Vida de san Vicente de Paúl: Libro Segundo, Capítulo 1, Sección 10

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.
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MISIONES DEL SEÑOR VICENTE

SECCIÓN X: Misión de Polonia

La Serenísima Reina de Polonia, movida por un gran deseo de promover el bien espiritual de sus súbditos y de hacer reinar a Jesucristo en sus corazones, al ver la gran necesidad que para eso tenían de ser instruidos y ayudados, pidió a tal efecto al Sr. Vicente sacerdotes de su Congregación el año 1651. El buen siervo de Dios, deseando corresponder a los designios de la virtuosísima princesa, y conociendo por otra parte la gran necesidad que tenían las extensas provincias de aquel Reino de ser tratadas de la forma como se hacen en otras partes por medio de las misiones, resolvió enviar allí algunos de sus sacerdotes. Entre los que destinó para trabajar en aquella misión, escogió especialmente al difunto Sr. Lamberto, que era su asistente en la misión de san Lázaro, y como su brazo derecho, de quien recibía mucha ayuda y descanso en los asuntos de su Congregación, por ser un hombre de buena salud, muy trabajador y sabio en el consejo. Sentía también hacia él un aprecio y afecto muy especial.

Y, sin embargo, por una norma de virtud heroica, y por un total desprendimiento de toda clase de criaturas, incluso de aquellas a las que más santamente estaba unido por el bien de su Congregación, se privó de buen grado del fiel cooperador y de todas las ayudas que podía recibir de él, haciendo así un holocausto perfecto de todas las cosas y de sí mismo a Nuestro Señor. Envió, pues, a ese digno misionero y lo destinó como superior de la nueva fundación. Y Dios le hizo la gracia de llegar felizmente con su pequeño grupo a Polonia. Allí se encontró con abundante materia, no solamente para trabajar, sino también para sufrir y para inmolarse, como otro Isaac, por pura obediencia, a todas las disposiciones de la voluntad de Dios. Desde que llegó con los suyos a aquel Reino, Dios quiso que fuera (el reino) afligido por la guerra o por la peste, o por el hambre, o por las tres plagas juntas. He aquí lo que la Reina de Polonia se tomó la molestia de escribir de su puño y letra sobre todas esas cosas al Sr. Vicente el mes de septiembre de 1652.

«Sr. Vicente: le agradezco mucho todas esas muestras de afecto y la alegría que me demuestran por la salud que ha recobrado el Rey, mi señor, así como por la mía»

«El buen Sr. Lamberto, viendo el miedo que los polacos tienen a la peste quiso ir a Varsovia para poner allí un poco más de orden del que había en la forma de atender a los pobres. Yo di órdenes para que lo hospedasen en el castillo en las mismas habitaciones del Rey. Recibo todos los días noticias suyas y todos los días le recomiendo que no se exponga al peligro. Tiene consigo todo lo que necesita para volver a mi lado, una vez que haya quedado bien asentado el orden que hay que poner, y le exhorto a que se apresure cuanto antes a venir junto a mí. Sin esa enfermedad, que ha trastornado todos nuestros proyectos, hubiéramos acabado ya la fundación de Varsovia. Hace pocos días que llegaron sus Hijas de la Caridad, de lo que estoy muy satisfecha. Me parecen muy buenas Hermanas, etc»

Uno de los primeros trabajos que Dios preparó a la virtud y al celo del Sr. Lamberto y de sus cohermanos fue dedicarse a servir y a procurar toda clase de bienes y de ayudas espirituales y corporales a los pobres de la gran ciudad de Varsovia, que llegó a estar en total desolación y abandono durante el tiempo en que la epidemia asolaba esta Provincia. Veamos lo que el Sr. Vicente le escribió sobre ese asunto a un superior de una de las casas, según las noticias que había recibido de aquellas tierras.

«Los misioneros de Polonia están trabajando con mucha bendición. Siento no disponer de tiempo para contarle detalles; le diré solamente que, como la peste ha atacado seriamente a Varsovia, que es la ciudad donde reside el Rey, todos los habitantes que podían huir, han abandonado la ciudad. En ella, lo mismo que en todos los sitios atacado por la enfermedad, ya no existe casi ningún orden sino, por el contrario, un desorden casi absoluto; nadie entierra a los muertos, sino que los dejan por la calle; allí se los comen los perros. Apenas una persona se ve atacada por la enfermedad en una casa, los demás la sacan a la calle, donde muere sin remedio, pues nadie les lleva de comer. Los pobres artesanos, los criados y las criadas, las pobres viudas y los huérfanos, todos se ven totalmente abandonados, no encuentran trabajo, ni a quién pedirle un trozo de pan, porque todos los ricos han huido. En medio de esa desolación fue enviado allá el Sr. Lamberto, para remediar todas esas necesidades. Y, en efecto, gracias a Dios, empezó a poner orden en todo, haciendo enterrar a los muertos y llevando a los enfermos que estaban abandonados a lugares adecuados para que fueran allí atendidos y asistidos corporal y espiritualmente. Eso mismo lo ha hecho también con otros pobres que estaban atacados por enfermedades no contagiosas. Y hasta ha llegado a preparar tres o cuatro casas diferentes y separadas unas de otras, para que sirvieran de hospicios u hospitales, y ordenó que se retirasen y alojasen allí todos los demás pobres que no estaban enfermos, los hombres en una parte y las mujeres con los niños en la otra, asistiéndoles allí con limosnas y donativos de la Reina».

He ahí una muestra de las grandes obras en las que ha estado ocupado ese virtuoso sacerdote con sus cohermanos en aquella tierra. Su celo encontraba todos los días nuevos motivos y nuevas ocasiones para actuar. Pero la Providencia de Dios, contentándose con los trabajos ya realizados y con la fervorosa voluntad que tenía para seguir en su servicio, quiso concederle la recompensa y la corona antes de que hubiera acabado la carrera que él se había propuesto. Porque en el mes de enero del año 1653, estando ocupado en plena cosecha de almas, Dios quiso retirarlo de esta vida, para darle un descanso eterno en la otra. He aquí la carta circular que el Sr. Vicente remitió a las casas de su Congregación el mes de marzo siguiente, que contiene sus sentimientos en la pérdida de tan gran misionero

«El santo consuelo de Nuestro Señor —dice— esté con todos vosotros para soportar con amor la incomparable pérdida que la Compañía acaba de tener en la persona del difunto Sr. Lamberto, que falleció el día 31 de enero último. Sólo ha estado tres días enfermo, pero con una enfermedad tan dolorosa, que, aunque muy sufrido, llegó a decir que no la podría aguantar mucho tiempo sin morir, como efectivamente murió de ella, después de haber recibido todos los sacramentos de manos de uno de los sacerdotes de nuestra Compañía. El confesor de la Reina de Polonia me dice que lo ha lamentado todo el mundo y que, según el sentir de los hombres, es difícil hallar un eclesiástico más cabal y más apto para la obra de Dios. Y añade que puede llamársele Dilectus Deo et hominibus, cuius memoria in benedictione est.Era —dice— una persona que buscaba únicamente a Dios, y no ha habido nunca nadie que en tan poco tiempo haya ido a más en los favores y el aprecio del Rey y de la Reina que este querido difunto, ni se ha visto a nadie que haya tenido una aceptación más universal; porque, por todos los sitios por donde ha pasado, ha difundido la fragancia de sus virtudes. Esos son los sentimientos del confesor de la Reina. Y Su Majestad, que me ha escrito una hermosa carta de su puño y letra después de expresarme la satisfacción que había tenido por su asesoramiento y el sentimiento que tenía en su muerte, acababa con estas palabras: Finalmente, si usted no me manda un segundo Sr. Lamberto, no sabré yo qué hacer»

«No dudo, señores, que este accidente, que ha afligido a toda la Compañía, les conmoverá sensiblemente. Pero ¿qué? La forma de actuar de Dios es adorable, y nosotros debemos amar sus visitas y sus efectos. Eso es lo que trataremos de hacer en esta tribulación con la confianza de que nuestro difunto nos será más útil en el cielo, que si hubiera estado en la tierra. Pensamos destinar a alguno para ocupar su sitio, con el fin de no abandonar la obra de Dios en aquel Reino, pues las necesidades son extremas. Y por eso nuestros sacerdotes que están allí necesitan disponer de un hombre de valor. Quiera Dios dárnoslo».

El Sr. Vicente puso sus ojos, para enviarlo a Polonia a ocupar el puesto del virtuoso difunto, en el Sr. Ozenne, antiguo sacerdote de la Compañía y muy buen misionero, que había trabajado con gran bendición y que finalmente se consumió en esos trabajos y murió unos años más tarde en aquel Reino

La epidemia seguía con fuerza en la ciudad de Varsovia, y,para mayor aflicción, la guerra se encendía en todos los lados de Polonia, pues los suecos irrumpieron por un lado y los moscovitas por otro. A causa de eso la Reina, al ver la ciudad de Varsovia atacada por un lado por la plaga de la peste, y por el otro, expuesta a las invasiones de peligrosos enemigos, decidió retirar a una parte de los misioneros para librarlos del peligro, y dejó en Varsovia solamente a dos que, animados por el celo de quien los había enviado, han sufrido lo indecible en el servicio y la asistencia de los pobres, especialmente de los más abandonados, manteniéndose firmes en el puesto que se les había confiado en medio de los peligros de muerte que los rodeaban por todas partes, debido a las dos plagas de guerra y de peste. Y eso durante varios años en los que siempre han perseverado consolando y sirviendo a los pobres, administrándoles los sacramentos, tanto estando sanos como enfermos, y prestándoles toda clase de ayudas con un valor y una caridad, que conmovió tan fuertemente el corazón del Sr. Vicente, que cierta tarde, al final de una conferencia que tenía para toda la Comunidad, al recomendar a aquellos dos sacerdotes a las oraciones de todos los presentes, se aprovechó de la ocasión para animarlos con el ejemplo de los sufrimientos.

«Uno de ellos —dijo— está mal de estómago, restos de una peste mal curada. Acabo de entrarme de que le han aplicado fuego en la punta de una costilla que estaba careada y su paciencia es tal, que no se queja nunca. Sufre todo con una gran paz y tranquilidad de espíritu. Otro se afligiría al verse enfermo a trescientas o cuatrocientas leguas de su tierra. Diría: ¿Por qué me han enviado tan lejos? ¿Por qué no me sacan de aquí? ¿Es que me quieren abandonar? Los demás están en Francia bien tranquilos, y ¿me dejan morir en tierra extranjera? Eso es lo que diría un hombre carnal, de acuerdo con sus sentimientos naturales, y que no entrase en los de nuestro Señor doliente poniendo su felicidad en sus sufrimientos. ¡Oh! ¡Qué hermosa lección nos da ese fiel servidor suyo para que amemos todos los estados, en los que la divina Providencia nos quiera poner! En cuanto al otro, vean cómo trabaja desde hace tiempo con una paz de espíritu y una seguridad maravillosa, sin cansarse por los trabajos tan continuos, ni desanimarse por las incomodidades, ni asustarse por los peligros. Los dos están indiferentes ante la muerte y la vida, y humildemente resignados a lo que Dios disponga. No me muestran ninguna señal de impaciencia ni de murmuración; al contrario, parecen dispuestos a sufrir más todavía. ¿Estamos nosotros así, señores y hermanos míos? ¿Estamos dispuestos a sufrir las penas que Dios nos va a enviar, y a ahogar los movimientos de la naturaleza, para no vivir más que la vida de Jesucristo? ¿Estamos dispuestos a ir a Polonia, a Berbería, a las Indias a ofrendarle en sacrificio nuestras satisfacciones y nuestras vidas? Si es así, bendigamos a Dios; pero si, por el contrario, hay quienes tienen miedo a dejar sus comodidades, quienes son tan tiernos que se quejan por la menor cosa que les falta, y tan delicados que quieren cambiar de casa y de trabajo porque el aire no es bueno y la comida es pobre, y porque no tienen suficiente libertad para ir y venir, en una palabra, señores, si algunos de nosotros son todavía esclavos de la naturaleza, si viven entregados a los placeres de sus sentidos, como es este desgraciado pecador que les habla, que a sus setenta años es todavía totalmente profano, que se consideren indignos de la condición apostólica a la que Dios los ha llamado, y que queden confundidos, cuando vean a sus hermanos que la practican tan dignamente, y que están tan lejos del espíritu y del valor de ellos».

«Pero, ¿qué es lo que no han pasado en aquel país? ¿El hambre? La hay. ¿La peste? La han pasado los dos, y uno por dos veces. ¿La guerra? Están en medio de los ejércitos, y han pasado por las manos de los soldados enemigos. En fin, Dios los ha probado con todas las plagas. Y nosotros estaremos aquí como unos hogareños sin brío y sin celo. Veremos exponerse a los demás a los peligros en servicio de Dios, y estaremos tan asustados como unas gallinas mojadas. ¡Qué miseria! ¡Qué nimiedad! Vean: veinte mil soldados se marchan a la guerra a sufrir toda clase de males; uno perderá un brazo, otro una pierna y algunos la vida por un poco de viento y por unas esperanzas muy inciertas. Y, sin embargo, no tienen miedo, y no dejan de correr a ella como tras de un tesoro. Mas para ganar el cielo, señores, no se mueve casi nadie; y con frecuencia quienes tratan de conseguirlo llevan una vida tan floja y tan sensual, que es indigna no sólo de un sacerdote y de un cristiano, sino de un hombre razonable. Y si hubiera entre nosotros individuos semejantes a éstos serían cadáveres de misioneros. ¡Ea pues! ¡Dios mío! Sé siempre bendito y glorificado por las gracias que haces a los que se abandonan a Tí. Sé Tú mismo su alabanza, por haber dado a esta Compañía a esos dos hombres de gracia».

«Démonos a Dios, señores, para ir por toda la tierra a llevar su santo Evangelio, y en cualquier sitio adonde nos lleve, mantengámonos en nuestro puesto y en nuestras obras hasta que su beneplácito nos retire. Que las dificultades no nos quebranten, va en ello la gloria del Padre Eterno, y la eficacia de la palabra y de la pasión de su Hijo. La salvación de los pueblos, y la nuestra, es un bien tan grande, que merece que la consigamos al precio que sea, y no importa que muramos antes de tiempo; y si morimos con las armas en la mano, seremos más felices por ello, y la Compañía no será más pobre, porque Sanguis martyrum, semen est Christianorum. Por un misionero que dé la vida por caridad, la Bondad de Dios suscitará a muchos que harán el bien que aquél haya dejado de hacer. Que cada uno de nosotros se decida a combatir al mundo y a sus máximas, a mortificar la carne y las pasiones, a someterse a las órdenes de Dios y a consumirse en los trabajos de nuestro estado en cumplimiento de su voluntad, en la parte del mundo que a El le plazca. Tomemos ahora todos juntos esta resolución, pero hagámosla en el espíritu de Nuestro Señor con la perfecta confianza de que nos ayudará cuando lo necesitemos. ¿No quieren ustedes eso, hermanos del seminario? ¿No quieren ustedes eso, hermanos estudiantes? No se lo pregunto a los sacerdotes, porque indudablemente están todos dispuestos a ello. Sí, Dios mío: todos queremos responder a los designios que tienes sobre nosotros. Eso es lo que nos proponemos todos en general y cada uno en particular, contando con tu santa gracia. No tendremos tanto amor ni por la vida ni por la salud, ni por nuestras comodidades y descansos, ni por un sitio ni por otro, ni por ninguna cosa del mundo que pueda impedirte, buen Dios, hacernos esa misericordia, que te pedimos unos por otros.

No sé, señores, cómo les he podido decir todo esto; no lo había pensado, pero he quedado tan conmovido por todo lo que se ha dicho, y, por otro lado, tan consolado por las gracias que Dios ha dado a nuestros sacerdotes de Polonia, que me he dejado llevar para comunicar así a sus corazones los sentimientos del mío» .

Por este discurso podemos conocer el espíritu del que estaba animado el Sr. Vicente y de qué forma trataba de insinuárselo a los demás; como también la alegría que sentía cuando veía a los sacerdotes de su Congregación prestos y dispuestos a exponerse con valor a los peligros y a abrazar con constancia los sufrimientos y las cruces para promover el progreso del servicio de Dios y de la salvación de los pueblos; y entre éstos sentía siempre una ternura especial por los más atribulados y más abandonados, y trataba de ayudarlos en cuanto podía. Así es como ha hecho entre otros por lo que toca al gran Reino de Polonia, que estaba aquellos años abrumado por todos los lados a causa de las guerras y de las enfermedades y, además, por estar infectado por varias herejías tanto antiguas como modernas. Por eso, no contento con enviar allí Obreros de su Compañía, usaba también de oraciones y recomendaciones fervorosas y frecuentes tanto en su casa como fuera. Veamos en qué términos habla acerca de este asunto a la Comunidad de San Lázaro el mes de agosto del año 1655.

«La Reina de Polonia, que tiene tantas atenciones con nuestra Compañía, nos recomienda en todas sus cartas que recemos a Dios por aquel Reino, tan necesitado de ayuda, para que Dios lo mire con ojos de piedad por estar atacado por todas partes». Y el mes de septiembre del año 1656: «nos humillaremos mucho ante Dios, —dice— porque ha querido (si lo que dicen es verdad) suspender aún la espera del bien, que le hemos pedido tan frecuentemente y con tanta insistencia, porque nuestros pecados son seguramente la causa de ellos. Corre un rumor que no es seguro y que aún no está confirmado, que no sólo no se han pacificado todavía las revueltas de Polonia, sino que el Rey, que disponía de un ejército de cerca de cien mil hombres y que había presentado batalla, la había perdido. Una persona de categoría de la corte de Polonia me había escrito que la Reina iba en busca del Rey, y que sólo estaba a dos jornadas del ejército. Su carta es del 28 de julio, y corre el rumor de que la batalla había tenido lugar el día 30. Si eso es cierto, la persona de la Reina no estaría segura. ¡Ah, señores! ¡Ah, hermanos míos! Debemos llenarnos de confusión, porque nuestros pecados han disuadido a Dios de concedernos el efecto de nuestras oraciones. Llenémonos de dolor por ese grande y extenso Reino, al que atacan con tanta fuerza, y que está perdido, si la noticia es cierta. Mas aflijámonos por la Iglesia que se va a perder allí, si el Rey termina por sucumbir, porque la religión sólo se puede mantener allí gracias al Rey, y la Iglesia va a caer en manos de sus enemigos en aquel reino. El moscovita tiene ya en su poder más de cien o ciento veinte leguas de extensión, y el resto está en peligro de ser invadido por los suecos. ¡Oh! ¡Cuidado! ¡Que todo esto no sea motivo para temer lo que quería indicar el Papa Clemente VIII, que era un santo varón, apreciado no sólo por los católicos, sino también por los herejes, un hombre de Dios y de paz, a quien alababan sus mismos enemigos! Y por lo que a mí toca, he oído a luteranos que alababan y apreciaban su virtud. Este Santo Padre había recibido a dos embajadores de parte de príncipes de Oriente, donde la fe comenzaba a extenderse, y queriendo dar gracias a Dios en presencia de ellos, ofreció a su intención el santo sacrificio de la misa.

Cuando estaba en al altar, en el Memento lo vieron llorar, gemir y sollozar. Aquello les llenó de gran admiración, de forma que, después de terminar la misa, se tomaron la libertad de preguntarle cuál era el motivo de sus lágrimas y gemidos en una acción que sólo debía causarle consuelo y alegría. Y les dijo con sencillez, que era cierto que había empezado la misa con gran satisfacción y contento, viendo el progreso de la religión católica; pero que ese contento se había convertido en tristeza y amargura a la vista del detrimento y las pérdidas que le ocurrían todos los días a la Iglesia a causa de los herejes. De manera que tenía motivos para temer que Dios la quisiera trasladar a otro sitio. Debemos, señores y hermanos míos, entrar en esos sentimientos, y temer que nos sea quitado el reino de Dios. Es una desgracia lamentable la que estamos viendo ante nuestros ojos: seis Reinos arrebatados a la Iglesia, a saber: Suecia, Dinamarca, Noruega, Inglaterra, Escocia e Irlanda; y además de eso, Holanda, y gran parte de las Alemanias, y varias de las grandes ciudades hanseáticas. ¡Oh Salvador! ¡Qué pérdida! Y después de eso estamos todavía en vísperas de ver el gran Reino de Polonia perdido, si Dios por su misericordia no lo guarda».

«Es muy cierto que el Hijo de Dios ha prometido que estaría en su Iglesia hasta el fin de los siglos; pero no ha prometido que esta Iglesia estaría en Francia, o en España, etc. Ha asegurado que no abandonaría a su Iglesia, y que ésta perduraría hasta la consumación del mundo en algún lugar del mundo, pero no concretamente aquí o allí. Y si había algún país donde hubiera debido dejarla, parece que no hay lugar más digno de preferencia que la Tierra Santa, donde El nació y empezó su Iglesia, y realizó tantas y tantas maravillas; sin embargo, fue a aquella tierra, por la que tanto había hecho y tanto se había complacido, a la que quitó primero su Iglesia, para dársela a los gentiles. Antiguamente a los hijos de aquella misma tierra les quitó también el arca, permitiendo que fuera capturada por sus enemigos los filisteos, prefiriendo, por así decir, ser hecho prisionero con su arca, sí, El mismo prisionero de sus enemigos, antes que quedarse entre unos amigos que no cesaban de ofenderlo. Así es como Dios se portó y sigue portándose todos los días con los que, a pesar de deberle tantas gracias, le provocan con toda clase de ofensas, como lo hacemos nosotros miserables. ¡Ay de aquel pueblo al que Dios dice: «No quiero nada de vosotros, ni sacrificios, ni ofrendas; ni vuestras devociones ni vuestros ayunos me agradan, no quiero ni verlos. Lo habéis ensuciado todo con vuestros pecados; os abandono; marcha os; no tendréis parte conmigo».¡Ay Señores, qué desgracia!».

«Pero, ¡oh salvador! ¡qué gracia ser del número de los que Dios desea servirse para trasladar sus bendiciones y su Iglesia! Podemos verlo por la comparación con un señor desgraciado que se ve obligado a huir y a marcharse al destierro por culpa de una necesidad, de la guerra, del incendio de sus posesiones, o por la desgracia de un príncipe, y que, en medio de la ruina de todas sus fortunas ve a algunos que vienen a ayudarle, que se ofrecen a servirle y a transportar todo lo que tiene. ¡Qué alegría y qué consuelo para aquel gentilhombre en medio de su desgracia! ¡Ay señores y hermanos míos! ¡Qué gozo sentirá Dios si, en la ruina de su Iglesia, en medio de esos trastornos que ha causado la herejía, en el incendio que la concupiscencia ha provocado por todas partes, se encuentra con algunas personas que se le ofrecen para trasladar a otro sitio, si se puede hablar así, los restos de su Iglesia, o para defender o conservar aquí lo poco que quede! ¡Oh Salvador! ¡Qué gozo sientes al ver a estos servidores y a este servidor para defender y mantener lo que aquí te queda, mientras que van otros a conquistar para Tí nuevas tierras! ¡Ay señores, qué motivo de alegría! Veis cómo los conquistadores dejan una parte de sus tropas para guardar lo que poseen, y envían a los demás a conquistar nuevas plazas y extender su imperio. Así es como debemos obrar nosotros: mantener aquí animosamente las posesiones de la Iglesia y los intereses de Jesucristo, y entretanto trabajar incesantemente por realizar nuevas conquistas y hacer que lo reconozcan los pueblos más lejanos».

«Un autor de una herejía me decía en cierta ocasión: Dios se ha cansado final mente de los pecados de todos estos lugares, está encolerizado y ha resuelto quitarnos la fe, de la que nos hemos hecho indignos. ¿No seráañadía una teme ridad oponerse a los designios de Dios, empeñarse en defender a la Iglesia a la que ha decidido condenar? De mí puedo decirle —seguía diciendo— que quiero trabajar en este empeño de destruirla.¡Ah señores! Quizás decía la verdad al señalar que Dios, por nuestros pecados, quería quitarnos la iglesia. Pero mentía en lo que decía que era una temeridad oponerse a Dios en esto y en trabajar por conservar y defender su Iglesia; porque lo pide y hay que hacerlo. No es ninguna temeridad ayunar, mortificarse, rezar para aplacar su cólera, combatir hasta el fin para sostener y defender la Iglesia en todos los lugares en que se encuentra. Y si hasta ahora parece que nuestros esfuerzos han sido inútiles por culpa de nuestros pecados, al menos por los efectos así parece, no por eso hemos de desistir, sino humillándonos profundamente, continuar nuestros ayunos, nuestras comuniones y plegarias, junto con todos los buenos servidores de Dios que ruegan incesantemente por esta misma intención. Y hemos de esperar que, finalmente, Dios con su gran misericordia se dejará conmover y nos escuchará. Humillémonos, pues, todo lo que podamos por nuestros pecados, pero tengamos confianza y mucha confianza en Dios, que desea que sigamos rogando cada vez más por ese pobre Reino de Polonia tan desolado y que reconozcamos que todo depende de El y de su gracia».

Hasta aquí las palabras del Sr. Vicente, que nos hacen ver cómo era el fervor de su celo, con el que quería inflamar los corazones de los suyos. Parecía que el siervo de Dios animado por una santa confianza en su infinita misericordia, quería conseguir al precio que fuera lo que pretendía: la protección de Dios sobre el Reino de Polonia, y la conservación de la religión católica en el peligro inminente en el que la veía. A tal fin, les hacía humillarse y dolerse incesantemente ante Dios, y ofrecer sus oraciones, sus comuniones y sus penitencias. Y eso durante años, y casi todas las veces que su Comunidad se reunía, después de la oración, o al final de las conferencias, es decir, dos o tres veces por semana, sin cansarse de repetir las mismas cosas. Y no se puede decir cómo eran los suspiros y los impulsos de su corazón hacia Dios, las mortificaciones que practicaba y las recomendaciones que hacía también a los de fuera, en todas la reuniones y conferencias en las que se hallara, para conseguir de Dios gracias tan deseadas. Y después de su muerte, un virtuoso eclesiástico ha contado que cierto día en una reunión en la que estaban ambos, el gran siervo de Dios habló con tanto sentimiento acerca de las miserias del pobre Reino de Polonia para mover a los oyentes a encomendarlo a Dios en sus oraciones, que arrancó lágrimas de los ojos de todos.

Finalmente, quiso Dios escuchar sus oraciones y darle antes de morir el consuelo de conocer el restablecimiento del Rey de Polonia en todas las Provincias que había perdido. Los suecos y los moscovitas fueron expulsados, sus más terribles enemigos derrotados y obligados a firmar la paz, y, por fin, la Iglesia y la religión católica mantenida y conservada a pesar de todos los esfuerzos de los que querían destruirla.

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