VI. (1646-1648).
Viaje del Sr. Portail a la Rose –Carta de san Vicente que le invita a ir a Cahors –Regreso a la Rosa –Nueva visita a Cahors –Carta de san Vicente que le envía a Roma –Partida –Estancia en Marsella –Llegada a Roma .comienza la visita –Suspende la visita y se retira a San Salvador –Carta de la Srta. Le Gras –Respuesta del Sr. Portail –Recuperación y fin de la visita –Carta del Sr. Portail a la Srta. Le Gras –Sale de Roma; visita en Génova –llegada a Marsella –negociaciones difíciles –carta de san Vicente –celo del Sr. Portail en las misiones. Carta del Sr. Portail a la Srta. Le Gras, y respuesta de ella.
De Saintes el Sr. Portail se dirige a la Rose para hacer la visita, y véase en qué términos benévolos le invita san Vicente a ir a Cahors.
Fontainebleau, 22 de setiembre de 1646
«Señor,
«Os escribo a toda prisa de Fontainebleau para continuaros mis cartas y daros nuevas seguridades de mi pobre corazón para el vuestro muy querido y para deciros, Señor, que Mons. de Cahors me indica que le gustaría que fuerais a dar una vuelta por Cahors para ver la situación de nuestra casa y cómo anda todo. Esto es lo que os he querido pedir con estas líneas, para rogaros que vayáis lo antes posible.
«Saludo con todo el calor que puedo al Sr. Alméras, al Sr.du Coudray y al resto de la familia, encomendándome humildemente a vuestras oraciones y a las suyas y soy en el amor de Nuestro Señor, Señor, vuestro muy humilde servidor Vicente de Paúl indigno hermano de la Misión.
P.S. Ya que Monseñor nos profesa este afecto, vos tenéis al bueno de du Coudray a quien saludo tiernamente, si es conveniente que él sea de la partida, en cuyo caso, se lo ruego».
El Sr. Portail dejó inmediatamente la Rose y se fue a Cahors.
Después de terminar su visita de una manera satisfactoria, como en todas partes, envió a san Vicente está feliz noticia, recibiendo la respuesta siguiente.
«He recibido vuestra carta escrita de Cahors que me obliga a dar gracias a Dios por todo lo que me contáis, y por todos los bienes que él ha operado por medio de vos. Ruega a su divina bondad que continúe su luz y su dirección para lograr lo que os queda por hacer, como en lo que habéis hecho»
El Sr. Portail regresó otra vez a la Rose y recibió entonces varias cartas de san Vicente (10, 18 y 24 de noviembre de 1646).
En esta última carta, San Vicente recomendaba al Sr. Portail no prolongar demasiado las visitas.
Después de arreglarlo todo en la Rose, el Sr. Portail volvió otra vez a Cahors donde le llamaban nuevos asuntos.
Allí se encontró con dos cartas de san Vicente, una del primero, otra de ocho de diciembre. Felicitaba al celoso visitador por su prudencia, y por la bendición que Dios le daba, y luego le invitaba a dirigirse a Marsella, sin retraso, y de allí a Roma donde le esperaban impacientemente.
«hay que ir a lo más urgente que es Roma. No os detendréis ni siquiera en Génova, contentándoos con ver al Sr. Martín que hace el seminario, y decir una palabra al Sr. Blatiron y al Sr. Richard».
El Sr. Portail negoció de paso en Marsella un asunto con los administradores que exigían que dos sacerdotes de la Misión se quedaran en el hospital.
Terminada esta negociación, el Sr. Portail tomó el camino de Roma en compañía del Sr. Alméras, llegaron a finales de abril. El Sr Alméras fue superior de la casa de Roma y remplazó al Sr d’Horgny algún tiempo después de su llegada., como lo vemos por una carta que le escribe san Vicente con fecha del 10 de mayo.
El Sr. Portail comenzó inmediatamente la visita el 23 de abril, pero los grandes calores le forzaron a alejarse de la ciudad y se retiró al monasterio de San Salvador; había recibido antes de dejar Roma la carta siguiente de la Srta. Le Gras
21 de junio de 1647.
«Señor,
«Hace tiempo que deseo darme el honor de escribiros, si hubiera osado importunaros; pero la situación en que os halláis me hace pasar todo temor para recomendaros la necesidad que vuestras pobres Hijas de la Caridad tienen de vuestro regreso, por aquello de que en vuestra enfermedad no tomabais Paraíso por París. Qué haríamos nosotras, Señor: pues me parece que la perfección que Dios pide de toda la Compañía espera vuestros caritativos consejos y direcciones. Es verdad que vuestra ausencia tan larga nos ha sido dolorosa; pero yo particularmente he sentido consuelo de saberos en la fuente de la santa Iglesia, y cerca de su cabeza, padre santo de todos los cristianos, donde tantas veces me he trasladado en pensamiento, como hija aunque indigna, para recibir su santa bendición; pero como mis años, mis debilidades que aumentan día a día, comienzan a hacerme perder la esperanza de esa felicidad tan deseada, y el conocimiento de la gran felicidad que tuve, por la gracia de Dios, de vivir y desear morir en la fe de Jesucristo, se me ha ocurrido, Señor, suplicaros humildemente por el amor de Dios, obtenerme para la hora de mi muerte esta gracia que me podrá ser conferida en aquel instante
«Pero, Señor, desearía mucho extenderme algo más [56] y pediros, si es cosa que se pueda hacer, que procuréis esa misma felicidad a todas aquellas a quienes Dios conceda la gracia de morir en la Compañía de las hijas de la Caridad; ya que esa parece que sea el espíritu de Jesucristo el que haya inspirado querer este género de vida a las personas que escogió, para honrar su vida humana estando en la tierra.
«Eso, Señor, ¿no es acaso algo que nos dice en voz bien alta que tenemos la doble dicha de ser hijas de la santa Iglesia, y al ser admitidas de esta manera, no será para nosotras como una nueva obligación de vivir y de actuar como hijas de una madre así? lo que requiere una gran perfección. Venid pronto, Señor, a ayudarnos a adquirirla y mientras continuad vuestros cuidados caritativos en el altar y otras oraciones, y al presente en vuestros sufrimientos.. Permitidme, Señor, saludar muy humildemente al Sr. d’Horgny y al Sr. Alméras a quienes pido la misma caridad que a vos.
«Nuestra hermana Casireux está bien, gracias a Dios. Nuestras hermanas Florence, Françoise de Montargis, Mathurine de Angers, y Pétrine Fleury, una de las tres que vuestra caridad nos envió de Angers, han fallecido; también otras más que vos no conocéis; y la gran hermana Michel Naux a quien enviasteis de Richelieu, y varias más se salieron. Por último, nos encontramos con tanta necesidad de hijas, para la gran cantidad que nos piden todas partes.
«Ved, señor, si no necesitamos de mucha ayuda ante el buen Dios.
«Encomendadnos mucho a toda vuestra santa familia, y a mí en particular, que más que todas las demás tengo miedo y debo dudar de mi salvación, aunque lo espero de la misericordia de Dios, por los méritos de su Hijo, en el amor de quien soy, Señor, vuestra muy obediente y muy humilde servidora. L. DE MARILLAC».
Ésta es la respuesta a esta carta:
Abadía de san Salvador, a quince leguas de Roma, 1647
«Señorita,
«Al fin nos hemos enterado de las buenas noticias de vuestra curación, que tanto esperábamos en el temor de que vuestras hijas se quedaran huérfanas. Y nosotros no tenemos motivos para creer que la noticia sea falsa, pues habéis tomado la precaución, no sólo de firmarlas sino hasta de escribirlas de vuestro propio puño y letra las dos cartas con las que os habéis dignado honrarnos.
«En cuanto a mí, estoy bien ahora por la misericordia de Dios, pero sin recuperarme aún del todo, de manera que no me permiten dedicar mi espíritu a empleos serios a los que me ha llamado la obediencia en este país. Yo no dejo sin embargo de hacer alguna cosita aquí y allá, esperando a que se pasen los grandes calores, que son los que me retienen en este desierto, donde el aire es templado y más sano que en Roma, que ha sido la causa de venir aquí tan pronto.
«Yo os digo esto, Señorita, para que no os sorprendáis que haya tardado tanto en responder a vuestras muy queridas cartas y en procurar ejecutar las órdenes que me prescriben, al menos en lo que roca a las indulgencias en el artículo de la muerte, y luego la absolución general. He dicho procurar, porque me han dicho que ahora hay más dificultades para obtener de Su Santidad esta gracia para tanta gente en mayor número que antes, a lo que se añade que el embajador no se ha presentado en Roma todavía sino de incógnito. Y también es común que los Franceses no pidan al Santo Padre indulgencias extraordinarias u otras gracias parecidas sino cuando dicho embajador tiene audiencia, públicamente y en su presencia.
«Yo haré todo lo posible para satisfacer vuestros deseos, al menos consiguiendo para vos una cosa equivalente. Por lo que se refiere al auxilio que vuestra devoción pide en nuestros sacrificios, os diré simplemente que entre la parte que os dedico en ellos hace largos años, he celebrado expresamente varias veces con este fin, incluso recientemente. Igualmente por todas vuestras hijas, y en particular, he dicho tres misas por aquellas que han fallecido a partir de mi salida de París, y seguiré prestando este servicio, Dios mediante. Entretanto, os agradezco muy humildemente las oraciones que vuestra caridad y la de vuestras hijas se han dignado hacer por mi salud corporal; pero yo necesitaba más ser ayudado en la espiritual; por haber permanecido en Roma la santa, no todos se hacen santos, particularmente yo que más bien he empeorado, por haber permanecido demasiado tiempo alejado de nuestra querida era; me consuelo no obstante con la esperanza que pronto tendré el honor de regresar cerca de él y ser recibido caritativamente cual otro hijo pródigo.
«Por lo demás, no puedo sino deciros que hace cinco o seis meses, estando cerca de Toulon, ocioso a la espera del viento propio para nuestro barco, me otorgué el honor de escribiros una carta bastante larga que contenía breves noticias espiritualizadas de nuestro viaje para vuestro consuelo; mas por lo que veo no las habéis recibido. es posible que no hayan llegado a París. Podéis ver por ahí cómo no os había olvidado, ni tampoco a nuestras queridas hermanas, a quienes me encomendaba, así como a vuestra caridad, Señorita, con el fin de que rogaran y comulgaran una vez por mí. Y por esto he sentido más la pérdida de esta carta, al verme privado de este gran bien. Os vuelvo a hacer la misma súplica y saludo a este efecto a toda la pequeña familia de Nuestro Señor para se acuerden de hacerme esta caridad, pues yo ya he comenzado a celebrar por su intención como a la vuestra. Es verdad que estaba ya obligado por diversos títulos como el que es en el amor de Nuestro Señor y de su santa Madre. «Vuestro muy humilde y muy obediente servidor. «PORTAIL»
P. S. No hay aquí que conozcáis más que el Sr. d’Hotgny. Os agradece que le recordéis, y pide parte en vuestras oraciones y de vuestras hijas. El Sr. Alméras se ha quedado en Roma para dirigir la pequeña compañía que hay».
La visita, interrumpida varias veces a causa de la fatiga que sentía por el clima, no se terminó hasta el 16 de noviembre.
Entre las recomendaciones hechas a los misioneros, que eran casi todos Franceses, anotamos la de no hablar en adelanta más que italiano para aprender con mayor rapidez esta lengua acostumbrando el oído al sonido de las palabras: In addiscendo hujus linguae idiomate ac sono plurimam operam ponant, nec nisi Italicè in posterum loquantur.
El Sr. Portail salió de Roma el 11º de diciembre, y en esta misma fecha escribe a la Srta. Le Gras para darle a saber los favores espirituales que ha conseguido para ella.
«Señorita,
Roma, 1º de diciembre de 1647
«Aquí están por fin, con muchas vueltas, una parte de las gracias que vuestra devoción había deseado de nuestro Santo Padre. La consideración de vuestros trabajos con los pobres enfermos ha sido uno de los principales motivos de que vuestra petición totalmente concedida. No acostumbrado Su Santidad a otorgar indulgencia a tanta gente a la vez, veréis cómo todas vuestras hijas viviendo en el presente tienen su parte en ellas, pero no las que sean recibidas en adelante en vuestra comunidad, a no ser que se pida otra vez la misma caridad para ellas. lo que hará el Sr. Alméras de buena gana, una vez que se lo pidan y sepa la cantidad. Se ha cometido un error en vuestro nombre, pero no importa; y la cláusula que no habla, al parecer, más que de mujeres y no de hijas no impide que todas vuestras hijas tengan el mismo derecho, ya que en esta curia la palabra mulier se presenta para una como para la otra.
«Esperáis aún, Señorita, el poder de elegir a un confesor que pueda absolver de todos los casos y censuras en virtud de esta elección cuando lo deseéis, y esto lo me han prometido conseguir también de Su Santidad en siete u ocho días, aunque no me lo han asegurado del todo; será el Sr. d`Horgny quien se ocupará de enviároslo una vez que lo haya recibido, ya que se quedará por aquí por algún tiempo, y yo me marcho solo mañana temprano para regresar a Francia, por orden del Sr. Vicente. es lo que hace que me reserve para deciros de palabra lo que tendría que deciros por escrito ahora; no puedo sin embargo omitir el pensamiento que uno de la Compañía ha tenido hace unos días, y es hacer que rodos los sacerdotes de esta casa de Roma vayan a celebrar una misa en la iglesia de San Pedro junto a su tumba y de las reliquias de los demás apóstoles y además hacer las siete iglesias y todo ello con la intención de pedir a Dios que despierte y anime a estas santas damas que tienen el espíritu del cristianismo y de algún modo de los apóstoles y de los obispos, pues son tan celosas por la salvación del prójimo y la santificación del estado eclesiástico, para que por el mérito de esos santos, Dios les conserve este espíritu y les dé nuevas gracias para continuar si caridad.
«Y aunque la Sra. condesa y la Sra. presidenta de Herse y la Sra. de Lamoignon que sienten una devoción a esto parecen ser las únicas dignas de tener parte en estas oraciones, se comprende no obstante en ellas a todas las que contribuyen a estas buenas obras, aunque no se sepa su nombre, pero sobre todas se especifica a la Srta. Le Gras, aunque sólo fuera por razón de la instancia que ha hecho con frecuencia, por cartas y de palabra, concederle ese servicio, Nosotros ya hemos comenzado y nos proponemos continuar en particular el resto de este año. Vos podéis decir también a vuestras buenas hijas que nuestra aspiración ha sido también que ellas tengan su parte en especial en los santos sacrificios, que yo he ofrecido en estos santos lugares, para que Dios las conserve, anime, fortalezca y santifique cada vez más en los ejercicios de su santa vocación. Os suplico que las saludéis, por favor, de mi parte y les recordéis que me hagan un huequecito en sus oraciones y comuniones, como espero que vuestra caridad lo hace también, para que Dios tenga misericordia de mí, que soy en el amor de Nuestro Señor, Señorita, vuestro muy humilde y muy obediente servidor. «PORTAIL». «Indigno sacerdote de la Misión»
El Sr. Portail regresó por Génova, donde hizo su segunda visita; recibió allí una carta de san Vicente, que le recomendaba ir a Marsella sin demora.
Así terminaba san Vicente su carta
«Nuestro Señor os inspirará lo que se necesario y os dará parte en su espíritu. Así lo espero tanto más cuanto más importante es esta visita que las anteriores, como esta casa es también la más difícil que tengamos, a causa de la diversidad extraordinaria de los empleos: del hospital, de las misiones a los galeotes, de las misiones del territorio, de los capellanes, del seminario, de los asuntos de Berbería, de las cartas, que se han de enviar y recibir y de algunas circunstancias más».
El Sr. Portail emprendió inmediatamente el camino de Marsella. Según las instrucciones de san Vicente, se puso a la obra, y con su prudencia y su destreza ordinarias pudo negociar arreglos con los administradores del hospital que hasta entonces se habían mostrado muy difíciles, luego dio parte de estos resultados a san Vicente quien le responde
7 de febrero de 1648.
«Dios mío, Señor, qué consuelo siento por la conferencia que habéis tenido sobre los defectos de las Misiones de la Galeras; el fruto que se ha seguido es una señal de que Dios ha asistido bien a la asamblea de los Srs. administradores. No he podido acabar de leer los artículos que os han propuestos, lo haré, Dios mediante, junto con la fundación de la Sra. Duchesne, para que sobre las obligaciones de ésta os pueda decir mis pensamientos antes de que formuléis ningún reglamento respecto de hospital. Os ruego que me enviéis una copia de la patente de la fundación o la declaración del Rey con relación al hospital, será bueno que hagáis comprender a los administradores que la Compañía no tiene visitador general, más que uno en cada provincia. En cinco o seis días, Dios mediante, os vamos a enviar una hermosa carretada de gente, la mayor parte para Roma y la otra para Marsella. Os ruego que las esperéis y me encomendéis a mí a Nuestro Señor, en el nombre del que soy, «Vuestro muy humilde y obediente servidor, «VICENTE DE PAÚL.»
Los asuntos retuvieron al Sr. Portail en Marsella y a pesar de la urgente necesidad que tenía san Vicente de ver llegar a París a su primer asistente, le dejó prolongar su estancia en Marsella, con la esperanza que él solo podía poner fin a todas las dificultades. Por esta época es cuando, en una carta con fecha del 30 de octubre, san Vicente recomienda al Sr. Portail que los misioneros lleven en la cintura los rosarios. «Esta práctica, dice, se observa siempre en esta casa (la de San Lázaro). Os ruego que se observe ahí; las demás casas son fieles a esto, es una costumbre santa y edificante«.
Es una carta del Sr. Portail a la Srta. Le Gras, la que nos informa con exactitud sobre los trabajos en Marsella.
«Marsella 17 de setiembre de 1648
Señorita,
«Verdaderamente, es retrasarse demasiado en cumplir con vos, estoy mereciendo que me llaméis olvidadizo, o que me olvidéis. Qué, escribir cada ocho días a París y dejar pasar todo este tiempo sin dedicaros una pobre carta? Estoy muy equivocado, y me he hecho indigno de participar en el gran bien que Dios hace a vuestra querida comunidad. Pero qué os diré, Señorita, yo no hago nada nuevo que os pueda servir de satisfacción. Cumplido, eso es precisamente lo que no deseáis, ni que le caiga bien a un hombre de mi profesión. ¿Y entonces? Os es suficiente con que refresquéis la memoria de mis miserias para que vuestras oraciones y las de vuestras buenas hijas se reanuden y multipliquen a fin de obtener de Dios las gracias que necesito. Y las necesito más que nuca en este lugar, en el que la Providencia y la obediencia me han enviado para muchos y diversos empleos importantes, en lo que yo apenas he adelantado, siendo mis pecados sin duda la causa de ello, que se oponen a los designios de la bondad divina. Ella ha derramado a pesar de todo mucha bendición en las misiones que hemos dado tanto en el mar como en la tierra; y el seminario menor de eclesiásticos que acabamos de inaugurar aquí se resiente de ello también, ya que los cuatro que lo componen con las esperanza de mejorar ya han avanzado en la piedad y en la ciencia que allí se enseña; pero confío que todo irá mejor cuando vuestra caridad nos haya hecho sentir los efectos de las fervientes oraciones que haga y mande hacer por nosotros, después de la humilde súplica que acabo de haceros. Y esto es, Señorita, todo cuanto puedo deciros por el momento, hasta que tenga la suerte de rendiros cuentas más exactas de viva voz de nuestro largo viaje, aunque no sepa cuándo podré estar de vuelta en San Lázaro, pues depende del éxito de los asuntos que tengo orden de concluir en esta casan y de la voluntad del Sr. Vicente. De cualquier manera, no dejaré continuar ofreciéndoos como a todas vuestras hijas en el santo sacrificio de la misa, que os bendiga con ellas y os conserve en buena salud, realizando con éxito vuestros santos planes. Yo soy en el amor de Nuestro Señor y de su santa Madre, etc.…
«P. S. Una vez escrita ésta, he creído que no sería nada malo escribir otra para todas vuestras hijas, aunque no fuera más que para animarlas y decidirlas a orar juntas por mí. Si a pesar de todo vos no juzgáis que les deba ser comunicada, la suprimís y en paz, además es demasiado larga y prefiero que simplemente la destruyáis, y no hagamos de ella otra más corta, porque yo tengo otros asuntos más urgentes que me obligan a medir el tiempo.»
Algunos días después, la Srta. Le Gras respondía al Sr. Portail:
«8 de octubre de 1648.
Señor,
«La esperanza que tenía de vez en cuando de vuestro regreso me ha detenido de honrarme en escribiros, aunque lo haya deseado a menudo; pero comenzando a perderla al cabo de unos meses, me había resuelto, y no se trataba más que del temor de distraeros, o más bien de no deber hacerlo, lo que me ha hecho diferir hasta el momento en que la divina Providencia haya permitido que vuestra caridad se me adelantara, lo cual os agradezco muy humildemente.
» No podría demostraros lo suficiente el gozo de todas nuestras hermanas, después del desagrado que algunas han sentido, porque había corrido la voz de que habíais muerto. Bendito sea Dios, Señor, que su bondad os haya conservado en medio de tantos peligros, y quiera su misma bondad traeros pronto aquí. encontraréis todavía a muchas de vuestras hijas por su gracia y a cantidad de otras nuevas que espero reciban ayuda de vuestra caridad. Tenemos en estos momentos muy enfermas a algunas de nuestras hermanas mayores.
«Mi hermana Turgis aunque algo mejor desde que recibió la extremaunción. Mi hermana Elisabeth Martín que estaba en Nantes cuando partisteis ahora en una languidez de pulmonía, y yo siempre con mis decaimientos de holgazanería; pero después de todo, motivos tengo de creer que Dios se cansará pronto de tanto ejercer misericordia sobre la duración de mis años para hacerlos terminar por su justicia. Este pensamiento me aumenta el deseo de vuestro regreso y me obligaría a deciros de buena gana: Señor, si vuestra obra está cortada, apresuraos en hilvanarla, con el fin de que otro vaya a coserla.
«Recordad que si Dios me concede la gracia de ver vuestro deseado regreso, yo no os consideraré como a alguien que viene de Marsella tan sólo, sino de Roma de donde os pediré muchas noticias, y de Nuestra Señora de Loretto, en caso de que hayáis estado allí; comenzad pues a refrescar vuestra memoria, os lo pido.
«Nuestras hermanas tendrán un sensible consuelo al oír la lectura de la querida carta que vuestra caridad ha querido escribirles; esperaré a la primera conferencia después del permiso que reciba del Sr. Vicente.
«Ya no me atreveré a hacerles esperar vuestro regreso, y quiera Dios que sea pronto, antes de lo que pensamos. Espero que vuestra caridad continuará siempre hacia nosotras, y me hagáis el honor de creerme siempre en el amor de Jesucristo Crucificada,
«Vuestra muy obediente y muy humilde servidora, L. DE MARILLAC».








