Vida de san Vicente de Paúl: Libro Primero, Capítulo 47

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Luis Abelly, Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Abelly · Traductor: Martín Abaitua, C.M.. · Año publicación original: 1664.

El Sr. Vicente entrega las Reglas a su Congregación, y dice unas cosas dignas de destacarse acerca de ese asunto


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Acaeció el año 1658. El Sr. Vicente ya había dado forma definitiva a las Reglas y Constituciones de su Congregación. Su mucha edad y sus casi continuas enfermedades le hacían ya prever que apenas le quedaba tiempo para vivir. Y como había amado siempre a los suyos durante su vida, antes de morir quiso darles notables muestras de su amor, dejándoles su espíritu recogido en las Reglas y Constituciones.

Estaba pues reunida la Comunidad de la casa de San Lázaro el viernes por la tarde del 17 de mayo de dicho año, cuando el Sr. Vicente les dirigió, lleno de afecto y muy paternal, una charla sobre el tema de la Observancia de las Reglas. La charla fue recogida por uno de los presentes, y traeremos aquí algunos párrafos, que harán ver de qué espíritu estaba animado el Siervo de Dios, y con cuánta prudencia, discreción, caridad y celo había redactado las Reglas para bien de su Congregación.

Empezó por los motivos que tenía la Congregación para amar y observar las Reglas

«Me parece ­dijo­ que, por la gracia de Dios, todas las Reglas de la Congregación de la Misión tienden a apartarnos del pecado e, incluso, a evitar las imperfecciones, a procurar la salvación de las almas, a servir a la Iglesia y a dar gloria a Dios. Así, todo el que las observe como es debido, se alejará de los pecados y de los vicios, se pondrá en el estado que Dios le pide, será útil a la Iglesia y dará a Nuestro Señor la gloria que El espera. ¡Qué motivos Señores y Hermanos míos para estar libres de vicios y de pecados en la medida que puede permitirlo la debilidad humana, glorificar a Dios y hacer que sea amado y servido en la tierra! ¡Oh Salvador, qué felicidad! No es posible considerarlo suficientemente. Nuestras Reglas en apariencia sólo nos prescriben una vida bastante común, pero con la fuerza suficiente para llevar a quienes las practiquen a una elevada perfección, y no solamente eso, sino incluso a destruir el pecado y la imperfección en los demás, como ellos lo habrán destruido en sí mismos. Si pues la pequeña Compañía ha conseguido algún progreso en la virtud, si cada uno de nosotros ha salido del estado de pecado y avanzado en el camino de la perfección, ¿no es la observancia de las Reglas la que ha hecho todo esto? Si, por la misericordia de Dios, la Compañía hace algún bien por medio de las misiones y con los Ejercicios de Ordenandos, ¿no será porque ha guardado el orden y la costumbre que Dios había introducido en ella, y que está prescrito por las Reglas? ¡Qué motivos más grandes tenemos para observarlas con toda fidelidad, y qué feliz será la Compañía, si es fiel en esto!»

«Otro motivo por el que debemos ser fieles a la observancia de nuestras Reglas es que todas ellas están sacadas del Evangelio, como veréis; y todas ellas tienden a conformar nuestra vida con la que Nuestro Señor llevó en la tierra. Porque se dice que el Divino Salvador había venido y que fue enviado por su Padre a evangelizar a los pobres. «Pauperibus evangelizare misit me». Pauperibus, para anunciar el Evangelio a los pobres, como así trata de hacer, por la gracia de Dios, la pequeña Compañía, que tiene motivos para humillarse y confundirse, al ver que, hasta el momento, nunca ha habido ninguna otra Compañía, que yo sepa, que haya tenido como fin especial y principal anunciar el Evangelio a los pobres, ya los pobres más abandonados. «Pauperibus evangelizare misit me»: ésa es nuestra finalidad. Sí, Señores y Hermanos míos, nuestra porción son los pobres. ¡Qué felicidad! Hacer lo mismo que hizo Nuestro Señor cuando vino del cielo a la tierra, y por lo cual esperamos con su gracia ir de la tierra al cielo. Hacer eso es continuar la obra del Hijo de Dios, que gustosamente iba a los lugares del campo a buscar a los pobres. Ved a lo que nos obliga nuestro Instituto, a servir y a ayudar a los pobres, a los que debemos reconocer por nuestros señores y nuestros amos. ¡Oh pobres, pero bienaventuradas Reglas, que nos comprometen a ir a las aldeas excluyendo a las grandes ciudades para hacer lo que Jesucristo ha hecho! Vean, les ruego, la felicidad de quienes las guardan, por conformar así su vida y todos sus actos a los del Hijo de Dios. ¡Señor! ¡Qué motivo más grande para observar bien las Reglas que nos conducen a un fin tan santo y tan deseable!»

«Ya hace tiempo que las estaban ustedes esperando, Señores y Hermanos míos, y hemos tardado mucho en entregárselas, en parte para imitar la conducta de Nuestro Señor, que empezó a hacer antes de enseñar: «Coepit Iesus facere et docere». Practicó las virtudes durante los primeros treinta años de su vida, y ocupó solamente los tres últimos años en predicar y enseñar. Además, la Compañía ha tratado de imitarle, no solamente haciendo lo que El vino a hacer a la tierra, sino además haciéndolo de la misma forma que El lo hizo, pues la Compañía puede decir que ella ha hecho primero y ha enseñado después: «Coepit facere et docere». Hace más o menos treinta años que la empezó Dios, y desde entonces hasta ahora siempre ha cumplido, por la gracia de Dios, las Reglas que les vamos a dar. Por eso no encontrarán en ellas nada nuevo, nada que no lleven practicando con mucha edificación desde hace muchos años. Si diéramos Reglas que no se hubieran antes practicado, habrían podido surgir algunas dificultades; pero al darles lo que ya han hecho y practicado tantos años con edificación, con fruto y consuelo en el pasado, no hay nada que no les deba resultar igualmente fácil y posible en el futuro. Se ha hecho lo mismo que hicieron los Recabitas, según el testimonio de la Sagrada Escritura, que guardaban por tradición las Reglas que les habían dejado sus padres, aunque no estuvieran escritas. Y ahora que tenemos las nuestras escritas e impresas, la Compañía no tendrá que hacer otra cosa más que mantenerse en lo practicado durante muchos años y continuar haciendo siempre lo que ha estado haciendo y practicando hasta el presente»

«Si hubiéramos dado las Reglas desde el principio y antes de que las hubiese practicado la Compañía, habría motivos para pensar que en ello había más de humano que de divino, y que había sido éste un proyecto concebido y ejecutado humanamente, y no una obra de la Providencia Divina. Pero, Señores y Hermanos míos, todas estas Reglas y todo lo que están viendo en la Congregación se ha hecho sin que yo sepa cómo, pues nunca había pensado en ello; todo se ha ido introduciendo poco a poco, sin que pueda decirse cuál ha sido la causa. Pues bien, es una regla de San Agustín que, cuando no se puede encontrar la causa de una cosa buena, hay que atribuírsela a Dios, y reconocer que El es su principio y su autor. Según eso, ¿no es Dios el autor de todas nuestras Reglas, que se han ido introduciendo yo no sé de qué manera y no sé decirles ni cómo ni por qué? ¡Oh Salvador! ¡Qué reglas! Y ¿de dónde vienen? ¿Había pensado yo en ellas? Ni mucho menos. Les puedo asegurar, Señores y Hermanos míos, que jamás pensé en nuestras Reglas, ni en la Compañía, ni siquiera en la palabra Misión. Los hombres no hemos tenido parte alguna. Por lo que a mí se refiere, cuando pienso en la forma con que Dios quiso dar origen a la Compañía en su Iglesia, les confieso que no sé qué parte he tenido en ello, y que me parece que es un sueño todo lo que veo. ¡No, esto no es de nosotros! ¡Todo esto no es humano, sino de Dios! ¿Llamaréis humano a lo que el entendimiento del hombre no ha previsto nunca, a lo que la voluntad no ha deseado ni buscado en lo más mínimo? ¡Nuestros primeros misioneros no habían pensado en ello, igual que yo!; todo se hizo en contra de mis previsiones y esperanzas. Cuando pienso y veo todas las tareas que ha emprendido la Compañía, realmente me parece un sueño. Cuando al profeta Habacuc lo tomó un ángel y se lo llevó muy lejos, para que consolara a Daniel, que estaba en el foso con los leones; y luego el ángel volvió a traerlo al lugar de donde lo había tomado, él, al verse en el mismo sitio de donde había salido, ¿no tendría motivos para pensar que todo eso no era más que un sueño? y si me preguntan cómo se han ido introduciendo las prácticas de la Compañía; cómo nos vino el pensamiento de todas sus obras y trabajos, les diré que no sé nada, y que no lo puedo conocer. Aquí está el Sr. Portail que ha visto tan bien como yo el origen de la Compañía; él les puede decir que pensábamos en todo menos en esto; todo se ha hecho como por sí mismo, poco a poco, una cosa después de otra. El número de los que se nos juntaban iba aumentando; y todos trabajaban en la virtud, al mismo tiempo que el número crecía. También las buenas prácticas se iban introduciendo para poder convivir juntos y portarnos con uniformidad en nuestros trabajos. Esas prácticas han sido observadas siempre, y se observan todavía hoy por la gracia de Dios. En fin, hemos creído oportuno ponerlas por escrito, y convertirlas en Reglas. Espero que la Compañía las aceptará como emanadas del Espíritu de Dios, «A quo bona cuncta procedunt», de El proceden todas las cosas buenas, y sin El «Non sumus sufficientes cogitare aliquid a nobis, quasi ex nobis». No tenemos capacidad para pensar algo por nosotros mismos, como de nosotros mismos»

«¡Señores y Hermanos míos! Estoy asombrado de pensar que soy yo quien reparte las Reglas, que no sabría hacerme la idea de cómo he llegado hasta aquí; y me parece que estoy siempre empezando. Cuanto más lo pienso, tanto más alejado me parece de la invención de los hombres, y más evidentemente voy conociendo que ha sido Dios solo quien ha inspirado estas Reglas a la Compañía: que si yo he contribuido con alguna cosa, temo que eso poco sea lo que impida quizás que sean tan bien observadas en el futuro, y que no produzcan todo el fruto y todo el bien que deberían»

«Después de esto, ¿qué me queda, Señores, sino imitar a Moisés, cuando, después de haber dado la ley de Dios al pueblo, les prometió a cuantos la guardasen toda clase de bendiciones en sus cuerpos, en sus almas, en sus bienes y en todas sus cosas? También nosotros, Señores y Hermanos míos, hemos de esperar de la bondad de Dios toda clase de gracias y bendiciones para cuantos observen fielmente las Reglas que El nos ha dado: bendición en sus personas, bendición en sus pensamientos, bendición en sus proyectos, bendición en sus tareas y en toda su actuación, bendición en sus entradas y en sus salidas, bendición, finalmente, en todo cuanto les corresponda. Espero que la fidelidad pasada con que han observado las Reglas, y su paciencia en esperarlas durante tanto tiempo, obtendrá para ustedes de la bondad de Dios la gracia de observarlas aún con mayor facilidad y perfección en el futuro. ¡Oh Señor! Da tu bendición a este librito, y acompáñalo con la unción de tu Santo Espíritu, para que produzca en las almas de cuantos las lean el alejamiento del pecado, el desprendimiento del mundo, la práctica de las virtudes y la unión contigo»

El Sr. Vicente, cuando terminó de hablar, pidió que se acercaran los Sacerdotes. Entregó a cada uno de ellos el librito que contenía las Reglas impresas; ellos las quisieron recibir de rodillas. Y dejó para el día siguiente el reparto para el resto de la Comunidad, porque era ya demasiado tarde.

Después de repartirlas, el Asistente de la casa se puso nuevamente de rodillas, y le pidió la bendición en nombre de toda la Compañía, que también se puso de rodillas. Entonces el Sr. Vicente se arrodilló a su vez, y dijo estas hermosas palabras con un tono lleno de afecto, y de forma que daba bien a entender el fervor de su amor paternal:

«¡Señor, tú que eres la ley eterna y la ley inmutable, que gobiernas con tu sabiduría todo el universo! De Ti emanan todas las normas de las criaturas y todas las leyes y todas las Reglas de bien vivir, como de su propia fuente. ¡Señor: bendice, bendice, si Te place, a los que Tú mismo has dado estas Reglas y que las reciben como procedentes de Ti! ¡Concédeles, Señor, la gracia necesaria para observarlas siempre e inviolablemente hasta su muerte! Con esta confianza y en Tu nombre, yo, desgraciado pecador, pronunciaré las palabras de la bendición, que voy a dar a la Compañía»

He ahí una parte del discurso que el Sr. Vicente pronunció en dicha ocasión; lo pronunció con un tono moderado, humilde, dulce y devoto, y de tal forma que hacía sentir a los corazones de todos los que le estaban escuchando el particular afecto del suyo propio. Les parecía que estaban con los Apóstoles oyendo hablar a Nuestro Señor, especialmente en el último sermón, antes de la pasión, pues fue entonces cuando El también les entregó sus Reglas, imponiéndoles el gran mandamiento del perfecto amor

De todo lo dicho y, más aún, de la lectura de las Reglas de la Congregación de la Misión se puede deducir, que ha sido instituida para tres fines principales: el primero, para trabajar en la propia perfección, tratando de practicar las virtudes que Nuestro Señor se dignó enseñar con sus palabras y con su ejemplo. El segundo, para predicar el Evangelio a los pobres y, en particular, a los del campo, que son los más abandonados. Y el tercero, para ayudar a los Eclesiásticos a adquirir los conocimientos y las virtudes necesarias para su estado. Ese es el compendio de este Instituto, y a lo que tienden las Reglas repartidas por el Sr. Vicente, que, con razón, decía que procedían de Dios, porque habían sido sacadas del Evangelio. También afirmaba que él no sabía cómo habían empezado a practicarse en la Compañía, ya que no se consideraba el autor de aquel bien; pero los Sacerdotes de la Compañía lo miraban como su Regla viviente. Y como veían en él un verdadero reflejo de la vida de Jesucristo y de sus santas máximas, trataban de conformarse a sus prácticas, y de andar sobre sus pasos. Y así es cómo las Reglas de su Congregación fueron practicándose antes de ser escritas, porque hizo antes que enseñó, y su gracia y su ejemplo han animado a otros a hacer lo que él.

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