Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 11, Sección 3

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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Efectos más importantes producidos por los socorros prestados a esas dos Provincia.

Después de haber presentado las miserias extremas de esas dos Provincias y el estado deplorable a que se vieron reducidos los pueblos, es muy razonable que veamos ahora las bendiciones con las que Dios ha favorecido las caritativas asistencias que el Sr. Vicente les procuró, y los frutos que produjeron las limosnas de las Damas y de todas las personas virtuosas que contribuyeron a ello, y los trabajos increíbles de aquellos buenos misioneros que fueron los dispensadores de todo. No es posible traerlas todas aquí, mas lo poco que vamos a decir será suficiente para darnos idea de todo lo demás

Un mes después de que comenzaron aquellas asistencias caritativas, le escribieron al Sr. Vicente lo que sigue:

«Los potajes que gracias a las limosnas de París se han dado a los enfermos refugiados en Guisa, Riblemont, La Fère y Ham han salvado la vida a más de dos mil pobres, que, sin esa ayuda, hubieran sido expulsados de las ciudades donde estaban refugiados, y hubieran muerto en medio del campo sin ninguna asistencia, ni espiritual, ni corporal».

«Las religiosas de La Fère y de otras ciudades en su mayor parte reconocen que les salvaron la vida con las asistencias que les dieron. Rezan sin cesar por las personas que les han enviado o procurado esos favores».

He aquí algunos párrafos de las cartas escritas desde Laon, Soissons, etc

«Ya hemos repartido los ornamentos en las iglesias, y las mantas y los vestidos a nuestros enfermos. No se puede decir qué efecto ha producido esto en todas estas fronteras; en ellas sólo se habla de estos actos de caridad. Nuestros Obreros han tenido tal cuidado de los enfermos, que, gracias a Dios, sólo en la ciudad de Guisa, de quinientos enfermos que había, se han curado más de trescientos, y en cuarenta aldeas de las cercanías de Laon hay un número tan grande de recuperados en perfecta salud, que difícilmente se encontrarían a seis pobres que no estén en situación de ganarse la vida; y hemos creído que estamos obligados a darles el medio para ello, proporcionándoles hachas, podaderas y ruecas para hilar, para hacer trabajar a hombres y mujeres, que no serán carga para nadie, salvo que suceda otro accidente que los reduzca a una miseria parecida».

«También hemos repartido grano, que nos han enviado desde París a estas comarcas; lo han sembrado y Dios está derramando una gran bendición. Y eso hace que el pobre pueblo soporte sus males con más paciencia, con la esperanza de que la cosecha que está para llegar, les dará un gran respiro»

«Damos doscientas libras por mes, para que puedan subsistir, a varios párrocos pobres, y, con esa ayuda, todas las parroquias de los deanatos de Guisa, Marle y Vervins están atendidas, y, cuando menos, en cada una de ellas se celebra la Santa Misa una vez por semana y se administran los sacramentos».

He aquí unos párrafos de algunas cartas escritas desde Reims, Fismes, Basoches y otros sitios circunvecinos

«No tenemos palabras con qué expresarle nuestro agradecimiento. Vemos claramente que la mano de Dios ha herido esta Provincia: su abundancia se ha vuelto esterilidad, su alegría lágrimas, sus aldeas, antes pobladas, sólo son chozas ruinosas desiertas, y se puede decir que, sin el socorro de personas caritativas que Dios ha suscitado en París, no quedaría ni el menor rastro de las ruinas de este triste naufragio, y que todos los que han sido salvados, deben su vida a sus liberalidades».

«Las treinta y cinco aldeas de este valle y de sus alrededores dan un millón de gracias a sus bienhechores. Hemos repartido los ornamentos por las iglesias, y las ropas a los pobres; varios de nuestros enfermos se han recuperado en su salud y están en situación de ganarse la vida».

«Hemos tenido una reunión de los párrocos de los pueblos aledaños; en ella hemos repartido, entre veintitrés de los más pobres, las cuatrocientas libras que nos han mandado; eso les ayudará a vivir y a atender a sus parroquias; sin ellas les sería imposible subsistir».

Le escribieron también desde San Quintín y lugares vecinos varias cartas sobre el mismo asunto. Ahí van algunos párrafos:

«No podemos decirle cuántos enfermos se han curado, cuántos de los atribulados consolados, qué número de pobres vergonzantes han sido sacados de la desesperación por las ayudas de ustedes; sin ellas habría perecido todo, tanto en el campo como en la ciudad».

«Una limosna que usted nos ha enviado desde París la Semana Santa ha sacado a varias muchachas del peligro inminente de perder su honor. Hemos pasado la cuaresma en el campo para asistir y hacer asistir espiritual y corporalmente a los pobres habitantes de ciento treinta aldeas. Cuarenta párrocos han recibido una ayuda de diez libras cada uno al mes, y por ese medio han podido residir en sus parroquias y realizar en ellas todas las funciones pastorales».

«Hemos comprado, con las setecientas libras de sus limosnas, hoces, mayales, harneros y otras herramientas para ayudar a los pobres a ganar la vida con el trabajo de la cosecha. Nuestras cebadas van muy bien, gracias a Dios y gracias a las semillas que nos han enviado; esperamos un gran desahogo para el invierno próximo».

Las cartas de donde se ha sacado lo arriba transcrito fueron escritas el año 1651. Las siguientes fueron escritas el año 1654 desde San Quintín, Laon, Reims y otros lugares:

«Estamos expuestos al peligro de los merodeadores, y hemos visitado más de cien aldeas; nos hemos encontrado con ancianos y niños casi desnudos y muertos de frío, y con mujeres desesperadas y ateridas; hemos vestido a más de cuatrocientos, y repartido a las mujeres ruecas para hilar y cáñamo para ocuparlas. La asistencia que hemos empezado a prestar a los párrocos se ha seguido manteniendo siempre; y después de haberlos reunido por deanatos, nos hemos encontrado con que estaban despojados de casi todo; les hemos dado ropa y sotanas. También hemos proporcionado a las iglesias ornamentos y misales, hemos ordenado que se hicieran las reparaciones necesarias en los tejados y las ventanas para impedir que la lluvia cayera sobre la sagrada hostia y que el viento la llevase durante la celebración de la misa; a eso se debe el que sean muchas las iglesias y parroquias en las que se celebra el santo sacrificio de la misa, y a que los pueblos reciban los sacramentos, porque sin esa ayuda estarían totalmente desiertas».

«Además de los cuatrocientos pobres que hemos vestido, aún hemos encontrado en los alrededores de la ciudad de Laon cerca de seiscientos huérfanos, de menos de doce años, en lastimosa desnudez y necesidad. Las limosnas de París nos han dado medios para vestirlos y atenderlos».

«La desesperación ha hecho mella en varias muchachas de condición, que han sido halladas en diversos sitios, cerca de las fronteras de Champaña, en necesidad extrema. Hemos pensado que el remedio más seguro era alejarlas del peligro, y hemos empezado a recogerlas en la comunidad de las monjas de Santa Marta de la ciudad de Reims; allí son instruídas en el temor de Dios, adiestradas para dedicarse a algún pequeño trabajo. En ese caritativo refugio se encuentran ya treinta hijas de gentileshombres de estas regiones; de ellas algunas han pasado varios días escondidas en cuevas para evitar la insolencia de los soldados. El gasto que habrá que hacer por esta obra de caridad y para acoger y poner en sitio seguro a todas las demás, que encontramos en peligro parecido, es muy grande, porque, además de la pensión que habrá que pagar por la comida, habrá que vestirlas; pero esperamos que la caridad de las personas que han empezado tan bien, continuará y aumentará antes que disminuir».

Los misioneros se veían obligados a salir de una ciudad o de una región, para ir a otra, o para retirarse del todo. Después de haber provisto a las más acuciantes necesidades de los sacerdotes y de las iglesias; de haber dado el alivio necesario a los pobres; de haber retirado a las jóvenes a sitios seguros; de haber procurado alimento a los huérfanos; y de haber dado a las personas válidas el medio de ganarse la vida; para no abandonar a los que seguían enfermos, o que podían enfermar, dejaban en cada uno de los lugares algún socorro para alimentarlos y curarlos, encargando, a tal efecto, a personas virtuosas y fieles, a las que les entregaban dinero y remedios, y les enviaban más, de vez en cuando.

Y en todas las ciudades donde había hospitales abandonados o mal atendidos, los misioneros procuraban dejarlos en buen estado, y se ponían de acuerdo con los Administradores para recibir en él a cierta cantidad de enfermos, con el pago de seis o siete «sueldos» por día y enfermo; y les pagaban con toda exactitud, siguiendo las órdenes del Sr. Vicente, y gracias a las liberalidades de la Asamblea de las Damas de la Caridad de París.

Y la ciudad de Rethel, como se encontraba tan repleta de soldados y paisanos enfermos, que el hospital del lugar ya no podía acoger más, fueron pasándolos en diversas veces (llegaron hasta setecientos) al Hospital de Reims. Y como el número de los enfermos iba creciendo cada vez más, y el gasto llegó a ser excesivo, se pensó en traer desde París, con los Hermanos de la Misión que se enviaban con los sacerdotes misioneros, diversos remedios para varias clases de dolencias, y especialmente ciertos polvos muy indicados para las disenterías, las fiebres y otros males crónicos, que el enfermero de la casa de San Lázaro preparaba, y a los que Dios daba tal bendición, que produjeron efectos que la buena gente consideraba milagrosos, pues habían curado a infinidad de enfermos que estaban reducidos al último extremo por enfermedades casi sin remedio, de las cuales algunos se vieron libres en veinticuatro horas, más o menos.

El Sr. Vicente no contento con prestar asistencia a los vivos, quiso además ejercer la caridad con los muertos. Nos contentaremos con relatar el ejemplo siguiente: Después del combate que tuvo lugar en Champaña el año 1651 junto a SaintEtienne y SaintSouplet, más de mil quinientos enemigos quedaron muertos en el campo, que servían de comida a perros y lobos. Cuando lo supo el Sr. Vicente, escribió a uno de los Sacerdotes de la Misión que atendía a los pobres de aquella región, para que contratara unos hombres a jornal e hiciera enterrar aquellos cuerpos medio podridos. El misionero lo ejecutó todo con tal diligencia y tal economía, que con trescientas libras dio sepultura a todos aquellos muertos, y libró a los vivos de un espectáculo tan horroroso, que inficionaba todo el aire. El buen sacerdote le contestó acerca de lo que había hecho:

«Hoy hemos cumplido dice al pie de la letra aquello que decía Jesucristo en el Evangelio, que había que amar y hacer el bien a los enemigos, procurando enterrar a los que habían arrebatado los bienes y causado la ruina de nuestros pobres habitantes, castigándolos y ultrajándolos. Me siento muy feliz de haber tenido la ocasión de obedecerle en una cosa que tan especialmente se recomienda en la Sangrada Escritura. Le diré, sin embargo, que esos cuerpos que estaban dispersos por acá y por allá, en todo el campo, han sido muy difíciles de reunir en un solo sitio, ya que el deshielo que acaba de producirse nos ha molestado un poco. En esto vemos cómo Dios ha favorecido esta piadosa empresa con el gran frío que la ha acompañado; porque, si hubiera que empezar de nuevo ahora que ha venido el deshielo, no habría nadie que quisiera contratarse por mil escudos, mientras que ahora sólo nos ha costado trescientas libras. De este modo, esos pobres cuerpos, que tendrán que resucitar todos algún día, han sido enterrados ahora en el seno de su madre; y toda la Provincia siente un agradecimiento especial a las personas caritativas que han contribuído a esta buena obra, aparte de la corona que Dios les prepara en el cielo, como recompensa de su virtud».

No debemos omitir aquí la ayuda que el Sr. Vicente procuró a los pobres irlandeses católicos, expulsados de su tierra por Cromwell y obligados por necesidad a en rolarse en los ejércitos. Dos regimientos compuestos de sus pobres familias, después de haber sufrido mucho en la guerra de Burdeos, habiendo sido enviados al año siguiente a las proximidades de Arras, tuvieron como lugar de retiro, al volver de las dos campañas de Arras, la ciudad de Troyes. Allí llegaron con un triste acompañamiento, llevando consigo a más de ciento cincuenta huérfanos y un gran número de pobres viudas, con sus pies desnudos, y que sólo iban cubiertas con los andrajos de los que habían muerto en la guerra. La gente veía a aquel pobre grupo desolado ir por las calles de Troyes, recogiendo para su comida lo que los perros no querían comer. Informado que fue el Sr. Vicente por los Sacerdotes de su Congregación establecidos en aquella ciudad, dio cuenta a las Damas de la Caridad de París, e hizo marchar inmediatamente a un Sacerdote de su casa, que era irlandés, para ir a socorrer a sus pobres compatriotas; y por las órdenes del Padre de los pobres hizo que las muchachas y las viudas se retiraran al Hospital de San Nicolás. Allí aprendieron a hilar y a coser; se tuvo especial cuidado con los niños huérfanos; y finalmente, todos fueron alojados, vestidos y atendidos allí. Para eso se envió desde París, la primera vez, seiscientas libras de plata, y muchos vestidos y otras cosas necesarias para poner remedio a las necesidades más urgentes, cosa que se fue haciendo de vez en cuando, en cuanto se veía que era necesario. Una ayuda dada tan oportunamente a aquellos pobres exilados, levantó sus ánimos postrados por la tristeza, y los preparó para escuchar de más buena gana las exhortaciones e instrucciones que el Sacerdote misionero les daba en su lengua dos veces a la semana durante la cuaresma, con el fin de disponerlos para la comunión pascual. Y como no hay cosa más fuerte que el buen ejemplo, la vista de aquellas ayudas caritativas despertó la caridad de los burgueses de aquella ciudad no sólo por lo que tocaba a aquellos pobres extranjeros, sino también a todos los demás, que se encontraban entre ellos.

Después de los tres o cuatro primeros años de asistencias prestadas en las dos Provincias de Picardía y Champaña, cuyos gastos ascendían a cerca de trescientas mil libras, los habitantes, encontrándose ya en mejor situación tanto por haberse alejado los ejércitos, como por las caridades que habían recibido, el Sr. Vicente llamó a sí a los misioneros, exceptuando algunos que siguieron allí por orden suya hasta la publicación de la Paz General, para atender a los pobres y dotar las iglesias de ornamentos y reparaciones necesarias, y a los sacerdotes y párrocos de la subsistencia que necesitaban. Y además, uno de los misioneros que había quedado, siguiendo los consejos que había recibido del Sr. Vicente, congregó, en forma de Cofradía de la Caridad, a cierto número de burguesas de las más caritativas y mejor acomodadas para cuidar los enfermos, los huérfanos y otros pobres abandonados bajo la dirección de virtuosos eclesiásticos. Y así lo ejecutó con bendición en varias ciudades, especialmente en Reims, Rethel, ChasteauPorcien, La Fère, Ham, San Quintín, Rocroy, Mesières, Charleville, Donchéry y en otros sitios, y las puso a todas en plena actividad; y por medio de consejos y reglamentos, que él les dejó, continúan en la actualidad aquella buena obra con gran consuelo de los pobres.

A todo lo que hemos dicho solamente añadiremos algunas muestras de agradecimiento que unas personas importantes de los lugares donde se llevaron a cabo asistencias caritativas presentaron por carta al Sr. Vicente. Nos contentaremos con presentar sólo algunas, para confirmar más y más la verdad de las cosas narradas más arriba.

El Rev. P. Rainssant, canónigo regular de la Orden de San Agustín y párroco de la ciudad de Ham, le escribió en estos términos:

«El misionero que ha enviado usted por estos lugares, me ha dejado el cargo de mantener la Asamblea de nuestras piadosas mujeres, dejándome también grano y dinero para atender y alimentar a niñas huérfanas, a las que en unos cuantos meses se les enseña un oficio con el que puedan ganarse la vida. Yo les doy el catecismo, y una buena religiosa del Hospital les hace rezar y asistir a misa todos los días. Viven todas juntas en una misma casa. Todos los enfermos de la ciudad están bien asistidos; hay un buen médico que les visita y que ordena todo lo que necesitan; tenemos cuidado de que no les falte nada; nuestras buenas señoras los atienden con afecto. Nunca jamás se me hubiera ocurrido ver en esta pobre ciudad de Ham lo que ahora contemplo con gran consuelo y admiración, debido a la celestial y divina Providencia de Nuestro Señor».

«Hace poco hemos podido sacar de las manos de nuestros herejes a una pobre muchacha, que se porta muy bien. Esto ha movido a una criada hugonote a que viniera a verme para convertirse, al ver cómo atendemos a los pobres y la caridad que se practica con los enfermos. La hemos instruído ya suficientemente y dentro de unos días hará la abjuración»

«Ese mismo misionero me ha dejado medios para poder atender a los pobres huérfanos y huérfanas, y a los pobres enfermos del distrito de Ham, disponiendo a otros dos virtuosos párrocos para que me ayuden en esta ocupación hasta que él vuelva. Es usted, señor, la causa de todos estos bienes y su primer motor, después de Dios», etc

El Sr. de la Font, lugarteniente general de San Quintín, le escribió la carta siguiente sobre el mismo tema:

«Las limosnas que, gracias a Dios y a su bondad, han sido enviadas a esta Provincia y tan justamente distribuidas por sus comisionados han dado la vida a millones de personas, reducidas por las calamidades de la guerra a la mayor pobreza. Por eso, me siento obligado a testimoniarle el humilde agradecimiento que todos estos pueblos sienten por sus bondades. La semana pasada hemos visto hasta mil cuatrocientos pobres refugiados en esta ciudad durante el paso de las tropas, que fueron alimentados diariamente por las limosnas de usted; y hay además en la aldea otro millar, sin contar los del campo, que no pueden tener más alimento que el que le proporciona su caridad. La miseria es tan grande que los habitantes de las aldeas no tienen ya más que un poco de paja donde dormir, y los más notables de la región tampoco tienen para comer. Incluso hay algunos que poseen más de veinte mil escudos de renta, pero que en la actualidad apenas disponen de un trozo de pan, y han estado hasta dos días sin comer. Esto me obliga, por el cargo que ocupo y por el conocimiento que tengo de ello, a suplicarle muy humildemente que siga siendo el Padre de esta tierra para conservar la vida a tantos y tantos pobres moribundos y enfermos, a los que sus sacerdotes atienden con tanta justicia y esmero»

El Sr. Simonnet, presidente y lugarteniente general de Rethel, le manifestó su agradecimiento en estos términos:

«Podemos sin duda alguna encontrar en la caridad que usted practica la primera forma de la devoción cristiana, ya que en la primitiva Iglesia los cristianos no tenían más que un solo corazón, y no permitían que hubiera entre ellos ningún pobre sin estar socorrido y atendido. Tampoco usted lo sufre, señor, sino que atiende a sus necesidades con tanto orden y tan gran celo por medio de los Sacerdotes de su Congregación, que mantiene usted por todos estos lugares de alrededor, en donde los pobres se ven reducidos a comer como los animales, hasta llegar a alimentarse de carne de perro, según he podido ver con mis propios ojos. Ellos han salvado la vida a innumerables personas y han consolado y asistido a los demás hasta la muerte. Todo esto es producto de su caridad».

El Sr. de Y, canónigo, y más adelante arcediano de Reims, le escribió la carta siguiente:

«Con alegría me he encargado de darle las más rendidas gracias en nombre de los pobres de nuestros campos por toda su generosidad para con ellos, sin la cual seguramente habrían muerto de hambre. Me gustaría poderle expresar la gratitud que sienten. He de decirle que esa pobre gente emplea las pocas fuerzas que les quedan en levantar las manos al cielo para atraer sobre sus bienhechores las gracias del Dios de las misericordias. Es imposible exponerle en toda su amplitud la pobreza de esta Provincia, pues todo lo que se dijera quedaría por debajo de la verdad. Además, seguramente prestará usted más crédito a los informes que le dan los señores Sacerdotes de su Congregación, cuyo celo y equidad se manifiestan claramente en la distribución de las limosnas, hasta el punto de que todos están edificados de ellos. En cuanto a mí, le doy gracias en especial por habérnoslos enviado, y por el buen ejemplo que nos dan».

El difunto Sr. Soüty, baile de la ciudad de Reims, hombre de gran probidad, al escribirle al Sr. Vicente acerca del mismo asunto:

«Creo le dice que le enseñarán la memoria que he enviado a París sobre el estado en que he encontrado aquí la obra de su caridad y las ayudas espirituales y corporales, que procuran ustedes a los pobres del campo, a imitación de nuestro divino Maestro y Salvador, de quien usted se va haciendo, cada vez más, un perfecto imitador. A esta ciudad han venido dos sacerdotes suyos, uno para pedir limosna, ya que es imposible encontrar nada en los lugares donde residen, que están desprovistos de todo; y el otro, para llevarse parte de la cantidad de grano, que ha comprado aquí, a SaintSouplet para sustento de los pobres. De este modo cada uno trabaja felizmente bajo sus auspicios de usted para el socorro de los desgraciados, mientras que usted se esfuerza, desde ahí, en inflamar ese fuego divino, que produce estas llamas que se extienden por Picardía y Champaña para sostenimiento de los pobres afligidos».

«Estoy esperando aquí al Sr. N., a quien ha confiado usted la coordinación general de obra tan grande, para la creación de nuestros cuarteles de invierno, esto es, de los Hospitales, y para el alojamiento de los sacerdotes pobres. El almacén de la cebada que recogemos como limosna, se va llenando cada vez más, para que luego podamos distribuirla cuando llegue el mal tiempo».

«Siga usted, señor, con sus caritativos esfuerzos, que conservan la vida moral de tantos pobres, y que les procuran la felicidad de la vida eterna, gracias al servicio espiritual que se les presta, especialmente con la administración de sacramentos, que, sin su ayuda, cesaría seguramente en muchos lugares de nuestra diócesis».

Omitimos muchas otras, que contienen parecidas muestras de agradecimiento; bastará con decir a modo de conclusión de este capítulo, que, desde que se empezó a visitar esas dos Provincias hasta la publicación de la Paz General, se les han enviado desde París más de quinientas mil libras en limosnas, ya en metálico ya en ropa, ornamentos, etc. Y esas limosnas han sido repartidas bajo la dirección del Sr. Vicente con tanto orden y prudencia, que han bastado no sólo para salvar la vida del cuerpo a gran número de pobres gentes, mas también para mantener a gran número de párrocos en sus parroquias, que se habrían visto obligados a abandonar por no poder vivir sin esa ayuda; para restaurar iglesias que habían sido saqueadas y convertidas en ruinas, de modo que se pudiera celebrar la Santa Misa en ellas; para sacar a muchas jóvenes, hasta de familias ilustres, del peligro inminente en que estaban de perder lo que debían apreciar más que su vida; para procurar cobijo a un gran número de niños huérfanos totalmente abandonados; para procurar la salvación eterna a un gran número de almas por los sacramentos y otras ayudas espirituales, que les han sido administrados en su mayor necesidad por los Sacerdotes de la Misión

«Ciertamente decía el Sr. Vicente, comentando cierto día todas estas cosas sólo se puede pensar, llenos de admiración, en las generosas limosnas que Dios ha inspirado que se hicieran, y en el gran número de vestidos, sábanas, mantas, camisas, zapatos, etc., que se han proporcionado a toda clase de personas, hombres, mujeres, niños y hasta sacerdotes, como en la cantidad de albas, casullas, misales, copones, cálices y otros ornamentos que se han enviado a las iglesias, que habían sido esquilmadas hasta el punto de que sin esos socorros la celebración de los Santos Misterios y los actos de la Religión cristiana estarían desterrados y los lugares sagrados sólo servirían para usos profanos. Era realmente un espectáculo, que nos llenaba de edificación, ver las casas de las Damas de la Caridad de París llenas de todos esos bultos, y que se habían convertido en unos auténticos almacenes y tiendas de mayoristas. Esas Damas seguramente tendrán en el cielo la corona de los sacerdotes por el celo y la caridad que han tenido al vestir a Jesucristo en sus altares, en sus sacerdotes y en sus pobres miembros».

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