El Sr. Jolly, escribiendo a los superiores de las casas para darles noticias de la muerte del hermano Alexandre Verone, hizo de él el hermoso elogio que se va a leer:
Paris, 19 noviembre 1676.
» Señor,
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con vosotros!
«La persona de nuestro buen hermano Alexandre, que falleció ayer por la noche, a los setenta años y cincuenta y siete de vocación, es uno de los primeros hermanos de nuestra Congregación, en la que ha sido un gran ejemplo, en la práctica de todas las virtudes que pueden hacer a un Misionero perfecto. Apenas hay alguien en la Compañía que no haya sentido los efectos de su caridad en el cuidado que ha tenido durante tan largo tiempo de los enfermos. Donde se le ha visto hacerse todo a todos, edificando, alegrando y consolando a todos. Ha sobresalido en la virtud de la humildad, hallándose siempre dispuesto a prestar los más humildes servicios; y aunque haya estado empleado durante mucho tiempo de la distribución de las limosnas en las provincias arruinadas. Y fuese dotado de destreza para todo en lo que se le quería ocupar, él permanecía siempre el mismo, humilde, respetuoso y dispuesto a todo lo que le pedía la obediencia, estimándose siempre inútil y malo. Era exacto en la observancia de las reglas, siempre el primero en los ejercicios comunes, y nunca se le ha visto perder el tiempo, ni hablar inútilmente; pero se ha ocupado siempre en lo que podía hacer en su oficio de enfermero, mientras ha podido sostenerse de pie, es decir desde hace unos quince días, que seguía aún a la Comunidad, viniendo a la oración, al capítulo y al refectorio, aunque le costara arrastrarse. Todos aquí tienen una estima singular por su gran virtud hacia la santa vida que ha llevado. Ha vivido de la vida de los justos, y se ha muerto con la muerte de los justos, con todas las disposiciones que se puede desear; hay motivos para creer que ha recibido la recompensa por tantas obras buenas que ha hecho. No obstante les ruego, Señor, que le rindan los deberes acostumbrados».
Para completar estas informaciones edificantes, tomaremos algunos detalles de la Vida del hermano Vérone escrita por su compañero, el hermano Chollier, a quien se debe también la noticia del hermano Ducournau, ya publicada, y la del Sr, Guillaume Cornier, sacerdote de la Misión. Esta última noticia se ha perdido por desgracia.
Nuestro hermano Alexandre Vérone nació en la ciudad de Avignon, en Provenza, el 15 de mayo de 1610. Quedó huérfano de padre desde muy joven, y su madre se volvió a casar con el médico de Chambéry, en Saboya. Éste le dio los primeros elementos de la farmacia y de la medicina que debían constituir en adelante su principal ocupación.
Era de una talla media y bien proporcionada. En su juventud, dicen, era hermoso como un ángel y, en su ancianidad, venerable como un santo.
Dios le había dotado de un natural extremadamente agradable, de un espíritu vivo y proclive a la alegría. Añadía al fuego y al resplandor de la imaginación un juicio muy sólido. Habiendo resuelto revestirse de la condición más opuesta al espíritu del mundo, que es la de servidor, escogió el colegio de los Bons-Enfants, cerca de la puerta de San Victor, en París, donde, hasta entonces, en el espacio de cinco años, se habían retirado quince sacerdotes para entregarse a las misiones del campo, bajo la dirección del gran siervo de Dios Vicente de Paúl. No era aún conocidos como una Congregación, y el mundo, por consiguiente, no tenía a los dos o tres laicos que estaban con ellos más que como criados.
El hermano Alexandre fue recibido el 22 de julio de 1630, a la edad de veinte años; habiendo fallecido, en esta casa de San Lázaro, el 18 de noviembre de 1686, ha sido pues hermano de la misión durante cincuenta y seis años. Estimó siempre el beneficio de su vocación como una de las gracias más grandes que hubiera recibido de la bondad divina, y como el camino más seguro y más corto para negociar su salvación y llegar a la perfección.
Desde el principio de su vocación, el hermano Alexandre se dedicó al cuidado de los enfermos. Apenas con veinte años todavía, de un humor alegre y agradable, siempre listo para complacer a todo el mundo, y al mismo tiempo muy humilde y respetuoso. No se podía por menos que amarle y a la vez respetarle.
El orden lleva a Dios, hsa dicho un dicho un santo doctor. Nuestro hermano Alexandre estaba convencido. Por eso tuvo cuidado de prescribirse ciertas reglas para actuar con orden en todo cuanto debía hacer. Por este medio caminaba siempre con paso igual, firme y constante por los caminos de la perfección, sin apartarse jamás, de forma que, cuando se le había visto hacer un día, se sabía lo que iba a hacer todo el año.
Había obtenido el permiso de levantarse antes que la comunidad, hacia las tres y media. Después de los actos de adoración, de agradecimiento, de ofrecimiento y de petición, que están en uso en nosotros, no dejaba cuando tenía lugar de visitar a sus enfermos, y si no se dirigía inmediatamente a la iglesia, que encontraba de ordinario cerrada. Se ponía de rodillas en la puerta y, una vez abierta, iba a colocarse invariablemente en el mismo lugar, al lado derecho del águila, y se ha visto que ha conservado exactamente el mismo lugar desde el año 1632 a 1676, cuando se terminó de hacer la oración en la iglesia.
Después de la oración, oía devotamente la santa misa con nuestros otros hermanos, pues le gustaba mucho hallarse en comunidad con ellos. Durante el santo sacrificio, tenía la costumbre de recitar oraciones vocales, bien el rosario, bien algunas letanías como las de la Preciosa Sangre, del Sagrado Corazón de Jesús, de todos los Santos o de cualquier santo particular.
Nuestro querido hermano era muy industrioso en todo; esto permitía emplearle con ventaja en los oficios más variados, de esta manera ha sido encargado, durante varios años, y a veces simultáneamente, de la procura de San Lázaro, del órgano, de la farmacia, de las enfermerías, de la cocina, de la ropa y de las provisiones de los muebles; algo que resulta increíble.
Éstas son algunas de la ocupaciones de nuestro devoto hermano Alexandre, sin hablar de los servicios que rendía a los pobres en la puerta de San Lázaro y en los barrios, y algo que sorprende aún más, a pesar de todos estos empleos exteriores y absorbentes, ha sabido unir el de María y el de Marta, y mantenerse siempre a los pies de su Salvador en el secreto de su alma; y es que podía decir con san Pablo «Yo lo puedo todo en aquél que me conforta».
Uno de nuestros antiguos sacerdotes ha dicho que la sola vista de nuestro hermano Alexandre le traía a la memoria estas palabras de san Pablo a Timoteo: «En cuanto a vos, oh hombre de Dios, entregaos a la práctica de la justicia, de la piedad, de la caridad, de la paciencia, de la dulzura; combatid el buen combate, ganaos la vida eterna». Qué suerte la de una comunidad que tiene así a hombres de Dios.
Digamos unas palabras de las virtudes del hermano Alexandre y de los principios que le llevaban a estas acciones.
* * *
No pensaba más que en Dios, no le perdía casi nunca de vista; de suerte que el Sr. Vicente, en una conferencia a los antiguos sacerdotes de la casa de San Lázaro, les puso al hermano Alezandre como ejemplo de virtud, y les aseguró que este buen hermano no dejaba nunca la presencia de Dios. Imitaba de esta forma a los santos, y es tos es lo que le hacía caminar a grandes pasos por los caminos de la perfección.
Recibía los acontecimientos de la vida, buenos y malos, como venidos de la mano de Dios, persuadido como estaba de que todas las cosas suceden en este mundo por la orden de la Providencia, ya que no se cae una hoja de árbol sin su permiso. Con frecuencia, cuando le anunciaban una triste noticia, se le oía decir, levantando un poco los ojos al cielo «Dios sea bendito! Dios se alabado!» y eso con una paz y una tranquilidad que nada era capaz de alterar.
Dios ama a todos los hombres ya que, según el Apóstol, quiere salvarlos a todos; no excluye a ninguno de los cuidados amorosos de su providencia; hace levantarse el sol sobre los impíos y sobre los justos, y concede gracias a los santos y a los pecadores. Igualmente las almas que están llenas del espíritu de Dios extienden su caridad sobre todos los hombres y no hacen acepción de personas.
Esto es lo que se ha visto en nuestro querido hermano Alexandre de una manera admirable, ya que era extraordinariamente sensible a los males y a las necesidades de sus semejantes. Tenía entrañas de misericordia para todo el mundo, sobre todo para los desdichados. Escribiendo desde una provincia en la que asistía a los pobres, dijo: «Me sentí tan impresionado por su extrema miseria, que se me cayeron las lágrimas de los ojos; tenía el corazón tan conmovido, que no podía pensar en otra cosa, y escribo esto todavía con lágrimas».
Los enfermos, los pobres vergonzantes, las familias arruinadas acudían a él como hijos a su padre, con la esperanza que los recibiría bien. A unos daba pan, a otros dinero, a éstos ropas, a aquéllos sopa, a unos remedios, a otros útiles para ganarse la vida; y todos volvían no menos consolados por sus palabras que socorridos por las limosnas que les distribuía, con un corazón abrasado en caridad.
Solicitaba por sus fervientes cartas las limosnas de las personas caritativas de París, y eso de una manera tan sentida que hacía abrirse, como por encanto, las bolsas de los ricos.
Escribía una vez de Blois : » Me impresionan tanto todas las miserias a las que se ven reducidos los pobres, que no pienso más que en pedir a Dios asistencias para ellos, y todas mis oraciones apenas son por otra cosa» etc.
«Hemos hecho, dice en otra parte, algunas medicinas para los pobres. Nuestro buen Dios lo ha bendecido, de suerte que estos pobres han recibido tan de buena gana los remedios como el pan».
Como el piadoso hermano Alexandre tenía mucha experiencia en farmacia, ha realizado curas maravillosas en miles de personas del campo, en la Picardía, sobre todo en las fronteras, en Berry y en la diócesis de Blois, en particular tratando disenterías que causaban por todas partes la miseria y la mala alimentación de los pobres. Se ha dicho incluso, en estas regiones, que este buen hermano ha realizado curas maravillosas y que le han hecho ser considerado como un santo; esto se ha sabido por eclesiásticos de las parroquias donde había ejercido su caridad.
No prestaba menos atención para servir a todos aquéllos entre lo cuales vivía en San Lázaro.
En invierno, cuando había nevado o helado, tenía la previsión, antes de que la comunidad se levantara, de ir a barrer y poner ceniza y arena en los lugares descubiertos, entonces más numerosos que los de hoy, por donde sabía que se debía pasar; era para prevenir las caídas y los accidentes. Una vez estuvo a punto de morir de un frío muy vivo, que le había pillado en este ejercicio tan caritativo, y que le causó un flujo tan grande de pecho que se vieron en la obligación de administrarle la extremaunción.
Durante casi cincuenta años, su ocupación ha sido el cuidado de los enfermos. Es en esto sobre todo donde su conducta ha sido admirable; pues, teniendo por máxima fundamental la de servir a Nuestro Señor en su persona, cuando le pedían alguna ayuda en sus necesidades, nunca les hacía esperar; se esforzaba en contentarlos en todos sus deseos y hasta adelantarse, nunca les ponía mala cara, sino al contrario, no presentándose ante ellos sino con un porte humilde, dulce, sencillo y alegre; de manera que su vista los alegraba como la de un ángel consolador.
Les cambiaba la ropa con una limpieza extrema, no profiriendo nunca una palabra dura o seca, sino más bien algunas palabras alegres para consolarlos y edificarlos. Iba de una enfermería a la otra a visitar y asistir de todos modos a estos queridos enfermos, consolando a éste, alegrando a aquél, cosa que no le resultaba difícil; porque, según su biógrafo, sabía tantas y tan hermosas historias que hubiera sido capaz de entretener a un papa y a un rey.
Sus remedios se aplicaban siempre con tal acierto, que ha logrado prolongar la vida de algunos de los nuestros varios años, condenados por los médicos a una muerte próxima. Tales han sido, entre otros, Los Srs. Alméras, de l`Étang, Charles y Bordet. Todos los cuales han rendido muy grandes servicios a la Compañía, bien a pesar de su estado de debilidad, sea por sus trabajos, sea por el ejemplo de su santa vida.
Lo que le hacía a veces reservado y difícil en la prescripción de los remedios juzgados poco necesarios, era su temor de abrir así la puerta a la delicadeza y a la sensualidad y de favorecer por poco que fuera una cierta ternura cobarde y perezosa pronta a pretextar enfermedades con frecuencia imaginarias y falsas. Podríamos dar un gran número de ejemplos de esto; para evitar ser prolijos, bastará con citar uno sólo. En una de nuestras misiones de París se hallaba uno de nuestros hermanos, un poco tierno consigo mismo, y pensando estar gravemente enfermo. Logró ser llevado en silla a San Lázaro, para ponerse medicinas, alegando que no podía curarse donde estaba. Después de despachar a los porteadores, contó todas sus enfermedades a nuestro buen hermano Alexandre, quien le escuchó pacientemente, pero éste habiéndole examinado cuidadosamente, y dado cuenta que dormitaba, y que su pretendido mal no tenía nada de serio, le habló un rato, dulce y suavemente, según su costumbre, después le dio a entender que lo que la inquietaba y le afectaba no era nada en absoluto. Le dio el desayuno, y le devolvió muy contento al lugar de donde había venido, pero con esta diferencia, que en lugar de regresar en su silla de porteadores, hizo el trayecto solo y a pie, y se añade que desde entonces el enfermo se encontró curado.
El que durante varios años le ha suplido en la enfermería ha dejado por escrito este testimonio: «Nuestro hermano Alexandre tenía un corazón de madre para los enfermos; hacía todo lo que podía para aliviarlos, y no sabía con qué términos de ternura dirigirse a no ahorrar nada para su alivio. Un día que yo le hablaba de uno de los que deseaba algo un poco costoso, me dijo que el difunto honorable Padre, el Sr. Vicente le había dicho en una ocasión semejante que no había que reparar en los precios, y que si no había dinero, se debía antes, sin dudarlo, vender la platería, incluso hasta los cálices».
No aprobaba que se tomaran, sin razón, los domingos y fiestas, las medicinas que pudieran esperar. Por eso aconsejaba agradablemente dejarlo para otro día, y eso siguiendo el parecer de cada uno. Un estudiante deseando tomar algún remedio el domingo para no interrumpir los estudios: Dejadlo para un día laborable, mi querido hermano, le dijo buenamente el hermano Alexandre, sabréis siempre más de lo que necesitáis», moderando así con dulzura su ardor por el estudio.
* * *
Lo mismo que sus deberes particulares, las obligaciones comunes de su vocación le eran cosa sagrada.
No se puede conocer mejor la alta estima que tenía de su vocación que leyendo los razonamientos que se hacía a sí mismo para animarse a perseverar en ella.
«1º Sería, dice él, una gran infidelidad e ingratitud para con Dios dejar su vocación, después de recibir de él el favor de ser llamado a un estado y a un género de vida tan elevado y tan excelente.
«2º Perseverar en ella es una señal de predestinación; ya que no es creíbleque un misionero que vive bien según sus reglas, es decir lejos del pecado, practicando la virtud y dedicándose a tan buenas obras, pueda condenarse.
«3º Dejar la vocación es señal de reprobación, porque es preferir su propia voluntad a la voluntad de Dios, y por decirlo así privarse o hacerse indigno de las gracias necesarias para salvarse en el mundo, donde él no os llama.
«4º El que vuelve al mundo vive en él de ordinario peor todavía que anteriormente: la experiencia lo demuestra en los apóstatas, que se vuelven entonces más impíos».
El amor de nuestro hermano Alexandre por su vocación le alejaba de los que, según su expresión, habían hecho bancarrota; y no quería ya tener relación con ellos. El hermano que le asistía en el servicio de la enfermería confesaba haber sido muy afectado por este distanciamiento del hermano Alexandre para con los que eran infieles a su vocación. Un cirujano, antiguo hermano y su discípulo, luego al servicio de un príncipe extranjero, le escribió algunos meses antes de su muerte. Su carta hablaba de la prosperidad de su estado; pese a todo esto, no estaba contento, y le pedía que le escribiera dos líneas de su puño y letra para su consuelo. El hermano Alexandre declaró que no quería leer la carta y que no la contestaría.
El mayor amor que se pueda manifestar de su vocación es esmerarse por obtener de Dios las virtudes que componen su espíritu, con el fin de que quien las posea sea para ejemplo y edificación en el interior y en el exterior de la Congregación; son los buenos ejemplos los que atraen a los individuos a las comunidades.
Nuestro hermano Alexandre ha sido siempre tan ejemplar que el Sr. Vicente, nuestro muy honorable Padre, le proponía como modelo a los sacerdotes de la Compañía, cuando les hablaba en alguna conferencia en particular.
El Sr. Jolly, Superior general, en una carta del 26 de septiembre de 1686, es decir tres semanas antes de la muerte de nuestro querido hermano, se expresaba en estos términos: Nuestro anciano y buen hermano Alexandre está muy delicado, no obstante quiere librar a la Compañía en lo que puede: viene al capítulo, ha comido algún tiempo en la enfermería por necesidad, y ahora ha querido venir al refectorio. Sigue trabajando y es un gran ejemplo en esta casa.
Hermoso elogio de un Misionero quien, después de cincuenta años de vocación, no quería sin embargo ni privilegio ni exención para él, y se mostraba infatigable en el trabajo.
De hecho, el hermano Alexandre se mostró siempre como un modelo en la observancia de las virtudes de pobreza, de obediencia y de humildad.
Nuestro Señor Jesucristo ha dicho: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece».
Por eso, profundamente convencido de esta máxima, nuestro hermano Alexandre ambicionaba más ardientemente la pobreza que los mundanos las riquezas.
No obstante, si iba pobremente vestido, se mantenía siempre con decencia aunque sin afectación, pues reprobaba un aire de pobreza rebuscado.
Aunque fuera ligeramente vestido, no se calentaba a pesar de ello; se contentaba con caminar un poco, después de la comida para calentarse; y, cuando se vio obligado por la edad y la enfermedad a arrastrarse con dificultad, iba a sentarse en una piedra exponiendo al sol sus pobres miembros temblorosos y resecados. Por último todas las cosas del mundo eran para él como si no existieran; no decía nunca: nuestras granjas, nuestras tierras, nuestras casas, etc., sino las granjas de la casa, las casas de la Compañía, etc.
Sabía muy bien que la ociosidad es la almohada sobre la que el demonio Asmodée descansa a sus anchas, y que ella es la madrastra de las virtudes, en particular de la castidad. También evitaba con cuidado este vicio. Siempre se le encontraba útilmente ocupado, sea en los diversos oficios de los que había sido encargado, un gran número de años, sea en alguna lectura u oración que continuaba incluso durante el trabajo, ya que, según las propias palabras del Sr. Vicente, nuestro muy honorable Padre, no dejaba nunca más la presencia de Dios así como no se quitaba la camisa.
Citaremos dos circunstancias que manifiestan la perfección de su obediencia. Amaba tiernamente a los pobres: pero, durante algún tiempo, los Superiores recomendaron no dar ya nada en la puerta, sino enviarlos a las Hijas de la Caridad. Comentando esta recomendación con un Hermano, le dijo: «Y qué quiere usted, los Superiores ven más claro que nosotros, siempre tienen razón, y yo me someto de todo corazón a sus órdenes, sabemos que la obediencia vale más que el sacrificio». Desde entonces fue muy exacto en no dar nada sin permiso expreso.
El otro hecho que íbamos a citar, es que habiendo sido descargado del oficio de los enfermos y remplazado por un hermano de la farmacia, quien por cierto sabía mucho menos que él, no manifestó ningún desagrado ni problema, ni en sus palabras ni en sus actos.
Aprovechaba, en efecto, toda ocasión de humillarse. Toda esta casa, escribe su biógrafo, puede dar testimonio de esto. Me acuerdo, entre otras cosas, que en nuestro retiro de 1669, al final de la oración sobre la preparación a la comunión, nos dijo, de rodillas y muy inclinado: «Señores míos, les pido humildemente perdón por todos los malos ejemplos que les he dado, siendo el más escandaloso de todos los que han entrado y que entren jamás en la Congregación; por ello, me encomiendo a sus santas oraciones, para que emplee bien el resto de mi miserable vida. Les ruego pues que me permitan besar humildemente sus pies, aunque no me lo merezca».
Humillándose un día, después de la reedición de una de sus oraciones, en el retiro de 1677, él dijo: «Huyo de la humillación, y lo diré, como el demonio huye de la cruz; y sin embargo no soy más que un pobre pordiosero, a quien el Sr. Vicente, nuestro muy honorable Padre, ha comprado satisfaciendo alguna deuda contraída por mí en el siglo».
En su última ancianidad, hacía las cosas más bajas con un afecto y fervor tan grandes, que producía confusión en los más jóvenes. Hacia el final de sus días, se le ha visto guante cerca de un año lavar todos los días la vajilla en la cocina; y antes de esto, durante varios años más, , no dejaba de ayudar en el mismo trabajo, los domingos y los días de fiesta. Asistía en el mismo servicio a los hermanos empleados en el oficio de los pensionistas, cuando encontraba allí la vajilla sucia, después la ordenaba, lo que era una gran edificación para todos, y mostraba su humilde caridad.
Habría podido, al parecer, ser honrado con el sacerdocio; pero su gran humildad le había hecho preferir la condición de hermano coadjutor la cual, aunque baja a los ojos del mundo, no deja de ser, según la fe, una de las más honrosas y favorables a la salvación.
El amor a los padres engaña mucho a personas consagradas a Dios, no disponiendo el demonio de otro expediente mejor para arrebatarles el amor de Dios y de su santa vocación. El hermano Alexandre se defendió en todo tiempo contra este defecto. Citaremos a propósito algunas notas de su sobrino admitido a su vez en la comunidad.
«Cuando Dios, dice él, me inspiró entrar en la Congregación, fui a verle, con tal seguridad que yo creía no necesitar de nadie más, para el éxito de mi plan. Pero, apenas le hube manifestado mi intención, cuando me declaró que no poderme satisfacer en esto, porque la Compañía tenía por práctica no atraer a nadie a su seno, y que siendo su pariente, yo podría parecer haber sido atraído a ella por él. En resumen que no quiso tomar parte en mi asunto; fue cuando me vio dentro él demostró la parte de alegría que tenía en la gracia que Dios me había dado; y añadió: ‘Hasta el presente he sido tu tío pero en adelante seré tu hermano y tú no debes llamarme otra cosa’».
El hermano Alexandre era muy mortificado. Iba siempre modestamente con los ojos bajos, no volviendo la cabeza para mirar las cosas curiosas o a las personas que pasaban. Cuando estuvo algunos meses en Versalles para cuidar de los enfermos, que eran muchos en nuestra casa, nunca se pudo comprometerle visitar las curiosidades de la ciudad.
Maceraba su carne con instrumentos de penitencia, que llevaba con frecuencia, entre otros, un cinturón de crines provisto de puntas muy agudas, que hubiera asustado a una persona menos mortificada. Tenía también una disciplina con cuatro o cinco ramas y cadenillas de cuero muy dolorosas lo que sólo conocían sus directores; y era tan obediente que tenía mucho cuidado de no usarlas sin su permiso.
Perfectamente dueño de sí mismo, el hermano Alexandre estaba lleno de afabilidad respecto del prójimo. Su dulzura era tan encantadora, y su fisionomía se parecía tanto a la de los santos y de los predestinados, que después de verle o hablarle, era bien difícil negarle su afecto.
Para con Dios, su piedad era tierna y ardiente. Cada día oía todas las misas que podía, sin por ello descuidar los oficios que se le encargaban, y en el buen cumplimiento de los cuales refería todas sus demás devociones. Cifraba sus delicias en el honor de servir a los sacerdotes en el altar, y lo hacía de manera que daba devoción.
Durante el día, en sus momentos libres, iba allí donde estaba su tesoro, es decir a la iglesia, abrigado para conversar corazón a corazón con Jesucristo en el tabernáculo. Habría deseado pasar la vida a los pies de este amable Salvador. Se mantenía como abismado e inmóvil delante de su alta Majestad, y todo el tiempo que permanecía allí le parecía siempre demasiado corto. Por otra parte, como la noche le parecía también demasiado larga, había pedido permiso para levantarse antes que los demás. Durante los siete años que he levantado a los ejercitantes, declara su biógrafo, le encontraba, antes de que sonara la campana, o en la iglesia, o arrodillado delante de la puerta, cuando no estaba aún abierta. Era así el primero de la Comunidad en rendir sus homenajes y sus adoraciones a Nuestro Señor, en el Santísimo Sacramento.
Sentía una profunda veneración por la Virgen María, por sus imágenes y por su santo nombre. Todas las veces que salía de la farmacia o entraba, hacía una genuflexión ante la imagen del niño Jesús; concedía el mismo tributo de amor u de respeto a la imagen de la santísima Virgen. En sus oraciones, difundía por decirlo así su corazón por su buena Madre. La invocaba con frecuencia y recitaba en su honor un gran número de oraciones, de letanías, rosarios, etc. Si iba a la ciudad, era para él un consuelo recitar, además del ordinarios, las letanías. Concluía a menudo sus cartas con esta fórmula: «Soy en el amor de Nuestro Señor y de su santa Madre», etc. Ella fue su refugio en la vida y en la muerte.
Una de sus particulares devociones era la que tenía para los santos Ángeles y en particular para el Ángel de la guarda. El hermano que ha servido más tiempo con él en las enfermerías ha comunicado la observación siguiente:
«No dejaba pasar ni un día sin decir el oficio de los Santos Ángeles; hizo lo imposible por enseñármelo, y me lo hizo recitar con él todas las mañanas antes de la oración. Era sobre todo cuando íbamos juntos a los Niños Expósitos, al nombre de Jesús, a la casa de las Hijas de la Caridad, cuando quería que yo aprendiera de memoria este oficio y, además, el Itinerario, para recitarlo juntos. Nunca le he visto faltar a esta práctica, aunque no fuera más que para ir a la comunidad de nuestras hermanas, muy vecina a la nuestra».
El Sr. Jolly habiéndole obligado hacía algunos años a comer en primera mesa, tenía costumbre, después de la comida, de pasar sus recreos en la capilla de los Santos Ángeles, donde la piedad de Mons. Abelly, obispo de Rodez, muy devoto de estos bienaventurados espíritus, había mandado colocar un hermoso cuadro de los nueve coros angélicos. Sin la menor duda el buen hermano, al contemplarlo, se elevaba en espíritu con ellos hasta Dios, su monarca y modelo supremo, ya que podía decir con el santo apóstol: Mi conversación o mi recreo está en los cielos.
Algunos le han atribuido curaciones maravillosas. En algunas circunstancias, pareció también conocer el futuro. Uno de nuestros hermanos se hallaba en nuestra granja de Rougemont, y una violenta enfermad le atormentaba mucho. Otro hermano, su compañero, llegó en diligencia a contárselo a nuestro hermano Alexandre, que le respondió: Váyase, hermano mío, nuestro hermano Guillermo ya está mejor, no necesita remedios. El hermano se volvió y se quedó sorprendió al ver sano a quien había dejado tan enfermo. Pues habiéndose informado de la hora de su curación, descubrió que había tenido lugar a la hora en que nuestro hermano Alexandre había dicho que estaba mejor.
Añadamos, continúa su historiador, que nuestro hermano Alexandre Vérone, habiendo sido uno de los más fieles sirvientes de nuestra Padre el fundador Sr. Vicente, le ha prestado excelentemente todos los deberes de un hijo bien nacido a su padre. Admiraba en él el brillo de tantas y tan perfectas virtudes, y se regocijaba por las grandes bendiciones otorgadas a todas sus santas obras.
Había examinado y estudiado de tal manera las virtudes heroicas de este hombre de Dios, que ha puesto más que ningún otro en manos de nuestro querido hermano Ducournau los documentos que han servido para componer la vida de nuestro venerable Fundador.
El Sr. Jolly había comenzado, hace unos ocho años, a tener una conferencia, el 27 de septiembre, sobre la vida y las virtudes de nuestro venerable Padre, y entonces escuchamos hablar una vez o dos al hermano Alexandre, tan bien, que nos maravilló.
Dios iba a recompensar los trabajos de su fiel servidor. Éste se preparó piadosa y confiadamente a la muerte.
En el momento de recibir el santo viático y la extremaunción, apenas el Sr. Cabel le hubo exhortado, y al propio tiempo congratulado, diciéndole que hacía más de medio siglo que servía en su vocación al mismo Señor que iba a recibir, que la humildad de nuestro hermano dejó de lado esta alabanza; y pidió perdón a toda la Compañía por el escándalo que creía haberle dado.
Se apagó pacíficamente el 18 de noviembre de 1676.
* * *
Nuestro Hermano Alexandre Vérone fue siempre tan estimado y honrado que cuantos le han conocido le tenían por santo, comenzando por el Sr. Vicente. Este digno Fundador le proponía como modelo a los sacerdotes de la Congregación, en las conferencias particulares que les hacía sobre los deberes de su estado, y les aseguraba que este buen hermano estaría un día colocado muy alto en el cielo. Ya hemos tenido ocasión de citar su testimonio cuando anunció la muerte del Sr. Jean de La Salle, primer director del seminario interno: » Nuestro Señor, dijo, no parece querer quedarse ahí; ya que, a la hora en que os escribo, tenemos a dos de nuestros hermanos que han recibido la extrema unción, y uno de ellos es nuestro querido y admirable hermano Alexandre. Es de notar que este buen Hermano no tenía por entonces más que veintinueve años; Y, qué no habría dicho este venerable Padre, si hubiera vivido hasta la muerte de este admirable hermano quien, bien lejos de desmerecer, ha embellecido su carrera como un gigante elevándose de virtud en virtud. El Sr. Vicente probó también, por sus actos la estima en que le tenía, pues le nombró procurador de la casa y le encargó de la y de la despensa, sin hablar de los oficios de provisor, de enfermero y de farmacéutico, y de la dignidad de cónsul de Argel que logró se lo confiriera S. M. el Rey, con el poder sin embargo de nombrarse un delegado o sustituto. Esta misma estima del Sr. Vicente le llevó por dos veces a pedrr perdón a este querido hermano por haberle acogido con un poco de frialdad, como cuando fue enviado a Richelieu para cuidarle en su enfermedad; el Sr. Vicente se humilló ante él, y, al volver aquí, se lo hizo también al asistente de la casa, diciendo: «¿Sabéis que este buen Hermano habiendo ido a Richelieu por mí, yo no le traté como de costumbre ? Yo le pido perdón muy humildemente en vuestra presencia y os suplico que roguéis a Dios por mí, para que me conceda la gracia de no volver a cometer más faltas parecidas hacia él »
El Sr. Alméras, y el Sr. Jolly, sucesor del Sr. Alméras, estaban llenos para con él de respeto que no se pueden atribuir sino a la veneración que tenían por su mérito y por su vida ejemplar.
El difunto Sr. Fournier, hombre de una virtud eminente, cuya vida es conocida, y que murió siendo segundo asistentes de la Congregación y director del Seminario, tenía un respeto particular por nuestro querido Hermano. Le gustaba enviarle a veces a jóvenes seminaristas un poco tiernos consigo mismos, que sacaban mucho provecho de sus palabras edificantes y de sus buenos ejemplos
El difunto Sr. Bajoue, que había sido también director del seminario interno y que murió siendo director de nuestros Hermanos mayores, no admiraba menos a nuestro hermano Alexandre; repitió varias veces que era un gran siervo de Dios, y que sus comunicaciones espirituales respiraban un amor ardiente de Dios.
Nunca le vi calentarse más que una vez, estando enfermo por entonces, pero estaba en el calentador en un riguroso silencio, y en el mismo recogimiento que en la oración. Era siempre el primero o uno de los primeros en todos los ejercicios de la comunidad, oración, misa, confesión a la hora señalada, y por lo general en todo lo que prescribía la regla. No pasaba por delante de la iglesia sin entrar en ella, para hacer sus respetos a Nuestro Señor. Tenía la devoción de ayudar a misa cada día y no faltaba nunca. Una vez que yo le veía débil sufriendo del pecho, le dije: » Si tomara alguna cosa para ayudaros a arrojar estas flemas que os ahogan, sentiríais alivio. –Oh, señor, me respondió, no nos queda otro remedio que acabar de alguna manera, hay que abandonarse a la voluntad divina».
No iba a la puerta más que para asistir al prójimo y procurar a los pobres todos los alivios posibles; también estos pobres le querían y tenían en él una confianza maravillosa.
Mons. de Rodez (Abelly), añade el biógrafo, me ha dicho que había admirado cómo nuestro hermano Alexandre, habiendo sido cambiado de oficio, no se rebajaba ni se enaltecía, sino que iba siempre a su paso con una admirable igualdad de espíritu, no destacándose por nada, no inquietándose por nada, y cumpliendo tranquilamente su deber; y, a sus muchos años, habiéndole encargado por segunda vez el mismo oficio, no lo rechazó, aunque hubiera podido encontrar alguna excusa, en razón de su avanzada edad, pero él aceptó con la misma igualdad de espíritu y su sencillez ordinaria: por eso este gran prelado tenía su virtud en gran estima.
Nuestro buen hermano era un tesoro escondido; los demás hermanos que le han conocido sentían por él veneración y respeto. Querían hacerle pequeños servicios, y después de recibirlos, los abrumaba, por así decirlo, con acciones de gracias. Por ejemplo, por un vaso de agua, levantaba los ojos al cielo y, uniendo las manos, exclamaba: » Pido a Dios de todo corazón que os dé tantas gracias como gotas de agua me habéis traído «. Se trataba de fuego, volvía a la carga: Que el Espíritu Santo os consuma más y más con su amor divino, y así a todos los demás; rebajándose de espíritu y de corazón por debajo de todos, aprovechaba para hacer alguna aspiración propia para levantar el espíritu de los hermanos a las cosas del cielo.
Los externos le tenían en veneración, sin exceptuar a muchos obispos que frecuentaban San Lázaro, en tiempos de nuestro venerable Padre el Sr. Vicente.
Cuando los pobres del barrio se lo encontraban en sus caminatas a los Niños Expósitos, al Nombre de Jesús y a las Hijas de la Caridad, le prodigaban las mayores señales de respeto.
El hijo de la Srta. Le Gras, consejero en la corte de las Monedas, sentía por este querido hermano tal estima que, a la noticia de su muerte, quiso tener algún objeto que le hubiera pertenecido para guardarlo como una reliquia.
El hermano Chollier, autor de esta noticia, la termina así:
» Omito todo lo que se pudiera añadir sobre este bueno y fiel siervo de Dios. Yo en particular le invoco en secreto como a un santo, ya que no me está permitido invocarle en público, como tal, antes del juicio de nuestra santa Madre la iglesia.
» Más de un año antes de mi admisión en le Congregación, viniendo de ordinario los domingos y fiestas a San Lázaro, a oír las vísperas, yo distinguí enseguida a este buen hermano sin saber su nombre. Pero cuando la suerte de compartir la misma vocación me permitió conocerle mejor, mi estima por él aumentó con su edificante conversación y la intimidad de nuestras relaciones. Es lo que me ha hecho tomar la pluma, con la venia de mi superior, para elevar a su memoria este pequeño monumento, por imperfecto que sea «. –Cf. Vida ms. ; archives de la Misión, en París.







