Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 11, Sección 2

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Luis Abelly · Translator: Martín Abaitua, C.M.. · Year of first publication: 1664.
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Socorros prestados a Picardía y a Champaña

Fue el año 1630 cuando por un secreto juicio de Dios el azote de la guerra, que afligía desde hacía largos años a gran parte de Europa, comenzó a hacer sentir con mayor intensidad sus golpes sobre Francia, la cual, desde entonces, siempre ha estado agitada hasta la firma de la Paz General. Entre todas las Provincias de este Reino, Picardía y Champaña han sido las más expuestas a esa tormenta, y han experimentado durante más tiempo la violencia, particularmente desde que a los enemigos del estado, que habían querido asediar la ciudad de Guisa, las tropas del Rey, que habían avanzado en su ayuda, les obligaron a cambiar de planes, porque la permanencia bastante larga de los dos ejércitos sobre aquella frontera causó en ella una desolación extrema; y cuando se retiraron de los alrededores de Guisa, dejaron allí un grandísimo número de soldados muertos de hambre y atacados de diferentes enfermedades; los cuales, queriendo esforzarse en andar para buscar algún alivio, caían de debilidad a lo largo de los caminos y morían miserablemente privados de sacramentos y de todo consuelo humano.

Algunos viandantes, al ver aquel espectáculo, llevaron la noticia a París, en el momento en que allí por aquellos días todo el mundo se alegraba de la retirada de los enemigos; pero muy pocas personas se apiadaron de aquellos pobres abandonados, que perecían tan miserablemente sin ninguna clase de socorro.

El Sr. Vicente, especialmente sensible ante los sufrimientos del prójimo, se conmovió mucho al conocer el estado, digno de compasión, a que estaba reducida aquella pobre gente. Y después de hablar con la Señora Presidenta de Herse, señora muy inclinada a hacer obras de misericordia, hizo salir inmediatamente de París a dos misioneros con un caballo cargado de víveres y unas quinientas libras de plata, para ir a salvar la vida a aquellos moribundos, y a preparar para la muerte a los que estaban en situación desesperada. Los misioneros, cuando llegaron a los sitios señalados hallaron a tan gran número de personas tumbadas a lo largo de los setos, y de los caminos reales, demacradas y moribundas, que se agotaron rápidamente los víveres que habían llevado, por lo que se vieron obligados a acudir a toda prisa a las ciudades más cercanas para comprar más alimentos. Pero quedaron sorprendidos al ver en las ciudades casi las mismas carencias que habían encontrado en el campo; por eso, se vieron obligados a escribir con prontitud al Sr. Vicente para darle a conocer: que la desolación era general en toda la región, y que los socorros que habían llevado no eran nada en comparación de lo que hacía falta para remediar algo la situación; que los ejércitos habían recogido todo el grano y despojado a los pueblos hasta de las camisas; que la mayor parte de la gente de campo había abandonado sus viviendas para ir a buscar sustento en las ciudades; y que, como no encontraban allí a nadie que las pudiera ayudar, porque ni los burgueses tenían pan para sí mismos, desfallecían y morían de miseria. El Sr. Vicente, en cuanto recibió las cartas, avisó a las Damas de la Caridad de París, y determinó, de acuerdo con ellas, enviar un mayor número de misioneros y limosnas más abundantes. Y todo se llevó a cabo rápidamente.

Para conocer mejor la magnitud de las obras de misericordia que se ejercieron en aquella ocasión, debemos considerar a qué extremo había llegado la miseria, a la que se vieron reducidas dos pobres Provincias por espacio de diez años, más o menos, y como los ejércitos las iban devastando año tras año, unas veces por un lado, otras por otro, extendieron la desolación por todas partes. El mejor modo de enterarse de todo esto es leer las cartas, que los misioneros, que estuvieron dedicados al reparto de las limosnas, escribieron al Sr. Vicente desde diversos sitios, dándole fielmente cuenta de las miserias que vieron con sus propios ojos, para que su caridad les pusiera remedio. He aquí lo que le escribieron de la parte de Guisa, Laon y La Fère.

«Causa gran compasión ver por doquier una gran multitud de enfermos; son muchísimos los que sufren disentería y fiebres; otros están cubiertos de sarna o de púrpura, o de tumores y apostemas; muchos están hinchados: unos en la cabeza, otros en el vientre, y otros en todo el cuerpo. El origen de todos esos males proviene de que sólo han comido casi todo el año raíces de hierbas, frutos en mal estado, y algunos, pan de salvado, que ni los perros querían comer. Sólo oímos lamentos lastimeros; gritan tras de nosotros, para que les demos pan, y tan enfermos como están, se arrastran en medio de la lluvia y por malos caminos, a lo largo de dos o tres leguas, para conseguir un poco de potaje. Hay quienes mueren en las aldeas sin confesión y sin sacramentos; ni hay personas que los entierren después que mueren. Y esto es tan verdad, que, estando, hace sólo tres días en la aldea de Lesquielle, en la región de Landrecies, para visitar los enfermos, en una casa encontramos una persona muerta, falta de asistencia; su cuerpo estaba medio comido por los animales, que habían entrado en la casa. ¿Puede haber mayor desolación que ver a cristianos abandonados de aquella forma durante su vida y después de su muerte?»

«Acabamos dicen en otra carta de visitar treinta y cinco aldeas del Deanato de Guisa. Allí hemos encontrado cerca de seiscientas personas, cuya miseria llegaba a tal extremo, que se echaban sobre los perros y sobre los caballos, después que los lobos se han tomado su parte. Y sólo en la ciudad de Guisa, hay más de quinientos enfermos refugiados en bodegas y en los agujeros de las cuevas, más propios para albergar animales que hombres».

«Hay un grandísimo número de pobres de Thierache, que desde hace varias semanas no han comido pan, ni siquiera el que se hace con salvado de cebada, que es lo que más a gusto comen; y sólo se alimentan de lagartos, de ranas y de hierbas del campo».

«En muchas ciudades arruinadas los principales habitantes están en una vergonzosa necesidad: la palidez de su cara muestra bien a las claras qué es lo que necesitan; y hay que socorrerlos en secreto, igual que a la nobleza del campo, que, al verse sin pan y reducida a la miseria, sufre además la vergüenza de no atreverse a mendigar lo que necesita para vivir. Y por otra parte, ¿a quién se lo podría pedir, porque el desastre de la guerra ha igualado las miserias en todas partes?».

«Y lo que es más digno de lástima es que el pobre pueblo de las fronteras no sólo no tiene ni pan, ni leña, ni ropa blanca, ni mantas, sino que está sin pastor y sin ayuda espiritual: la mayor parte de los párrocos han muerto o están enfermos y las iglesias en ruinas y saqueadas. Sólo en la diócesis de Laon hay unas cien donde no se puede celebrar la Santa Misa por falta de ornamentos. Estamos haciendo todo lo que podemos, pero el trabajo es infinito: hay que ir y venir sin cesar, expuestos a los peligros de los bandoleros, para asistir a más de trescientos enfermos que tenemos a nuestro cuidado en esta comarca».

«Varios monasterios de monjas están en gran pobreza, sufren hambre y frío, y se verán obligadas o a morir en su clausura, o a romperla para vagar por el mundo buscando con qué vivir».

«Hemos hecho escriben los que estaban en la diócesis de Soissons la visita de los pobres de este lugar y de otras aldeas de este valle. El desastre que hemos visto sobrepasa todo lo que le han escrito. Porque, para comenzar por las iglesias: han sido profanadas, el Santísimo Sacramento pisoteado, los cálices y los copones robados, las fuentes bautismales rotas, los ornamentos saqueados; de forma que hay más de veinticinco iglesias en esta pequeña región en las que no se puede celebrar la Santa Misa».

«La mayor parte de los habitantes han muerto en los bosques, mientras el enemigo ocupaba sus casas; otros han vuelto para acabar allí su vida. Por todas partes sólo vemos enfermos; nosotros tenemos más de mil doscientos, además de seiscientos escuálidos desparramados por más de treinta aldeas en ruinas; están tumbados en tierra, y en unas casas medio demolidas y sin tejado, sin ayuda de ninguna clase. Hallamos a los vivos con los muertos, a los niños junto a sus madres difuntas», etc

Escribieron desde San Quintín lo que sigue:

«Qué medio hay para socorrer a siete u ocho mil pobres, que están muriéndose de hambre; a mil doscientos refugiados, a trescientos cincuenta enfermos, que no se pueden alimentar más que con potajes y carne; a trescientas familias vergonzantes, tanto de la ciudad como del campo, que hay que atender en secreto para salvar a varias jóvenes del último naufragio, y evitar lo que pudo sucederle el otro día a un hombre joven, quien, obligado por la necesidad, quiso matarse con un cuchillo, y habría cometido el crimen, si rápidamente no se le hubiera impedido; a cincuenta sacerdotes, a quienes hay que dar de comer con preferencia a todos los demás. El otro día encontraron a uno muerto en la cama, y se ha descubierto que fué por no haberse atrevido a pedir limosna»

«El sufrimiento de los pobres no se puede describir. Si la crueldad de los soldados les ha hecho esconderse en los bosques, el hambre les ha hecho salir de allí; se han refugiado aquí. Han venido cerca de cuatrocientos enfermos, y la ciudad, al no poder atenderlos, ha hecho salir a la mitad, que han ido muriéndose poco a poco a lo largo de los caminos reales; y los que han quedado, están tan desnudos, que no se atreven a levantarse de la paja podrida para venir a vernos».

«El hambre es de tal magnitud, que vemos a los hombres comiendo tierra, paciendo hierba, arrancando la corteza de los árboles, desgarrando los miserables harapos con los que están cubiertos, para comerlos; pero lo que no nos atreveríamos a decir, si no lo hubiéramos visto y que causa horror, se comen sus brazos y sus manos, y mueren desesperados. Tenemos tres mil pobres refugiados, quinientos enfermos, sin que nos metamos a hablar de la nobleza pobre y de los pobres vergonzantes, cuyo número va aumentando cada día».

Los misioneros, destinados a la zona de Reims, Rethel, etc. escribieron de la forma que sigue:

«No hay lengua que pueda expresar, ni oído que se atreva a escuchar lo que hemos visto desde el primer día de nuestras visitas. Casi todas las iglesias, profanadas, sin respetar lo que hay de más santo y más adorable; los ornamentos, robados; los sacerdotes o muertos, o atormentados, puestos en fuga; todas las casas, demolidas; la cosecha, arrebatada; la tierra, sin cultivar y sin semilla; el hambre y la mortalidad, casi universal; los cuerpos, sin enterrar y expuestos en su mayor parte para servir de carnaza a los lobos; los pobres que quedan en esas ruinas obligados a recoger por el campo algunos granos de trigo o de avena germinados y medio podridos, con eso hacen pan, que es como barro, y tan malo, que casi todos caen enfermos. Se recogen en cuevas o en chozas, y en ellas se acuestan en el duro suelo sin ropa interior, ni vestido, sino con unos miserables andrajos, con los que están cubiertos; sus caras están negras y desfiguradas; y con todo eso, su paciencia es admirable. Hay regiones que están desiertas del todo, en las que los habitantes que escaparon de la muerte, se marcharon lejos a buscar con que vivir, de forma que sólo quedan los enfermos, los huérfanos y las pobres viudas cargadas de niños, expuestas al rigor del hambre, del frío y a toda clase de molestias y miserias»

Ese era el estado en que se hallaban los pueblos de aquellas dos Provincias y, particularmente, de cuatro o cinco diócesis más próximas a las fronteras, durante casi diez años, es decir, desde el año 1650 hasta después de la publicación de la Paz General, que se firmó el año 1660. Es cierto que aquella gran desolación no fue igual en todos los sitios, ni en el mismo tiempo, salvo en los primeros años; sin embargo, durante el resto del tiempo, estuvo siempre asentada en varias regiones de Picardía y de Champaña.

Los lugares que fueron más especialmente asistidos por las atenciones caritativas del Sr. Vicente y por los favores de las Damas de la Caridad de París y de otras personas virtuosas, son los siguientes, a saber: Guisa, Laon, Noyon, Chauny, La Fère, Riblemont, Ham, Marles, Vervins, Rosay, Plomyon, Orson, Aubenton, Montcornet y otros lugares de la Tierache: Arras, Amiens, Péronne, San Quintín, La Catelet, y unas ciento treinta aldeas de los alrededores, como: Basoches, Brenne, Fismes, y unas treinta aldeas de este valle: Reims, Rethel, Chasteau-Porcien, Neuchâtel, Lude, Boul-sur-la-Rivière de Suippe, Somme-Py, Saint-Etienne, Vandy, Saint-Souplet, Rocroy, Mesières, Charleuville, Donchéry, Sedan, Vaucouleur, y un grandísimo número de pobres pueblos y aldeas, que están en las cercanías de esos lugares

El Sr. Vicente destinó allí, desde el comienzo, a diez o doce misioneros, que acudieron de todos los lados para salvar la vida a varios miles de personas reducidas al último extremo. Y a tal efecto, se repartieron en varias zonas: unos fueron a la diócesis de Noyon, otros a la de Laon, otros a la diócesis de Reims, otros a la de Soissons; y cada cual se encargaba de cubrir las necesidades de toda la región a la que debía dedicarse. Situaron en lugares apropiados el reparto diario de potajes, y las demás distribuciones de pan, carnes, mermelada, remedios, ropa blanca, mantas, herramientas, semillas, ornamentos de Iglesia, dinero, etc. Hubo, igualmente, Hijas de la Caridad, que fueron destinadas a varios lugares para atender más en particular a los pobres enfermos. Y como todos los repartos y las limosnas eran muy abundantes, el gasto durante los primeros años ascendía a diez, doce y hasta dieciséis mil libras por mes, ya que en aquel tiempo los víveres estaban tan caros, y la miseria tan espantosa, que sin esas grandes distribuciones de víveres y de limosnas, aquella pobre gente habría perecido casi toda.

Como las asistencias espirituales no eran menos necesarias para las almas, fueron también prestadas con suma diligencia y fatigas inconcebibles por aquellos buenos misioneros o, en su defecto, (pues no podían estar a la vez en todos los sitios) por otros sacerdotes, que ellos sostenían en las parroquias, privadas de sus pastores.

Además de todos esos misioneros que fueron distribuidos por las diócesis, el Sr. Vicente nombró a uno muy inteligente, para que fuera como el coordinador de toda aquella empresa caritativa, y para tener una supervisión sobre todos los demás.

A tal efecto, iba y venía incesantemente de un lado para otro: primeramente, para conocer la verdadera necesidad de los pobres y los lugares que sufrían una necesidad más acuciante de ser asistidos; y después de elegir a personas piadosas y caritativas en las ciudades y aldeas, en las que los misioneros no podían detenerse, con el fin de hacer una distribución fiel de la comida y de las demás limosnas, que les había destinado. Regulaba el gasto en todas partes, aumentaba o recortaba, según que el número de los pobres y de los enfermos iba creciendo o disminuyendo en cada lugar. Daba cuenta de todo por carta al Sr. Vicente, quien, a su vez, informaba de ello a las Damas de la Caridad de París, y éstas se reunían todas las semanas para discutir y resolver con él acerca de todo lo que había que hacer para el bien de aquella santa obra.

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