Vida de san Vicente de Paúl: Libro Tercero, Capítulo 8, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
Tiempo de lectura estimado:
Luis Abelly

Luis Abelly

Devoción singularísima por imitar a Jesucristo y conformarse con sus ejemplos

El amor supone un parecido, o bien, lo produce, y hace que el amante trate de transformarse en cuanto puede en la persona amada, y de hacérsele semejante para agradarle aún más, y hacer por este medio más estable y más perfecta la unión de su amistad. Por eso, el Hijo de Dios, queriendo manifestar el exceso de su amor, quiso hacerse hombre para hacerse semejante a nosotros. También por la misma razón los que de veras aman a Jesucristo, deben, en lo que esté en su mano y con la ayuda de la gracia, hacerse semejantes a El por la imitación de sus virtudes divinas. Y cuanto mayor sea ese amor, tanto más perfecta y cabal debe de ser esa imitación.

Hemos visto en la Sección anterior la singular devoción que el Sr. Vicente tenía a Nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del Altar. La magnitud de su amor a ese divino objeto no se circunscribía solamente a rendirle sus deberes en ese adorable Misterio; se extendía también a todos los estados de su vida mortal y gloriosa para prestarle en cada uno de ellos particulares homenajes y, sobre todo, para tratar de expresar en sí mismo los rasgos de sus admirables virtudes con el fin de hacerse semejante a El. Sabía que el designio del Padre Eterno en la Encarnación de su Hijo era no sólo darnos un Redentor para librarnos de la esclavitud del pecado y del infierno, sino también proponernos un modelo de toda las clase de virtudes, para que nos acomodáramos a él. Por eso, el Sr. Vicente tomó una firme resolución de corresponder al designio de Dios, proponiéndose imitar cuidadosamente al Divino ejemplar y formar una copia perfecta en su corazón. Eso es precisamente lo que ha practicado tan fiel y tan constantemente, que se puede decir verdaderamente que su vida no fue otra cosa que una perfecta expresión de la vida de Jesucristo; de modo que ha verificado en su persona la palabra del Divino Salvador: Que el discípulo sería perfecto, cuando llegara a ser parecido al Maestro.

Para no extendernos demasiado aportando todos los actos realizados por él para imitar al Hijo de Dios, pues con esa imitación podrían relacionarse todos los actos de su vida, nos detendremos solamente en la consideración de dos o tres ejemplos que hemos juzgado dignos de un comentario especial.

En primer lugar, el Sr. Vicente trató de imitar a Jesucristo en su forma de vida ordinaria y oculta, que no parecía que tuviera nada de singular al exterior, y, sin embargo, era toda ella admirable, santa y divina en su interior, porque, a imitación de este incomparable Maestro, el Sr. Vicente llevó una vida vulgar y común en su apariencia, no haciendo aparecer nada en ella que fuera brillante y extraordinario, y evitando toda ostentación y singularidad. Pero practicaba por dentro y en el secreto de su corazón actos excelentes y verdaderamente heroicos en toda clase de virtudes. No estuvo siempre retirado en su vida privada, ni siempre expuesto al público, sino siguiendo el ejemplo de su Divino Prototipo, hizo una perfecta mezcla de la vida activa y de la contemplativa: estuvo a veces en la soledad con Jesucristo, y también la abandonó, como El, para ir a predicar la penitencia, y para dedicarse a procurar la conversión de los pecadores y la salvación de las almas.

Podemos decir también que Nuestro Señor practicó la vida oculta, no tanto separándose del trato de los hombres, sino manteniendo cubierto y no manifestándoles lo que tenía de más excelente y más divino. Podía darse a conocer y a honrar en todos los lugares como verdadero Hijo de Dios; podía hacer brillar los rayos de su gloria, tanto por toda la Judea como sobre la montaña de Tabor. Con todo, no quiso aparecer al exterior, sino como el Hijo de un simple carpintero, y como un hombre de tantos. El Sr. Vicente, a su ejemplo, se gloriaba de decir en toda clase de reuniones que no era más que un pobre campesino, e intentaba que le tuvieran sólo como un cura de pueblo, ocultando cuanto podía a los ojos de los hombres los excelentes dones de la naturaleza y de la gracia recibidos de Dios y que lo hacían digno de honor y de veneración. Había estudiado muy bien la Teología, como ya lo hemos indicado en el Libro primero; había sido elevado a los grados de la Facultad de Teología de Toulouse; y, sin embargo, sólo hablaba de sí mismo como de un ignorante, y de ordinario se consideraba sólo un pobre estudiante de Cuarto. Ha huido de las dignidades con más cuidado e interés, que los ambiciosos han tratado de buscarlas; y en toda clase de circunstancias ha querido singularmente e imitado perfectamente la vida común y oculta de su Divino Maestro; y como conocía por propia experiencia el tesoro de gracia encerrado en el campo místico del Evangelio, invitaba y exhortaba a los demás a participar de ellas.

Veamos algunos párrafos de varias cartas que escribió a una misma persona, a la que dirigía por ese medio: «Honraremos siempre —le dice— el estado oculto del Hijo de Dios. Ahí está nuestro centro, y eso es lo que pide de nosotros para el presente y para el futuro y para siempre, si su Divina Majestad no nos hace conocer de un modo que no pueda engañar, que El quiere otra cosa de nosotros. Honraremos, he dicho, la vida común que Nuestro Señor llevó en la tierra, su humildad, su anonadamiento y la práctica que hizo de las más excelentes virtudes en esa forma de vida. Pero honraremos particularmente a este Divino Maestro en la moderación de su forma de obrar. No, no quiso hacer siempre todo lo que podía, para enseñarnos a contentarnos, cuando no es conveniente hacer todo lo que podamos hacer, sino sólo lo que es conveniente para la caridad y conforme a las órdenes de la divina Voluntad».

«¡Cuánto aprecio esa generosa resolución que ha tomado usted de imitar la vida oculta de Nuestro Señor! Parece claro que ese pensamiento viene de Dios, ya que está tan lejos de los sentimientos de la carne y de la sangre. Tenga usted por cierto, que ése es el sitio que conviene a los Hijos de Dios; y, por consiguiente manténgase ahí firme, y resista valerosamente a todos los sentimientos contrarios que pudieran sobrevenirle. Asegúrese que por ese medio estará usted en el estado al que Dios la llama, y que hará sin cesar su Voluntad, pues ése es el fin al cual tendemos, y al cual han tendido todos los Santos».

El Sr. Vicente no dirigía únicamente a las personas particulares a esta santa práctica sino también a todos los de su Compañía en general, exhortándoles frecuentemente a hacerse verdaderos imitadores de Jesucristo en su vida común y oculta. A este fin, explicando un día en qué consistía la renuncia que debe hacer uno de sí mismo según lo mandó Nuestro Señor a todos los que querían seguirle, entre seis o siete formas de practicarla que les enseñó, todas ellas relacionadas con los ejemplos del Divino Salvador, propuso una sacada de la doctrina de San Basilio, que consiste en renunciar a las pompas. Sobre esto presentó una objeción, a la que dio una respuesta digna de él, y que da bastante a conocer lo que practicaba él mismo, declarándoles lo que debían hacer. He aquí sus palabras: «Quizás me digan ustedes: Señor, sólo somos unos pobres Sacerdotes, que hemos renunciado a todas las pompas del mundo; tenemos unos hábitos sencillos, muebles muy pobres, y nada que huela a vanidad o a lujo, de lo que tanto se alardea en el mundo, ¿qué necesidad hay de exhortarnos a renunciar a las pompas, ya que estamos tan separados de ellas? ¡Ah, señores y hermanos míos! ¡No nos engañemos! Aunque tengamos hábitos pobres y muebles también pobres, podemos con eso tener un espíritu pomposo. Y ¿cómo puede ser eso, me dirán ustedes? Eso se da, por ejemplo, cuando se trata de hacer sermones hermosos; cuando uno se complace de que lo que se ha hecho, y se ha dicho es aprobado y estimado de los demás; cuando se alegra al oír alabanzas en su honor, o cuando se publica lo bien que lo ha hecho, o también cuando uno experimenta cierta complacencia: todas esas cosas son señales de que uno tiene el espíritu pomposo. Para combatirlo y vencerlo es conveniente, a veces, hacer menos bien una cosa en cuanto a su aspecto externo, que no complacerse de haberlo hecho bien. Con esto hay que tener mucho cuidado en no darle ninguna entrada en nuestra alma a la vanidad, sino renunciar también a todos los pensamientos y a todos los sentimientos que nos vienen interiormente, como a los aplausos que nos dan externamente. Es preciso darse a Dios, Hermanos míos, para alejarse de la propia estima y de las alabanzas del mundo, que son la pompa del espíritu. Y a propósito de esto, un celebre predicador me decía estos días, que el que busca en el ministerio de la predicación el honor y el aplauso del pueblo se entrega a la tiranía del público, y pensando hacerse importante con sus hermosos sermones, se hace esclavo de una vana y frívola reputación. Podemos añadir a esto, que quien proclama en la predicación bellos y jugosos pensamientos con un estilo pomposo está directamente opuesto al espíritu y a las máximas de nuestro Señor Jesucristo; El ha dicho en el Evangelio, que son bienaventurados los pobres de espíritu. Esta Sabiduría eterna nos muestra ahí cuán cuidadosamente deben evitar los Obreros evangélicos el brillo de los actos y la elocuencia pomposa de las palabras y hacerse con un modo de actuar y de hablar humilde, sencillo y vulgar: de eso es de lo que ha querido darnos ejemplo Nuestro Señor. Cuidado, Hermanos míos, es el demonio quien nos sugiere esos pensamientos de querer triunfar, y quien hace que algunos se persuadan de que la manera de hablar sencillamente, usada por nosotros, es demasiado baja, y que por ese medio dejamos envilecer en nuestra boca la grandeza y la majestad de las verdades cristianas. Todo eso no es más que una astucia del demonio. Deben ustedes guardarse cuidadosamente de ella, y renunciando a todas esas vanidades permanecer fiel y constantemente en la práctica de la sencillez y humildad de Nuestro Señor Jesucristo, el cual pudiendo dar gran brillantez a sus obras y una soberana virtud a sus palabras, no lo ha querido hacer así, y, yendo aún más adelante para confundir más nuestra soberbia con sus rebajamientos admirables, quiso que sus Discípulos hicieran mucho más que El. Vosotros haréis —les dijo— lo que yo hago, y aún haréis mucho más.Mas, ¿por qué? Señores, es que Nuestro Señor se quiere dejar sobrepasar en los actos públicos que aparecen al exterior para sobresalir en los humildes y en los más bajos, cuyo valor no es conocido por los hombres. Quiere los frutos del Evangelio, y no los ruidos del mundo; y para eso, ha hecho más por medio de sus servidores, que por Sí mismo. El predicó solamente en algunas regiones de Judea, y quiso que sus Apóstoles anunciaran su Evangelio por toda la tierra, y que iluminaran todo el mundo con la luz de su doctrina; y así como hizo pocas cosas exteriores por Sí mismo, quiso que sus Apóstoles y Discípulos, aunque pobres ignorantes y rudos, pero estando como estaban animados de Su espíritu y de Su virtud, hayan hecho mucho más. ¿Por qué? ¡Para darnos el ejemplo de una humildad perfectísima! ¡Ah señores! ¿No seguiremos el ejemplo de ese Divino Maestro? ¿No cederemos siempre la preferencia a los demás y esperaremos lo peor y lo más humillante para nosotros? Porque seguramente eso es lo que debemos pretender. Hagamos, pues, hoy la resolución de seguirle y de ofrecerle estos pequeños sacrificios de nuestro amor propio, como por ejemplo: si voy a hacer un acto público y le puedo dar más lustre, no lo haré, eliminaré de él tal y cual cosa, que podría darle algún brillo y a mí alguna fama; de dos pensamientos que podrían venirme a la mente, presentaré el menor para humillarme, y me reservaré el más hermoso para hacer así un sacrificio a Dios en el secreto de mi corazón. En fin, Hermanos, es una verdad del Evangelio, que Nuestro Señor, en nada se complace tanto como en la humildad de corazón y en la sencillez de las palabras y de las acciones; es ahí donde reside Su espíritu, y en vano se le busca en otra parte. Si, pues, ustedes quieren hallarlo, tienen que renunciar al interés y al deseo de sobresalir con la pompa del espíritu, igual que con la del cuerpo, y, finalmente, con todas las vanidades y satisfacciones de la vida».

Este fiel imitador de Jesucristo no se contentaba con adaptarse en general a su vida común y oculta, sino que además de eso trataba de imitarle, en cuanto podía, en su manera de obrar y de hablar. He aquí el testimonio que el Superior de una de sus casas nos ha dejado por escrito:  «El amor que el Sr. Vicente sentía por Nuestro Señor, hacía que no le perdiera casi nunca de vista, andando siempre en su presencia y conformándose a El en todos sus actos, palabras y pensamientos. Porque puedo decir en verdad, y lo sabemos todos, que no hablaba casi nunca sin que adujera al mismo tiempo alguna máxima o algún hecho del Hijo de Dios, ¡tan lleno estaba de Su espíritu y tan de acuerdo con Sus directrices! A menudo he admirado qué bien aplicaba y qué a propósito las palabras y los ejemplos del Divino Salvador. Y esto en todo lo que aconsejaba o recomendaba. He oído decir a uno de los más antiguos Sacerdotes de nuestra Congregación, al Sr. Portail que lo conocía y trataba con él desde hacia cuarenta y cinco o cincuenta años, que el Sr. Vicente era una de las imágenes más perfectas de Jesucristo que había conocido en la tierra; y que no le había oído nunca decir , ni visto hacer algo, que no estuviera relacionado con quien ha sido propuesto a los hombres como su ejemplo, y les ha dicho: Exemplum dedi vo bis, ut quemadmodum ego feci, ita et vos faciatis.Eso mismo es lo que el Sr. Vicente nos invita a hacer a menudo. En los consejos importantes que me dio de viva voz cuando se trató de enviarme a esta casa donde estoy, me recomendó en especial, que, cuando fuera a hablar o actuar, pensara en mí mismo, y me preguntara ¿cómo habría hablado Nuestro Señor, u obrado en esta ocasión? ¿de qué manera diría esto, o haría aquello? ¡Ah Señor! ¡Inspírame lo que debo decir, o lo que debo hacer, porque de mí mismo no puedo hacer nada sin Ti!».

Un célebre Doctor preguntó un día a un Sacerdote de la Misión, que observaba mucho al Sr. Vicente, cuál era su propia y principal virtud. El le respondió que: «Era la imitación de Nuestro Señor Jesucristo, porque siempre lo tenía ante sus ojos para conformarse a El. Era su libro y su espejo; en él se miraba en toda ocasión, y cuando tenía alguna duda de cómo debía hacer una cosa para que fuera perfectamente agradable a Dios, inmediatamente consideraba de qué modo actuaba Jesús en una circunstancia parecida o bien, lo que había dicho de aquello, o lo que había expresado en sus máximas. Y, sin dudar, seguía su ejemplo y sus palabras; y actuando según esa luz divina, hollaba con sus pies el propio juicio, el respeto humano y el temor que hubiera podido sentir porque su actuación fuera criticada por la licencia de los que se esfuerzan en aflojar la santa severidad del Evangelio y de acomodar la piedad cristiana al espíritu del tiempo. Porque, en fin, —decía a veces— la prudencia humana se engaña y desvía a menudo del camino recto, pero las palabras de la Sabiduría Eterna son infalibles, y sus orientaciones son rectas y seguras».

Estaba muy persuadido de que el carácter de nuestra perfección, lo mismo que el de nuestra predestinación consiste en esta conformidad con el Hijo de Dios, y como el tenía el espíritu lleno de esta importante verdad, hablaba de ella también con mucha frecuencia de la abundancia de su corazón. Todas sus respuestas a las consultas que le hacían, y todos los consejos que daba, estaban fundados sobre esa misma verdad, y tendía siempre a insinuarla en el espíritu de todos. De eso se podría aducir aquí infinidad de ejemplos; pero presentaremos sólo uno muy digno de destacar.

El difunto Rey, de gloriosa memoria, mandó llamar al Sr. Vicente, para que lo asistiera en su última enfermedad, y como le preguntara cuál era la mejor preparación para la muerte, respondió a Su Majestad que era la de imitar a nuestro Señor Jesucristo cuando se preparó para morir, y que el Santo Evangelio nos enseñaba que una de las principales disposiciones que había tenido el Señor era una entera y perfecta sumisión a la voluntad de su Padre Celestial, diciéndole: Non mea volun tas, sed tua fiat. (Hágase tu voluntad, y no la mía). A lo que el Rey replicó con un sentimiento digno de un Príncipe que lleva el título de Cristianísimo: ¡Oh Jesús! También yo lo quiero con todo mi corazón; ¡sí, Dios mío!. Lo digo y lo quiero decir hasta el último momento de mi vida ¡fiat voluntas tua! (Hágase como Tú quieres). He ahí como el Sr. Vicente tenía siempre ante sus ojos el Original de toda perfección y santidad, y no contento con imitarlo en todo, movía tanto como podía a los demás a hacer lo mismo.

Ese era el estudio continuo de este Santo Varón: imitar a Jesucristo y adaptarse a El, no solamente en el modo de obrar y de hablar externamente, más también en todas sus disposiciones internas, en sus deseos más santos, y en sus intenciones más perfectas; de manera que, en todo y por todo, no deseaba ni pretendía otra cosa, sino lo que el Divino Salvador había deseado y pretendido, que era que Dios fuese cada vez más conocido, honrado, amado, servido y glorificado, y que su Santísima Voluntad fuera total y perfectamente cumplida, manteniéndose en todo momento dispuesto a hacer y a sufrir todo lo que Dios quisiera para unos fines tan nobles y tan justos. Siempre estaba dispuesto a exponerse a los trabajos, a las fatigas, a las humillaciones, a las penas y a las persecuciones que hubiera tenido que sufrir y aguantar por ese motivo. De ahí provenía que nunca quedaba sorprendido por cualquier accidente que le ocurriera, por desdichado que pudiera ser, ni por ningún mal trato, que se le pudiera ocasionar: estaba preparado, a imitación de su Divino Maestro, cuando se trataba de procurar el crecimiento de la gloria de Dios, o de someterse a Su voluntad, a hacer todo y a sufrir todo, o, incluso, a verse despojado de todo lo que disponía de más querido en el mundo, hasta ver a su propia Compañía dispersada y destruida, si tal era el deseo de su Divina Majestad. A propósito de esto, hablando una vez a los de su Comunidad: «Ruego a Dios —les decía— dos o tres veces todos los días que nos aniquile, si no somos útiles para Su servicio. Y ¿para qué, Hermano míos, querríamos estar en el mundo sin agradar a Dios, y sin procurar que fuera conocido y amado?».

Se adaptaba no sólo a los deseos y a las intenciones del Hijo de Dios, sino también a lo que Le disgustaba, a sus dolores y a sus angustias internas. ¡Oh! ¡Quién hubiera podido penetrar en los secretos del corazón de este fiel y celoso imitador de Jesucristo! Lo habría visto como el de su Divino Maestro, muy indignado de dolor, a la vista de los innumerables pecados que se cometen contra Dios; lleno de aversión contra las máximas del mundo, tan opuestas a las del Evangelio; penetrado de los sentimientos de tristeza y de aflicción por el avance de las herejías y por los grandes estragos que le ocurren a la Iglesia, y, finalmente, vivamente tocado de compasión por las miserias temporales y espirituales de los pueblos y el desamparo y el abandono en que se hallaban tantas almas sumergidas en las tinieblas de la ignorancia, o de la infidelidad. ¡Oh! ¡Cuántas veces habrá deseado morir, o dar su sangre para remediar todos esos males! Pero su vida, como no fue casi más que una muerte continua por sus mortificaciones y sufrimientos, se puede decir también que ha sido como un remedio más largo y más extenso del que Dios ha querido servirse para ese efecto.

Quería que sus hijos entrasen en esos mismos sentimientos, y que, a imitación de Jesucristo, fueran todos ellos hostias vivas, que se inmolaran continuamente con el Divino Salvador por la salvación de todos los pueblos. Hablando de eso un día: «El que quiera salvar su vida, Hermanos míos, —les dijo— la perderá: es Jesucristo el que nos lo asegura, diciéndonos que no se puede hacer un acto más grande de amor que entregar la vida por el amigo. ¿Pues qué? ¿Tenemos un amigo mejor que Dios? ¿Y no hemos de amar todo lo que El ama, y tener, por amor a El, al prójimo como amigo? ¿No seríamos indignos de gozar del ser que Dios nos da, si nos negáramos a utilizarlo por un motivo tan digno? Ciertamente, al reconocer que debemos nuestra vida a su mano liberal, cometeríamos una injusticia, si nos negamos a emplearla y consumirla según sus designios, a imitación de su Hijo, Nuestro Señor».

Y hablándoles en otra ocasión sobre el mismo asunto, profirió estas palabras desde la abundancia de su corazón: «Quien dice misionero, dice un hombre llamado por Dios para salvar almas, porque nuestro fin es trabajar por su salvación, a imitación de Nuestro Señor Jesucristo, que es el único verdadero Redentor, y que cumplió perfectamente lo que significa ese nombre amable de Jesús, que quiere decir Salvador. Vino del cielo a la tierra para ejercer ese oficio, e hizo de él el objetivo de su vida y de su muerte, ejerciendo continuamente esa cualidad de Salvador por la comunicación de los méritos de la sangre que derramó. Mientras vivió sobre la tierra, dirigió todos sus pensamientos a la salvación de los hombres, y sigue todavía con esos mismos pensamientos, ya que es ahí donde se encuentra la voluntad de su Padre. Vino y viene a nosotros cada día para eso, y por su ejemplo nos ha enseñado todas las virtudes convenientes a su cualidad en nosotros y por medio de nosotros».

Finalmente, hablando con ese mismo espíritu a todos los de su Congregación, en la carta que les dirige y envía al comienzo de las Reglas o Constituciones: «Miren —les dice— a esta Reglas y Constituciones, no como producidas por espíritu humano, sino como inspiradas por Dios, de quien procede todo bien, y sin el que no somos capaces de pensar ninguna cosa buena por nosotros mismos, como proveniente de nosotros mismos. ¿Qué encontrarán en ellas, que no les anime e inflame a evitar los vicios, o la adquisición de las virtudes, y a practicar las enseñanzas evangélicas? Por eso hemos intentado, en cuanto nos ha sido posible, extraer todas ellas del espíritu de Jesucristo y sacarlas de las obras de Su vida, como se puede ver fácilmente. Nos pareció que quienes han sido llamados a continuar la misión del mismo Salvador, misión que consiste sobre todo en evangelizar a los pobres, deberían entrar en sus sentimientos y sus máximas, llenarse de su mismo Espíritu y seguir fielmente sus huellas».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *