójimo y en particular de nuestra Congregación para siempre, en lo que la Compañía le tiene una obligación inmortal. Pues se puede decir en su alabanza, por lo que es casi el único que haya tenido intención de  recoger la vida, las acciones y los discursos de un personaje tan santo, como se puede ver por una amplia Memoria que compuso tres años antes de la muerte de nuestro muy venerable Fundador, como se podrá ver aquí en toda su dimensión. Aquí está palabra por palabra:

Es importante, me parece, que la compañía haga en lo futuro una colección exacta de los santos discursos del Sr. Vicente y los conserve por las razones siguientes:

Primeramente, la mejor herencia de los padres es la buena instrucción que dejan a sus hijos.

En segundo lugar, en el mundo se tiene mucho cuidado de hacer el inventario y dejarse influir por los efectos de una sucesión perecedera, aunque sirva con frecuencia de obstáculo o de división a los herederos.

En tercer lugar, si los que disipan una sucesión hermosa t sustituida causan un mal irreparable a los demás que deben sucederlos sobre todo cuando se destina a su subsistencia; los primeros misioneros cometerán las mismas injusticias para con los que deben seguirlos, si no les hacen llegar las palabras del Sr. Vicente, ya que siendo su padre común, todo lo que deja debe serles común también.

En cuarto lugar, si las obras que ha hecho son las obras Couvre de Dieu, como así lo parecen, es preciso que Dios haya dado su espíritu para hacerlas y mantenerlas y, por consiguiente, los consejos y las enseñanzas, empleados en ello, deben ser tenidos por divinos y recogidos como un maná del cielo, cuyos gustos diversos han atraído a tantas personas diversas de uno y otro sexo, y de todas las condiciones, que se han asociado de distintas maneras para tantos bienes diferentes emprendidos y sostenidos por su dirección. Dios mío, no permitáis que nuestro disgusto proveniente tal vez del abandono de estas conferencias nos haga descuidar conservar algo para consuelo de nuestros cohermanos ausentes y futuros que desearán, que desearán un día ardientemente este alimento del alma y que tendrán por afortunados a aquellos que la reciben en la mesa del maestro.

En quinto lugar, como desea que los misioneros se abstengan de componer libros para no apartarse de sus tareas; tampoco él mismo no escribe nada ni de las luces que nos da, ni de las siembras que nos hace. Sin embargo sabemos que muchos santos han demostrado más sus virtudes por sus escritos y por su demás acciones; de manera que serían desconocidos en el mundo si sus libros no hubieran publicado su piedad. Pues bien, aunque la del Sr. Vicente no necesite de este apoyo para manifestarse en la tierra, pues ha esparcido ya  el olor por toda la Iglesia con las obras de caridad y las que le ha dado, no obstante sus palabras están tan llenas de devoción, que si es verdad que la boca habla de la abundancia del corazón, no se podrá imaginar nunca hasta dónde llega su amor a dios y al prójimo y su sentimiento por las virtudes, si se ignoran los términos y los cuidados con los que recomienda su práctica. ¿A quién se le habría ocurrido que Nuestro Señor hubiera llevado la perfección cristiana hasta el punto de obligarnos a amar a nuestros enemigos, a hacer el bien a los que nos hacen mal, si los evangelistas no hubieran recogido las mismas sentencias que él pronunció? ¿No es pues razonable que puesto que la humildad del Sr. Vicente le impide dejarnos algunas máximas sobre el papel de la gracia que le acompaña, al menos a los que le oyen hablar conserven memorias de ello? Ciertamente, los siglos que vienen, que tendrán motivo de admirar lo que él hizo, tendrían muchos motivos de extrañarse de no ver nada de lo que él dijo, e incluso quejarse de los que le oyeron  si dejan de comunicarles las palabras de sapiencia salidas de su boca.

Se dice en Salomón que si el loco pudiera callarse, no nos enteraríamos de su locura; y se puede decir de este rey y de todos los demás hombres sabios que su sabiduría sería desconocida, si no se hubiera descubierto por sus sabias palabras. Pero, es importante que las conferencias del Sr. Vicente se perpetúen en la Compañía, a fin de que, si Dios quiere mantenerla,, descubran en todos los tiempos y en todos los países cuál es el espíritu de este hombre apostólico, que será tanto más estimado cuanto más se le vea parecido al espíritu del Evangelio; y esta estima, necesaria a los fundadores de comunidades contribuirá notablemente a multiplicar y santificar la nuestra.

Alguien podrá decir que el Sr. Vicente no dijo de ordinario más que dos cosas comunes.

A esto se puede responder:

Primeramente, que aunque así fuera, no se deberían dejar sin escribir, ya que si son comunes para los sabios y las personas espirituales, no lo son para los hermanos ni para la gente en general, que necesitan incluso ser llevados y animados por estas cosas [419] antes que por otras extraordinarias de las que no se sienten capaces.

En segundo lugar, que un consejo, que de por sí parece poco considerable, debe ser recibido como importante cuando parte de la boca de un sabio que le da peso. Así los Espartanos, no queriendo recibir consejo de un hombre malo, se lo hacían pronunciar a un hombre de bien.

En tercer lugar, que aun hablando el Sr. Vicente de una materia común, no obstante todos saben que les llega con una fuerza que no es común. Ya que su elocuencia natural y la gracia que la anima le hacen tratar los asuntos menores con tanta devoción que se la transmiten siempre a quienes le escuchan, imprimiendo en sus almas la estima y la reverencia en todo lo que se refiere a Dios y el afecto por las reglas y prácticas de la casa. Por eso todos se muestran muy atentos cuando él habla, que a muchos les encanta oírle, y que los que no han estado presentes se informan a menudo de lo que se ha dicho y dan muestras de desagrado por no haberse hallado presentes.

En cuarto lugar, que cuando habla a fondo del modo de hacer nuestras oraciones, del conocimiento de nosotros mismos, de la renuncia a nuestra propia voluntad, del abandono y de la confianza en Dios, como lo ha hecho hoy al contarnos la firmeza del Sr. Desdames en los sufrimientos en que se ve en Varsovia, del agradecimiento por los beneficios de Dios, del buen uso de sus inspiraciones, de las calumnias, de las aflicciones, de la compasión con los afligidos, de la asistencia a los pobres, del celo por la salvación de las almas, de los ordenandos y demás cosas parecidas que pertenecen a la perfección del misionero. Todo eso, el lo lleva alto en cuanto a la práctica y en cuanto a la expresión y para mostrar que no hay nada de común entre una y la otra, yo pregunto ¿quiénes son los que hablan como él con tanto juicio, eficacia y amor, sin pretensiones y sin fasto?

Todo el mundo sabe que no hay otro igual en la Compañía para hablar tan dignamente de Dios y de las cosas santas y tan fielmente para los que le escuchan; es también la cabeza escogida por Dios para influir el espíritu y la vida en los miembros del cuerpo.

Algún otro dirá que el Sr. Vicente no dice nada que no se pueda hallar en los libros.

Yo respondo que eso puede ser, pero se sabe que para el buen alimento de los niños, la leche de su propia madre es lo mejor y que las tiernas enseñanzas de sus padres hacen más impresión que las de sus preceptores, por razón de la estima y el afecto naturales que Dios ha impreso en todas las clases de personas para quienes los han engendrado; además de ser muy difícil hallar en los libros las hermosas luces y los buenos movimientos que recibimos de las charlas de un padre caritativo, porque nos las da según nuestras necesidades y obligaciones que se diferencian en muchas cosas de las demás compañías que han escrito de lo que les interesa. Y además se trata de dar a conocer el árbol por sus hojas, quiero decir al Sr. Vicente por sus palabras, como también por sus frutos, como lo he dicho ya, para edificar un día a la posteridad, quien al verle revivir tan sólo por sus actos, podría decirle lo que en otro tiempo un filósofo decía a otro: «Habla, si quieres que te conozca«.

Decir que el Sr. Vicente no puede adelantar nada en el presente que no haya dicho ya varias veces.

Esto no debe impedir que no se hagan notas. Ah, quiso Dios que desde hace 30 años que ha comenzado la Compañía, se ha constatado lo que hizo y lo que dijo para nuestro adelanto interior. No tendríamos otras instrucciones que dar; veríamos sus frecuentes elevaciones a Dios, sus anonadamientos en sí mismo y las profusiones de su corazón paternal hacia personas de todas clases. Allí encontraríamos lecciones para todos nuestros ejercicios alicientes para todas las virtudes, remedios para nuestras enfermedades, armas contra las tentaciones, alientos contra las debilidades, maestría en la conversación, mil rasgos de prudencia para reprender el mal sin herir a nadie, insinuar el bien sin ostentación, con mil y mil, motivos para bendecir a Dios  por llamarnos a su servicio bajo la dirección de este siervo suyo. Escribo esto mientras se encuentra aún lleno de vida y hablo a los que conocen la verdad de lo que digo; mas como no se logró hacer estas anotaciones en el pasado, es mejor comenzarlas tarde que nunca, y una vez que se hayan hecho algunas y se haya advertido mil veces lo mismo, harán ver mejor todas juntas que, cuanto más ha hablado de ciertas virtudes o de ciertas prácticas, más las tenía presentes y más querido que les faltaran a sus hijos.

Por todo esto, parece que Dios pide de la Compañía que escriba exactamente los consejos, las reprensiones, relatos y recomendaciones que el Sr. Vicente da en público hasta las menores circunstancias mientras quiera Dios conservarlo. Confieso que será difícil sin que se dé cuenta; pero lo cierto es que la importancia del asunto merece el esfuerzo.

Veamos tres medios para elegir uno.

  1. Recomendar de unas vez a los sacerdotes, por obediencia, lo que el Sr. Vicente diga en adelante en las repeticiones de oración y en las conferencias y luego relacionarlo siempre ese mismo día o al día siguiente en algún lugar, donde uno de ellos haciendo uso de la pluma, les pregunte: «¿Cómo empezó el Sr. Vicente la charla y cómo la terminó?» Entonces, acordándose uno de una cosa y otro de otra, todo se unirá. Se dice [422] que las conferencias del bienaventurado Francisco de Sales  fueron recogidas de esta manera por las hijas de Santa María.
  2. Encargar a dos personas de buen sentido y de buena memoria capaces de recordar la sustancia de sus charlas unirlas con sus propios términos; a quienes se les dispense de ocupación esos días para poder redactarlas por escrito y ordenarlas mientras las recuerden. Digo dos porque uno sólo es difícil que pueda retenerlo todo en orden sin ayuda.
  3. Por último, si se encontrara a alguien que tuviera el concepto y la mano tan prontos para escribir palabra por palabra las mismas y las exclamaciones del Sr. Vicente en el momento en que las pronuncia, sería mejor.

Quiera Dios inspirar a los Srs. Asistentes lo que van a hacer! Si piensan que yo les pueda a servir, no tienen más que encargármelo, después de convencer al Sr. Vicente que se sirva de algún otro para las cartas; pues yo tengo el espíritu muy duro para ayudar en todo, y tal vez sea oportuna apartarme de este empleo por las faltas que cometo, si creen conveniente indicarle que el empleo le caería mejor a un sacerdote sobre quien podría descargarse de muchas respuestas y asuntos, y que muchos puedan tener reparos en que un hermano coadjutor conozca lo que escriben y pasa en sus casas.

En San Lázaro, el glorioso día de la Asunción de Nuestra Señora de 1657.

Los asistentes del Sr. Vicente, edificados e impresionados por la piedad de nuestro querido hermano Ducournau para con nuestro venerable padre y Fundador, le dieron el encargo de realizar este trabajo, que él proponía, sin por ello procurarle el tiempo que le era necesario, no descargándole del empleo que tenía ante el Sr. Vicente.

No obstante  aprovechaba tan bien todos los momentos libres que pudo tener y llevó a cabo esta comisión con tanto celo que ha recogido de sus conferencias a la comunidad para hacer con ellas dos o tres volúmenes.

Después de la muerte del Sr. Vicente, el Sr. Alméras, a quien había nombrado su vicario general mandó tener durante varios meses conferencias sobre las virtudes que se habían destacado en este venerable padre de los misioneros. Nuestro hermano Ducournau fue siempre de los que mejor hablaron en ellas, y así formó las colecciones que le sirvieron mucho para redactar las memorias, para componer la historia de la vida y de las virtudes de este gran siervo de Dios, como ya se ha dicho. Y un día que yo le hablaba me dijo: «Yo estaba tan lleno de lo que voy a decir de nuestro bienaventurado padre, que si no las hubiese escrito, pienso que tal vea habría reventado. Esta expresión exagerada deja ver bien claro cuál era la estima que tenía del Sr. Vicente y cómo se había entregado a plasmar su vida. No perdía ocasión de descubrir algo nuevo. He encontrado por casualidad una copia de una carta que escribió en el mes de agosto de 1658 al Sr. de San Martín, canónigo de Acqs, lo que da bien a entender la gran estima que profesaba al Sr. Vicente y el deseo que tenía de conservar la memoria de este gran siervo de Dios: «Señor, he recibido encargo de escribir de parte de los Srs. Portail, d’Horgny y Alméras, a quienes conocéis, a la espera de que ellos los puedan hacer por sí mismos, para agradeceros humildemente las cartas que les habéis comunicado. Ellos no querrían por nada del mundo no haberlas recibido, pues contienen cosa que darán un día un aumento de lustre a la santa vida de la persona que las ha escrito (se trata del Sr. Vicente). Ninguno de nosotros había tenido nunca de una manera cierta que él hubiera estado en Berbería, y tampoco que hubiera convertido a su patrón. En cuanto a mí, Señor, admiro la conversión de aquel apóstata, la humildad de su esclava, , la seguridad que él sentía en su alma de conseguir la libertad y la gracia que tenía de hacerse querer por los Turcos, que son inhumanos, particularmente del médico que le enseñó tantos secreto hermosos. Pero os confieso que admiro todavía más la fuerza que ha tenido de no decir nunca una sola palabra de todas estas cosas a ninguno de la Compañía, aunque él haya tenido cientos y cientos de veces la ocasión de hablar de ello, al tratar de la asistencia a los cautivos que él emprendió a los doce o quince años. Nos ha dicho muy a menudo que era el hijo de un labrador, que guardó los cerdos de su padre y otros trabajos humillantes, pero se ha callado siempre delante de nosotros sobre las que podían volverse en su honor, como haber sido esclavo para no tener la ocasión de decir el bien que se siguió con ello. Por último, Señor, admiro la sabiduría de Dios que, queriendo servirse de este siervo suyo para socorrer a los cristianos que gimen bajo la crueldad de los mahometanos, ha permitido que cayera él en las manos de estos bárbaros, para hacerle tocar con el dedo los males que manchan a los cautivos, los peligros en que se ven de perderse, y la obligación que tenemos de asistirlos.

Tal vez no sepáis, Señor, que entre las obras importantes que este hombre de Dios ha hecho y cuyo número y frutos sorprenden a los que las examinan, ha encontrado medios de establecer misioneros en Túnez y en Argel, donde asisten espiritual y corporalmente a los pobres esclavos.

Así pues la cautividad de este hombre caritativo habiéndole dad el conocimiento de la alquimia, se ha servido de ella con más fortuna que los que emprenden cambiar la naturaleza de los metales; ya que  ha convertido el mal en bien, al pecador en justo, la esclavitud en libertad y el infierno en paraíso; y ello de tantas formas como empleos tiene su Compañía, e invención tiene el celo apostólico. Se ha encontrado la piedra filosofal, pues su caridad inflamada de un fuego divino lo convertía todo en oro puro,  parecido a la ciudad santa. Señor, me habéis descubierto un tesoro escondido, enviándonos estas cartas; y así consolaréis grandemente a estos señores si podéis enviarles algunas más, aunque no contengan nada muy interesante. Querrían saber cómo se separó del legado de Aviñón que le llevó a Roma, lo que hizo en esta curia, adónde fue al salir de Italia, en qué tiempo vino a París y por qué; en qué año y en qué lugar fue hecho sacerdote, y si sabéis, Señor, algunas particularidades de su juventud, le quedaremos deudores si nos informáis; él no nos habla nunca de sí mismo más que para confundirse, y nunca para manifestar las gracias que Dios le ha dado ni las que su divina bondad ha repartido a los demás por medio de él. Si estas dos cartas hubieran caído en sus manos, nunca nadie las habría visto. Y estos señores han creído oportuno retenerlas y no hablarle de ellas, y ni siquiera que se enterara de que las tenemos, han suprimido la vuestra, creyendo que no os molestéis por ello, como ellos os lo suplican muy humildemente. Que si viene a pediros de nuevo las suyas, podéis decirle entonces que ya se las habéis mandado y que lo sentís mucho si no las ha recibido. Y nosotros mismos sentimos privarle del consuelo que sentiría al leer sus antiguas historias y de verse joven a sus años, pero ha sido preciso resolverse a eso antes que perder los originales, lo que habría sido mucho más fastidioso.

«Doy gracias a Dios, Señor, por la ocasión que me da de ofreceros mi obediencia como en efecto lo hago con todo el respeto que os debo. No me tomaría esta libertad sin tener el honor de ser conocido de vos, si no tuviera el de ser de la Misión, y por consiguiente obligado a honraros y serviros perfectamente a ejemplo de nuestro honorable padre, vuestro perfecto amigo; gracias a Dios, tengo la voluntad completa, pero no siendo más que un pobre hermano, inútil para todo el mundo; temo no poder testimoniar debidamente hasta qué punto soy, en el amor de nuestro Señor, vuestro, etc.

Es oportuno pensar que fue el gran celo que nuestro querido hermano Ducournau tenía por conservar para la posteridad la memoria del Sr. Vicente, lo que hizo que se buscara el encargo, que, dice él, los tres asistentes de la compañía le dieron de escribir esta carta a un hombre a quien no conocía; pues parece que el  buen sentido requería que uno de estos tres señores asumiera la tarea, y más siendo los tres conocidos del Sr. Saint-Martin.

Cuando nombraba a nuestro venerable Fundador, se quitaba el sombrero por respeto. Me hablaba mucho de él con grandes sentimientos de amor y de gratitud, y me dijo más de cien veces: «El Sr. Vicente era un hombre incomparable» por eso me decía también que al lado del Sr. Vicente, todos los demás hombres que había conocido nunca, no le parecían sino medios hombres o pigmeos, en virtud y en saber, que el Sr. Vicente era admirable en todo, y si se hubieran recogido fielmente sus santas acciones habría para llenar dos o tres volúmenes más«.

Le mortificaba en extremo ver que algunos hubieran querido que se refiriera de él sólo las acciones milagrosas, como se lee en la vida de los demás patriarcas y fundadores de órdenes. Sobre lo cual he visto un escrito de su mano en estos términos: «Alguien podrá decirme que es verdad que el Sr Vicente era gran hombre de bien, pero que Dios no ha devuelto por él, como en otros tiempos por algunos santos, la vida a los muertos, y sin embargo es lo que más admiran los hombres. A lo que se podrá responder con dos cosas: la primera, que los milagros no son siempre necesarios para reconocer la santidad de alguien, ya que ha habido muchos santos que no los han hecho, y que incluso no se refiere ninguno de san Juan Bautista, aunque sea el mayor de los santos. Y la segunda, que Dios no realiza milagros sin motivos. Que si los hacía para echar los fundamentos de la fe cristiana y a veces para descubrir a santos desconocidos o para mostrar que aprobaba la vida y la conducta extraordinario de algunos más, es que convenía que obrara así para dar crédito a la verdad. Pero en cuanto al Sr. Vicente, él no llevó una vida singular o sospechosa, y su boca no anunció verdades nuevas e increíbles para esperar del cielo estos signos de aprobación. Vemos su fe y sus obras autorizadas por los milagros del Evangelio. Su amor a Dios y al prójimo se justifica por sus efectos y su celo por sus frutos. las tinieblas han recibido su luz y los pueblos su calor. La Iglesia se ha edificado con su piedad y el clero con sus ejemplos. Los pobres y los afligidos publican su misericordia y toda la tierra alaba sus beneficios. Y por tanto, su caridad siendo de por sí un prodigio de la gracia, y sus virtudes vivos retratos de las virtudes de Jesucristo, no han necesitado otros milagros para hacerse aprobar, como tampoco su insigne mérito para ser venerados por todos los siglos«. Hasta aquí nuestro querido hermano Ducournau, teniendo una alta idea de la santidad de san Vicente, y conociéndole perfectamente no ha dejado de responder por escrito a algunos libelos de los Jansenistas, que hablaban en descrédito de este gran siervo de Dios. Pero como son hechos muy particulares que sería demasiado largo referir, los paso en silencio, y diré tan sólo que en esto se ve el gran amor  que nuestro venerable hermano sentía por su padre, en cuya alabanza había compuesto tan hermosos versos, incluso en vida; pues entre los dones que nuestro hermano había recibido, tenía el de la poesía a perfección. Se entregaba a ella en su juventud de manera que me confesó que se pasaba con frecuencia las noches en este delicioso ejercicio del espíritu y que, al llegar a la Misión se trajo consigo un saco lleno de sus composiciones, pero se las sacrificó a Dios, privándose en un momento de lo que le había costado tantas vigilias y tanto trabajo. Lo tuvo en tan poca estima que las arrojó a los lugares comunes. En cuanto a lo que había hecho en alabanza del Sr. Vicente, se lo llevó a Rougemont, hace seis o siete meses y lo quemó, con el resto de sus escritos sobre piedad que le concernían, según se ha dicho. Veamos el verdadero retrato de este venerable Fundador que ha dejado en verso en estos términos:

Las virtudes en Vicente formaron el rostro,
del que el arte no ha logrado sacar
más que
una imperfecta imagen.
El adorno de su frente fue un humilde pudor,
y el centelleo de sus ojos un amable candor.
La dulzura que siempre se asentó en su boca,
allí disputaba el premio con el que la franqueza,
la inocencia y el amor compusieron su fuerza;
y su gracia en una palabra fue la gracia de un santo.

También he salvado del fuego un proyecto de predicación o de panegírico que compuso en 1672, en honor de nuestro venerable fundador, con el cual nos muestra que su celo estaba animado hacia la memoria de este gran siervo de Dios. Este es su principio:

«Tal vez sería útil, dice, para despertar en la Compañía la dulce memoria de su fundador, y para hacer ver a los hijos por el ejemplo de su digno padre que deben estar a favor del pobre pueblo; sería útil, digo, que, mientras se predica en el refectorio, se hiciera una predicación que fuera propiamente para los misioneros, aunque la palabra se dirigiera a los habitantes de una parroquia del campo, como si efectivamente se predicara en un pueblo, a causa de que no se predica de ordinario en el refectorio más que piezas de misión y que no es conveniente que se predique abiertamente para la comunidad.

«Para ello se podría tomar como texto estas palabras de Nuestro Señor: Id a decir a Juan que los pobres son evangelizados, etc., y con ello hacer ver al pobre pueblo qué agradecidos deben estar 1º a Dios por haber enviado al mundo a su propio hijo para anunciar las verdades de la salvación a los pobres más bien que a los ricos; y 2º a este mismo hijo por ejecutar los designios de su Padre 1º yendo él mismo para ello de pueblo en pueblo, y de un lugar a otro; 2º por enviar a sus discípulos para hacer después de él lo mismo que él había hecho: Como mi Padre me ha enviado así os envío yo; 3º por suscitar en este siglo a un gran servo de Dios, que ha restablecido el usa de las Misiones, y que iba de pueblo en pueblo para ayudar a las almas a salvarse, a imitación de Jesucristo y de los apóstoles; dar todo esto a la audiencia como motivo de obligación que tiene de aprovecharse de los motivos y de los ejercicios de la Misión.

Se los podría exhortar por otro motivo, que es el amor y el celo singular que este buen siervo de Dios ha tenido para estos pueblos del campo, diciéndoles, por ejemplo: ¿No es justo, queridos amigos, que tengáis al menos tanto cuidado por lograr vuestra salvación como él lo tuvo con vosotros? ¿Y qué hizo? En primer lugar, se dedicó por entero y se consagró a Dios para este fin entregando todos sus cuidados, todas sus comodidades y sus trabajos con ese fin; fundó una Congregación para prestar después de él la misma asistencia; en segundo lugar, para demostraros que verdaderamente os ha amado más que un padre a sus hijos, renunció a los bienes, a los placeres y a los honores del mundo, y a todos los cargos y dignidades temporales para darse únicamente a vuestro servicio y, por decirlo de algún modo, se santificó a sí mismo a fin de que seáis también vosotros santificados, viviendo cristianamente del modo que se os enseña en esta Misión. Él ha apartado igualmente a los misioneros de todas las cosas de la tierra, hasta de la posesión de beneficios y de todas las clases de pretensiones terrenales, con el fin de que, por un lado, entregados a su perfección, atraigan así las bendiciones del Cielo sobre sus santos ejercicios; y por otro lado, procuren eficazmente vuestra salvación. En esto trabajan, unos directamente con sus instrucciones y los sacramentos que vienen a administraros gratuitamente y de una forma bastante laboriosa y muy desinteresada, como veis; y los otros indirectamente trabajando en las ciudades para formar buenos eclesiásticos por medio de los seminarios, de las ordenaciones, de las conferencias, para procurar a las parroquias del campo buenos sacerdotes y buenos pastores que cumplan bien con su deber para vuestra edificación.

«Otra señal de amor paternal que os ha traído es que ha empleado toda clase de medios no sólo para reconciliaros con Dios, sino también para haceros vivir juntos en paz mediante el arreglo de vuestros procesos y vuestras diferencias, lo que da reposo a vuestras familias y las pone en vías de prosperar temporalmente.

«Otra señal más es que ha provisto de asistencia a vuestros pobres enfermos por la cofradía de la Caridad y la fundación de las hijas que los sirven, lo que hace que no les falte nada necesario en este estado. Y cuando en épocas de guerra, de pedrisco y de hambre, se han visto provincias enteras en apuros, este padre caritativo ¿no ha acudido a socorrerlos formando compañías que continúan hoy proporcionando alimentos, ropas, útiles y semillas a estos pueblos arruinados, para aliviarlos y restablecerlos?

«¿Habéis visto alguna vez, mis queridos oyentes, o tan siquiera oído decir que haya habido nadie, desde los apóstoles, que haya hecho tanto y trabajado tanto para hacer y perpetuar tal cantidad de establecimientos solamente para la salvación y conservación de las almas y de los cuerpos del pobre pueblo del campo?

«Además, es bueno fijarse que desde que ese gran obrero ha comenzado tantas instituciones santas, su ejemplo ha favorecido la emulación en otras comunidades y en cantidad de valientes eclesiásticos que se han asociado en diversas diócesis para hacer las mismas obras buenas, en particular misiones y seminarios, que no se hacían apenas anteriormente.

«Si pues ahora que Dios os presenta la ocasión y el medio de poneros y de manteneros en su gracia, tenéis la desgracia de rechazarlos, ¿qué podéis esperar?

«Si los misioneros no lo dejaran todo para ayudaros, si no se ajustaran a vuestros horarios y a vuestra capacidad o no os predicaran de los asuntos útiles a vuestras necesidades y a vuestro alcance, si no os dedicaran todo el tiempo necesario para instruiros y prepararos y no os esperaran en la penitencia, tendríais alguna excusa y Dios los castigaría por ello; pero si después de todo lo que hacen para llevaros a vuestro deber, no lo hacéis, no veo nada que pueda convertiros«.

Hasta aquí se extiende el escrito de nuestro venerable hermano en el que se puede advertir su gran espíritu y su prudencia. .  yo, yo he pensado con frecuencia que tenía talento para la predicación tanto por su elocuencia natural como porque tenía un gran juicio y sabía lo que decía, como se ve en esta pequeña muestra. Se ha escrito en la vida del venerable hermano Alfonso Rodríguez, coadjutor en la Compañía de Jesús, que los superiores le hicieron predicar en el refectorio ante la comunidad, y satisfizo y edificó. Pero no dudo de que, si hubieran obligado a nuestro querido hermano a ello, que se habría despachado bien. Sé que había realizado este proyecto para dárselo a un sacerdote de la Compañía que debía predicar en el refectorio. Pero creo que no se lo dio porque, poco después de componerlo, me dijo que lo había quemado; y por suerte yo ya le había sacado una copia.

He aquí un bonito testimonio de la gran estima que nuestro  querido hermano sentía por nuestro venerable Fundador; se expresa con estas palabras en un escrito de su mano, que yo me he encontrado también: «El Sr. Vicente, dice, habiendo establecido seis clases de obras diversas y capitales para el bien espiritual de los pueblos y del clero, y diez o doce medios diferentes para la asistencia a los pobres, sanos y enfermos, alguien ha hecho esta reflexión que estos establecimientos no son obras pasajeras que hayan cesado con la muerte de su autor, como sucede a menudo con las mejores acciones de los obreros evangélicos, incluso los más poderosos, que hacen grandes bienes mientras trabajan  y que sin embargo raramente establecen algo  permanente; sus obras cesan, de ordinario, cuando ya no actúan; pero en cuanto a las del Sr. Vicente no sucede lo mismo. Son otros tantos árboles plantados en el jardín de la Iglesia que subsisten y se multiplican después de él y que todas producen frutos en su sazón. Oh Dios, ¡qué bendición sobre este santo sacerdote! pues aparte de los edificios espirituales de sus virtudes inmortales ha dejado a la posteridad quince o dieciséis hermosos cuadros vivos siempre animados con su caridad operante, de manera que podía decir con más razón que ese pintor tan célebre entre los antiguos: Yo pinto para la eternidad. Y habiendo contribuido por lo demás en la mayor parte de los bienes públicos que se han hecho en Francia en su tiempo, ha podido decir como san Pablo: He trabajado más que todos los demás. Por lo que hace a este nuevo Pablo y a este gran obrero digno de toda admiración es que, mientras muchos miles de personas fueran instruidas, alimentadas, consoladas y asistidas caritativamente, en cuerpo y alma, todos los días durante su vida y debieran serlo después de su muerte por medio de él, en el reino y fuera del reino, sin embargo este hombre del cielo no dejaba que no se le creyera inútil y se despreciaba a ultranza. Se rebajaba tan profundamente que colocaba a todos los demás, incluidos los niños, por encima de él. No decía una sola palabra de todo el bien  que hacía por todas partes, y todavía menos de las comunicaciones familiares que tenía con Dios y de los dones extraordinarios que había recibido de su mano liberal. Para operar todas estas maravillas en su virtud divina, él lo ocultaba todo y no se gloriaba más que de sus miserias y debilidades. Podía sin embargo gloriarse de grandes cosas diciendo la verdad, como «el Apóstol, pero ha preferido decir con él:  Yo me abstengo para que nadie me estime en más de lo que ve y oye de mí«.

Como la recompensa del amor es el amor mismo, habiendo tenido nuestro venerable hermano tanto por el Sr. Vicente, no se puede dudar de que el Sr. Vicente tuviera recíprocamente mucho por él, ya que conocía mejor que nadie en el mundo el mérito de nuestro querido hermano. Me veo sin los testimonios que dio de palabra y por escrito, tanto porque no he tenido la suerte de ser de su época en la compañía, como porque mi querido hermano ha suprimido las cartas de nuestro venerable Padre, en las que se hacía mención honrosa de él. Sé tan sólo lo que nuestro hermano me ha mencionado sobre el asunto, muy sobriamente y como de paso; y es que hablando de una de sus enfermedades, me dijo que la Srta. Le Gras y las damas de la Caridad se interesaban mucho en pedir a Dios su curación por la causa del Sr. Vicente; lo que subraya que el Sr. Vicente se sentía afligido por el temor a que se muriera a la vista del gran alivio que recibía de él. Pero se puede deducir por cuanto se ha dicho en el curso de esta historia de la vida de nuestro venerable hermano, cuánto le quería el Sr. Vicente, le estimaba y le valoraba; pues le había hecho depositario de todo lo que había de más secreto, que le había tomado por testigo de sus obras y compañero de sus viajes, empleándole en las visitas de las casas que hacía en preparar las cuentas y hacer otras cosas, que eran propiamente asunto de un sacerdote. Le hizo asumir el oficio de cónsul de Argel, y le entregó el cuidado de los ingresos y gastos de esta casa de San Lázaro durante algún tiempo, cosa que es también oficio de un sacerdote. Por último, para resumir, como prueba de la estima que el Sr. Vicente tenía de su virtud y de su prudencia, diciendo que le ocupaba en ir a tomar las deliberaciones de las damas de la asamblea de la Caridad, cuando no podía ir él en persona y que, en el último retiro que hizo en 1659, le honró hasta tal punto de pedirle su opinión respecto de las personas que quería proponer para la dirección de la Compañía después de su muerte, según se dijo en uno de los capítulos precedentes.

Trad. Máximo Agustín

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